TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
sábado, 12 de abril de 2014
CAPITULO 49
Mi plan de fingir desinterés era un fracaso épico. No podía seguir
aparentando que no me importaba nada después de que pusiera todas sus cartas
sobre la mesa. Cuando nos conocimos, algo en el interior de ambos cambió y, fuera
lo que fuera, hacía que nos necesitáramos el uno al otro. Por razones que
desconocía, yo era su excepción, y, por mucho que hubiera intentado luchar contra
mis sentimientos, él era la mía.
Meneó la cabeza, me cogió la cara por ambos lados y me miró a los ojos.
—¿Te has acostado con él?
Se me inundaron los ojos de lágrimas calientes y sacudí la cabeza para decir
que no. Pegó sus labios contra los míos y su lengua entró en mi boca sin vacilación.
Incapaz de controlarme, lo agarré por la camiseta y lo atraje hacia mí. Hizo un
ruido con su voz alucinante y profunda, y me agarró con tanta fuerza que me
costaba respirar.
Se apartó, sin aliento.
—Llama a Adrian. Dile que no quieres verlo más. Dile que estás conmigo.
Cerré los ojos.
—No puedo estar contigo, Pedro.
—¿Por qué demonios no? —dijo, soltándome.
Sacudí la cabeza, temerosa de su reacción a la verdad.
Soltó una carcajada.
—Increíble. La única chica de la que me enamoro no quiere estar conmigo.
Tragué saliva, consciente de que tendría que acercarme a la verdad más de
lo que lo había hecho en meses.
—Cuando Rosario y yo nos mudamos aquí, teníamos el propósito de hacer
ciertos cambios en mi vida. O más bien de no seguir con ciertos hábitos. Las peleas,
las apuestas, la bebida son las cosas que dejé atrás. Cuando estoy contigo, todo se
me viene encima en un irresistible conjunto cubierto de tatuajes. No me mudé a
cientos de kilómetros para volver a caer en lo mismo.
Me levantó la barbilla para que lo mirara.
—Sé que mereces a alguien mejor que yo. ¿Te crees que no lo sé? Pero si hay
una mujer hecha para mí, eres tú… Haré lo que sea necesario, Paloma. ¿Me oyes?
Estoy dispuesto a todo.
Me solté, avergonzada por no poder decirle la verdad. Era yo la que no
estaba a la altura. Sería yo la que acabaría arruinándolo todo; incluido a él.
Acabaría odiándome algún día y no podría soportar ver su mirada cuando llegara
ese momento.
Con la mano, mantenía la puerta cerrada.
—Dejaré de pelear en cuanto me gradúe. No volveré a beber ni una sola
gota. Te daré el final feliz, Paloma. Solo necesito que creas en mí. Puedo hacerlo.
—No quiero que cambies.
—Entonces dime qué tengo que hacer. Dímelo y lo haré —me rogó.
Cualquier idea de estar con Adrian se había esfumado hacía tiempo, y sabía
que se debía a mis sentimientos hacia Pedro. Pensé en los diferentes giros que mi
vida podía dar a partir de ese momento: confiar en Pedro dando un salto de fe y
arriesgarme a caminar por arenas movedizas, o apartarlo de mi vida y saber
exactamente dónde acabaría, lo que incluía una vida sin él. Ambas decisiones me
aterraban.
—¿Me dejas tu móvil? —le pregunté.
Pedro frunció el entrecejo, confuso.
—Claro —dijo, antes de sacárselo del bolsillo y dármelo.
Marqué y cerré los ojos mientras oía los tonos de llamada.
—¿Pedro? ¿Qué demonios haces? ¿Tienes idea de qué hora es? —respondió
Adrian. Su voz sonaba profunda y áspera, e inmediatamente sentí el corazón
desbocado en mi pecho. No se me había ocurrido que supiera que le había llamado
desde el móvil de Pedro.
No sé cómo conseguí que mis palabras salieran de entre mis labios
temblorosos.
—Siento llamarte tan tarde, pero esto no podía esperar… No puedo cenar
contigo el miércoles.
—Son casi las cuatro de la mañana, Pau. ¿Qué pasa?
—En realidad, no puedo salir más contigo.
—Paupy…
—Estoy… bastante segura de estar enamorada de Pedro —dije,
preparándome para su reacción.
Después de un momento de silencio, me colgó.
CAPITULO 48
Meneó la cabeza y encendió el motor, en dirección a la calle. Conducía con
una lentitud extraña para ser él, deteniéndose en todos los semáforos en ámbar y
cogiendo el camino largo al campus.
Cuando aparcamos delante de la entrada de Morgan Hall, me invadió la
misma tristeza que sentí la noche que me fui del apartamento. Tanta emotividad
era ridícula, pero, cada vez que hacía algo para alejarlo, me aterrorizaba que
pudiera funcionar.
Me acompañó hasta la puerta y saqué mi llave, evitando sus ojos. Mientras
maniobraba torpemente con el metal, noté de repente su mano en la barbilla y su
pulgar acariciándome suavemente los labios.
—¿Te ha besado? —me preguntó.
Me aparté, sorprendida al ver que sus dedos parecían producirme una
sensación abrasadora que me quemaba todos los nervios desde la cabeza a los
dedos de los pies.
