miércoles, 28 de mayo de 2014

CAPITULO 200




Excavando en el armario por sábanas y una manta, extendí las fundas en el suelo junto a la cama, agradecido de que al menos tuviéramos un tiempo a solas para hablar.Paula salió del baño, dejé caer una almohada en el suelo sobre la cabecera de las mantas, y luego tomé mi turno para la ducha.


No perdí el tiempo, rápidamente frotando el jabón por todo mi cuerpo, dejando que el agua enjuagara la espuma tan pronto como se formaba. En menos de diez minutos, estaba seco y vestido, caminando hacia la habitación.


Paula estaba tumbada en la cama cuando regresé, las sábanas tan arriba de su pecho como podían. La cama improvisada no era ni de cerca tan atractiva como una con Paula acurrucada en su interior. Me di cuenta de que mi última noche a su lado la pasaría despierto, escuchando su respiración a escasos centímetros de distancia, sin poder tocarla.


Apagué la luz, y me situé en el suelo. —Esta es nuestra última noche juntos, ¿verdad?


—No quiero pelear, Pepe. Sólo duérmete.


Me di la vuelta para mirarla, apoyando la cabeza sobre mi mano. Paula se giró, también, y nuestros ojos se encontraron.


—Te amo.


Me observó por un momento. —Lo prometiste.


—Prometí que esto no era un truco para volver a estar juntos. No lo fue. — Estiré una mano para tocar la suya—. Pero si hubiera significado estar contigo de nuevo, no puedo decir que no lo habría considerado.


—Me preocupo por ti. No quiero hacerte daño, pero debería haber seguido mi instinto en primer lugar. Nunca hubiera funcionado.


—Pero me amaste, sin embargo, ¿cierto?


Apretó los labios. —Aún lo hago.


Cada emoción se apoderó de mí en oleadas, tan fuertemente que no pude distinguir una de otra. —¿Puedo pedirte un favor?


—Estoy en parte en el medio de la última cosa que me pediste que hiciera — dijo con una sonrisa.


—Si realmente esto es todo… si de verdad has acabado conmigo… ¿me dejarías sostenerte esta noche?


—No creo que sea una buena idea, Pepe.


Mi mano apretó más la suya. —¿Por favor? No puedo dormir sabiendo que estás a centímetros de distancia, y que nunca tendré la oportunidad de nuevo.


Paula me miró durante unos segundos, y luego frunció el ceño. —No voy a acostarme contigo.


—Eso no es lo que estoy pidiendo.


Los ojos de Paula recorrieron el suelo por un rato mientras contemplaba su respuesta. Finalmente cerrando los ojos con fuerza, se deslizó del borde de la cama, y apartó las sábanas.


Me metí en la cama a su lado, estrechándola entre mis brazos apresuradamente. Se sentía tan increíblemente bien el acoplamiento con toda la tensión en la habitación, que me esforcé por no derrumbarme.


—Voy a echar de menos esto —dije.


Besé su pelo y la acerqué más, enterrando mi cara en su cuello. Descansó su mano en mi espalda, y tomé otra bocanada, intentando respirarla, para que este momento en el tiempo se grabara en mi cerebro.


—No… no creo que pueda hacer esto, Pedro—dijo tratando de liberarse.


No quería restringirla, pero si resistirme significaba evitar el dolor ardiente que había sentido por días, tenía sentido aferrarse.


—No puedo hacer esto —volvió a decir.


Sabía lo que quería decir. Estar juntos así era desgarrador, pero no quería que terminara.


—Entonces no lo hagas —dije contra su piel—, dame otra oportunidad.


Luego de un último intento de liberarse, Paula cubrió su cara con ambas manos y lloró en mis brazos. La miré, con lágrimas quemándome los ojos.


Tiré gentilmente de una de sus manos y besé su palma. Paula respiró escalonadamente mientras miraba sus labios, y de vuelta a sus ojos. —Nunca amaré a nadie de la forma que te amo, Paloma.


Resopló y tocó mi rostro, ofreciéndome un gesto de disculpa. —No puedo.


—Lo sé —dije, mi voz quebrándose—. Nunca me convencí de que yo fuera lo suficientemente bueno para ti.


