TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
lunes, 21 de abril de 2014
CAPITULO 78
Por un momento, me quedé esperando reconocer algún destello de burla en sus ojos, esperando que me dijera que bromeaba. Sin embargo, lo único que veía era inseguridad y codicia.
—¿Por qué te has molestado en preguntármelo, Pedro? Ibas a trabajar para Benny dijera yo lo que dijera.
—Quiero tu apoyo en esto, pero es demasiado dinero para rechazarlo. Sería una locura decir que no.
Tuve que sentarme un momento, estupefacta. Cuando conseguí asimilarlo,asentí.
—Está bien. Has tomado tu decisión.
La cara de Pedro se iluminó.
—Ya verás, Paloma. Será genial. —Saltó de la cama, vino hasta mí y me besó en los dedos—. Me muero de hambre, ¿y tú?
Dije que no con la cabeza y me besó en la frente antes de dirigirse a la cocina. Una vez que sus pasos se alejaron del pasillo, cogí mi ropa de las perchas, dando gracias por tener sitio en mi maleta para la mayoría de mis pertenencias.
Lágrimas de rabia me resbalaban por las mejillas. Nunca debería haber llevado a Pedro a ese lugar. Había luchado con uñas y dientes por mantenerlo alejado de los aspectos oscuros de mi vida y, en cuanto la oportunidad se había presentado, lo había arrastrado hasta el centro mismo de todo lo que odiaba sin pensármelo dos veces.
Pedro iba a ser parte de aquello y, si no me dejaba salvarlo, tendría que salvarme a mí misma.
Llené la maleta hasta el límite y cerré la cremallera metiendo las cosas que sobresalían. La bajé de la cama y la arrastré por el pasillo, sin mirarlo cuando pasé por la cocina. Me apresuré a bajar las escaleras, aliviada al comprobar que Rosario y Valentin seguían besándose y riéndose en el aparcamiento, mientras pasaban el equipaje de ella del Charger al Honda.
—¿Paloma? —me llamó Pedro desde el umbral del apartamento.
Toqué a Rosario en la muñeca.
—Necesito que me lleves a Morgan, Ro.
—¿Qué ocurre? —dijo ella, al darse cuenta de la gravedad de la situación por mi expresión.
Miré detrás de mí y vi a Pedro bajando corriendo las escaleras y cruzando el césped hasta donde estábamos nosotras.
—¿Qué estás haciendo? —dijo él, señalando mi maleta.
Si se lo hubiera dicho en ese momento, habría perdido toda mi esperanza de separarme de Ruben, de Las Vegas, de Benny y de todo lo que no quería en mi vida.
Pedro no me dejaría ir y por la mañana me habría convencido de aceptar su decisión.
Me rasqué la cabeza y sonreí, intentando conseguir algo de tiempo para pensar en una excusa.
—¿Paloma?
—Me llevo mis cosas a Morgan. Allí hay muchas lavadoras y secadoras, y tengo una cantidad escandalosa de ropa para lavar.
Frunció el ceño.
—¿Te ibas sin decírmelo?
Miré a Rosario y después a Pedro, mientras buscaba la mentira más creíble.
—Iba a volver, Pepe. Estás hecho un puñetero paranoico —dijo Rosario con la sonrisa desdeñosa que había usado para engañar a sus padres muchas veces.
—Oh —dijo él, todavía inseguro—. ¿Te quedas aquí esta noche? —me preguntó, pellizcándome la tela del abrigo.
—No lo sé. Supongo que depende de cuándo acabe de hacer la colada.
Pedro sonrió y me acercó a él.
—Dentro de tres semanas, pagaré a alguien para que te haga la colada. O puedes tirar la ropa sucia y comprarte nueva.
—¿Vas a volver a luchar para Benny otra vez? —preguntó Rosario, sin salir de su asombro.
—Me ha hecho una oferta que no podía rechazar.
—Pedro —empezó a decir Valentin.
—Chicos, no me deis el coñazo. Si Paloma no me ha hecho cambiar de opinión, vosotros no lo conseguiréis.
Rosario me miró a los ojos y comprendió lo que pasaba.
—Bueno, será mejor que te llevemos, Pau. Vas a tardar un montón en lavar esa pila de ropa.
Asentí y Pedro se inclinó para besarme. Lo acerqué más, sabiendo que esa sería la última vez que sintiera sus labios contra los míos.
—Nos vemos después —dijo él—. Te quiero.
Valentin metió mi maleta en el Honda, y Rosario se sentó al volante, a mi lado.Pedro cruzó los brazos sobre el pecho, charlando con Valentin mientras Rosario encendía el motor.
