jueves, 5 de junio de 2014

CAPITULO 225



Pedro 


Me sequé, me cepillé los dientes, y me deslicé en una camiseta y pantalones cortos,  y luego mis Nike. Listo. 


Maldita sea, que bueno era ser un hombre. No podía imaginar tener que secarme el cabello durante media hora, y luego estirarlo con cualquier plancha caliente que pudiera encontrar,  después pasar quince o veinte minutos maquillándome para finalmente tener que vestirme. Llaves. Billetera. Teléfono. Salir. Paula había dicho que estaría en las tiendas de la primera planta, pero dijo claramente que no nos podíamos ver antes de la boda. Así que fui por un trago.


Incluso cuando se tiene prisa, si las fuentes Bellagio están bailando con lamúsica, es antiamericano no detenerse y mirarlas. Encendí un cigarrillo y le di una calada, apoyando los brazos en una gran cornisa de concreto que se alineaban en la plataforma de observación. Mire el agua y recordé la última vez que estuve aquí,de pie con Valentin,mientras Paula eficientemente pateaba los culos de cuatro o cinco veteranos del póquer.


Valentin. Demonios,  estaba tan feliz de que no fuera a esa pelea. Si lo hubiera perdido, o si él hubiera perdido a Rosario, no estoy seguro de que Paula y yo estuviéramos aquí hoy. Una pérdida como esa cambiaría toda la dinámica de nuestras amistades. Valentin no podía estar con Paula y conmigo sin Rosario, y Rosario no podía estar cerca de nosotros sin Valentin. Paula no podía estar lejos de Rosario. 


Si ellos no hubieran decidido quedarse con sus padres durante las vacaciones de primavera, yo podría estar sufriendo la pérdida de Valentin en lugar de preparar nuestra boda. Pensar en llamar al tío Juan y a la tía Olga con la noticia de la muerte de su único hijo, hicieron que un largo escalofrío corriera por mi espalda.


Negué con mi cabeza, alejando esos pensamientos mientras recordaba el momento antes de llamar a papá, de pie delante de Keaton, el humo saliendo por las ventanas. Algunos de los bomberos sostenían una manguera para verter agua en el interior, otros estaban sacando a los sobrevivientes. Recordé lo que se sentía, sabiendo que iba a tener que decirle a mi padre que Marcos había desaparecido y que probablemente estaba muerto. Cómo mi hermano había corrido por el camino equivocado en la confusión, y Paula y yo estábamos ahí afuera sin él. El pensamiento de lo que eso le habría hecho a mi papá, me hizo sentir mal del estómago. Mi padre era el hombre más fuerte que conocía, pero no podría soportar la pérdida de ninguna otra persona.


Mi padre y Juan encendieron nuestro pueblo cuando estaban en la secundaria. Fueron la primera generación de hermanos Alfonso patea traseros.


Cuando eran estudiantes universitarios, los lugareños iniciaban las peleas o eran rescatados de ellas. Horacio y Juan Alfonso nunca experimentaron lo segundo, e incluso conocieron y se casaron con las dos únicas chicas de su universidad que podían manejarlos: Ana y Olga Hempfling. Sí, hermanas, haciendo de Valentin y de mí, dobles primos. 


Probablemente fue bueno que Juan y Olga se detuvieran
en uno, no como mamá teniendo cinco niños revoltosos. 


Estadísticamente, nuestra familia debió tener una chica, aunque no estoy seguro de que el mundo pueda manejar una chica Alfonso. ¿Todas las peleas y la ira, además de los estrógenos? 

 Todo el mundo moriría.


Cuando nació Valentin, el tío Juan sentó cabeza. Valentin era un Alfonso,pero había heredado el temperamento de su madre. Pablo, Nahuel, Manuel, Marcos y yo, teníamos el fusible echando chispas como mi padre, pero Valentin era calmado. Éramos los mejores amigos. Era un hermano que vivía en una casa diferente. Él casi lo era, pero se parecía más a Pablo que el resto de nosotros.


