miércoles, 28 de mayo de 2014

CAPITULO 197



Varios minutos pasaron antes de que recuperara las fuerzas para ponerme de pie. Mis pies no querían moverse, pero de alguna manera los obligué a cooperar lo suficiente para que me llevaran a la Harley. Me senté en el asiento y dejé que mis lágrimas cayeran. La pérdida era algo que sólo había experimentado una vez en mi vida, pero esto se sentía más real. Perder a Paula no era una historia que recordaba de una niñez temprana; estaba en mi cara, debilitándome como una enfermedad, robándome mis sentidos y, físicamente, siendo extremadamente doloroso.


Las palabras de mi madre hicieron eco en mis oídos. Paula era la chica por la que tenía que luchar, y caí luchando. Nada de eso alguna vez iba a ser suficiente.


Un Dodge Intrepid rojo se estacionó a un lado de mi moto. No tenía que levantar la mirada para ver quién era.


Marcos apagó el motor, descansando un brazo fuera de la ventana abierta.


—Hola.


—Hola —dije, limpiándome los ojos con la manga de la chaqueta.


—¿Noche difícil?


—Sí —asentí, observando el tanque de combustible de la Harley.


—Acabo de salir del trabajo. Necesito un maldito trago. Ve conmigo hasta Dutch.


Tomé un largo y entrecortado suspiro. Marcos, como papá y el resto de mis hermanos, siempre sabían cómo manejarme. Ambos sabíamos que no debía conducir en mi condición.


—Está bien.


—¿Sí? —dijo Marcos con una pequeña sonrisa, una sonrisa de sorpresa.


Pasé la pierna hacia atrás sobre el asiento, y luego caminé hasta el lado de pasajero del auto de Marcos. El calor de la ventilación quemó mi piel, y por primera vez en esa noche sentí lo frío que estaba el aire, y reconocí que no tenía suficiente ropa para la temperatura que hacía afuera.


—¿Valentin te llamó?


—Síp. —Se retiró de la plaza de aparcamiento y lentamente maniobró a través del estacionamiento, encontrando la calle a paso de tortuga. Se giró a mirarme—. ¿Supongo que un tipo llamado Fabian llamó a su chica? Dijo que tú y Paula estaban peleando afuera de la cafetería.


—No estábamos peleando. Sólo estaba... intentando recuperarla.


Marcos asintió una vez, estacionando en la calle. —Eso es lo que pensé.


No hablamos de vuelta hasta que tomamos nuestros lugares en el bar de Dutch. Había demasiada gente, pero Bill, el dueño y barman, conocía a papá desde que nosotros éramos niños, y la mayoría de los clientes habituales nos vieron crecer.


—Me alegro de verlos chicos. Ha pasado bastante tiempo —dijo Bill, limpiando el mostrador antes de colocar unas cervezas y un chupito en la barra delante de cada uno de nosotros.


—Hola, Bill —dijo Marcos, inmediatamente arrojándose devuelta a su chupito.


—¿Te sientes bien, Pedro? —preguntó Bill.


Marcos respondió por mí. —Se va a sentir mejor después de unas cuantas rondas.


Estaba agradecido. En ese momento, si hablaba, me podría haber roto.


Marcos continuó comprándome whisky hasta que mis dientes estaban entumecidos y estaba a punto de perder el conocimiento. Debí haberlo hecho en algún momento entre el bar y el apartamento, porque me desperté a la mañana siguiente en el sofá, en mi ropa, sin saber cómo demonios había llegado allí.


Valentin cerró la puerta, y oí el sonido familiar del Honda de Rosario acelerar y alejarse.


Me senté y cerré un ojo. —¿Chicos, tuvieron una buena noche?


—Sí. ¿Tú?


—Supongo que sí. ¿Has oído quien me trajo?


—Sí, Marcos te trajo con el culo arriba y te tiró en el sofá. Estaban riendo, así que no me digas que fue una noche exitosa.


—Marcos puede ser un idiota, pero es un buen hermano.


—Lo es. ¿Tienes hambre?


—Joder, no —gemí.


—Correcto, luego. Me voy a hacer un poco de cereal.


Me senté en el sofá, repasando la noche anterior en mi mente. Las últimas horas fueron confusas, pero cuando me volví a acordar de ver a Paula en la escuela, di un respingo.


—Le dije a Ro que teníamos planes hoy. Pensé que podríamos ir a la maderería para reemplazar tu chirriante puerta de mierda.


—No hace falta que me cuides, Valen.


—No lo hago. Nos vamos en una media hora. Primero lávate, apestas —dijo, sentado en el sillón reclinable con su cuenco de Trigos Mini—. Y luego volvemos a casa y estudiamos. Finales.


—Joder —dije con un suspiro.


—Voy a pedir una pizza para el almuerzo, y nos podemos comer las sobras de la cena.


—Acción de Gracias se acerca, ¿recuerdas? Voy a estar comiendo pizzas en las tres comidas del día durante dos días seguidos. No, gracias.


—Está bien, comida china, entonces.


—Eres un controlador excesivo —dije.


—Lo sé. Confía en mí, te ayudará.


Asentí lentamente, esperando que tuviera razón.

martes, 27 de mayo de 2014

CAPITULO 196



La siguiente semana pareció no tener fin. Rosario y yo decidimos que sería mejor si ella se quedaba en Morgan por un tiempo. Valentin aceptó de mala gana.Paula se perdió las tres clases de historia y encontró otro lugar además de la cafetería para comer. Traté de alcanzarla a la salida de alguna de sus clases, pero o bien ella no había asistido o se había ido antes de que terminasen. No atendería su teléfono.