—Realmente se te da bien fastidiar una noche perfecta, ¿verdad?
—Así que te ha parecido perfecta, ¿eh? ¿Te lo has pasado bien entonces?
—Siempre me lo paso bien cuando estoy contigo.
Bajó la mirada al suelo y arqueó ambas cejas a la vez.
—¿Te ha besado?
—Sí —suspiré, irritada. Cerró los ojos con fuerza.
—¿Eso fue todo?
—Eso no es asunto tuyo —dije, abriendo la puerta de par en par. Pedro la
cerró y se interpuso en mi camino con una expresión de disculpa.
—Necesito saberlo.
—¡No, en absoluto! ¡Apártate, Pedro!
—Paloma…
—¿Crees que, como ya no soy virgen, me voy a tirar a cualquiera? ¡Gracias!
—dije, empujándolo.
—No he dicho eso, joder. ¿Es mucho pedir un poco de tranquilidad mental?
—¿Y por qué te dejaría más tranquilo saber si me estoy acostando con
Adrian?
—¿Cómo puedes no saberlo? ¡Es obvio para cualquiera menos para ti!
—dijo, exasperado.
—Supongo que lo que pasa simplemente es que soy idiota. Estás sembrado
esta noche, Pepe —dije, alargando el brazo para coger el pomo de la puerta.
Me cogió por los hombros.
—Lo que siento por ti… es una locura.
—En lo de la locura no te equivocas —le espeté, apartándome de él.
—He venido todo el camino hasta aquí en la moto practicando mentalmente
lo que iba a decirte, así que escúchame —dijo él.
—Pedro…
—Sé que lo nuestro está jodido, ¿vale? Yo soy impulsivo, tengo mal carácter
y tú me calas más hondo que cualquiera. Actúas como si me odiaras y al minuto
siguiente me necesitaras. Nunca hago nada bien, y no te merezco…, pero estoy
jodidamente enamorado de ti, Pau. Te quiero más de lo que he querido a nadie o
a nada jamás. Cuando estoy contigo no necesito beber, ni dinero, ni pelear, ni los
líos de una noche…, solo te necesito a ti. No pienso en nada más. No sueño con
nada más. Eres todo lo que quiero.
CAPITULO 47
Rosario se echó los mechones de su larga y húmeda cabellera sobre un
hombro, y unas gotas de agua le cayeron sobre la piel desnuda. Era una
contradicción andante. Había pedido plaza en Eastern para que pudiéramos
mudarnos juntas. Se autoproclamaba mi conciencia, dispuesta a intervenir si yo
daba rienda suelta a alguna de mis tendencias intrínsecas que conllevaran perder
el control. Iniciar una relación con Pedro iba en contra de todo lo que habíamos
hablado, y mi amiga se había convertido en su sobreexcitada animadora.
Me apoyé contra la pared.
—¿Te enfadarías mucho si me limitara a no ir?
—No, me cabrearía increíble e irrevocablemente. Iniciarías una pelea de
gatas en toda regla, Pau.
—Entonces supongo que tendré que ir —dije, metiendo la llave en la
cerradura.
Mi móvil sonó y apareció en la pantalla una foto de Pedro poniendo una
cara graciosa.
—¿Diga?
—¿Ya estás en casa?
—Sí, me ha dejado hace unos cinco minutos.
—Bien, estaré allí dentro de otros cinco.
—¡Espera! ¿Pedro? —dije después de que colgara.
Rosario se rio.
—Acabas de tener una cita decepcionante con Adrian, y has sonreído al ver
la llamada de Pedro. ¿De verdad eres tan dura de mollera?
—No he sonreído —protesté—. Viene de camino. ¿Puedes reunirte con él
fuera y decirle que ya estoy en la cama?
—Sí, sí que has sonreído, y no, sal y díselo tú misma.
—Sí, claro, Ro, salir ahí y decirle que ya estoy en la cama es un plan
perfecto.
Se dio media vuelta y se dirigió a su habitación. Levanté las manos y volví a
dejarlas caer sobre los muslos.
—¡Ro! Por favor.
—Que te diviertas, Pau.
Sonrió y desapareció en su habitación.
Bajé las escaleras y me encontré a Pedro sobre su moto, que estaba aparcada
delante de los escalones delanteros. Llevaba una camiseta blanca con dibujos
negros, que destacaba los tatuajes de sus brazos.
—¿No tienes frío? —pregunté, apretándome más la chaqueta.
—Estás guapa. ¿Te lo has pasado bien?
—Eh…, sí, gracias —dije, distraída—. ¿Qué haces aquí?
Pisó el acelerador y el motor rugió.
—Iba a dar un paseo para aclararme las ideas. Quiero que me acompañes.
—Hace frío, Pepe.
—¿Quieres que vaya a coger el coche de Valen?
—Mañana vamos a jugar a los bolos. ¿No puedes esperar hasta entonces?
—He pasado de estar contigo cada segundo del día a verte diez minutos si
tengo suerte.
Sonreí y sacudí la cabeza.
—Solo han pasado dos días, Pepe.
—Te echo de menos. Sube el culo al asiento y vámonos.
