lunes, 26 de mayo de 2014

CAPITULO 191



Tenía mis dientes apretados, y cerré los ojos. Mi novia había accedido a salir con su ex novio. Todo dentro de mí quería hacer un berrinche típico de Alfonso, pero Paula necesitaba al hombre por el momento. Actuando en contra de mis
instintos, decidí dejarlo pasar, y me incliné para besarla. —Muy bien. Te veré a la medianoche. Buena suerte.


Me volví, empujando mi paso entre la multitud, oí que la voz de Paula aumentó al menos dos octavas. —¿Caballeros?


Me recordó a esas chicas que hablan como niñas cuando trataban de llamar mi atención, con la esperanza de llegar a ser tan inocentes.


—No entiendo por qué tenía que hacer algún trato con ese tipo Guillermo —gruñí.


—Así podía quedarse, ¿supongo? —preguntó Valentin, mirando hacia el techo de nuevo.


—Hay otros casinos. Sólo podemos ir a otro.


—Conoce a la gente de aquí,Pedro. Probablemente llegó aquí porque sabía que si quedaba atrapada, no la iban a acusar a la policía. Tiene una identificación falsa, pero apuesto a que no tomaría mucho tiempo para la seguridad reconocerla.Estos casinos pagan precios altos a las personas que señalan a los estafadores,¿verdad?


—Supongo —dije, frunciendo el ceño.


Nos reunimos con Paula y Rosario en la mesa, mirando como Rosario reunía las ganancias de Paula.


Paula miró su reloj. —Necesito más tiempo.



—¿Quieres probar las mesas de blackjack?


—No puedo perder dinero, Pepe.


Sonreí. —No puedes perder, Paloma.


Rosario negó con la cabeza. —El blackjack no es su juego.

—Gané un poco —dije, cavando en mis bolsillos—. Tengo seiscientos. Los puedes tener.


Valentin entregó a Paula sus fichas. —Sólo tengo trescientos. Son tuyos.


Paula suspiró. —Gracias chicos, pero todavía tengo que ganar cinco mil dólares. —Miró su reloj otra vez y luego levantó la vista para ver a Guillermo acercándose.


—¿Cómo lo hiciste? —preguntó, sonriendo.


—Me faltan cinco mil, Guille. Necesito más tiempo.


—He hecho todo lo que puedo, Paula.


—Gracias por dejar que me quede.


Guillermo ofreció una sonrisa incómoda. Era evidente que estaba tan asustado de estas personas como Paula —¿Tal vez pueda hacer que mi padre hable con Benny por ti?


—Es el lío de Ruben. Le voy a pedir una extensión.


Guillermo negó con la cabeza. —Sabes que eso no va a pasar, Cookie, no importa con cuánto llegues. Si es menos de lo que debe, Benny va a enviar a alguien. Sólo quédate tan lejos de él como sea posible.


—Tengo que intentarlo —dijo Paula, con la voz quebrada.


Guillermo dio un paso hacia delante, manteniendo la voz baja. —Consigue un vuelo, Paula. ¿Me escuchas?


—Te escucho —espetó.


Guillermo suspiró y sus ojos se abrieron con gran simpatía. Envolvió sus brazos alrededor de Paula y luego besó su cabello. —Lo siento. Si mi trabajo no estuviera en juego, ya sabes que intentaría encontrar algo mejor.


Los pelos de mi nuca se erizaron, algo que sólo ocurría cuando me sentía amenazado y estaba a punto de dar rienda suelta a toda mi ira sobre alguien.


Justo antes de que lo abordara, Paula se alejó.


—Lo sé —dijo—. Hiciste lo que pudiste.


Guillermo le levantó su barbilla con su dedo. —Te veré mañana a las cinco. —Se inclinó para besar la comisura de su boca, y luego se alejó.


Fue entonces cuando me di cuenta de que mi cuerpo estaba inclinado hacia adelante y Valentin estaba nuevamente agarrando mi camisa, con los nudillos
blancos.


Los ojos de Paula se quedaron pegados en el suelo.


—¿Qué hay a las cinco? —Ardía en furia.


—Ella estuvo de acuerdo con cenar si Guillermo le permitía quedarse. No tenía otra opción, Pedro —dijo Rosario.


Paula miró hacia mí con sus grandes ojos afligidos.


—Tenías una opción —dije.


