TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
martes, 29 de abril de 2014
CAPITULO 104
Antes de poder pensar en una razón para no hacerlo, le agarré la cara y pegué mis labios a los suyos. Sin dudar, Pedro me cogió en brazos. En unas cuantas zancadas, me llevó hasta su dormitorio, y ambos nos desplomamos sobre la cama.
Le quité la camiseta antes de pelearme en la oscuridad con la hebilla de su cinturón. Él la abrió de un tirón, se lo quitó y lo lanzó al suelo. Me levantó del colchón con una mano mientras me bajaba la cremallera del vestido con la otra. Me
lo quité por encima de la cabeza y lo lancé a alguna parte de la oscuridad; entonces,Pedro me besó, gimiendo contra mi boca.
Con unos pocos movimientos rápidos, se quitó los calzoncillos y apretó su pecho contra el mío. Le clavé las manos en el trasero, pero él se resistió cuando intenté empujarlo dentro de mí.
—Los dos estamos borrachos —dijo él, respirando con dificultad.
—Por favor.
Apreté las piernas contra sus caderas, desesperada por aliviar la sensación ardiente que notaba entre los muslos.
Pedro estaba decidido a que volviéramos a estar juntos, y no tenía ninguna intención de luchar contra lo inevitable, así que estaba más que dispuesta a pasar la noche entre sus sábanas.
—Esto no está bien —dijo él.
Estaba justo encima de mí, apretando su frente contra la mía. Esperaba que solo estuviera haciéndose de rogar y que, de algún modo, pudiera convencerlo de que se equivocaba. Era inexplicable, pero parecía que no podíamos estar separados; en cualquier caso, ya no necesitaba ninguna explicación. Ni siquiera una excusa. En ese momento, él era todo lo que necesitaba.
—Te quiero.
—Necesito que lo digas —dijo él.
Mis entrañas lo llamaban a gritos y no podía aguantarlo ni un segundo más.
—Diré lo que quieras.
—Entonces dime que eres mía. Dime que volverás a aceptarme. No quiero hacer esto a menos que estemos juntos.
—En realidad nunca hemos estado separados, ¿no crees? —pregunté esperando que fuera suficiente.
Sacudió la cabeza mientras sus labios se movían sobre los míos.
—Necesito oír cómo lo dices. Necesito saber que eres mía
.
—He sido tuya desde el instante en que nos conocimos.
Mi voz adoptó un tono de súplica. En cualquier otro momento, me habría sentido avergonzada, pero había llegado a un punto en el que los remordimientos ya no tenían lugar. Había luchado contra mis sentimientos, los había guardado y los había embotellado. Había experimentado los momentos más felices de mi vida
en Eastern, y todos habían sido con Pedro. Ya fuera peleándome, amando o llorando, si lo hacía con él, estaba donde quería estar.
Levantó uno de los lados de la boca mientras me tocaba la cara, y después sus labios rozaron los míos en un beso tierno. Cuando lo empujé contra mí, ya no opuso resistencia. Sus músculos se tensaron y aguantó el aliento mientras se
deslizaba dentro de mí.
—Dilo otra vez —me pidió.
—Soy tuya —dije jadeando. Todos mis nervios, dentro y fuera, pedían más—. No quiero volver a separarme nunca más de ti.
—Prométemelo —dijo él, gimiendo al volver a penetrarme.
—Te amo. Te amaré para siempre.
Las palabras fueron poco más que un suspiro, pero lo miré a los ojos mientras las decía. Vi cómo la inseguridad desaparecía de su mirada e, incluso en la penumbra, cómo se le iluminaba la cara.
Satisfecho por fin, selló su boca contra la mía.
CAPITULO 103
Mortificada, cogí a Omar de la mano y lo llevé escaleras abajo, a la pista de baile. Unas cuantas parejas nos siguieron, observándome de cerca a la espera de ver lágrimas o alguna otra respuesta a la invectiva de Pedro. Procuré poner una cara relajada, negándome a darles lo que querían.
Dimos unos cuantos pasos de baile tensos, y Omar suspiró:
—Eso ha sido bastante… raro.
—Bienvenido a mi vida.
Pedro se abrió paso entre las parejas de la pista de baile. Se detuvo a mi lado y tardó un momento en recobrar el equilibrio.
—Voy a cortar esto.