No pude discutir. Yo también lo echaba de menos. Más de lo que podría
admitir jamás. Me subí la cremallera de la chaqueta, me senté detrás de él y deslicé
los dedos en las presillas de sus tejanos. Me acercó las muñecas a su pecho y
después las puso una encima de otra. Cuando creyó que lo abrazaba lo
suficientemente fuerte, arrancó y salió despedido a toda velocidad calle abajo.
Apoyé la mejilla en su espalda y cerré los ojos, mientras respiraba su olor.
Me recordó a su apartamento, a sus sábanas y a cómo olía cuando iba por su casa
con una toalla anudada en la cintura. La ciudad se volvía borrosa a nuestro paso, y
no me importaba lo rápido que conducía o el frío que me azotaba la piel; ni
siquiera me fijaba en dónde estábamos. Solo podía pensar en su cuerpo contra el
mío. No teníamos destino ni horario, y cruzábamos las calles mucho después de
que todo el mundo, excepto nosotros, las hubiera abandonado.
Pedro se detuvo en una gasolinera y aparcó.
—¿Quieres algo? —me preguntó.
Dije que no con la cabeza, mientras me bajaba de la moto para estirar las
piernas. Me vio desenredarme el pelo con los dedos y sonrió.
—Déjalo. Estás acojonantemente guapa.
—Sí, parezco sacada de un vídeo de rock de los ochenta —respondí.
Él se rio y después bostezó, mientras espantaba las polillas que zumbaban a
su alrededor. La boquilla de la manguera tintineó y resonó con más fuerza de lo
que debería en la calma de la noche. Parecía que éramos las únicas dos personas
sobre la faz de la Tierra.
Saqué el móvil y comprobé la hora.
—Oh, Dios mío, Pepe. Son las tres de la mañana.
—¿Quieres volver? —preguntó con gesto de decepción.
Apreté los labios.
—Sería mejor que sí.
—¿Sigue en pie lo de los bolos de esta noche?
—Ya te he dicho que sí.
—Y vendrás conmigo a la fiesta de Sig Tau dentro de un par de semanas,
¿verdad?
—¿Insinúas que no cumplo mi palabra? Me parece un poco insultante.
Sacó la manguera del depósito y la colgó en su base.
—Es que ya no sabría predecir qué vas a hacer.
Se sentó en la moto y me ayudó a subirme detrás de él. Pasé los dedos por
las presillas de su cinturón, pero después lo pensé mejor y lo rodeé con mis brazos.
Suspiró y enderezó la moto; parecía resistirse a encender el motor. Se le
pusieron los nudillos blancos de la fuerza con la que agarraba el manillar. Cogió
aliento, como si fuera a empezar a hablar y después sacudió la cabeza.
—Me importas mucho, ya lo sabes —dije, mientras lo abrazaba con fuerza.
—No te entiendo, Paloma. Pensaba que conocía a las mujeres, pero tú eres
tan confusa que no sé a qué atenerme.
—Yo tampoco te entiendo. Se supone que eres el rompecorazones de
Eastern. No estoy disfrutando de la experiencia de estudiante de primer año que
prometían en el folleto —respondí bromeando.
—Bueno, eso es un hito. Nunca me había acostado con ninguna chica que
luego quisiera librarse de mí —dijo él, sin dejar de darme la espalda.
—No se trata de eso, Pedro —mentí, avergonzada de que hubiera
adivinado mis intenciones sin darse cuenta de la razón que tenía.
viernes, 11 de abril de 2014
CAPITULO 46
Permanecí impasible y, mirándolo directamente a los ojos, le dije:
—No me has hecho nada. ¿Desde cuándo el sexo es cuestión de vida o
muerte para ti?
—¡Desde que lo hice contigo!
Miré a mi alrededor, consciente de que estábamos montando una escena. La
gente pasaba a nuestro lado lentamente, mirándonos y hablándose entre susurros.
Sentí que me ardían las orejas y esa sensación se extendió por toda mi cara, hasta
que se me humedecieron los ojos.
Cerró los ojos para intentar recuperar la compostura antes de hablar de
nuevo.
—¿Es eso? ¿Crees que no significó nada para mí?
—Eres Pedro Alfonso.
Sacudió la cabeza, asqueado.
—Si no te conociera mejor, pensaría que me estás echando en cara mi
pasado.
—No me parece que lo ocurrido hace cuatro semanas sea el pasado. —Su
gesto se torció y yo me reí—. ¡Solo bromeo! Pedro, no pasa nada. Yo estoy bien, tú
estás bien. No hay por qué hacer una montaña de un grano de arena.
Desapareció toda emoción de su cara y exhaló profundamente por la nariz.
—Sé lo que intentas hacer. —Apartó la mirada un momento, perdido en sus
pensamientos—. No me queda más remedio que demostrártelo, entonces.
—Frunció los ojos y me miró con la misma resolución que exhibía en sus peleas—.
Si crees que simplemente voy a volver a follarme a cualquiera, te equivocas. No
quiero a nadie más. ¿Quieres que seamos amigos? Bien, somos amigos. Pero los
dos sabemos que lo que ocurrió no fue solo sexo.
