sábado, 24 de mayo de 2014

CAPITULO 185



Me senté a mirar las últimas rondas, viendo a los chicos tratando de recuperar su dinero. Ronda tras ronda, Paula los arrollaba. Ni siquiera pretendía ir fácil contra ellos.
Una vez que mis hermanos quedaron sin dinero, papá terminó la noche y Paula le devolvió cien dólares a cada uno de ellos, excepto a papá, quién no los quiso tomar.


Tomé la mano de Paula, y caminamos hacia la puerta. Mirar a mi novia ganarle a mis hermanos fue entretenido, pero aún estaba decepcionado que les devolviera parte de su dinero.


Me apretó la mano. —¿Qué sucede, bebé?


—¡Acabas de regalar cuatrocientos dólares, Paloma!


—Si esta hubiese sido una noche de póquer en Sig Tau, me los hubiera quedado. No les puedo robar a tus hermanos la primera vez que los conozco.


—¡Ellos se hubieran quedado con tu dinero!


—No lo hubiera dudado ni por un segundo, tampoco —dijo Nahuel.

Por el rabillo de mi ojo, vi a Pablo mirando a Paula desde el sillón reclinable en la esquina de la sala de estar. Había estado más tranquilo que de costumbre.


—¿Por qué sigues mirando a mi chica, Pablo?


—¿Cuál dijiste que era tu apellido? —preguntó Pablo.


Paula se movió nerviosamente, pero no contestó.



Puse mi brazo alrededor de su cintura, y me volví hacia mi hermano, no muy seguro de a qué quería llegar. Él pensaba que sabía algo, y se preparaba para hacer su jugada.


—Es Chaves. ¿Por qué?


—Puedo entender por qué no lo averiguaste antes de esta noche,Pepe, pero ya no tienes ninguna excusa —dijo Pablo, presumido.


—¿De qué mierda estás hablando? —pregunté.


—¿Por casualidad no estarás emparentada con Ruben Chaves? —preguntó Pablo.


Todas las cabezas se giraron, esperando la respuesta de Paula.


Envolvió su dedo en su pelo, claramente nerviosa. —¿De dónde conoces a Ruben?


Mi cuello se giró incluso más en su dirección. —Es uno de los mejores jugadores de póquer que haya existido. ¿Lo conoces?


—Es mi padre —dijo. Pareció casi doloroso de responder.
La sala entera estalló.


—¡DE NINGUNA JODIDA MANERA!


—¡LO SABÍA!


—¡ACABAMOS DE JUGAR CON LA HIJA DE RUBEN CHAVES!


—¿RUBEN CHAVES? ¡MIERDA!


Las palabras resonaron en mis oídos, pero aún así me tomó varios segundos procesarlo. Tres de mis hermanos saltaban arriba y abajo, gritando, pero para mí la habitación entera estaba congelada, y el mundo silencioso.
Mi novia, que también era mi mejor amiga, era la hija de una leyenda del póquer, alguien que mis hermanos, mi padre e incluso mi abuelo, idolatraban.


La voz de Paula me regresó al presente. —Les dije que no debía jugar.


—Si nos hubieras dicho que eras la hija de Ruben Chaves, tal vez te hubiéramos tomado más en serio —dijo Pablo.


Paula me miró desde abajo de sus pestañas, esperando una reacción.


—¿Tú eres El TRECE AFORTUNADO? —le pregunté, sin habla.


Marcos se paró y la señaló. —¡el trece afortunado está en nuestra casa! ¡De ninguna manera! ¡No lo puedo creer!


—Ese fue un apodo que la prensa me dio. Y la historia no era exactamente correcta —dijo Paula, inquieta.


Incluso en medio de la resonante conmoción de mis hermanos, la única cosa que podía pensar era lo malditamente caliente que era la chica de la que estaba
enamorado, era prácticamente una celebridad. Aún mejor, era famosa por algo exageradamente genial.


—Necesito llevar a Paula a casa, chicos —dije.


Papá miró a Paula por encima de sus anteojos. —¿Por qué no era correcta?


—Yo no le quité la suerte a mi padre. Es decir, es ridículo. 
—Se echó a reír, enroscando su pelo nerviosamente alrededor de su dedo.


