TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
viernes, 18 de abril de 2014
CAPITULO 69
Alargué los brazos para tomar su cara entre mis manos y él me rodeó con sus brazos, levantándome del suelo. Apreté los labios contra los suyos, y él me besó con la emoción de todo lo que acababa de decir. En ese preciso momento me
di cuenta de por qué se había hecho ese tatuaje, por qué me había elegido y por qué yo era diferente. No era solo yo,no era solo él: la excepción era lo que formábamos juntos.
Un ritmo más rápido hizo vibrar los altavoces, y Pedro me dejó en el suelo.
—¿Todavía quieres bailar?
Rosario y Valentin aparecieron a nuestro lado y enarqué una ceja.
—Si crees que puedes seguirme el ritmo.
Pedro sonrió burlón.
—Ponme a prueba.
Moví mis caderas contra las suyas y subí la mano por su camisa, hasta desabrocharle dos botones, Pedro se rio y sacudió la cabeza, y yo me di media vuelta, moviéndome contra él siguiendo el ritmo. Me cogió por las caderas,mientras yo echaba la mano hacia atrás y lo agarraba por el trasero. Me incliné hacia delante y él me clavó los dedos en la piel. Cuando me enderecé, me tocó la
oreja con los labios.
—Sigue así y nos iremos pronto.
Me di media vuelta y sonreí, echándole los brazos alrededor del cuello. Se apretó contra mí y yo le saqué la camisa y deslicé mis manos por su espalda, apretando los dedos contra sus músculos sin grasa, y después sonreí ante el ruido que hizo cuando probé su cuello.
—Cielo santo, Paloma, me estás matando —dijo él, agarrándome el dobladillo de la falda, subiéndola lo justo para rozarme los muslos con las yemas de los dedos.
—Me parece que ya sabemos en qué consiste su atractivo —dijo Lorena en tono despectivo desde detrás de nosotros.
Rosario se giró y se abalanzó furiosa hacia Lorena con ganas de pelea.
Valentin la cogió justo a tiempo.
—¡Repite eso! —dijo Rosario—. ¡Atrévete a decírmelo a la cara, zorra!
Lorena se protegió detrás de su novio, conmocionada por la amenaza de Rosario.
—¡Será mejor que le pongas un bozal a tu cita, Alberto—le avisó Pedro.
Dos canciones después, noté el pelo en la nuca pesado y húmedo. Pedro me besó justo debajo de la oreja.
—Vamos, Paloma. Necesito un cigarrillo.
Me condujo escaleras arriba y cogió mi abrigo antes de guiarme hasta el segundo piso. Salió a la terraza y nos encontramos con Adrian y su cita. Era más alta que yo, y tenía el pelo corto y oscuro, recogido con una sola horquilla. Me fijé inmediatamente en sus tacones de aguja, porque rodeaba la cadera de Adrian con la pierna. Ella estaba de pie con la espalda pegada contra la pared de ladrillos; cuando Adrian se dio cuenta de que nos íbamos, sacó la mano de debajo de la falda de su acompañante.
—Paula —dijo él, sorprendido y sin aliento.
—¿Qué hay, Adrian? —dije, ahogando la risa.
—¿Qué tal te van las cosas?
Sonreí educadamente.
—Muy bien, ¿y a ti?
—Eh… —Miró a su cita—Pau, esta es Andrea. Andrea…, Pau.
—¿Pau, Pau? —preguntó ella.
Adrian asintió rápidamente y algo incómodo.
Andrea me estrechó la mano con cara de asco, y entonces miró a Pedro como si acabara de toparse con su enemigo.
—Encantada de conocerte…, supongo.
—Andrea —la avisó Adrian.
Pedro soltó una carcajada y entonces les sujetó las puertas para que pasaran. Adrian cogió a Andrea de la mano y se retiró al interior de la casa.
—Ha sido… raro —dije, sacudiendo la cabeza mientras doblaba los brazos y me apoyaba contra la verja.
Hacía frío, y solo había un par de parejas fuera. Pedro era todo sonrisas. Ni siquiera Adrian podía arruinarle su buen humor.