—No, desde luego que no, ¡Dios mío! —dije, negándome a mirarlo.
Después de un momento de tensión levanté la mirada y vi a Pedro fulminando con la mirada a Omar.
—Si no te apartas ahora mismo de mi chica, te rajaré la puta garganta. Aquí mismo, en la pista de baile.
Omar no sabía qué hacer, y su mirada pasaba de mí a Pedro nerviosamente.
—Lo siento, Pau —dijo él, apartando los brazos lentamente de mí. Se retiró a las escaleras y yo me quedé de pie, humillada.
—Lo que siento ahora mismo por ti, Pedro…, se acerca mucho al odio.
—Baila conmigo —me rogó, balanceándose para no caerse.
La canción acabó y suspiré aliviada.
—Vete a beber otra botella de whisky, Pepe.
Me di media vuelta y me puse a bailar con el único chico sin pareja de la pista de baile.
El ritmo era más rápido, y sonreí a mi nuevo y sorprendido compañero de baile, mientras intentaba ignorar que Pedro estaba solo a unos metros detrás mí.
Otro hermano Sig Tau empezó a bailar detrás de mí, cogiéndome por las caderas. Lo cogí por detrás y lo acerqué más a mí. Me recordó a cómo bailaban Pedro y Aldana esa noche en el Red, e hice lo posible por recrear la escena que tantas veces había deseado poder olvidar. Tenía dos pares de manos en casi todas las partes de mi cuerpo: la cantidad de alcohol que llevaba en el cuerpo me hacía más fácil
ignorar mi timidez.
De repente, me levantaron en el aire. Pedro me colocó sobre su hombro, al mismo tiempo que empujaba a uno de sus hermanos de hermandad con tanta fuerza que lo tiró al suelo.
—¡Bájame! —dije, golpeándole con los puños en la espalda.
—No voy a permitirte que te pongas en evidencia a mi costa —gruñó él, subiendo las escaleras de dos en dos.
Todo aquel junto al que pasábamos se quedaba mirando cómo daba patadas y gritaba, mientras Pedro me llevaba a cuestas.
—¿Y no te parece —dije mientras me debatía— que esto nos pone en evidencia? ¡Pedro!
—¡Valentin! ¿Está Andres fuera? —preguntó Pedro, esquivando los movimientos sin sentido de mis extremidades.
—Eh…, pues sí —respondió.
—¡Bájala! —dijo Rosario, dando un paso hacia nosotros.
—¡Rosario! —dije retorciéndome—. ¡No te quedes ahí sin más! ¡Ayúdame!
Su boca se curvó hacia arriba y se rio.
—¡Estáis ridículos!
Arqueé las cejas al oír sus palabras, conmocionada y enfadada porque le pareciera que aquella situación pudiera tener algo de divertida. Pedro se dirigió a la puerta, mientras yo la fulminaba con la mirada.
—¡Muchas gracias, amiga!
El aire frío golpeó las zonas de mi cuerpo que llevaba al aire y protesté más fuerte.
—¡Bájame, maldita sea!
Pedro abrió la puerta de un coche y me lanzó al asiento trasero, antes de sentarse a mi lado.
—Andres, ¿eres tú el encargado de conducir esta noche?
—Sí —respondió nervioso, mientras me observaba debatirme por escapar.
—Necesito que nos lleves a mi apartamento.
—Pedro…, no creo…
La voz de Pedro sonaba controlada, pero amenazadora.
—Hazlo, Andres, o te clavaré el puño en la parte trasera de la cabeza, lo juro por Dios.
Andres quitó el freno de mano, mientras yo me lanzaba a por la manilla de la puerta.
—¡No pienso ir a tu apartamento!
Pedro me cogió por una de las muñecas y luego por la otra. Me incliné para morderle el brazo. Cerró los ojos y, cuando hundí los dientes en su carne, un gruñido bajo se escapó de sus mandíbulas apretadas.
—Haz lo que quieras, Paloma. Estoy cansado de tu mierda.
Solté su piel y sacudí los brazos, luchando por liberarme.
—¿Mi mierda? ¡Déjame salir de este puto coche!
Se acercó mis muñecas a la cara.
—¡Te amo, maldita sea! ¡No vas a ninguna parte hasta que estés sobria y dejemos las cosas claras!
—¡Tú eres el único que tiene que aclararse, Pedro! —dije.