Todos compartíamos el mismo ADN.


La fuente se apagó y me alejé, viendo el letrero de Crystals. Si pudiera entrar y salir de allí rápido, tal vez Paula todavía estaba en las tiendas de Bellagio y no me vería.


Aceleré el paso, esquivando a los turistas extremadamente borrachos y cansados. Un corto viaje en las escaleras mecánicas y una puerta después, estaba en el interior del centro comercial. Tenía rectángulos de cristal desplegando tornados coloridos en el agua, tiendas lujosas, y la misma gama  impar de personas. Familias a strippers. Sólo en Las Vegas.


Entre y salí de unas tiendas sin suerte, y luego caminé hasta que llegué a una tienda de Tom Ford. En diez minutos, me había encontrado y probado un traje gris perfecto, pero tuve problemas para encontrar una corbata adecuada. —A la mierda —dije, tomando el traje y una camisa blanca de botones ¿Quién dijo que el novio tenía que usar una corbata?

Al salir del centro comercial, vi un par de Converse negros en la ventana.


Entré, pregunté por mi tamaño, me los probé, y sonreí. —Me quedo con ellos —le dije a la mujer ayudándome. Me sonrió, con una mirada en sus ojos que podría haberme calentado hace seis meses. Cuando una mujer te miraba de esa forma significaba que cualquier intento de meterte en sus pantalones se habría hecho mil veces más fácil. Esa mirada significaba: llévame a casa.


—Una gran elección —dijo con una voz suave, insinuante. Su pelo oscuro era largo, grueso y brillante. Probablemente a la mitad de su metro cincuenta. Era una sofisticada belleza asiática, envuelta en un apretado vestido y tacones altísimos. 


Sus ojos eran agudos, calculadores. Era exactamente el tipo de desafío que a mi viejo yo le hubiera encantado tomar—. ¿Te quedas en Las Vegas mucho tiempo?  

—Unos pocos días.  

—¿Esta es tu primera vez aquí? 

La segunda.   


—¡Oh! Estaba por ofrecerme a enseñarte  los alrededores.

—Voy a casarme con estos zapatos en un par de horas.


Mi respuesta apagó el deseo en sus ojos, y sonrio amablemente, pero claramente había perdido el interés. —Felicitaciones.


—Gracias —le dije, tomando mi recibo y la bolsa con la caja de zapatos en el interior.


Me fui, sintiéndome mucho mejor conmigo mismo de lo que habría  estado si este fuera un viaje de chicos y la hubiera llevado a mi habitación. Yo no sabía sobre el amor en aquel entonces. Era tan jodidamente fantástico ir a casa con Paula cada noche, y ver la mirada acogedora y amorosa de sus ojos. 


Nada era mejor que encontrar nuevas ideas para enamorarla de mí de nuevo.  Ya viví esa mierda, y esto era mucho, mucho más satisfactorio.


Una hora después de salir del Bellagio, había recogido un traje y una banda de oro para Paula, y estaba de vuelta donde empecé, en nuestra habitación de hotel. Me senté en el borde de la cama y agarré el control remoto, presionando el botón de encender. Una escena familiar iluminó la pantalla. 


Era Keaton, rodeada de cinta amarilla y todavía humeante. El ladrillo alrededor de las ventanas estaba carbonizado, y el terreno circundante se saturó de agua.

El periodista entrevistaba a una chica llorosa, describiendo cómo su compañera de cuarto no había regresado al dormitorio, y seguía esperando para saber si su amiga estaba entre los muertos. No pude aguantar más. Me cubrí la cara con las manos y apoyé los codos en las rodillas. Mi cuerpo temblaba mientras lloraba a mis amigos y a toda la gente que había perdido la vida, mientras pedía perdón una y otra vez por ser la razón por la que estaban allí, y por ser un jodido bastardo y escoger a Paula en lugar de regresar ahí. Cuando no podía llorar más,decidí tomar un baño, estuve un largo rato de pie bajo el agua humeante hasta que alcance el estado de ánimo que Paula necesitaba.