—Al menos ha seguido adelante y ha dejado de hacer todo lo posible por recuperarte.
—No creo que intentara tanto recuperarme como alejarme de ti.
Pedro arrugó la nariz.
—Llevó a una chica a su casa por mí una vez. Ahora actúa como si siempre tuviera que entrar en escena para salvar a todas las estudiantes novatas que me he ligado.
Le lancé una mirada irónica por el rabillo del ojo.
—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que odio esa palabra?
—Lo siento —dijo, acercándome a él.
Se encendió un cigarrillo y dio una profunda calada. El humo que soltó era más espeso de lo habitual al mezclarse con el aire del invierno. Volvió la mano y observó durante un buen rato su muñeca.
—¿Te parece muy raro que este tatuaje no solo se haya convertido en mi favorito, sino que además me haga sentir cómodo saber que está ahí?
—Pues sí, es bastante raro.
Pedro enarcó una ceja y me reí.
—Solo bromeo. No acabo de entenderlo, pero es dulce… ,muy al estilo Pedro Alfonso.
—Si es tan genial llevar esto en el brazo, ni me imagino cómo será ponerte un anillo en el dedo.
—Pedro…
—Dentro de cuatro o cinco años —continuó.
—Uf… Tenemos que ir más despacio.
—No empieces con eso, Paloma.
—Si seguimos a este ritmo, acabaré de ama de casa y embarazada antes de graduarme. No estoy lista para mudarme contigo, no estoy lista para un anillo y,desde luego, no estoy lista para formar una familia.
CAPITULO 68
Me acurruqué junto a Pedro para entrar en calor mientras íbamos del coche a la casa de Sigma Tau. El ambiente estaba cargado de humo, y hacía calor. La música atronaba en el sótano, y Pedro movió la cabeza siguiendo el ritmo.
Todo el mundo pareció darse la vuelta a la vez. No estaba segura de si nos miraban porque Pedro estaba en una fiesta de citas, porque llevaba pantalones de vestir o por mi
vestido, pero todos nos miraban.
Rosario se acercó y me susurró al oído:
—Estoy tan contenta de que estés aquí, Pau… Me siento como si acabara de entrar en una película de Molly Ringwald.
—Me alegra ser de ayuda —mascullé.
Pedro y Valentin se llevaron nuestros abrigos y después nos condujeron hasta la cocina. Valentin cogió cuatro cervezas del frigorífico, le dio una a Rosario y otra a mí. Nos quedamos en la cocina, escuchando a los compañeros de
hermandad de Pedro discutir sobre su última pelea. Las chicas que los acompañaban resultaron ser las mismas rubias tetonas que siguieron a Pedro a la cafetería la primera vez que hablamos.
Lorena era fácil de reconocer. No podía olvidar la mirada que puso cuando Pedro la echó de su regazo por insultar a Rosario. Me observaba con curiosidad y parecía estudiar cada palabra que decía. Sé que estaba intrigada por saber qué me hacía aparentemente irresistible para Pedro, y me descubrí a mí misma esforzándome por demostrárselo. No solté a Pedro ni un momento, añadía ocurrencias inteligentes en los momentos precisos de la conversación y bromeaba con él sobre sus nuevos tatuajes.
—Tío, ¿llevas el nombre de tu chica en la muñeca? ¿Qué demonios se te pasó por la cabeza para hacer eso? —dijo Alberto.
Pedro giró la mano con orgullo para enseñarle mi nombre.
—Estoy loco por ella —dijo él, mirándome con ternura.
—Pero si apenas la conoces —soltó Lorena. No apartó sus ojos de los míos.
—La conozco. —Frunció el entrecejo—. Pensaba que el tatuaje te había asustado. ¿Ahora fardas de él?
Me acerqué para besarle en la mejilla y me encogí de hombros.
—Conforme pasa el tiempo, me gusta más.
Valentin y Rosario se abrieron paso hacia las escaleras que llevaban al sótano y los seguimos, cogidos de la mano. Habían pegado los muebles a las paredes para hacer sitio a una improvisada pista de baile. Justo cuando bajábamos
las escaleras, empezó a sonar una canción lenta.
