viernes, 11 de abril de 2014

CAPITULO 46



Permanecí impasible y, mirándolo directamente a los ojos, le dije:
—No me has hecho nada. ¿Desde cuándo el sexo es cuestión de vida o
muerte para ti?
—¡Desde que lo hice contigo!
Miré a mi alrededor, consciente de que estábamos montando una escena. La
gente pasaba a nuestro lado lentamente, mirándonos y hablándose entre susurros.
Sentí que me ardían las orejas y esa sensación se extendió por toda mi cara, hasta
que se me humedecieron los ojos.
Cerró los ojos para intentar recuperar la compostura antes de hablar de
nuevo.
—¿Es eso? ¿Crees que no significó nada para mí?
—Eres Pedro Alfonso.
Sacudió la cabeza, asqueado.
—Si no te conociera mejor, pensaría que me estás echando en cara mi
pasado.
—No me parece que lo ocurrido hace cuatro semanas sea el pasado. —Su
gesto se torció y yo me reí—. ¡Solo bromeo! Pedro, no pasa nada. Yo estoy bien, tú
estás bien. No hay por qué hacer una montaña de un grano de arena.
Desapareció toda emoción de su cara y exhaló profundamente por la nariz.
—Sé lo que intentas hacer. —Apartó la mirada un momento, perdido en sus
pensamientos—. No me queda más remedio que demostrártelo, entonces.
—Frunció los ojos y me miró con la misma resolución que exhibía en sus peleas—.
Si crees que simplemente voy a volver a follarme a cualquiera, te equivocas. No
quiero a nadie más. ¿Quieres que seamos amigos? Bien, somos amigos. Pero los
dos sabemos que lo que ocurrió no fue solo sexo.
Pasó furioso junto a mí y cerré los ojos, soltando la respiración que había
estado aguantando sin darme cuenta. Pedro se volvió para mirarme y continuó el
camino hacia su siguiente clase. Una lágrima huidiza me cayó por la mejilla, y me
la sequé de inmediato. Las miradas curiosas de mis compañeros de clase se
clavaron en mi espalda cuando me fui caminando apesadumbrada a clase.