Valentin me aseguró que ella estaba bien, y que nada le había pasado. Tan agonizante como era saber que estaba a dos grados de Paula, hubiera sido peor ser separado de ella por completo y no tener ni idea de si estaba viva o muerta. A pesar de que parecía que no quería tener nada que ver conmigo, no podía dejar de esperar que en algún momento, pronto, me perdonaría o que empezaría a extrañarme tanto como la extrañaba yo y aparecería en el departamento. 


Pensar en no volver a verla nunca de nuevo era demasiado doloroso, así que decidí seguir esperando.


El viernes Valentin golpeó a mi puerta.


—Pasa —dije desde la cama, mirando el techo.


—¿Sales hoy, amigo?


—No.


—Tal vez deberías llamar a Marcos. Ir a tomar un par de tragos y despejar tu mente por un rato.


—No.


Valentin suspiró. —Escucha, Rosario vendra, pero… y odio hacerte esto…pero no puedes molestarla sobre Paula. Apenas pude convencerla de venir. Ella sólo quiere quedarse en mi habitación, ¿de acuerdo?


—Sí.


—Llama a Mateo. Y necesitas comer algo y tomar una ducha. Te ves como la mierda.


Con eso,Valentin cerró la puerta. Todavía no cerraba bien desde aquella vez que la eché abajo. Cada vez que alguien la cerraba, el momento en que destruí el departamento porque Paula se había ido, venía a mi mente, y el hecho de que volvió a mí no mucho después, conduciéndonos a nuestra primera vez.


Cerré mis ojos, pero como cada una de las otras noches de la semana, no podía dormir. Cómo gente como Valentin pasaban por este tormento una y otra vez con diferentes chicas era una locura. Conocer a alguien después de Paula, incluso si esa chica de alguna forma valía algo, no podía imaginar sacar mi corazón ahí de nuevo. No para que pudiera sentirme de esta forma de nuevo. Como en una muerte lenta. Resulta que había tenido razón todo el tiempo.
Veinte minutos después pude escuchar la voz de Rosario en la sala de estar.


Los sonidos de ellos hablando en voz baja en la habitación de Valentin como si me ocultaran algo resonaron en todo el apartamento.
Incluso la voz de Rosario era demasiado para soportar. Saber que probablemente había hablado con Paula era insoportable.


Me obligué a mí mismo a levantarme y hacer mi camino hasta el baño para ocuparme de darme un baño y otras rutinas básicas de higiene que había descuidado la última semana. La voz de Rosario fue ahogada por el agua, pero al segundo que giré la palanca, podía escucharla de nuevo.
Me vestí y agarré las llaves de mi moto, preparándome para un largo viaje.


Probablemente terminaría en donde papá para contarle las noticias.


Justo cuando pasé por la puerta de la habitación de Valentin, el teléfono de Rosario sonó. Era el tono de llamada que le había asignado a Paula. Mi estómago se apretó.


—Puedo pasar a recogerte y llevarte a algún lugar a comer —dijo ella. Paula tenía hambre. Tal vez iría a la cafetería.


Corrí hasta la Harley y salí del estacionamiento, excediendo la velocidad y pasándome las luces rojas y las señales de alto de todo el camino hasta el campus.
Cuando llegué a la cafetería, Paula no estaba ahí. Esperé unos minutos, pero nunca apareció. Mis hombros se hundieron y caminé en la oscuridad a través del estacionamiento. Era una noche tranquila. Fría. Opuesta a la noche que caminé con Paula hasta Morgan después de que ganara nuestra apuesta, recordándome lo vacío que me sentía sin ella a mi lado.


Una pequeña figura a algunos metros de distancia apareció, caminando sola hacia la cafetería. Era Paula.


Su cabello estaba recogido en un moño, y cuando estuvo más cerca, noté que no llevaba nada de maquillaje. Sus brazos cruzados contra su pecho, no tenía puesto un abrigo, solamente un grueso cárdigan gris para protegerse del frío.


—¿Paloma? —dije, caminando hacia la luz de entre las sombras.


Paula se detuvo con una sacudida, y luego se relajó un poco cuando me reconoció.


—¡Jesús, Pedro! ¡Asustaste el infierno fuera de mí!


—Si contestaras tu teléfono cuando llamo no tendría que andar a escondidas en la oscuridad.


—Te ves como el infierno —dijo.


—He estado atravesándolo una o dos veces esta semana.


Apretó sus brazos alrededor suyo y tuve que detenerme para no abrazarla y mantenerla caliente.


Paula suspiró. —En realidad estoy de camino para conseguir algo para comer. Te llamaré más tarde, ¿de acuerdo?


—No. Tenemos que hablar.


—Pepe…


—Rechacé a Benny. Lo llamé el miércoles y le dije que no.
Estaba esperando que sonriera, o al menos que me mostrara alguna señal de que lo aprobaba.


Su rostro permaneció en blanco. —No sé qué quieres que te diga, Pedro.


—Di que me perdonas. Di que regresarás conmigo.


—No puedo.


Mi rostro se desplomó.


Paula intentó pasarme. Instintivamente, me paré frente a ella. Si se alejaba esta vez, la perdería. —No he dormido, o comido… no me puedo concentrar. Sé que me amas. Todo será como solía ser si simplemente vuelves conmigo.


Cerró sus ojos. —Somos disfuncionales, Pedro. Creo que simplemente estás obsesionado con la idea de tenerme más que cualquier otra cosa.


—Eso no es cierto. Te amo más que a mi vida, Paloma.