—¿Alguna vez has tratado con la mafia,Pedro? Lo siento si tus sentimientos están heridos, pero una comida gratis con un viejo amigo no es un precio alto a pagar para mantener a Ruben vivo.


Apreté mi mandíbula para cerrarla, negándome a dejarla abrirse para que las palabras se derramaran hacia fuera, lo que lamentaría más tarde.


—Vamos, chicos, tenemos que encontrar a Benny —dijo Rosario, tirando a Paula del brazo.


Valentin caminaba a mi lado mientras seguíamos a las chicas por el edificio del Strip de Benny. Era un bloque de luces brillantes, pero era como un lugar donde el oro nunca había sido tocado—y no pretendía hacerlo.Paula se detuvo, y luego se acercó a pocos pasos de una puerta verde grande. Llamó a la puerta, y sostuve su otra mano para evitar que le temblara.


El portero apareció en la puerta abierta. Él era enorme, negro, intimidante, y tan ancho como alto, con la típica Vegas sinvergüenza de pie junto a él. Cadenas de oro, ojos sospechosos, y una barriga por comer demasiado de la cocina de su madre.


—Benny —susurró Paula.


—Vaya, vaya… ya no eres el Trece Afortunado, ¿cierto? Ruben no me dijo lo llamativa que te has convertido. He estado esperando por ti, Cookie. Oí que tienes un pago para mí.


Paula asintió, y Benny hizo un gesto hacia el resto de nosotros. —Están conmigo —dijo ella, su voz sorprendentemente fuerte.


—Me temo que tus acompañantes tendrán que esperar afuera —dijo el portero en un tono profundo sorprendentemente fuerte.


Tomé a Paula por el brazo, girando mi hombro en una postura protectora.


—No va a entrar allí sola. Voy con ella.


Benny me miró durante un momento, y luego sonrió a su portero. —Es lo suficientemente justo. Ruben estará contento de saber que tienes a tan buen amigo.


Lo seguimos adentro. Continué con un firme control sobre el brazo de Paula, asegurándome de interponerme entre ella y la amenaza más grande—el portero. Caminamos detrás de Benny, lo seguimos hasta un ascensor, y luego bajamos cuatro pisos.


Cuando se abrieron las puertas, un gran escritorio de caoba apareció a la vista. Benny cojeó a su sillón de felpa y se sentó, haciendo un gesto para que tomáramos las dos sillas vacías frente a su escritorio. Me senté, pero la adrenalina fluía por mis venas, haciendo que me moviera nerviosamente y me agitara. Podía oír y ver todo en la habitación, incluyendo a los dos matones de pie en las sombras detrás del escritorio de Benny.


Paula se estiró para agarrar mi mano, y le dio un apretón tranquilizador.


—Ruben me debe veinticinco mil. Confío en que tienes la cantidad completa —dijo Benny, escribiendo algo en una libreta.


—En realidad —Paula se detuvo, aclarándose la garganta—, me faltan cinco mil, Benny. Pero tengo todo el día de mañana para conseguirlos. Y cinco mil no es un problema, ¿cierto? Sabes que soy buena para eso.


—Paulita —dijo Benny, frunciendo el ceño—. Me decepcionas. Conoces mis reglas mejor que nada.


—Por… Por favor, Benny. Te estoy pidiendo que tomes los diecinueve mil y tendré el resto para ti mañana.


Los ojos pequeños y brillantes de Benny iban de Paula a mí, y luego de vuelta otra vez. Los matones salieron de sus rincones oscuros, y los pelos de mi nuca estaban de pie otra vez.


—Sabes que no tomo nada a menos que sea la cantidad completa. El hecho de que estés tratando de darme menos de lo que es me dice algo. ¿Sabes lo que me dice? Que no estás segura de poder conseguir la cantidad completa.


Los matones dieron otro paso hacia adelante. Examiné sus bolsillos y cualquier forma bajo su ropa que gritara arma. Los dos tenían algún tipo de cuchillo, pero no vi ningún arma. Eso no significaba que no tenían un escondite en una bota, pero dudaba que alguno fuera más rápido que yo. Si necesitaba, podría alejarme de ellos y salir pitando de allí.


—Puedo obtener tu dinero, Benny. —Paula soltó una risita nerviosa—. Gané ocho mil novecientos en seis horas.


