sábado, 24 de mayo de 2014

CAPITULO 187



Viernes. El día de la fiesta de citas, tres días después de que Paula sonrió por el nuevo sofá y entonces minutos más tarde dio vuelta la botella de whisky sobre mis tatuajes.


Las chicas habían terminado de hacer lo que las chicas hacen en las fiestas de citas, y yo estaba sentado frente al departamento, en los escalones, esperando a que Moro fuera a cagar.


Por razones que no podía detallar, mis nervios estaban disparados. Ya había tomado un par de tragos de whisky para tratar de tranquilizarme, pero fue inútil.


Miré mi muñeca, esperando que cualquier ominoso sentimiento que tenía fuera sólo una falsa alarma. Mientras comenzaba a decirle a Moro que se diera prisa porque estaba jodidamente frío afuera, se agachó e hizo su asunto.


—¡Ya casi es hora, pequeño! —dije, alzándolo en brazos y caminando hacia adentro.


—Acabo de llamar al florista. Bueno, floristas. El primero no tenía suficiente —dijo Valentin.


Sonreí. —Las chicas van a enojarse. ¿Te aseguraste que los entregarán antes de que lleguen a casa?


—Sí.



—¿Qué pasa si llegan a casa temprano?


—Estarán aquí con tiempo de sobra.


Asentí.


—Oye —dijo Valentin con media sonrisa—, ¿estás nervioso acerca de esta noche?


—No —dije, frunciendo el ceño.


—Lo estás, también, ¡eres un marica! ¡Estás nervioso por la noche de citas!


—No seas idiota —dije, dirigiéndome a mi habitación.


Mi camisa negra ya estaba planchada y esperando en su gancho. No era nada especial, una de las dos camisas con cuello abotonado que tenía.


La fiesta sería mi primera, sí, e iba con mi novia por primera vez, pero el nudo en mi estómago era por algo más. Algo que no podía descifrar. Como si algo terrible estuviera acechando en el futuro inmediato.
Nervioso, regresé a la cocina y me serví otro trago de whisky. El timbre sonó, y levanté la vista del mostrador para ver a Valentin corriendo a través de la sala desde su habitación, con una toalla en su cintura.


—Podría haberlo conseguido.


—Sí, pero entonces tendrías que parar de llorar en tu Jim Beam —se quejó, jalando la puerta. Un pequeño hombre cargando dos enormes ramos más grandes que él, estaba parado en la entrada.


—Uh, sí... por este camino, amigo —dijo Valentin, abriendo la puerta más amplia.


Diez minutos más tarde, el departamento empezaba a ser de la forma que imaginé. La idea de conseguir las flores de Paula antes de la fiesta de citas se me había ocurrido, pero un ramo no era suficiente.


Justo cuando uno de los chicos repartidores se fueron, otro llegó, y otro. Una vez que cada superficie en el departamento orgullosamente mostraba al menos dos
o tres ramos ostentosos de rosas rojas, rosas, amarillas y blancas, Valentin y yo estábamos satisfechos.


Tomé una rápida ducha, me rasuré, y me deslizaba en unos vaqueros cuando el motor del Honda zumbó ruidosamente en el estacionamiento. Unos segundos después se apagó, Rosario atravesó la puerta principal, y luego Paula.


Sus reacciones hacia las flores fue inmediata y Valentin y yo sonreíamos como idiotas mientras ellas chillaban con deleite.


Valentin miró alrededor de la habitación con orgullo.


—Fuimos a comprarles dos flores, pero pensamos que un ramo no sería suficiente.


Paula envolvió sus brazos alrededor de mi cuello. —Ustedes chicos... son asombrosos. Gracias.


Palmeé su trasero, dejando mi palma detenerse en la suave curva justo arriba de su muslo.


—Treinta minutos para la fiesta, Paloma.


Las chicas se vistieron en la habitación de Valentin mientras nosotros esperábamos. Me tomó cinco minutos completos para abotonar mi camisa, encontrar mi cinturón, y deslizarme en calcetines y zapatos. Las chicas, sin embargo, se tomaron jodidamente una eternidad.


Valentin, impaciente, tocó la puerta. La fiesta empezó hace quince minutos.