—Eso es exactamente lo que quiero decir. Esto es una conversación loca.


—No es una locura. Es la verdad.


—De acuerdo… ¿Así que cual, exactamente, es el orden para ti? ¿Es el dinero, yo, tu vida… o hay algo que vaya antes del dinero?


—Me doy cuenta de lo que he hecho, ¿de acuerdo? Veo que podrías pensar eso, pero si hubiera sabido que ibas a dejarme, nunca habría… Simplemente quería cuidar de ti.


—Ya has dicho eso.


—Por favor, no hagas esto. No puedo soportar sentirme así… esta… esta matándome —dije al borde del pánico. La pared que Paula mantenía a su alrededor cuando sólo éramos amigos estaba de vuelta, más fuerte que antes. No
estaba escuchándome. No podía llegar a ella.


—Terminé con esto, Pedro.


Hice una mueca. —No digas eso.


—Ha terminado. Vuelve a tu hogar.


Mis cejas se juntaron. —Tú eres mi hogar.


Paula hizo una pausa, y por un momento sentí que realmente había llegado a ella, pero sus ojos perdieron el enfoque, y la pared estaba levantada de nuevo. —Hiciste una elección, Pepe. Yo hice la mía.


—Me voy a quedar fuera del infierno de Las Vegas, y alejado de Benny…voy a terminar la universidad. Pero te necesito. Te necesito. Eres mi mejor amiga.


Por primera vez desde que era un niño, lágrimas calientes quemaban mis ojos y cayeron por una de mis mejillas. Incapaz de contenerme a mí mismo, alcancé Paula, envolví su pequeño cuerpo con mis brazos, y planté mis labios sobre los suyos. Su boca estaba fría y rígida, así que acuné su rostro entre mis manos, besándola más duro, desesperado por obtener una reacción.


—Bésame —le rogué.


Paula mantuvo su boca apretada, pero su cuerpo estaba sin vida. Si la dejaba ir, ella caería. —¡Bésame! —supliqué—. ¡Por favor, Paloma! ¡Le dije que no!


Paula se alejó. —¡Déjame tranquila, Pedro!


Su hombro chocó conmigo cuando me pasó, pero tomé su muñeca. Mantuvo su brazo recto, extendido detrás de ella, pero no se giró.


—Te estoy rogando. —Caí sobre mis rodillas, su mano aún en la mía. Mi respiración se evaporó mientras hablaba, recordándome el frío—. Te estoy rogando, Paula. No hagas esto.


Paula me miró otra vez, y luego sus ojos recorrieron desde su brazo hacia el mío, viendo el tatuaje en mi muñeca. El tatuaje que enseñaba su nombre.


Miró lejos, hacia la cafetería. —Déjame ir, Pedro.


El aire salió de mí, y con toda la esperanza enterrada, mis manos cayeron en la acera. Ella no iba a volver. Ya no me quería más, y no había nada que pudiera hacer o decir para cambiar eso.

CAPITULO 195



Justo antes del amanecer, cuando estaba seguro de haber hecho un ridículo total y de que estaría asustada, seguramente pensando que yo estaba verdaderamente loco y que no le convenía, me levanté del suelo. El hecho de que seguridad no se hubiera presentado durante la noche para echarme del edificio resultaba ser un hecho increíble en sí. Las chicas comenzaron a salir para dirigirse a clases y yo, todavía sentado en el pasillo, decidí no tentar la suerte.


Después de caminar penosamente por las escaleras, me senté en mi motocicleta. Aunque una camiseta era la única cosa entre mi piel y el aire gélido de invierno, lo ignoré. Con la esperanza de ver a Paula en la clase de historia, fui directamente a casa tratando de descongelar mi piel bajo una ducha de agua caliente.


Valentin se situó en la puerta de mi dormitorio mientras me vestía.


—¿Qué quieres, Valen?


—¿Hablaste con ella?


—No.


—¿Para nada? ¿Mensajes de texto? ¿Nada?


—Dije que no —espeté.


—Pepe —dijo Valentin, suspiró quedamente—. Ella probablemente no vaya a clases hoy. No quiero que Rosario y yo estemos en medio de esto, pero eso es lo que ella dijo.


—Tal vez va a estar —le contradije, poniéndome el cinturón. Me puse la colonia favorita de Paula, y luego me puse la chaqueta antes de agarrar mi mochila.



—Espera, yo te llevo.


—No, voy a llevarme la moto.


—¿Por qué?


—En caso de que ella acepte regresar al apartamento conmigo para poder hablar.


—Pedro, no creo que sea hora de considerar el que ella vaya a…


—Cállate, Valen —dije mirándolo—. Sólo por una vez, no seas razonable. No trates de salvarme. Sólo compórtate como mi amigo, ¿de acuerdo?


Valentin asintió. —De acuerdo.


Rosario salió de la habitación de Valentin, todavía en pijama. 


—Pedro, es hora de que la dejes ir. Todo terminó para ella en el momento en que le dejaste claro que decidías trabajar para Benny.


Cuando no le respondí, continuó—: Pedro…


—No lo hagas. Sin ánimo de ofender, Ro; pero ni siquiera puedo mirarte ahora mismo.


Sin esperar una respuesta, cerré la puerta detrás de mí. La ansiedad valía la pena para desahogar la emoción que sentía por ver a Paula. Mejor que ponerme de rodillas presa del pánico y rogarle en medio de la clase. No estaba seguro de no hacerlo si es que fuera necesario para hacerla cambiar de opinión.