—Entonces ¿me estás diciendo que me traerás ocho mil novecientos en las próximas seis horas? —Benny nos sonrió diabólicamente.


—El plazo no es hasta la medianoche de mañana —dije, mirando atrás de nosotros y mirando a los hombres sombras que se acercaban.


—¿Q… qué estás haciendo, Benny? —preguntó Paula, su postura rígida.


—Ruben me llamó anoche. Dijo que te estabas encargando de su deuda.


—Le estoy haciendo un favor. No te debo dinero —dijo con severidad.


Benny apoyó sus codos gordos y rechonchos encima de la mesa. —Estoy considerando enseñarle a Ruben una lección, además tengo curiosidad de ver cuán suertuda eres, chica.


Instintivamente, salí rápidamente de mi silla, tirando a Paula conmigo. La tiré detrás de mí, retrocediendo hacia la puerta.


—Josiah está afuera de la puerta, chico. ¿A dónde piensas que vas a escapar?


—Pedro —advirtió Paula.


No habría más charla. Si dejo que cualquiera de estos matones me pase, lastimarían a Paula. La puse detrás de mí.


—Espero que sepas, Benny, que cuando me deshaga de tus hombres, no quiero ser irrespetuoso. Pero estoy enamorado de esta chica, y no puedo dejar que la lastimes.

domingo, 25 de mayo de 2014

CAPITULO 190




Paula apenas habló mientras empacábamos, aún menos en el camino hacia el aeropuerto. Ella miró al vacío la mayor parte del tiempo a menos que uno de nosotros le hiciera una pregunta. No estaba seguro de si se estaba ahogando en la desesperación, o simplemente se concentraba en el desafío que se avecinaba.


Registrándonos en el hotel,Rosario hizo toda los tramites, mostrando su identificación falsa, como si lo hubiera hecho mil veces antes.


Se me ocurrió, entonces, que probablemente lo había hecho antes. Las Vegas era donde habían adquirido dichas identificaciones impecables, y el por qué Rosario nunca parecía preocuparse por lo que podría manejar Paula


Habían visto todo antes, en las entrañas de la ciudad del pecado.
Valentin era un turista inconfundible, con la cabeza hacia atrás, sorprendido frente al techo ostentoso. Sacamos nuestro equipaje en el ascensor, y puse a Paula a mi lado.


—¿Estás bien? —pregunté, poniendo mis labios en su sien.


—No quiero estar aquí —se ahogó.


Las puertas se abrieron, revelando el intrincado dibujo de la alfombra que alineaba el pasillo. Rosario y Valentin fueron por un lado, Paula y yo por el otro.


Nuestra habitación estaba al final del pasillo.



Paula metió la llave electrónica en la ranura, y luego abrió la puerta. La habitación era enorme, empequeñeciendo la cama extra-grande en el centro de la habitación.


Dejé la maleta contra la pared, presionando todos los interruptores hasta que la cortina gruesa se separó para revelar el tránsito, luces intermitentes y el tráfico de La Franja de las Vegas. Otro botón apartó un segundo conjunto de cortinas transparentes.


Paula no prestó atención a la ventana. Ni siquiera se molestó en levantar la mirada. El brillo y el oro habían perdido su lustre por sus años anteriores.


Puse nuestro equipaje en el suelo y miré alrededor de la habitación. —Esto es lindo, ¿verdad?


Paula me miró. —¿Qué? —Abrió su maleta en un solo movimiento, y sacudió la cabeza—. Esto no son vacaciones, Pedro. No deberías estar aquí.


En dos pasos, estuve detrás de ella, envolviendo mis brazos alrededor de su cintura. Ella era diferente aquí, pero yo no lo era. Todavía podía ser alguien con quién podía contar, alguien que pudiera protegerla de los fantasmas de su pasado.


—Voy donde tu vayas —le dije al oído.


Apoyó la cabeza en mi pecho y suspiró. —Tengo que llegar al primer piso.


Puedes quedarte aquí o echar un vistazo a La Franja. Te veré más tarde, ¿de acuerdo?


—Voy contigo.


Se volvió hacia mí. —No te quiero allí, Pepe.


No esperaba eso de ella, sobre todo, no el tono frío de su voz.


Paula tocó mi brazo. —Si voy a ganar catorce mil dólares en un fin de semana, tengo que concentrarme. No me gusta quién voy a ser mientras estoy en esas mesas, y no quiero que lo veas, ¿de acuerdo?