—No puedes quedarte en tu habitación esta noche, Pau. Irá a buscarte allí directamente en cuanto averigüe lo que ocurre —dijo Rosario mientras salía marcha atrás lentamente del aparcamiento.
Los ojos se me llenaron de lágrimas que rodaron por mis mejillas.
—Lo sé.
La expresión alegre de Pedro cambió al ver la mirada de mi cara. No tardó un momento en correr hacia mi ventanilla.
—¿Qué te pasa, Paloma? —dijo él, golpeando el cristal.
—Vamos,Ro —dije, secándome los ojos.
Centré la vista en la carretera que teníamos delante, mientras Pedro corría junto al coche.
—¿Paloma? ¡Rosario! ¡Para el jodido coche! —gritó, golpeando el cristal una y otra vez con la palma de la mano
—. ¡Pau, no lo hagas! —dijo, con la expresión de su cara deformada por la conciencia de los hechos y el miedo.
Rosario cogió la carretera principal y pisó fuerte el acelerador.
—Este asunto no me va a dejar tranquila, solo para que lo sepas.
Echó un vistazo por el espejo retrovisor y pateó el suelo del coche.
—Cielos, es Pedro —murmuró sin aliento.
Me volví y lo vi correr a toda velocidad detrás de nosotras, desapareciendo y reapareciendo entre las luces y las sombras de las farolas de la calle. Cuando llegó al final del bloque, se dio media vuelta y corrió hacia el apartamento.
—Va a por su moto. Nos seguirá a Morgan y montará una escena.
Cerré los ojos.
—Tú solo… corre. Dormiré en tu habitación esta noche. ¿Crees que a Teresa le importará?
—Nunca está. ¿De verdad piensa trabajar para Benny?
Se me había atragantado la respuesta en la garganta, así que simplemente asentí. Rosario me cogió la mano y me la apretó.
—Has tomado la decisión correcta, Pau. No puedes pasar por todo eso otra vez. Si no te escucha a ti, no escuchará a nadie.
Mi móvil sonó. Lo miré y vi a Pedro haciendo una mueca. Le di a ignorar.
Menos de cinco segundos después, volvió a sonar. Lo apagué y me lo guardé en el bolso.
—Se va a montar un follón horrible —dije, mientras sacudía la cabeza y me secaba los ojos.
—No envidio los próximos días que te esperan. No me puedo imaginar romper con alguien que se niegue a mantenerse a distancia. Porque sabes que será así, ¿no?
Nos detuvimos en el aparcamiento de Morgan. Rosario sujetó la puerta mientras yo metía mi maleta, corrimos a su habitación y resoplé, esperando a que abriera la puerta. La mantuvo abierta y me lanzó la llave.
—Acabará haciendo que lo arresten o algo así —dijo ella.
Se marchó por el pasillo y la observé corriendo por el aparcamiento desde la ventana. Se metió en el coche, justo cuando Pedro detuvo su moto a su lado.
Corrió hasta el asiento del copiloto y abrió la puerta de un tirón. Cuando vio que no estaba en el coche, se volvió a mirar las puertas de Morgan. Rosario dio marcha atrás mientras Pedro corría hacia el edificio, y yo me volví a mirar la puerta.
CAPITULO 77
Sacudí la cabeza y me di la vuelta para seguir metiendo nuestra ropa en las maletas. Cuando aterrizáramos en la pista, en casa, volvería a ser él mismo de nuevo. Las Vegas hacía que la gente se comportara de forma extraña, y no podía razonar con él mientras estuviera embriagado por el flujo de dinero y whisky.
Me negué a seguir discutiéndolo hasta que llegamos al avión, temerosa de que Pedro me dejara irme sin él. Me abroché el cinturón del asiento y apreté los dientes al ver cómo miraba melancólico por la ventana mientras ascendíamos por el cielo nocturno. Ya añoraba la perversión y las tentaciones sin límites que una ciudad como Las Vegas ofrecía.
—Es mucho dinero, Paloma.
—No.
Sacudió la cabeza hacia mí.
—Es mi decisión. Me parece que no estás considerando todos los aspectos.
—Pues a mí me parece que tú has perdido la cabeza.
—¿Ni siquiera piensas considerarlo?
—No, y tampoco tú. No vas a trabajar para un criminal asesino en Las Vegas, Pedro. Es completamente ridículo que pensaras que podría considerarlo.
Pedro suspiró y miró por la ventana.
—Mi primera pelea es dentro de tres semanas.
Me quedé boquiabierta.
—¿Ya has aceptado?
Parpadeó.
—Todavía no.
—¿Pero piensas hacerlo?
Sonrió.
—Se te pasará el enfado cuando te compre un Lexus.