—Hora de irnos, señoritas —dijo Valentin.


Rosario salió con un vestido que lucía como una segunda piel, y Valentin chifló, destellando una sonrisa instantánea en su cara.


—¿Dónde está ella? —pregunté.


Paula tiene un poco de problemas con su zapato. Saldrá en sólo un segundo —explicó Rosario.


—¡El suspenso me está matando, Paloma! —llamé.


La puerta chirrió, y Paula salió moviéndose con nerviosismo, con su corto vestido blanco.


Su cabello estaba recogido hacia un lado, y aunque sus pechos estaban cuidadosamente ocultos, se acentuaban por la tela muy apretada.


Rosario me codeó, y parpadeé. —Mierda.


—¿Estás listo para enloquecer? —preguntó Rosario.


—No estoy enloqueciendo, luce asombrosa.


Paula sonrió con travesura en sus ojos, y lentamente se dio la vuelta para mostrar la caída inclinada de tela en la parte de atrás.


—De acuerdo, ahora estoy enloqueciendo —dije, caminando hacia ella y alejándola de los ojos de Valentin.


—¿No te gusta? —preguntó.


—Necesitas una chaqueta. —Corrí hacia el estante y rápidamente cubrí con el abrigo de Paula sus hombros.


—No puede usar eso toda la noche, Pepe —Rosario río entre dientes.


—Luces hermosa, Paula—dijo Valentin, tratando de disculpar mi comportamiento.


—Lo haces —dije desesperado por escuchar y entender sin causar una pelea—. Luces increíble, pero no puedes usar eso. Tu falda es... guau, tus piernas son... tu falda es muy corta y ¡sólo es la mitad de un vestido! —Paula sonrió, al
menos no estaba cabreada.


—¿Ustedes viven para torturarnos el uno al otro? —Valentin frunció el ceño.


—¿Tienes un vestido más largo? —pregunté..


Paula bajó la mirada. —Es de hecho bastante modesto en frente. Sólo la parte de atrás muestra mucha piel.


—Paloma —dije, haciendo un gesto de dolor—, no quiero que estés enojada, pero no puedo llevarte a la casa de la fraternidad luciendo así. Me meteré en una pelea en los primeros cinco minutos.


Se inclinó y besó mis labios. —Tengo fe en ti.


—Esta noche va a apestar —gruñí.


—Esta noche va a ser fantástica —dijo Rosario, ofendida.


—Sólo piensa en lo fácil que será quitármelo después —dijo Paula. Se puso de puntillas para besar mi cuello.


Miré el techo, tratando de no dejar que sus labios,pegajosos de su brillo labial, debilitaran mi caso.


—Ese es el problema. Todos los otros tipos allí estarán pensando lo mismo.


—Pero tú eres el único que conseguirá descubrirlo —dijo con entonación.


Cuando no respondí, se inclinó otra vez para mirarme a los ojos—. ¿De verdad quieres que me cambie?


Escaneé su cara, y cada parte de ella, y entonces exhalé. —No importa lo que uses, eres hermosa.—Sólo debería acostumbrarme a eso, ahora, ¿cierto? —Paula se encogió de hombros, y sacudí mi cabeza.


—Está bien, ya estamos tarde. Vámonos.

CAPITULO 186



Me tumbé en la cama, incapaz de detener mi mente lo suficiente como para quedarme dormido. La respiración de Paula se había igualado media hora antes.


Mi móvil se iluminó y sonó una sola vez, lo que indica un mensaje de texto.


Lo abrí, y de inmediato fruncí el ceño. El nombre del remitente se desplazaba a través de la pantalla: Benjamin


Amigo. Hablando de golpear a Adrian.


Con mucho cuidado, saqué el brazo de debajo de la cabeza de Paula para usar las dos manos para escribir la respuesta.


¿Quién lo dice?


Lo digo yo, está sentado aquí.


¿Ah, sí? ¿Qué está diciendo?


Es sobre Paloma. ¿De verdad quieres saber?


No seas idiota.


Dice que todavía lo llama.


Negativo.


Antes, dijo que ella está esperando que metas la pata para poder deshacerse de ti.


