LA cita del lunes por la noche cubrió todas mis expectativas. Comimos
comida china y me reí al ver la habilidad de Adrian manejando los palillos. Cuando
me llevó a casa, Pedro abrió la puerta antes de que Adrian pudiera besarme.
Cuando salimos el miércoles siguiente por la noche, Adrian se aseguró de poder
besarme y lo hizo en el coche.
El jueves a la hora de comer, Adrian se encontró conmigo en la cafetería y
sorprendió a todo el mundo sentándose en el sitio de Pedro. Cuando Pedro acabó
su cigarrillo y volvió a entrar, pasó por delante de Adrian con indiferencia y se
sentó al final de la mesa. Aldana se aproximó a él, pero se quedó desencantada en
el acto cuando él le dijo con la mano que se apartase de él. Todo el mundo se
quedó callado después de eso, y a mí me resultó difícil atender a cualquiera de las
cosas de las que Adrian hablaba.
—Ya me doy cuenta de que no estaba invitado —dijo Adrian, intentando
llamar la atención.
—¿Qué?
—Me he enterado de que tu fiesta de cumpleaños es el domingo. ¿No estoy
invitado?
Rosario miró a Pedro, que, a su vez, miró a Adrian con ira, a punto de
tirarlo al suelo como si fuera césped recién cortado.
—Era una fiesta sorpresa, Adrian —puntualizó Rosario con suavidad.
—¡Oh! —dijo Adrian, avergonzado.
—¿Me vais a hacer una fiesta sorpresa? —pregunté a Rosario.
Ella se encogió de hombros.
—Fue idea de Pepe. Es en casa de Benjamin el domingo. A las seis.
A Adrian se le enrojecieron las mejillas.
—Supongo que ahora sí que no estoy invitado.
—¡Claro! ¡Por supuesto que lo estás! —dije, agarrándole la mano que tenía
encima de la mesa. Doce pares de ojos se centraron en nuestras manos. Podía ver
que Adrian se sentía tan incómodo con tanta atención como lo estaba yo, así que lo
dejé y me llevé las manos al regazo.
Adrian se levantó.
—Tengo algunas cosas que hacer antes de ir a clase. Te llamo luego.
—Muy bien —dije, ofreciéndole una sonrisa de disculpa.
Adrian se inclinó sobre la mesa y me besó en los labios. Se hizo un silencio
absoluto en la cafetería y Rosario me dio un codazo después de que Adrian saliera
caminando.
—¿No es rara la manera en que todo el mundo te mira? —me susurró. Echó
una mirada a toda la habitación con mala cara.
—¿Qué pasa? —gritó Rosario—. ¡Meteos en vuestros asuntos, marranos!
Me cubrí los ojos con las manos.
—¿Sabes?, antes daba pena porque se pensaban que era la pobre amiguita
tonta de Pedro. Ahora soy mala porque todo el mundo piensa que voy de flor en
flor, de Pedro a Adrian y vuelta a empezar, como una pelota de pimpón. —Como
Rosario no decía nada, levanté la vista—. ¿Qué? ¡No me digas que tú también te
crees esas chorradas!
—¡No he dicho nada! —protestó.
La miré fijamente con incredulidad.
—Pero ¿eso es lo que crees?
Rosario movió la cabeza, sin decir nada. De repente, no pude soportar las
frías miradas de los demás estudiantes, así que me levanté y caminé hacia el
extremo de la mesa.
—Tenemos que hablar —dije, dando unos golpecitos a Pedro en la espalda.
Intenté parecer amable pero la rabia me hervía por dentro y me ponía las palabras
en la boca. Todos los estudiantes, incluida mi mejor amiga, pensaban que estaba
haciendo malabares con dos hombres. Solo había una solución.
—Pues habla —dijo Pedro, metiéndose algo empanado y frito en la boca.
Jugueteé con los dedos, notando los ojos curiosos de todo el mundo sobre
mí. Como Pedro seguía sin moverse, lo agarré por el brazo y le di un buen tirón. Se
puso de pie y me siguió fuera con una sonrisita en la cara.
—¿Qué pasa, Paloma? —dijo, mirando mi mano en su brazo y luego a mí.
—Tienes que liberarme de la apuesta —le rogué.
Su cara se quedó helada.
—¿Quieres dejarlo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho?
—No has hecho nada, Pepe. ¿No te has percatado de cómo miraba todo el
mundo? Me estoy convirtiendo rápidamente en la paria del este de los Estados
Unidos.
Pedro sacudió la cabeza y se encendió un cigarrillo.
—No es problema mío.
—Sí que lo es. Adrian dice que todo el mundo piensa que se está buscando
una buena porque tú estás enamorado de mí.
Las cejas de Pedro se elevaron repentinamente y se atragantó con el humo
que acababa de inhalar.
—¿Eso dice la gente? —preguntó entre toses.
Asentí. Miró a lo lejos con los ojos muy abiertos y dando otra calada.
—¡Pedro! Me tienes que liberar de la apuesta! No puedo quedar con Adrian
y vivir contigo al mismo tiempo. ¡Resulta horrible!
