miércoles, 21 de mayo de 2014

CAPITULO 175



Paula tomó un bocado, y después otro, escasamente deteniéndose para tragar. Un pequeño gemido emanó de sus labios. —Esto está realmente bueno,Pepe —dijo todavía masticando—. Me lo había estado ocultado.


—Si te lo hubiera dicho antes, lo hubieras estado esperando todas las noches. —La sonrisa artificial que de algún modo puse, se desvaneció.


—Te voy a extrañar también, Pepe —dijo, todavía masticando.


—Vas a seguir viniendo, ¿cierto?


—Sabes que lo haré. Y tú vas a estar en lo de Morgan, ayudándome a estudiar, tal como lo hiciste antes.


—Pero no será lo mismo —suspiré—. Vas a estar saliendo con Adrian, nos vamos a mantener ocupados… nos vamos a ir en diferentes direcciones.


—No va a cambiar mucho.


Me reí una vez. —¿Quién hubiera pensado por la primera vez que nos conocimos que estaríamos sentados aquí? No hubieras podido decirme tres meses atrás que iba a ser tan miserable por despedirme de una chica.


La cara de Paula decayó. —No quiero que seas miserable.


—Entonces no te vayas.


Paula tragó saliva, y sus cejas se movieron infinitesimalmente. —No puedo mudarme aquí, Pedro. Eso es una locura.


—¿Quién lo dice? Acabo de tener las dos mejores semanas de mi vida.


—Yo también.



—¿Entonces por qué siento como si nunca fuera a volver a verte?


Me observó por un momento, pero no contestó. En su lugar se puso de pie y caminó alrededor de la mesa del desayuno, sentándose en mi regazo. Todo en mí quería mirarla a los ojos, pero tenía miedo de que si lo hacía trataría de besarla, y nuestra noche estaría arruinada.


Me abrazó, su suave mejilla presionando a la mía. —Te vas a dar cuenta que dolor en el trasero era yo. Y después te olvidarás acerca de todo eso de extrañarme—susurró en mi oído.


Froté mi mano en círculos entre sus omóplatos, tratando de ahogar la tristeza. —¿Lo prometes?


Paula me miró a los ojos, tocando cada lado de mi cara con sus manos.
Acarició mi quijada con su pulgar. Pensamientos de rogarle que se quedara pasaron por mi mente, pero no me escucharía. No del otro lado de su burbuja.
Paula cerró sus ojos y se recostó. Sabía que ella quería besar la esquina de mi boca, pero volteé el rostro para que nuestros labios se encontraran. Era mi última oportunidad. Tenía que darle un beso de despedida. Se paralizó un momento, pero después su cuerpo se relajó, y dejó que sus labios permanecieran en los míos.


Paula finalmente se alejó, jugando con una sonrisa. —Tengo un día importante mañana. Voy a limpiar la cocina, y después me voy a ir a la cama.


—Te ayudaré.


Lavamos los platos juntos en silencio, con Moro dormido a nuestros pies.
Sequé el último plato y lo puse en el estante, y después alcancé su mano para guiarla al corredor. Cada pasó era una agonía.
Paula se bajó sus vaqueros, y después levantó su camisa sobre su cabeza.
Agarrando una de mis camisas del armario, dejó al gris y desgastado material de algodón deslizarse sobre su cabeza. Me quité la ropa y sólo dejé mi bóxer como había hecho docenas de veces con ella en la habitación, pero esta vez la solemnidad llenaba la habitación.
Nos subimos a la cama, y apagué la lámpara. Inmediatamente envolví mis brazos a su alrededor y suspiré, y ella posicionó su rostro en mi cuello.
Los árboles afuera de mi ventana formaban una sombra en las paredes.
Traté de concentrarme en sus figuras y en la forma en que la luz y el viento cambiaban la forma de sus siluetas contra los diferentes ángulos de la pared.
Cualquier cosa para evitar de mi mente los números en el reloj, o cuan cerca estábamos de la mañana.
La mañana. Mi vida iba a cambiar para empeorar en sólo unas horas.
Jesucristo. No podía resistirlo. Apreté mis ojos cerrados, tratando de bloquear ese tren de pensamientos.