 
Ella no quería verme hasta minutos antes de la boda, así que saqué esos pensamientos de mi cabeza, me vestí, me perfumé, até los cordones de mis Converse y salí. Antes de cerrar, miré por un rato la habitación. Cuando volviera no sería solo Pedro, sería el esposo de Paula. Eso era lo único que hacía todo un poco más soportable. Mi corazón empezó a latir con fuerza. El resto de mi vida estaba a solo dos horas.


El ascensor se abrió, y seguí caminando por el pasillo que atravesaba el casino. El traje me hacía sentir como un millón de dólares, y la gente me miraba, preguntándose a donde iba el gilipollas de buen aspecto y Converse. Cuando estaba a mitad de camino, vi a una mujer sentada en el piso con bolsas de compras, llorando en su celular. Me detuve en seco. Era Paula.  

Instintivamente, di un paso a un lado, medio escondido tras una fila de máquinas tragamonedas. Con la música, el pitido, y la charla, no podía oír lo que estaba diciendo, pero me heló la sangre. ¿Por qué lloraba? ¿Con quién estaba llorando? ¿No quería casarse conmigo? ¿Debía enfrentarla? ¿Debería caminar hacia ella y que fuera lo que Dios quisiera?


Paula se levantó del suelo, luchando con sus bolsas. Todo en mí quería correr hacia ella y ayudarla, pero  tenía miedo. 


Estaba jodidamente aterrorizado de que si me acercaba a ella en ese momento, me diría la verdad, y  tenía miedo de escucharla. El bastardo egoísta en mí se hizo cargo, y me quede allí de pie, mientras se iba.


Una vez que estuvo fuera de mi vista, me senté en el taburete de una máquina tragamonedas. Saqué un cigarrillo, la punta chisporroteó antes que brillara en rojo mientras le  daba una larga calada. ¿Qué iba a hacer si Paula cambiaba de opinión? ¿Podríamos volver de algo así? Independientemente de la respuesta, iba a tener que encontrar una forma de hacerlo. 


Incluso si ella no podía seguir adelante con la boda, no podía perderla.


Me senté allí por un largo tiempo, fumando, deslizando billetes de un dólar en la máquina, mientras una camarera me traía bebidas gratis. Después del cuarto trago, la despedí con un gesto. Emborracharme antes de la boda no resolvería nada. Tal vez por eso Paula estaba reconsiderándolo. Amarla no era suficiente.


Necesitaba madurar de una puta vez, conseguir un trabajo de verdad, dejar de beber, pelear, y controlar mi maldita ira. Me senté solo en el casino, en silencio y prometí que ahora lo haría mejor, y comenzaría en ese momento.


Tomé mi teléfono. A sólo una hora de la boda. Le envié un mensaje a Paula,preocupado de lo que podría responder.


Te extraño.

miércoles, 4 de junio de 2014

CAPITULO 224




Paula 

 —¿En tres horas? —Mantuve mis músculos relajados, aunque todo mi cuerpo quería tensarse. Estábamos perdiendo mucho tiempo, y no tenía manera de explicarle a Pedro por qué necesita acabar con esto de una vez.


¿Acabar con esto de una vez? ¿Así es como me sentía realmente al respecto? 


Tal vez no se trataba sólo de que Pedro necesitaba una coartada plausible. Tal vez tenía miedo de acobardarme si tenía demasiado tiempo para pensar en lo que íbamos a hacer.  


—Sí —dijo Pedro—. Supuse que necesitarías tiempo para conseguir un vestido y un peinado y toda esa mierda femenina. ¿Me... me equivoqué?


—No. No, está bien. Supongo que pensé que llegaríamos aquí y simplemente lo haríamos. Pero, tienes razón.