—No quiero un Lexus —dije entre dientes.
—Podrás elegir el que quieras, nena. Imagínate cómo será entrar en el concesionario que decidas y, simplemente, escoger tu color favorito.
—No haces esto por mí. Deja de fingir que sí.
Se inclinó hacia mí y me besó el pelo.
—No, lo hago por nosotros. Pero ahora no ves lo genial que va a ser.
Sentí un escalofrío en el pecho que me recorrió la columna vertebral hasta llegar a las piernas. No entraría en razón hasta que llegáramos al apartamento, y me aterraba que Benny le hubiera hecho una oferta que no pudiera rechazar.
Procuré librarme de mis miedos; tenía que creer que Pedro me amaba lo suficiente para olvidarse del dinero y de las falsas promesas de Benny.
—¿Paloma? ¿Sabes cocinar un pavo?
—¿Un pavo?
El repentino cambio de conversación me había pillado desprevenida. Él me estrechó la mano.
—Bueno, se acerca Acción de Gracias, y ya sabes que mi padre te adora.Quiere que vengas a casa ese día, pero siempre acabamos pidiendo pizza y viendo el partido. Así que había pensado que tú y yo podríamos intentar cocinar un pavo juntos. Ya sabes, para disfrutar del menú típico por una vez en casa de los Alfonso.
Apreté los labios para intentar no reírme.
—Solo tienes que descongelar el pavo, ponerlo en una fuente y asarlo en el horno durante todo un día. No tiene mucha ciencia.
—¿Entonces vendrás? ¿Me ayudarás?
Me encogí de hombros.
—Claro.
Pedro había dejado de pensar en las embriagadoras luces que sobrevolábamos, así que me permití albergar la esperanza de que llegara a ver lo mucho que se equivocaba con Benny después de todo.
Pedro soltó nuestras maletas sobre la cama y yo me dejé caer junto a ellas.
No había sacado el tema de Benny, y esperaba que su sangre empezara a limpiarse de Las Vegas. Tuve que bañar a Moro, porque apestaba a humo y calcetines sucios
después de pasarse todo el fin de semana en el apartamento de Benjamin, y lo sequé con la toalla en el dormitorio.
—¡Vaya! ¡Ahora hueles mucho mejor! —dije entre risas mientras él se sacudía, rociándome con gotitas de agua.
Se levantó sobre las patas traseras y me cubrió la cara de besitos de cachorro.
—Yo también te he echado de menos, pequeñín.
—¿Paloma? —preguntó Pedro, entrelazando los dedos nervioso.
—¿Sí? —dije, mientras seguía frotando a Moro con la suave toalla amarilla.
—Quiero hacerlo. Quiero pelear en Las Vegas.
—No —dije, sonriendo ante la cara feliz de Moro.
Él suspiró.
—No me estás escuchando. Voy a hacerlo. Dentro de unos meses verás que era la decisión correcta.
Levanté la mirada hacia él.
—Vas a trabajar para Benny.
Asintió nervioso y, entonces, sonrió.
—Solo quiero cuidarte, Paloma.
Mis ojos se inundaron de lágrimas al saber que estaba decidido.
—No quiero nada que hayas comprado con ese dinero, Pedro. Ni quiero tener nada que ver ni con Benny ni con Las Vegas, ni con ninguna otra cosa relacionada con ellos.
—Pues la idea de comprar un coche con el dinero ganado con mis peleas aquí no te planteaba ningún problema.
—Eso es diferente y lo sabes.
Frunció el ceño.
—Todo irá bien, Paloma. Ya lo verás.
CAPITULO 76
Pedro finalmente se abrió paso entre la multitud junto a Benny, que lo cogía por el hombro y le susurraba algo al oído. Pedro asintió y le respondió. Se me heló la sangre al verlo tratar tan amigablemente al hombre que nos había
amenazado hacía menos de veinticuatro horas. Pedro se deleitaba con los aplausos y las felicitaciones por su triunfo, mientras la multitud rugía. Caminaba muy recto,su sonrisa era más amplia, y, cuando llegó hasta mí, me dio un fugaz beso en la boca.
Noté el sabor salado del sudor mezclado con el metálico de la sangre en los labios. Había ganado la pelea, pero no sin recibir unas cuantas heridas de batalla.
—¿De qué iba eso? —pregunté, mientras observaba a Benny reírse con su séquito.
—Te lo contaré más tarde. Tenemos mucho de que hablar —dijo con una gran sonrisa.
Un hombre dio unas palmaditas a Pedro en la espalda.
—Gracias —dijo Pedro, volviéndose hacia él y estrechándole la mano que le alargaba.