Adrian estaba en segunda fila, y me senté en la mesa que había junto a la
suya.
Una sonrisa se extendió en su cara.
—Tengo muchas ganas de que llegue esta noche.
Respiré hondo y sonreí, intentando dejar atrás mi conversación con Pedro.
—¿Cuál es el plan?
—Bueno, ya estoy instalado del todo en mi apartamento. He pensado que
podríamos cenar allí.
—Yo también tengo muchas ganas de que llegue esta noche —dije,
intentando convencerme.
Dado que Rosario se negó a colaborar,Clara se convirtió en la única
persona disponible, aunque reticente, para ayudarme a elegir un vestido para mi
cita con Adrian. En cuanto me lo puse, volví a quitármelo a toda prisa y me deslicé
dentro de un par de tejanos. Después de pasarme toda la tarde reflexionando
melancólica sobre mi fallido plan, no tenía ánimos para arreglarme mucho.
Pensando en el frío que haría, me puse un jersey de cachemira color marfil, sobre
un top marrón, y esperé junto a la puerta. Cuando el reluciente Porsche de Adrian
se detuvo delante de Morgan, me apresuré a salir por la puerta antes de que él
pudiera subir.
—Pensaba pasar a recogerte —dijo decepcionado mientras sujetaba la
puerta.
—Pues te he ahorrado el viaje —dije, mientras me abrochaba el cinturón.
Se sentó a mi lado y, tocándome ambos lados de la cara, me besó con sus
suaves labios de peluche.
—Vaya —dijo con un suspiro—, he añorado tu boca.
Su aliento era mentolado, su colonia olía increíblemente bien, sus manos
eran cálidas y suaves, y tenía un aspecto fantástico con unos tejanos y una camisa
verde de vestir, pero no pude obviar la sensación de que faltaba algo. Era obvio
que la emoción del principio había desaparecido, y en silencio maldije a Pedro por
quitarme eso.
Me obligué a sonreír.
—Me tomaré eso como un cumplido.
Su apartamento era exactamente como había imaginado: inmaculado, con
caros aparatos electrónicos en cada rincón, y con toda probabilidad decorado por
su madre.
—¿Y bien? ¿Qué te parece? —dijo él, sonriendo como un niño que enseña su
juguete nuevo.
—Es genial.
Su expresión cambió de juguetona a íntima; me atrajo hacia sus brazos y me
besó en el cuello. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron. Habría preferido
estar en cualquier parte menos en ese apartamento.
Mi móvil sonó y, antes de responder, le ofrecí una sonrisa de disculpa.
—¿Cómo va la cita, Paloma?
Me volví de espaldas a Adrian y susurré al teléfono.
—¿Qué necesitas, Pedro?
Intenté que mi voz sonara dura, pero se ablandó por mi alivio de oír su voz.
—Quiero ir a jugar a los bolos mañana. Necesito a mi compañera.
—¿Bolos? ¿No podrías haberme llamado después?
Me sentí una hipócrita al decirle aquello puesto que había esperado una
excusa para alejar los labios de Adrian de mí.
—¿Cómo iba a saber cuándo habrías acabado? Oh, eso no ha sonado bien…
—dijo las últimas palabras en voz más baja, parecía que le habían hecho gracia.
—Te llamo mañana y lo hablamos, ¿vale?
—No, no vale. Me has dicho que querías que fuéramos amigos, ¿y no
podemos salir? —Puse los ojos en blanco y Pedro resopló—. No me pongas los
ojos en blanco. ¿Vienes o no?
—¿Cómo has sabido que he puesto los ojos en blanco? ¿Me estás acosando?
—pregunté, dándome cuenta de que las cortinas estaban corridas.
—Siempre estás poniendo los ojos en blanco. ¿Sí? ¿No? Estás malgastando
un tiempo precioso de tu cita.
Qué bien me conocía. Luché contra mis deseos de pedirle que pasara a
recogerme inmediatamente. No pude evitar sonreír al pensarlo.
—¡Sí! —dije en voz baja, intentando no sonreír—. Iré.
—Te recogeré a las siete.
Me volví a Adrian, sonriendo como el gato de Cheshire.
—¿Pedro? —me preguntó con un gesto de complicidad.
—Sí —fruncí el ceño al ver que me había pillado.
—¿Seguís siendo solo amigos?
—Solo amigos —apostillé de inmediato.
Estábamos sentados a la mesa, compartiendo comida china para llevar. Fui
sintiéndome más cómoda con él después de un rato, y me recordó lo encantador
que era. Me sentía más ligera, casi presa de la risa tonta, lo que suponía un
marcado cambio respecto a unas horas antes. Por mucho que intentara apartar la
idea de mi mente, no podía negarme que la mejoría en mi humor se debía a mis
planes con Pedro.
Después de cenar, nos sentamos en el sofá para ver una película, pero, antes
de que los créditos iniciales hubieran acabado, Adrian ya me había tumbado. Me
alegré de haber elegido llevar tejanos; No habría sido capaz de esquivarlo tan
fácilmente si me hubiera puesto un vestido. Sus labios bajaron por mi clavícula y
su mano se detuvo en mi cinturón. Se esforzó torpemente por abrirlo y, una vez
que lo consiguió, me escabullí de debajo de él y me levanté.
—¡Muy bien! Me parece que eso es todo lo lejos que tu lanzamiento va a
llegar está noche —dije, abrochándome el cinturón.
—¿Qué?
—¿Primera base…, segunda base? No importa. Es tarde, será mejor que me
vaya.
Se enderezó y me agarró por las piernas.
—No te vayas, Paupy. No quiero que pienses que esa es la razón por la que te
he traído aquí.
—Ah, ¿no lo es?
—Por supuesto que no —dijo él, sentándome en su regazo—. Me he pasado
las últimas dos semanas pensando en ti. Discúlpame por la impaciencia.
Me besó en la mejilla y me incliné hacia él, sonriendo cuando su aliento me
hizo cosquillas en el cuello. Me volví hacia él y apreté mis labios contra los suyos,
intentando con todas mis fuerzas sentir algo, pero no fue así. Me aparté de él y
suspiré.
Adrian frunció el entrecejo.
—Ya te he dicho que me disculparas.
—Y yo te he dicho que era tarde.
Volvimos a Morgan, y Adrian me estrechó la mano después de darme un
beso de buenas noches.
—Intentémoslo de nuevo. ¿Vamos mañana a Biasetti?
Apreté los labios.
—Mañana voy con Pedro a jugar a los bolos.
—¿El miércoles entonces?
—Sí, el miércoles, genial —dije, con una sonrisa forzada.
Adrian se agitó en su asiento. Algo lo inquietaba.
—Pau, hay una fiesta dentro de un par de fines de semana en la
Fraternidad…
Me encogí incómoda, temiendo la discusión que tendríamos
inevitablemente.
—¿Qué pasa? —preguntó él, riendo nervioso.
—No puedo ir contigo —dije, mientras salía del coche.
Él me siguió y se reunió conmigo en la entrada de Morgan.
—¿Tienes planes?
Hice un mohín.
—He quedado… Pedro ya me ha pedido que vaya con él.
—¿Que Pedro te ha pedido qué?
—Que vaya con él a la fiesta de citas —le expliqué, un poco frustrada.
La cara de Adrian se puso colorada y pasaba el peso del cuerpo de un pie a
otro.
—¿Vas a la fiesta de citas con Pedro? Él nunca asiste a esas cosas. Y solo sois
amigos, así que no tiene sentido que vayas con él.
—Rosario no quería ir con Valen si yo no iba.
Se relajó.
—Entonces puedes ir conmigo —dijo, sonriendo y entrelazando sus dedos
con los míos.
Respondí a su solución con una mueca.
—No puedo cancelar los planes con Pedro y después ir contigo.
—No veo dónde está el problema —dijo encogiéndose de hombros—.
Podrás estar allí para contentar a Rosario y Pedro se librará de tener que ir.
Siempre está defendiendo que dejen de celebrarse esas fiestas. Cree que son una
plataforma para que nuestras novias nos obliguen a hacer pública una relación.
—Era yo la que no quería ir. Él tuvo que convencerme.
—Bueno, pues ahora tienes una excusa —argumentó él.
Su confianza en que iba a cambiar de opinión resultaba exasperante.
—Lo cierto es que no quiero ir con nadie.
A Adrian se le había agotado la paciencia.
—Solo para dejar las cosas claras. Tú no quieres ir a la fiesta de citas. Pedro
quiere ir, te invita… ¿y no quieres cancelar los planes con él para ser mi
acompañante, aunque al principio ni siquiera querías ir?
Me costó mucho mirarle o los ojos.
—No puedo hacerle eso, Adrian, lo siento.
—¿Entiendes qué es una fiesta de citas? Es algo a lo que vas con tu novio.
Su tono condescendiente hizo que desapareciera cualquier empatía que
pudiera sentir hacia él.
—Bueno, como yo no tengo novio, no debería ir en absoluto.
—Pensaba que íbamos a intentarlo otra vez. Pensaba que teníamos algo.
—Y lo intento.
—¿Qué esperas que haga? ¿Que me quede en casa solo mientras tú estás en
la fiesta de citas de mi fraternidad con otro? ¿Debería invitar a otra chica?
—Puedes hacer lo que quieras —dije, irritada por su amenaza.
Alzó la mirada y negó con la cabeza.
—No quiero pedírselo a otra chica.
—No espero que no vayas a tu propia fiesta. Nos veremos allí.
—¿Quieres que se lo pida a otra persona? Y tú vas con Pedro. ¿Acaso no ves
lo absurda que resulta esta situación?
Me crucé de brazos, preparándome para una pelea.
—Le dije que iría antes de empezar a salir contigo. No puedo cancelar mi
compromiso con él.
—¿No puedes o no quieres?
—No hay diferencia. Siento que no lo comprendas. —Abrí la puerta de
Morgan, y Adrian apoyó su mano sobre la mía.
—De acuerdo —dijo con un suspiro de resignación—. Obviamente, esta es
una cuestión en la que tendré que trabajar. Pedro es uno de tus mejores amigos,
eso lo entiendo. No quiero que afecte a nuestra relación. ¿Vale?
—Vale —dije, asintiendo.
Abrió la puerta y me hizo un gesto para que pasara; justo antes de entrar,
me dio un beso en la mejilla.
—¿Miércoles a las seis?
—A la seis —dije, despidiéndolo con la mano mientras subía las escaleras.
Rosario salía del cuarto de duchas cuando doblé la esquina, y sus ojos
brillaron al reconocerme.
—¡Hola, guapa! ¿Qué tal ha ido?
—Ha ido —dije, desalentada.
—Oh, oh.
—No se lo digas a Pedro, ¿vale?
Ella resopló.
—No lo haré. ¿Qué ha pasado?
—Adrian me ha pedido que vaya con él a la fiesta de citas.
Rosario apretó su toalla.
—No pensarás dejar tirado a Pepe, ¿no?
—No, y a Adrian no le entusiasma la idea.
—Comprensible —dijo ella, asintiendo—. Es una situación condenadamente
difícil.