Pablo negó con la cabeza. —No, Ruben dio esa entrevista. Dijo que a la media noche de tu decimotercer cumpleaños su suerte se acabó.


—Y la tuya empezó —añadí.


—¡Fuiste criada por mafiosos! —dijo Marcos, sonriendo con emoción.


—Oh... no —Se rió una vez—. Ellos no me criaron. Sólo estuvieron alrededor... bastante.


—Es una pena, Ruben soltándole tu nombre a la mafia por medio de la prensa. Eras sólo una niña —dijo mi papá, sacudiendo la cabeza.


—En todo caso, fue suerte de principiantes —dijo Paula.


Me di cuenta por la mirada en su cara que estaba incómoda por toda la atención.


—Fuiste enseñada por Ruben Chaves —dijo papá, sacudiendo la cabeza con asombro—. Estabas jugando profesionalmente y ganando a la edad de trece años, por Cristo Santo. —Me miró y sonrió—. No apuestes en su contra, hijo. Ella no pierde.


Mi mente inmediatamente regresó a la pelea cuando Paula apostó en mi contra, sabiendo que iba a perder, y tener que vivir conmigo por un mes. Durante todo este tiempo pensé que no se preocupaba por mí, y ahora me doy cuenta de
que no era así.


—Uh… nos tenemos que ir, papá. Adiós, chicos.


Conduje por las calles, entrando y saliendo del tráfico. Cuanto más rápido subía la aguja del velocímetro, más apretados los muslos de Paula me sujetaban,haciéndome tener más ganas de llegar al apartamento.


Paula no dijo una palabra cuando aparqué la Harley y la conduje al piso de arriba, y todavía no hablaba cuando le ayudé con su chaqueta.


Se dejó el pelo suelto y me quedé mirándola con asombro. Era casi como si fuera una persona diferente, y no podía esperar para poner mis manos sobre ella.


—Sé que estás enojado conmigo —dijo, mirando al suelo—. Discúlpame que no te lo dije, pero no es algo de lo que hablo.


Sus palabras me sorprendieron. —¿Enojado contigo? Estoy tan caliente que no puedo ver claramente. Le acabas de robar el dinero a los imbéciles de mis hermanos sin siquiera pestañear, lograste asombrar a mi papá, y estoy bastante
seguro que perdiste a propósito aquella apuesta que hicimos antes de mi pelea.


—Yo no diría eso...


—¿Pensaste que ibas a ganar?


—Bueno... no, no exactamente —dijo, quitándose los zapatos de tacón.


Apenas podía contener la sonrisa que avanzó a mi cara. —Entonces querías estar aquí conmigo. Creo que me acabo de enamorar de ti de nuevo.


Paula pateó sus tacones en el armario. —¿Cómo es que no estás enojado en este momento?


Suspiré. Tal vez debería haber estado molesto. Pero sólo… no lo estaba. —Es algo bastante importante, Paloma. Debiste habérmelo dicho. Pero entiendo por qué no lo hiciste. Viniste aquí para escapar de todo eso. Es como si el cielo se abriera… ahora todo tiene sentido.


—Bueno, eso es un alivio.


—trece afortunado —dije, agarrando el dobladillo de su camisa y tirándola por encima de su cabeza.


—No me llames así, Pedro. No es algo bueno.


—Eres jodidamente famosa, Paloma—Desabroché sus jeans y los bajé hasta sus tobillos, ayudándola a salir.


—Mi padre me odió luego de eso. Todavía me culpa por todos sus problemas.


Me quité la camisa y la abracé, impaciente por sentir su piel contra la mía. —Todavía no puedo creer que la hija de Ruben Chaves está parada frente a mí, he estado contigo todo este tiempo y no tenía ni idea.


Me empujó. —¡No soy la hija de Ruben Chaves, Pedro! Eso fue lo que dejé atrás. Soy Paula. ¡Sólo Paula! —dijo, caminando al armario. Arrancó una camiseta del perchero y se la puso.


—Lo siento. Estoy un poco deslumbrado.


—¡Solamente soy yo! —Sostuvo la palma de su mano contra su pecho, su voz al borde de la desesperación.


—Sí, pero...


—Pero nada. La manera en que me estás mirando ahora. Es justamente por eso que no te lo había dicho. —Cerró los ojos—. No voy a vivir así de nuevo, Pepe.Ni siquiera contigo.