Pasó furioso junto a mí y cerré los ojos, soltando la respiración que había
estado aguantando sin darme cuenta. Pedro se volvió para mirarme y continuó el
camino hacia su siguiente clase. Una lágrima huidiza me cayó por la mejilla, y me
la sequé de inmediato. Las miradas curiosas de mis compañeros de clase se
clavaron en mi espalda cuando me fui caminando apesadumbrada a clase.
Adrian estaba en segunda fila, y me senté en la mesa que había junto a la
suya.
Una sonrisa se extendió en su cara.
—Tengo muchas ganas de que llegue esta noche.
Respiré hondo y sonreí, intentando dejar atrás mi conversación con Pedro.
—¿Cuál es el plan?
—Bueno, ya estoy instalado del todo en mi apartamento. He pensado que
podríamos cenar allí.
—Yo también tengo muchas ganas de que llegue esta noche —dije,
intentando convencerme.
Dado que Rosario se negó a colaborar,Clara se convirtió en la única
persona disponible, aunque reticente, para ayudarme a elegir un vestido para mi
cita con Adrian. En cuanto me lo puse, volví a quitármelo a toda prisa y me deslicé
dentro de un par de tejanos. Después de pasarme toda la tarde reflexionando
melancólica sobre mi fallido plan, no tenía ánimos para arreglarme mucho.
Pensando en el frío que haría, me puse un jersey de cachemira color marfil, sobre
un top marrón, y esperé junto a la puerta. Cuando el reluciente Porsche de Adrian
se detuvo delante de Morgan, me apresuré a salir por la puerta antes de que él
pudiera subir.
—Pensaba pasar a recogerte —dijo decepcionado mientras sujetaba la
puerta.
—Pues te he ahorrado el viaje —dije, mientras me abrochaba el cinturón.
Se sentó a mi lado y, tocándome ambos lados de la cara, me besó con sus
suaves labios de peluche.
—Vaya —dijo con un suspiro—, he añorado tu boca.
Su aliento era mentolado, su colonia olía increíblemente bien, sus manos
eran cálidas y suaves, y tenía un aspecto fantástico con unos tejanos y una camisa
verde de vestir, pero no pude obviar la sensación de que faltaba algo. Era obvio
que la emoción del principio había desaparecido, y en silencio maldije a Pedro por
quitarme eso.
Me obligué a sonreír.
—Me tomaré eso como un cumplido.
Su apartamento era exactamente como había imaginado: inmaculado, con
caros aparatos electrónicos en cada rincón, y con toda probabilidad decorado por
su madre.
—¿Y bien? ¿Qué te parece? —dijo él, sonriendo como un niño que enseña su
juguete nuevo.
—Es genial.
Su expresión cambió de juguetona a íntima; me atrajo hacia sus brazos y me
besó en el cuello. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron. Habría preferido
estar en cualquier parte menos en ese apartamento.
Mi móvil sonó y, antes de responder, le ofrecí una sonrisa de disculpa.
—¿Cómo va la cita, Paloma?
Me volví de espaldas a Adrian y susurré al teléfono.
—¿Qué necesitas, Pedro?
Intenté que mi voz sonara dura, pero se ablandó por mi alivio de oír su voz.
—Quiero ir a jugar a los bolos mañana. Necesito a mi compañera.
—¿Bolos? ¿No podrías haberme llamado después?
Me sentí una hipócrita al decirle aquello puesto que había esperado una
excusa para alejar los labios de Adrian de mí.
—¿Cómo iba a saber cuándo habrías acabado? Oh, eso no ha sonado bien…
—dijo las últimas palabras en voz más baja, parecía que le habían hecho gracia.
—Te llamo mañana y lo hablamos, ¿vale?
—No, no vale. Me has dicho que querías que fuéramos amigos, ¿y no
podemos salir? —Puse los ojos en blanco y Pedro resopló—. No me pongas los
ojos en blanco. ¿Vienes o no?
—¿Cómo has sabido que he puesto los ojos en blanco? ¿Me estás acosando?
—pregunté, dándome cuenta de que las cortinas estaban corridas.
—Siempre estás poniendo los ojos en blanco. ¿Sí? ¿No? Estás malgastando
un tiempo precioso de tu cita.
Qué bien me conocía. Luché contra mis deseos de pedirle que pasara a
recogerme inmediatamente. No pude evitar sonreír al pensarlo.
—¡Sí! —dije en voz baja, intentando no sonreír—. Iré.
—Te recogeré a las siete.
Me volví a Adrian, sonriendo como el gato de Cheshire.
—¿Pedro? —me preguntó con un gesto de complicidad.
—Sí —fruncí el ceño al ver que me había pillado.
—¿Seguís siendo solo amigos?
—Solo amigos —apostillé de inmediato.
Estábamos sentados a la mesa, compartiendo comida china para llevar. Fui
sintiéndome más cómoda con él después de un rato, y me recordó lo encantador
que era. Me sentía más ligera, casi presa de la risa tonta, lo que suponía un
marcado cambio respecto a unas horas antes. Por mucho que intentara apartar la
idea de mi mente, no podía negarme que la mejoría en mi humor se debía a mis
planes con Pedro.