—Pues deja de quedar con Adrian.
Lo miré airadamente.
—Ese no es el problema y tú lo sabes.
—¿Es la única razón por la que quieres que te libere de la apuesta? ¿Por el
qué dirán?
—Por lo menos antes era tonta y tú, un malvado —refunfuñé.
—Contesta la pregunta, Paloma.
—¡Sí!
Pedro miró por encima de mí a los estudiantes que entraban y salían de la
cafetería. Estaba deliberando y yo hervía de impaciencia mientras a él le costaba
bastante tomar una decisión.
Finalmente, se estiró y decidió.
—No.
Agité la cabeza, segura de haberlo oído mal.
—Perdona, ¿qué has dicho?
—No. Tú misma lo dijiste: una apuesta es una apuesta. En cuanto pase el
mes se acabó, podrás ser libre de ir con Adrian, él se hará médico, os casaréis y
tendréis los dos niños y medio que tocan y nunca volveré a verte. —Gesticulaba
con sus palabras—. Todavía tengo tres semanas. No voy a renunciar por cotilleos
de comedor.
Miré a través del cristal y vi a toda la cafetería mirándonos. La inoportuna
atención hacía que me quemasen los ojos. Levanté los hombros al pasar junto a él
para ir a mi siguiente clase.
—Paloma —me llamó Pedro cuando me iba.
No me volví.
Me agarré a su brazo para quitarme los tacones, y fui hacia su habitación.
Mientras me ponía el pijama intenté con todas mis fuerzas estar enfadada con él.
Pedro se sentó en la cama y cruzó los brazos.
—¿Te lo has pasado bien?
—Sí —suspiré—, me lo he pasado estupendamente. Ha sido perfecto. Él
es…
No pude encontrar una palabra adecuada para describirlo, por eso
simplemente moví la cabeza.
—¿Te ha besado?
Apreté los labios y asentí.
—Sí, tiene unos labios muy, muy suaves.
Pedro se apartó.
—No me importa cómo son sus labios.
—Créeme, es importante. Me pongo tan nerviosa con los primeros besos…,
pero este no ha estado nada mal.
—¿Te pones nerviosa por un beso? —preguntó divertido.
—Solo con los primeros besos. Los odio.
—Yo también los odiaría si tuviera que besar a Adrian Hayes.
Me reí tontamente y me fui hacia el baño a quitarme el maquillaje de la cara.
Pedro me siguió, apoyándose en la jamba de la puerta.
—¿Así que vais a salir otra vez?
—Sí. Me llamará mañana.
Me sequé la cara y corrí por el pasillo para saltar a la cama.
Pedro se quitó los calzoncillos y se sentó con la espalda vuelta hacia mí.
Estaba un poco encorvado y parecía cansado. Los músculos de su espalda se
estiraron cuando se volvió para mirarme un instante.
—Si te lo has pasado tan bien, ¿por qué has vuelto tan temprano a casa?
—Tiene un examen importante el lunes.
Pedro arrugó la nariz.
—¿A quién le importa?
—Está intentando entrar en Harvard. Tiene que estudiar.
Resopló arrastrándose sobre su estómago. Lo vi meter las manos bajo la
almohada, parecía enfadado.
—Sí, claro, eso es lo que dice a todo el mundo.
—No seas idiota. Tiene prioridades…, creo que es un tío responsable.
—¿No debería estar su chica por encima de sus prioridades?
—No soy su chica. Solo hemos salido una vez, Pepe —me quejé.
—¿Pues qué habéis hecho juntos? —Le dirigí una mirada airada y él se echó
a reír—. ¿Qué? ¡Tengo curiosidad!
Viendo que era sincero, le conté todo, desde el restaurante, la comida,
incluso las cosas bonitas y dulces que Adrian me había dicho. Sabía que mi boca se
había quedado congelada en una ridícula sonrisa, pero no podía dejar de sonreír
mientras describía mi velada perfecta.
Pedro me observaba con sonrisa divertida mientras yo parloteaba, incluso
haciendo preguntas. Aunque parecía frustrado con todo lo de Adrian, yo sentía
claramente que disfrutaba viéndome tan feliz.
Pedro se colocó en su lado de la cama y yo bostecé. Nos miramos por un
instante antes de que él dijera en un suspiro:
—Estoy encantado de que te lo hayas pasado bien, Paloma. Te lo mereces.
—Gracias —dije con una sonrisa de oreja a oreja. La melodía hacía vibrar mi
móvil en la mesilla de noche y lo cogí bruscamente para mirar la pantalla.
—¿Diga?
—Ya es mañana —dijo Adrian.
Miré el reloj y me reí. Eran las doce y un minuto.
—Sí, es verdad.
—¿Qué te parece el lunes por la noche? —me preguntó.
Me cubrí la boca por un momento y luego, inspirando profundamente, dije:
—Muy bien. El lunes por la noche es perfecto.
—Bien. Te veo el lunes —dijo.