Finalmente, me soltó las muñecas; yo me crucé de brazos y puse mala cara el resto del trayecto.
Cuando el coche aminoró la velocidad en una señal de stop, me incliné hacia delante.
—¿Puedes llevarme a casa, Andres?
Pedro me sacó del coche agarrándome por el brazo y volvió a echarme sobre su hombro para subir las escaleras.
—Buenas noches, Andres.
—¡Voy a llamar a tu padre! —grité.
Pedro se rio a carcajadas.
—¡Y probablemente me dé una palmadita en el hombro y me diga que ya iba siendo hora!
Se peleó con la cerradura de la puerta mientras yo pataleaba y movía los brazos, intentado soltarme.
—¡Déjalo ya, Paloma, o acabaremos cayéndonos los dos por las escaleras!
Después de abrir la puerta, se precipitó furioso hacia la habitación de Valentin.
—¡Suéltame! —grité.
—¡Vale! —dijo él, tirándome sobre la cama de Valentin—. Duerme la mona. Ya hablaremos por la mañana.
La habitación estaba a oscuras; la única luz era un rayo rectangular que entraba por el umbral de la puerta desde el pasillo. Luché por aclararme las ideas en medio de aquella oscuridad, la cerveza y la rabia, y cuando él se acercó a la luz, vi su sonrisa petulante.
Golpeé el colchón con los puños.
—¡Ya no puedes decirme qué hacer, Pedro! ¡No soy tuya!
En el segundo que tardó en volverse hacia mí, su cara se había retorcido en una mueca de ira. Se abalanzó sobre mí, clavando las manos sobre la cama y acercándose a mi cara.
—¡Pues yo sí que soy tuyo! —Se le hincharon las venas del cuello al gritar, pero yo le devolví la mirada, negándome a dejarme amedrentar. Me miró los labios, jadeando—: Soy tuyo —susurró, mientras su ira se desvanecía al darse
cuenta de lo cerca que estábamos.
CAPITULO 102
Miré a mi alrededor, evitando sus ojos. Me fijaba cuidadosamente en cada uno de sus movimientos: los cambios de presión de sus dedos en los puntos donde
me tocaba, cómo arrastraba los pies junto a los míos o cómo deslizaba los brazos sobre mi vestido. Me sentía ridícula fingiendo que no me daba cuenta. Se le estaba curando el ojo, el hematoma casi había desaparecido y ya no tenía manchas rojas en la cara, o bien habían sido solo fruto de mi imaginación. Todas las pruebas de esa horrible noche se habían borrado y solo quedaban los recuerdos dolorosos.
Seguía de cerca cada una de mis respiraciones y, cuando la canción estaba a punto de acabar, suspiró.
—Estás preciosa, Paloma.
—No hagas eso.
—¿El qué? ¿Decirte que estás preciosa?
—Simplemente…, no lo hagas.
—No lo decía en serio.
Resoplé por la frustración.
—Gracias.
—No…, desde luego que estás preciosa. Eso sí lo decía en serio. Me refería a lo que dije en mi habitación. No te voy a mentir. Disfruté interrumpiendo tu cita con Adrian…
—No era una cita, Pedro. Solo estábamos cenando algo. Ahora no me habla, y todo gracias a ti.
—Lo he oído, y lo siento.
—No, no lo sientes.
—Sí…, vale, tienes razón —dijo él tartamudeando cuando vio mi cara de impaciencia—, pero no…, esa no fue la única razón por la que te llevé a la pelea. Quería que estuvieras allí conmigo, Paloma. Eres mi amuleto de la buena suerte.
—No soy nada tuyo —le espeté, fulminándolo con la mirada.
Enarcó las cejas y dejó de bailar.
—Lo eres todo para mí.
Apreté los labios, intentando dar muestras de mi enfado, pero era imposible que no se me pasara tal como me estaba mirando a mí.
—En realidad, no me odias, ¿verdad?
Me aparté de él en un intento de poner más distancia entre nosotros.
—A veces desearía hacerlo. Haría que todo fuera muchísimo más fácil.
Una sonrisa se extendió en sus labios, que dibujaron una línea delgada y sutil.
—Bueno, ¿y qué es lo que te cabrea más? ¿Lo que hice para que me odiaras? ¿O saber que no puedes odiarme?