Pedro no dudó en llevarme hasta el centro; se pegó a mí y me llevó la mano a su pecho.
—Estoy contento de no haber venido a una de estas cosas antes. Es genial haberte traído solo a ti.
Sonreí y apreté la mejilla contra su pecho. Puso la mano sobre la parte inferior de mi espalda, cálida y suave contra mi piel desnuda.
—Este vestido hace que todo el mundo te mire —dijo él. Levanté la mirada,esperando ver una expresión tensa, pero estaba sonriendo—. Supongo que es bastante guay… estar con la chica a la que todo el mundo desea.
Puse los ojos en blanco.
—No me desean. Sienten curiosidad por saber por qué me deseas tú. Y, en cualquier caso, me da pena quien piense que tiene una oportunidad. Estoy irremediable y completamente enamorada de ti.
Una mirada de angustia oscureció su rostro.
—¿Sabes por qué te quiero? No sabía que estaba perdido hasta que me encontraste. No sabía lo solo que me encontraba hasta la primera noche que pasé sin ti en mi casa. Eres lo único que he hecho bien. Eres todo lo que he estado esperando, Paloma.
CAPITULO 67
El viernes después de clase, Rosario y yo pasamos la tarde en el centro,arreglándonos y mimándonos. Nos hicieron la manicura y la pedicura, nos depilaron con cera el vello que sobraba, nos bronceamos y nos hicimos mechas.
Cuando volvimos al apartamento, todas las superficies estaban cubiertas de ramos de rosas. Rojas, rosas, amarillas y blancas: parecía una floristería.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Rosario cuando entró por la puerta.
Valentin miró a su alrededor, orgulloso.
—Fuimos a compraros flores, pero los dos pensamos que un solo ramo no era suficiente.
Abracé a Pedro.
—Chicos sois…, sois increíbles. Gracias.
Me dio una palmadita en la trasero.
—Treinta minutos para irnos a la fiesta, Paloma.
Los chicos se vistieron en la habitación de Pedro, mientras nosotras nos metíamos en nuestros vestidos en la de Valentin. Justo cuando me ponía mis zapatos de tacón plateados, llamaron a la puerta.
—Hora de irse, señoritas —dijo Valentin.
Rosario salió, y Valentin silbó.
—¿Dónde está? —preguntó Pedro.
—Pau está teniendo algunos problemillas con su zapato. Saldrá en un segundo —explicó Rosario.
—¡El suspenso me está matando, Paloma! —gritó Pedro.
Salí de la habitación, colocándome bien el vestido, mientras Pedro estaba de pie delante de mí, con la cara pálida.
Rosario le dio un codazo y él parpadeó.
—¡Joder!
—¿Estás listo para alucinar? —preguntó Rosario.
—No estoy alucinando. Está genial —dijo Pedro.
Sonreí y lentamente me di media vuelta para enseñarle el pronunciado escote de la espalda del vestido.
—Vale, ahora sí estoy alucinando —dijo acercándome y haciéndome girar.
—¿No te gusta? —pregunté.
—Necesitas una chaqueta.
Corrió al perchero y a toda prisa me echó el abrigo por encima de los hombros.
—No puede llevar eso toda la noche, Pepe —dijo Rosario riéndose.
—Estás preciosa, Pau —dijo Valentin como disculpa por el
comportamiento de Pedro. La expresión de Pedro al hablar era de aflicción.
—Desde luego. Estás increíble…, pero no puedes ir así vestida. La falda es…guau… y tus piernas… La falda es demasiado corta y falta la mitad del vestido. ¡Ni siquiera tiene espalda!
No pude contener una sonrisa.
—Está hecho así, Pedro.
—Vosotros dos vivís para torturaros el uno al otro, ¿no? —dijo Valentin con el ceño fruncido.
—¿No tienes otro vestido? —preguntó Pedro.
Bajé la mirada.
—Lo cierto es que es bastante normal por delante. Solo por detrás deja más piel a la vista.