La cara de Paula se arrugó y sacudió la cabeza. —No eres sólo tú, Pepe. No somos buenos el uno para el otro.


Sacudí la cabeza, queriendo estar en desacuerdo, pero tenía en parte razón.


Merecía algo mejor, lo que ella siempre había querido. 


¿Quién mierda era yo para arrebatarle eso?


Con ese reconocimiento, respiré profundo, y descansé la cabeza en su pecho.


Me desperté, escuchando conmoción en el piso de abajo.


—¡Ay! —gritó Paula de la cocina.


Bajé las escaleras corriendo, poniéndome una remera por la cabeza.


—¿Estás bien Paloma? —El suelo frío envió ondas expansivas por mi cuerpo, empezando en los pies—. ¡Mierda! ¡El suelo está jodidamente congelado! —Salté
de un pie al otro, haciendo que Paula sofocara una risa.


Todavía era temprano, quizás cinco o seis, y todos estaban dormidos. Paula se inclinó para empujar el pavo en el horno, y mi erección mañanera tuvo incluso una razón más para sobresalir a través de mis pantaloncillos cortos


—Puedes volver a la cama. Sólo tengo que poner el pavo dentro —dijo.


—¿Vienes?


—Sí.


—Muéstrame el camino —dije, barriendo mi mano hacia las escaleras.


Me arranqué la camisa mientras metíamos nuestras piernas bajo las sabanas, tirando de la manta hacia el cuello. Apreté mis brazos a su alrededor mientras temblábamos,esperando a que nuestro calor corporal calentara el espacio entre nuestra piel y las mantas.


Miré por la ventana, viendo los copos de nieve caer del cielo gris. Besé el pelo de Paula, y pareció derretirse contra mí. En ese abrazo, se sentía como si nada hubiera cambiado.


—Mira, Paloma. Está nevando.



Giró para enfrentar la ventana. —Se siente como navidad —dijo, presionando ligeramente su mejilla contra mi piel. Un suspiro desde mi garganta hizo que me mirara.


—¿Qué?


—No estarás aquí para navidad.


—Estoy aquí, ahora.


Tiré mi boca en una media sonrisa, y me incliné para besar sus labios. Paula se echó hacia atrás y sacudió la cabeza.


—Pepe…


La sostuve fuerte y bajé el mentón. —Me quedan menos de veinticuatro horas contigo, Paloma. Te voy a besar. Te voy a besar un montón hoy. Todo el día.Cada vez que pueda. Si quieres que pare, sólo di la palabra, pero hasta entonces, voy a hacer que cada segundo de mi último día contigo cuente.


—Pedro… —empezó Paula, pero después de unos segundos de pensarlo, su línea de visión bajó de mis ojos a mis labios.

CAPITULO 199



Las fáciles conversaciones que solíamos tener se perdieron en mí.
Nada de lo que venía a mi mente parecía apropiado, y estaba preocupado de molestarla antes de llegar a lo de mi padre.


El plan era que interpretara su parte, empezara a echarme de menos, y entonces tal vez tendría otra oportunidad para suplicar que regresara. Era una apuesta arriesgada, pero lo único que tenía a mi favor.


Entré en el húmedo camino de grava y subí nuestros equipajes hasta el porche frontal.


Papá abrió la puerta con una sonrisa.


—Es bueno verte, hijo. —Sonrió ampliamente cuando miró a la empapada pero hermosa chica junto a mí—Paula Chaves. Estamos deseando la cena de mañana. Ha pasado mucho tiempo desde que… Bueno. Ha pasado mucho tiempo.


En casa, papá descansó la mano sobre su protuberante estómago y sonrió.


—Los puse en la habitación de invitados,Pepe. No me imaginé que quisieran pelearse con la cama simple de tu habitación.



Paula me miró. —Paula uh… va a uh… tomar la habitación de invitados. Yo dormiré en la mía.


Marcos se acercó, su rostro crispado en disgusto. —¿Por qué? Ha estado quedándose en tu apartamento, ¿no?


—Últimamente no —dije, intentando no arremeter en su contra. Sabía exactamente por qué.