CAPITULO 45



ME situé dos mesas más allá y una mesa más atrás. Apenas veía a Rosario
y a Valentin desde mi asiento, y me agaché sobre la mesa, mientras observaba a
Pedro mirar fijamente la silla vacía que solía ocupar yo antes de sentarme al final
del comedor. Me sentía ridícula por esconderme así, pero no estaba preparada para
sentarme delante de él durante una hora entera. Cuando acabé de comer, respiré
hondo y salí fuera, donde Pedro estaba acabando de fumar un cigarrillo.
Me había pasado la mayor parte de la noche intentando trazar un plan que
nos devolviera a donde estábamos antes. Si trataba nuestro encuentro tal y como él
solía considerar el sexo en general, mis posibilidades mejoraban. El plan
conllevaba el riesgo de perderlo definitivamente, pero esperaba que su enorme ego
masculino lo obligara a comportarse del mismo modo que yo.
—Hola —dije.
Él puso cara de contrariedad.
—Hola. Pensaba que estarías comiendo.
—Tuve que entrar y salir a toda prisa, tengo que estudiar —le respondí,
encogiéndome de hombros y fingiendo despreocupación lo mejor que pude.
—¿Necesitas algo de ayuda?
—Es Cálculo. Creo que lo tengo controlado.
—Puedo pasarme para darte apoyo moral.
Sonrió y se metió la mano en el bolsillo. Los sólidos músculos del brazo se le
tensaron con el movimiento, y el recuerdo de sus brazos flexionándose mientras
me penetraba volvió con vívido detalle a mi cabeza.
—Eh… ¿Cómo? —pregunté, desorientada por el repentino pensamiento
erótico que había cruzado mi mente.
—¿Se supone que tenemos que fingir que lo de la otra noche nunca pasó?
—No, ¿por qué? —dije fingiendo confusión, a lo que él respondió con un
suspiro, frustrado por mi comportamiento.
—No sé…, ¿porque te quité la virginidad quizás? —Se inclinó hacia mí y
pronunció esas últimas palabras en voz baja.
—Estoy segura de que no es la primera vez que desfloras a una virgen,
Pepe.
Justo como me temía, mi intento de quitarle hierro al asunto lo enfadó.
—Pues, de hecho, sí lo fue.
—Vamos… Te dije que no quería que esto volviera las cosas raras entre
nosotros.
Pedro dio una última calada a su cigarrillo y lo tiró al suelo.
—Bueno, si algo he aprendido en los últimos días es que no siempre
consigues lo que quieres.
—Hola, Pau —dijo Adrian, besándome en la mejilla.
Pedro fulminó a Adrian con una mirada asesina.
—¿Te recojo sobre las seis? —dijo Adrian.
Asentí.
—A las seis.
—Nos vemos dentro de un rato —dijo, siguiendo su camino a clase.
Observé cómo se alejaba, asustada de las consecuencias de esos últimos diez
segundos.
—¿Vas a salir con él esta noche? —preguntó furioso Pedro.
Tenía las mandíbulas apretadas y podía verlas moverse bajo la piel.
—Ya te había dicho que me pediría una cita cuando volviera a Morgan. Me
llamó ayer.
—Las cosas han cambiado un poco desde esa conversación, ¿no crees?
—¿Por qué?
Se alejó de mí y yo tragué saliva, intentando no romper a llorar. Pedro se
detuvo y volvió, hasta que se paró muy cerca de mi cara.
—¡Por eso dijiste que no te echaría de menos después de hoy! Sabías que me
enteraría de lo tuyo con Adrian y pensaste… ¿qué? ¿Que pasaría de ti? ¿No confías
en mí o es que, simplemente, no soy lo suficientemente bueno? Responde, maldita
sea. Dime qué cojones te he hecho como para que me trates así.