—Espero impaciente volver a verte pelear, hijo —dijo el hombre, mientras le entregaba una botella de cerveza—. Eso ha sido increíble.
—Vamos, Paloma.
Dio un trago a su cerveza, hizo unas gárgaras y entonces la escupió: el líquido ámbar del suelo estaba mezclado con sangre. Se abrió paso zigzagueando entre la muchedumbre y respiró hondo cuando conseguimos llegar al exterior. Me
dio un beso y me llevó por el Strip con paso rápido y decidido.
En el ascensor de nuestro hotel, me empujó contra la pared de espejo, me cogió la pierna y me la levantó en un movimiento rápido contra su cadera. Aplastó la boca contra la mía, y sentí que la mano que tenía debajo de mi rodilla se
deslizaba por el muslo y me subía la falda.
—Pedro, allí hay una cámara —dije contra sus labios.
—Me importa una mierda. —Se rio—. Estoy de celebración.
Lo aparté de un empujón.
—Podemos celebrarlo en la habitación —dije, mientras me secaba la boca y me miraba la mano, donde descubrí vetas de color carmesí.
—¿Qué problema tienes, Paloma? Tú has ganado, yo he ganado, hemos pagado la deuda de Ruben y acaban de hacerme la oferta de mi vida.
El ascensor se abrió y yo me quedé en el sitio mientras Pedro salía al pasillo.
—¿Qué tipo de oferta? —pregunté.
Pedro me tendió la mano, pero yo la ignoré. Fruncí los ojos, sabiendo de antemano lo que me iba a decir.
Suspiró.
—Ya te lo he dicho, lo discutiremos después.
—Hablémoslo ahora.
Se inclinó hacia delante, me cogió por la muñeca para sacarme al pasillo y me levantó del suelo en sus brazos.
—Voy a conseguir dinero suficiente para devolverte lo que Ruben te quitó,para pagar el resto de tu educación, mi moto y para comprarte un coche nuevo—dijo él, metiendo y sacando la tarjeta en la ranura de la puerta.
Abrió la puerta y me dejó en el suelo.
—¡Y eso es solo el principio!
—¿Y cómo piensas hacerlo exactamente?
Sentía una opresión en el pecho y empezaron a temblarme las manos.
Me cogió la cara entre las manos, fuera de sí.
—Benny va a dejar que pelee aquí, en Las Vegas. Un millón por cada pelea,Paloma. ¡Un millón por cada pelea!
Cerré los ojos y sacudí la cabeza, tratando de abstraerme de la emoción de su mirada.
—¿Qué le has dicho a Benny? —Pedro me levantó la barbilla y abrí los ojos,temiendo que ya hubiera firmado un contrato.
Se rio.
—Le he dicho que me lo pensaría.
Pude volver a respirar.
—Oh, gracias a Dios. No vuelvas a darme un susto así, Pepe. Pensaba que lo decías en serio.
Pedro torció el gesto y se puso firme antes de hablar.
—Y lo digo en serio, Paloma. Le he dicho que tenía que hablarlo contigo primero, pero pensaba que te alegrarías. Está planeando organizar una pelea al mes. ¿Tienes idea de cuánto dinero es eso? ¡Dinero contante y sonante!
—Sé sumar, Pedro. También sé mantener la mente fría cuando estoy en Las Vegas, cosa que, obviamente, tú no sabes hacer. Tengo que sacarte de aquí antes de que hagas algo estúpido.
Me dirigí al armario y arranqué nuestra ropa de las perchas para meterlas furiosa en las maletas.
Pedro me cogió los brazos suavemente y me hizo dar media vuelta.
—Puedo hacerlo. Puedo pelear para Benny durante un año y, entonces, tendremos dinero para mucho, mucho tiempo.
—¿Qué vas a hacer? ¿Dejar la universidad y mudarte aquí?
—Benny se encargará de los vuelos y se adaptará a mi horario.
Solté una carcajada, incrédula.
—¡Cómo puedes ser tan crédulo, Pedro! Cuando Benny te tiene en nómina,no te limitas a pelear una vez al mes. ¿Te has olvidado de Dario? ¡Acabarás siendo uno de sus matones!
Negó con la cabeza.
—Ya hemos discutido eso, Paloma. Solo quiere que pelee.
—¿Y tú te lo crees? ¿Sabes que por aquí lo llaman Benny Lengualarga?
—Quería comprarte un coche, Paloma. Uno bonito. Y pagaremos nuestras carreras por completo.
—¿Ah sí? ¿Ahora la mafia da becas de estudios?
Pedro apretó las mandíbulas. Le irritaba tener que convencerme.