Papá y Marcos intercambiaron miradas.


—La habitación de Pablo ha servido de almacenamiento durante años, así que iba a dejarle que tomara tu habitación. Supongo que puede dormir en el sofá —dijo papá, mirando sus andrajosos, descoloridos cojines.


—No te preocupes por eso, Horacio. Sólo intentábamos ser respetuosos —dijo Paula, tocando mi brazo.


La risa de papá rugió por toda la casa, y le acarició la mano. 


—Ya has conocido a mis hijos,Paula. Deberías saber que es casi malditamente imposible ofenderme.


Señalé hacia las escaleras, y Paula me siguió. Empujé gentilmente la puerta con mi pie y deposité nuestras maletas en el suelo, mirando la cama y luego a Paula. Sus ojos grises se agrandaron mientras escaneaba la habitación,
deteniéndose en una foto de mis padres que colgaba en la pared.


—Lo siento, Paloma. Dormiré en el suelo.


—Malditamente seguro que lo harás —dijo, recogiéndose el pelo en una coleta—. No puedo creer que te dejara meterme en esto.


Me senté en la cama, dándome cuenta de lo infeliz que la hacía la situación.


Supongo que parte de mí esperaba que estuviera tan aliviada como yo de estar juntos. —Esto va a ser un jodido desastre. No sé en qué pensaba.


—Sé exactamente en lo que pensabas. No soy estúpida, Pedro.


Alcé la vista y la ofrecí una cansada sonrisa. —Pero aun así viniste.


—Tengo que prepararlo todo para mañana —dijo, abriendo la puerta.


Me levanté. —Te ayudaré.


Mientras Paula preparaba las patatas, los pasteles, y el pavo, estuve ocupado llevando y entregándole las cosas, y completando las pequeñas tareas de cocina que me asignaba. La primera hora fue incómoda, pero cuando los gemelos llegaron, todo el mundo pareció congregarse en la cocina, ayudando a Paula a relajarse. Papá le contó a Paula historias sobre sus chicos, y todos nos reímos de las historietas sobre las anteriores y desastrosas cenas de Acción de Gracias, cuando habíamos intentado hacer algo más que pedir una pizza.


—Ana era un infierno de cocinera —reflexionó papá—Pepe no lo recuerda, pero no tenía sentido intentarlo después de su muerte.


—Sin presiones, Paula —dijo Marcos. Se rio entre dientes, y luego agarró una cerveza de la nevera—. Juguemos a las cartas. Quiero intentar recuperar parte de mi dinero que Paula tomó.


Papá agitó el dedo. —Sin póker este fin de semana, Marcos. He traído el dominó; ve a prepararlo. Sin apuestas, maldita sea. Lo digo en serio.


Marcos negó con la cabeza. —Está bien, viejo, está bien. —
Mis hermanos salieron serpenteando de la cocina, y Marcos los siguió, deteniéndose para mirar hacia atrás—. Vamos, Pepe.


—Voy a ayudar a Paloma.


—No hay mucho más que hacer, bebé —dijo Paula—. Adelante.


Sabía que lo había dicho para el show, pero no cambió la forma en la que me hizo sentir. Alcancé su cadera. —¿Estás segura?


Asintió y me incliné para besarla en la mejilla, apretando su cadera con mis dedos antes de seguir a Marcos a la sala de juegos.


Nos sentamos en la habitación de las cartas, preparándonos para una partida amistosa de dominó.


Marcos reventó la caja, maldiciendo al cartón por cortarle debajo de su uña antes de negociar las normas.


Manuel soltó un bufido. —Eres un puto bebé, Marcos, sólo acéptalo.



—No puedes contar de todos modos, imbécil. ¿De qué estás tan ansioso?


Me reí por la contestación de Marcos, atrayendo su atención hacia mí.


—Tú y Paula se llevan bien —dijo—. ¿Cómo funciona todo esto?


Sabía a qué se refería, y le disparé una mirada por abordar el tema en frente de los gemelos. —Con mucha persuasión.


Papá llegó y se sentó. —Es una buena chica, Pedro. Me alegro por ti, hijo.


