TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
domingo, 30 de marzo de 2014
CAPITULO 6
CARAS familiares ocupaban los asientos de nuestra mesa favorita para
comer. Junto a mí se sentaban Rosario, a un lado, y Jero, al otro, y los restantes
sitios fueron ocupados por Valentin y sus hermanos de Sigma Tau. Resultaba difícil
oír nada con el estruendo sordo que reinaba en la cafetería; además, el aire
acondicionado parecía estropeado de nuevo. El ambiente estaba cargado por el
olor a fritos y sudor, pero por alguna razón todo el mundo parecía tener más
energía de la normal.
—Hola, Benja—dijo Valentin, saludando al hombre que estaba sentado
delante de mí. Su piel color aceituna y sus ojos chocolate contrastaban con la gorra
blanca del equipo de fútbol de Eastern que llevaba calada en la frente—. Te eché de
menos después del partido del sábado. Me bebí una o seis cervezas por ti —dijo
con una sonrisa amplia y blanca.
—Te agradezco el gesto. Llevé a Ro a cenar fuera —dijo inclinándose para
besar a Rosario en el nacimiento de su larga melena rubia.
—Estás sentado en mi silla, Benjamin.
Benjamin se dio la vuelta y vio a Pedro de pie detrás de él, y entonces me miró,
sorprendido.
—Oh, ¿es una de tus chicas, Pepe?
—Desde luego que no —dije, negando con la cabeza.
Benjamin miró a Pedro, que lo observaba fijamente con expectación. Benjamin se
encogió de hombros y se llevó la bandeja al extremo de la mesa.
Pedro me sonrió cuando se acomodó en el asiento.
—¿Qué hay, Paloma?
—¿Qué es eso? —pregunté, incapaz de apartar la mirada de su bandeja. La
misteriosa comida de su bandeja parecía hecha de cera.
Pedro se rio y tomó un sorbo de su vaso de agua.
—Las señoras de la cafetería me dan miedo. No estoy por la labor de criticar
sus habilidades culinarias.
No me pasaron desapercibidas las miradas inquisitivas de las demás
personas sentadas a la mesa. El comportamiento de Pedro les picaba la curiosidad,
y yo me contuve para no sonreír por ser la única chica junto a la que insistía en
sentarse.
—Uf…, después de comer tenemos el examen de Biología —gruñó Rosario.
—¿Has estudiado? —pregunté.
—Dios, no. Me pasé la noche intentando convencer a mi novio de que no
ibas a acostarte con Pedro.
Los jugadores de fútbol que estaban sentados al extremo de nuestra mesa
detuvieron sus risas detestables para escuchar mejor, de manera que llamaron la
atención de los demás estudiantes. Miré a Rosario, pero parecía ajena a toda
responsabilidad y dio un toquecito a Valentin con el hombro.
—Dios, Valen. Sí que lo llevas mal, ¿no? —preguntó Pedro, lanzando un
sobrecito de ketchup a su primo.
Valentin no respondió, pero yo sonreí a Pedro, encantada por la diversión.
Rosario le frotó la espalda.
—Ya se le pasará. Simplemente necesita un tiempo para creerse que Pau
podrá resistirse a tus encantos.
—No he intentado «encandilarla» —dijo Pedro, con aire de ofensa—. Es mi
amiga.
Miré a Valentin.
—Te lo dije. No tienes nada de que preocuparte.
Valentin finalmente me miró a los ojos y, al ver mi expresión de sinceridad,
se le iluminó un poco la mirada.
—¿Y tú? ¿Has estudiado? —me preguntó Pedro.
Fruncí el ceño.
—Por mucho tiempo que dedique a estudiar, estoy perdida con la Biología.
Simplemente parece que no me entra en la cabeza.
Pedro se levantó.
—Vamos.
—¿Qué?
—Vamos a por tus apuntes. Te ayudaré a estudiar.
—Pedro…
—Levanta el culo, Paloma. Vas a clavar ese examen.
Al pasar tiré a Rosario de una de sus largas trenzas pajizas.
—Nos vemos en clase, Ro.
Sonrió.
—Te guardaré un asiento. Voy a necesitar toda la ayuda que pueda
conseguir.
Pedro me siguió a mi habitación, y yo saqué mi guía de estudio, mientras él
abría mi libro. Me interrogó implacablemente y después me aclaró unas cuantas
cosas que no entendía. Tal y como él se explicaba, los conceptos pasaron de
confusos a obvios.
—… y las células somáticas se reproducen mediante la mitosis. Y ahí vienen
las fases. Suenan de forma parecida a un nombre de mujer: Prometa Anatelo.
Me reí.
—¿Prometa Anatelo?
—Profase, Metafase, Anafase y Telofase.
—Prometa Anatelo —repetí asintiendo.
Me golpeó en la coronilla con los papeles.
—Lo tienes controlado. Te sabes esta guía de estudio de arriba abajo.
Suspiré.
—Bueno…, ya veremos.
—Te acompaño a clase y así te pregunto de camino.
Cerré la puerta detrás de nosotros.
—No te enfadarás si cateo este examen, ¿no?
