jueves, 29 de mayo de 2014

CAPITULO 204



El primer día del semestre de primavera por fin llegó, no había dormido en toda la noche, dando vueltas en la cama temiendo y esperando con impaciencia ver a Paula de nuevo. Independientemente de mi noche sin dormir, estaba decidido a ser todo sonrisas, sin dejar ver cuánto había sufrido, ni a Paula ni a nadie más.


En el almuerzo, mi corazón casi estalló en mi pecho cuando la vi. Parecía diferente, pero era la misma, la diferencia es que lucía como una extraña. No podía acercarme a ella para besarla y tocarla como antes. Los grandes ojos de Paula parpadearon una vez cuando me vio, le sonreí y le guiñé un ojo, sentándome al final de nuestra mesa habitual. Los jugadores de fútbol estaban ocupados discutiendo acerca de la pérdida de su condición, así que traté de aliviar su angustia contándoles algunas de mis experiencias más interesantes sobre estas vacaciones, como ver a Marcos babear por Cami y cuando su Intrepid se descompuso y casi terminamos arrestados por intoxicación pública mientras
caminábamos a casa.


Por la esquina de mi ojo, vi a Jeronimo abrazar a Paula a su lado, y por un momento me pregunté si quería que me fuera, o si ella podría estar molesta.


De cualquier manera, odiaba no saberlo.



Metiendo el último mordisco de algo frito y empanizado y que sabía desagradable dentro de mi boca, recogí mi bandeja y caminé detrás de Paulaapoyando mis manos sobre sus hombros.


—¿Qué tal las clases, Valen? —le pregunté, esperando que mi voz sonará casual.


El rostro de Valen se apretó. —El primer día apesta, horas de planes de estudio y clases de normas. No sé ni siquiera por qué vengo la primera semana, ¿y tú?


—Eh… todo es parte del juego, ¿Qué hay de ti, Paloma? —Traté de que la tensión de sus hombros no afectara a mis manos.


—Lo mismo. —Su voz era pequeña y distante.


—¿Tuviste unas buenas vacaciones? —le pregunté juguetonamente, balanceándome de lado a lado.


—Muy bien.


Sí, esto era extraño como la mierda.


—Genial. Tengo otra clase. Nos vemos después. —Salí rápidamente de la cafetería, alcanzando la cajetilla de Marlboro que tenía en el bolsillo antes de que atravesará la puerta de metal.


Las siguientes dos clases fueron una tortura, el único lugar que se sentía como un refugio seguro era mi habitación, lejos de la escuela, lejos de todo lo que me recordaba que estaba solo, y lejos del resto del mundo que seguía adelante, que no se daba cuenta de que sentía tanto dolor que era palpable. Valentin me decía que no sería tan malo después de un tiempo, pero no parecía disminuir.


Me encontré a mi primo en el estacionamiento enfrente del Morgan Hall, tratando de no mirar la entrada. Valentin parecía al borde y no habló mucho en el
camino al departamento.


Cuando se estacionó en su lugar en el estacionamiento, suspiró. Me debatí si preguntarle o no, si él y Rosario tenían problemas pero no creía que pudiera manejar su mierda y la mía.


Agarré mi mochila del asiento trasero y abrí la puerta, deteniéndome solo lo suficiente para quitar el seguro.


—Oye —dijo Valentin, cerrando la puerta detrás de mí—. ¿Estás bien?


—Sí —le dije desde el pasillo sin darme vuelta.


—Fue un poco raro lo de la cafetería.


—Supongo —dije dando un paso más.


—Entonces, eh… debería probablemente decirte algo que oí, quiero decir…demonios Pepe, no sé si debo decirte o no, no sé si esto te hará sentir mejor o peor.


Me di la vuelta. —¿De quién lo escuchaste?


—Ro y Paula estaban hablando, acerca… mencionaron que Paula había estado triste en las vacaciones.


Me quedé en silencio tratando de mantener mi respiración.


—¿Escuchaste lo que dije? —me interrogó Valentin juntando sus cejas.


—¿Qué significa eso? —pregunté, levantando mis manos—. ¿Ella ha sido desdichada sin mí? ¿Por qué ya no somos amigos? ¿Qué?


Valentin asintió. —Definitivamente fue una mala idea.


—Dime —grité sintiéndome derrotado—. No puedo… ¡no puedo seguir sintiéndome de esta manera! —Lancé las llaves al pasillo, escuchando un fuerte crujido cuando hicieron contacto contra la pared—. Ella apenas me reconoció hoy y, ¿me estás diciendo que me quiere de vuelta? ¿Cómo amigo? ¿De la forma que estábamos antes de Las Vegas? ¿O simplemente es miserable en general?