Podía imaginarme su sonrisa por su voz. Colgué y me volví hacia Pedro,
que me miraba con un poco de fastidio. Le di la espalda y me acurruqué haciendo
un ovillo, tensa por la emoción.
—Eres una chica estupenda —dijo Pedro girándose de espaldas a mí.
Puse los ojos en blanco. Se dio la vuelta y me agarró la cara para que lo
mirase.
—¿De verdad te gusta Adrian?
—¡No me estropees esto, Pedro!
Me miró por un momento y luego agitó la cabeza volviéndose de nuevo.
—Adrian Hayes.
Me ricé el pelo, me pinté las uñas y los labios con una sombra rojo oscuro. Era un
poco demasiado para una primera cita. Me fruncí el ceño a mí misma en el espejo.
No era a Adrian a quien estaba intentando impresionar. No estaba en situación de
aceptar insultos cuando Pedro me había acusado de andarme con juegos.
Al mirarme por última vez en el espejo, la culpa me embargó. Pedro estaba
haciendo todo lo que podía y yo estaba siendo una mocosa cabezota. Salí a la sala
de estar y Pedro sonrió, no era la reacción que yo esperaba.
—Estás… preciosa.
—Gracias —dije, agitada por la falta de irritación o celos en su voz.
Valentin silbó.
—Buena opción, Paula. A los tíos les encanta el rojo.
—Y los rizos son atractivos —añadió Rosario.
Sonó el timbre de la puerta y Rosario sonrió, saludando con la mano con
exagerado nerviosismo.
—¡Que te lo pases bien!
Abrí la puerta. Adrian sostenía un ramito de flores y llevaba pantalones de
vestir y una corbata. Sus ojos hicieron un rápido recorrido de mi vestido a los
zapatos y de nuevo al vestido.
—Eres la criatura más hermosa que he visto jamás —dijo embelesado.
Me volví para decirle adiós con la mano a Rosario, cuya sonrisa era tan
amplia que podía ver cada uno de sus dientes. Valentin tenía la expresión de un
padre orgulloso y Pedro mantenía los ojos fijos en la televisión.
Adrian me condujo al reluciente Porsche. Una vez dentro, dio un suspiro.
—¿Qué? —pregunté.
—Tengo que decir que estaba un poco nervioso por lo de recoger a la mujer
de la que está enamorado Pedro Alfonso… en su apartamento. No sabes cuánta
gente me ha dicho hoy que estaba loco.
—Pedro no está enamorado de mí. A veces casi no puede aguantar tenerme
cerca.
—¿Entonces es una relación de amor-odio? Porque, cuando les solté a los de
la hermandad que te iba a sacar por ahí esta noche, todos me dijeron lo mismo. Se
comporta tan erráticamente (incluso más que habitualmente) que todos han
llegado a la misma conclusión.
—Pues se equivocan —insistí.
Adrian sacudió la cabeza como si yo fuera totalmente estúpida. Puso su
mano sobre la mía.
—Mejor nos vamos. Tengo reservada una mesa.
—¿Dónde?
—En Biasetti. Me atreví… Espero que te guste la comida italiana.
Levanté una ceja.
—¿Una reserva con tan poca antelación? Ese sitio está siempre de bote en
bote.
—Bueno…, es nuestro restaurante. La mitad, por lo menos.
—Me gustan los italianos.
Adrian condujo al restaurante a la velocidad límite, usando los intermitentes
de forma correcta y deteniéndose lo justo en cada semáforo ámbar. Mientras
hablaba, apenas apartaba los ojos de la carretera. Cuando llegamos al restaurante,
me reí encantada.
—¿Qué? —preguntó.
—Eres un conductor muy cauto. Me gusta.
—¿Diferente de la parte trasera de la motocicleta de Pedro? —Sonrió.
Debería haberme reído pero la diferencia no me pareció tan buena.
—No hablemos de Pedro esta noche. ¿De acuerdo?
—Me parece bien —asintió, mientras se levantaba de su asiento para
abrirme la puerta.
Estábamos sentados en un lateral, en una mesa junto a una gran ventana.
Aunque yo llevaba un vestido, tenía un aspecto pobre en comparación con las
otras mujeres del restaurante. Estaban cubiertas de diamantes y llevaban vestidos
de cóctel. Nunca había comido en un sitio tan ostentoso.
Pedimos y Adrian cerró su menú, sonriendo al camarero.
—Y tráiganos una botella de Allegrini Amarone, por favor.
—Sí, señor —dijo el camarero mientras recogía los menús.
—Este lugar es increíble —susurré apoyándome en la mesa.
Sus ojos verdes se suavizaron.
—Gracias, le diré a mi padre lo que piensas.
Una mujer se acercó a nuestra mesa. Llevaba el pelo rubio recogido en un
moño francés apretado, una veta gris interrumpía las ondas suaves de sus rizos.
Intenté no pararme a mirar las joyas que brillaban llamativamente en su
cuello, o las que se balanceaban de aquí para allá en sus orejas, pero saltaban a la
vista. Sus bizqueantes ojos azules me miraron detenidamente.