—¿Pepe, estás bien?


Me tomó un poco formar las palabras. —Nunca he estado menos bien en mi vida.

Presionó su frente contra mi cuello de nuevo, y la apreté más.


—Esto es una tontería —dijo—. Vamos a vernos todos los días.


—Sabes que no es verdad.


Su cabeza ladeó un poco hacia arriba. No estaba seguro si me miraba fijamente, o se alistaba para decirme algo.

Esperé en la oscuridad, en el silencio,sintiendo como si el mundo fuera a derrumbarse a mí alrededor en cualquier
segundo. Sin advertencia, Paula frunció sus labios y tocó mi cuello con ellos. Su boca se abrió cuando probó mi piel, y la calidad humedad de su boca permaneció en ese punto.
Bajé la mirada en su dirección, tomado completamente por sorpresa. Una familiar chispa ardía tras la ventana de sus ojos. Inseguro de cómo pasó,finalmente había llegado hasta ella. Paula finalmente se había dado cuenta de mis sentimientos hacia ella, y la luz de pronto había entrado.
Me incliné, presionando mis labios contra los suyos, suave y lento. Mientras más tiempo nuestras bocas permanecían unidas, más me sentía abrumado por la realidad del asunto.
Paula me puso más cerca de ella. Cada movimiento que hacía era una afirmación más de la respuesta. Ella sentía lo mismo. Me quería. Me deseaba.
Quería correr alrededor de la calle y gritar en celebración, y al mismo tiempo no quería mover mi boca de la suya.
Su boca se abrió, y moví mi lengua adentro, probando y buscando suavemente.


—Te deseo.

CAPITULO 174




Dos semanas. Eso era todo lo que me quedaba para, ya fuera,disfrutar el tiempo que nos quedaba juntos, o de algún modo demostrarle a Paula que yo podía ser quién ella necesitaba.
Me vuelvo encantador; quito todos los inconvenientes; no reparo en gastos.
Fuimos a los bolos, a cenar, a almorzar, y al cine. También pasamos tanto tiempo en el apartamento como era posible: rentábamos películas, ordenábamos comida,cualquier cosa para estar a solas con ella. No tuvimos ni una sola pelea.
Agustin llamó un par de veces. Aunque hice un buen papel, él no estaba feliz con cuán cortas eran las peleas. Dinero era dinero, pero yo no quería desperdiciar el tiempo estando lejos de Paloma.
Ella estaba más feliz de lo que nunca la había visto, y por primera vez, me sentí como un ser humano normal y completo, en vez de un hombre enojado y roto.
En las noches, podíamos recostarnos y acurrucarnos como una vieja pareja de casados. Entre más se acercaba la última noche, más luchaba por mantenerme optimista y pretender que no estaba desesperado por mantener nuestras vidas del modo en el que estaban.