—No lo sé.


Dejé caer mi mochila en el piso y la pateé hacia donde estaba Valentin¿Po… por qué me estas haciendo esto, hombre? Crees que no estoy sufriendo bastante, porque te lo prometo, es demasiado.


—Lo siento, Pepe. Sólo pensé que sería algo que yo quisiera saber... si estuviera en tu lugar.


—¡Tú no eres yo! Sólo, joder… Sólo déjalo, Valen. Deja esa mierda. —Cerré mi puerta y me senté en la cama, con la cabeza apoyada en mis manos.



Valentin abrió la puerta. —No estoy tratando de hacerlo más difícil por si es lo que piensas. Pero sé que si lo supieras después, me patearías el trasero por no decírtelo. Eso es todo lo que estoy diciendo.


Asentí una vez. —Está bien.


—Piensas… ¿piensas que si tal vez te centraras en toda la mierda que tenías que aguantar con ella lo haría más fácil?


Suspiré. —Lo he intentado, insistiendo en el mismo pensamiento.


—¿Qué es?


—Ahora que ha terminado, me gustaría poder quitar todas las cosas malas… sólo para tener las buenas.


Los ojos de Valentin recorrieron mi cuarto, tratando de pensar en algo reconfortante que decirme, pero él estaba claramente fuera de su elemento. Su celular sonó.


—Es Marcos —dijo leyendo la pantalla. Sus ojos se iluminaron—. ¿Quieres tomar algunos tragos en el Red? Se desocupa a las cinco hoy. Su coche se descompuso y quiere que lo lleves a ver a Cami. Deberías ir, hombre. Toma mi carro.


—Está bien, hazle saber que estoy yendo. —Me limpié la nariz antes de levantarme.


En algún momento entre mi salida del departamento y al llegar al estacionamiento de grava de la tienda de tatuajes en la que trabaja Marcos,Valentin debió alertar a Marcos de mi día de mierda. Marcos insistió en ir directamente a Red Door tan pronto como se sentó en el asiento del copiloto del Charger, en lugar de ir a casa primero para que se cambiara.


Cuando llegamos, nos quedamos solos con excepción de Cami, el dueño y algún tipo del bar, pero era mitad de semana—la hora preferida por los universitarios y noche de cerveza barata. No pasó mucho tiempo para que el lugar
se llenara de gente.


Estaba iluminado por el tiempo con Lore y algunos de sus amigos que habían hecho el viaje, pero no fue hasta que Aldana se detuvo que me moleste en mirar hacia arriba.


—Luces bastante descuidado, Alfonso.


—No —dije tratando de que mis labios entumecidos formaran la palabra.


—Vamos a bailar —se quejó tirándome del brazo.


—No creo que pueda —le dije balanceándome.


—Creo que no deberías —dijo divertido Marcos.


Aldana me compró una cerveza y se sentó en el taburete al lado del mío. A los diez minutos ya estaba manoseando mi camisa, y no sutilmente, tocando mis brazos y luego mis manos. Antes del cierre había abandonado su taburete y se paró al lado mío—o mejor dicho sobre mi muslo.


—Así que no vi la moto afuera. ¿Te trajo Marcos?


—No, traje el carro de Valentin.


—Amo ese carro —susurró—. Debes dejar que te lleve a casa.


—¿Quieres conducir el Charger? —le pregunté.


Miré por encima a Marcos, que sofocaba una risa. —Probablemente no sea una mala idea, hermanito. Se cuidadoso… en todos los sentidos.


Aldana me levantó del taburete y me llevó al estacionamiento. Ella llevaba un ajustado top de lentejuelas con una falda de mezclilla y botas, pero parecía no importarle el frío —si es que lo había. No podría decirte.


Se rio cuando puse un brazo alrededor de sus hombros para ayudarme a no perder equilibrio mientras caminaba. Cuando llegamos al lado del copiloto del auto de Valentin, dejó de reír.


—Algunas cosas nunca cambian, ¿eh, Pedro?


—Supongo que no —le dije mirando fijamente sus labios.


Aldana envolvió sus brazos alrededor de mi cuello y tiró de mí hacia ellos, ni siquiera dudó en meter su lengua en mi boca. Estaba húmeda, suave y vagamente familiar.
Después de unos minutos de apretar su trasero, subió sus piernas a mi cintura y la sostuve agarrando sus muslos, apreté mi pelvis contra la suya. Su trasero chocó contra el carro y gimió en mi boca.


A Aldana siempre le gustaba lo rudo.