—Lo es —dije, intentando no dejar que la tristeza se mostrara en mi cara.


Paula estaba ocupada limpiando en la cocina, y parecía como si pasase cada segundo luchando contra la urgencia de unirme a ella. Podrían ser unas vacaciones familiares, pero quería pasar cada momento libre con ella tanto como pudiera.


Media hora después, ruidos de roce me alertaron sobre el hecho de que el lavavajillas se había iniciado. Paula se acercó a despedirse antes de hacer su camino hacia las escaleras. Me levanté de un salto y tomé su mano.


—Es pronto, Paloma. No te estás yendo a la cama, ¿lo estás?


—Ha sido un día largo. Estoy cansada.


—Estábamos a punto de ver una película. ¿Por qué no vienes aquí abajo y pasas el rato?


Miró hacia las escaleras y luego a mí. —Está bien.


La llevé de la mano hacia el sofá, y nos sentamos juntos mientras los créditos iniciales aparecían.


—Apaga esa luz, Manuel—ordenó papá.


Llegué por detrás de Paula, apoyando el brazo sobre el respaldo del sofá.Luché contra la urgencia de envolver mis brazos alrededor de ella. Tenía dudas sobre su reacción, y no quería aprovecharme de la situación cuando estaba
haciéndome un favor.


A mitad de la película, la puerta frontal se abrió de golpe, y Pablo dio vuelta a la esquina, maletas en mano.


—¡Feliz Acción de Gracias! —dijo, dejando su equipaje en el suelo.


Papá se levantó y le abrazó, y todo el mundo hizo lo mismo excepto yo.


—¿No vas a saludar a Pablo? —murmuró Paula.


Observé a mi padre y hermanos abrazarle y reírse. —Tengo una sola noche contigo. No voy desperdiciar ni un segundo de ella.


—Hola, Paula. Es bueno verte de nuevo. —Pablo sonrió.


Toqué la rodilla de Paula. Bajó la vista, y luego me miró. Notando su expresión, aparté la mano de su pierna y entrelacé los dedos en mi regazo.


—Uh-oh. ¿Problemas en el paraíso? —preguntó Pablo.


—Cállate, Pablito—me quejé.


El ambiente en la sala cambió, y todos los ojos se posaron en Paulaesperando una explicación. Sonrío nerviosamente, y luego tomó mi mano entre las suyas.


—Simplemente estamos cansados —dijo, sonriendo—. Hemos trabajado toda la tarde en la comida. —Su mejilla se presionó contra mi hombro.


Miré nuestras manos y luego las apreté, deseando que hubiera alguna manera de poder decir entonces cuánto apreciaba lo que había hecho.


—Hablando de cansancio, estoy agotada —suspiró Paula—. Me voy de cabeza a la cama, bebé. —Miró a los demás—. Buenas noches, chicos.


—Buenas noches, hermanita —dijo papá.


Todos mis hermanos dieron las buenas noches, y observaron a Paula hacer su camino por las escaleras.


—Me voy, también —dije.


—Apuesto a que lo haces —bromeó Marcos.


—Bastardo afortunado —murmuró Nahuel.


—Oye. No hablaremos de tu hermana de esa forma —advirtió papá.


Ignorando a mis hermanos corrí por las escaleras, agarrando la puerta de la habitación justo antes de que se cerrara. Dándome cuenta de que podría querer desvestirse, y de que ya no estaría cómoda haciéndolo delante de mí, me congelé.


—¿Quieres que espere en la sala mientras te pones el pijama?


—Voy a meterme en la ducha. Me vestiré en el baño.


Me froté la nuca. —Está bien. Me haré una cama, entonces.


Sus grandes ojos eran de acero sólido mientras asentía, su pared obviamente impenetrable. Tomó algunas cosas de su bolsa antes de dirigirse al baño.

CAPITULO 198




Los días pasaban lentamente. Pero quedarse hasta tarde para estudiar con Valentin y a veces Rosario, ayudaba a acortar las noches de insomnio. Marcos prometió no decirle a papá o el resto de los chicos Alfonso sobre Paula hasta después de Acción de Gracias, pero todavía lo temía, saber que ya les había dicho que ella iría. Preguntarían por ella, y luego verían a través de mí cuando les mintiera.


