TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
sábado, 12 de abril de 2014
CAPITULO 49
Mi plan de fingir desinterés era un fracaso épico. No podía seguir
aparentando que no me importaba nada después de que pusiera todas sus cartas
sobre la mesa. Cuando nos conocimos, algo en el interior de ambos cambió y, fuera
lo que fuera, hacía que nos necesitáramos el uno al otro. Por razones que
desconocía, yo era su excepción, y, por mucho que hubiera intentado luchar contra
mis sentimientos, él era la mía.
Meneó la cabeza, me cogió la cara por ambos lados y me miró a los ojos.
—¿Te has acostado con él?
Se me inundaron los ojos de lágrimas calientes y sacudí la cabeza para decir
que no. Pegó sus labios contra los míos y su lengua entró en mi boca sin vacilación.
Incapaz de controlarme, lo agarré por la camiseta y lo atraje hacia mí. Hizo un
ruido con su voz alucinante y profunda, y me agarró con tanta fuerza que me
costaba respirar.
Se apartó, sin aliento.
—Llama a Adrian. Dile que no quieres verlo más. Dile que estás conmigo.
Cerré los ojos.
—No puedo estar contigo, Pedro.
—¿Por qué demonios no? —dijo, soltándome.
Sacudí la cabeza, temerosa de su reacción a la verdad.
Soltó una carcajada.
—Increíble. La única chica de la que me enamoro no quiere estar conmigo.
Tragué saliva, consciente de que tendría que acercarme a la verdad más de
lo que lo había hecho en meses.
—Cuando Rosario y yo nos mudamos aquí, teníamos el propósito de hacer
ciertos cambios en mi vida. O más bien de no seguir con ciertos hábitos. Las peleas,
las apuestas, la bebida son las cosas que dejé atrás. Cuando estoy contigo, todo se
me viene encima en un irresistible conjunto cubierto de tatuajes. No me mudé a
cientos de kilómetros para volver a caer en lo mismo.
Me levantó la barbilla para que lo mirara.
—Sé que mereces a alguien mejor que yo. ¿Te crees que no lo sé? Pero si hay
una mujer hecha para mí, eres tú… Haré lo que sea necesario, Paloma. ¿Me oyes?
Estoy dispuesto a todo.
Me solté, avergonzada por no poder decirle la verdad. Era yo la que no
estaba a la altura. Sería yo la que acabaría arruinándolo todo; incluido a él.
Acabaría odiándome algún día y no podría soportar ver su mirada cuando llegara
ese momento.
Con la mano, mantenía la puerta cerrada.
—Dejaré de pelear en cuanto me gradúe. No volveré a beber ni una sola
gota. Te daré el final feliz, Paloma. Solo necesito que creas en mí. Puedo hacerlo.
—No quiero que cambies.
—Entonces dime qué tengo que hacer. Dímelo y lo haré —me rogó.
Cualquier idea de estar con Adrian se había esfumado hacía tiempo, y sabía
que se debía a mis sentimientos hacia Pedro. Pensé en los diferentes giros que mi
vida podía dar a partir de ese momento: confiar en Pedro dando un salto de fe y
arriesgarme a caminar por arenas movedizas, o apartarlo de mi vida y saber
exactamente dónde acabaría, lo que incluía una vida sin él. Ambas decisiones me
aterraban.
—¿Me dejas tu móvil? —le pregunté.
Pedro frunció el entrecejo, confuso.
—Claro —dijo, antes de sacárselo del bolsillo y dármelo.
Marqué y cerré los ojos mientras oía los tonos de llamada.
—¿Pedro? ¿Qué demonios haces? ¿Tienes idea de qué hora es? —respondió
Adrian. Su voz sonaba profunda y áspera, e inmediatamente sentí el corazón
desbocado en mi pecho. No se me había ocurrido que supiera que le había llamado
desde el móvil de Pedro.
No sé cómo conseguí que mis palabras salieran de entre mis labios
temblorosos.
—Siento llamarte tan tarde, pero esto no podía esperar… No puedo cenar
contigo el miércoles.
—Son casi las cuatro de la mañana, Pau. ¿Qué pasa?
—En realidad, no puedo salir más contigo.
—Paupy…
—Estoy… bastante segura de estar enamorada de Pedro —dije,
preparándome para su reacción.
Después de un momento de silencio, me colgó.
CAPITULO 48
Meneó la cabeza y encendió el motor, en dirección a la calle. Conducía con
una lentitud extraña para ser él, deteniéndose en todos los semáforos en ámbar y
cogiendo el camino largo al campus.