Su lengua hizo un camino por mi cuello y fue cuando me di cuenta del frío, sintiendo el calor que iba dejando con su boca.


La mano de Aldana se puso entre nosotros y agarró mi polla, sonrió porque me encontraba justo dónde ella quería que estuviera. —Mmmmmmm, Pedro —murmuró mordiendo mi labio.


—Paloma—La palabra se escapó de mi boca mientras estrellaba mis labios contra los de ella. En ese momento de la noche, era bastante fácil fingir.


Aldana se rio. —¿Qué? —Al estilo Aldana, no exigió una explicación cuando no respondí—. Vamos a tu departamento —dijo agarrando las llaves de mi mano—. Mi compañera está enferma.


—¿En serio? —pregunté abriendo la puerta—. ¿De verdad quieres manejar el Charger?


—Mejor yo que tú —me contestó, besándome por última vez antes de dejarme del lado del copiloto.


Mientras Aldana conducía, se rio y me contó acerca de sus vacaciones a la vez que abría mis jeans y buscaba en su interior. Era una buena cosa que estuviera borracho porque no me había puesto así desde el día de Acción de Gracias. De lo contrario en el momento que llegáramos al departamento, Aldana habría tenido que agarrar un taxi y terminaría así la noche.


A mitad de camino la pecera vacía brilló en mi mente. —Espera un segundo.Espera un segundo —dije señalando la calle—. Para en el Swift Mart, tenemos que recoger algo…


Aldana  buscó en su bolsa y sacó una pequeña caja de condones. —Lo tengo cubierto.


Me recosté y sonreí, ella realmente era mi tipo de chica.


Aldana se detuvo en el lugar de estacionamiento de Valentin, había estado en el departamento suficientes veces para reconocerlo. Corrió con pequeños pasos,tratando de llegar rápido con esos tacones de aguja.


Me apoyé en ella para subir las escaleras y se rio contra mi boca cuando finalmente me di cuenta de que la puerta no estaba cerrada y la empujamos para pasar a través de ella.


A mitad del beso me quedé congelado, Paula estaba de pie en la sala sosteniendo a Moro.


—Paloma —dije aturdido.

—¡Lo encontré! —dijo Rosario saliendo corriendo de la habitación de Valentin.


—¿Qué estás haciendo aquí?

CAPITULO 203




El cajón de la mesita de noche crujió cuando lo abrí. Mis dedos tocaron el fondo y se detuvieron en las esquinas de una caja pequeña. Con cuidado, la saqué,sosteniéndola en mis manos contra mi pecho. Mi pecho subía y bajaba con un suspiro, y luego abrí la caja, haciendo una mueca al ver el anillo de diamantes brillante en el interior. Sólo había un dedo que pertenecía dentro de ese círculo de oro blanco, y con cada día que pasaba, ese sueño parecía cada vez menos posible.


Sabía, cuando compré el anillo, que pasarían años antes de que se lo diera a Paula, pero tenía sentido mantenerlo por si acaso surgía el momento perfecto.


Saber que estaba allí me daba algo por lo que esperar, incluso ahora. Dentro de esa caja estaba la poca esperanza que me quedaba.


Después de guardar el diamante, y darme una larga charla mental, caminé por fin por el pasillo hasta el baño, intencionalmente manteniendo los ojos en mi reflejo del espejo. La ducha y el afeitado no mejoraron mi estado de ánimo, y tampoco (más tarde me gustaría señalarle eso a Valentin) el cepillarme los dientes.


Me puse una camisa negra abotonada y pantalones de mezclilla, y luego me puse mis botas negras.


Valentin llamó a mi puerta y entró, vestido y listo para irse también.


—¿Tu vienes? —le pregunté, poniéndome mi cinturón. No estoy seguro de por qué me sorprendió. Sin Rosario aquí, no tendría planes con nadie más que con nosotros.


—¿Está bien?


—Sí. Sí, yo sólo... Supongo que tú y Marcos trabajaron en esto antes.


—Bueno, sí —dijo, escéptico y tal vez un poco divertido porque acababa de descubrirlo.


El bocinazo del Intrepid sonó afuera y Valentin señaló el pasillo con el pulgar. —Vamos andando.


Asentí una vez y lo seguí. El coche de Marcos olía a colonia y a cigarrillos.


Puse un Marlboro en mi boca y alcé mi culo para poder coger un encendedor de mi bolsillo.


—Por lo tanto, el Red está lleno, pero Cami habló con el tipo de la puerta para que nos dejara entrar. Tienen una banda en vivo, supongo, y casi todo el mundo está en casa. Parece ser una buena idea.