Rápidamente se volvió a mi pareja.
—¿Quién es tu amiga, Adrian?
—Mamá, esta es Paula Chaves. Pau, esta es mi madre, Viviana Hayes.
Extendí la mano que ella estrechó de un golpe. Con un bien aprendido
movimiento, el interés le iluminó los afilados rasgos de la cara, y miró a Adrian.
—¿Chaves?
Tragué saliva; me preocupaba que hubiera reconocido el nombre.
La expresión de Adrian se volvió impaciente.
—Es de Wichita, mamá. No conoces a su familia. Va a Eastern.
—¡Ah! —Viviana me miró de nuevo—. Adrian se marcha el curso que
viene a Harvard.
—Eso me ha dicho. Creo que es fantástico. Debe de estar muy orgullosa.
La tensión alrededor de sus ojos se suavizó un poco y las comisuras de su
boca se tornaron en petulante sonrisa.
—Sí que lo estamos. Gracias.
Estaba sorprendida de las palabras tan educadas que usaba incluso dejando
entrever un insulto. No era un talento que hubiera desarrollado de la noche a la
mañana. La señora Hayes debía de haber pasado años imponiendo su
superioridad a los demás.
—Ha sido estupendo verte, mamá. Buenas noches. —Ella lo besó en la
mejilla, le borró la huella de pintalabios con el dedo pulgar y luego se volvió a su
mesa—. Te pido disculpas por todo esto, no sabía que ella iba a estar aquí.
—No pasa nada. Parece… encantadora.
Adrian se rio.
—Sí, para ser una piraña.
Reprimí una risa y él me sonrió en tono de disculpa.
—Se acostumbrará. Solo que le llevará algún tiempo.
—A lo mejor para cuando acabes en Harvard.
Hablamos sin parar sobre la comida, Eastern, Cálculo, e incluso sobre el
Círculo. Adrian era encantador, divertido y todo lo que dijo me parecía bien. Varias
personas se acercaron para saludarlo y siempre me presentaba con una sonrisa
orgullosa. Lo miraban como a un famoso en aquel restaurante, y cuando nos
fuimos sentí los ojos enjuiciadores de todo el mundo presente en aquella sala.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Me temo que tengo un examen trimestral de Anatomía Comparada de los
Vertebrados a primera hora del lunes por la mañana. Tengo que ir a estudiar —me
dijo, cubriendo mi mano con la suya.
—Mejor tú que yo —dije, intentando no parecer desilusionada.
Me llevó al apartamento y luego me acompañó escaleras arriba cogidos de
la mano.
—Gracias, Adrian —Era consciente de mi sonrisa ridícula—. Me lo he
pasado muy bien.
—¿Es muy pronto para pedir una segunda cita?
—De ninguna manera —dije con una sonrisa resplandeciente.
—¿Te llamo mañana?
—Perfecto.
Entonces llegó el momento del silencio incómodo. Lo que más miedo me da
de las citas. Besar o no besar, odiaba esa pregunta.
Antes de que tuviera oportunidad de preguntarme si me besaría o no, me
cogió la cara entre las manos y me llevó hacia sí apretando sus labios contra los
míos. Eran suaves, cálidos y maravillosos. Volvió a acercarme y me besó de nuevo.
—Hablamos mañana, Pau.
Le dije adiós con la mano mientras lo miraba ir de regreso a su coche.
—Adiós.
Una vez más, cuando giré el pomo de la puerta, la puerta se abrió con un
tirón brusco y caí hacia delante. Pedro me cogió y recuperé el equilibrio.
—¿Dejarás de hacer eso? —dije cerrando la puerta tras de mí.
Me bajé la cremallera del vestido, me lo quité contoneándome por encima
de las caderas y lo lancé con un pie a un rincón. Rápidamente me puse una
camiseta y luego me solté el sujetador sacándolo a través de la manga. Mientras me
recogía el pelo haciéndome un moño en el cogote, me di cuenta de que me estaba
mirando.
—Estoy segura de que no tengo nada que no hayas visto antes —dije
poniendo los ojos en blanco. Me deslicé bajo la ropa de cama y me instalé en mi
almohada haciéndome un ovillo. Se soltó el cinturón, se bajó los tejanos y se los
quitó con un saltito.
Esperé mientras él estaba de pie sin moverse por un instante. Le daba la
espalda, así que me preguntaba qué estaba haciendo, de pie junto a la cama y en
silencio. La cama se movió cuando finalmente se arrastró en el colchón junto a mí,
y yo me puse rígida cuando su mano se posó en mi cadera.
—He faltado a una pelea esta noche —dijo—. Agustin llamó. No fui.
—¿Por qué? —dije volviéndome hacia él.
—Quería estar seguro de que volvías a casa.
Arrugué la nariz.
—No tienes que cuidar de mí.
Deslizó uno de sus dedos a lo largo de mi brazo produciéndome escalofríos.
—Lo sé. Supongo que todavía me siento mal por lo de la otra noche.