Después de mi última clase del viernes, llamé a Valentin—Hola, ya sé que se supone que está fuera de los límites, pero necesito saber a dónde va Paula en las vacaciones.


—Bueno, eso es fácil. Va a estar con nosotros. Va a pasar las vacaciones en donde de Rosario.


—¿En serio?


—Sí, ¿por qué?


—Por nada —dije, y de pronto colgué el teléfono.


Caminé por el campus bajo la lluvia, esperando a que la clase de Paula la dejara salir. Fuera del edificio Hoover, vi como algunas personas de la clase de cálculo de Paula se congregaron afuera. La nuca de Adrian apareció a la vista, y después Paula.


Estaba acurrucada en el interior de su abrigo de invierno, parecía incómoda con el balbuceo de Adrian.


Me quité la gorra roja de béisbol y fui corriendo en su dirección. Los ojos de Paula se desviaron a los míos, el reconocimiento hizo que levantara sus cejas mínimamente.


Me repetía el mismo mantra en mi cabeza. No importa el comentario que el imbécil de Adrian haga, juega en frío. No arruines más esto. No. Jodas. Más. Esto.


Para mi sorpresa, Adrian se fue sin decirme una palabra.


Metí las manos en los bolsillos de mi sudadera con capucha. —Valentin dijo que vas a ir con él y Ro a Wichita mañana.


—¿Sí?


—¿Pasarás todas tus vacaciones en lo de Rosario?


Se encogió de hombros, esforzándose con demasiada fuerza para no ser afectada por mi presencia. —Soy realmente cercana con sus padres.


—¿Qué pasa con tu mamá?


—Ella es una alcohólica, Pedro. No sabe que es Acción de gracias.


Mi estómago dio un vuelco, sabiendo que la respuesta a mi siguiente pregunta iba a ser mi última oportunidad. Un trueno rodó por encima de nosotros y miré hacia arriba, entrecerré mis ojos cuando las grandes gotas cayeron sobre mi cara.



—Necesito pedirte un favor —dije, esquivando la dura lluvia—. Ven aquí.—Empujé a Paula bajo el techo más cercano para que no se empapara con el repentino aguacero.


—¿Qué clase de favor? —preguntó, claramente sospechando. Era difícil escucharla a través de la lluvia.


—Mi uh... —Cambié mi peso, mis nervios tratando de obtener lo mejor de mí. ¡Mi mente gritaba abortar!, pero estaba decidido a intentarlo, por lo menos—Papá y los chicos todavía están esperándote el jueves.


—Pedro —gimió Paula.


Miré a mis pies. —Dijiste que ibas a venir.


—Lo sé, pero... es un poco inapropiado ahora, ¿no te parece?


—Dijiste que ibas a venir —dije, tratando de mantener la voz calmada.


—Todavía estábamos juntos cuando estuve de acuerdo en ir a casa contigo. Sabías que no iba a ir.


—No lo sabía, y ya es demasiado tarde, de todos modos. Pablo está volando, y Nahuel dejó el trabajo. Todo el mundo está deseando verte.


Paula se encogió, haciendo girar un mechón de su cabello húmedo alrededor de su dedo. —Ellos iban a venir de todos modos, ¿no es así?


—No todos. No hemos estado todos nosotros ahí para Acción de Gracias en años. Todos hicieron un esfuerzo por estar ahí, ya que les prometí una comida real.No hemos tenido una mujer en la cocina desde que murió mamá y…


—Eso no es sexista ni nada.


—Eso no es lo que quise decir, Paloma, vamos. Todos te queremos ahí. Eso es todo lo que estoy diciendo.


—No les has dicho sobre de nosotros, ¿verdad?


—Papá preguntaría por qué, y no estoy dispuesto a hablar con él sobre eso.Nunca podré sacarme de la cabeza lo estúpido que soy. Por favor, ven, Paloma.


—Tengo que poner el pavo a las seis de la mañana. Tendríamos que salir de aquí a las cinco...


—O podríamos quedarnos allí.