—No vas a catearlo, Paloma. Aunque la próxima vez deberíamos empezar
antes —dijo él, mientras caminaba a mi lado hacia el edificio de ciencias.
—¿Cómo piensas compaginar ser mi tutor con llevar al día tus deberes y
entrenarte para tus peleas?
Pedro se rio.
—No entreno para las peleas. Agustin me llama, me dice dónde es la pelea y
yo voy.
Sacudí la cabeza con incredulidad mientras Pedro sujetaba el papel y se
preparaba para hacerme la primera pregunta. Casi nos dio tiempo a completar una
segunda ronda de la guía de estudio cuando llegué a mi clase.
—Patéales el culo —dijo sonriendo, mientras me entregaba los apuntes,
apoyado en el quicio de la puerta.
—Hola, Pepe. —Me volví y vi a un hombre alto, algo desgarbado, que
sonreía a Pedro mientras iba a la clase.
—¿Qué hay, Adrian? —asintió Pedro.
Los ojos de Adrian se iluminaron un poco cuando me miró y sonrió.
—Hola, Pau.
—Hola —respondí, sorprendida de que supiera mi nombre.
Lo había visto en clase, pero nunca nos habíamos presentado.
Adrian siguió hasta su asiento, bromeando con quienes se sentaron a su
lado.
—¿Quién es ese? —pregunté.
Pedro se encogió de hombros, pero la piel de alrededor de sus ojos parecía
más tensa que antes.
—Es Adrian Hayes, uno de mis hermanos de Sig Tau.
—¿Estás en una hermandad? —pregunté, vacilante.
—En Sigma Tau, la misma que Valen. Pensé que lo sabías —dijo, mirando
por encima de mí a Adrian.
—Bueno…, es que no pareces el tipo de chico que está en una hermandad
—dije, observando los tatuajes en sus antebrazos.
Pedro volvió a centrar su atención en mí y sonrió.
—Mi padre es un antiguo miembro, y todos mis hermanos son Sig Tau. Es
una tradición familiar.
—¿Y esperan que jures fidelidad a la hermandad? —pregunté, escéptica.
—En realidad, no. Son buenos tipos —dijo él, hojeando mis papeles—. Será
mejor que te vayas ya a clase.
—Gracias por ayudarme —dije, dándole un golpecito con el codo.
Llegó Rosario y la seguí hasta nuestros asientos.
—¿Cómo ha ido? —preguntó ella.
Me encogí de hombros.
—Es un buen tutor.
—¿Solo un tutor?
—También es un buen amigo.
Pareció decepcionada, y yo me reí por la expresión de frustración de su cara.
Siempre había sido uno de los sueños de Rosario que saliéramos con dos chicos
que fueran amigos y compañeros de habitación-guion-primos; para ella, era como
si nos tocara el gordo. Quería que compartiéramos habitación cuando decidió venir
conmigo a Eastern, pero yo veté su idea con la esperanza de ampliar un poco mi
horizonte. Cuando dejó de hacer pucheros por mi decisión, focalizó sus esfuerzos
en encontrar a un amigo de Valentin a quien presentarme.
CAPITULO 5
Entré furiosa en el restaurante, aunque mi cabeza todavía no se había
sincronizado con los pies. El aire se llenó de olor a grasa y hierbas aromáticas
cuando lo seguí por la moqueta roja salpicada de migas de pan. Eligió una mesa
con bancos en la esquina, lejos de los grupos de estudiantes y familias, y después
pidió dos cervezas. Eché un vistazo al local: observé a los padres obligar a sus
bulliciosos hijos a comer y esquivé las inquisitivas miradas de los estudiantes de
Eastern.
—Claro, Pedro —dijo la camarera, apuntando nuestras bebidas.
Parecía un poco alterada por su presencia cuando regresó a la cocina.
Repentinamente avergonzada por mi apariencia, me recogí detrás de las orejas los
mechones de pelo que el viento había hecho volar.
—¿Vienes aquí a menudo? —pregunté mordazmente.
Pedro apoyó los codos en la mesa y clavó sus ojos marrones en los míos.
—Y bien, ¿cuál es tu historia, Paloma? ¿Odias a los hombres en general, o
solo a mí?
—Creo que solo a ti —gruñí.
Soltó una carcajada: mi mal humor le divertía.
—No consigo acabar de entenderte. Eres la primera chica a la que le he dado
asco antes de acostarse conmigo. No te aturullas cuando hablas conmigo ni
intentas atraer mi atención.
—No es ningún tipo de treta. Simplemente no me gustas.
—No estarías aquí si no te gustara.
Mi entrecejo se relajó involuntariamente y suspiré.
—No he dicho que seas mala persona. Simplemente no me gusta que
saquen conclusiones de cómo soy por el mero hecho de tener vagina.
Centré mi atención en los granos de sal que había sobre la mesa hasta que oí
que Pedro se atragantaba.
Abrió los ojos como platos y se agitó con carcajadas que parecían aullidos.
—¡Oh, Dios mío! ¡Me estás matando! Ya está. Tenemos que ser amigos. Y no
acepto un no por respuesta.
—No me importa que seamos amigos, pero eso no implica que tengas que
intentar meterte en mis bragas cada cinco segundos.