—Paloma —pronunció las siguientes palabras con un gesto de dolor—, no quiero que te enfades, pero no puedo llevarte a la casa de mi hermandad vestida así. Me meteré en una pelea a los cinco minutos.
Me puse de puntillas y lo besé en los labios.
—Tengo fe en ti.
—Esta noche va a ser un desastre —gruñó él.
—No, va a ser genial —dijo Rosario, ofendida.
—Piensa en lo fácil que será quitarlo después —dije, besándolo en el cuello.
—Ese es el problema. Eso mismo pensarán todos los demás chicos.
—Pero tú eres el único que conseguirá comprobarlo. —No respondió y me eché hacia atrás para evaluar la expresión de su cara—. ¿De verdad quieres que me cambie?
Pedro escudriñó mi cara, mi vestido, mis piernas y después soltó una exhalación.
—Da igual lo que te pongas. Estás preciosa. Creo que debería empezar a acostumbrarme ya, ¿no? —Me encogí de hombros y él sacudió la cabeza—. Vale,ya se nos ha hecho tarde. Vámonos.
jueves, 17 de abril de 2014
CAPITULO 66
Me serví un chupito de whisky en un vaso, eché la cabeza hacia atrás y me lo bebí de un solo trago. Torcí el gesto cuando el líquido me quemó al bajar por la garganta.
Pedro me envolvió dulcemente con sus brazos por la cintura desde atrás.
—No te estoy pidiendo que nos casemos, Paloma. Solo son tatuajes.
—Lo sé —dije, asintiendo mientras me servía otra copa.
Pedro me quitó la botella de la mano y enroscó el tapón antes de volver a guardarla en el armarito. Cuando no me volví, me movió por las caderas para que lo mirara de frente.
—Está bien. Debería habértelo dicho antes, pero decidí comprar el sofá, y una cosa me llevó a la otra. Me pudo la emoción.
—Esto va muy rápido para mí, Pedro. Has hablado de que vivamos juntos,acabas de tatuarte mi nombre, me estás diciendo que me amas…, todo esto va muy… rápido.
Pedro torció el gesto.
—Estás alucinando. Te he pedido que no lo hicieras.
—Es complicado no hacerlo. ¡Has descubierto lo de mi padre, y todo lo que sentías antes se ha magnificado de golpe!
—¿Quién es tu padre? —preguntó Valentin, claramente disgustado por no seguir la conversación. Cuando ignoré su pregunta, suspiró—. ¿Quién es su padre?—preguntó a Rosario, que dijo que no con la cabeza, displicente.
La expresión de la cara de Pedro se retorció con disgusto.
—Lo que siento por ti no tiene nada que ver con tu padre.
—Mañana vamos a ir a esa superfiesta de citas. Se supone que será el gran momento en el que anunciaremos nuestra relación, o algo así, y ahora vas y te tatúas mi nombre en el brazo y ese proverbio sobre cómo nos pertenecemos el uno
al otro. Es para alucinar, ¿vale? ¡Así que estoy alucinando!
Pedro me cogió la cara y me besó en la boca; después me levantó del suelo y me dejó sobre la encimera. Su lengua pidió entrar en mi boca y, cuando la dejé entrar, gimió.
Clavó los dedos en mis caderas y me acercó más a él.
—Estás tan increíblemente sexi cuando te enfadas —susurró contra mis labios.
—Vale —dije suspirando—, ya me he calmado.
Sonrió complacido porque su plan de distracción había funcionado.
—Todo sigue igual, Paloma. Solo tú y yo.
—Estáis como cabras —dijo Valentin, sacudiendo la cabeza.
Rosario le dio una palmadita juguetona a Valentin en el hombro.
—Pau también ha comprado algo para Pedro hoy.
—¡Rosario! —la regañé.
—¿Has encontrado un vestido? —preguntó él sonriendo.
—Sí —lo rodeé con las piernas y los brazos—. Mañana será tu turno de alucinar.
—Lo espero con impaciencia —dijo él, mientras me bajaba de la encimera.
Me despedí de Rosario con la mano mientras Pedro me llevaba por el pasillo.