—¡Guau! Cálmate, Paloma. No nos dejemos llevar. —La tomé en mis brazos,de repente me preocupé de a dónde iba la conversación—. No me importa lo que fuiste o lo que ya no eres. Sólo te quiero a ti.


—Entonces, supongo que tenemos eso en común.


Tiré de ella suavemente a la cama, y luego me acurruqué a su lado,aspirando el ligero olor a cigarro mezclado con su champú. —Somos sólo tú y yo contra el mundo, Paloma.


Se acurrucó a mi lado, parecía satisfecha con mis palabras. Cuando se relajó contra mi pecho, suspiró.


—¿Qué sucede? —pregunté.


—No quiero que nadie se entere, Pepe. No quería que tú te enteraras.


—Te amo, Paula. No lo volveré a mencionar, ¿de acuerdo? Tu secreto está a salvo conmigo —dije, apretando mis labios suavemente contra su frente.


Acarició su mejilla contra mi piel, y la apreté. Los acontecimientos de la noche parecían un sueño. La primera vez que llevaba una chica a casa, y no sólo era la hija de un famoso jugador de póker, sino que también podía dejarlos
fácilmente a todos sin dinero en una sola mano. Por ser el jodido de la familia, sentí que por fin había ganado un poco de respeto por parte de mis hermanos mayores.


Y todo debido a Paula.

viernes, 23 de mayo de 2014

CAPITULO 184



Medio emocionado, medio nervioso como el infierno, entré en la casa de mi padre, mis dedos entrelazados con los de Paula. Humo del cigarrillo de mi padre y mis hermanos provenía de la sala de juegos, mezclándose con el ligero olor almizclado de la alfombra que era más vieja que yo.
A pesar de que Paula estuvo molesta al principio por no tener mucho aviso antes de conocer a mi familia, parecía más a gusto de lo que yo me sentía. Traer una novia a casa no era un hábito de los hombres Alfonso, y cualquier predicción de sus reacciones no era fiable en el mejor de los casos.


Marcos salió a la vista primero. —¡Santo Cristo! ¡Es el idiota!
Cualquier esperanza de que mis hermanos pretendieran no ser otra cosa que salvajes era una pérdida de tiempo. Los amaba de todos modos, y conociendo a Paula, también lo haría.


—Oye, oye... cuida tu lenguaje frente a la señorita —dijo papá, asintiendo hacia Paula.


—Paloma, este es mi papá, Horacio Alfonso. Papá, esta es Paloma.


—¿Paloma? —preguntó Horacio, con una expresión divertida en el rostro.


Paula —dijo ella, estrechándole la mano.


Señalé a mis hermanos, cada uno asintiendo cuando decía su nombre. —Marcos, Nahuel, Manuel y Pablo.



Paula parecía un poco abrumada. No podía culparla, nunca le había hablado de mi familia, y cinco chicos serían abrumadores para cualquiera. De hecho, cinco chicos Alfonso eran francamente aterradores para la mayoría.
Al crecer, los niños del barrio aprendieron a no meterse con ninguno de nosotros, y sólo una vez alguien cometió el error de hacerlo. Éramos frágiles, pero nos uníamos como una sólida fortaleza si era necesario. Eso estaba claro, incluso
para aquellos que no pretendían intimidarnos.


—¿Paula tiene apellido? —preguntó papá.


—Chaves —dijo, asintiendo cortésmente.


—Es un placer conocerte, Paula —dijo Pablo con una sonrisa. Paula no lo habrá notado, pero la expresión de Pablo era una fachada para lo que realmente hacía: analizar cada palabra y movimiento suyo. Él siempre estaba en búsqueda de alguien que pudiera potencialmente balancear nuestro ya débil barco. Las olas no eran bienvenidas, y siempre había hecho su trabajo al calmar las potenciales
tormentas.


Papá no puede soportarlo, solía decir. Ninguno de nosotros podía discutir contra esa lógica. Cuando uno o unos cuantos de nosotros nos encontrábamos en problemas, iríamos con Pablo, y él se encargaría de ello antes que papá pudiera
averiguarlo. Años de acoger a un grupo de escandalosos, violentos chicos hizo que Pablo se convierta en un hombre mucho antes de lo que debería. Lo respetábamos por eso, incluyendo mi padre, pero años de ser nuestro protector lo
volvieron un poco arrogante a veces. Pero Paula se mantuvo sonriendo y ajena al hecho de que ahora era un blanco bajo la mirada del guardián de la familia.