Volví a estar enfadada. Pasé a su lado empujándolo y subí las escaleras que llevaban a la cocina. Noté que empezaba a tener los ojos húmedos, pero me negaba a parecer una puñetera desgraciada en aquella fiesta de citas.
Jeronimo se colocó de pie a mi lado, junto a la mesa, y suspiré con alivio cuando me entregó otra cerveza.
Durante la siguiente hora, observé a Pedro mantener a raya a las chicas y engullir dos chupitos de whisky en el salón. Cada vez que me pillaba espiándolo,apartaba la mirada, decidida a acabar la noche sin montar una escena.
—Tenéis pinta de estar muy agobiados —dijo Valentin.
—No podrían parecer más aburridos aunque lo intentaran —gruñó Rosario.
—No te olvides de que no queríamos venir —les recordó Jero.
Rosario puso su famosa cara con la que siempre conseguía hacerme ceder.
—Podrías disimular un poco, Pau. Por mí.
Justo cuando iba a abrir la boca para soltarle un corte, Jero me tocó el brazo.
—Creo que hemos cumplido con nuestra obligación. ¿Lista para irnos, Pau?
Me bebí lo que me quedaba de la cerveza con un movimiento rápido y después cogí la mano de Jeronimo. Aunque estaba ansiosa por irme, me quedé de piedra cuando la misma canción que Pedro y yo bailamos en mi fiesta de cumpleaños empezó a flotar escaleras arriba. Cogí la botella de Jeronimo y le di otro trago, intentando bloquear los recuerdos que volvían junto con la música.
Omar se apoyó junto a mí.
—¿Quieres bailar?
Le sonreí y dije que no con la cabeza. Empezó a decir otra cosa, pero lo interrumpieron.
—Baila conmigo.
Pedro estaba a escasa distancia y con la mano tendida hacia mí.
Rosario, Valentin y Jeronimo nos observaban fijamente, esperando mi respuesta a Pedro.
—Déjame en paz, Pedro —dije, cruzándome de brazos.
—Es nuestra canción, Paloma.
—No tenemos canción.
—Pau…
—No.
Miré a Omar con una sonrisa forzada.
—Me encantaría bailar, Omar.
Las pecas de las mejillas de Omar se estiraron cuando sonrió y me señaló el camino hacia las escaleras.
Pedro se quedó estupefacto, con una mirada que traslucía claramente el dolor.
—¡Un brindis! —gritó él.
Retrocedí justo a tiempo de verlo subirse a una silla después de robar una cerveza al sorprendido hermano Sig Tau que estaba más cerca de él. Miré a Rosario, que observaba a Pedro con cara de dolor.
—¡Por los capullos! —dijo él, señalando a Omar—. ¡Y por las chicas que te rompen el corazón! —Me señaló con la cabeza—. ¡Y por la mierda de perder a tu mejor amiga por ser tan estúpido como para enamorarte de ella!
Se llevó la cerveza a la boca y apuró lo que quedaba de ella, después la tiró al suelo. La habitación se quedó en silencio excepto por la música que sonaba en el piso inferior; todo el mundo miraba a Pedro sin entender absolutamente nada.
lunes, 28 de abril de 2014
CAPITULO 101
JUSTO antes de que el sol asomara por el horizonte, Rosario y yo dejamos silenciosamente el apartamento. No hablamos durante el camino a Morgan.
Agradecía el silencio. No quería hablar, no quería pensar, solo deseaba borrar las últimas doce horas. Sentía el cuerpo pesado y dolorido, como si hubiera tenido un accidente de coche. Cuando entramos en mi habitación, vi que la cama de Carla estaba hecha.
—¿Puedo quedarme un rato? Necesitaría que me dejaras tu plancha —me dijo Rosario.
—Ro, estoy bien. Vete a clase.
—No estás bien en absoluto. No quiero dejarte sola.
—Precisamente es lo único que quiero en este momento.
Abrió la boca para protestar, pero solo suspiró. No iba a cambiar de opinión.
—Volveré a ver cómo estás después de clase.
Asentí y cerré con llave la puerta tras ella. La cama crujió cuando me dejé caer encima resoplando. Durante todo ese tiempo, creía que era importante para Pedro, que me necesitaba. Sin embargo, en ese momento, me sentía como el resplandeciente juguete nuevo que Adrian decía que era. Pedro había querido demostrarle a Adrian que seguía siendo suya. Suya.