—No vamos a ir al Red, Paloma. Nos vamos a casar. Sé que no es en una iglesia, pero pensé que...


—Sí. —Sacudí la cabeza y cerré los ojos por un segundo, y luego lo miré—Sí, tienes razón. Lo siento. Voy a bajar para buscar algo blanco, y luego vuelvo aquí y me prepararé. Si no puedo encontrar algo aquí, me iré a Crystals. Hay más tiendas allí.



Pedro se acercó a mí, deteniéndose a tan sólo unos centímetros de distancia. 

Me miró durante unos instantes, el tiempo suficiente para hacerme retorcer.


—Dime —dijo en voz baja. Sin importar cuánto tratara de justificarme, él me conocía lo suficientemente bien para saber —cara de póquer o no— que le ocultaba algo.


—Creo que lo que estás percibiendo es agotamiento. No he dormido en casi veinticuatro horas.


Suspiró, me besó en la frente, y luego se fue a la nevera. Se inclinó, y luego se volvió, sosteniendo dos pequeñas latas de Red Bull. —Problema resuelto.


—Mi prometido es un genio.


Me entregó una lata y, a continuación, me tomó en sus brazos. —Me gusta eso.


—¿Qué crea que eres un genio?


—Ser tu prometido.


—¿Sí? Todavía no me acostumbro a eso. Te llamaré de una manera diferente en tres horas.


—Me va a gustar aún más el nuevo nombre.


Sonreí, viendo a Pedro abrir la puerta del baño. 

—Mientras encuentras un vestido, me voy a tomar otra ducha, afeitarme, y luego tratar de encontrar algo que ponerme.


—¿Así que no estarás aquí cuando vuelva? 

—¿Quieres que esté? Es en la capilla Graceland, ¿verdad? Pensé que simplemente nos encontraríamos allí.


—Va a ser bastante lindo vernos mutuamente en la capilla, justo antes de hacerlo, vestida y lista para caminar por el pasillo. 

—¿Vas a caminar sola por Las Vegas durante tres horas?

—Crecí aquí, ¿recuerdas?


Pedro pensó por un momento. —¿Guillermo sigue trabajando como supervisor del casino?


Levanté una ceja. —No lo sé. No he hablado con él. Pero incluso si así fuera, el único casino que me queda cerca es el Bellagio, y eso está justo a la suficiente distancia para que yo camine a nuestra habitación.


Pedro pareció satisfecho con eso, y luego asintió. —Nos vemos allí. —Me guiñó un ojo, y luego cerró la puerta del baño.


Agarré mi bolso de la cama y la llave electrónica de la habitación, y, después de echar un vistazo a la puerta del baño, agarré el celular de Pedro de la mesa de noche.


Abriendo los contactos, presioné sobre el nombre que necesitaba, envié la información de contacto a mi teléfono a través de un mensaje de texto, y luego borré el mensaje al segundo en que se envió. Cuando dejé abajo el teléfono, la puerta del baño se abrió y Pedro apareció en sólo una toalla.  


—¿Licencia matrimonial? —preguntó.


—La capilla se hará cargo de eso por un pago extra. 

Pedro asintió, pareciendo aliviado, y luego cerró la puerta de nuevo.


Jalé la puerta de la habitación para abrirla y me dirigí al ascensor,registrando y luego llamando al nuevo número.


—Por favor, contesta —susurré. El ascensor se abrió, revelando una multitud de mujeres jóvenes, probablemente sólo un poco mayores que yo. Se reían y arrastraban las palabras, la mitad de ellas discutiendo acerca de su noche y las demás decidiendo si debían ir a la cama o sólo quedarse levantadas para no perder sus vuelos a casa.


—Contesta, maldita sea —dije después del primer timbre. 


Tres timbres después, saltó el correo de voz.


Te has comunicado con Marcos. Ya sabes qué hacer.  