—Salir con nuestros compañeros borrachos y perdedores de la secundaria en una ciudad universitaria muerta. Genial —me quejé.


Marcos sonrió. —Viene un amigo mío. Ya verás.


Mis cejas se alzaron. —Dime que no lo hiciste.


Unas pocas personas se apiñaban en la puerta, la gente estaba esperando a que los dejaran entrar. Nos deslizamos por delante de ellos, ignorando sus quejas,mientras que pagamos y entramos directamente.


Había una mesa junto a la entrada, llena de sombreros de fiesta de Año Nuevo, gafas, palos luminosos y kazoos. Los regalos habían sido en su mayoría escogidos, pero no pude evitar que Marcos encontrara un par de gafas ridículas que estaban formadas por los números del nuevo año. El suelo estaba lleno de brillantina, y la banda estaba tocando "Hungry Like the Wolf".


Fulminé a Marcos, quien fingió no darse cuenta. Valentin y yo seguimos a mi hermano mayor hasta la barra, donde Cami abría las botellas y repartía las bebidas a toda velocidad, deteniéndose sólo un momento para escribir números en el registro o escribir una adición a la pestaña de alguien. Sus botes de propina se desbordaban, y ella tuvo que empujar hacia abajo los billetes verdes en el vaso cada vez que alguien agregaba una propina.


Cuando vio a Marcos, sus ojos se iluminaron. —¡Lo hiciste! —Cami cogió tres botellas de cerveza, hizo estallar la parte superior, y las puso en la barra delante de él.


—Dije que lo haría —sonrió él, inclinándose sobre el mostrador para besar sus labios.


Ese fue el final de la conversación, ya que rápidamente volvió a deslizar otra botella de cerveza por el bar y se esforzó por escuchar otra orden.


—Ella está bien —dijo Valentin, observándola.


Marcos sonrió. —Absolutamente lo está.


—¿Tú estas…? —Comencé.


—No —dijo Marcos, sacudiendo la cabeza—. Todavía no. Estoy trabajando en ello. Ella tiene un chico universitario imbécil en Cali. Sólo tiene que enojarla por última vez y va a averiguar lo imbécil que es.


—Buena suerte con eso —dijo Valentin, tomando un trago de su cerveza.


Marcos y yo intimidamos a un grupo lo suficientemente pequeño para que dejaran su mesa, así que tranquilamente empezó nuestra noche de beber y observar a la gente.


Cami se encargó de Marcos desde lejos, ella envío a más de una camarera regularmente con vasitos llenos de tequila y botellas de cerveza. Me alegré de que fuera mi cuarto trago de Cuervo cuando comenzó la segunda balada de la década de 1980 de la noche.


—Esta banda es una mierda, Marcos —le grité por encima del ruido.


—¡Tú no aprecias el legado de las bandas de pelo largo! —gritó de nuevo—. Oye. Mira allí —dijo, señalando a la pista de baile.


Una pelirroja se paseó por el espacio lleno de gente, una sonrisa brillante iluminando su rostro pálido.


Marcos se levantó para abrazarla, y su sonrisa se hizo más amplia. —¡Hola, Marquitos! ¿Cómo has estado?


—¡Bien! ¡Genial! Trabajando. ¿Y tú?


—¡Genial! Estoy viviendo en Dallas ahora. Trabajo en una empresa de relaciones públicas. —Sus ojos recorrieron la mesa, a Valentin y luego a mí—. ¡Oh, Dios mío! ¿Este es tu hermanito? ¡Yo solía cuidar de él!


Mis cejas se juntaron. Tenía grandes tetas y curvas como una modelo de 1940. Estaba seguro de que si había pasado algún tiempo con ella en mis años de formación, lo recordaría.


Marcos sonrió. —Pedro, te acuerdas de Carissa, ¿verdad? Se graduó con Manuel y Nahuel.


Carissa tendió la mano y la estreché una vez. Puse el extremo del filtro de un cigarrillo entre mis dientes delanteros, y encendí el encendedor. —Creo que no lo hago —le dije, sacando el paquete casi vacío de mi bolsillo delantero.


—Tú no eras tan viejo —sonrió ella.


Marcos señaló hacia Carissa. —Ella acaba de pasar por un mal divorcio con Javier Jacobs. ¿Te acuerdas de Javier?


Negué con la cabeza, ya cansado del juego al que Marcos jugaba.


Carissa tomó el vaso lleno que estaba delante de mí y lo bebió entero, y luego se hizo a un lado hasta que estuvo a mi lado. —He oído que has pasado por un momento difícil últimamente, también. ¿Tal vez podríamos hacernos compañía esta noche?