—Un gran placer —dijo Marcos, sus ojos ambulantes en lugares que habrían conseguido que cualquier otro muriera.
Papá golpeó la parte trasera de su cabeza y gritó.


—¿Que dije? —dijo, frotándose la parte posterior de la cabeza.


—Siéntate, Paula. Míranos quitarle el dinero a Pepe—dijo Manuel.


Saqué una silla para Paula, y se sentó. Miré a Marcos, y respondió sólo con un guiño. Sabelotodo.


—¿Conociste a Stu Unger? —preguntó Paula, señalando una polvorienta foto.


No pude creerle a mis oídos.


Los ojos de papá se iluminaron. —¿Sabes quién es Stu Unger?


Paula asintió. —Mi papá es un fan también.


Papá se puso de pie, señalando la polvorienta foto a su lado. —Y ese de allí es Doyle Brunson.


Paula sonrió. —Mi papá lo vio jugar una vez. Es increíble.


—El abuelito de Pedro era un profesional. Nos tomamos al póquer muy en serio por aquí. —Papá sonrió.


No era sólo que Paula nunca hubiera mencionado el hecho que conocía algo sobre póquer, también era la primera vez que la había escuchado hablar de su padre.


Mientras observábamos a Marcos barajar y repartir, traté de olvidar lo que había sucedido.
Con sus largas piernas, ligeras pero perfectas y proporcionadas curvas, y grandes ojos, Paula era increíblemente hermosa, pero conocer a Stu Unger por su
nombre la había hecho tener un gran éxito con mi familia. Me acomodé un poco más arriba en mi asiento. No había forma que ninguno de mis hermanos pudiera traer a casa a alguien que superara eso.


Marcos levantó una ceja. —¿Quieres jugar, Paula?


Ella negó con la cabeza. —No creo que debería.


—¿No sabes cómo? —preguntó papá.


Me incliné para besar su frente. —Juega... yo te enseño.


—Deberías darle un beso de despedida a tu dinero en este momento, Paula —se rió Pablo.


Paula apretó los labios y metió la mano en su bolso,sacando dos billetes de cincuenta. Se los entregó a papá, esperando pacientemente que se los cambiara por fichas. Marcos sonrió, dispuesto a tomar ventaja de su confianza.


—Tengo fe en las habilidades para enseñar de Pedro —dijo Paula.


Manuel aplaudió. —¡Demonios, sí! ¡Voy a volverme rico esta noche!


—Empecemos con poco esta vez —dijo papá, lanzando una ficha de cinco dólares.


Marcos repartió, y abrió en abanico las cartas de Paula —¿Alguna vez has jugado?


—Ha pasado un tiempo —asintió.


—No se vale el Go Fish, optimista —dijo Marcos, mirando sus cartas.


—Cierra la boca, Marcos —gruñí, lanzándole una rápida mirada amenazante antes de volver a mirar las cartas de Paula—. Estás buscando cartas altas, números
consecutivos, y de la misma clase si eres muy afortunada.


Perdimos las primeras rondas, pero Paula se rehusaba a que la ayudara.
Luego de eso, empezó a recuperarse con bastante rapidez. Tres manos más tarde,había pateado todos sus traseros sin siquiera pestañear.


—¡Mierda! —Se quejó Marcos—. ¡La suerte del principiante apesta!


—Tienes a una chica que aprende rápido,Pepe —dijo papá, moviendo su boca alrededor de su cigarro.


Tomé un trago de mi cerveza, sintiéndome como el rey del mundo. —¡Me estás haciendo orgulloso, Paloma!


—Gracias.


—Aquellos que no pueden, enseñan —dijo Pablo, sonriendo.


—Muy gracioso, imbécil —murmuré.


—Consíguele una cerveza a la chica —dijo papá, una sonrisa divertida levantaba sus ya hinchadas mejillas.


Con mucho gusto fui y saqué una botella de la nevera, usé el ya roto borde de la encimera para sacar la tapa de la botella. Paula sonrió cuando puse la botella frente a ella y no dudó en tomar uno de sus tan conocidos grandes tragos.
Se limpió los labios con el dorso de la mano, y luego esperó que mi papá le diera sus fichas.