—Te dije que no me importaba.
Se apoyó en el codo con una expresión dudosa en la cara.
—¿Por eso estuviste durmiendo en el sillón? ¿Porque no te importaba?
—No podía dormirme después de que tus… amigas se fueran.
—Estabas durmiendo tranquilamente en el sillón. ¿Por qué no podías
dormir conmigo?
—¿Quieres decir junto a un tipo que todavía tenía el olor de un par de
busconas de bar que acababa de mandar a casa? ¡No sé! ¡Qué egoísta fui!
Pedro hizo un gesto de vergüenza.
—Ya te dije que lo sentía.
—Y yo dije que no me importaba. Buenas noches —respondí, antes de
darme media vuelta.
Pasaron unos momentos de silencio. Entonces, deslizó su mano por encima
de mi almohada y colocó su mano sobre la mía. Acarició la delicada piel de entre
mis dedos y luego apretó sus labios contra mi pelo.
—Y yo preocupado por que nunca volvieras a hablarme… Creo que es peor
tu indiferencia.
Mis ojos se cerraron.
—¿Qué quieres de mí, Pedro? No quieres que me preocupe por lo que
hiciste, pero quieres que me preocupe. Le dices a Rosario que no quieres salir
conmigo, pero te cabreas tanto cuando yo digo lo mismo que te marchas de casa
enfurecido y te emborrachas. Nada de lo que haces tiene sentido.
—¿Por eso le dijiste esas cosas a Rosario? ¿Porque yo había dicho que no
quería salir contigo?
Me rechinaron los dientes. Acababa de insinuar que estaba jugando con él.
Le respondí de la forma más directa que pude.
—No, quise decir lo que dije. Simplemente no tenía intención de que fuera
un insulto.
—Pues yo lo dije porque… —se rascó nerviosamente su corto pelo— no
quiero estropear nada. Ni siquiera sé cómo hacer para ser lo que te mereces. Solo
intentaba averiguarlo.
—Vale, muy bien, pero tengo que dormir. Tengo una cita esta noche.
—¿Con Adrian? —preguntó; su tono volvía a traicionar su mal humor.
—Sí. ¿Puedo dormir, por favor?
—Claro —dijo, saliendo bruscamente de la cama y dando un portazo tras de
sí al salir. El sillón crujió bajo su peso y luego el murmullo de voces de la televisión
llegó desde la sala. Cerré los ojos con fuerza e intenté calmarme lo suficiente para
adormilarme aunque solo fuera unas horas.
El despertador dio las tres de la tarde cuando abrí trabajosamente los ojos.
Agarré una toalla y mi bata, y me dirigí torpemente al baño. En cuanto cerré la
cortina de la ducha, la puerta se abrió y se cerró. Esperé a que alguien hablara pero
solo oí la tapa del inodoro golpeando la porcelana.
—¿Pedro?
—No, soy yo —dijo Rosario.
—¿Tienes que hacer pis aquí? Tienes tu propio baño.
—Valen ha estado allí más de media hora con la mierda de las cervezas. No
pienso entrar allí.
—Encantador.
—He oído que tienes una cita esta noche. ¡Pedro está cabreado! —canturreó.
—¡A las seis! Es tan dulce, Rosario. Es simplemente… —Mi voz se apagó en
un suspiro. Estaba muy efusiva y no es lo mío ser efusiva. Seguí pensando en lo
perfecto que había sido desde el momento en que nos habíamos conocido. Era
exactamente lo que necesitaba: el polo opuesto a Pedro.
—¿Te ha dejado sin habla? —dijo con una risita tonta.
Asomé la cabeza por la cortina.
—¡No quería volver a casa! ¡Podría haber estado hablando con él para
siempre!
—Suena prometedor. ¿Pero no le parece raro que estés aquí?
Metí la cabeza bajo el agua para enjuagarme la espuma.
—Ya se lo expliqué.
Sonó el ruido de la cadena del inodoro y del grifo que se abría haciendo que
el agua saliera fría por un momento. Grité y la puerta se abrió del todo.
—¿Paloma? —dijo Pedro.
Rosario se rio.
—Solo he tirado de la cadena, Pepe, cálmate.
—Oh. ¿Estás bien, Paloma?
—Estoy estupendamente. Sal. —La puerta se cerró de nuevo y suspiré—.
¿Es mucho pedir que haya pestillos en las puertas? —Rosario no contestó—.
¿Ro?
—Me sabe fatal que lo vuestro no cuajara. Eres la única chica que podría
haber… —suspiró—. En fin, no te preocupes. Ahora ya no importa.
Cerré el grifo y me envolví en una toalla.
—Están tan mal como él. Debe de ser una enfermedad…, aquí nadie tiene
sentido común. ¿Te acuerdas de lo mucho que te cabreaba su comportamiento?
—Lo sé —asintió.
Encendí el secador de pelo y comencé a acicalarme para mi cita con Adrian.
—PASE —grité al oír los golpes en la puerta.
Pedro se quedó helado en el vano de la puerta.
—¡Guau!