Después de cenar, nos sentamos en el sofá para ver una película, pero, antes
de que los créditos iniciales hubieran acabado, Adrian ya me había tumbado. Me
alegré de haber elegido llevar tejanos; No habría sido capaz de esquivarlo tan
fácilmente si me hubiera puesto un vestido. Sus labios bajaron por mi clavícula y
su mano se detuvo en mi cinturón. Se esforzó torpemente por abrirlo y, una vez
que lo consiguió, me escabullí de debajo de él y me levanté.
—¡Muy bien! Me parece que eso es todo lo lejos que tu lanzamiento va a
llegar está noche —dije, abrochándome el cinturón.
—¿Qué?
—¿Primera base…, segunda base? No importa. Es tarde, será mejor que me
vaya.
Se enderezó y me agarró por las piernas.
—No te vayas, Paupy. No quiero que pienses que esa es la razón por la que te
he traído aquí.
—Ah, ¿no lo es?
—Por supuesto que no —dijo él, sentándome en su regazo—. Me he pasado
las últimas dos semanas pensando en ti. Discúlpame por la impaciencia.
Me besó en la mejilla y me incliné hacia él, sonriendo cuando su aliento me
hizo cosquillas en el cuello. Me volví hacia él y apreté mis labios contra los suyos,
intentando con todas mis fuerzas sentir algo, pero no fue así. Me aparté de él y
suspiré.
Adrian frunció el entrecejo.
—Ya te he dicho que me disculparas.
—Y yo te he dicho que era tarde.
Volvimos a Morgan, y Adrian me estrechó la mano después de darme un
beso de buenas noches.
—Intentémoslo de nuevo. ¿Vamos mañana a Biasetti?
Apreté los labios.
—Mañana voy con Pedro a jugar a los bolos.
—¿El miércoles entonces?
—Sí, el miércoles, genial —dije, con una sonrisa forzada.
Adrian se agitó en su asiento. Algo lo inquietaba.
—Pau, hay una fiesta dentro de un par de fines de semana en la
Fraternidad…
Me encogí incómoda, temiendo la discusión que tendríamos
inevitablemente.
—¿Qué pasa? —preguntó él, riendo nervioso.
—No puedo ir contigo —dije, mientras salía del coche.
Él me siguió y se reunió conmigo en la entrada de Morgan.
—¿Tienes planes?
Hice un mohín.
—He quedado… Pedro ya me ha pedido que vaya con él.
—¿Que Pedro te ha pedido qué?
—Que vaya con él a la fiesta de citas —le expliqué, un poco frustrada.
La cara de Adrian se puso colorada y pasaba el peso del cuerpo de un pie a
otro.
—¿Vas a la fiesta de citas con Pedro? Él nunca asiste a esas cosas. Y solo sois
amigos, así que no tiene sentido que vayas con él.
—Rosario no quería ir con Valen si yo no iba.
Se relajó.
—Entonces puedes ir conmigo —dijo, sonriendo y entrelazando sus dedos
con los míos.
Respondí a su solución con una mueca.
—No puedo cancelar los planes con Pedro y después ir contigo.
—No veo dónde está el problema —dijo encogiéndose de hombros—.
Podrás estar allí para contentar a Rosario y Pedro se librará de tener que ir.
Siempre está defendiendo que dejen de celebrarse esas fiestas. Cree que son una
plataforma para que nuestras novias nos obliguen a hacer pública una relación.
—Era yo la que no quería ir. Él tuvo que convencerme.
—Bueno, pues ahora tienes una excusa —argumentó él.
Su confianza en que iba a cambiar de opinión resultaba exasperante.
—Lo cierto es que no quiero ir con nadie.
A Adrian se le había agotado la paciencia.
—Solo para dejar las cosas claras. Tú no quieres ir a la fiesta de citas. Pedro
quiere ir, te invita… ¿y no quieres cancelar los planes con él para ser mi
acompañante, aunque al principio ni siquiera querías ir?
Me costó mucho mirarle o los ojos.
—No puedo hacerle eso, Adrian, lo siento.
—¿Entiendes qué es una fiesta de citas? Es algo a lo que vas con tu novio.
Su tono condescendiente hizo que desapareciera cualquier empatía que
pudiera sentir hacia él.
—Bueno, como yo no tengo novio, no debería ir en absoluto.
—Pensaba que íbamos a intentarlo otra vez. Pensaba que teníamos algo.
—Y lo intento.
—¿Qué esperas que haga? ¿Que me quede en casa solo mientras tú estás en
la fiesta de citas de mi fraternidad con otro? ¿Debería invitar a otra chica?
—Puedes hacer lo que quieras —dije, irritada por su amenaza.
Alzó la mirada y negó con la cabeza.
—No quiero pedírselo a otra chica.
—No espero que no vayas a tu propia fiesta. Nos veremos allí.
—¿Quieres que se lo pida a otra persona? Y tú vas con Pedro. ¿Acaso no ves
lo absurda que resulta esta situación?
Me crucé de brazos, preparándome para una pelea.
—Le dije que iría antes de empezar a salir contigo. No puedo cancelar mi
compromiso con él.
—¿No puedes o no quieres?