Cuando aparcamos delante de la entrada de Morgan Hall, me invadió la
misma tristeza que sentí la noche que me fui del apartamento. Tanta emotividad
era ridícula, pero, cada vez que hacía algo para alejarlo, me aterrorizaba que
pudiera funcionar.
Me acompañó hasta la puerta y saqué mi llave, evitando sus ojos. Mientras
maniobraba torpemente con el metal, noté de repente su mano en la barbilla y su
pulgar acariciándome suavemente los labios.
—¿Te ha besado? —me preguntó.
Me aparté, sorprendida al ver que sus dedos parecían producirme una
sensación abrasadora que me quemaba todos los nervios desde la cabeza a los
dedos de los pies.
—Realmente se te da bien fastidiar una noche perfecta, ¿verdad?
—Así que te ha parecido perfecta, ¿eh? ¿Te lo has pasado bien entonces?
—Siempre me lo paso bien cuando estoy contigo.
Bajó la mirada al suelo y arqueó ambas cejas a la vez.
—¿Te ha besado?
—Sí —suspiré, irritada. Cerró los ojos con fuerza.
—¿Eso fue todo?
—Eso no es asunto tuyo —dije, abriendo la puerta de par en par. Pedro la
cerró y se interpuso en mi camino con una expresión de disculpa.
—Necesito saberlo.
—¡No, en absoluto! ¡Apártate, Pedro!
—Paloma…
—¿Crees que, como ya no soy virgen, me voy a tirar a cualquiera? ¡Gracias!
—dije, empujándolo.
—No he dicho eso, joder. ¿Es mucho pedir un poco de tranquilidad mental?
—¿Y por qué te dejaría más tranquilo saber si me estoy acostando con
Adrian?
—¿Cómo puedes no saberlo? ¡Es obvio para cualquiera menos para ti!
—dijo, exasperado.
—Supongo que lo que pasa simplemente es que soy idiota. Estás sembrado
esta noche, Pepe —dije, alargando el brazo para coger el pomo de la puerta.
Me cogió por los hombros.
—Lo que siento por ti… es una locura.
—En lo de la locura no te equivocas —le espeté, apartándome de él.
—He venido todo el camino hasta aquí en la moto practicando mentalmente
lo que iba a decirte, así que escúchame —dijo él.
—Pedro…
—Sé que lo nuestro está jodido, ¿vale? Yo soy impulsivo, tengo mal carácter
y tú me calas más hondo que cualquiera. Actúas como si me odiaras y al minuto
siguiente me necesitaras. Nunca hago nada bien, y no te merezco…, pero estoy
jodidamente enamorado de ti, Pau. Te quiero más de lo que he querido a nadie o
a nada jamás. Cuando estoy contigo no necesito beber, ni dinero, ni pelear, ni los
líos de una noche…, solo te necesito a ti. No pienso en nada más. No sueño con
nada más. Eres todo lo que quiero.
CAPITULO 47
Rosario se echó los mechones de su larga y húmeda cabellera sobre un
hombro, y unas gotas de agua le cayeron sobre la piel desnuda. Era una
contradicción andante. Había pedido plaza en Eastern para que pudiéramos
mudarnos juntas. Se autoproclamaba mi conciencia, dispuesta a intervenir si yo
daba rienda suelta a alguna de mis tendencias intrínsecas que conllevaran perder
el control. Iniciar una relación con Pedro iba en contra de todo lo que habíamos
hablado, y mi amiga se había convertido en su sobreexcitada animadora.
Me apoyé contra la pared.
—¿Te enfadarías mucho si me limitara a no ir?
—No, me cabrearía increíble e irrevocablemente. Iniciarías una pelea de
gatas en toda regla, Pau.
—Entonces supongo que tendré que ir —dije, metiendo la llave en la
cerradura.
Mi móvil sonó y apareció en la pantalla una foto de Pedro poniendo una
cara graciosa.
—¿Diga?
—¿Ya estás en casa?
—Sí, me ha dejado hace unos cinco minutos.
—Bien, estaré allí dentro de otros cinco.
—¡Espera! ¿Pedro? —dije después de que colgara.
Rosario se rio.
—Acabas de tener una cita decepcionante con Adrian, y has sonreído al ver
la llamada de Pedro. ¿De verdad eres tan dura de mollera?
—No he sonreído —protesté—. Viene de camino. ¿Puedes reunirte con él
fuera y decirle que ya estoy en la cama?
—Sí, sí que has sonreído, y no, sal y díselo tú misma.
—Sí, claro, Ro, salir ahí y decirle que ya estoy en la cama es un plan
perfecto.