Caminando lentamente a clase, e incluso tomando las escaleras, no me impidió llegar media hora antes. Esperaba que Paula se presentara, y que tuviéramos tiempo para hablar, pero cuando la clase anterior salió, ella no estaba allí.


Me senté al lado de su asiento vacío y jugueteé con mi brazalete de cuero mientras los otros estudiantes entraban en el salón y tomaban asiento. Sólo era otro día para ellos. Mirando su mundo seguir adelante mientras que el mío estaba llegando a su final.


Excepto por algunos estudiantes entrando a escondidas detrás de Chaney, todos estaban presentes —menos Paula


El Sr. Chaney abrió su libro, saludó a la clase y comenzó la lectura. Sus palabras se borraron mientras mi corazón golpeteaba contra mi pecho, hinchándose con cada respiración. Apreté los dientes y mis ojos se humedecieron con pensamientos de Paula en otro lugar, aliviada de
estar lejos de mí. Mi ira aumentó.


Me puse de pie y miré el escritorio vacío de Paula.


—Mmm… ¿Sr. Alfonso? ¿Se siente bien? —preguntó el profesor.


Le di una patada a su escritorio y después al mío, apenas oyendo los jadeos y gritos de los otros estudiantes.


—¡MALDITA SEA! —grité, golpeando mi escritorio nuevamente.


—Sr. Alfonso—dijo Chaney, su voz extrañamente tranquila—. Creo que es mejor que tome un poco de aire fresco.


Me paré sobre los escritorios derribados, respirando con dificultad.


—Sal de mi salón de clases, Pedro. ¡Ahora! —repitió, su voz más firme esta vez.


Tiré mi mochila sobre un hombro y empujé la puerta, oyendo la madera estrellarse contra la pared detrás de ella.


—¡Pedro!


El único detalle que registré es que la voz era de mujer. Me di la vuelta, con la esperanza de que fuera Paula.


Aldana caminó por el pasillo, deteniéndose junto a mí. —¿Pensé que tenías clase? —Sonrió—. ¿Hiciste algo interesante este fin de semana?


—¿Qué necesitas?


Levantó una ceja, sus ojos brillantes con sabiduría. —Te conozco. Estás enojado. ¿Las cosas no funcionaron con la monja?


No le respondí.


—Podría habértelo dicho. —Se encogió de hombros, y luego avanzó un paso más en mi dirección; susurrando en mi oído. Tan cerca, que sus labios rozaron mi oreja—. Somos iguales, Pedro. No somos buenos para nadie.


Mis ojos se clavaron en los de ella, viajaron a sus labios y luego de regreso a ellos. Se inclinó con su sexy y pequeña sonrisa.


—Vete a la mierda, Aldana.


Su sonrisa se desvaneció. Me alejé.

CAPITULO 194



Corrí detrás de ellas, pero cuando el Honda estaba casi fuera de mi vista, di la vuelta y corrí hacia la Harley. Busqué las llaves en el bolsillo, las saqué mientras corría y saltaba en el asiento.


—¡Pedro, no! —advirtió Valentin.


—Joder, no ves que Paula está dejándome, Valen —grité, apenas arrancando la moto antes de que las revoluciones del acelerador llegaran a 180, y volando por la calle.


Rosario acababa de cerrar la puerta cuando llegué al estacionamiento de Morgan Hall. Casi me caí sobre la moto al detenerme y al no apoyar el pie en el primer intento. Corrí al Honda y abrí la puerta del pasajero. Los dientes de Rosario estaban apretados, lista para lo que podría decirle.
Miré la pared de ladrillo y mortero de Morgan, sabiendo que Paula estaba en algún lugar del interior.


—Tienes que dejarme entrar, Ro —supliqué.


—Lo siento —dijo. Puso el coche en reversa y salió del estacionamiento.


Al mismo tiempo corrí escaleras arriba, tomando dos escalones a la vez, una chica que nunca había visto antes estaba saliendo. Agarré la puerta, pero ella me cerró el camino.


—No se puede entrar sin una escolta.


Saqué las llaves de mi moto y las agité en su rostro.


—Mi novia, Paula Chaves; dejó las llaves del coche en mi apartamento.Estoy trayéndoselas.



La niña asintió, sin saber qué hacer y luego se apartó de mi camino.
Saltando varios pasos a la vez en el hueco de la escalera, por fin llegué al piso de Paula y a la puerta de su dormitorio. Tomé unas cuantas respiraciones profundas para tratar de calmarme.


—¿Paloma? —dije, tratando de mantenerme tranquilo—. Tienes que dejarme entrar, cariño. Tenemos que hablar de esto.


No respondió.


—Paloma por favor. Tienes razón. No escucho. Podemos sentarnos y hablar de esto, ¿de acuerdo? Acabo... Por favor, abre la puerta. Estás asustándome hasta la muerte.


—Vete, Pedro—La voz de Carla se escuchó desde el otro lado.


Golpeé la puerta con mi puño.


—¿Paloma? ¡Abre la maldita puerta, maldita sea! ¡No me iré hasta que me hables! ¡Paloma!


—¿Qué? —gruñó Carla, abriendo la puerta. Empujó sus gafas sobre su nariz y me olisqueó. Para una pequeña chica, tenía una expresión muy severa.


Suspiré aliviado de que por lo menos vería a Paula. Miré por encima del hombro de Carla, Paula no estaba en mi línea de visión. —Carla —pedí, tratando de mantener la calma—. Dile a Paula que necesito verla. Por favor.


—Ella no está aquí.


—Ella está aquí —dije, perdiendo rápidamente la paciencia.
Carla cambió el peso de un pie a otro.


—No la he visto esta noche. No la he visto en varios días, en realidad.