Sus cejas se alzaron. —¡De ninguna manera! Ya es bastante malo que vaya a tener que mentirle a tu familia y fingir que todavía estamos juntos.


Su reacción, a pesar de lo previsto, aún picó un poco en mi ego. —Actúas como si te estuviera pidiendo prenderte fuego.


—¡Deberías haberles dicho!


—Lo haré. Después de Acción de Gracias... les diré.


Suspiró y miró hacia otro lado. Esperar por su respuesta fue como arrancarme las uñas una por una.


—Si me prometes que este no es un truco para tratar de volver a estar juntos, lo haré.


Asentí, tratando de no parecer demasiado ansioso. —Te lo prometo.


Sus labios formaron una dura línea, pero no había el más mínimo atisbo de una sonrisa en sus ojos. —Nos vemos a las cinco.


Me incliné para besarla en su mejilla. Sólo había querido darle un beso rápido, pero mis labios se habían perdido en su piel, y era difícil separarse. —Gracias, Paloma.



Después de que Valentin y Rosario se dirigieran a Wichita en el Honda, limpié el apartamento, doblé la última carga de ropa, fumé medio paquete de cigarrillos, llené una bolsa de viaje, y luego discutí con el reloj por ser tan lento.


Cuando finalmente dieron las cuatro y media, corrí escaleras abajo al auto de Valentin, tratando de no acelerar todo el camino hasta Morgan.


Cuando llegué a la puerta de Paula, su expresión confusa me tomó por sorpresa.


—Pedro —suspiró.


—¿Estás lista?


Paula levantó una ceja. —¿Lista para qué?


—Dijiste que te recogiera a las cinco.


Cruzó los brazos sobre su pecho. —¡Quise decir cinco de la mañana!


—Oh. Creo que debería llamar a papá y hacerle saber que no vamos a estar ahí después de todo.


—¡Pedro! —se lamentó.


—Traje el coche de Valen, así no teníamos que lidiar con las maletas en la moto. Hay un dormitorio disponible en el que puedes dormir. Podemos ver una película o…


—¡No me voy a quedar en casa de tu padre!


Mi rostro se ensombreció. —Está bien. Te uh... Te veré por la mañana.


Di un paso atrás, y Paula cerró la puerta. Aún vendría, pero mi familia definitivamente sabría que algo pasaba si ella no se presenta esta noche como yo había dicho que haría. Caminé por el pasillo lentamente a medida que marcaba el número de mi padre. Iba a preguntar por qué, y no quería mentirle abiertamente.


—Pedro, espera.


Me volteé para ver a Paula de pie en el pasillo.


—Dame un minuto para empacar algunas cosas.


Sonreí, casi abrumado por el alivio. Caminamos juntos de regreso a su habitación, y esperé en la puerta mientras metía un par de cosas en una bolsa. La escena me recordó a la noche que había ganado la apuesta, y me di cuenta que no cambiaría ni un solo segundo del tiempo que pasamos juntos.


—Todavía te amo, Paloma.


No levantó la vista. —No lo hagas. No estoy haciendo esto por ti.


Aspiré una bocanada de aire, el dolor físico tirando en todas las direcciones sobre mi pecho. —Lo sé.

CAPITULO 197



Varios minutos pasaron antes de que recuperara las fuerzas para ponerme de pie. Mis pies no querían moverse, pero de alguna manera los obligué a cooperar lo suficiente para que me llevaran a la Harley. Me senté en el asiento y dejé que mis lágrimas cayeran. La pérdida era algo que sólo había experimentado una vez en mi vida, pero esto se sentía más real. Perder a Paula no era una historia que recordaba de una niñez temprana; estaba en mi cara, debilitándome como una enfermedad, robándome mis sentidos y, físicamente, siendo extremadamente doloroso.


Las palabras de mi madre hicieron eco en mis oídos. Paula era la chica por la que tenía que luchar, y caí luchando. Nada de eso alguna vez iba a ser suficiente.


Un Dodge Intrepid rojo se estacionó a un lado de mi moto. No tenía que levantar la mirada para ver quién era.


Marcos apagó el motor, descansando un brazo fuera de la ventana abierta.


—Hola.