Le aparté el pelo de sus ojos, y luego besé su mejilla. —Está bien, Paloma— No podía fingir que entendía lo que quería decir, pero la respetaría.


Rosario llamó a la puerta y luego pasó usando el mismo modelo descubierto que lució en la fiesta de citas. Sus tacones eran desorbitados, y se había puesto dos capas extra de maquillaje. Parecía diez años mayor.


Saludé a Rosario, y luego agarré la llave electrónica adicional de la mesa.


Rosario ya estaba concentrando a Paula para su noche, me recordaba a un entrenador que ofrece una charla motivadora a su boxeador antes de una gran pelea de boxeo.


Valentin estaba de pie en el pasillo, mirando a tres bandejas de comida a medio-comer en el suelo dejado allí por los huéspedes en el pasillo.


—¿Qué es lo que quieres hacer primero? —pregunté.


—Definitivamente no me estoy casando contigo.


—Estás jodidamente hilarante. Vamos abajo.


La puerta del ascensor se abrió, y el hotel cobró vida. Era como si los pasillos fueran las venas, y la gente fuera su sangre. Grupos de mujeres vestidas como estrellas porno, familias, extranjeros, las ocasionales despedidas de solteros,y los empleados del hotel se sucedían en el caos organizado.


Tomó un tiempo conseguir ir más allá de las tiendas que se alineaban en las salidas y llegar a la avenida, pero salimos a la calle y caminamos hasta que vimos,una multitud reunida frente a uno de los casinos. Las fuentes estaban encendidas, la interpretación de alguna canción patriótica. 


Valentin estaba hipnotizado, al parecer incapaz de moverse mientras observaba la danza del agua y rocío.
Debimos haber alcanzado los últimos dos minutos, porque las luces se apagaron pronto, el agua se apagó, y la multitud se dispersó inmediatamente.


—¿Qué fue eso? —pregunté.


Valentin seguía mirando a la fuente ya calmada. —No lo sé, pero fue genial.


Las calles estaban llenas de Elvis, Michael Jackson, bailarinas y personajes de dibujos animados, todos fácilmente disponibles para tomar una foto por un precio. En un momento dado, no dejaba de oír un ruido de aleteo, y luego identifiqué de dónde venía. Los hombres estaban de pie en la acera, cortando una pila de cartas en sus manos. Le entregaron una a Valentin. Era una foto de una mujer con unos pechos ridículamente grandes en una pose seductora. Ofrecían prostitutas y clubes de striptease.


Valentin tiró la tarjeta al suelo. La acera estaba cubierta de ellas.
Una chica pasó por delante, mirándome con una sonrisa ebria. Llevaba sus tacones en sus manos. Mientras deambulaba por ahí, me di cuenta de sus pies ennegrecidos. El suelo estaba sucio, los cimientos para la ostentación y la sofisticación arriba.


—Estamos salvados —dijo Valentin, acercándose a un vendedor ambulante vendiendo Red Bull y cualquier licor que puedas imaginar. Valentin ordenó dos con vodka, y sonrió cuando tomó su primer trago—. Puede que nunca me quiera ir.


Miré la hora en mi teléfono celular. —Ha pasado una hora. Regresemos.


—¿Te acuerdas de dónde vinimos? Porque yo no.


—Sí. Por este camino.


Volvimos sobre nuestros pasos. Me alegré cuando finalmente terminamos en nuestro hotel, porque en verdad no estaba muy seguro de cómo volver,tampoco. La Franja no era difícil de navegar, pero había un montón de
distracciones en el camino, y definitivamente Valentin estaba en el modo de vacaciones.


Busqué en las mesas de póker a Paula, sabiendo que es donde ella estaría.


Alcancé a ver su pelo caramelo, se sentó bien erguida y con confianza en una mesa llena de viejos y Rosario, las chicas eran un gran contraste del resto de los acampados en la zona de póker.


Valentin me hizo señas a una mesa de blackjack, y jugamos un rato para pasar el tiempo.
Media hora más tarde, Valentin empujó mi brazo. Paula estaba de pie, hablando con un hombre con la piel de oliva y el pelo oscuro, con un traje y corbata. La tenía por el brazo, e inmediatamente me levanté.


Valentin agarró mi camisa. —Espera, Pedro. Él trabaja aquí. Sólo dale un minuto. Puedes hacer que nos echen si no mantienes tu cabeza.