—Ugh —resoplé, dejando que mi mano cayera a mi muslo. La puerta se abrió, y caminé con propósito hacia las tiendas de Bellagio.


Después de buscar por demasiados lujos, demasiada mala calidad, demasiado encaje, demasiadas cuentas, y demasiado... de todo, por fin lo encontré: el vestido que usaría cuando me convertiría en la señora Alfonso. Era blanco, por supuesto, y llegaba hasta las rodillas. Bastante simple, de verdad, excepto por el escote y una cinta de raso blanco que se ataba alrededor de la cintura. Me paré en el espejo, dejando que mis ojos estudiaran cada línea y detalle. 


Era hermoso, y me sentía hermosa en él. En sólo un par de horas, estaría parada junto a Pedro Alfonso, viendo cómo sus ojos captan cada curva de la tela.
 
Caminé a lo largo de la pared, explorando los numerosos velos. Después de intentar con el cuarto, lo puse de nuevo en su cubículo, nerviosa. Un velo era demasiado formal. Demasiado inocente. Otro me llamó la atención, y caminé allí,dejando que mis dedos se deslizaran sobre las diferentes cuentas, perlas, piedras y metales de diversas horquillas. Eran menos delicadas, y más... yo. Había muchos en la mesa, pero yo seguía regresando a uno en particular. Tenía una pequeña peinilla de plata, y el resto era sólo decenas de diamantes de imitación de diferentes tamaños que de alguna manera formaban una mariposa. Sin saber por qué, lo sostuve en mi mano, segura de que era perfecto. 

Los zapatos se hallaban en la parte trasera de la tienda. No tenía una gran cantidad para elegir, pero por suerte no fui muy exigente y elegí el primer par de tacones de tiras plateadas que vi. Dos tirantes pasaron sobre mis dedos de los pies, y dos más alrededor de mi tobillo, con un grupo de perlas para camuflar el cinturón. Afortunadamente tenían disponible la talla seis, así que me dirigí a la última cosa en mi lista: la joyería.


Elegí un simple pero elegante par de pendientes de perla. En la parte superior, donde se sujetaban a mi oreja, había un pequeño circonio cúbico, lo suficientemente llamativo para una ocasión especial, y un collar a juego. Nunca en mi vida había querido destacar. Al parecer, ni siquiera mi boda me cambiaría eso.


Pensé en la primera vez que estuve de pie frente a Pedro


Estaba sudoroso, sin camisa, y jadeando, y yo estaba cubierta de sangre de Cristian Young. Eso fue hace sólo seis meses, y ahora nos vamos a casar. Y tengo diecinueve años. Sólo tengo diecinueve años.

¿Qué diablos estoy haciendo?


Me paré en la caja registradora, mirando imprimirse el recibo para el vestido, los zapatos, la horquilla, y la joyería, tratando de no hiperventilar.


La pelirroja detrás del mostrador arrancó el recibo y me lo entregó con una sonrisa. —Es un vestido precioso. Una buena elección.


—Gracias —le dije. No estaba segura de sí le devolví la sonrisa o no. De repente, aturdida, me alejé, sosteniendo la bolsa contra mi pecho.  

Después de una breve parada en la tienda de joyas buscando un anillo de bodas de titanio negro para Pedro, eché un vistazo a mi teléfono y luego lo dejé de nuevo en mi bolso. Lo estaba haciendo bien.


Cuando entré en el casino, mi bolso comenzó a vibrar. Puse la bolsa entre mis piernas y busqué el teléfono. Después de que sonó dos veces, mis dedos buscaban con más desesperación, arañando y empujando todo a un lado para encontrar al teléfono a tiempo. 

—¿Hola? —chillé—. ¿Marcos?  

—¿Paula? ¿Está todo bien?


—Sí —suspiré mientras me sentaba en el suelo contra el lateral de la máquina tragamonedas más cercana—. Estamos bien. ¿Cómo estás?