—¡Sé que ella está aquí! —grité—. ¿Paloma?


—Ella no está... ¡Oye! —chilló Carla cuando choqué mi hombro contra ella.La puerta se estrelló contra la pared. Tiré del pomo y miré detrás de ella, y luego en los armarios, incluso debajo de la cama.


—¡Paloma! ¿Dónde está?


—¡No la he visto! —gritó nuevamente Carla.


Entré en la sala, mirando en ambas direcciones, Carla cerró la puerta detrás de mí, lo supe por el clic de la cerradura.
La pared estaba fría contra mi espalda, y de repente me di cuenta de que no tenía un abrigo. Poco a poco me deslicé por la pared de bloques de concreto. Me cubrí la cara con las manos. Podría odiarme por el momento, pero tendría que volver a casa algún día.
Después de veinte minutos, saqué mi teléfono y le mandé un mensaje de texto.


Paloma, por favor, vuelve, sé que estás enfadada pero todavía podemos hablar de esto.


Y luego otro.


Por favor vuelve a casa.


Y otro.


¿Por favor? Te amo.


Ella no respondió, esperé otra media hora y luego envié más.


Estoy en Morgan, ¿podrías al menos llamarme para saber si volverás a casa esta noche?


Paloma estoy jodidamente arrepentido. Por favor vuelve a casa. Te necesito.


Sé que no he sido razonable. Podrías responderme al menos.


No me merezco esto, fui un imbécil por creer que el dinero resolvería todos los problemas pero al menos no huyas cada vez que tengamos uno.


Lo siento, no quería decir eso.


¿Qué quieres que haga? Haré lo que quieras que haga, ¿vale? Solo háblame.


Esto es una mierda.


Estoy enamorado de ti. No entiendo cómo puedes simplemente irte.

lunes, 26 de mayo de 2014

CAPITULO 193



Valentin se sentó a mi lado sobre un pequeño banco que se encontraba en la habitación. Una habitación que si bien era pequeña estaba muy bien iluminada. Esta sería la primera ocasión en la que no saldría del sótano de algún lugar clandestino para ofrecer el espectáculo que causaba una pelea callejera. El público esta vez estaría compuesto por las personas que vivían en la sombra, en la gran ciudad de Las Vegas: mafiosos, traficantes de drogas, y con ellos, sus dulces acompañantes. La multitud afuera se asemejaba a un oscuro ejército, más ruidoso y mucho más sediento de sangre. Estaría rodeado por una jaula y no por personas.


—Sigo creyendo que estás equivocado al participar en esto, Pepe —demandó Ro, de pie al otro lado de la habitación.


—Ahora no, cariño —le contestó Valentin, mientras me ayudaba a envolver la cinta adhesiva, a modo de protección, alrededor de mis manos.


—¿Estás nervioso? —La voz de Ro resonó nuevamente por el lugar, de una forma que resultó escalofriantemente tranquila.


—En realidad no. Pero me sentiría mejor si Paloma estuviera aquí. ¿Sabes algo de ella?


—Le enviaré un mensaje. Ella llegará.



—¿Lo ama? —pregunté, imaginándome diferentes escenarios sobre qué fue lo que hablaron durante la cena.

Obviamente Guille no era un santo, y no podría asegurar que no esperase nada a cambio de ayudar a mi chica.


—No —respondió tajantemente Ro—Paula nunca me lo diría, de cualquier forma. Crecieron juntos, Pedro. Él fue la única persona con la que ella pudo contar. Lo fue durante mucho tiempo.


No puedo decir si conocer esta información me hizo sentir mejor o peor. — ¿Te contestó el mensaje?


—¡Oye! ¡Oye! Tienes a Brock McMann esperándote. Tu cabeza tiene que estar enfocada en la pelea al cien por ciento. ¡Deja de ser un cobarde y concéntrate!—exclamó Valen, golpeando mi mejilla en el proceso.


Asentí, tratando de recordar las pocas veces que había visto luchar a Brock.
Había sido expulsado de la UFC por golpes ilegales y el rumor de haber golpeado al presidente de la compañía. Había pasado mucho tiempo, pero seguía siendo un
luchador a leguas sucio y cometió mucha mierda ilegal. Mientras el árbitro era un testigo impasible. La clave sería no ponerse en posición de debilidad. Si cerraba sus piernas alrededor de mí, podría acabar conmigo bastante rápido.


—Vamos a jugar seguro, Pepe. Déjale atacar primero. Del modo en el que luchaste la noche en la que tratabas de ganar la apuesta de Paula. No estás en una pelea de un torneo universitario. Esto no es el Círculo, y no estás creando espectáculo para la audiencia.


—Al infierno si no lo estoy.


—Tienes que ganar, Pedro. Estás luchando por Paula, no lo olvides. —Asentí. Valentin tenía razón. Si perdía, Benny no recibiría su dinero, y Paula permanecería en peligro.


Un hombre alto y gordo con traje de diseñador y pelo grasiento caminó hacia nosotros. —Tú vas arriba. Tu entrenador puede unirse a ti en la parte exterior de la jaula, pero las chicas... ¿Dónde está la otra?


Mis cejas se fruncieron, formando una línea recta. —Ya viene.


—De acuerdo, entonces... se han reservado plazas al final de la segunda fila en la esquina para las acompañantes.


—Te acompañaré allí —exclamó Valen dirigiéndose a Ro, miró al hombre de traje—. Nadie la toca. Voy a matar a la primera puta persona que se atreva a tocarla.


El hombre esbozó lo que podría considerarse el fantasma de una sonrisa.