Por la expresión de sus ojos, pude ver que estaba ebria... y solitaria. —No necesito una niñera —le dije, dando una calada.


—Bueno, ¿tal vez sólo una amiga? Ha sido una larga noche. Vine aquí sola porque todas mis amigas están casadas ahora, ¿sabes? —Ella se rio nerviosamente.


—En realidad no.

Carissa bajó la mirada, y sentí un poco de culpa. Yo estaba siendo un idiota, y ella no había hecho nada para merecer eso de mí.


—Oye, lo siento —le dije—. Realmente no quiero estar aquí.


Carissa se encogió de hombros. —Yo tampoco. Pero no quería estar sola.


La banda dejó de tocar, y el cantante comenzó la cuenta regresiva desde diez. Carissa miró a su alrededor, y luego de nuevo a mí, sus ojos pasando por alto.


Su línea de visión se redujo a mis labios, y luego al unísono la multitud gritó—:¡FELIZ AÑO NUEVO!


La banda tocó una versión aproximada de "Auld Lang Syne", y luego los labios de Carissa se estrellaron contra los míos. Mi boca se movió contra la de ella por un momento, pero sus labios eran tan extraños, tan diferentes a lo que estaba acostumbrado, sólo hizo el recuerdo de Paula más vivo, y la constatación de que ella se había ido más dolorosa.


Me aparté y me limpié la boca con la manga.


—Lo siento mucho —dijo Carissa, viendo que me iba de la mesa.


Me abrí paso entre la multitud hacia el baño de hombres y me encerré en el único puesto. Saqué mi teléfono y lo sostuve en mis manos, mi visión borrosa y el sabor podrido de tequila en mi lengua.


Paula probablemente está borracha, también, pensé. A ella no le importará si la llamo. Es la víspera de Año Nuevo. Incluso podría estar esperando mi llamada.


Busqué entre los nombres en mi libreta de direcciones, deteniéndome en Paloma. Giré mi muñeca, viendo la misma tinta en mi piel. Si Paula hubiese querido hablar conmigo, me hubiese llamado. Mi oportunidad llegó y se fue, y le dije a papá que la iba a dejar seguir adelante. Borracho o no, llamarla era egoísta.


Alguien llamó a la puerta del puesto. —¿Pedro? —preguntó Valentin—.¿Estás bien?


Abrí la puerta y salí, mi teléfono todavía en la mano.


—¿La has llamado?


Negué con la cabeza y luego miré la pared de azulejos de la habitación. Me eche hacia atrás, y luego lancé mi teléfono, viendo cómo se rompía en mil pedazos y se dispersaban en el suelo. Un pobre desgraciado de pie en el urinario saltó, sus hombros volaron hasta sus orejas.


—No —dije—. Y no voy a hacerlo.


Valentin me siguió hasta la mesa sin decir palabra. Carissa había desaparecido, y tres nuevos tragos estaban esperándonos.


—Pensé que podría conseguir despejar tu mente, Pepe, lo siento. Siempre me hace sentir mejor estar con una chica muy caliente cuando he estado en donde tú estás ahora —dijo Marcos.


—Entonces no has estado donde estoy yo —le dije, tomándome el tequila de un trago. Me levanté rápidamente, agarrando el borde de la mesa para estabilizarme—. Es hora de que me vaya a casa y me desmaye, chicos.


—¿Estás seguro? —preguntó Marcos, viéndose un poco decepcionado.


Después de que Marcos llamara la atención de Cami el tiempo suficiente para despedirse, nos dirigimos a la Intrepid. Antes de arrancar el vehículo, él me miró.


—¿Crees que alguna vez ella regrese?


—No.


—Entonces tal vez es hora de aceptar eso. A menos que no la quieras en tu vida para nada.


—Lo estoy intentando.


—Me refiero a cuando las clases comiencen. Compórtate como hacías antes de verla desnuda.


—Cállate, Marcos.


Marcos arrancó el motor y dio marcha atrás con el coche. —Estaba pensando —dijo, girando la rueda, y luego empujó la palanca de cambios—, que ustedes eran felices cuando eran amigos, también. Tal vez podrías volver a eso. Quizás piensas que no puedes y por eso estás tan miserable.


—Tal vez —le dije, mirando por la ventana.

CAPITULO 202



¡Marcos está llamando otra vez! ¡Contesta el maldito teléfono! —gritó Valentin desde la sala de estar.


Mi móvil seguía en la parte superior de la televisión. El punto más lejano de mi dormitorio en el apartamento.