—Hola —dije, limpiándome los ojos con la manga de la chaqueta.


—¿Noche difícil?


—Sí —asentí, observando el tanque de combustible de la Harley.


—Acabo de salir del trabajo. Necesito un maldito trago. Ve conmigo hasta Dutch.


Tomé un largo y entrecortado suspiro. Marcos, como papá y el resto de mis hermanos, siempre sabían cómo manejarme. Ambos sabíamos que no debía conducir en mi condición.


—Está bien.


—¿Sí? —dijo Marcos con una pequeña sonrisa, una sonrisa de sorpresa.


Pasé la pierna hacia atrás sobre el asiento, y luego caminé hasta el lado de pasajero del auto de Marcos. El calor de la ventilación quemó mi piel, y por primera vez en esa noche sentí lo frío que estaba el aire, y reconocí que no tenía suficiente ropa para la temperatura que hacía afuera.


—¿Valentin te llamó?


—Síp. —Se retiró de la plaza de aparcamiento y lentamente maniobró a través del estacionamiento, encontrando la calle a paso de tortuga. Se giró a mirarme—. ¿Supongo que un tipo llamado Fabian llamó a su chica? Dijo que tú y Paula estaban peleando afuera de la cafetería.


—No estábamos peleando. Sólo estaba... intentando recuperarla.


Marcos asintió una vez, estacionando en la calle. —Eso es lo que pensé.


No hablamos de vuelta hasta que tomamos nuestros lugares en el bar de Dutch. Había demasiada gente, pero Bill, el dueño y barman, conocía a papá desde que nosotros éramos niños, y la mayoría de los clientes habituales nos vieron crecer.


—Me alegro de verlos chicos. Ha pasado bastante tiempo —dijo Bill, limpiando el mostrador antes de colocar unas cervezas y un chupito en la barra delante de cada uno de nosotros.


—Hola, Bill —dijo Marcos, inmediatamente arrojándose devuelta a su chupito.


—¿Te sientes bien, Pedro? —preguntó Bill.


Marcos respondió por mí. —Se va a sentir mejor después de unas cuantas rondas.


Estaba agradecido. En ese momento, si hablaba, me podría haber roto.


Marcos continuó comprándome whisky hasta que mis dientes estaban entumecidos y estaba a punto de perder el conocimiento. Debí haberlo hecho en algún momento entre el bar y el apartamento, porque me desperté a la mañana siguiente en el sofá, en mi ropa, sin saber cómo demonios había llegado allí.


Valentin cerró la puerta, y oí el sonido familiar del Honda de Rosario acelerar y alejarse.


Me senté y cerré un ojo. —¿Chicos, tuvieron una buena noche?


—Sí. ¿Tú?


—Supongo que sí. ¿Has oído quien me trajo?


—Sí, Marcos te trajo con el culo arriba y te tiró en el sofá. Estaban riendo, así que no me digas que fue una noche exitosa.


—Marcos puede ser un idiota, pero es un buen hermano.


—Lo es. ¿Tienes hambre?


—Joder, no —gemí.


—Correcto, luego. Me voy a hacer un poco de cereal.


Me senté en el sofá, repasando la noche anterior en mi mente. Las últimas horas fueron confusas, pero cuando me volví a acordar de ver a Paula en la escuela, di un respingo.


—Le dije a Ro que teníamos planes hoy. Pensé que podríamos ir a la maderería para reemplazar tu chirriante puerta de mierda.


—No hace falta que me cuides, Valen.


—No lo hago. Nos vamos en una media hora. Primero lávate, apestas —dijo, sentado en el sillón reclinable con su cuenco de Trigos Mini—. Y luego volvemos a casa y estudiamos. Finales.


—Joder —dije con un suspiro.


—Voy a pedir una pizza para el almuerzo, y nos podemos comer las sobras de la cena.


—Acción de Gracias se acerca, ¿recuerdas? Voy a estar comiendo pizzas en las tres comidas del día durante dos días seguidos. No, gracias.


—Está bien, comida china, entonces.


—Eres un controlador excesivo —dije.


—Lo sé. Confía en mí, te ayudará.


Asentí lentamente, esperando que tuviera razón.