—Esto es bueno para nosotros. Puedo guardarlo hasta que tengamos que comprarnos una casa. No puedo conseguir tanto dinero en ninguna otra parte.
—¿Y qué hay de tu licenciatura en Derecho Penal? Te aseguro que verás bastante a tus antiguos compañeros de clase si trabajas para Benny.
—Nena, comprendo tus reservas, de verdad que sí. Pero voy a ser listo. Lo haré durante un año y después lo dejaré y haremos lo que demonios queramos.
—No puedes dejar a Benny sin más, Pepe. Él es el único que te dice cuándo se ha acabado. No tienes ni idea de cómo es tratar con él. ¡No puedo creerme que tan siquiera lo estés considerando! ¿De verdad que vas a sopesar trabajar para un hombre que nos habría pegado una tremenda paliza a los dos ayer por la noche si no se lo hubieras impedido?
—Exactamente, se lo impedí.
—Trataste con dos de sus pesos ligeros,Pedro. ¿Qué vas a hacer si aparece con una docena? ¿Qué harás si viene a por mí, después de alguna de tus peleas?
—No tendría ningún sentido que hiciera eso. Le haré ganar montones de dinero.
—En el momento en que decidas que no vas a hacerlo nunca más, serás prescindible. Así trabaja esta gente.
Pedro se alejó de mí para mirar por la ventana; las luces que parpadeaban daban color a sus rasgos en conflicto. Había tomado su decisión incluso antes de ir a contármela.
—Todo irá bien, Paloma. Me aseguraré de que así sea. Y, entonces, podremos asentarnos.
domingo, 20 de abril de 2014
CAPITULO 75
Alcé los ojos hacia él, y me fulminó con la misma mirada de quien se siente traicionado que Ruben tenía la noche en que se dio cuenta de que yo le había robado su suerte.
—Sí, la tenías.
—¿Alguna vez has tratado con la mafia, Pedro? Lo siento si he herido tus sentimientos, pero una comida gratis con un viejo amigo no es un precio alto por salvar la vida de Ruben.
Veía que Pedro quería contraatacar, pero no había nada que pudiera decir.
—Vamos, chicos, tenemos que encontrar a Benny —dijo Rosario, tirándome del brazo.
Pedro y Valentin nos siguieron en silencio mientras bajábamos por el Strip hasta el edificio de Benny. El tráfico en la calle (tanto de coches como de personas) solo empezaba a concentrarse. A cada paso que daba, me embargaba una sensación de angustia y vacío en el estómago, mientras mi mente se apresuraba para encontrar un argumento convincente que hiciera que Benny entrara en razón.
Para cuando llegamos ante la gran puerta verde que tantas veces había visto y llamamos, no se me había ocurrido nada que pudiera utilizar.
No fue ninguna sorpresa ver al enorme portero (negro, de aspecto temible y tan ancho como alto), pero me sorprendió encontrar a Benny de pie a su lado.
—Benny —dije con un suspiro.
—Vaya, vaya…, veo que has dejado de ser el Trece de la Suerte, ¿verdad? Ruben no me ha dicho que te habías convertido en una chica tan guapa. Te esperaba, Cookie. Creo que tienes un dinero que me pertenece.
Asentí y Benny señaló a mis amigos.
Levanté el mentón para fingir confianza.
—Vienen conmigo.
—Me temo que tus acompañantes tendrán que esperar fuera —dijo el portero en un tono anormalmente profundo y bajo.
Pedro inmediatamente me cogió por el brazo.
—No va a ninguna parte sola. Voy con ella.
Benny miró a Pedro y tragué saliva. Cuando Benny levantó la mirada hacia su portero y sonrió, me relajé un poco.
—Me parece bien —dijo Benny—. Ruben estará encantado de saber que traes a un amigo tan leal contigo.
Antes de seguirlo dentro, me volví y vi la mirada de preocupación en la cara de Rosario. Pedro me sujetaba con fuerza por el brazo y se puso, a propósito, entre el portero y yo. Seguimos a Benny hasta el interior de un ascensor, subimos cuatro pisos en silencio y, entonces, las puertas se abrieron.
Había un gran escritorio de caoba en el centro de una amplia habitación.
Benny fue cojeando hasta su lujoso sillón y se sentó, mientras nos hacía un gesto para que ocupáramos los dos asientos vacíos que había delante de su mesa.
Cuando me acomodé, sentí el frío cuero debajo de mí y me pregunté cuántas personas se habrían sentado en esa misma silla momentos antes de su muerte.
Alargué el brazo para coger a Pedro de la mano y él me la estrechó para tranquilizarme.
—Ruben me debe veinticinco mil. Confío en que tengas todo el dinero —dijo Benny, garabateando algo en un bloc.