Los primeros días de tortura sin Paula lo encerré en la guantera del Charger.


Valentin lo trajo de nuevo, argumentando que debería estar en el apartamento en caso de que mi padre llamara. No me pude negar a lo lógico, estaba de acuerdo,pero sólo si lo dejaba en el televisor.


La necesidad de cogerlo y llamar a Paula me estaba enloqueciendo, por el contrario.


—¡Pedro! ¡El teléfono!



Me quedé mirando el techo blanco, agradecido de que mis otros hermanos hubieran cogido la indirecta, y me sentí molesto porque Marcos no lo hubiera hecho. Él me había mantenido ocupado o borracho por la noche, pero tenía la impresión de que también tenía que llamar en cada pausa mientras él estaba en el trabajo. Sentí que estaba en algún tipo de vigilancia de suicidio Alfonso.


Dos semanas y media de vacaciones de invierno, y el impulso de llamar a Paula se había convertido en necesidad. Cualquier acceso a mi teléfono me parecía
una mala idea.


Valentin abrió la puerta y arrojó el pequeño rectángulo negro al aire. Se posó sobre mi pecho.


—Jesús, Valen. Te lo dije…


—Sé lo que dijiste. Tienes dieciocho llamadas perdidas.


—¿Todas de Marcos?


—Una es de Portadores de Pantis Anónimos.


Cogí el teléfono de mi estómago, apreté mi brazo, y luego abrí mi mano,dejando caer el plástico duro al suelo. —Necesito un trago.


—Necesitas una ducha. Hueles a mierda. También es necesario que te cepilles los malditos dientes, te afeites, y te pongas desodorante.


Me senté. —Tú dices mucha mierda, Valen, pero me parece recordar que hice la colada y la sopa durante tres meses enteros después de Anya.


Se burló. —Por lo menos me lavaba los dientes.


—Necesito que programes otra pelea —dije, cayendo de nuevo sobre el colchón.


—Tuviste una sólo hace dos noches, y la otra semana una antes de eso. Los números se redujeron debido a la ruptura. Agustin no programará otra hasta reanudar las clases.


—Entonces, trae a la gente al lugar.


—Demasiado arriesgado.


—Llama a Agustin, Valentin.


Valentin se acercó a mi cama, cogió mi celular, hizo clic en algunos botones,y luego lanzó de nuevo el teléfono a mi estómago. —Llámalo tú mismo.


Puse el teléfono en mi oreja.


—¡Capullo! ¿Qué has estado haciendo? ¿Por qué no has contestado a tu teléfono? ¡Quiero salir esta noche! —dijo Marcos.


Entrecerré los ojos hacia la parte posterior de la cabeza de mi primo, pero salió de mi habitación sin mirar atrás.


—No me da la gana, Marcos. Llama a Cami.


—Ella es una camarera. Es la víspera de Año Nuevo. 
¡Podemos ir a verla, sin embargo! A menos que tengas otros planes…


—No. No tengo otros planes.


—¿Sólo quieres sentarte allí y morir?


—Más o menos —suspiré.


—Pedro, te amo, hermanito, pero estás siendo un enorme cobarde. Ella era el amor de tu vida. Lo entiendo. Es una mierda. Lo sé. Pero nos guste o no, la vida tiene que seguir.


—Gracias, Sr. Rogers.


—No eres lo suficientemente mayor para saber quién es.


—Pablo nos hizo verlo un montón de veces, ¿recuerdas?


—No. Escucha. Salgo a las nueve. Voy a recogerte a las diez. Si no estás vestido y listo, y me refiero a duchado y afeitado, voy a llamar a un montón de gente y a decirles que estás teniendo una fiesta en tu casa con seis barriles y prostitutas gratis.


—Maldita sea, Marcos, no lo hagas.


—Sabes que lo haré. Última advertencia. A las diez o a las once tendrás invitados. Sólo feos.


Me quejé. —Joder, te odio.


—No, no lo haces. Nos vemos en unos noventa minutos.
El teléfono rechinó en mi oído antes de que colgara. 


Conociendo a Marcos,probablemente estaba llamando desde la oficina de su jefe, dando una patada hacia atrás con los pies sobre el escritorio.


Me senté, mirando alrededor de la habitación. Las paredes estaban vacías,carentes de las fotos de Paula que una vez habían llenado la pintura blanca. El sombrero colgado encima de mi cama, se veía orgulloso después de la vergüenza de ser sustituido por la fotografía en blanco y negro enmarcada de Paula y yo.