—He estado pasando el rato con Cami. Está bastante molesta por el incendio. Perdió a algunos de sus clientes habituales.


—Oh, Dios, Marcos. Lo siento mucho. No puedo creerlo. No parece real —le dije, con mi garganta sintiéndose apretada—. Había tantos. Sus padres probablemente ni siquiera lo saben todavía. —Sostuve mi mano en mi cara.


—Sí. —Suspiró, sonando cansado—. Se parece a una zona de guerra allí.


¿Qué es ese ruido? ¿Estás en una galería? —Parecía disgustado, como si ya supiera la respuesta, y no podía creer que fuéramos tan insensibles. 

—¿Qué? —le dije—. Dios, no. Nosotros... tomamos un vuelo a Las Vegas.


—¿Qué? —dijo, indignado. O tal vez sólo confuso, no podía estar segura. Él era excitable.


Me encogí ante la desaprobación en su voz, sabiendo que era sólo el comienzo. Yo tenía un objetivo. Tenía que dejar mis sentimientos a un lado lo mejor que podía hasta que lograra lo que vine a buscar. —Sólo escucha. Es importante. No tengo mucho tiempo, y necesito tu ayuda. 

—Está bien. ¿Con qué?


—No hables. Sólo escucha. ¿Me lo prometes?


—Paula, deja de jugar. Sólo dime de una jodida vez. 

—Había un montón de gente en la pelea de anoche. Mucha gente murió. Alguien tiene que ir a la cárcel por ello. 

—¿Crees que va a ser Pedro?  


—Él y Agustin, sí. Tal vez John Savage, y cualquier otro que crean que trabajaba allí. Gracias a Dios Valentin no estaba en la ciudad. 

—¿Qué hacemos?


—Le pedí a Pedro que se casara conmigo. 

—Uh... bien. ¿Cómo diablos le va a ayudar eso?


—Estamos en Las Vegas. Tal vez si podemos probar que nos encontrábamos fuera para casarnos a las pocas horas, aun si unas pocas docenas de chicos universitarios borrachos dan testimonio de que él estuvo en la pelea, esto va a sonar una locura suficiente para crear una duda razonable. 

—Paula —suspiró.


Un sollozo quedó atrapado en mi garganta. —No lo digas. Si crees que no va a funcionar, no me lo digas, ¿de acuerdo? Fue todo en lo que pude pensar, y si él se entera de por qué estoy haciendo esto, no se casaría.

—Por supuesto que no lo hará. Paula, sé que tienes miedo, pero esto es una locura. No puedes casarte con él para mantenerlo fuera de problemas. Esto no va a funcionar, de todos modos. Ustedes no se fueron hasta después de la pelea.

—Te dije que no me lo digas.


—Lo siento. Él tampoco querría que hagas esto. Querría que te cases con él porque tú quieres. Si alguna vez se entera, le vas a romper el corazón.


—No lo sientas, Marcos. Va a funcionar. Por lo menos le dará una oportunidad. Es una oportunidad, ¿no? Son mejores probabilidades de las que él tenía.


—Supongo —dijo, sonando derrotado.


Suspiré y asentí, tapándome la boca con la mano libre. Las lágrimas nublaron mi visión, haciendo un caleidoscopio de la planta del casino. Una probabilidad era mejor que nada.


—Felicitaciones —dijo.  

—¡Felicidades! —dijo Cami en el fondo. Su voz sonaba cansada y ronca,aunque estaba segura de que era sincera.


—Gracias. Mantenme actualizada. Hazme saber si van a husmear la casa, o si oyes algo acerca de una investigación.


—Lo haré... y es jodidamente raro que nuestro hermano pequeño sea el primero en casarse.  

Me eché a reír una vez. —Supéralo.  

—Vete a la mierda. Y, te quiero.

—Yo también te quiero, Marcos.