Se dio media vuelta y se dirigió a su habitación. Levanté las manos y volví a
dejarlas caer sobre los muslos.
—¡Ro! Por favor.
—Que te diviertas, Pau.
Sonrió y desapareció en su habitación.
Bajé las escaleras y me encontré a Pedro sobre su moto, que estaba aparcada
delante de los escalones delanteros. Llevaba una camiseta blanca con dibujos
negros, que destacaba los tatuajes de sus brazos.
—¿No tienes frío? —pregunté, apretándome más la chaqueta.
—Estás guapa. ¿Te lo has pasado bien?
—Eh…, sí, gracias —dije, distraída—. ¿Qué haces aquí?
Pisó el acelerador y el motor rugió.
—Iba a dar un paseo para aclararme las ideas. Quiero que me acompañes.
—Hace frío, Pepe.
—¿Quieres que vaya a coger el coche de Valen?
—Mañana vamos a jugar a los bolos. ¿No puedes esperar hasta entonces?
—He pasado de estar contigo cada segundo del día a verte diez minutos si
tengo suerte.
Sonreí y sacudí la cabeza.
—Solo han pasado dos días, Pepe.
—Te echo de menos. Sube el culo al asiento y vámonos.
No pude discutir. Yo también lo echaba de menos. Más de lo que podría
admitir jamás. Me subí la cremallera de la chaqueta, me senté detrás de él y deslicé
los dedos en las presillas de sus tejanos. Me acercó las muñecas a su pecho y
después las puso una encima de otra. Cuando creyó que lo abrazaba lo
suficientemente fuerte, arrancó y salió despedido a toda velocidad calle abajo.
Apoyé la mejilla en su espalda y cerré los ojos, mientras respiraba su olor.
Me recordó a su apartamento, a sus sábanas y a cómo olía cuando iba por su casa
con una toalla anudada en la cintura. La ciudad se volvía borrosa a nuestro paso, y
no me importaba lo rápido que conducía o el frío que me azotaba la piel; ni
siquiera me fijaba en dónde estábamos. Solo podía pensar en su cuerpo contra el
mío. No teníamos destino ni horario, y cruzábamos las calles mucho después de
que todo el mundo, excepto nosotros, las hubiera abandonado.
Pedro se detuvo en una gasolinera y aparcó.
—¿Quieres algo? —me preguntó.
Dije que no con la cabeza, mientras me bajaba de la moto para estirar las
piernas. Me vio desenredarme el pelo con los dedos y sonrió.
—Déjalo. Estás acojonantemente guapa.
—Sí, parezco sacada de un vídeo de rock de los ochenta —respondí.
Él se rio y después bostezó, mientras espantaba las polillas que zumbaban a
su alrededor. La boquilla de la manguera tintineó y resonó con más fuerza de lo
que debería en la calma de la noche. Parecía que éramos las únicas dos personas
sobre la faz de la Tierra.
Saqué el móvil y comprobé la hora.
—Oh, Dios mío, Pepe. Son las tres de la mañana.
—¿Quieres volver? —preguntó con gesto de decepción.
Apreté los labios.
—Sería mejor que sí.
—¿Sigue en pie lo de los bolos de esta noche?
—Ya te he dicho que sí.
—Y vendrás conmigo a la fiesta de Sig Tau dentro de un par de semanas,
¿verdad?
—¿Insinúas que no cumplo mi palabra? Me parece un poco insultante.
Sacó la manguera del depósito y la colgó en su base.
—Es que ya no sabría predecir qué vas a hacer.
Se sentó en la moto y me ayudó a subirme detrás de él. Pasé los dedos por
las presillas de su cinturón, pero después lo pensé mejor y lo rodeé con mis brazos.
Suspiró y enderezó la moto; parecía resistirse a encender el motor. Se le
pusieron los nudillos blancos de la fuerza con la que agarraba el manillar. Cogió
aliento, como si fuera a empezar a hablar y después sacudió la cabeza.
—Me importas mucho, ya lo sabes —dije, mientras lo abrazaba con fuerza.
—No te entiendo, Paloma. Pensaba que conocía a las mujeres, pero tú eres
tan confusa que no sé a qué atenerme.
—Yo tampoco te entiendo. Se supone que eres el rompecorazones de
Eastern. No estoy disfrutando de la experiencia de estudiante de primer año que
prometían en el folleto —respondí bromeando.
—Bueno, eso es un hito. Nunca me había acostado con ninguna chica que
luego quisiera librarse de mí —dijo él, sin dejar de darme la espalda.
—No se trata de eso, Pedro —mentí, avergonzada de que hubiera
adivinado mis intenciones sin darse cuenta de la razón que tenía.
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