CAPITULO 65
Apartó el vendaje y yo ahogué un grito al ver el simple tatuaje negro sobre la parte interior de su muñeca; la piel de alrededor todavía estaba roja y brillante por el antibiótico que se había untado. Sacudí la cabeza sin poder creer la palabra que estaba leyendo.
Paloma
—¿Te gusta? —me preguntó.
—¿Te has tatuado mi nombre en la muñeca? —dije esas palabras, pero no reconocía mi propia voz. Mi mente se dispersó en múltiples ideas, y aun así conseguí hablar con un tono de voz tranquilo y homogéneo.
—Sí.
Me besó en la muñeca mientras yo no dejaba de mirar la tinta permanente en su piel, sin creer lo que veían mis ojos.
—Intenté disuadirlo, Pau. Lleva bastante tiempo sin cometer ninguna locura. Creo que tenía mono —dijo Valentin, sacudiendo la cabeza.
—¿Qué te parece? —me apremió Pedro.
—No sé qué pensar —dije.
—Deberías habérselo preguntado primero, Pepe—dijo Rosario, meneando la cabeza y tapándose la boca con los dedos.
—¿Preguntarle qué? ¿Si podía hacerme un tatuaje? —Se volvió hacia mí con el ceño fruncido—. Te amo y quiero que todo el mundo sepa que soy tuyo.
Me moví inquieta.
—Eso es permanente, Pedro.
—Y también lo nuestro —dijo él, acariciándome la mejilla.
—Enséñale el resto —dijo Valentin.
—¿El resto? —dije, mirándole la otra muñeca.
Pedro se levantó y se subió la camiseta, dejando al descubierto sus impresionantes abdominales, que se estiraban y tensaban con el movimiento.
Pedro se dio la vuelta y en el costado tenía otro tatuaje reciente que se extendía por las costillas.
—¿Qué es eso? —pregunté, entrecerrando los ojos para mirar los símbolos verticales.
—Es hebreo —dijo Pedro con una sonrisa nerviosa.
—¿Qué significa?
—Pone: «Pertenezco a mi amada, y mi amada a mí».
Mis ojos se clavaron en los suyos.
—¿No te bastaba con un tatuaje, sino que has tenido que hacerte dos?
—Es algo que siempre dije que haría cuando conociera a la Chica adecuada.Te he conocido…, así que fui a hacerme los tatuajes.
Su sonrisa desapareció cuando vio la expresión de mi cara.
—Estás cabreada, ¿no? —dijo él, mientras se bajaba la camiseta.
—No estoy enfadada. Es que… es un poco abrumador.
Valentin acercó a Rosario y la estrechó con un brazo.
—Será mejor que te acostumbres ya,Pau. Pedro es impulsivo y va hasta el final con todo. Esto le ayudará a sobrevivir hasta que pueda ponerte un anillo en el
dedo.
Rosario enarcó las cejas, me miró a mí y luego a Valentin.
—Pero ¿qué dices? ¡Si acaban de empezar a salir!
—Me…, me parece que necesito una copa —dije, de camino a la cocina.
Pedro se rio, mientras me observaba rebuscar en los armarios.
—Está de broma, Paloma.
—¿Ah, sí? —preguntó Valentin.
—No hablaba de ningún momento próximo—dijo Pedro, intentando quitar hierro a la situación. Se volvió hacia Valentin y farfulló—: Muchas gracias, capullo.
—Quizá ahora dejes de hablar de eso —dijo burlón Valentin.
CAPITULO 64
ME di la vuelta y escruté mi reflejo con escepticismo. El vestido era blanco,
con la espalda al aire y peligrosamente corto; la parte superior se sujetaba con un
tirante corto de piedras de bisutería alrededor del cuello.
—¡Vaya! Pedro se va a mear encima cuando te vea así —dijo Rosario.
Puse los ojos en blanco.
—¡Qué romántico!
—Ya está, te quedas con ese. No te pruebes ninguno más, ese es el mejor
—dijo ella, aplaudiendo emocionada.
—¿No te parece demasiado corto? Mariah Carey enseña menos carne.
Rosario sacudió la cabeza.