Sostuve el teléfono en mi regazo con ambas manos, viendo que la gente que pasaba me miraba. Obviamente se preguntaban por qué estaba sentada en el suelo, pero no lo suficiente para preguntarme. Me levanté, cogí mi cartera y bolso, y respiré hondo.

—Aquí viene la novia —dije, dando mis primeros pasos.

CAPITULO 223



Pedro  


Paula me tomó la mano, jalándome mientras caminamos por el casino hacia los ascensores. Yo arrastraba los pies, tratando de echar un vistazo alrededor antes de que subiéramos. Sólo habían pasado unos meses desde la última vez que estuvimos en Las Vegas, pero esta vez era menos estresante. Nos encontrábamos aquí por una razón mucho mejor. De cualquier modo,Paula seguía completamente enfocada, negándose a hacer una pausa el tiempo suficiente para que me pusiera demasiado cómodo en alguna mesa. Ella odiaba Las Vegas y con buena razón, lo que me hizo cuestionar aún más por qué decidió venir aquí, pero mientras estuviera en una misión para ser mi esposa, yo no iba a discutir.  


—Pepe —dijo, jadeando—, los ascensores están justo... allí... —Me tiró un poco más hasta llegar a su destino final.


—Estamos de vacaciones, Paloma. Relájate.


—No, nos vamos a casar, y tenemos menos de veinticuatro horas para hacerlo.


Presioné el botón, llevándonos a ambos a un espacio abierto al lado de la multitud. No debería haber sido una sorpresa que haya tanta gente que esté finalizando su noche tan cerca de la salida del sol, pero incluso un chico de fraternidad salvaje como yo podría estar impresionado aquí. 


—Todavía no lo puedo creer —le dije. Llevé sus dedos a mi boca y los besé.


Paula seguía mirando por encima de las puertas del ascensor, viendo los números descender. —Ya lo has mencionado. —Me  miró y una de las esquinas de su boca se curvó—. Créelo, cariño. Estamos aquí.



Mi pecho se levantó mientras mis pulmones se llenaban de aire,preparándose para dejar escapar un largo suspiro. En los últimos tiempos, o tal vez nunca, mis huesos y músculos se habían sentido tan relajados. Mi mente estaba a gusto. Se sentía extraño sentir todas esas cosas, sabiendo lo que acababa de dejar detrás en el campus, y al mismo tiempo se sentía tan responsable. Era desconcertante y perturbador, esto de sentirse feliz un minuto, y como un criminal al siguiente.


Se formó una rendija entre las puertas del ascensor, y luego se deslizaron lentamente hasta abrirse, permitiendo que los pasajeros se dirijan al pasillo. Paula y yo salimos juntos con nuestra pequeña maleta. Una mujer tenía un bolso grande,
un gran equipaje de mano que tenía el tamaño de dos de los nuestros, y una maleta vertical de cuatro ruedas, en la que podría caber al menos dos niños pequeños.


—¿Te estás mudando aquí? —le pregunté—. Eso es genial. —Paula me dio un codazo en las costillas.


Ella me lanzó una larga mirada, luego a Paula, y después habló con un acento francés. —No. —Apartó la mirada, claramente infeliz de que le haya hablado.


Paula y yo intercambiamos miradas, y entonces ella ensanchó sus ojos, en silencio diciendo: Guau, qué perra. Traté de no reírme. Maldita sea, amaba a esa mujer, y me encantaba saber lo que pensaba sin que tenga que decirme una palabra.

La mujer francesa asintió. —Presiona el botón del piso treinta y cinco, por favor. —Casi el Penthouse. Por supuesto.


Cuando las puertas se abrieron en el piso veinticuatro, Paula y yo salimos a la alfombra adornada, un poco perdidos, haciendo el repaso que las personas siempre hacen cuando miran su habitación de hotel. Finalmente, al final del pasillo, Paula insertó su llave electrónica y la sacó rápidamente.


La puerta hizo clic. La luz se tornó verde. Entramos.