—De hecho… —Hice una pausa para aclararme la garganta—. Me faltan cinco mil, Benny. Pero tengo todo el día de mañana para conseguirlos. Y cinco mil no son un problema, ¿verdad? Sabes que soy lo bastante buena para conseguirlos.
—Paula—dijo Benny frunciendo el ceño—, me decepcionas. Sabes muy bien cuáles son mis reglas.
—Por… por favor, Pedro. Te pido que aceptes los diecinueve mil. Tendré el resto mañana.
Los ojos redondos y brillantes de Benny se clavaron primero en mí y luego en Pedro, antes de volver de nuevo a mí. Entonces me di cuenta de que dos hombres habían aparecido desde las oscuras esquinas de la habitación.
Pedro me cogió con más fuerza la mano y yo aguanté la respiración.
—Sabes que solo acepto la cantidad completa. ¿Sabes qué me dice el hecho de que intentes darme algo menos del total? Que no estás segura de poder conseguir toda la cantidad.
Los hombres de las esquinas dieron un paso hacia delante.
—Puedo conseguirte el dinero, Benny —dije, sonriendo nerviosa—. He ganado ochocientos noventa dólares en seis horas.
—Así que me estás diciendo que me entregarás otros ochocientos noventa dentro de seis horas. —Benny sonrió malévolo.
—La fecha límite es mañana a medianoche —dijo Pedro, mirando detrás de nosotros y después observando cómo se acercaban los hombres que habían salido de entre las sombras.
—¿Qué…, qué haces, Benny? —pregunté, poniéndome rígida.
—Ruben me ha llamado esta noche. Me ha dicho que tú te haces cargo de su deuda.
—Estoy haciéndole un favor. No te debo ningún dinero —dije duramente, movida por mi instinto de supervivencia.
Benny apoyó sus dos gruesos codos en el escritorio.
—Estoy considerando darle una lección a Ruben, y tengo curiosidad por averiguar si de verdad tienes tanta suerte, chica.
Pedro se levantó de la silla de un bote y me arrastró con él. Se puso delante de mí mientras retrocedía hacia la puerta.
—Oscar está fuera, joven. ¿Cómo crees exactamente que puedes escapar?
Me había equivocado. Cuando pensaba en intentar hacer entrar en razón a Benny, debería haber anticipado la voluntad de Ruben de sobrevivir y la decisión de Benny de darle un escarmiento.
— Pedro—le avisé, al ver que los matones de Benny se acercaban a nosotros.
Pedro me empujó un poco detrás de él y se puso derecho.
—Espero que entiendas, Benny, que no pretendo faltarte al respeto cuando deje inconscientes a tus hombres, pero estoy enamorado de esta chica y no puedo permitirte que le hagas daño.
Benny estalló en una sonora carcajada.
—Chico, tengo que concederte que tienes más cojones que nadie que haya cruzado esas puertas. Voy a prepararte para lo que te espera. El tipo bastante grande que tienes a tu derecha es David y, si no puede acabar contigo con los
puños, lo hará con la navaja que guarda en su funda. El hombre de tu izquierda es Dario, y es mi mejor luchador. De hecho, mañana tiene una pelea y nunca ha perdido. Espero que no te hagas daño en las manos, Dario. Hay mucho dinero que depende de ti.
Dario sonrió a Pedro con una mirada salvaje y divertida.
—Sí, señor.
—¡Benny, no! ¡Puedo conseguirte tu dinero! —grité.
—Oh, no… Esto se pone interesante por momentos —dijo Benny riéndose, mientras se acomodaba en su sillón.
David se abalanzó sobre Pedro y me llevé las manos a la boca. Era un hombre fuerte, pero también torpe y lento.
Antes de que David pudiera apartarse o coger su navaja, Pedro lo dejó fuera de combate de un rodillazo en la cara. Cuando Pedro le lanzó un puñetazo, no malgastó el tiempo y le pegó con todas sus fuerzas.
Dos puñetazos y un codazo después, David yacía sangrando en el suelo.
Benny echó la cabeza hacia atrás, riéndose histéricamente y golpeando su escritorio como un niño que se deleita viendo los dibujos un sábado por la mañana.
—Bueno, adelante, Dario. No te habrá asustado, ¿no?
Dario se acercó a Pedro con más cuidado, con la atención y la precisión de un luchador profesional. Su puño voló hacia la cara de Pedro a una velocidad increíble, pero Pedro lo esquivó, al tiempo que embestía con el hombro a Dario con
todas sus fuerzas. Se cayeron sobre el escritorio de Benny, y entonces Dario cogió a Pedro con ambos brazos y lo lanzó al suelo. Se debatieron en el suelo durante un momento; Dario ganó ventaja y consiguió asestar unos cuantos puñetazos a Pedro mientras lo tenía atrapado en el suelo.