—No soy de nadie —dije a la habitación vacía.
Al oír esas palabras, me sentí abrumada por la pena que sentía por la noche anterior. No pertenecía a nadie.
Nunca me había sentido tan sola en mi vida.
Jeronimo me puso delante una botella marrón. A ninguno de nosotros le apetecía celebrar nada, pero al menos me reconfortaba el hecho de que,según Rosario, Pedro pensara evitar la fiesta de citas a toda costa. Del techo colgaban
latas de cerveza vacías envueltas en papel rojo y rosa, y no paraban de pasar chicas con vestidos rojos de todos los estilos. Además, las mesas estaban cubiertas de pequeños corazones de papel de aluminio.Jeronimo puso los ojos en blanco ante las ridículas decoraciones.
—El día de San Valentín en una hermandad. Qué romántico —dijo, sin quitar ojo a las parejas que pasaban junto a nosotros.
Valentin y Rosario habían estado bailando en el piso de abajo desde el momento en que llegamos, y Jero y yo hicimos notar nuestro descontento por estar allí poniendo mala cara en la cocina. Me bebí rápidamente el contenido de la botella, decidida a olvidar los recuerdos de la última fiesta a la que había asistido.
Jeronimo abrió otra botella y me pasó una más a mí, consciente de lo desesperada que estaba por olvidar.
—Iré a buscar más —me dijo, volviéndose hacia el frigorífico.
—El barril es para los invitados, las botellas para los Sig Tau —comentó desdeñosa una chica a mi lado.
Bajé la mirada al vaso rojo que sujetaba en la mano.
—O tal vez eso es lo que te ha dicho tu novio porque contaba con que la cita le saliera barata.
Frunció los párpados y se alejó de la encimera, llevándose su vaso a otro sitio.
—¿Quién era esa? —preguntó Jeronimo, dejando delante de nosotros cuatro botellas más.
—La típica zorra de hermandad —dije, sin dejar de mirarla mientras se iba.
Cuando Valentin y Rosario se reunieron con nosotros, había seis botellas vacías en la mesa a mi lado. Tenía los dientes adormilados y noté que me costaba mucho menos sonreír. Apoyada sobre la encimera, me sentía más a gusto. Al
parecer, Pedro no iba a presentarse, así que podría soportar el resto de la fiesta en paz.
—¿Es que no vais a bailar o qué? —preguntó Rosario.
Miré a Jeronimo.
—¿Quieres bailar conmigo, Jero?
—¿Tú crees que vas a poder? —preguntó alzando una ceja.
—Solo hay una manera de averiguarlo —dije, mientras lo empujaba escaleras abajo.
Saltamos y bailamos hasta que una fina capa de sudor empezó a formarse bajo mi vestido. Justo cuando pensaba que me iban a estallar los pulmones, una canción lenta empezó a sonar por los altavoces. Jeronimo observó incómodo a nuestro alrededor cómo la gente se emparejaba y se acercaba.
—Vas a hacerme bailar esto, ¿no? —preguntó él.
—Es San Valentín, Jero. Finge que soy un chico.
Él se rio y me cogió entre sus brazos.
—Me va a resultar difícil con ese vestido rosa corto que llevas.
—Ya, claro, como si nunca hubieras visto a un chico con un vestido.
Jeronimo se encogió de hombros.
—Cierto.
Se rio mientras acercaba mi cabeza a su hombro. Sentí el cuerpo pesado y torpe cuando intenté moverme siguiendo aquel ritmo lento.
—¿Puedo interrumpir, Jero ?
Pedro estaba de pie a nuestro lado. Parecía divertido por la situación, pero también alerta a mi reacción. Inmediatamente se me encendieron las mejillas.
Jeronimo me miró a mí y luego a Pedro.
—Claro.
—Jeronimo —dije entre dientes, mientras él se alejaba.
Pedro me empujó contra él, pero yo intenté mantener tanto espacio entre nosotros como me fue posible.
—Pensé que no ibas a venir.
—Y no iba a hacerlo, pero me he enterado de que estabas aquí, así que tenía que venir.
CAPITULO 100
Pedro entró con una toalla anudada a la cintura y sujetando una lata fría de cerveza contra el ojo. Rosario salió de la habitación sin una palabra mientras Pedro se ponía los calzoncillos. Después cogió su almohada. Valentin trajo cuatro vasos esta vez, todos llenos hasta el borde de licor ámbar. Todos apuramos el whisky sin dudarlo.