—No hay diferencia. Siento que no lo comprendas. —Abrí la puerta de
Morgan, y Adrian apoyó su mano sobre la mía.
—De acuerdo —dijo con un suspiro de resignación—. Obviamente, esta es
una cuestión en la que tendré que trabajar. Pedro es uno de tus mejores amigos,
eso lo entiendo. No quiero que afecte a nuestra relación. ¿Vale?
—Vale —dije, asintiendo.
Abrió la puerta y me hizo un gesto para que pasara; justo antes de entrar,
me dio un beso en la mejilla.
—¿Miércoles a las seis?
—A la seis —dije, despidiéndolo con la mano mientras subía las escaleras.
Rosario salía del cuarto de duchas cuando doblé la esquina, y sus ojos
brillaron al reconocerme.
—¡Hola, guapa! ¿Qué tal ha ido?
—Ha ido —dije, desalentada.
—Oh, oh.
—No se lo digas a Pedro, ¿vale?
Ella resopló.
—No lo haré. ¿Qué ha pasado?
—Adrian me ha pedido que vaya con él a la fiesta de citas.
Rosario apretó su toalla.
—No pensarás dejar tirado a Pepe, ¿no?
—No, y a Adrian no le entusiasma la idea.
—Comprensible —dijo ella, asintiendo—. Es una situación condenadamente
difícil.
CAPITULO 45
ME situé dos mesas más allá y una mesa más atrás. Apenas veía a Rosario
y a Valentin desde mi asiento, y me agaché sobre la mesa, mientras observaba a
Pedro mirar fijamente la silla vacía que solía ocupar yo antes de sentarme al final
del comedor. Me sentía ridícula por esconderme así, pero no estaba preparada para
sentarme delante de él durante una hora entera. Cuando acabé de comer, respiré
hondo y salí fuera, donde Pedro estaba acabando de fumar un cigarrillo.
Me había pasado la mayor parte de la noche intentando trazar un plan que
nos devolviera a donde estábamos antes. Si trataba nuestro encuentro tal y como él
solía considerar el sexo en general, mis posibilidades mejoraban. El plan
conllevaba el riesgo de perderlo definitivamente, pero esperaba que su enorme ego
masculino lo obligara a comportarse del mismo modo que yo.
—Hola —dije.
Él puso cara de contrariedad.
—Hola. Pensaba que estarías comiendo.
—Tuve que entrar y salir a toda prisa, tengo que estudiar —le respondí,
encogiéndome de hombros y fingiendo despreocupación lo mejor que pude.
—¿Necesitas algo de ayuda?
—Es Cálculo. Creo que lo tengo controlado.
—Puedo pasarme para darte apoyo moral.
Sonrió y se metió la mano en el bolsillo. Los sólidos músculos del brazo se le
tensaron con el movimiento, y el recuerdo de sus brazos flexionándose mientras
me penetraba volvió con vívido detalle a mi cabeza.
—Eh… ¿Cómo? —pregunté, desorientada por el repentino pensamiento
erótico que había cruzado mi mente.
—¿Se supone que tenemos que fingir que lo de la otra noche nunca pasó?
—No, ¿por qué? —dije fingiendo confusión, a lo que él respondió con un
suspiro, frustrado por mi comportamiento.
—No sé…, ¿porque te quité la virginidad quizás? —Se inclinó hacia mí y
pronunció esas últimas palabras en voz baja.
—Estoy segura de que no es la primera vez que desfloras a una virgen,
Pepe.
Justo como me temía, mi intento de quitarle hierro al asunto lo enfadó.
—Pues, de hecho, sí lo fue.
—Vamos… Te dije que no quería que esto volviera las cosas raras entre
nosotros.
Pedro dio una última calada a su cigarrillo y lo tiró al suelo.
—Bueno, si algo he aprendido en los últimos días es que no siempre
consigues lo que quieres.
—Hola, Pau —dijo Adrian, besándome en la mejilla.
Pedro fulminó a Adrian con una mirada asesina.
—¿Te recojo sobre las seis? —dijo Adrian.
Asentí.
—A las seis.
—Nos vemos dentro de un rato —dijo, siguiendo su camino a clase.
Observé cómo se alejaba, asustada de las consecuencias de esos últimos diez
segundos.
—¿Vas a salir con él esta noche? —preguntó furioso Pedro.
Tenía las mandíbulas apretadas y podía verlas moverse bajo la piel.
—Ya te había dicho que me pediría una cita cuando volviera a Morgan. Me
llamó ayer.
—Las cosas han cambiado un poco desde esa conversación, ¿no crees?
—¿Por qué?
Se alejó de mí y yo tragué saliva, intentando no romper a llorar. Pedro se
detuvo y volvió, hasta que se paró muy cerca de mi cara.
—¡Por eso dijiste que no te echaría de menos después de hoy! Sabías que me
enteraría de lo tuyo con Adrian y pensaste… ¿qué? ¿Que pasaría de ti? ¿No confías
en mí o es que, simplemente, no soy lo suficientemente bueno? Responde, maldita
sea. Dime qué cojones te he hecho como para que me trates así.
CAPITULO 44
Cerré los ojos con fuerza y las lágrimas que inundaban mis ojos resbalaron
por mis mejillas.