Me tapé la cara, incapaz de mirar.
Oí un grito de dolor y, cuando volví a mirar, vi a Pedro a horcajadas encima de Dario, agarrándolo por el pelo desgreñado, asestándole puñetazo tras puñetazo en un lado de la cabeza. La cara de Dario golpeaba la parte delantera del escritorio de Benny cada vez, hasta que cayó al suelo, desorientado y sangrando.
Pedro lo observó durante un momento y volvió al ataque, gruñendo con cada embestida y usando toda su fuerza. Dario lo esquivó una vez y estrelló los nudillos en la mandíbula de Pedro.
Pedro sonrió y levantó un dedo.
—Ese es el último que vas a dar.
No podía creer lo que oía. Pedro había dejado que el matón de Benny le diera. Estaba disfrutando. Nunca había visto a Pedro luchar sin restricciones; daba un poco de miedo verle dar rienda suelta a toda su capacidad sobre aquellos
asesinos entrenados y comprender que llevaba las de ganas. Hasta ese momento, simplemente no me había dado cuenta de qué era capaz de hacer.
Con la perturbadora risa de Benny de fondo, Pedro remató la faena clavándole el codo en plena cara y dejándolo inconsciente antes de que cayera al suelo. Observé cómo su cuerpo rebotaba una vez sobre la alfombra de importación
de Benny.
—¡Sorprendente, muchacho! ¡Simplemente increíble! —dijo Benny, mientras aplaudía encantado.
Pedro me empujó detrás de él, mientras Oscar ocupaba el umbral con su enorme cuerpo.
—¿Quiere que me ocupe de esto, señor?
—¡No! No, no… —dijo Benny, todavía aturdido por la actuación improvisada—. ¿Cómo te llamas?
Pedro todavía respiraba agitadamente.
—Pedro Alfonso —dijo él, limpiándose la sangre de Dario y David en los tejanos.
—Pedro Alfonso, me parece que puedes ayudar a tu novia a salir de esta.
—¿Cómo? —resopló Pedro.
—Se suponía que Dario iba a pelear mañana por la noche. Tenía un montón de dinero que dependía de él, y me parece que Dane no estará en forma para ganar ninguna pelea durante algún tiempo. Te ofrezco la posibilidad de ocupar su lugar, hazme ganar una pasta y perdonaré los cinco mil que faltan de la deuda de Ruben.
Pedro se volvió hacia mí.
—¿Paloma?
—¿Estás bien? —pregunté, mientras le limpiaba la sangre de la cara.
Me mordí el labio, torciendo el gesto con una mezcla de miedo y alivio.
Pedro sonrió.
—No es mi sangre, nena. No llores.
Benny se puso de pie.
—Soy un hombre ocupado. ¿Pasas o juegas?
—Lo haré —dijo Pedro—. Dime cuándo y dónde, y allí estaré.
—Tendrás que pelear contra Bernardo McMann. No es ningún principiante. Lo vetaron en la UFC el año pasado.
Pedro no se inmutó.
—Dime solo dónde tengo que estar.
La sonrisa de tiburón propia de Benny se extendió en su cara.
—Me gustas, Pedro. Creo que seremos buenos amigos.
—Lo dudo mucho —dijo Pedro.
Me abrió la puerta y mantuvo una postura protectora hasta que llegamos a la puerta delantera.
—¡Cielo santo! —gritó Rosario al ver las salpicaduras de sangre que cubrían la ropa de Pedro.
—¿Estáis bien, chicos?
Ella me cogió de los hombros y me escrutó la cara.
—Estoy bien. Solo otro día duro en la oficina. Para los dos —dije, secándome los ojos.
Pedro me cogió de la mano y corrimos al hotel con Valentin y Rosario siguiéndonos de cerca. No mucha gente se fijó en la apariencia de Pedro. Estaba cubierto de sangre, pero solo algunos visitantes parecían darse cuenta.
—¿Qué demonios ha pasado ahí dentro? —preguntó finalmente Valentin.
Pedro se quedó en ropa interior y desapareció en el baño. Abrió la ducha y Rosario me llevó una caja de pañuelos.
—Estoy bien, Ro.
Suspiró y volvió a ofrecerme la caja de pañuelos.
—No, no lo estás.
—Este no es mi primer rodeo con Benny —dije.
Notaba los músculos doloridos por veinticuatro horas de tensión inducida por el estrés.
—Es la primera vez que ves a Pedro darle una paliza de muerte a alguien —dijo Valentin—. Yo lo vi una vez, y no es agradable.