—No vas a acostarte conmigo. Lo pillo. —Intenté no sonreír, pero fracasé. Se
le iluminó la mirada—. Tienes mi palabra. Ni siquiera pensaré en tus bragas…, a
menos que quieras que lo haga.
Hinqué los codos en la mesa y apoyé mi peso en ellos.
—Y eso no pasará, así que podemos ser amigos.
Una sonrisa traviesa afiló sus rasgos mientras se acercaba un poco más.
—Nunca digas de esta agua no beberé.
—Bueno, ¿y cuál es tu historia? —pregunté—. ¿Siempre has sido Pedro
Perro Loco Alfonso, o te bautizaron así cuando llegaste aquí?
Hice un gesto con dos dedos de cada mano para marcar unas comillas
cuando dije su apodo, y por primera vez su confianza flaqueó. Parecía un poco
avergonzado.
—No. Agustin empezó con eso después de mi primera pelea.
Sus respuestas cortas comenzaban a fastidiarme.
—¿Ya está? ¿No vas a contarme nada más sobre ti?
—¿Qué quieres saber?
—Lo normal. De dónde eres, qué quieres ser cuando seas mayor…, cosas
así.
—He nacido aquí y aquí me he criado. Y estoy especializándome en justicia
criminal.
Con un suspiro, desenvolvió los cubiertos y los puso al lado de su plato.
Miró por encima del hombro, con la mandíbula tensa. A dos mesas de distancia, el
equipo de fútbol de Eastern estalló en carcajadas, y Pedro pareció molestarse por
el objeto de sus risas.
—Estás de broma —dije sin poder creer lo que había dicho.
—No, soy de aquí —dijo él, distraído.
—Me refiero a tu licenciatura. No pareces el tipo de chico que se especializa
en derecho penal.
Juntó las cejas, repentinamente centrado en nuestra conversación.
—¿Por qué?
Repasé los tatuajes que le cubrían el brazo.
—Diré simplemente que no te pega lo de derecho penal.
—No me meto en problemas… la mayor parte del tiempo. Papá era bastante
estricto.
—¿Y tu madre?
—Murió cuando yo era niño —comentó, con total naturalidad.
—Lo… lo siento —dije, sacudiendo la cabeza.
Su respuesta me pilló desprevenida. Rechazó mi simpatía.
—No la recuerdo. Mis hermanos sí, pero yo solo tenía tres años cuando
murió.
—Cuatro hermanos, ¿eh? ¿Cómo los distinguías?
—Los distinguía según quién golpeaba más fuerte, que resultó coincidir con
el orden de sus edades. Pablo, los gemelos… Manuel y Nahuel, y después, Marcos.
Es mejor que nunca te quedes a solas en una habitación con Manuel y Nahuel. Aprendí
de ellos la mitad de lo que hago en el Círculo. Marcos era el más pequeño, pero
también el más rápido. Ahora es el único que podría darme un puñetazo.
Sacudí la cabeza, aturdida por la idea de cinco a Pedros correteando por una
sola casa.
—¿Y todos llevan tatuajes?
—Sí, menos Pablo. Trabaja como ejecutivo en California.
—¿Y tu padre? ¿Dónde está?
—Anda por aquí —dijo él.
Volvía a apretar las mandíbulas, cada vez más irritado con el equipo de
fútbol.
—¿De qué se ríen? —le pregunté, señalando la ruidosa mesa. Sacudió la
cabeza. Era evidente que no quería compartirlo. Me crucé de brazos, sin saber
cómo estar en mi asiento, nerviosa por lo que estarían diciendo que tanto le
molestaba—. Dímelo.
—Se están riendo de que te haya traído a comer, primero. No suele ser… mi
rollo.
—¿Primero? —Cuando caí en la cuenta de a qué se refería, Pedro se rio de
mi expresión. Entonces, hablé sin pensar—. Yo, que temía que se estuvieran riendo
de que te vieran con alguien vestido así…, y resulta que piensan que me voy a
acostar contigo —farfullé.
—¿Por qué no iban a tener que verme contigo?
—¿De qué estábamos hablando? —pregunté, intentando ocultar el calor que
sentía en las mejillas.
—De ti. ¿En qué te vas a especializar? —preguntó él.
—Oh, eh…, por ahora estoy con las asignaturas comunes. Todavía no me he
decidido, pero me inclino hacia la Contabilidad.
—Pero no eres de aquí.
—No, soy de Wichita. Igual que Rosario.
—¿Y cómo acabaste aquí si vivías en Kansas?
Tiré de la punta de la etiqueta de mi botella de cerveza.
—Simplemente tuvimos que escaparnos.
—¿De qué?
—De mis padres.
—Ah. ¿Y Rosario? ¿También tiene problemas con sus padres?
—No, Sebastian y Patricia son geniales. Prácticamente me criaron. En cierto modo,
me siguió; no quería que viniera aquí sola.
Pedro asintió.
—Bueno, ¿y por qué Eastern?
—¿A qué viene este tercer grado? —dije.
Las preguntas estaban pasando de lo trivial a lo personal y empezaba a
sentirme incómoda.
Varias sillas se entrechocaron cuando el equipo de fútbol dejó sus asientos.