¿Dijo cómo?


dijo que el otro día le contó que se sentía muy infeliz, pero que eras un tipo loco y que estaba preocupada de qué hacer.


Si ella no estuviera a mi lado iría allí a patear su maldito trasero.


No vale la pena. Todos sabemos que está ardido.


Todavía me molesta.


Lo he oído. No te preocupes por esas estupideces. Tienes a tu chica a tu lado.


De no haber tenido a Paula durmiendo a mi lado, habría salido en mi moto directamente a la casa de Sig Tau a pegarle un puñetazo a la dentadura de Adrian de-cinco-mil-dólares. Tal vez también un bate contra su Porsche.


Pasó media hora antes que los temblores de la rabia finalmente disminuyeran. Paula no se había movido. El suave sonido que hacía con su nariz cuando dormía ayudó a ralentizar mi ritmo cardíaco, y en poco tiempo tuve la
oportunidad tomarla de vuelta a mis brazos y relajarme.


Paula no estaba llamando a Adrian. Si no era feliz, me lo habría dicho. Tomé una respiración profunda y vi la sombra del árbol de afuera danzando en la pared.



—No lo hizo —dijo Valentin, parado a medio paso.


Las chicas nos dejaron solos en el apartamento para ir a comprar un vestido para la cita de la fiesta, así que le conté a Valentin lo de Adrian de camino a la tienda de muebles.


—Claro que lo hizo. —Le pasé mi teléfono para que lo viera—Benjamin me envió un mensaje anoche y lo delató.


Valentin suspiró y sacudió la cabeza. —Él sabía que iba a volver contigo. Me refiero... ¿cómo no? Esos tipos son más chismosos que las chicas.


Me detuve al ver un sofá que me llamó la atención. —Apuesto a que eso es por qué lo hizo. Con la esperanza de que yo me enterara.


Asintió. —Seamos realistas. El viejo tú tendría un ataque de celos y la asustarías lanzándola justo a los brazos de Adrian.


—Bastardo —dije mientras un vendedor se acercaba.


—Buenos días, caballeros. ¿Puedo ayudarlos a encontrar algo en particular?Valentin se arrojó sobre el sofá, y luego rebotó un par de veces antes de asentir. —Estoy de acuerdo.


—Sí. Voy a llevar este —le dije.


—¿Lo va llevar? —dijo, un poco sorprendido.


—Sí —dije, un poco sorprendido por su reacción—. ¿Es posible?


—Sí, señor, se puede. ¿Quieres saber el precio?


—Lo dice aquí, ¿no?


—Sí.


—Entonces, me lo llevo. ¿Dónde pago?


—Por aquí, señor.


El vendedor trató sin éxito de hablar de algunos elementos más que coincidían con el sofá, pero tenía unas cuantas cosas para comprar ese día.
Valentin les dio nuestra dirección, y el vendedor me dio las gracias por ser la venta más fácil del año.


—¿A dónde vamos ahora? —me preguntó, tratando de mantenerse a la par de camino al Charger.


—Calvin.


—¿Quieres un nuevo tatuaje?


—Sí.


Me miró, cauteloso. —¿Qué vas a hacer, Pepe?


—Lo que siempre dije que haría si encontraba a la chica adecuada.


Se puso delante de la puerta del pasajero. —No estoy seguro que esto sea una buena idea. ¿No crees que deberías hablar con Paula primero... ya sabes, para que no se asuste?


Fruncí el ceño. —Podría decir que no.


—Es mejor que diga que no, que tú haciéndolo y salga corriendo del apartamento porque la asustaste. Las cosas han ido bien entre ustedes. ¿Por qué no lo dejas por un rato?


Puse las manos en sus hombros. —Eso no suena como yo en absoluto —le dije, y luego lo moví a un lado.


Trotó alrededor de la parte delantera del Charger, y luego se sentó en el asiento del conductor. —Todavía creo que es una mala idea.


—Anotado.


—Entonces, ¿dónde?


—Steiner.


—¿La joyería?


—Sí.


—¿Por qué, Pedro? —preguntó, su voz más dura que antes.


—Ya lo verás.