Una horrible mueca la describiría mejor. —Benny ha dicho sin distracciones.Vamos a tener los ojos puestos en ellas en todo momento.


Valentin asintió, y luego le tendió la mano a Rosario. Ella la tomó, y tranquilamente nos siguió a través de la puerta.


La voz amplificada de los locutores resonó en los enormes altavoces colocados en cada esquina de la enorme habitación. Se parecía a una pequeña sala de conciertos, con capacidad para albergar a un millar de personas sin problema alguno. Todos los asistentes estaban de pie, ya sea animándome o lanzando miradas de recelo mientras hacía mi recorrido hacia el centro, en el escenario dispuesto para el enfrentamiento.


La puerta de la jaula se abrió y entré.


Valentin observaba al del traje sentar a Rosario en el extremo que anteriormente había mencionado, una vez que se convenció de que ella estaba bien, volvió su vista hacia mí. —Recuerda: juega inteligentemente. Déjale atacar primero. El objetivo es ganar. Ganar por Paula—Asentí. Esto se trataba de ella.


Segundos después, la música sonó por los altavoces, y tanto el movimiento en el recinto como el volumen de la música aumentaron con frenesí. Brock McMann surgió de un pasillo, siendo el centro de atención. Las vigas del techo
iluminaban la expresión de peligro en su rostro. Tenía un séquito que mantenía a los espectadores a una distancia prudente, mientras él brincaba de abajo hacia arriba para permanecer suelto. Probablemente habría estado entrenando para esta pelea durante semanas, meses quizás.


Estaba bien. Había sido golpeado por mis hermanos durante mucho tiempo,mi vida entera. Tenía un montón de entrenamiento sobre mis hombros. Ganaría.


Me volví para comprobar que Ro siguiera en su sitio. Cuando se dio cuenta de que la miraba, se encogió de hombros y frunció el ceño. La pelea más grande de mi vida estaba a pocos minutos de comenzar y Paula no estaba aquí.


Justo cuando me volví para ver como Brock entraba a la jaula, oí la voz de Valentin llamándome.


—¡Pedro! ¡Pedro! ¡Paula está aquí!


Me volví, buscándola desesperadamente entre los asistentes, corría por las escaleras a toda velocidad. Se detuvo justo antes de golpearse contra la jaula,golpeándose las manos contra la cadena para detenerse.


—¡Aquí estoy! Aquí estoy, Pepe —suspiró con dificultad por el esfuerzo realizado.


Nos besamos a través del espacio entre las paredes de la jaula, tomó mi cara entre sus manos, con los pocos dedos que podía pasar a través del reducido espacio. —Te amo —exclamó. Sacudió la cabeza vigorosamente—. No tienes que hacer esto, ya sabes.


Sonreí. —Sí tengo que hacerlo.


—Vamos, Romeo. Hagámoslo. No tengo toda la noche —se escuchó un susurro desagradable. Provenía de Brock, quien estaba en la esquina contraria del ring.


No me giré, sólo la miraba a ella. Pero Paula sí que miró por encima de mi hombro. Cuando vio a mi oponente, sus mejillas se encendieron por la ira. Su expresión se volvió fría. Menos de un segundo después, sus ojos volvieron a los míos, cálidos nuevamente. Sonrió con picardía. —Enséñale a ese imbécil algunos modales.


Guiñé un ojo en su dirección y sonreí. —Cualquier cosa por ti, nena.


Brock se reunió conmigo en el centro del ring, cara a cara.


—¡Pelea con inteligencia! —gritó Valentin.


—Sólo quiero que sepas que soy un gran fan tuyo, aunque seas una basura, un tramposo. Así que no te tomes como algo personal cuando te golpee hasta dejarte inconsciente esta noche —susurré en el oído de mi contrincante, inclinándome levemente hacia él.


La mandíbula de Brock se tensó violentamente; sus ojos se encendieron, no con ira, sino con aturdida confusión.


—¡Sé inteligente, Pedro! —gritó mi primo nuevamente, observando la diversión fluir en mis ojos.


La campana sonó, y Brock atacó inmediatamente. Usando cada pedazo de fuerza que poseía, dejé salir la misma cantidad de furia que liberé sobre los hombres de Benny.


Resulta ser una sensación extraordinaria el no contenerse. Saboreando la adrenalina pura que fluía a través de mi cuerpo fallé. Y Brock logró esquivar mi golpe, me conectó con un gancho derecho. Sus lanzamientos resultaban mucho más efectivos que los de los aficionados con los que me enfrentaba en la universidad. Fue jodidamente increíble.


La lucha contra Brock me trajo recuerdos de algunos de los desacuerdos más serios que había tenido con mis hermanos,cuando de las palabras pasábamos a un culo azotado.


La cinta blanca alrededor de mis nudillos ahora era carmesí, pero no sentí ningún dolor, sólo placer al liberar todas las emociones negativas que me habían estado agobiando durante tanto tiempo. Recordé lo relajante que fue golpear a los hombres de Benny. Ganar o perder. Sentía ganas de conocer en qué tipo de persona me convertiría después de esta pelea.


El árbitro, Valentin y el entrenador de Brock me rodearon, alejándome de mi oponente.


—¡La campana, Pedro! ¡Para! —pedía Valen con desesperación.


Me arrastró a un rincón, Brock fue empujado hacia el otro. Me volví para mirar a Paula. Estaba retorciendo sus manos, más su amplia sonrisa me dijo que estaba bien. Le guiñé un ojo, ella me lanzó un beso. Ese simple gesto me revitalizó y volví a la jaula con renovada determinación.