Soltaron un último chiste antes de empezar a caminar hacia la puerta. Cuando
Pedro se levantó, rápidamente apretaron el paso. Los que estaban al final del
grupo empujaron a los de delante para escapar antes de que Pedro cruzara el local.
Volvió a sentarse, obligándose a dejar de lado la frustración y el enfado.
Levanté una ceja.
—Ibas a decirme por qué elegiste Eastern —me apremió.
—Es difícil de explicar —respondí, encogiéndome de hombros—. Supongo
que me pareció una buena opción.
Sonrió al abrir el menú.
—Sé a qué te refieres.
CAPITULO 4
Estéticamente, su apartamento era más agradable que el típico piso de
solteros. En las paredes estaban colgados los predecibles pósteres de mujeres
medio desnudas y letreros de calles robados, pero estaba limpio, los muebles eran
nuevos y no olía ni a cerveza putrefacta ni a ropa sucia.
—Ya iba siendo hora de que aparecieras —dijo Pedro, mientras se dejaba
caer en el sofá.
Sonreí, me subí las gafas sobre la nariz y esperé a que él se burlara de mi
aspecto.
—Rosario tenía que acabar un trabajo.
—Hablando de trabajos, ¿has empezado ya el de Historia? —Mi pelo
enmarañado ni siquiera le hizo pestañear, y fruncí el ceño por su reacción.
—¿Tú sí?
—Lo he acabado esta tarde.
—No hay que entregarlo hasta el miércoles que viene —dije, sorprendida.
—Pues yo acabo de rematarlo. ¿Qué dificultad hay en un ensayo de dos
páginas sobre Grant?
—Supongo que yo lo dejo todo para el último momento —admití,
encogiéndome de hombros. Probablemente no lo empiece hasta el fin de semana.
—Bueno, si necesitas ayuda, no tienes más que decírmelo.
Esperé a que se riera o diera alguna señal de que estaba bromeando, pero lo
decía con sinceridad.
Levanté una ceja.
—¿Tú vas a ayudarme con ese artículo?
—Tengo un sobresaliente en esa asignatura —dijo él, un poco ofendido por
mi incredulidad.
—Tiene sobresalientes en todas sus asignaturas. Es un puñetero genio. Lo
odio —dijo Valentin, mientras conducía a Rosario al salón de la mano.
Observé a Pedro con una expresión de duda y levantó las cejas.
—¿Qué? ¿Acaso crees que un tío cubierto de tatuajes y que pega puñetazos
para ganarse la vida no puede sacar buenas notas? No estoy en la universidad
porque no tenga nada mejor que hacer.
—Entonces, ¿por qué tienes que pelear? ¿Por qué no intentaste pedir una
beca? —pregunté.
—Lo hice, y me concedieron la mitad de la matrícula, pero hay libros, gastos
diarios y tengo que pagar la otra mitad en algún momento. Lo digo en serio,
Paloma. Si necesitas ayuda con algo, no tienes más que pedírmelo.
—No necesito que me ayudes. Sé escribir un ensayo.
Quería dejarlo así. Debería haberlo hecho, pero aquella nueva faceta suya
que se había revelado me picaba la curiosidad.
—¿Y no puedes encontrar otro modo de ganarte la vida? Menos, no sé,
¿sádico?
Pedro se encogió de hombros.
—Es una forma fácil de ganarse la vida. No puedo ganar tanto dinero en el
centro comercial.
—No diría que encajar golpes en la cara sea fácil.
—¿Cómo? ¿Te preocupas por mí? —preguntó, parpadeando por la sorpresa.
Torcí el gesto y él se rio.
—No me alcanzan muy a menudo. Si intentan pegarme, me muevo. No es
tan difícil.
Solté una carcajada.
—Actúas como si nadie más hubiera llegado a esa conclusión.
—Cuando doy un puñetazo, lo encajan e intentan responder. Así no se
ganan las peleas.
Puse los ojos en blanco.
—¿Quién eres? ¿Karate Kid? ¿Dónde aprendiste a pelear?
Valentin y Rosario se miraron y agacharon la cabeza. No tardé mucho en
darme cuenta de que había metido la pata.
Pedro no parecía afectado.
—Mi padre tenía problemas con la bebida y mal carácter, y además mis
cuatro hermanos mayores llevaban el gen cabrón.
—¡Oh! —Me ardían las orejas.
—No te avergüences, Paloma. Papá dejó de beber y mis hermanos crecieron.
—No me avergüenzo —dije, mientras jugueteaba con los mechones sueltos
de pelo y decidía arreglármelo y hacerme otro moño, para intentar ignorar el
incómodo silencio.
—Me gusta el estilo natural que llevas hoy. Las chicas no suelen aparecer así
por aquí.
—Me obligaste a venir. Y además no pretendía impresionarte —dije,
molesta porque mi plan hubiera fallado.
Puso su sonrisa de niño pequeño, y aumenté mi enfado en un grado con la
esperanza de disimular mi incomodidad. No sabía cómo se sentían la mayoría de
las chicas con él, pero había visto cómo se comportaban. Yo estaba experimentando
una sensación más cercana a la náusea y a la desorientación que al enamoramiento
tonto, y cuanto más intentaba él hacerme sonreír, más incómoda me sentía yo.