—Insisto.
Di otra vuelta, mientras Rosario se probaba un modelo tras otro; le costaba
más decidirse cuando el vestido era para ella. Acabó eligiendo uno
extremadamente corto, ajustado y color maquillaje que dejaba un hombro al aire.
Fuimos en su Honda hasta el apartamento, donde descubrimos que se
habían llevado el Charger y que Moro estaba solo. Rosario sacó su teléfono y
marcó. Cuando Valentin descolgó, sonrió.
—¿Dónde estáis, cariño? —Asintió con la cabeza y entonces me miró—. ¿Por
qué iba a enfadarme? ¿Qué tipo de sorpresa? —dijo con cautela.
Volvió a mirarme, se metió en el dormitorio de Valentin y cerró la puerta.
Rasqué las pequeñas orejas puntiagudas de Moro, mientras Rosario
murmuraba en el dormitorio. Cuando volvió a salir, intentó reprimir una sonrisa.
—¿Qué están tramando? —pregunté.
—Vienen de camino. Dejaré que sea Pedro quien te lo cuente —dijo ella con
una sonrisa de oreja a oreja.
—Oh, Dios mío…, ¿qué? —pregunté.
—Acabo de decir que no puedo decírtelo. Es una sorpresa.
Me puse a juguetear con el pelo y a morderme las uñas, incapaz de
quedarme quieta mientras esperaba a que Pedro me desvelara su última sorpresa.
Una fiesta de cumpleaños, un cachorro… No conseguía imaginarme qué podía
venir después.
El poderoso motor del Charger de Valentin anunció su llegada. Los chicos se
reían mientras subían las escaleras.
—Están de buen humor —dije—. Es buena señal.
Valentin entró el primero.
—Es que quería que pensaras que había una razón para que él se hiciera
uno, y yo no.
Rosario se levantó para recibir a su novio y lo rodeó con sus brazos.
—Qué tonto eres, Valen. Si quisiera un novio loco, saldría con Pedro.
—No tiene nada que ver con lo que siento por ti —añadió Valentin.
Pedro entró por la puerta con una gasa cuadrada en la muñeca. Me sonrió y
después se dejó caer en el sofá, apoyando la cabeza en mi regazo.
No podía apartar la mirada del vendaje.
—A ver…, ¿qué has hecho?
Pedro sonrió y me hizo agacharme para besarlo. Notaba su nerviosismo. En
apariencia sonreía, pero tenía el claro convencimiento de que no estaba seguro de
cómo iba a reaccionar yo ya lo que había hecho.
—He hecho unas cuantas cosas hoy.
—¿Como qué? —pregunté suspicaz.
Pedro se rio.
—Tranquila, Paloma. Nada malo.
—¿Qué te ha pasado en la muñeca? —dije, mientras le levantaba la mano
por los dedos. Un estruendoso motor diésel se detuvo fuera y Pedro se levantó de
un salto del sofá para abrir la puerta.
—¡Ya iba siendo hora! ¡Llevo en casa al menos cinco minutos! —dijo con
una sonrisa.
Un hombre entró de espaldas y cargando un sofá fris cubierto de plástico,
seguido por otro hombre que sujetaba la parte trasera. Valentin y Pedro movieron
el antiguo sofá (conmigo y Moro todavía encima) hacia delante y los hombres
dejaron el nuevo en su lugar. Pedro quitó el plástico y después me levantó en
brazos, dejándome después sobre los blandos cojines.
—¿Has comprado uno nuevo? —pregunté con una sonrisa de oreja a oreja.
—Sí, y he hecho un par de cosas más. Gracias, chicos —dijo, mientras los
transportistas levantaban el viejo sofá y se iban por donde habían venido.
—Ahí se van un montón de recuerdos —ironicé.
—Ninguno que quiera recordar. —Se sentó a mi lado y suspiró,
observándome durante un momento antes de quitarse el esparadrapo que sujetaba
la gasa de su brazo—. Por favor, te pido que no alucines.