—Nos vemos por la mañana —dijo Rosario, dándome un beso en la mejilla.
Pedro cogió mi vaso y lo dejó en la mesita de noche. Se quedó mirándome un momento y después fue hasta su armario, descolgó una camisa y la lanzó sobre la cama.
—Siento cagarla tanto —dijo él, sujetándose la cerveza contra el ojo.
—Tienes un aspecto terrible. Mañana estarás hecho una mierda.
Él sacudió la cabeza, disgustado.
—Pau, has sufrido un ataque esta noche. No te preocupes por mí.
—Es difícil mientras veo cómo se te hincha el ojo —dije, mientras me ponía la camisa en el regazo.
Apretó las mandíbulas.
—No habría pasado si hubiera dejado que te quedaras con Adrian. Pero sabía que, si te lo pedía, vendrías. Quería demostrarle que sigues siendo mía. Y has acabado herida.
Sus palabras me pillaron desprevenida y pensé que no había oído bien.
—¿Por eso me pediste que fuera esta noche? ¿Para demostrarle algo a Adrian?
—En parte, sí —dijo, avergonzado.
Se me heló la sangre en las venas. Por primera vez desde que nos conocíamos, Pedro me había engañado. Había ido a Hellerton con él pensando que me necesitaba, pensando que, a pesar de todo, habíamos vuelto a donde estábamos
al principio. Y no era más que un farol; él había marcado su territorio y yo se lo había permitido.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¡Vete!
—Paloma —dijo él, dando un paso hacia mí.
—¡Vete!—dije cogiendo el vaso de la mesita de noche y lanzándolo contra él.
Pedro se agachó y el vaso estalló contra la pared en cientos de pequeños y relucientes añicos.
—¡Te odio!
Pedro suspiró como si le hubieran sacado todo el aire de un golpe y, con una expresión de dolor, me dejó a solas.
Me quité la ropa y me puse la camiseta. El ruido que salió de mi garganta me sorprendió. Llevaba mucho tiempo sin sollozar incontrolablemente. Al cabo de un momento, Rosario entró corriendo en la habitación.
Se metió en la cama y me rodeó con los brazos. No me hizo ninguna pregunta ni intentó consolarme, simplemente me abrazó mientras la funda de la almohada se empapaba con mis lágrimas.
CAPITULO 99
Una pequeña multitud se reunió alrededor de ellos mientras luchaban en el suelo. Pedro asestó un puñetazo tras otro en la cara de aquel hombre, mientras Valentin volvía a apretarme contra su pecho, aún jadeando. El hombre dejó de devolver los golpes, y Pedro lo dejó sangrando en el suelo.
Quienes se habían congregado a su alrededor, se dispersaron para dar más espacio a Pedro, al ver la rabia en sus ojos.
—¡Pedro! —gritó Valentin, señalando al otro lado del edificio.
Eduardo cojeaba en la sombra, usando el muro de ladrillos de Hellerton para sujetarse. Cuando oyó a Valentin gritar el nombre de Pedro, se volvió justo a tiempo para ver a su asaltante abalanzarse sobre él. Tras lanzar la botella de
cerveza que llevaba en las manos, Eduardo cruzó cojeando el césped en dirección a la calle tan rápido como sus piernas se lo permitían. Precisamente cuando llegó a su
coche, Pedro lo cogió y lo golpeó contra el vehículo.
Eduardo no dejaba de suplicar a Pedro, pero este lo agarró por el cuello de la camisa y estampó su cabeza en la puerta del coche. Las súplicas se acabaron con el sonoro golpe de su cráneo contra el parabrisas; inmediatamente, Pedro lo empujó delante del coche y rompió un faro con la cara de Eduardo.Pedro lo lanzó sobre el capó y aplastó su cara contra el metal mientras gritaba obscenidades.
—Mierda —dijo Valentin. Me volví y vi el resplandor azul y rojo de las luces de un coche de policía que se acercaba rápidamente. Montones de personas saltaron desde la plataforma, creando una cascada humana desde la salida de incendios, y ráfagas de estudiantes salieron corriendo en todas las direcciones.
—¡Pedro! —grité.