CAPITULO 44



Cerré los ojos con fuerza y las lágrimas que inundaban mis ojos resbalaron
por mis mejillas.
Rosario me ofreció su móvil.
—Tienes que llamarlo. Al menos tienes que decirle que estás bien.
—Está bien, lo llamaré.
Volvió a ofrecerme el móvil.
—No, vas a llamarlo ahora.
Cogí el teléfono y acaricié las teclas, mientras intentaba imaginar qué podía
decirle. Me lo arrancó de la mano, marcó y me lo devolvió. Sujeté el teléfono junto
a mi oído y respiré hondo.
—¿Ro? —respondió Pedro, con la voz llena de preocupación.
—Soy yo.
La línea se quedó en silencio durante un momento, antes de que él, por fin,
se decidiera a hablar.
—¿Qué cojones te pasó anoche? Me desperté esta mañana y te habías ido…
¿Te…, te largas sin más y ni te despides? ¿Por qué?
—Lo siento…
—¿Que lo sientes? ¡Casi consigues que me vuelva loco! No respondes al
teléfono, te escapas y por… ¿por qué? Pensaba que, por fin, habíamos aclarado lo
nuestro.
—Solo necesitaba algo de tiempo para pensar.
—¿En qué? —Hizo una pausa—. ¿Es que… te hice daño?
—¡No! ¡No tiene nada que ver con eso! De verdad, lo siento mucho,
muchísimo. Seguro que Rosario ya te lo ha dicho. No se me dan bien las
despedidas.
—Necesito verte —dijo con voz desesperada.
Suspiré.
—Hoy tengo muchas cosas que hacer, Pepe. Todavía debo deshacer todas
las maletas y lavar montones de ropa sucia.
—Te arrepientes —dijo con voz quebrada.
—No…, ese no es el problema. Somos amigos. Eso no va a cambiar.
—¿Amigos? Entonces, ¿qué cojones fue lo de anoche? —dijo, sin poder
ocultar la ira de su voz.
Cerré con fuerza los ojos.
—Sé lo que quieres. Solo que no puedo dártelo… ahora mismo.
—Entonces, ¿simplemente necesitas algo de tiempo? —me preguntó con voz
más tranquila—. Podrías habérmelo dicho. No tenías por qué huir de mí.
—Me pareció la forma más sencilla.
—Más sencilla, ¿para quién?
—No conseguía dormir y no dejaba de pensar en qué pasaría por la
mañana, cuando tuviéramos que cargar el coche de Ro y… no pude soportarlo,
Pepe —dije.
—Ya es suficientemente malo que no sigas viviendo aquí, pero no puedes
desaparecer sin más de mi vida.
Me obligué a sonreír.
—Nos vemos mañana. No quiero que nada sea raro, ¿vale? Simplemente
tengo que resolver algunas cosas. Nada más.
—Está bien —dijo él—. Eso puedo hacerlo.
Colgué el teléfono y Rosario me fulminó con la mirada.
—¿Dormiste con él? ¡Serás zorrón! ¿Y ni siquiera pensabas decírmelo?
Puse los ojos en blanco y me dejé caer sobre la almohada.
—Eso no va contigo, Ro. Todo esto se está liando muchísimo.
—¿Dónde ves el problema? ¡Tendríais que estar en el séptimo cielo y no
rompiendo puertas o escondiéndoos en vuestra habitación!
—No puedo estar con él —susurré, sin apartar la mirada del techo.
Puso la mano encima de la mía y me habló suavemente.
—Pedro necesita algo de trabajo. Créeme, comprendo todas las reservas que
puedas tener sobre él, pero mira lo mucho que ha cambiado ya por ti. Piensa en las
dos últimas semanas, Pau. Él no es Ruben.
—¡No, yo soy Ruben! Me involucro sentimentalmente con Pedro y todo
aquello por lo que nos hemos esforzado… ¡puf! —Chasqueé los dedos—. ¡Así, sin
más!
—Pedro no dejaría que eso pasara.
—No depende de él, ¿a que no?
—Vas a romperle el corazón, Pau. ¡Vas a romperle el corazón! Eres la
única chica en la que confía lo suficiente como para enamorarse ¡y tú piensas
colgarlo del palo mayor!
Me aparté de ella, incapaz de ver la expresión que acompañaba al tono de
súplica de su voz.
—Necesito el final feliz. Por eso vine aquí.
—No tienes que hacerlo. Podría funcionar.
—Hasta que la suerte me dé la espalda.
Rosario levantó las manos al cielo y después las dejó caer en su regazo.
—Por Dios, Pau, no empieces con esa mierda otra vez. Ya lo hemos
hablado.
Mi teléfono sonó y miré la pantalla.
—Es Adrian.
Ella sacudió la cabeza.
—No hemos terminado de hablar.
—¿Diga? —respondí, evitando la mirada de Rosario.
—¡Paupy! ¡Tu primer día de libertad! ¿Qué tal te sientes? —dijo él.
—Pues… me siento libre —dije, incapaz de fingir entusiasmo alguno.
—¿Cenamos mañana por la noche? Te he echado de menos.
—Sí. —Me sequé la nariz con la manga—. Mañana me va genial.
Después colgué el teléfono, Rosario frunció el entrecejo.
—Cuando vuelva me preguntará —dijo ella—. Querrá saber de qué hemos
hablado. ¿Qué se supone que tengo que decirle?
—Dile que mantendré mi promesa. Mañana, a estas horas, ya no me echará
de menos.