En mi mente se agolparon la conjeturas sobre lo que podía ocultar ese
vendaje. Me imaginé una quemadura, o puntos, o alguna otra cosa igual de
truculenta.
miércoles, 16 de abril de 2014
CAPITULO 63
Me dejé caer en mi asiento y suspiré, mientras intentaba controlar el
cosquilleo que sentía en los muslos. Me concentré en el cálculo y, cuando la clase
acabó, vi a Adrian de pie, apoyado contra la pared, junto a la puerta.
—Adrian —dije, decidida a no reaccionar como él esperaba que lo hiciera.
—Sé que estás con él. No tiene que violarte delante de la clase entera por mí.
Me paré en seco y me preparé para atacar.
—Entonces quizá deberías parar de contar a tus hermanos de la fraternidad
que te sigo llamando. Estás forzando las cosas demasiado, y no me darás ninguna
lástima cuando te patee el culo.
Arrugó la nariz.
—¿Te estás oyendo? Has pasado demasiado tiempo con Pedro.
—No, esta soy yo. Es solo un lado de mí del que no sabes nada.
—No se puede decir que me dieras exactamente una oportunidad, ¿no?
—suspiró.
—No quiero pelearme contigo, Adrian. Simplemente no funcionó, ¿vale?
—No, no vale. ¿Crees que me gusta ser el hazmerreír de Eastern?
Apreciamos a Pedro Alfonso porque nos hace quedar bien. Usa a las chicas y las
deja tiradas, de manera que hasta el mayor capullo de Eastern parece un príncipe
azul a su lado.
—¿Cuándo vas a abrir los ojos y te vas a dar cuenta de que ahora ha
cambiado?
—No te quiere, Pau. Eres un juguete nuevo y reluciente. Aunque, después
del numerito que ha montado en clase, supongo que ya no eres tan reluciente.
Le pegué una sonora bofetada antes de darme cuenta de lo que había hecho.
—Si hubieras esperado dos segundos, podría haberte ahorrado el esfuerzo,
Paloma —dijo Pedro, interponiéndose.
Lo cogí por el brazo.
—Pedro, no.
Adrian pareció perder la calma, mientras una silueta roja perfecta de mi
mano se dibujaba en su mejilla.
—Te había avisado —dijo Pedro empujando a Adrian violentamente contra
la pared.
Las mandíbulas de Pedro se tensaron y me fulminó con la mirada.
—Considera esto el final, Pedro. Ahora veo que estáis hechos el uno para el
otro.
—Gracias —dijo Pedro, pasándome el brazo por encima de los hombros.
Adrian se apartó de la pared y rápidamente dobló la esquina para bajar las
escaleras, asegurándose con una rápida mirada de que Pedro no lo seguía.
—¿Estás bien? —preguntó Pedro.
—Me pica la mano.
Sonrió.
—Menudo mal genio, Paloma. Estoy impresionado.
—Probablemente me demandará y acabaré pagándole la matrícula de
Harvard. ¿Qué haces aquí? Pensaba que nos veríamos en la cafetería.
Levantó uno de los lados de la boca en una sonrisa traviesa.
—No podía concentrarme en clase. Todavía siento ese beso.
Miré hacia el pasillo y después lo miré a él.
—Ven conmigo.
Juntó las cejas y sonrió.
—¿Para qué?
Caminé hacia atrás y tiré de él hasta que sentí el manillar de la puerta del
laboratorio de Física. La puerta se abrió y miré detrás de mí para comprobar que
estaba vacío y a oscuras. Tiré de su mano, riéndome por su expresión confusa, y
después cerré la puerta, empujándolo contra ella.
Lo besé y se rio.
—¿Qué haces?
—No quiero que por mi culpa no puedas concentrarte en clase —dije, antes
de besarlo de nuevo.
Me levantó y lo envolví con las piernas.
—No estoy seguro de qué haría sin ti —dijo, sujetándome con una mano,
mientras se desabrochaba el cinturón con la otra—, pero no quiero averiguarlo
jamás. Eres todo lo que siempre he querido, Paloma.
—Acuérdate de eso cuando me quede con todo tu dinero en la siguiente
partida de póquer —dije, mientras me quitaba la camiseta.
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