—Ya estoy impresionado. Normalmente no tengo que suplicar a las chicas
que vengan a mi apartamento.
—Claro —dije, torciendo el gesto por el asco.
Era el peor tipo de petulante. No solo era descaradamente consciente de su
atractivo, sino que estaba tan acostumbrado a que las mujeres se le lanzaran al
cuello que mi comportamiento distante le resultaba refrescante en lugar de un
insulto. Tendría que cambiar de estrategia.
Rosario señaló la televisión y la encendió.
—Dan una buena peli esta noche. ¿Alguien quiere descubrir dónde está
Baby Jane?
Pedro se levantó.
—Justo ahora pensaba salir a cenar. ¿Tienes hambre, Paloma?
—Ya he comido —respondí indiferente.
—No, qué va —dijo Rosario antes de darse cuenta de su error—. Oh…,
eh…, es verdad, olvidaba que te has zampado una… ¿pizza? antes de irnos.
Puse una mueca de exasperación ante su deprimente intento de arreglar su
metedura de pata y esperé la reacción de Pedro. Cruzó la habitación y abrió la
puerta.
—Vamos, tienes que estar hambrienta.
—¿Adónde vas?
—Adonde tú quieras. Podemos ir a una pizzería.
Bajé la mirada a mi ropa.
—La verdad es que no voy vestida apropiadamente.
Se detuvo un momento a evaluarme y después se rio.
—Estás bien. Vámonos. Me muero de hambre.
Me levanté y me despedí de Rosario con la mano, adelantando a Pedro
para bajar las escaleras. Me detuve en el aparcamiento, observando con horror
cómo cogía una moto de color negro mate.
—Uf… —solté, encogiendo los dedos de los pies desnudos.
Me lanzó una mirada.
—Venga, sube. Iré despacio.
—¿Qué es eso? —pregunté, leyendo demasiado tarde lo que ponía en el
depósito de combustible.
—Es una Harley Night Rod. Es el amor de mi vida, así que no arañes la
pintura cuando te subas.
—¡Pero si llevo chanclas!
Pedro se quedó mirando como si hablara en algún idioma extranjero.
—Y yo botas, ¡venga, sube!
Se puso las gafas de sol, y el motor rugió cuando le infundió vida. Me subí y
busqué detrás de mí algún sitio al que agarrarme, pero mis dedos se deslizaron
desde el cuero a la tapa de plástico de la luz trasera.
Pedro me cogió de las muñecas y me hizo abrazarlo por la cintura.
—No hay nada a lo que agarrarse, solo yo, Paloma. No te sueltes —dijo al
tiempo que empujaba la moto hacia atrás con los pies.
Con un giro de muñeca, puso rumbo hacia la calle y salió despedido como
un cohete. Los mechones de pelo que llevaba sueltos me golpearon la cara, y me
agaché detrás de Pedro, sabiendo que acabaría con bichos aplastados en las gafas
si miraba por encima de su hombro.
Pisó el acelerador al llegar al camino del restaurante y, en cuanto se detuvo,
no tardé ni un minuto en bajar a la seguridad del cemento.
—¡Estás chiflado!
Pedro se rio mientras apoyaba la moto sobre su soporte antes de desmontar.
—Pero si he respetado el límite de velocidad…
—¡Sí, si hubiéramos ido por una autopista! —dije, mientras me soltaba el
moño para deshacerme los enredones con los dedos.
Pedro observó cómo me retiraba el pelo de la cara y después se encaminó
hacia la puerta y la mantuvo abierta.
—No dejaría que te pasara nada malo, Paloma.
sábado, 29 de marzo de 2014
CAPITULO 3
Rosario me saludó con la mano y se fue con Valentin, mientras yo me
encaminaba a la clase de la tarde. Entrecerré los ojos ante el resplandor del sol y
agarré las correas de mi mochila. Eastern era exactamente lo que yo esperaba;
desde las aulas más pequeñas hasta las caras desconocidas. Para mí era un nuevo
comienzo; finalmente podía ir caminando a algún sitio sin tener que aguantar los
susurros de quienes lo sabían todo, o creían saberlo, sobre mi pasado. Era igual
que los demás estudiantes de primero que se iban a clase con los ojos bien abiertos
y ansiosos por aprender; nada de miradas, rumores, lástima o reprobación. Solo la
impresión que yo quería causar:Paula Chaves, seria y vestida de cachemira.
Dejé la mochila en el suelo y me derrumbé en la silla antes de agacharme
para sacar mi portátil del bolso. Cuando me incorporé para dejarlo en la mesa,
Pedro se sentó a la mesa de al lado.
—Bien. Puedes tomar apuntes por mí —dijo.
Mordió el boli que llevaba en la boca y lució su mejor sonrisa.
Lo miré con desprecio.
—Ni siquiera estás en esta clase.
—Cómo que no. Suelo sentarme allí, al fondo —dijo, y señaló con la cabeza
la fila de arriba. Un pequeño grupo de chicas me miraba fijamente y vi una silla
vacía en medio.
—No voy a tomar apuntes por ti —aclaré mientras encendía el portátil.