Rosario me ofreció su móvil.
—Tienes que llamarlo. Al menos tienes que decirle que estás bien.
—Está bien, lo llamaré.
Volvió a ofrecerme el móvil.
—No, vas a llamarlo ahora.
Cogí el teléfono y acaricié las teclas, mientras intentaba imaginar qué podía
decirle. Me lo arrancó de la mano, marcó y me lo devolvió. Sujeté el teléfono junto
a mi oído y respiré hondo.
—¿Ro? —respondió Pedro, con la voz llena de preocupación.
—Soy yo.
La línea se quedó en silencio durante un momento, antes de que él, por fin,
se decidiera a hablar.
—¿Qué cojones te pasó anoche? Me desperté esta mañana y te habías ido…
¿Te…, te largas sin más y ni te despides? ¿Por qué?
—Lo siento…
—¿Que lo sientes? ¡Casi consigues que me vuelva loco! No respondes al
teléfono, te escapas y por… ¿por qué? Pensaba que, por fin, habíamos aclarado lo
nuestro.
—Solo necesitaba algo de tiempo para pensar.
—¿En qué? —Hizo una pausa—. ¿Es que… te hice daño?
—¡No! ¡No tiene nada que ver con eso! De verdad, lo siento mucho,
muchísimo. Seguro que Rosario ya te lo ha dicho. No se me dan bien las
despedidas.
—Necesito verte —dijo con voz desesperada.
Suspiré.
—Hoy tengo muchas cosas que hacer, Pepe. Todavía debo deshacer todas
las maletas y lavar montones de ropa sucia.
—Te arrepientes —dijo con voz quebrada.
—No…, ese no es el problema. Somos amigos. Eso no va a cambiar.
—¿Amigos? Entonces, ¿qué cojones fue lo de anoche? —dijo, sin poder
ocultar la ira de su voz.
Cerré con fuerza los ojos.
—Sé lo que quieres. Solo que no puedo dártelo… ahora mismo.
—Entonces, ¿simplemente necesitas algo de tiempo? —me preguntó con voz
más tranquila—. Podrías habérmelo dicho. No tenías por qué huir de mí.
—Me pareció la forma más sencilla.
—Más sencilla, ¿para quién?
—No conseguía dormir y no dejaba de pensar en qué pasaría por la
mañana, cuando tuviéramos que cargar el coche de Ro y… no pude soportarlo,
Pepe —dije.
—Ya es suficientemente malo que no sigas viviendo aquí, pero no puedes
desaparecer sin más de mi vida.
Me obligué a sonreír.
—Nos vemos mañana. No quiero que nada sea raro, ¿vale? Simplemente
tengo que resolver algunas cosas. Nada más.
—Está bien —dijo él—. Eso puedo hacerlo.
Colgué el teléfono y Rosario me fulminó con la mirada.
—¿Dormiste con él? ¡Serás zorrón! ¿Y ni siquiera pensabas decírmelo?
Puse los ojos en blanco y me dejé caer sobre la almohada.
—Eso no va contigo, Ro. Todo esto se está liando muchísimo.
—¿Dónde ves el problema? ¡Tendríais que estar en el séptimo cielo y no
rompiendo puertas o escondiéndoos en vuestra habitación!
—No puedo estar con él —susurré, sin apartar la mirada del techo.
Puso la mano encima de la mía y me habló suavemente.
—Pedro necesita algo de trabajo. Créeme, comprendo todas las reservas que
puedas tener sobre él, pero mira lo mucho que ha cambiado ya por ti. Piensa en las
dos últimas semanas, Pau. Él no es Ruben.
—¡No, yo soy Ruben! Me involucro sentimentalmente con Pedro y todo
aquello por lo que nos hemos esforzado… ¡puf! —Chasqueé los dedos—. ¡Así, sin
más!
—Pedro no dejaría que eso pasara.
—No depende de él, ¿a que no?
—Vas a romperle el corazón, Pau. ¡Vas a romperle el corazón! Eres la
única chica en la que confía lo suficiente como para enamorarse ¡y tú piensas
colgarlo del palo mayor!
Me aparté de ella, incapaz de ver la expresión que acompañaba al tono de
súplica de su voz.
—Necesito el final feliz. Por eso vine aquí.
—No tienes que hacerlo. Podría funcionar.
—Hasta que la suerte me dé la espalda.
Rosario levantó las manos al cielo y después las dejó caer en su regazo.
—Por Dios, Pau, no empieces con esa mierda otra vez. Ya lo hemos
hablado.
Mi teléfono sonó y miré la pantalla.
—Es Adrian.
Ella sacudió la cabeza.
—No hemos terminado de hablar.
—¿Diga? —respondí, evitando la mirada de Rosario.
—¡Paupy! ¡Tu primer día de libertad! ¿Qué tal te sientes? —dijo él.
—Pues… me siento libre —dije, incapaz de fingir entusiasmo alguno.
—¿Cenamos mañana por la noche? Te he echado de menos.
—Sí. —Me sequé la nariz con la manga—. Mañana me va genial.
Después colgué el teléfono, Rosario frunció el entrecejo.