Negó con la cabeza. —¿Estás intentando que salga corriendo?


—Va a suceder, Valen. Sólo quiero tenerlo. Para cuando llegue el momento.


—Ningún tiempo cercano es el adecuado. Estoy tan enamorado de Rosario, que me vuelve loco a veces, pero no tenemos la edad suficiente para esta mierda todavía, Pedro. Y… ¿si dice que no?


Mis dientes se apretaron ante la idea. —No voy a preguntarle hasta que sepa que está lista.


Su boca se torció. —Justo cuando creo que no puedes hacer nada más loco, haces otra cosa que me recuerda que estás mucho más allá de loco.


—Espera a ver la piedra que vamos a buscar.


Giró la cabeza lentamente en mi dirección. —Ya has ido de compras,¿verdad?


Sonreí.

CAPITULO 185



Me senté a mirar las últimas rondas, viendo a los chicos tratando de recuperar su dinero. Ronda tras ronda, Paula los arrollaba. Ni siquiera pretendía ir fácil contra ellos.
Una vez que mis hermanos quedaron sin dinero, papá terminó la noche y Paula le devolvió cien dólares a cada uno de ellos, excepto a papá, quién no los quiso tomar.


Tomé la mano de Paula, y caminamos hacia la puerta. Mirar a mi novia ganarle a mis hermanos fue entretenido, pero aún estaba decepcionado que les devolviera parte de su dinero.


Me apretó la mano. —¿Qué sucede, bebé?


—¡Acabas de regalar cuatrocientos dólares, Paloma!


—Si esta hubiese sido una noche de póquer en Sig Tau, me los hubiera quedado. No les puedo robar a tus hermanos la primera vez que los conozco.


—¡Ellos se hubieran quedado con tu dinero!


—No lo hubiera dudado ni por un segundo, tampoco —dijo Nahuel.

Por el rabillo de mi ojo, vi a Pablo mirando a Paula desde el sillón reclinable en la esquina de la sala de estar. Había estado más tranquilo que de costumbre.


—¿Por qué sigues mirando a mi chica, Pablo?


—¿Cuál dijiste que era tu apellido? —preguntó Pablo.


Paula se movió nerviosamente, pero no contestó.



Puse mi brazo alrededor de su cintura, y me volví hacia mi hermano, no muy seguro de a qué quería llegar. Él pensaba que sabía algo, y se preparaba para hacer su jugada.


—Es Chaves. ¿Por qué?


—Puedo entender por qué no lo averiguaste antes de esta noche,Pepe, pero ya no tienes ninguna excusa —dijo Pablo, presumido.


—¿De qué mierda estás hablando? —pregunté.


—¿Por casualidad no estarás emparentada con Ruben Chaves? —preguntó Pablo.


Todas las cabezas se giraron, esperando la respuesta de Paula.


Envolvió su dedo en su pelo, claramente nerviosa. —¿De dónde conoces a Ruben?


Mi cuello se giró incluso más en su dirección. —Es uno de los mejores jugadores de póquer que haya existido. ¿Lo conoces?


—Es mi padre —dijo. Pareció casi doloroso de responder.
La sala entera estalló.


—¡DE NINGUNA JODIDA MANERA!


—¡LO SABÍA!


—¡ACABAMOS DE JUGAR CON LA HIJA DE RUBEN CHAVES!


—¿RUBEN CHAVES? ¡MIERDA!


Las palabras resonaron en mis oídos, pero aún así me tomó varios segundos procesarlo. Tres de mis hermanos saltaban arriba y abajo, gritando, pero para mí la habitación entera estaba congelada, y el mundo silencioso.
Mi novia, que también era mi mejor amiga, era la hija de una leyenda del póquer, alguien que mis hermanos, mi padre e incluso mi abuelo, idolatraban.


La voz de Paula me regresó al presente. —Les dije que no debía jugar.


—Si nos hubieras dicho que eras la hija de Ruben Chaves, tal vez te hubiéramos tomado más en serio —dijo Pablo.


Paula me miró desde abajo de sus pestañas, esperando una reacción.


—¿Tú eres El TRECE AFORTUNADO? —le pregunté, sin habla.