Sonreí y me miré el vestido. Un corpiño que se alargaba para formar una
corta falda: era lo más osado que me había atrevido a llevar puesto en toda mi
vida. El tejido era fino, negro y se transparentaba como un fino envoltorio. Adrian
estaría en esa fiesta y tenía ganas de hacerme notar.
—Tienes un aspecto impresionante —dijo mientras yo me calzaba los
tacones.
Le puse buena cara a su camisa blanca y tejanos.
—Tú también estás muy bien.
Llevaba las mangas recogidas por encima de los codos, enseñando en sus
antebrazos el entramado de tatuajes. Me di cuenta de que llevaba su pulsera de
cuero favorita en la muñeca cuando se metió las manos en los bolsillos.
Rosario y Valentin nos esperaban en la sala de estar.
—Adrian se va a mear encima cuando te vea —se rio tontamente Rosario
mientras íbamos hacia el coche.
Pedro abrió la puerta, y yo me deslicé en el asiento trasero de la camioneta
de Valentin. Aunque nos habíamos sentado allí innumerables veces antes, de
repente era muy incómodo estar así junto a él.
Los coches se alineaban en la calle; algunos se encontraban aparcados
incluso en el césped de delante. La Casa reventaba por las costuras, y todavía
bajaba más gente desde los pabellones de dormitorios. Valentin aparcó sobre el
césped de la parte de atrás, y Rosario y yo seguimos a los chicos hacia el interior.
Pedro me trajo una copa de plástico rojo llena de cerveza, y entonces se
inclinó y me dijo al oído.
—No cojas esto de nadie más excepto de mí o de Valen. No quiero que nadie
te eche nada en la bebida.
Puse los ojos en blanco.
—Nadie me va a poner nada en la bebida, Pedro.
—Simplemente no bebas nada que no te dé yo, ¿de acuerdo? Ya no estás en
Kansas, Paloma.
—Nunca había oído nada igual —dije sarcásticamente, mientras cogía mi
bebida.
Había pasado una hora y Adrian seguía todavía desaparecido. Rosario y
Valentin estaban bailando una canción lenta en la sala cuando Pedro tiró de mi
mano.
—¿Quieres bailar?
—No, gracias —dije.
Se puso lívido.
Toqué su espalda.
—Es simplemente que estoy cansada, Pepe.
Puso su mano en la mía y comenzó a hablar, pero cuando lo miraba vi un
poco más allá a Adrian. Pedro se dio cuenta de mi expresión y se volvió.
—¡Eh, Paula! ¡Has podido venir! —me saludó Adrian, riéndose.
—Sí, llevamos aquí una hora o así —dije, sacando la mano de entre las de
Pedro.
—¡Estás guapísima! —gritó por encima de la música.
—¡Gracias! —añadí con una sonrisa, mirando a Pedro de soslayo. Tenía los
labios apretados, y sus cejas se habían unido en una línea.
Adrian señaló la sala y sonrió.
—¿Quieres bailar?
Arrugué la nariz y dije que no con la cabeza.
—No, estoy algo cansada.
Adrian volvió entonces la mirada hacia Pedro.
—Pensaba que no ibas a venir.
—Cambié de opinión —dijo Pedro, molesto por tener que explicarse.
—Ya veo —dijo Adrian, mirándome—. ¿Te apetece salir a tomar el aire?
Asentí con la cabeza y después seguí a Adrian escaleras arriba. Se detuvo y
me cogió la mano mientras subíamos al segundo piso. Cuando llegamos arriba,
abrió de par en par las puertas del balcón.
—¿Tienes frío? —preguntó.
—Sí, hace un poquito de fresco —dije, sonriendo cuando se quitó la
americana y me cubrió con ella los hombros—. Gracias.
—¿Estás aquí con Pedro?
—Vinimos en coche juntos.
La boca de Adrian se ensanchó en una amplia sonrisa, y luego miró hacia el
césped. Había un grupo de chicas apiñadas; se abrazaban para combatir el frío. El
suelo se hallaba cubierto de papel pinocho y latas de cerveza, además de botellas
de licor vacías. Entre la confusión, los hermanos Sig Tau estaban alrededor de su
obra maestra: una pirámide de barriles decorados con luces blancas.
Adrian sacudió la cabeza.
—Este lugar quedará destrozado por la mañana. El equipo de limpieza va a
estar muy atareado.
—¿Tenéis un equipo de limpieza?
—Sí —sonrió—, los llamamos los novatos.
—Pobre Valen.
—Él no está en el grupo. Tiene un trato especial porque es primo de Pedro y
no vive en la Casa.
—¿Y tú sí vives en la Casa?
Adrian asintió.
—Los dos últimos años. Sin embargo, necesito conseguir un apartamento.
Necesito un lugar más tranquilo para estudiar.
—Déjame que adivine…, ¿te especializas en Economía?
—Biología, con Anatomía de optativa. Me queda un año más, hacer los
exámenes de ingreso a la facultad de Medicina, y luego, si sale bien, ir a hacer
Medicina en Harvard.