Una vez que la campana sonó, ataqué de nuevo. Esta vez teniendo más cuidado al esquivar los golpes de Brock, las pocas veces que logró conectar un puñetazo. Una o dos veces, envolvió sus brazos alrededor de mí, respirando con dificultad, mientras trataba de golpearme con las rodillas en las bolas.Simplemente le empujaba y le golpeaba con más fuerza.


En la tercera ronda, Brock se tambaleó, me dio patadas y falló. Se estaba quedando rápidamente sin aliento.


Brock lanzó un puñetazo, y luego otro. Bloqueé un tercero, y luego para terminar, se lanzó a matar. Con las pocas fuerzas que me quedaban, esquivé la rodilla de Brock y giré, estrellando mi codo directamente con su nariz. Su cabeza voló hacia atrás, su vista hacia arriba. Dio unos pasos sin coordinar y luego cayó al suelo.


El ruido de la multitud fue ensordecedor, sólo pude oír una voz.


—¡Oh dios mío! ¡Sí! ¡Sí, bebé! —gritó ella.


El árbitro comprobó que Brock estuviese bien, luego se acercó a mí. Levantó mi mano. Yo era el ganador.Valentin, Rosario y Paula estaban ya dentro de la jaula, rodeándome. Tomé a Paula por los hombros y planté mis labios en los de ella.


—Lo hiciste —dijo, ahuecando mi cara entre sus manos.


Nuestra celebración se vio interrumpida cuando Benny y un nuevo lote de guardaespaldas entraron en la jaula. Puse a Paula sobre sus pies, tomando una posición defensiva frente a ella.


Benny era todo sonrisas. —Bien hecho, Alfonso. Has salvado el día. Si tienes un minuto, me gustaría hablar contigo.


Miré de nuevo a Paula, tomó mi mano con fuerza. —Está bien. Nos encontraremos en la puerta —le contesté, asintiendo hacia la puerta más cercana—.En diez minutos.


—¿Diez? —preguntó Paloma con preocupación en sus ojos.


—Diez —dije, besándola en la frente. Miré a Valentin—. Mantén tu vista en ellas.


—Creo que tal vez debería ir contigo.


Me apoyé en Valentin, alcanzando su oído sin esfuerzo. —Si quieren matarnos no hay mucho que podamos hacer al respecto. Creo que Benny tiene algo más en mente. —Me incliné hacia atrás y le di una palmada en el brazo—. Te veré en diez minutos.


—Ni once. Ni quince. Diez minutos —dijo Valentin, empujando a una reacia Paula fuera del lugar.


Seguí a Benny a la misma habitación en la que había esperado antes de la pelea. Para mi sorpresa, hizo que sus hombres esperaran afuera.


Extendió las manos, haciendo un gesto hacia la habitación. 


—Pensé que esto sería mejor. Así puedes ver que no soy siempre... el hombre malo que tal vez parezco.


Su lenguaje corporal y su tono eran relajados. Aun así mantuve mis ojos y oídos abiertos preparados por cualquier sorpresa.


Benny sonrió. —Tengo una propuesta que hacerte, hijo.


—No soy tu hijo.


—Eso es cierto —admitió—. Pero después de que te ofrezca ciento cincuenta mil dólares por pelea, creo que es posible que desees serlo.


—¿Qué peleas? —pregunté. Pensé que iba a decir algo cómo que Paula todavía le debía. No tenía ni idea de que trataba de ofrecerme trabajo.


—Se ve a la distancia que eres obviamente un joven victorioso y talentoso.Perteneces a esa jaula. Puedo hacer que eso suceda... también puedo hacer que seas un hombre muy rico.


—Estoy escuchando.


Benny sonrió más, si es que era posible. —Voy a programar una lucha por mes.


—Todavía estoy en la universidad.


Se encogió de hombros. —Vamos a programar peleas en los alrededores. Te compraré vuelos, a ti y a Paula, en primera clase, si así lo quieres. Los fines de semana, si eso es lo que deseas. Sin embargo, haciendo tanto dinero, es posible que desees poner un alto en tu educación universitaria.


—¿Seis figuras por pelea? —Hice los cálculos mentalmente, tratando de no mostrar sorpresa—. ¿Por luchar y qué más?


—Eso es todo, chico. Sólo luchar. Hacerme aún más rico.


—Sólo luchar... y puedo salir cuando quiera.


Él sonrió. —Bueno, sí, pero no creo que eso suceda pronto. Te encanta. Te vi.Estabas borracho, extasiado. Así te veías en esa jaula.


Me quedé allí por un momento, reflexionando sobre su oferta. —Voy a pensarlo. Déjame hablar con Paula.


—Supongo que es lo justo.


Dejé nuestras maletas en la cama y me derrumbé sobre ella. Le había hablado de la oferta de Benny a Paula, no se había mostrado receptiva con la noticia.


Luego en el avión, cuando veníamos de regreso, estuvo un poco tensa, por lo que decidí aplazar la conversación para cuando llegáramos a casa.


Ella estaba secando a Moro después de haberlo bañado. Había estado viviendo con Benjamin. Paloma se indignó por la forma en la que olía.


—¡Oh! ¡Ahora hueles mucho mejor! —Rio mientras lo estrechaba contra su cuerpo, salpicando agua sobre ella y por todo el suelo. Moro se puso de pie sobre sus patas traseras, cubriéndole el rostro con pequeños besos, propios de un cachorro.


—Yo también te extrañé, hombrecito.


—¿Paloma? —pregunté, cruzando mis dedos nerviosamente.


—¿Sí? —dijo, aun frotándolo con una toalla amarilla en sus manos.