Marcos se paró y la señaló. —¡el trece afortunado está en nuestra casa! ¡De ninguna manera! ¡No lo puedo creer!


—Ese fue un apodo que la prensa me dio. Y la historia no era exactamente correcta —dijo Paula, inquieta.


Incluso en medio de la resonante conmoción de mis hermanos, la única cosa que podía pensar era lo malditamente caliente que era la chica de la que estaba
enamorado, era prácticamente una celebridad. Aún mejor, era famosa por algo exageradamente genial.


—Necesito llevar a Paula a casa, chicos —dije.


Papá miró a Paula por encima de sus anteojos. —¿Por qué no era correcta?


—Yo no le quité la suerte a mi padre. Es decir, es ridículo. 
—Se echó a reír, enroscando su pelo nerviosamente alrededor de su dedo.


Pablo negó con la cabeza. —No, Ruben dio esa entrevista. Dijo que a la media noche de tu decimotercer cumpleaños su suerte se acabó.


—Y la tuya empezó —añadí.


—¡Fuiste criada por mafiosos! —dijo Marcos, sonriendo con emoción.


—Oh... no —Se rió una vez—. Ellos no me criaron. Sólo estuvieron alrededor... bastante.


—Es una pena, Ruben soltándole tu nombre a la mafia por medio de la prensa. Eras sólo una niña —dijo mi papá, sacudiendo la cabeza.


—En todo caso, fue suerte de principiantes —dijo Paula.


Me di cuenta por la mirada en su cara que estaba incómoda por toda la atención.


—Fuiste enseñada por Ruben Chaves —dijo papá, sacudiendo la cabeza con asombro—. Estabas jugando profesionalmente y ganando a la edad de trece años, por Cristo Santo. —Me miró y sonrió—. No apuestes en su contra, hijo. Ella no pierde.


Mi mente inmediatamente regresó a la pelea cuando Paula apostó en mi contra, sabiendo que iba a perder, y tener que vivir conmigo por un mes. Durante todo este tiempo pensé que no se preocupaba por mí, y ahora me doy cuenta de
que no era así.


—Uh… nos tenemos que ir, papá. Adiós, chicos.


Conduje por las calles, entrando y saliendo del tráfico. Cuanto más rápido subía la aguja del velocímetro, más apretados los muslos de Paula me sujetaban,haciéndome tener más ganas de llegar al apartamento.


Paula no dijo una palabra cuando aparqué la Harley y la conduje al piso de arriba, y todavía no hablaba cuando le ayudé con su chaqueta.


Se dejó el pelo suelto y me quedé mirándola con asombro. Era casi como si fuera una persona diferente, y no podía esperar para poner mis manos sobre ella.


—Sé que estás enojado conmigo —dijo, mirando al suelo—. Discúlpame que no te lo dije, pero no es algo de lo que hablo.


Sus palabras me sorprendieron. —¿Enojado contigo? Estoy tan caliente que no puedo ver claramente. Le acabas de robar el dinero a los imbéciles de mis hermanos sin siquiera pestañear, lograste asombrar a mi papá, y estoy bastante
seguro que perdiste a propósito aquella apuesta que hicimos antes de mi pelea.


—Yo no diría eso...


—¿Pensaste que ibas a ganar?


—Bueno... no, no exactamente —dijo, quitándose los zapatos de tacón.


Apenas podía contener la sonrisa que avanzó a mi cara. —Entonces querías estar aquí conmigo. Creo que me acabo de enamorar de ti de nuevo.


Paula pateó sus tacones en el armario. —¿Cómo es que no estás enojado en este momento?


Suspiré. Tal vez debería haber estado molesto. Pero sólo… no lo estaba. —Es algo bastante importante, Paloma. Debiste habérmelo dicho. Pero entiendo por qué no lo hiciste. Viniste aquí para escapar de todo eso. Es como si el cielo se abriera… ahora todo tiene sentido.


—Bueno, eso es un alivio.


—trece afortunado —dije, agarrando el dobladillo de su camisa y tirándola por encima de su cabeza.


—No me llames así, Pedro. No es algo bueno.