—¿Ya sabes dónde te metes?
—Mi padre fue a Harvard. Quiero decir, no lo sé seguro, pero él es un
antiguo alumno feliz, ya sabes qué quiero decir. Por ahora llego a cuatro punto
cero, saqué un dos mil doscientos en selectividad, y treinta y seis de media en el
bachillerato. Tengo muchas posibilidades de conseguir una plaza.
—¿Y tu padre? ¿Es médico?
Adrian asintió con una sonrisa benévola.
—Cirujano ortopédico.
—Impresionante.
—¿Y tú? —preguntó.
—No me he decidido.
—Típica respuesta de estudiante de primer año.
Suspiré teatralmente.
—Imagino que he desperdiciado mi oportunidad de ser excepcional.
—Oh, no tienes que preocuparte por eso. Reparé en ti el primer día de clase.
¿Qué haces en Cálculo Tres si estás en primer curso?
Sonreí mientras enroscaba un mechón de cabello con el dedo.
—Las matemáticas me resultan fáciles. No me perdía las clases en el
instituto, y luego hice dos cursos de verano en la estatal de Wichita.
—Eso es impresionante —dijo.
Estuvimos en el balcón más de una hora, hablando de todo, desde los
garitos de comida locales a cómo me hice tan amiga de Pedro.
—No pensaba mencionarlo, pero vosotros dos parecéis ser el tema de todas
las conversaciones.
—Genial.
—Es que esto no es normal en Pedro. Él no suele congeniar con las mujeres.
De hecho, tiene más tendencia a crearse enemigos entre ellas.
—Oh, no sé. He visto a unas pocas que o tienen pérdida de memoria a corto
plazo o bien son proclives a perdonar cuando se trata de él.
Adrian se rio. Sus blancos dientes brillaron contrastando con su dorado
bronceado.
—La gente simplemente no entiende vuestra relación. Tienes que admitir
que es un poco ambigua.
—¿Me estás preguntando si me acuesto con él?
Sonrió.
—No estarías aquí con él si lo hicieras. Lo conozco desde que tenía catorce
años y soy muy consciente de cómo se comporta. Sin embargo, siento curiosidad
por vuestra amistad.
—Es lo que es —me encogí de hombros—. Salimos juntos, comemos, vemos
la tele, estudiamos y hablamos. Eso es todo.
Adrian se rio sonoramente, sacudiendo la cabeza y asombrado por mi
sinceridad.
—He oído que eres la única persona a la que se le permite poner a Pedro en
su sitio. Eso es un honor.
—No sé muy bien qué significa eso, pero Pedro no es tan malo como todo el
mundo dice.
El cielo se puso rojo y luego rosa cuando el sol se hundió en el horizonte.
Adrian miró su reloj y después observó por encima de la reja al grupo de gente que
iba disminuyendo en el césped.
—Parece que la fiesta se acaba.
—Será mejor que busque a Valen y Ro.
—¿Te importa si te llevo a casa en mi coche? —preguntó.
Intenté contener mi emoción.
—En absoluto. Se lo diré a Rosario —Caminé hacia la puerta y luego me
encogí de vergüenza antes de volverme a decir—: ¿Sabes dónde vive Pedro?
Las espesas y oscuras cejas de Adrian se arquearon.
—Sí, ¿por qué?
—Porque vivo allí —dije, esperando su reacción.
—¿Que estás con Pedro?
—Perdí una apuesta y por eso estoy pasando allí un mes.
—¿Un mes?
—Es una larga historia —dije, encogiéndome de hombros tímidamente.
—Pero ¿sois simplemente amigos?
—Sí.
—Entonces te llevaré a casa de Pedro —concluyó sonriendo.
Bajé las escaleras al galope para buscar a Rosario y pasé de largo junto a un
sombrío Pedro que parecía enojado con la chica borracha con la que hablaba. Me
siguió al recibidor mientras llamé a Rosario dándole una sacudida a su vestido.
—Chicos, podéis ir tirando. Adrian se ha ofrecido a llevarme a casa.
—¿Qué? —dijo Rosario con ojos asombrados.
—¿Cómo? —preguntó Pedro enfadado.
—¿Hay algún problema? —le pregunté.
Miró airadamente a Rosario y luego me llevó a un rincón, con la mandíbula
temblándole bajo la piel.
—Ni siquiera conoces a ese tipo.
Tiré para liberar mi brazo de su sujeción.
—Esto no es asunto tuyo, Pedro.
—Al diablo si no lo es. No te voy a permitir ir a casa en el coche de un
perfecto extraño. ¿Y si intenta hacerte algo?
—¡Genial! ¡Es una monada!
La expresión de Pedro pasó de la sorpresa a la rabia, y me preparé para lo
que pudiera decir a continuación.
—¿Adrian Hayes, Paloma? ¿De verdad? Adrian Hayes —repitió con
desdén—. ¿Pero qué clase de nombre es ese?
Crucé los brazos.
—Para un momento, Pepe. Estás siendo un imbécil.