Pedro dejó el cuerpo inerte de Eduardo sobre el capó del coche y corrió hacia nosotros. Valentin me llevó hasta el aparcamiento y abrió a toda velocidad la puerta de su coche. Salté al asiento trasero y esperé angustiada a que ambos
entraran. Muchos coches salieron rápidamente de donde estaban aparcados en dirección a la carretera, pero se detuvieron chirriando cuando un segundo coche de policía bloqueó el camino.
Pedro y Valentin saltaron a sus asientos, y Valentin lanzó una maldición cuando vio que los coches atrapados volvían marcha atrás desde la única salida.
Arrancó el coche, y el Charger botó cuando saltó por encima de la cuneta. Pasó sobre el césped y salió volando entre dos edificios, hasta que volvió a rebotar cuando cogimos la calle que estaba detrás de la universidad.
Los neumáticos chirriaron y el motor rugió cuando Valentin pisó el acelerador. Me deslicé por el asiento hasta darme contra el interior de la carrocería del vehículo cuando giramos y me golpeé el codo que ya tenía magullado. Las
luces de la calle entraban por la ventanilla mientras corríamos hacia el apartamento, pero parecía que había pasado cerca de una hora cuando finalmente nos detuvimos en el aparcamiento.
Valentin aparcó el Charger y apagó el motor. Los chicos abrieron sus puertas en silencio, y Pedro pasó al asiento de atrás para cogerme en brazos.
—¿Qué ha ocurrido? Joder, Pepe, ¿qué te ha pasado en la cara? —dijo Rosario corriendo escaleras abajo.
—Te lo contaré dentro —dijo Valentin, guiándola hacia la puerta.
Conmigo en brazos, Pedro subió las escaleras, cruzó el salón y el pasillo sin decir una palabra, hasta que me dejó en su cama.Moro me daba pataditas en las piernas y saltaba sobre la cama para lamerme la cara.
—Ahora no, pequeño —dijo Pedro en voz baja, mientras se llevaba al cachorro al pasillo y cerraba la puerta.
Se arrodilló delante de mí y tocó los bordes deshilachados de mi manga. Su ojo estaba en la fase inicial de un hematoma, rojo e hinchado. La piel irritada de encima estaba rasgada y bañada en sangre. Tenía los labios manchados de escarlata y desgarros en la piel de algunos nudillos. La camiseta que antes había sido blanca estaba ahora manchada de una combinación de sangre, hierba y barro.
Le toqué el ojo y él hizo un gesto de dolor, apartándose de mi mano.
—Lo siento mucho, Paloma. Intenté llegar hasta ti. De verdad… —Se aclaró la garganta, asfixiado por la ira y la preocupación—. Pero no podía.
—¿Puedes pedirle a Rosario que me lleve de vuelta a Morgan? —dije.
—No puedes volver allí esta noche. El sitio está a rebosar de policías. Tú quédate aquí, yo dormiré en el sofá.
Ahogué una exhalación entrecortada, intentando no derramar más lágrimas.
Ya se sentía bastante mal.
Pedro se levantó y abrió la puerta.
—¿Adónde vas? —le pregunté.
—Tengo que darme una ducha. Vuelvo enseguida.
Rosario se cruzó con él cuando salió y se sentó a mi lado en la cama, acercándome a su pecho.
—¡Siento muchísimo no haber estado allí! —gritó ella.
—Estoy bien —dije mientras me secaba la cara manchada por las lágrimas.
Valentin llamó a la puerta y entró con un vaso lleno hasta la mitad de whisky.
—Toma —dijo, dándoselo a Rosario.
Ella me lo puso en las manos y me dio un ligero golpe con el codo.
Eché hacia atrás la cabeza y dejé que el líquido cayera por mi garganta.
Arrugué la cara conforme el whisky pasaba ardiendo hasta mi estómago.
—Gracias —dije, devolviéndole el vaso a Valentin.
—Tendría que haber llegado antes. Ni siquiera me di cuenta de que no estabas. Lo siento, Pau, debería…
—No es culpa tuya, Valen. No es culpa de nadie.
—Es culpa de Eduardo —dijo entre dientes—. Ese cabrón estaba metiéndole mano por todas partes contra la pared.
—¡Cariño! —dijo Rosario, conmocionada y acercándome a ella.
—Necesito otra copa —dije, empujando el vaso vacío hacia Valentin.
—Yo también —dijo este antes de volver a la cocina.
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