—Eres jodidamente famosa, Paloma—Desabroché sus jeans y los bajé hasta sus tobillos, ayudándola a salir.


—Mi padre me odió luego de eso. Todavía me culpa por todos sus problemas.


Me quité la camisa y la abracé, impaciente por sentir su piel contra la mía. —Todavía no puedo creer que la hija de Ruben Chaves está parada frente a mí, he estado contigo todo este tiempo y no tenía ni idea.


Me empujó. —¡No soy la hija de Ruben Chaves, Pedro! Eso fue lo que dejé atrás. Soy Paula. ¡Sólo Paula! —dijo, caminando al armario. Arrancó una camiseta del perchero y se la puso.


—Lo siento. Estoy un poco deslumbrado.


—¡Solamente soy yo! —Sostuvo la palma de su mano contra su pecho, su voz al borde de la desesperación.


—Sí, pero...


—Pero nada. La manera en que me estás mirando ahora. Es justamente por eso que no te lo había dicho. —Cerró los ojos—. No voy a vivir así de nuevo, Pepe.Ni siquiera contigo.


—¡Guau! Cálmate, Paloma. No nos dejemos llevar. —La tomé en mis brazos,de repente me preocupé de a dónde iba la conversación—. No me importa lo que fuiste o lo que ya no eres. Sólo te quiero a ti.


—Entonces, supongo que tenemos eso en común.


Tiré de ella suavemente a la cama, y luego me acurruqué a su lado,aspirando el ligero olor a cigarro mezclado con su champú. —Somos sólo tú y yo contra el mundo, Paloma.


Se acurrucó a mi lado, parecía satisfecha con mis palabras. Cuando se relajó contra mi pecho, suspiró.


—¿Qué sucede? —pregunté.


—No quiero que nadie se entere, Pepe. No quería que tú te enteraras.


—Te amo, Paula. No lo volveré a mencionar, ¿de acuerdo? Tu secreto está a salvo conmigo —dije, apretando mis labios suavemente contra su frente.


Acarició su mejilla contra mi piel, y la apreté. Los acontecimientos de la noche parecían un sueño. La primera vez que llevaba una chica a casa, y no sólo era la hija de un famoso jugador de póker, sino que también podía dejarlos
fácilmente a todos sin dinero en una sola mano. Por ser el jodido de la familia, sentí que por fin había ganado un poco de respeto por parte de mis hermanos mayores.


Y todo debido a Paula.

viernes, 23 de mayo de 2014

CAPITULO 184



Medio emocionado, medio nervioso como el infierno, entré en la casa de mi padre, mis dedos entrelazados con los de Paula. Humo del cigarrillo de mi padre y mis hermanos provenía de la sala de juegos, mezclándose con el ligero olor almizclado de la alfombra que era más vieja que yo.
A pesar de que Paula estuvo molesta al principio por no tener mucho aviso antes de conocer a mi familia, parecía más a gusto de lo que yo me sentía. Traer una novia a casa no era un hábito de los hombres Alfonso, y cualquier predicción de sus reacciones no era fiable en el mejor de los casos.


Marcos salió a la vista primero. —¡Santo Cristo! ¡Es el idiota!
Cualquier esperanza de que mis hermanos pretendieran no ser otra cosa que salvajes era una pérdida de tiempo. Los amaba de todos modos, y conociendo a Paula, también lo haría.


—Oye, oye... cuida tu lenguaje frente a la señorita —dijo papá, asintiendo hacia Paula.


—Paloma, este es mi papá, Horacio Alfonso. Papá, esta es Paloma.


—¿Paloma? —preguntó Horacio, con una expresión divertida en el rostro.


Paula —dijo ella, estrechándole la mano.


Señalé a mis hermanos, cada uno asintiendo cuando decía su nombre. —Marcos, Nahuel, Manuel y Pablo.



Paula parecía un poco abrumada. No podía culparla, nunca le había hablado de mi familia, y cinco chicos serían abrumadores para cualquiera. De hecho, cinco chicos Alfonso eran francamente aterradores para la mayoría.
Al crecer, los niños del barrio aprendieron a no meterse con ninguno de nosotros, y sólo una vez alguien cometió el error de hacerlo. Éramos frágiles, pero nos uníamos como una sólida fortaleza si era necesario. Eso estaba claro, incluso
para aquellos que no pretendían intimidarnos.