Los miré. Estaba sonriendo, pero Paula era todo negocio. Él luego reconoció a Rosario.


—Lo conocen —dije, tratando de leer sus labios para entender la conversación distante. Lo único que pude entender fue algo de sal a cenar conmigo del tipo en el traje, y Paula diciendo estoy aquí con alguien.


Valentin no me podía contener en este tiempo, pero se detuvo a unos metros de distancia cuando vi al del traje besar la mejilla de Paula.


—Fue bueno verte de nuevo. Nos vemos mañana... a las cinco ¿de acuerdo?Estaré en el piso ocho —dijo.


Mi estómago se hundió, y mi cara se sentía como si estuviera en llamas.


Rosario tiró del brazo de Paula, notando mi presencia.


—¿Quién era ese? —pregunté.


Paula asintió hacia el tipo del traje. —Ese es Guillermo Viveros. Lo conozco desde hace mucho tiempo.


—¿Desde hace cuánto?


Miró a la silla vacía en la mesa de póker. —Pedro, no tengo tiempo para esto.


—Supongo que él tiró la idea del ministro joven —dijo Rosario, enviando una sonrisa coqueta en la dirección de Guillermo.


—¿Ese es tu ex-novio? —pregunté, al instante enojado—. ¿Pensé que dijiste que era de Kansas?


Paula dio una mirada impaciente a Rosario, y a continuación tomó mi barbilla en su mano. —Sabe que no soy lo suficientemente mayor como para estar aquí,Pepe. Me dio hasta la medianoche. Te explicaré todo más tarde, pero por ahora tengo que volver al juego, ¿de acuerdo?

CAPITULO 189



Tomé a Paula bajo mi brazo, y juntos nos fuimos a través de la casa, por las escaleras y a través de la multitud hacia la puerta principal. Paula se movió rápidamente, desesperada por llegar a la seguridad del apartamento. Sólo había oído hablar elogios de Ruben Chaves como jugador de póker por mi padre. Ver a Paula correr como una niña asustada me hacía odiar cada momento que mi familia perdió admirándolo.


A medio paso, la mano de Rosario salió disparada y agarró el abrigo de Paula.


Paula—susurró, señalando a un pequeño grupo de personas.


Estaban apiñadas alrededor de un hombre más viejo, desaliñado, sin afeitar y sucio hasta el punto en que parecía que olía. Señalaba a la casa, con una imagen pequeña. Las parejas asentían, discutiendo la foto entre ellos.


Paula irrumpió hacia el hombre y le sacó la foto de las manos. —¿Qué demonios estás haciendo aquí?


Miré la foto en su mano. No podía haber tenido más de quince años, flaca, con el pelo ratonil y los ojos hundidos. Ella debía de haber sido miserable. No es de extrañar que quisiera alejarse.


Las tres parejas que lo rodeaban se alejaron. Miré hacia atrás a sus rostros asombrados, y luego esperé a que el hombre respondiera. Era Ruben jodido Chaves. Lo reconocí por los agudos ojos inconfundibles ubicados en esa cara sucia.



Valentin y Rosario estaban a cada lado de Paula. Ahuequé sus hombros desde atrás.


Ruben miró el vestido de Paula y chasqueó la lengua en señal de desaprobación. —Bueno, bueno, Cookie. Puedes sacar a la chica de Vegas…


—Cállate. Cállate, Ruben. Sólo da la vuelta —señaló tras él—, y vuelve a cualquier lugar de donde vengas. No quiero que estés aquí.


—No puedo, Cookie. Necesito tu ayuda.


—Dime algo nuevo —se burló Rosario.


Ruben entrecerró los ojos hacia ella, y luego volvió su atención a su hija. —Te ves increíblemente hermosa. Has crecido. No te reconocería en la calle.


Paula suspiró. —¿Qué quieres?


Él levantó las manos y se encogió de hombros. —Parece que me he metido en un lío, nena. Tu viejo padre necesita un poco de dinero.


Todo el cuerpo de Paula se puso tenso. —¿Cuánto?


—Lo estaba haciendo relativamente bien, realmente lo estaba. Sólo tenía que pedir un granito de arena para salir adelante y... ya sabes.


—Lo sé —le espetó—. ¿Cuánto necesitas?


—Veinticinco.