Cuatro manos más tarde, Paula había tomado lo último de su tercera cerveza y miraba a Manuel de cerca. —Está de tu parte, Manuel. ¿Vas a seguir siendo un bebé o vas a dar la cara como un hombre?


Se me estaba haciendo muy difícil mantener la excitación en otras zonas.


Mirar a Paula ganándoles a mis hermanos —y a un veterano del póquer como era mi padre— ronda tras ronda me calentaba. Nunca había visto una mujer más sexy en mi vida, y sucedía que era mi novia.


—¡Que se joda! —dijo Manuel, lanzando sus últimas fichas adentro.


—¿Qué tienes, Paloma? —le pregunté con una sonrisa. Me sentía como un niño en navidad.


—¿Manuel? —solicitó Paula, con el rostro completamente en blanco.


Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. —¡Flush! —Sonrió, extendiendo sus cartas boca arriba sobra la mesa.


Todos miramos a Paula. Sus ojos recorrieron a los hombres a su alrededor y luego golpeó las cartas sobre la mesa. —¡Acepten su derrota y lloren, chicos! ¡Ases y ochos!


—¿Un Full House? ¿Qué demonios? —gritó Marcos.


—Lo siento. Siempre quise decir eso —dijo Paula, riendo mientras agarraba sus fichas.


Los ojos de Pablo se estrecharon. —Esto no es sólo suerte de principiante. Ella juega.


Miré a Pablo por un momento. No quitó sus ojos de Paula.


Entonces, la miré. —¿Has jugado alguna vez, Paloma?
Apretó los labios y se encogió de hombros, dejando que una dulce sonrisa apareciera en las comisuras de su boca. Mi cabeza cayó hacia atrás, y me eché a reír. Intenté decirle lo orgulloso que estaba, pero las palabras no salieron por el
temblor incontrolable que sacudía mi cuerpo. Golpeé la mesa con el puño varias veces, tratando de controlarme.


—¡Tu novia nos acaba de estafar! —dijo Manuel, señalando en mi dirección.


—¡DE NINGUNA JODIDA MANERA! —gimió Marcos, poniéndose de pie.


—Buen plan, Pedro. Traer un tiburón de cartas a la noche de póquer —dijo papá, guiñándole un ojo a Paula.


—¡No lo sabía! —dije, negando con la cabeza.


—¡Tonterías! —dijo Pablo, con los ojos todavía en mi novia.


—¡En serio! —dije.


—Odio decirlo, hermano. Pero creo que acabo de enamorarme de tu chica —dijo Nahuel.


De repente mi risa se había ido y fruncí el ceño. —Oye, ya.


—Ya está bueno. Estaba solamente dejándotela fácil, Paula, pero quiero mi dinero de vuelta, ahora —advirtió Marcos.

CAPITULO 183



Para pasar el tiempo, cociné chuletas de cerdo y puré de patatas, pero sólo lo esparcí por mi plato, incapaz de comer. Lavar la ropa ayudó a noquear una hora,y entonces decidí darle a Moro un baño. Jugamos un rato, pero incluso él me dejó y se acurrucó en la cama. Mirando hacia el techo, obsesionado con lo estúpido que había sido, no estaba siendo productivo, así que decidí sacar todos los platos del gabinete y lavarlos a mano.


La noche más larga de mi vida.


Las nubes comenzaron a colorarse, el sol comenzaba a salir. Agarré las llaves de la moto y salí a dar un paseo, acabé delante de Morgan Hall.


Harmony Handler estaba saliendo a correr. Me miró por un momento, manteniendo su mano sobre la puerta.


—Hola,Pedro —dijo con su típica sonrisita. Que se desvaneció rápidamente—. Guau. ¿Está enfermo o algo? ¿Necesitas que te lleve a algún lugar?


—Debo haber lucido como el infierno. Harmony siempre había sido un amor. Su hermano era un Sig Tau, por lo que no la conocía tan bien. Las hermanitas estaban prohibidas.


—Hola, Harmony —dije, intentando darle una sonrisa—. Quería darle una sorpresa a Paula con el desayuno. ¿Crees que pueda pasar?