La noche anterior a la última, Paula optó por cenar en Pizza Shack. Todo era perfecto: las migajas en el suelo rojo, el olor a grasa y especias en el aire, menos el desagradable equipo de fútbol.
Perfecto pero triste. Era el primer sitio en el que íbamos a cenar juntos. Paula se rió mucho, pero nunca se abrió. Nunca mencionó nuestro tiempo juntos.
Todavía en esa burbuja. Todavía inconsciente. Que mis esfuerzos estuvieran siendo ignorados algunas veces era exasperante, pero ser paciente y mantenerla feliz era la única manera en la que tenía alguna oportunidad de tener éxito.
Ella se durmió aquella noche con bastante rapidez. Mientras dormía a tan sólo unos centímetros, la observé, tratando de guardar su imagen en mi memoria.
La manera en la que sus pestañas caían contra su piel; la manera en la que su húmedo cabello se sentía contra mi brazo; el frutal, limpio olor que emanaba de su aromatizado cuerpo: el apenas audible ruido que su nariz hacía cuando exhalaba.
Estaba tan tranquila, y se había acostumbrado a dormir en mi cama.
Las paredes rodeándonos estaban cubiertas con fotos de Paula en la época en la que estaba en el apartamento. Era oscuro, pero cada una estaba relacionada a un recuerdo. Ahora que finalmente se sentía como casa, se iba a ir.
La mañana del último día de Paula aquí se sentía como si fuera a ser tragado por el dolor, sabiendo que ella empacaría a la mañana siguiente para Morgan Hall.
Paloma estaría alrededor, tal vez me visitaría ocasionalmente, probablemente con Rosario, pero estaría con Adrian. Estaba al borde de perderla.
El sillón crujió un poco mientras me balanceaba adelante y atrás, esperando a que se despertara. El apartamento estaba en silencio. Demasiado silencioso. El silencio pesaba sobre mí.
La puerta de Valentin chilló mientras se abría y cerraba, y los pies descalzos de mi primo golpearon contra el suelo. Su cabello estaba levantado en todas las direcciones y sus ojos entrecerrados. Procedió a sentarse en la silla para dos, y me
observó por un rato debajo de la capucha de su sudadera.
Podría haber estado frío. No me di cuenta.


—¿Pepe? La vas a ver de nuevo.


—Lo sé.


—Por la mirada en tu cara, no creo que lo sepas.


—No será los mismo, Valen. Vamos a vivir diferentes vidas, a separarnos.Ella estará con Adrian.


—Tú no sabes eso. Adrian mostrará lo imbécil que es. Ella se dará cuenta.


—Entonces alguien más como Adrian.


Valentin suspiró y puso una pierna en el sofá, sosteniéndolo por el tobillo. —¿Qué puedo hacer?


—No me había sentido así desde que mamá murió. No sé qué hacer —dije ahogado—. La voy a perder.


Las cejas de Valentin se juntaron. —¿Así que vas a renunciar a pelear, eh?


—He intentado todo. No puedo dejarla. Tal vez no sienta lo mismo que yo.


—O tal vez sólo está intentando no hacerlo. Escucha. 
Rosario y yo nos haremos invisibles. Todavía tienes está noche. Haz algo especial. Compra una botella de vino. Hazle espagueti. Haces un malditamente buen espagueti.


Un lado de mi boca se curvo. —El espagueti no va a hacer que ella cambie de opinión.


Valentin sonrió. —Nunca se sabe. Tu manera de cocinar es la razón por la que decidí mudarme contigo e ignorar el hecho de que eres un puto loco.


Asentí. —Lo intentaré. Intentaré lo que sea.


—Sólo hazlo memorable, Pepe —dijo Valentin encogiéndose de hombros—Ella podría entrar en razón.


Valentin y Rosario se ofrecieron a recoger un par de cosas de la tienda de víveres, así yo podría hacer la cena para Paula. Valentin incluso accedió a hacer una parada en la tienda departamental para recoger una vajilla nueva de plata y así no tendríamos que usar la mierda de vajilla “mezcla y combina” que teníamos en los gabinetes.


Mi última noche con Paula estaba lista.


Mientras acomodaba las servilletas esa noche, Paula apareció de la esquina en unos vaqueros agujereados y una camisa blanca suelta y floja.


—He estado salivando. Lo que sea que estás preparando, huele muy bien.


Serví el espagueti con la salsa Alfredo encima en su plato hondo, deslicé el pollo cajún rostizado encima, y después rocié un poco de tomate y cebolla verde picados.


—Esto es lo que he estado cocinando —dije, posicionando el plato frente a la silla de Paula. Se sentó, y sus ojos se abrieron, y después me observó llenar mi propio plato.


Arrojé un trozo de pan de ajo en su plato, y sonrió. —Pensaste en todo.


—Sí, así es —dije, descorchando el vino. El líquido rojo oscuro se derramó un poco cuando fluyó en su copa, y rió entre dientes.


—¿Sabes? No tenías que hacer todo esto.