Paula encendió la luz y sacando su bolso por encima de su cabeza, lo arrojó sobre la cama king-size. Me sonrió. —Es lindo. 

Solté el bolso, dejándolo caer, y luego tomé a Paula en mis brazos. —Ya está.Estamos aquí. Cuando durmamos en esta cama más tarde, vamos a ser marido y mujer.


Paula me miró a los ojos, profundos y reflexivos, y luego tomó un lado de mi cara. Una esquina de su boca se curvó. —Tengamos por seguro que así será.


No pude empezar a imaginar qué pensamientos se arremolinaban detrás de sus hermosos ojos grises, porque casi de inmediato esa mirada reflexiva desapareció.


Se alzó sobre las puntas de sus pies y me dio un beso en la boca. —¿A qué hora es la boda?

CAPITULO 222



Pedro 


Paula se inclinó con una sonrisa cuando besé su mejilla, y luego continuó con el registro mientras me giraba hacia el organizador para concretar una capilla.


Miré en dirección a mi futura esposa, sus largas piernas apoyadas en un par de tacones de plataforma que hacían a un buen par de piernas lucir incluso mejor. Su ligera y delgada camisa, sólo lo suficientemente transparente, me sentí decepcionado de ver una camiseta sin mangas debajo. Sus gafas de sol favoritas estaban ajustadas al frente de su sombrero favorito y solo algunos mechones largos de su cabello caramelo, un poco ondulados después de secarlos naturalmente luego de su ducha, caían en cascada escapando de su sombrero. Mi Dios, esa mujer era jodidamente sexy. Ni siquiera tenía que intentarlo, y todo lo que yo quería era  estar sumergido en todo su asunto. Ahora que estábamos comprometidos, no sonaba como un pensamiento tan bastardo.  


—¿Señor? —dijo el organizador. 


—Oh, sí. Hola —dije, dándole una última mirada a Paula antes de prestarle al tipo toda mi atención —. Necesito una capilla. Abierta toda la noche. Elegante.


Sonrió. —Por supuesto, señor. Tenemos varias para usted justo aquí en Bellagio  Son completamente hermosas y…


—¿De casualidad no tienes a Elvis en una capilla de aquí, cierto? Imagino que si vamos a casarnos en Las Vegas, deberíamos ser casados por Elvis o al menos invitarlo, ¿sabes?



—No, señor. Me disculpo, las capillas del Bellagio no ofrecen un impostor de Elvis. Sin embargo, puedo encontrar un par de números para que usted llame y pida esa aparición en su boda. También hay, por supuesto, la mundialmente famosa Capilla Graceland , si lo prefiere. Ellos tienen paquetes que incluyen un impostor de Elvis.


—¿Elegantes?


—Estoy seguro de que estará muy complacido. 

—Muy bien, esa. Tan rápido como sea posible.

El organizador sonrió. —¿Tenemos prisa, cierto?


Comencé a sonreír, pero me di cuenta que ya estaba sonriendo, y probablemente lo había estado, como un idiota, desde que llegué al escritorio. — ¿Ves esa chica de allí?


Él la miró. Rápidamente. Respetuosamente. Me agradaba. —Sí señor. Es un hombre afortunado.


—Estoy seguro de que lo soy  Programa la boda para dos… tal vez tres horas desde ahora? Necesitará tiempo para terminar algunas cosas y estar lista.


—Muy considerado de su parte, señor. —Cliqueó un par de botones en su teclado y luego agarró el ratón, moviéndolo alrededor y cliqueándolo un par de veces. Su sonrisa se desvaneció a medida que se concentraba y luego levantó su rostro de nuevo cuando terminó. La impresora zumbó, y luego me entregó un pedazo de papel—. Aquí tiene, señor. Felicitaciones. —Extendió su puño y lo choqué, sintiéndome como si me acabase de entregar un boleto ganador dela lotería.