Marcos realmente iba a obligarme a hacer esto. Me imaginaba a mí mismo sentado en el bar, todo el mundo pasándoselo bien a mí alrededor, ignorando el hecho de que me sentía miserable y —de acuerdo con Valentin y Marcos— siendo un cobarde.


El año pasado bailé con Aldana y termine llevándola a casa de Kassie Beck,lo que hubiera sido una buena idea para mantener en la lista si ella no hubiera vomitado en el armario del pasillo.


Me pregunté qué planes tenía Paula para esta noche, pero traté de no permitir que mi mente divagara demasiado en el ámbito de lo que ella podría hacer. Valentin no había mencionado si Rosario tenía planes. No estaba seguro de si me lo ocultaba a propósito. Hablar sobre eso parecía demasiado masoquista, incluso para mí.

miércoles, 28 de mayo de 2014

CAPITULO 201



No queriendo dudar, inmediatamente me acerqué y la besé. Me besó de vuelta, y aunque sólo quería que fuera corto y dulce, mis labios se abrieron,haciendo que su cuerpo reaccionara. Su lengua se deslizó en mi boca, y cada parte de mí me gritó que fuera a toda máquina. La empujé contra mí, y Paula dejó caer una pierna al costado, acogiendo mis caderas para que encajaran firmemente entre sus muslos.


En cuestión de segundos, estaba desnuda debajo de mí y sólo me tomó dos movimientos para sacarme la ropa. 


Presionando mi boca contra la suya, duro, agarré las vigas de hierro de la cabecera de la cama con ambas manos, y en un rápido movimiento, me empujé dentro de ella. Mi cuerpo se sintió inmediatamente caliente, y no pude dejar de moverme contra ella, incapaz de controlarme. Gemí contra la boca de Paula cuando arqueó la espalda para mover sus caderas contra las mías. En un punto apretó los pies contra el colchón para poder levantarse y dejarme penetrarla completamente.


Con una mano en el hierro, y la otra en la nuca de Paula, me mecí dentro de ella una y otra vez, todo lo que había pasado entre nosotros, todo el dolor que había sentido, olvidado. La luz de la ventana se derramó mientras perlas de sudor empezaron a formarse en nuestra piel, facilitando el poder deslizarme.


Estaba a punto de acabar cuando las piernas de Paula comenzaron a estremecerse, y clavó las uñas en mi espalda. Sostuve mi aliento y me empujé en su interior por última vez, gimiendo por los intensos espasmos que recorrían mi cuerpo.


Paula se relajó contra el colchón, su línea de pelo empapada, y sus extremidades flácidas.


Respiraba como si hubiera terminado una maratón, mi sudor cayéndome por el pelo, bajando por mi oído y por el costado de mi rostro.


Los ojos de Paula se enfocaron cuando escuchó voces murmurando abajo.


Me di la vuelta, escaneando su cara con pura adoración.


—Dijiste que sólo me ibas a besar. —Me miró como lo hacía antes, haciendo que fuera sencillo pretender.


—¿Por qué no nos quedamos todo el día en la cama?


—¿Vine aquí a cocinar, recuerdas?


—No, viniste a ayudarme a cocinar, y no me presentaré a trabajar durante ocho horas.


Tocó mi rostro, su expresión preparándome para lo que podría decir.


—Pedro, creo que…


—No lo digas ¿está bien? No quiero pensar en eso hasta que tenga que hacerlo. —Me paré y me puse los calzoncillos, caminando hacia su mochila. Arrojé su ropa a la cama, y tiré de mi camisa por mi cabeza—Quiero recordar este como un buen día.


Pareció que no mucho después de despertarnos, ya era hora de almorzar, el día pasó demasiado jodidamente rápido. Temía cada minuto, maldiciendo el reloj cuando se acercaba la noche.


Ciertamente, había terminado con Paula. Ni siquiera importaba que estuviera fingiendo, me negué a considerar la verdad mientras estuviera a mi lado.


Cuando nos sentamos para la cena, papá insistió en que cortara el pavo, y Paula sonrió orgullosa mientras hacía los honores.


El clan Alfonso aniquiló el duro trabajo de Paula, y la llenó de cumplidos.

—¿Hice suficiente? —rio.


Papa sonrió, llevando su tenedor a la boca para limpiarlo para el postre. —Hiciste suficiente, Paula. Sólo queríamos abastecernos hasta el próximo año… A menos que quieras hacer esto de nuevo en Navidad. Eres una Alfonso, ahora. Espero que estés con nosotros en cada día de fiesta, y no para cocinar.


Con las palabras de papá, la verdad se infiltró y mi sonrisa se desvaneció.


—Gracias, Horacio.