—Quiero hacer esto. Quiero pelear en Las Vegas .


—No —dijo, sonriendo a la cara feliz de Moro.


—No me estás escuchando. Voy a hacerlo. Y en pocos meses verás que tomé la decisión correcta.


Ella me miró.


—Vas trabajar para Benny.


Asentí nerviosamente y luego sonreí. —Sólo quiero cuidarte, Paloma.


Lágrimas anegaron sus ojos.


—No quiero nada comprado con ese dinero, Pedro. No quiero tener nada que ver con Benny o Las Vegas. O cualquier cosa que vaya junto con él.


—No tienes ningún problema con la idea de comprar un coche con el dinero de mis peleas aquí.


—Eso es diferente, y lo sabes.


Fruncí el ceño.


—Vamos a estar bien, Paloma. Ya lo verás.


Me miró por un momento, y luego sus mejillas se encendieron. —¿Por qué me sigues preguntando, Pedro? Trabajarás para Benny sin importar lo que te diga.


—Quiero tu apoyo en esto, es demasiado dinero como para rechazarlo. Sería una locura decir que no.


Se detuvo por un tiempo, sus hombros cayeron derrotados. Luego asintió.
—Está bien, entonces. Has tomado tu decisión.


Mi boca se estiró en una amplia sonrisa.


—Ya verás, Paloma. Será maravilloso.


Me empujé fuera de la cama, me acerqué a ella y le besé los dedos.


—Muero de hambre. ¿Y tú?


Negó suavemente con la cabeza.


La besé en la línea del cabello antes de ir a la cocina. Mis labios tararearon la alegre melodía de una canción al azar, mientras que cogía dos rebanadas de pan y un poco de salami y queso. Hombre, ella hace que te pierdas, pensé, echando mostaza picante entre las rebanadas de pan.
Me tomó cerca de tres bocados terminarlo, y luego lo bajé con una cerveza, preguntándome qué más había para comer. No me di cuenta de lo tenso que mi cuerpo se sentía hasta que habíamos llegado a casa. Aparte de la lucha, los nervios probablemente también tenían algo que ver con eso. 

Ahora que Paula sabía de mis planes y que se había resuelto el problema, los nervios se fueron lo suficiente como para tener apetito de nuevo.


Paula caminó por el pasillo y luego dobló la esquina, maleta en mano. No me miró cuando cruzó de la sala de estar a la puerta.


—¿Paloma? —llamé.


Me acerqué a la puerta aún abierta, viéndola acercarse al Honda de Rosario Cuando no respondió, corrí por las escaleras y por la hierba hasta donde Valentin,Rosario y Paula formaban un círculo.


—¿Qué estás haciendo? —pregunté, señalando la maleta.


Paula sonrió con torpeza. Fue inmediatamente obvio para mí saber que algo no estaba bien.


—¿Paloma?


—Estoy llevando mis cosas a Morgan. Tienen esas lavadoras y secadoras.


Tengo una enorme y ridícula cantidad de ropa que lavar.
Fruncí el ceño.


—¿Ibas a irte sin decírmelo?


—Ella regresará, Pepe. Eres tan malditamente paranoico a veces —dijo Rosario con desaprobación en su voz.


—¡Oh! —dije, todavía sin estar seguro.


—¿Te quedas aquí esta noche?


—No lo sé. Supongo que depende del tiempo que tarde mi ropa en estar lista.


Aunque sabía que era probable que todavía estuviera incómoda con mi decisión acerca de Benny, lo dejé pasar. Sonreí y la atraje hacia mí.


—En tres semanas, voy a pagar a alguien para que se ocupe de ello. O podrías simplemente tirar la ropa sucia y comprar nueva.


—¿Lucharás para Benny otra vez? —me preguntó Ro, sorprendida.


—Me hizo una oferta que no podía rechazar.


—Pedro… —comenzó Valentin.


—No empiecen nuevamente. Si no cambié de opinión por Paloma, no voy a cambiarla por ustedes.


Rosario cruzó una mirada con Paula.


—Bueno, te llevaré de vuelta Paula. Ese montón de ropa te va a llevar mucho tiempo.


Me incliné para besar los labios de Paula. Me atrajo y me besó con fuerza, lo que me hizo sentir un poco mejor acerca de ella. Un poco menos inquieto.


—Hasta luego —dije, manteniendo la puerta abierta mientras se sentaba en el asiento del pasajero—. Te amo.


Valentin levantó la maleta de Paula y la metió por la ventana trasera del Honda. Rosario se deslizó en su asiento, estirándose para abrochar su cinturón de seguridad.


Cerré la puerta de Paula, y luego crucé los brazos sobre el pecho.


Valentin estaba a mi lado.


—En realidad, no vas a luchar para Benny, ¿verdad?


—Es mucho dinero, Valentin. Seis cifras por pelea.


—¿Seis cifras?


—¿Podrías decir que no?


—Lo haría si Rosario me dejara por eso


Me reí una vez.


Paula no me va a dejar.


Rosario se retiró de la zona de estacionamiento y vi las lágrimas derramarse por las mejillas de Paula.


Corrí hacia la ventana, golpeando en el cristal.


—¿Qué pasa, Paloma?


—Adelante, Ro —articuló, secándose los ojos.


Corrí al lado del coche, golpeando mi mano contra el vidrio constantemente.


Paula no me miraba, y un terror absoluto caló en mis huesos.


—¡Rosario! ¡Detén el maldito auto! ¡Paula, no lo hagas!


Rosario llegó a la carretera principal y presionó el acelerador.