—¿Paula tiene apellido? —preguntó papá.


—Chaves —dijo, asintiendo cortésmente.


—Es un placer conocerte, Paula —dijo Pablo con una sonrisa. Paula no lo habrá notado, pero la expresión de Pablo era una fachada para lo que realmente hacía: analizar cada palabra y movimiento suyo. Él siempre estaba en búsqueda de alguien que pudiera potencialmente balancear nuestro ya débil barco. Las olas no eran bienvenidas, y siempre había hecho su trabajo al calmar las potenciales
tormentas.


Papá no puede soportarlo, solía decir. Ninguno de nosotros podía discutir contra esa lógica. Cuando uno o unos cuantos de nosotros nos encontrábamos en problemas, iríamos con Pablo, y él se encargaría de ello antes que papá pudiera
averiguarlo. Años de acoger a un grupo de escandalosos, violentos chicos hizo que Pablo se convierta en un hombre mucho antes de lo que debería. Lo respetábamos por eso, incluyendo mi padre, pero años de ser nuestro protector lo
volvieron un poco arrogante a veces. Pero Paula se mantuvo sonriendo y ajena al hecho de que ahora era un blanco bajo la mirada del guardián de la familia.


—Un gran placer —dijo Marcos, sus ojos ambulantes en lugares que habrían conseguido que cualquier otro muriera.
Papá golpeó la parte trasera de su cabeza y gritó.


—¿Que dije? —dijo, frotándose la parte posterior de la cabeza.


—Siéntate, Paula. Míranos quitarle el dinero a Pepe—dijo Manuel.


Saqué una silla para Paula, y se sentó. Miré a Marcos, y respondió sólo con un guiño. Sabelotodo.


—¿Conociste a Stu Unger? —preguntó Paula, señalando una polvorienta foto.


No pude creerle a mis oídos.


Los ojos de papá se iluminaron. —¿Sabes quién es Stu Unger?


Paula asintió. —Mi papá es un fan también.


Papá se puso de pie, señalando la polvorienta foto a su lado. —Y ese de allí es Doyle Brunson.


Paula sonrió. —Mi papá lo vio jugar una vez. Es increíble.


—El abuelito de Pedro era un profesional. Nos tomamos al póquer muy en serio por aquí. —Papá sonrió.


No era sólo que Paula nunca hubiera mencionado el hecho que conocía algo sobre póquer, también era la primera vez que la había escuchado hablar de su padre.


Mientras observábamos a Marcos barajar y repartir, traté de olvidar lo que había sucedido.
Con sus largas piernas, ligeras pero perfectas y proporcionadas curvas, y grandes ojos, Paula era increíblemente hermosa, pero conocer a Stu Unger por su
nombre la había hecho tener un gran éxito con mi familia. Me acomodé un poco más arriba en mi asiento. No había forma que ninguno de mis hermanos pudiera traer a casa a alguien que superara eso.


Marcos levantó una ceja. —¿Quieres jugar, Paula?


Ella negó con la cabeza. —No creo que debería.


—¿No sabes cómo? —preguntó papá.


Me incliné para besar su frente. —Juega... yo te enseño.


—Deberías darle un beso de despedida a tu dinero en este momento, Paula —se rió Pablo.


Paula apretó los labios y metió la mano en su bolso,sacando dos billetes de cincuenta. Se los entregó a papá, esperando pacientemente que se los cambiara por fichas. Marcos sonrió, dispuesto a tomar ventaja de su confianza.


—Tengo fe en las habilidades para enseñar de Pedro —dijo Paula.


Manuel aplaudió. —¡Demonios, sí! ¡Voy a volverme rico esta noche!


—Empecemos con poco esta vez —dijo papá, lanzando una ficha de cinco dólares.


Marcos repartió, y abrió en abanico las cartas de Paula —¿Alguna vez has jugado?


—Ha pasado un tiempo —asintió.


—No se vale el Go Fish, optimista —dijo Marcos, mirando sus cartas.