jueves, 10 de abril de 2014

CAPITULO 43





Habíamos empaquetado ya todas mis cosas horas antes, y me estremecí al
pensar en lo incómodo que resultaría todo por la mañana. Había pensado que una
vez que me acostara con Pedro su curiosidad se saciaría, pero en cambio estaba
hablando de estar conmigo para siempre. Tuve que cerrar los ojos al pensar en la
expresión de su rostro cuando se enterara de que lo que había pasado entre
nosotros no era un principio, sino un final. No podía seguir ese camino, y me
odiaría cuando se lo dijera.
Conseguí zafarme de su brazo y me vestí. Con los zapatos en la mano,
recorrí el pasillo hasta el dormitorio de Valentin. Rosario estaba sentada en la
cama, mientras Valentin se quitaba la camiseta delante del armario.
—¿Va todo bien, Pau? —preguntó Valentin.
—¿Ro? —dije al mismo tiempo que le hacía un gesto para que se reuniera
conmigo en el pasillo. Ella asintió, mirándome con recelo.
—¿Qué pasa?
—Necesito que me lleves a Morgan ahora mismo. No puedo esperar hasta
mañana.
Un lado de su boca se curvó en una sonrisa cómplice.
—Nunca has podido soportar las despedidas.
Valentin y Rosario me ayudaron con las bolsas. Durante todo el viaje de
regreso a Morgan Hall, no aparté la mirada de la ventanilla. Cuando dejamos la
última de las maletas en mi habitación, Rosario me sujetó.
—Van a cambiar tanto las cosas ahora en el apartamento…
—Gracias por traerme a casa. Amanecerá dentro de unas pocas horas. Será
mejor que te vayas —dije, abrazándola antes de dejar que se fuera.
Rosario no se volvió a mirar atrás cuando salió de mi habitación, y yo me
mordí el labio nerviosamente, sabiendo lo enfadada que estaría cuando se diera
cuenta de lo que había hecho.
Mi camiseta crujió mientras me la ponía por la cabeza; la electricidad
estática del aire había aumentado al aproximarse el invierno. Como me sentía algo
perdida, me hice un ovillo bajo mi grueso edredón y respiré por la nariz. Mi piel
seguía oliendo a Pedro.
La cama parecía fría y extraña, un brusco contraste con la calidez del
colchón de Pedro. Había pasado treinta días en un estrecho apartamento con el
golfo de peor fama de Eastern, y, después de todas las riñas y de las visitas a altas
horas de la mañana, era el único sitio en el que quería estar.

Las llamadas de teléfono empezaron a las ocho de la mañana y se repitieron
cada cinco minutos durante una hora.
—¡Pau! —gruñó Clara—. ¡Responde al maldito teléfono!
Extendí el brazo y lo apagué. Cuando oí que aporreaban la puerta, me di
cuenta de que no podría pasarme el día encerrada en mi habitación como había
planeado.
Clara tiró del pomo.
—¿Qué?
Rosario la empujó para abrirse paso y se quedó de pie junto a mi cama.
—¿Qué demonios está pasando? —gritó.
Tenía los ojos rojos e hinchados, y todavía llevaba el pijama. Me senté.
—¿Qué pasa, Ro?
—¡Pedro está hecho un puto desastre! No quiere hablar con nosotros, ha
arrasado el apartamento, ha lanzado el estéreo a la otra punta de la habitación…
¡Valen no consigue que entre en razón!
Me froté los ojos con la muñeca y parpadeé.
—No sé.
—¡Y una mierda! Vas a decirme qué demonios está pasando, ¡y vas a
hacerlo ahora mismo!
Carla cogió su neceser y se fue. Cerró de un portazo y yo torcí el gesto,
temiendo lo que pudiera decir al supervisor de la residencia o, peor, al decano de
estudiantes.
—Baja la voz, Rosario, por Dios —susurré.
Apretó los dientes.
—¿Qué has hecho?
Había dado por supuesto que se disgustaría conmigo, pero no que se
pondría tan furiosa.
—No…, no sé —dije, tragando saliva.
—Golpeó a Valen cuando se enteró de que te habíamos ayudado a irte.
¡Pau, por favor, dímelo! —me rogó, con los ojos húmedos—. ¡Todo esto me está
asustando!
El miedo de sus ojos me sonsacó solo una verdad parcial.
—Simplemente no sabía cómo despedirme. Sabes lo que me cuesta.
—Hay algo más, Pau. ¡Se ha vuelto totalmente loco! Le oí gritar tu nombre
y después recorrió todo el apartamento buscándote. Irrumpió en la habitación de
Valen preguntando dónde estabas. Entonces intentó llamarte. Una vez, otra y otra…
—Cogió aire—. Su cara era…, Dios, Pau. Nunca lo he visto así. Arrancó las
sábanas de la cama y las lanzó por los aires, tiró también las almohadas, rompió su
espejo de un puñetazo, pateó su puerta…, ¡la sacó de los goznes! Ha sido lo más
terrorífico que he visto en mi vida.