—¿Qué ha pasado? —insistió Rosario.
—Ruben llamó a Benny. Me pasó su deuda a mí.
—¡Voy a matarlo! ¡Voy a matar a ese pedazo de hijo de puta! —gritó Rosario.
—No pensaba hacerme responsable, pero quería dar una lección a Rosario por enviar a su hija a pagar su deuda. Lanzó a dos de sus malditos perros contra nosotros y Pedro se deshizo de ellos. De los dos. En menos de cinco minutos.
—¿Y Benny dejó que os fuerais? —preguntó Rosario.
Pedro salió del baño con una toalla alrededor de la cintura; la única prueba de su pelea era una pequeña marca roja en la mejilla, debajo del ojo derecho.
—Uno de los tíos a los que dejé inconscientes tenía una pelea mañana por la noche. Lo sustituiré y, a cambio, Benny perdonará a Ruben los cinco mil que le debe todavía.
Rosario se puso de pie.
—¡Esto es ridículo! ¿Por qué estamos ayudando a Ruben, Pau? Te ha echado a los leones. ¡Voy a matarlo!
—No, si yo lo mato primero —soltó Pedro entre dientes.
—Ponte a la cola —dije.
—Entonces, ¿vas a pelear mañana? —preguntó Valentin.
—En un sitio llamado Zero’s. A las seis en punto. Contra Bernardo McMann, Valen.
Shepley sacudió la cabeza.
—Ni de coña. Joder, ni de coña, Pedro. ¡Ese tío está loco!
—Sí —dijo Pedro—, pero él no va a pelear por su chica, ¿verdad? —Pedro me meció entre sus brazos y me besó en la coronilla—. ¿Estás bien, Paloma?
—Esto está mal. Está mal por muchísimos motivos. No sé por cuál empezar.
—¿No me has visto esta noche? Estaré bien. Ya he visto luchar a Bernardo antes. Es duro, pero no invencible.
—No quiero que hagas esto, Pepe.
—Bueno, yo tampoco quiero que vayas a cenar con tu exnovio mañana por la noche. Supongo que los dos tendremos que pasar por el aro para salvar al inútil
de tu padre.
Lo había visto antes. Las Vegas cambiaba a la gente: creaba monstruos y destrozaba a los hombres. Era fácil dejar que las luces y los sueños robados se mezclaran con tu sangre. Había visto la mirada llena de energía e invencible de
Pedro muchas veces mientras crecía, y la única cura era un avión de vuelta a casa.
Guillermo frunció el entrecejo cuando volví a mirar el reloj.
—¿Tienes que estar en algún otro sitio, Cookie? —preguntó Guillermo.
—Por favor, deja de llamarme así, Guillermo. Lo detesto.
—Yo también detesté que te fueras. Pero eso no te lo impidió.
—Esta conversación está más que agotada. Cenemos y ya está, ¿vale?
—Vale, hablemos de tu nuevo novio. ¿Cómo se llama? ¿Pedro? —Asentí—.¿Qué haces con ese psicópata tatuado? Parece que lo hayan echado de la familia
Manson.
—Sé bueno, Guillermo, o me largo de aquí.
—No me hago a la idea de lo mucho que has cambiado. No puedo creerme que estés aquí sentada delante de mí.
Puse los ojos en blanco.
—Pues ya va siendo hora.
—Ahí está —dijo Guillermo—, la chica que recuerdo.
Consulté la hora en mi reloj.
—La pelea de Pedro es dentro de veinticinco minutos. Será mejor que me vaya.
—Todavía tienen que traernos el postre.
—No puedo, Guillermo. No quiero que se preocupe por si voy a aparecer. Es importante.
Dejó caer los hombros.
—Lo sé. Añoro los días en los que yo era importante.
Apoyé mi mano sobre la suya.
—Éramos solo unos niños. Ha pasado toda una vida.
—¿Cuándo crecimos? Tu presencia aquí es una señal, Pau. Pensaba que no volvería a verte y ahora te tengo sentada aquí delante. Quédate conmigo.
Lentamente, dije que no con la cabeza, vacilante, porque sabía que iba a herir a mi amigo más antiguo.
—Lo amo, Guille.
Su decepción oscureció la ligera sonrisa de su cara.
—Entonces será mejor que te vayas.
Lo besé en la mejilla y salí volando del restaurante a coger un taxi.
—¿Adónde vamos? —preguntó el conductor.
—A Zero’s.
El conductor se volvió para mirarme y me echó un buen vistazo.
—¿Está segura?
—Desde luego. ¡Vamos! —dije, lanzando dinero sobre el asiento.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)