Pedro se inclinó de tal manera que podía sentir su aliento sobre mi mejilla.
—Lo siento… ¿He dicho algo que te ofenda? —Suspiré y negué con la
cabeza—. Entonces, ¿qué problema tienes?
Mantuve la voz baja.
—No voy a acostarme contigo. Deberías dejarlo ya.
Una sonrisa cruzó lentamente su cara antes de hablar.
—No te he pedido que te acostaras conmigo. —Se quedó pensando,
mirando fijamente al techo—. ¿Verdad?
—No soy un clon de Barbie o una de tus groupies de allí —le dije mientras
echaba un vistazo a las chicas de atrás—. No me impresionas con tus tatuajes, tus
encantos o tu indiferencia estudiada. ¿Por qué no dejas ya tus numeritos?
—De acuerdo, Paloma. —Era totalmente inmune a mis cortes—. ¿Por qué no
te vienes con Rosario esta noche?
Me reí de su petición, pero él se acercó más.
—No intento pillar cacho contigo, solo quiero pasar el rato.
—¿Pillar cacho? ¿Cómo consigues acostarte con alguien si le hablas de esta
manera?
Pedro se echó a reír, sacudiendo la cabeza.
—Ven y ya está. Ni siquiera flirtearé contigo, te lo prometo.
—Me lo pensaré.
El profesor Chaney entró pausadamente, y Pedro volvió la mirada al frente
del aula. Una sonrisa esbozada, que permanecía en su rostro, le marcaba un
hoyuelo en la mejilla. Cuanto más sonreía, más ganas tenía de odiarlo y, aun así,
eso era precisamente lo que me hacía imposible odiarlo.
—¿Alguien sabe decirme qué presidente tenía una mujer bizca que padecía
de feítis aguda? —preguntó Chaney.
—Asegúrate de tenerlo apuntado —susurró Pedro—, me hará falta para las
entrevistas de trabajo.
—¡Shhh! —dije mientras tecleaba cada palabra de Chaney.
Pedro sonreía, relajado en su silla. Durante el tiempo que duró la clase,
bostezaba o se apoyaba en mi brazo para mirar la pantalla. Traté de ignorarlo con
todas mis fuerzas, pero su proximidad y los músculos abultados de su brazo me lo
ponían difícil. Después, se puso a juguetear con la pulsera de cuero negro de su
muñeca hasta que Chaney nos dejó marchar. Salí corriendo por la puerta y
atravesé el pasillo. Justo cuando ya me sentía a una distancia segura, Pedro Alfonso apareció a mi lado.
—¿Te lo has pensado? —preguntó mientras se colocaba las gafas de sol.
Una chica morena se plantó delante de nosotros, con los ojos como platos y
llenos de esperanza.
—Hola, Pedro —canturreó, mientras jugaba con su pelo.
Me detuve, intentando esquivar su voz melosa, y se fue andando después
de rodearla. Ya la había visto antes, hablando de manera normal en las zonas
compartidas de los dormitorios de las chicas: Morgan Hall. Su tono de voz
entonces parecía mucho más maduro y me pregunté por qué creería que a Pedro le
parecería atractiva esa vocecita de niña. Balbuceó en una octava un poco más alta,
hasta que él volvió a ponerse a mi lado.
Después de sacar un mechero del bolsillo, se encendió un cigarrillo y soltó
una espesa nube de humo.
—¿Por dónde iba? Ah, sí…, estabas pensando.
Hice una mueca.
—¿De qué estás hablando?
—¿Has decidido si vas a venir?
—Si digo que sí, ¿dejarás de seguirme?
Consideró mi condición y después asintió.
—Sí.
—Entonces iré.
—¿Cuándo?
Solté un suspiro.
—Esta noche. Iré esta noche.
Pedro sonrió y se detuvo en seco.
—Genial, nos vemos luego, Palomita.
Doblé la esquina y me encontré a Rosario de pie con Jeronimo, fuera de
nuestro dormitorio. Los tres habíamos acabado en la misma mesa en la sesión de
orientación para los estudiantes de primer año, y sabía que sería la tercera rueda
de nuestra bien engrasada máquina. No era excesivamente alto, pero aun así
superaba mi metro sesenta y pico. Tenía unos ojos redondos que compensaban sus
rasgos finos, y normalmente llevaba el pelo decolorado peinado con una cresta
hacia delante.
—¿Pedro Alfonso? Por Dios,Pau, ¿desde cuándo te aventuras por aguas
tan peligrosas? —dijo Jero con mirada de desaprobación.
Rosario se sacó el chicle de la boca formando un largo hilo.
—Si intentas ahuyentarlo solo vas a empeorar las cosas. No está
acostumbrado a eso.
—¿Y qué me sugieres que haga? ¿Acostarme con él?
Rosario se encogió de hombros.
—Ahorraría tiempo.
—Le he dicho que iría a su casa esta noche
Jeronimo y Rosario intercambiaron miradas.
—¿Qué?
—Me prometió que dejaría de darme la lata si decía que sí. Tú estarás en su
casa esta noche, ¿no?
—Pues sí —dijo Rosario—. ¿De verdad vas a venir?