CAPITULO 42





El peso de la pena que ambos sentíamos era demoledor y me inundó una
necesidad irreprimible de salvarnos a ambos. Levanté la barbilla pero dudé; lo que
estaba a punto de hacer lo cambiaría todo. Me dije a mí misma que Pedro solo
consideraba las relaciones íntimas un pasatiempo, pero cerré los ojos de nuevo y
me tragué todos mis miedos. Tenía que hacer algo, sabiendo que ambos
permanecíamos despiertos y temiendo cada minuto que pasaba y que nos acercaba
a la mañana.
Cuando le rocé el cuello con los labios, se me desbocó el corazón, y después
probé su carne con un lento y tierno beso. Él miró hacia abajo sorprendido, y
entonces su mirada se suavizó al darse cuenta de lo que yo quería.
Inclinó la cabeza hacia abajo y apretó sus labios contra los míos con una
delicada dulzura. La calidez de sus labios me recorrió todo el cuerpo hasta los
dedos de los pies y lo acerqué más a mí. Ahora que habíamos dado el primer paso,
no tenía intención de detenerme ahí.
Separé los labios para dejar que la lengua de Pedro se abriera paso hacia la
mía.
—Te deseo —dije.
De repente, empezó a besarme más lentamente e intentó separarse.
Decidida a acabar lo que había empezado, seguí moviendo la boca contra la suya
con más ansiedad. Pedro reaccionó echándose hacia atrás hasta quedarse de
rodillas. Me incorporé con él y mantuve nuestras bocas unidas.
Me agarró por los hombros para detenerme.
—Espera un momento —me susurró con una sonrisa y jadeando—. No
tienes por qué hacer esto, Paloma. No es lo que había pensado para esta noche.
Estaba conteniéndose, pero veía en sus ojos que su autocontrol no duraría
mucho.
Me incliné hacia delante otra vez, y en esta ocasión sus brazos solo cedieron
lo justo para permitirme rozar sus labios con los míos. Lo miré con las cejas
arqueadas, decidida. Me llevó un momento pronunciar las palabras adecuadas,
pero lo hice.
—No me hagas suplicar —susurré de nuevo contra su boca.
Con esas cuatro palabras, sus reservas se desvanecieron. Me besó con fuerza
y ansias. Recorrí con los dedos toda su espalda y me detuve en la goma de sus
calzoncillos, recorriendo nerviosa la tela fruncida. Entonces, sus labios se volvieron
más impacientes y caí sobre el colchón cuando él se abalanzó sobre mí. Su lengua
se abrió camino hasta la mía de nuevo, y cuando hice acopio del valor necesario
para deslizar la mano entre su piel y los calzoncillos, lanzó un gemido.
Pedro me quitó la camiseta por encima de la cabeza, y después su mano
bajó impaciente por mi costado, agarró mis bragas y me las bajó con una sola
mano. Su boca volvió a la mía una vez más, mientras subía la mano por la parte
interior de mi muslo. Cuando sus dedos se pasearon por donde ningún hombre me
había tocado antes, solté un largo y entrecortado suspiro. Se me arquearon las
rodillas y me movía con cada movimiento de su mano, y cuando clavé mis dedos
en su carne, se colocó sobre mí.
—Paloma —me dijo jadeando—, no tiene por qué ser esta noche. Esperaré
hasta que estés lista.
Alargué la mano hasta el cajón superior de su mesilla de noche y lo abrí.
Cuando noté el plástico entre los dedos, me llevé la esquina a la boca y desgarré el
envoltorio con los dientes. Su mano libre dejó mi espalda y se bajó los calzoncillos,
apartándolos de una patada, como si no pudiera soportar que se interpusieran
entre nosotros.
El envoltorio crujió entre sus dedos y, tras un momento, los sentí entre mis
muslos. Cerré los ojos.
—Mírame, Paloma.
Alcé los ojos hacia él: su mirada era decidida y tierna al mismo tiempo.
Inclinó la cabeza, agachándose para besarme tiernamente, y entonces su cuerpo se
tensó y empujó hasta estar dentro de mí con un pequeño y lento movimiento.
Cuando retrocedió, me mordí el labio incómoda; cuando volvió a penetrarme,
cerré los ojos por el dolor y mis muslos apretaron con más fuerzas sus caderas, y
me besó de nuevo.
—Mírame —susurró él.
Cuando abrí los ojos, volvió a penetrarme y yo solté un grito por la
maravillosa sensación ardiente que me causaba. Una vez que me relajé, el
movimiento de su cuerpo contra el mío se volvió más rítmico. El nerviosismo que
había sentido al principio había desaparecido, y Pedro agarraba mi cuerpo como si
no pudiera saciarse. Lo atraje hacia mí, y gimió cuando la sensación se volvió
demasiado intensa.
—Te he deseado durante tanto tiempo, Pau. Eres todo lo que quiero —me
susurró contra la boca.
Me cogió el muslo con una mano y se levantó sobre el codo unos
centímetros por encima de mí. Una fina capa de sudor empezó a gotear sobre
nuestra piel, y arqueé la espalda mientras él recorría mi mandíbula con los labios y
seguía en línea recta cuello abajo.
—Pedro —suspiré.
Cuando pronuncié su nombre, apretó su mejilla contra la mía y sus
movimientos se volvieron más rígidos. Los ruidos que emitía su garganta se
volvieron más fuertes hasta que, al final, me penetró una última vez, gimiendo y
estremeciéndose sobre mí.
Al cabo de unos pocos segundos, se relajó y su respiración se volvió más
lenta.
—Menudo primer beso —dije con una expresión cansada y satisfecha.
Escrutó mi cara y sonrió.
—Tu último primer beso.
Estaba demasiado impresionada para replicar. Se dejó caer a mi lado boca
abajo, con un brazo sobre mi cintura y apoyando la frente en mi mejilla. Acaricié la
piel desnuda de su espalda con los dedos hasta que oí que su respiración se volvía
regular.
Me quedé allí tumbada durante horas, escuchando la respiración profunda
de Pedro y el silbido del viento que hacía tambalear los árboles en el exterior.
Rosario y Valentin abrieron la puerta principal en silencio y los oí recorrer de
puntillas el pasillo, hablando entre murmullos.