—Mierda,Ruben, ¿dos mil quinientos? Si te largas en este mismo instante...


Te los daré —dije, sacando mi cartera.


—Quiere decir veinticinco mil —dijo Paula, su voz fría.


Los ojos de Ruben rodaron encima de mí, de mi cara a mis zapatos. —¿Quién es este payaso?


Mis cejas se alzaron de mi cartera, y por instinto, me incliné hacia mi presa.
La única cosa que me detenía era sentir el pequeño cuerpo de Paula entre nosotros, y saber que este hombrecito sucio era su padre. —Puedo ver, ahora, por qué un hombre como tú se ha reducido a pedirle a su hija adolescente un préstamo.


Antes de que Ruben pudiera hablar, Paula sacó su celular. —¿A quién le debes esta vez, Ruben?


Ruben se rascó su grasoso y canoso cabello. —Bueno, es una historia divertida, Cookie…


—¿Quién? —gritó Paula.


—Benny.


Paula se inclinó hacia mí. —¿Benny? ¿Le debes a Benny? ¿Qué diablos estabas...? —Hizo una pausa—. No tengo esa cantidad de dinero, Ruben.


Sonrió. —Algo me dice que sí.


—¡Bien, no lo tengo! ¿Realmente lo has hecho, esta vez, no? ¡Sabía que no pararías hasta que terminaras muerto!
Se movió, la sonrisa satisfecha en su rostro había desaparecido. —¿Cuánto tienes?


—Once mil. Estaba ahorrando para un coche.


Los ojos de Rosario se lanzaron en dirección a Paula—¿De dónde sacaste once mil dólares,Paula?


—Las peleas de Pedro.


Tiré de sus hombros hasta que me miró. —¿Has obtenido once mil de mis peleas? ¿Cuándo estabas apostando?


—Agustin y yo tenemos un acuerdo —dijo casualmente.
Los ojos de Ruben estaban repentinamente animados. —Puedes duplicar eso en un fin de semana, Cookie. Puedes hacerme veinticinco para el domingo, y Benny no enviará a sus matones por mí.


—Me dejará sin nada, Ruben. Necesito pagar la escuela —dijo Paula, un deje de tristeza en su voz.


—Oh, puedes conseguirlo de nuevo en muy poco tiempo —dijo, agitando la mano con desdén.


—¿Cuándo es la fecha límite? —preguntó Paula.


—El lunes. A la media noche —dijo, sin pedir disculpas.


—No tienes que darle una jodida moneda de diez centavos, Paloma —le dije.


Ruben agarró la muñeca de Paula —¡Es lo menos que puedes hacer! ¡No estaría en este lío si no fuera por ti!


Rosario le dio una palmada en la mano y luego lo empujó. 


—¡No te atrevas a empezar esa mierda otra vez, Ruben! ¡Ella no te obligó a pedirle dinero prestado a Benny!


Ruben miró a Paula. La luz de odio en sus ojos hizo que cualquier conexión que tuviera con su hija desapareciera. —Si no fuera por ella, habría tenido mi propio dinero. Me arrebataste todo lo que era mío,Paula. ¡No tengo nada!


Paula ahogó un grito. —Voy a reunir el dinero de Benny para el domingo.Pero cuando lo haga, quiero que me dejes en paz. No voy a hacer esto otra vez,Ruben. A partir de ahora, estás por tu cuenta, ¿me oyes? Mantente. Alejado.


Apretó los labios y asintió. —Como tú digas, Cookie.


Paula se dio la vuelta y se dirigió hacia el coche.


Rosario suspiró. —Hagan sus maletas, muchachos. Nos vamos a Las Vegas.


—Caminó hacia el Charger, y Valentin y yo nos pusimos de pie, congelados.


—Espera. ¿Qué? —Él me miró—. Como Las Vegas, ¿Las Vegas? ¿Al igual que en Nevada?


—Eso parece —le dije, metiendo las manos en los bolsillos.


—Sólo vamos a reservar un vuelo a Las Vegas —dijo Valentin, todavía tratando de procesar la situación.


—Sí.


Valentin se acercó a la puerta abierta de Rosario para dejar que ella y Paula entraran al lado del pasajero, y luego la cerró de golpe, su cara en blanco.


—Nunca he estado en Las Vegas.


Una sonrisa traviesa elevó mi boca hacia un lado. —Parece que es hora de estallar esa cereza.