Sonreí, y los dejé para entrar en los dormitorios, preguntándome si Pedro
haría honor a su promesa de no flirtear conmigo. No era difícil calarlo; o bien me
veía como un reto o como lo suficientemente poco atractiva como para ser una
buena amiga. No estaba segura de qué opción me molestaba más.
Cuatro horas después, Rosario llamó a mi puerta para llevarme a casa de
Valentin y Pedro. Cuando salí al pasillo, no se contuvo.
—¡Puf, Pau! ¡Pareces una sin techo!
—Bien —dije, sonriendo por mi conjunto.
Llevaba el pelo recogido en la parte superior de la cabeza en un moño
descuidado. Me había quitado el maquillaje y me había cambiado las lentillas por
gafas de montura negra rectangular. Llevaba una camiseta raída y pantalones de
chándal, y andaba con un par de chanclas. Unas horas antes se me había ocurrido
que lo mejor, en cualquier caso, era ir lo menos atractiva posible. Si todo iba según
lo previsto, las ansias de Pedro se calmarían al instante y dejaría a un lado su
ridícula persistencia. Si buscaba ser mi colega, seguiría siendo demasiado joven
para dejarse ver conmigo.
Rosario bajó la ventanilla y escupió el chicle.
—Está tan claro lo que haces… ¿Por qué no te revuelcas directamente en
mierda de perro para completar tu vestimenta?
—No intento impresionar a nadie —dije.
—Obviamente.
Nos detuvimos en el aparcamiento del complejo de apartamentos de
Valentin, y seguí a Rosario hasta las escaleras. Valentin abrió la puerta y se rio
cuando entré.
—¿Qué te ha pasado?
—Intenta estar poco impresionante —dijo Rosario.
Rosario siguió a Valentin a su habitación. La puerta se cerró y me quedé
sola; me sentía fuera de lugar. Me acomodé en el sillón reclinable que estaba más
cerca de la puerta y me quité las chanclas.
CAPITULO 2
Rosario me acompañó hasta mi cuarto y luego se burló de Carla, mi
compañera de habitación. Enseguida me quité la rebeca ensangrentada y la arrojé
al cesto de ropa sucia.
—Qué asco. ¿Dónde has estado? —preguntó Carla desde su cama.
Miré a Rosario, quien se encogió de hombros.
—Ha sangrado por la nariz. ¿Nunca has visto uno de los famosos sangrados
de nariz de Pau? —Carla se puso las gafas y negó con la cabeza—. Seguro que lo
harás.
Me guiñó un ojo y luego cerró la puerta tras ella.
Menos de un minuto después, sonó mi móvil. Como de costumbre, Rosario
me enviaba un SMS a los pocos segundos de habernos despedido.
m kedo cn Valen, t veo mñn reina dl ring
Le eché una ojeada a Carla, quien me miraba como si mi nariz fuera a
chorrear de un momento a otro.
—Era broma —le dije.
Carla asintió con indiferencia y luego bajó la mirada hacia los libros
desordenados sobre su colcha.
—Creo que voy a darme una ducha —dije mientras cogía una toalla y mi
neceser.
—Avisaré a los medios de comunicación —ironizó Carla, sin levantar la
cabeza.
Al día siguiente, Valentin y Rosario comieron conmigo. Yo tenía toda la
intención de sentarme sola, pero, a medida que los estudiantes empezaron a llenar
la cafetería, tanto los compañeros de fraternidad de Valentin como los del equipo
de fútbol ocuparon las sillas a mi alrededor. Algunos de ellos habían estado en la
pelea, pero ninguno mencionó mi experiencia al borde del cuadrilátero.
—Valen —llamó una voz de paso.
Valentin asintió con la cabeza; Rosario y yo nos dimos la vuelta y vimos a
Pedro mientras tomaba asiento al final de la mesa. Dos exuberantes rubias de bote
con camisetas de Sigma Kappa lo seguían. Una de ellas se sentó en el regazo de
Pedro, mientras que la otra se sentó junto a él y aprovechó para toquetearle la
camisa.
—Me están entrando ganas de vomitar —murmuró Rosario.
La rubia del regazo de Pedro se volvió hacia ella.
—Te he oído, guarra.
Rosario agarró su bocadillo, lo lanzó al otro lado de la mesa y estuvo a
punto de alcanzar la cara de la chica. Antes de que esta pudiera decir una palabra
más, Pedro relajó las rodillas y la mandó directa al suelo.
—¡Ay! —chilló ella, levantando la mirada hacia Pedro.
—Rosario es amiga mía. Tendrás que buscarte otro regazo, Lore.
—¡Pedro! —gimió la chica mientras se ponía de pie.
Pedro volvió su atención al plato, ignorándola. Ella miró a su hermana y
resopló, luego las dos se fueron cogidas de la mano. Como si nada hubiese pasado,
Pedro le guiñó el ojo a Rosario y engulló otro bocado. Fue entonces cuando me di
cuenta de un pequeño corte en su ceja. Intercambió miradas con Valentin y después
se puso a hablar con un chico del equipo de fútbol que tenía enfrente.
Cuando la mesa se despejó, Rosario, Valentin y yo nos quedamos a hablar
sobre los planes para el fin de semana. Pedro se levantó para irse, pero se detuvo
en la cabecera de nuestra mesa.