CAPITULO 41



Las dos semanas siguientes pasaron volando. Aparte de asistir a las clases,
pasé todo el tiempo de vigilia con Pedro, y la mayor parte de ese tiempo
estuvimos solos. Me llevó a cenar, de copas y a bailar al Red, a jugar a bolos, y lo
llamaron para dos peleas. Cuando no nos reíamos por cualquier cosa, jugábamos a
pelearnos o nos acurrucábamos en el sofá con Moro para ver una película. Se esforzó
por ignorar a todas las chicas que le ponían ojitos, y todo el mundo hablaba del
nuevo Pedro.
Cuando llegó la última noche que tenía que pasar en el apartamento,
Rosario y Valentin se ausentaron sin motivo alguno, y Pedro se esforzó en hacer
una cena especial de Última Noche. Compró vino, dispuso las servilletas e incluso
llevó a casa cubertería nueva para la ocasión. Colocó nuestros platos en la encimera
del desayuno y llevó su taburete al otro lado para sentarse delante de mí. Por
primera vez, tuve la clara sensación de que estábamos en una cita.
—Esto está realmente bueno,Pepe. Me has tenido engañada todo este
tiempo —dije, mientras masticaba la pasta con pollo cajún que me había
preparado.
Él puso una sonrisa forzada y vi que estaba procurando mantener una
conversación ligera.
—Si te lo hubiera dicho antes, habrías esperado una cena así cada noche.
Su sonrisa se desvaneció y bajó la mirada a la mesa.
Empujé la comida por el plato.
—Te voy a echar de menos, Pepe.
—Pero vas a seguir viniendo, ¿no?
—Sabes que sí. Y tú vendrás a Morgan a ayudarme a estudiar como antes.
—Pero no será igual —dijo con un suspiro—. Tú seguirás saliendo con
Adrian, estaremos ocupados…, nuestros caminos se separarán.
—Las cosas no serán tan diferentes.
Soltó una sola carcajada.
—¿Quién iba a pensar que acabaríamos aquí sentados teniendo en cuenta
como nos conocimos? Si me hubieran dicho que estaría tan hecho polvo por tener
que despedirme de una chica hace tres meses no lo habría creído.
Aquello me sentó como una patada en el estómago.
—No quiero que estés hecho polvo.
—Entonces no te vayas —dijo él.
Transmitía tanta desesperación que la culpa se convirtió en un nudo en mi
garganta.
—No puedo mudarme aquí, Pedro. Es una locura.
—¿Y eso quién lo dice? He pasado las dos mejores semanas de mi vida.
—Yo también.
—Entonces, ¿por qué siento que no voy a volver a verte?
No supe qué responder. Había tensión en su mandíbula, pero no estaba
enfadado. El ansia por estar cerca de él se hacía cada vez mayor, así que me levanté
y rodeé la encimera para sentarme en su regazo. No me miró, así que me abracé a
su cuello y apreté mi mejilla contra la suya.
—Te darás cuenta de lo molesta que era y entonces dejarás de echarme de
menos —le dije al oído.
Resopló mientras me rascaba la espalda.
—¿Lo prometes?
Me incliné hacia atrás y lo miré a los ojos, mientras le cogía la cara con
ambas manos. Le acaricié la mandíbula con el pulgar; su expresión me rompía el
corazón. Cerré los ojos y me incliné para besarlo en la comisura de la boca, pero se
volvió, así que cogí más parte de sus labios de la que pretendía. Aunque el beso me
sorprendió, no me aparté de inmediato.
Pedro mantuvo sus labios sobre los míos, pero no fue más allá.
Finalmente me aparté con una sonrisa.
—Mañana será un día duro. Voy a limpiar la cocina y después me iré
directamente a la cama.
—Te ayudo —dijo él.
Lavamos los platos juntos en silencio, mientras Moro dormía a nuestros pies.
Secó el último plato y lo dejó en el escurridor. Después me condujo por el pasillo,
apretándome bastante la mano. La distancia desde el umbral del pasillo hasta la
puerta de su dormitorio parecía el doble de larga. Ambos sabíamos que solo nos
separaban unas horas de la despedida.
En esa ocasión, ni siquiera fingió no mirar mientras me ponía una de sus
camisetas para dormir. Él se quitó la ropa, se quedó en calzoncillos y se metió bajo
el cobertor, donde esperó a que me reuniera con él.
Una vez estuve dentro, Pedro me atrajo junto a él sin pedir permiso ni
disculpas. Tensó los brazos y suspiró, mientras yo enterraba la cara en su cuello.
Cerré con fuerza los ojos e intenté saborear el momento. Sabía que desearía volver
a ese momento todos los días de mi vida, así que lo viví con toda la intensidad de
la que fui capaz.
Él miró por la ventana. Los árboles arrojaban una sombra en su rostro.
Pedro cerró los ojos y sentí que me hundía. Era terrible verle padecer ese
sufrimiento y saber que yo era no solo la causa…, sino la única que podía librarlo
de él.
—¿Pepe? ¿Estás bien? —pregunté.
Hubo una pausa antes de que, por fin, hablara.
—Nunca he estado peor en mi vida.
Apreté la frente contra su cuello y él me abrazó con más fuerza.
—Esto es una tontería —dije—. Vamos a vernos todos los días.
—Sabes que eso no es verdad.