Fruncí los labios. —Sí, sí tenía que hacerlo.

martes, 20 de mayo de 2014

CAPITULO 173



Tan pronto como encontramos una cabina, dejé mi abrigo junto a Paula y fui al baño. Era raro cómo todos pretendían que no había golpeado a alguien hace unas horas, como si nada hubiera pasado. Acuné mis manos bajo el agua, y me
lavé la cara, mirándome en el espejo. El agua goteaba de mi nariz y barbilla. Una vez más, iba a tener que tragar la disforia y concordar con el estado de ánimo falso de todos los demás. Como si tuviéramos que mantener pretextos para ayudar a Paula a avanzar a través de la realidad en su pequeña burbuja de ignorancia donde nadie sentía nada demasiado fuerte, y todo estaba establecido.


—¡Maldición! ¿La comida aún no está aquí? —pregunté, deslizándome en la cabina junto a Paula. Su teléfono estaba sobre la mesa, así que lo agarré, encendí la cámara, hice una estúpida cara y tomé una foto.


—¿Qué demonios pasa contigo? —dijo Paula con una risita.


Busqué mi nombre y luego adjunté la foto. —Así recordaras lo mucho que me adoras cuando llame.


—O lo idiota que eres —dijo Rosario.


Rosario y Valentin hablaron la mayor parte del tiempo de sus clases y de los últimos chismes, cuidando de no mencionar a nadie involucrado en la pelea de más temprano.


Paula los miraba con su barbilla descansando en su puño, sonriendo y siendo hermosa sin esfuerzo. Sus dedos eran pequeños, y me sorprendí cómo de desnudo lucía su dedo anular. Me miró y se inclinó para empujarme juguetonamente con su hombro. Entonces se enderezó, para continuar escuchar la charla de Rosario.



Nos reímos y bromeamos hasta que el restaurante cerró, y luego nos amontonamos en el Charger para volver a casa. Me sentía exhausto, y aunque el día pareció largo como el infierno, no quería que terminara.
Valentin llevó en su espalda a Rosario por las escaleras, pero me quedé atrás, tirando del brazo de Paula. Observé a nuestros amigos hasta que entraron en el apartamento, y entonces jugueteé con mis manos y las de Paula—Te debo una disculpa por hoy, así que lo siento.


—Ya te has disculpado. Está bien.


—No, me disculpé por Adrian. No quiero que pienses que soy un psicópata que va por ahí atacando a la gente por lo más mínimo —dije—, pero te debo una disculpa porque no te defendí por la razón correcta.


—Y esa sería… —solicitó.


—Me lancé sobre él porque dijo que quería ser el próximo en la fila, no porque se burlaba de ti.


—Insinuar que hay una fila es la razón suficiente para que me defiendas, Pepe.


—Ese es mi punto. Estaba enojado porque tomé eso como que él quería dormir contigo.


Paula pensó por un momento, y entonces agarró los costados de mi camisa.Presionó su frente contra mi camiseta, en mi pecho. —¿Sabes qué? No me importa
—dijo, mirándome con una sonrisa—. No me importa lo que la gente está diciendo, o que perdiste tu temperamento, o el por qué arruinaste el rostro de Daniel. La última cosa que quiero es una mala reputación, pero estoy cansada de
explicar nuestra amistad a todo el mundo. Al diablo con ellos.


Las comisuras de mi boca se levantaron. —¿Nuestra amistad? A veces me pregunto si me escuchas por completo.


—¿Qué quieres decir?


La burbuja con la que se rodeaba era impenetrable, y me preguntélo que sucedería si alguna vez la atravesaba. —Entremos, estoy cansado.


Asintió, y caminamos juntos por las escaleras y en el apartamento.Rosario y Valentin ya murmuraban en su dormitorio, y Paula desapareció en el baño. Los tubos chillaron y luego el agua en la ducha golpeó contra el azulejo.
Moro me acompañó mientras esperaba. Ella no perdía el tiempo; su rutina nocturna estaba completa en una hora.
Se tumbó en la cama, su pelo mojado apoyado en mi brazo. Exhaló un largo y relajante suspiro. —Sólo quedan dos semanas. ¿Vas a hacer un drama cuando me mude a Morgan?