—¿Qué? —preguntó Valentin en voz alta, llevándose una mano al oído.
Traté de ignorarlo todo lo que pude, pero, cuando levanté la mirada, Pedro
tenía los ojos clavados en mí.
—Ya la conoces, Pepe. ¿Te acuerdas de la mejor amiga de Rosario? Estaba
con nosotros anoche —dijo Valentin.
Pedro me sonrió con la que supuse que debía de ser su sonrisa más
encantadora. Rezumaba sexo y rebeldía con su pelo corto y castaño y los brazos
tatuados, y yo puse los ojos en blanco frente a su intento de seducción.
—¿Desde cuándo tienes una mejor amiga, Ro? —preguntó Pedro.
—Desde tercero de secundaria —contestó ella, apretando los labios mientras
sonreía hacia mí.
—¿No te acuerdas, Pedro? Le estropeaste la chaqueta.
Pedro sonrió.
—Estropeo mucha ropa.
—Asqueroso —murmuré.
Pedro giró la silla vacía a mi lado y se sentó, apoyando los brazos delante.
—Así que tú eres Paloma, ¿eh?
—No —dije bruscamente—, tengo un nombre.
El modo en que me dirigía a él parecía divertirlo, y eso solo hizo que me
enfadara más.
—¿Ah sí? ¿Y cuál es? —preguntó.
Lo ignoré y di un mordisco al último trozo de manzana que me quedaba.
—Entonces te llamas Paloma —dijo, encogiéndose de hombros.
Miré a Rosario y luego me volví hacia Pedro.
—Oye, estoy tratando de comer.
Pedro respondió al desafío que le había lanzado poniéndose más cómodo.
—Me llamo Pedro. Pedro Alfonso.
Puse los ojos en blanco.
—Sé quién eres.
—Lo sabes, ¿eh? —dijo Pedro, levantando la ceja herida.
—No te hagas ilusiones. Es difícil no enterarse cuando hay cincuenta
borrachos gritando tu nombre.
Pedro se incorporó un poco.
—Eso me pasa a menudo.
Volví a poner los ojos en blanco y Pedro se echó a reír.
—¿Tienes un tic?
—¿Un qué?
—Un tic. Tus ojos no dejan de dar vueltas. —Se rio de nuevo cuando lo
fulminé con la mirada—. Aunque lo cierto es que tienes unos ojos alucinantes
—dijo, inclinándose a escasos centímetros de mi cara—. A ver… ¿De qué color
son? ¿Grises?
Bajé la mirada al plato, dejando que los largos mechones de mi pelo color
caramelo formaran una cortina entre nosotros. No me gustaba cómo me hacía
sentir al estar tan cerca. No quería ser como todas esas chicas de Eastern que se
ponían coloradas en su presencia. No quería que, de ninguna manera, tuviera ese
efecto sobre mí.
—Ni lo sueñes, Pedro. Es como si fuera mi hermana —le advirtió Rosario.
—Cariño —dijo Valentin—, acabas de decirle que no lo haga. Ahora no va a
parar.
—No eres su tipo —continuó ella, ignorando a su novio.
Pedro fingió estar ofendido.
—¡Soy el tipo de todas!
Miré hacia él y sonreí.
—¡Ah! Una sonrisa. Al final, no seré un cabrón de cojones —dijo guiñando
un ojo—. Ha sido un placer conocerte, Paloma.
Dio una vuelta alrededor de la mesa y se inclinó hacia el oído de Rosario.
Valentin le lanzó una patata frita a su primo.
—¡Aparta tus labios de la oreja de mi chica, Pepe!
—¡Solo estoy estableciendo contacto!
Pedro retrocedió, con las manos arriba y gesto inocente. Unas chicas lo
siguieron, soltando risitas y pasándose los dedos por el pelo para llamar su
atención. Él les abrió la puerta y ellas casi chillaron de placer.
Rosario se echó a reír.
—Oh, no. Estás en apuros, Pau.
—¿Qué te ha dicho? —pregunté, desconfiada.
—Quiere que la lleves a casa, ¿verdad? —dijo Valentin.
Rosario asintió y él negó con la cabeza.
—Eres una chica inteligente,Pau. Ahora bien, si caes en su puto juego y
acabas cabreándote con él, no la pagues conmigo o con Rosario, ¿vale?
Sonreí.
—A mí no me pasará, Valen. ¿Acaso me has tomado por uno de esos clones
de Barbie?
—No, a ella no le va a pasar —le aseguró Rosario, tocándole el brazo.
—No sería la primera vez, Ro. ¿Sabes cuántas veces me ha jodido las
cosas por acostarse con la mejor amiga de alguien? De pronto salir conmigo es un
conflicto de intereses, ¡porque sería confraternizar con el enemigo! Te lo advierto,
Pau—dijo mirándome—, no le pidas a Ro que deje de verme porque te creas
las gilipolleces de Pepe. Date por avisada.
—No hacía falta, pero te lo agradezco —dije.
Intenté tranquilizarlo con una sonrisa, pero su pesimismo era el resultado
de años de decepciones causadas por las jugarretas de Pedro.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)