miércoles, 9 de abril de 2014

CAPITULO 40


Nos sentamos juntos en la mesa y jugueteamos dándonos pellizcos y
codazos suaves. Pedro estaba de tan buen humor como la noche que perdí la
apuesta. Todos los que se hallaban en la mesa se fijaron y, cuando inició una
minipelea de comida conmigo, atrajo la atención de los que estaban sentados en las
mesas de alrededor.
Puse los ojos en blanco.
—Me siento como un animal en el zoo.
Pedro me observó durante un momento, se fijó en quienes nos miraban y
entonces se levantó.
—I CAN’T!—gritó.
Lo miré llena de asombro, mientras toda la estancia se volvía hacia él.Pedro
sacudió la cabeza de arriba abajo un par de veces, siguiendo el ritmo de su cabeza.
Valentin cerró los ojos.
—Oh, no.
Pedro sonrió.
—… get no… sa… tis… faction —siguió cantando—.I can’t get no…
sa-tis-fac-tion, ‘Cuz I’ve tried… and I’ve tried… and I’ve tried… and I’ve tried…—Se
subió encima de la mesa mientras todo el mundo lo miraba—.I CAN’T GET NO!
Señaló a los jugadores de fútbol que estaban al final de la mesa y sonrieron.
—I CAN’T GET NO!—gritaron al unísono, mientras el resto de la estancia
daba palmas siguiendo el ritmo.
Pedro cantaba usando su puño como micrófono.
—When I’m drivin’ in my car, and a man comes on the… ra-di-o… he’s tellin’ me
more and more… about some useless in-for-ma-tion! ¡Supposed to fire my i-ma-gi-na-tion!
I CAN’T GET NO! Uh no, no, no!
Pasó bailando junto a mí, cantando a su micrófono imaginario.
Toda la habitación cantaba en armonía: HEY, HEY, HEY!
—That’s what I’ll say!—remató Pedro.
Cuando empezó a mover las caderas, desató unos cuantos silbidos y gritos
de las chicas allí presentes. Volvió a pasar junto a mí para cantar el estribillo en el
otro extremo de la habitación, con los jugadores de fútbol americano como sus
coristas de apoyo.
—¡Yo puedo echarte una mano! —gritó una chica del fondo.
—… cuz I tried, and I tried, and I tried…—cantó él.
—I CAN’T GET NO! I CAN’T GET NO!—cantaban sus coristas.
Pedro se detuvo delante de mí y se inclinó.
—When I’m watchin’ my TV… and a… man comes on and tells me… how white
my shirts can be! Well, he can’t be a man, ‘cause he doesn’t smoke… the same cigarettes as
me! I can’t… get no! Uh no, no, no!
Todo el mundo daba palmas siguiendo el ritmo, mientras los del equipo de
fútbol entonaban:
—HEY, HEY, HEY!
—That’s what I say!—cantó Pedro, señalando al público que lo coreaba con
las palmas.
Algunas personas se levantaron para bailar con él, pero la mayoría solo
miraba con una expresión de divertido asombro.
Saltó a la mesa de al lado y Rosario gritó y aplaudió, al tiempo que me
daba un codazo. Sacudí la cabeza: me había muerto y había despertado en High
School Musical.
Los miembros del equipo de fútbol americano tarareaban la música de
fondo.
—Na, na, nanana! Na, na, na! Na na, nanana!
Pedro levantó el puño que le servía de micrófono:
—When I’m… ridin’ ‘round the world… and I’m doin’ this… and I’m signin’ that!
Bajó de un saltó y se inclinó sobre la mesa para acercarse mucho a mi cara.
—And I’m tryin’ to make some girl… tell me, uh baby better come back, maybe next
week, ‘cuz you see I’m ¡on a losin’ streak! I CAN’T GET NO! Uh no, no, no!
La estancia siguió dando palmas al ritmo de la canción, mientras el equipo
de fútbol gritaba su parte:«HEY, HEY, HEY!».
—I can’t get no! I can’t get no! Satis-faction!—me cantó, sonriendo y sin
aliento.
Todo el local estalló en aplausos e incluso se oyeron unos cuantos silbidos.
Moví la cabeza de un lado a otro, después de que me besara en la frente.
Finalmente, se levantó e hizo una reverencia. Cuando volvió a sentarse delante de
mí, dijo entre risas:
—Bueno, ya no te están mirando, ¿verdad?
—Gracias. De verdad que no deberías haberte molestado —respondí.
—¿Paupy? —Levanté la mirada y vi a Adrian de pie al final de la mesa. De
nuevo recaían en mí todas las miradas.
—Tenemos que hablar —dijo Adrian, que parecía nervioso.
Miré a Rosario, a Pedro y después a Adrian.
—¿Por favor? —me rogó, hundiendo las manos en los bolsillos.
Asentí y lo seguí fuera. Pasó de largo las ventanas hasta llegar a la
intimidad que ofrecía el lateral del edificio.
—No pretendía que la atención volviera a recaer sobre ti. Sé que odias eso.
—Pues podrías haberte limitado a llamarme si querías hablar —dije.
Él asintió sin levantar la mirada del suelo.
—No pensaba ir a buscarte a la cafetería. He visto todo el follón y después a
ti, y simplemente he entrado. Lo siento. —Esperé a que siguiera hablando—. No sé
qué ha pasado entre tú y Pedro. No es asunto mío…, al fin y al cabo, tú y yo solo
hemos salido unas cuantas veces. Al principio estaba disgustado, pero después me
di cuenta de que no me molestaría si no albergara sentimientos hacia ti.
—No me acosté con él, Adrian. Solo me sujetó el pelo en su lavabo mientras
yo vomitaba todo el tequila que había bebido. En eso consistió todo el
romanticismo.
Soltó una carcajada.
—No creo que podamos tener una oportunidad de verdad…, no mientras
sigas viviendo con Pedro. La verdad, Pau, es que me gustas. No sé por qué, pero
no puedo dejar de pensar en ti. —Sonreí y me cogió de la mano, recorriendo mi
pulsera con el dedo—. Probablemente te asusté con este regalo ridículo, pero
nunca antes había estado en una situación así. Siento que tengo que competir
constantemente con Pedro por tu atención.
—No me asustaste con la pulsera.
Apretó los labios.
—Me gustaría volver a invitarte a salir dentro de un par de semanas,
cuando se haya acabado tu mes con Pedro. Entonces, podremos concentrarnos en
conocernos mutuamente sin distracciones.
—Me parece bien.
Se inclinó hacia delante y, con los ojos cerrados, juntó sus labios con los
míos.
—Te llamaré pronto.
Yo le dije adiós con la mano; después volví a la cafetería y, cuando pasé
junto a Pedro, me cogió y me sentó en su regazo.
—¿Y bien? ¿Es difícil romper?
—Quiere intentarlo de nuevo cuando vuelva a Morgan.
—Mierda, ahora tengo que pensar en otra apuesta —dijo, tirando del plato
que tenía delante de mí.