—Cuando vuelva me preguntará —dijo ella—. Querrá saber de qué hemos
hablado. ¿Qué se supone que tengo que decirle?
—Dile que mantendré mi promesa. Mañana, a estas horas, ya no me echará
de menos.
jueves, 10 de abril de 2014
CAPITULO 43
Habíamos empaquetado ya todas mis cosas horas antes, y me estremecí al
pensar en lo incómodo que resultaría todo por la mañana. Había pensado que una
vez que me acostara con Pedro su curiosidad se saciaría, pero en cambio estaba
hablando de estar conmigo para siempre. Tuve que cerrar los ojos al pensar en la
expresión de su rostro cuando se enterara de que lo que había pasado entre
nosotros no era un principio, sino un final. No podía seguir ese camino, y me
odiaría cuando se lo dijera.
Conseguí zafarme de su brazo y me vestí. Con los zapatos en la mano,
recorrí el pasillo hasta el dormitorio de Valentin. Rosario estaba sentada en la
cama, mientras Valentin se quitaba la camiseta delante del armario.
—¿Va todo bien, Pau? —preguntó Valentin.
—¿Ro? —dije al mismo tiempo que le hacía un gesto para que se reuniera
conmigo en el pasillo. Ella asintió, mirándome con recelo.
—¿Qué pasa?
—Necesito que me lleves a Morgan ahora mismo. No puedo esperar hasta
mañana.
Un lado de su boca se curvó en una sonrisa cómplice.
—Nunca has podido soportar las despedidas.
Valentin y Rosario me ayudaron con las bolsas. Durante todo el viaje de
regreso a Morgan Hall, no aparté la mirada de la ventanilla. Cuando dejamos la
última de las maletas en mi habitación, Rosario me sujetó.
—Van a cambiar tanto las cosas ahora en el apartamento…
—Gracias por traerme a casa. Amanecerá dentro de unas pocas horas. Será
mejor que te vayas —dije, abrazándola antes de dejar que se fuera.
Rosario no se volvió a mirar atrás cuando salió de mi habitación, y yo me
mordí el labio nerviosamente, sabiendo lo enfadada que estaría cuando se diera
cuenta de lo que había hecho.
Mi camiseta crujió mientras me la ponía por la cabeza; la electricidad
estática del aire había aumentado al aproximarse el invierno. Como me sentía algo
perdida, me hice un ovillo bajo mi grueso edredón y respiré por la nariz. Mi piel
seguía oliendo a Pedro.
La cama parecía fría y extraña, un brusco contraste con la calidez del
colchón de Pedro. Había pasado treinta días en un estrecho apartamento con el
golfo de peor fama de Eastern, y, después de todas las riñas y de las visitas a altas
horas de la mañana, era el único sitio en el que quería estar.
Las llamadas de teléfono empezaron a las ocho de la mañana y se repitieron
cada cinco minutos durante una hora.
—¡Pau! —gruñó Clara—. ¡Responde al maldito teléfono!
Extendí el brazo y lo apagué. Cuando oí que aporreaban la puerta, me di
cuenta de que no podría pasarme el día encerrada en mi habitación como había
planeado.
Clara tiró del pomo.
—¿Qué?
Rosario la empujó para abrirse paso y se quedó de pie junto a mi cama.
—¿Qué demonios está pasando? —gritó.
Tenía los ojos rojos e hinchados, y todavía llevaba el pijama. Me senté.
—¿Qué pasa, Ro?
—¡Pedro está hecho un puto desastre! No quiere hablar con nosotros, ha
arrasado el apartamento, ha lanzado el estéreo a la otra punta de la habitación…
¡Valen no consigue que entre en razón!
Me froté los ojos con la muñeca y parpadeé.
—No sé.
—¡Y una mierda! Vas a decirme qué demonios está pasando, ¡y vas a
hacerlo ahora mismo!
Carla cogió su neceser y se fue. Cerró de un portazo y yo torcí el gesto,
temiendo lo que pudiera decir al supervisor de la residencia o, peor, al decano de
estudiantes.
—Baja la voz, Rosario, por Dios —susurré.
Apretó los dientes.
—¿Qué has hecho?
Había dado por supuesto que se disgustaría conmigo, pero no que se
pondría tan furiosa.
—No…, no sé —dije, tragando saliva.
—Golpeó a Valen cuando se enteró de que te habíamos ayudado a irte.
¡Pau, por favor, dímelo! —me rogó, con los ojos húmedos—. ¡Todo esto me está
asustando!
El miedo de sus ojos me sonsacó solo una verdad parcial.
—Simplemente no sabía cómo despedirme. Sabes lo que me cuesta.
—Hay algo más, Pau. ¡Se ha vuelto totalmente loco! Le oí gritar tu nombre
y después recorrió todo el apartamento buscándote. Irrumpió en la habitación de
Valen preguntando dónde estabas. Entonces intentó llamarte. Una vez, otra y otra…
—Cogió aire—. Su cara era…, Dios, Pau. Nunca lo he visto así. Arrancó las
sábanas de la cama y las lanzó por los aires, tiró también las almohadas, rompió su
espejo de un puñetazo, pateó su puerta…, ¡la sacó de los goznes! Ha sido lo más
terrorífico que he visto en mi vida.
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