—Eh... —dudó, mirando hacia atrás, a través de la puerta de cristal—.Nancy podría enloquecer. ¿Seguro que estás bien?


Nancy era la mamá del dormitorio de Morgan Hall. Había oído hablar de ella, pero nunca la había visto y dudaba que siquiera lo notara. Se decía por el campus que bebía más que los residentes y rara vez era vista fuera de su habitación.


—Sólo ha sido una noche larga. Vamos. —Sonreí—. Sabes que no le importará.


—Está bien, pero no fui yo.


Sostuve mi mano en mi corazón. —Lo prometo.


Subí las escaleras y toqué suavemente en la puerta de Paula.
La perilla giró rápidamente, pero la puerta se abrió lentamente,gradualmente, revelando a Paula y Luciano al otro lado del cuarto. La mano de Carla se retiró de la perrilla y regresó a las sábanas de su cama.


—¿Puedo pasar?


Paula se sentó rápidamente. —¿Estás bien?


Entré y caí de rodillas ante ella. —Lo siento, Paula. Lo siento —dije,envolviendo mis brazos alrededor de su cintura y enterrando la cabeza en su regazo.


Paula acunó mi cabeza en sus brazos.


—Yo, uh... —tartamudeó Rosario—. Me voy.


La compañera de Paula,Carla dio pisotones por el cuarto, agarrando sus cosas para ducharse. —Siempre estoy muy limpia cuando estás por aquí, Paula —dijo, golpeando la puerta detrás de ella.


Miré a Paula —Sé que me vuelvo loco cuando se trata de ti, pero Dios sabe que lo estoy intentando, Paloma. No quiero arruinarlo.


—Entonces no lo hagas —dijo simplemente.


—Esto es difícil para mí, ¿sabes? Siento que en cualquier momento vas a averiguar cuan pedazo de mierda soy y me vas a dejar. Cuando bailaban anoche, vi una docena de tipos mirándote. Vas a la barra, y veo que agradeces a ese chico por la bebida. Luego esa bolsa de mierda en la pista de baile te agarra.


—Tú no me ves a mí golpeando a cualquier chica que se te acerca. No puedo quedarme encerrada en el apartamento todo el tiempo. Vas a tener que controlar tu temperamento.


—Lo haré —dije, asintiendo—. Nunca he querido a una novia antes, Paloma.No estoy acostumbrado a sentirme de esta manera acerca de alguien... por nadie. Si eres paciente conmigo, juro que me controlaré.


—Vamos aclarar algo; no eres un pedazo de mierda, eres increíble. No importa quién me compre bebidas o quien me invite a bailar o quién coquetee conmigo. Voy a casa contigo. Me has pedido que confíe en ti, y tú no pareces
confiar en mí.


Fruncí el ceño. —Eso no es verdad.


—Si piensas que voy a dejarte por cualquier tipo que se aparezca, entonces no me tienes mucha fe.


Apretó mi agarre. —No soy lo suficientemente bueno para ti, Paloma. Eso no quiere decir no confíe en ti, sólo me preparo para lo inevitable.


—No digas eso. Cuando estamos solos, eres perfecto. Somos perfectos. Pero luego dejas que todos los demás lo arruinen. No espero un cambio de 180 grados, pero tienes que elegir tus batallas. No puedes pelear cada vez que alguien me mire.


Asentí, sabiendo que tenía razón. —Hago todo lo que tú quieras. Sólo...dime que me amas. —Era plenamente consciente lo ridículo que sonaba, pero no importaba ya.


—Sabes que lo hago.


—Necesito oírte decirlo.


—Te amo —dijo. Tocó mis labios con los suyos y luego me alejó unos centímetros—. Ahora deja de ser tan bebé.


Una vez que me besó, mi corazón comenzó a calmarse y todos los músculos en mi cuerpo se relajaron. Me aterró lo mucho que la necesitaba. No podía imaginar que el amor fuera así para todos, de ser así los hombres andarían por ahí caminando como locos en el segundo que fueran lo suficientemente grandes como para notar a las niñas.
Tal vez sólo era yo. Tal vez éramos sólo ella y yo. Tal vez juntos éramos esta entidad volátil que hacía implosión o se fundía. De cualquier manera, parecía que en el momento en que la encontré, mi vida se había volteado boca abajo. Y no
quería que fuera de ninguna otra manera.