Se inclinó; parecía aturdido.
—Lo mataré si te toca.
—Me gusta —dije, enfatizando cada palabra.
Parecía pasmado por mi confesión y luego sus rasgos se volvieron duros.
—Bien. Si acaba tumbándote en el asiento trasero de su coche, no me vengas
llorando.
Me quedé boquiabierta, ofendida y enfadada al instante.
—No te preocupes, no lo haré —dije alejándome y dándole la espalda.
Pedro me agarró por el brazo y suspiró, me miró por encima de los
hombros.
—No quise decir eso, Paloma. Si te hace daño, si tan siquiera te hace sentir
incómoda, dímelo.
La rabia amainó y mis hombros se relajaron.
—Sé que no lo decías en serio. Pero tienes que dominar ese sentimiento
sobreprotector de hermano mayor que te hace perder el control.
Pedro se rio.
—No estoy jugando al hermano mayor, Paloma. Ni por asomo.
Adrian apareció en la esquina y se metió las manos en los bolsillos
ofreciéndome el brazo.
—¿Todo arreglado?
Pedro apretó la mandíbula, y yo me puse al otro lado de Adrian para evitar
que viese la expresión de Pedro.
—Sí, vamos.
Cogí el brazo de Adrian y caminé con él unos pasos antes de volverme a
decir adiós a Pedro, pero él seguía con su mirada en dirección a la espalda de
Adrian. Sus ojos me lanzaron dardos y luego sus rasgos se suavizaron.
—Para ya —dije entre dientes, siguiendo a Adrian por en medio de la gente
que quedaba hasta su coche.
—El mío es el plateado.
Las luces delanteras del coche parpadearon dos veces cuando accionó el
mando del coche. Abrió la puerta del acompañante y reí.
—¿Llevas un Porsche?
—No es simplemente un Porsche. Es el nueve cero uno GT-tres. Hay una
gran diferencia.
—Déjame adivinar, ¿es el amor de tu vida? —dije, repitiendo la frase que
Pedro había dicho sobre su moto.
—No, es un coche. El amor de mi vida será una mujer con mi apellido.
Me permití una sonrisita, intentando que su sensibilidad no me afectara
demasiado. Me cogió de la mano para ayudarme a entrar en el coche y, cuando se
puso detrás del volante, apoyó la cabeza contra su asiento y me sonrió.
—¿Qué vas a hacer esta noche?
—¿Esta noche? —pregunté.
—Ya es mañana. Quiero invitarte a cenar antes de que otro me quite la
oportunidad.
Sonreí de oreja a oreja.
—No tengo ningún plan.
—¿Te recojo a las seis?
—De acuerdo —dije, mirando como deslizaba sus dedos entre los míos.
Adrian me llevó directamente a casa de Pedro, manteniendo la velocidad
permitida y mi mano en la suya. Aparcó detrás de la Harley y, como antes, me
abrió la puerta. Cuando llegamos a la entrada se inclinó para besarme en la mejilla.
—Descansa un poco. Te veré esta noche —me susurró al oído.
—Adiós —dije, girando el pomo.
Cuando empujé la puerta, cedió y me caí hacia delante. Pedro me agarró
por el brazo antes de tocar el suelo.
—Alto ahí, Excelencia.
Me volví para ver a Adrian mirándonos con una expresión incómoda. Se
aupó para fisgar dentro del apartamento.
—¿Hay alguna chica humillada, abandonada ahí dentro, que necesite que la
lleve?
Pedro fulminó a Adrian con la mirada.
—No te metas conmigo.
Adrian sonrió y me guiñó el ojo.
—Siempre se lo hago pasar mal. No lo consigo a menudo ya que se ha dado
cuenta de que es más fácil si las chicas vienen en sus propios coches.
—Imagino que eso simplifica las cosas —dije, tomándole el pelo a Pedro.
—No tiene gracia, Paloma.
—¿Paloma? —preguntó Adrian.
—Es… un mote, simplemente un apodo, ni siquiera sé de dónde salió —dije.
Fue la primera vez que me sentí rara con el nombre que Pedro me había puesto la
noche que nos conocimos.
—Ya me lo explicarás cuando lo averigües. Parece una buena historia
—sonrió Adrian—. Buenas noches, Pau.
—¿No quieres decir buenos días? —dije, mirándolo bajar las escaleras al
trote.
—Eso también —me contestó con una dulce sonrisa.
Pedro cerró la puerta de un portazo, y tuve que apartar la cabeza
bruscamente hacia atrás para evitar que me pillara la cara.
—¿Qué pasa? —le grité enfadada.
Pedro agitó la cabeza y se fue a su habitación. Lo seguí y luego fui saltando
sobre un pie tras lanzar uno de mis zapatos de tacón.
—Es muy majo, Pepe.
Suspiró y caminó hacia mí.
—Te vas a hacer daño —dijo, cogiéndome la cintura con uno de sus brazos y
quitándome el otro tacón con la otra. Lo lanzó al armario y luego se quitó la camisa
en dirección hacia la cama.