—No le digas eso, papá —dijo Marcos—. Tiene que cocinar. ¡No he tenido una comida decente desde que tenía cinco años! —Se metió media porción de tarta de nuez en la boca, gimiendo con satisfacción.


Mientras mis hermanos limpiaban la mesa y lavaban los platos, me senté con Paula en el sillón, tratando de no sostenerla muy fuerte. Papá ya se había acostado, su estómago lleno, dejándolo muy cansado para tratar de estar despierto.


Puse los pies de Paula en mi regazo, y le saqué los zapatos, masajeando las plantas de sus pies con mis pulgares. Ella amaba eso, y lo sabía. Puede ser que hubiera estado tratando de recordarle sutilmente lo bueno que éramos juntos, aunque en el fondo supiera que era tiempo para que siguiera adelante.


Paula me amaba, pero también le importaba demasiado como para enviarme a empacar cuando debía. Aunque antes le había dicho que no podía alejarme de ella, finalmente me daba cuenta de que la amaba demasiado como para joder su vida quedándome, o para perderla completamente obligándonos a ambos a aguantar hasta que nos odiáramos.


—Esta ha sido la mejor Acción de Gracias que hemos tenido desde que mamá murió —dije.


—Me alegro de haber estado aquí para verlo.


Tomé aire. —Soy diferente —dije, en conflicto con lo que diría después—,no sé lo que me pasó en Las Vegas. Ése no era yo. Estaba pensando en todo lo que podría comprar con ese dinero, y eso fue en todo lo que pensé. No vi lo mucho que te dolía que te hiciera volver allí, pero en el fondo, creo que lo sabía. Merezco que me dejes. Merecía todas las noches sin dormir y todo el dolor que he sentido.
Necesitaba eso para darme cuenta de lo mucho que te necesito y de lo que estoy dispuesto a hacer para mantenerte en mi vida.Has dicho que has terminado conmigo, y lo acepto. Soy una persona diferente desde que te conocí. He cambiado… para bien. Pero no importa cuanto lo intente, parece que no puedo hacer las cosas bien contigo. Fuimos amigos primero, y no te puedo perder, Paloma. Siempre te amaré, pero si no puedo hacerte feliz, no tiene sentido tratar de recuperarte. No puedo imaginarme estar con alguien más,pero voy a ser feliz siempre y cuando seamos amigos.


—¿Quieres que seamos amigos?


—Quiero que seas feliz. Sin importar qué.


Sonrió, rompiendo la parte de mi corazón que quería retirar lo que había dicho. Parte de mí esperaba que me dijera que me callara la boca porque nos pertenecíamos el uno al otro.


—Cincuenta dólares a que me lo agradecerás cuando conozcas a tu futura esposa.


—Esa es una apuesta fácil —dije. No podía imaginar una vida sin ella, y ella ya pensaba en nuestros futuros separados—. La única mujer con la cual deseo casarme acaba de romperme el corazón.


Paula limpió sus ojos y se levantó. —Creo que es hora de que me lleves a casa.


—Vamos, Paloma. Lo siento, eso no fue gracioso.


—No es eso,Pepe. Estoy cansada, y estoy lista para ir a casa.


Contuve el aliento y asentí, parándome. Paula se despidió de mis hermanos con un abrazo, y le pidió a Marcos que saludara a papá. Me paré en la puerta con nuestras maletas, mirándolos ponerse de acuerdo para volver en navidad.


Cuando frené para detenerme en Morgan Hall, tuve un pequeño sentimiento de cierre, pero no evitó que mi corazón se rompiera. Me incliné para besar su mejilla, y sostuve la puerta abierta, mirándola mientras entraba. —Gracias por lo de hoy. No sabes lo feliz que hiciste a mi familia.


Paula se detuvo al pie de las escaleras. —Les dirás mañana, ¿no?


Miré al Charger, tratando de contener las lágrimas. —Estoy seguro de que ya lo saben. No eres la única con una cara de póker, Paloma.


La dejé sola en los escalones, negándome a mirar atrás. Desde ahora, el amor de mi vida era sólo una conocida. No estaba seguro de qué expresión tenía mi rostro, pero no quería que la viera.


El Charger se quejó mientras manejaba más allá del límite a la casa de mi padre. Me tambaleé en la sala, y Pablo me entregó una botella de whiskey.


Todos tenían un poco en un vaso.


—¿Les dijiste? —le pregunté a Marcos, mi voz estaba rota.


Marcos asintió.


Caí de rodillas, y mis hermanos me rodearon, poniendo sus manos en mi cabeza y hombros como apoyo.