—Cierra la boca, Marcos —gruñí, lanzándole una rápida mirada amenazante antes de volver a mirar las cartas de Paula—. Estás buscando cartas altas, números
consecutivos, y de la misma clase si eres muy afortunada.


Perdimos las primeras rondas, pero Paula se rehusaba a que la ayudara.
Luego de eso, empezó a recuperarse con bastante rapidez. Tres manos más tarde,había pateado todos sus traseros sin siquiera pestañear.


—¡Mierda! —Se quejó Marcos—. ¡La suerte del principiante apesta!


—Tienes a una chica que aprende rápido,Pepe —dijo papá, moviendo su boca alrededor de su cigarro.


Tomé un trago de mi cerveza, sintiéndome como el rey del mundo. —¡Me estás haciendo orgulloso, Paloma!


—Gracias.


—Aquellos que no pueden, enseñan —dijo Pablo, sonriendo.


—Muy gracioso, imbécil —murmuré.


—Consíguele una cerveza a la chica —dijo papá, una sonrisa divertida levantaba sus ya hinchadas mejillas.


Con mucho gusto fui y saqué una botella de la nevera, usé el ya roto borde de la encimera para sacar la tapa de la botella. Paula sonrió cuando puse la botella frente a ella y no dudó en tomar uno de sus tan conocidos grandes tragos.
Se limpió los labios con el dorso de la mano, y luego esperó que mi papá le diera sus fichas.


Cuatro manos más tarde, Paula había tomado lo último de su tercera cerveza y miraba a Manuel de cerca. —Está de tu parte, Manuel. ¿Vas a seguir siendo un bebé o vas a dar la cara como un hombre?


Se me estaba haciendo muy difícil mantener la excitación en otras zonas.


Mirar a Paula ganándoles a mis hermanos —y a un veterano del póquer como era mi padre— ronda tras ronda me calentaba. Nunca había visto una mujer más sexy en mi vida, y sucedía que era mi novia.


—¡Que se joda! —dijo Manuel, lanzando sus últimas fichas adentro.


—¿Qué tienes, Paloma? —le pregunté con una sonrisa. Me sentía como un niño en navidad.


—¿Manuel? —solicitó Paula, con el rostro completamente en blanco.


Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. —¡Flush! —Sonrió, extendiendo sus cartas boca arriba sobra la mesa.


Todos miramos a Paula. Sus ojos recorrieron a los hombres a su alrededor y luego golpeó las cartas sobre la mesa. —¡Acepten su derrota y lloren, chicos! ¡Ases y ochos!


—¿Un Full House? ¿Qué demonios? —gritó Marcos.


—Lo siento. Siempre quise decir eso —dijo Paula, riendo mientras agarraba sus fichas.


Los ojos de Pablo se estrecharon. —Esto no es sólo suerte de principiante. Ella juega.


Miré a Pablo por un momento. No quitó sus ojos de Paula.


Entonces, la miré. —¿Has jugado alguna vez, Paloma?
Apretó los labios y se encogió de hombros, dejando que una dulce sonrisa apareciera en las comisuras de su boca. Mi cabeza cayó hacia atrás, y me eché a reír. Intenté decirle lo orgulloso que estaba, pero las palabras no salieron por el
temblor incontrolable que sacudía mi cuerpo. Golpeé la mesa con el puño varias veces, tratando de controlarme.


—¡Tu novia nos acaba de estafar! —dijo Manuel, señalando en mi dirección.


—¡DE NINGUNA JODIDA MANERA! —gimió Marcos, poniéndose de pie.


—Buen plan, Pedro. Traer un tiburón de cartas a la noche de póquer —dijo papá, guiñándole un ojo a Paula.


—¡No lo sabía! —dije, negando con la cabeza.


—¡Tonterías! —dijo Pablo, con los ojos todavía en mi novia.


—¡En serio! —dije.


—Odio decirlo, hermano. Pero creo que acabo de enamorarme de tu chica —dijo Nahuel.


De repente mi risa se había ido y fruncí el ceño. —Oye, ya.


—Ya está bueno. Estaba solamente dejándotela fácil, Paula, pero quiero mi dinero de vuelta, ahora —advirtió Marcos.