—No lo sé —dije. No quería pensar en ello.


—Oye. —Tocó mi brazo—. Estaba bromeando.


Quería que mi cuerpo se relajara contra el colchón, recordándome a mí mismo que por el momento, todavía seguía a mi lado. No funcionó. Nada funcionó. La necesitaba en mis brazos. Suficiente tiempo había sido perdido ¿Confías en mí, Paloma? —pregunté, un poco nervioso.


—Sí, ¿por qué?


—Ven aquí —dije, tirándola contra mí. Esperé por su protesta, pero sólo se congeló por un momento antes de dejar que su cuerpo se fundiera con el mío. Su mejilla se relajó contra mi pecho.
Inmediatamente, mis ojos se sintieron pesados. Mañana intentaría pensar en una forma de posponer su partida, pero en ese momento, dormir con ella en mis brazos era la única cosa que quería hacer.

CAPITULO 172



Pasé junto a ella y empujé a todos lo que estaban en mi camino. Dos por dos.Primero, me las arreglé para iniciar un rumor sobre la chica de la que estaba enamorado, y luego la asusté casi hasta la muerte.
La soledad de mi habitación parecía el único lugar adecuado para mí. Estaba demasiado avergonzado para incluso buscar el consejo de mi padre. Valentin me alcanzó. Sin una palabra, entró al Charger conmigo y encendió el motor.
No hablamos mientras Valentin manejaba al apartamento. El pensamiento de Paula marchándose de casa era algo que mi mente no quería procesar.
Valentin detuvo su coche en el usual lugar del estacionamiento, y salí, caminando como un zombi por las escaleras. No había un posible buen final. En cualquiera, Paula iba a irse porque estaba asustada de lo que vio, o incluso peor: tenía que liberarla de la apuesta para que así pudiera irse, incluso si yo no quería hacerlo.
Mi corazón estaba indeciso entre dejar a Paula en paz o si debía insistir un poco más. Una vez dentro, tiré mi mochila contra la pared, y me aseguré de cerrar de golpe la puerta del dormitorio detrás de mí. No me hizo sentir mejor, de hecho, pisar fuerte como un niño me recordó el tiempo que he pasado persiguiéndola; si podía llamarse así.
El zumbido agudo del Honda de Rosario sonó brevemente antes de que apagara el motor. Paula estaría con ella. Entraría gritando, o todo lo contrario. No estaba seguro de lo que me haría sentir peor.


—¿Pedro? —dijo Valentin, abriendo la puerta.


Negué con la cabeza, y entonces me senté al borde de la cama. Se hundió bajo mi peso.


—Ni siquiera sé lo que ella va a decir. Quizás solo quiere saber si estás bien.


—Dije que no.


Valentin cerró la puerta. Los árboles afuera estaban marrones y empezaban a arrojar lo que quedaba de color. Pronto estarían sin hojas. Para el tiempo en que las últimas hojas cayeran,Paula se habría ido. Maldición, me sentía depresivo.


Unos pocos minutos más tarde, otro golpe en la puerta. —¿Pedro? Soy yo.Abre.


Suspiré. —Vete, Paloma.


La puerta crujió cuando la abrió. No me di la vuelta. No tenía que hacerlo.
Moro estaba detrás de mí, y su pequeña cola golpeaba mi espalda ante su vista.


—¿Qué pasa contigo,Pepe? —preguntó.


No sabía cómo decirle la verdad, y una parte de mí sabía que no me escucharía, de todos modos, así que sólo miré la ventana, contando las hojas cayendo. Con cada una que se desprendía y flotaba hasta el suelo, estábamos uno más cerca a Paula desapareciendo de mi vida. Mi reloj de arena natural.
Paula se paró a mi lado, cruzándose de brazos. Esperé a que gritara, o me castigara de alguna manera por la crisis en la cafetería.


—¿No vas a hablarme sobre esto?


Empezó a girar hacia la puerta y suspiré. —¿Recuerdas el otro día cuando Benjamin se metió conmigo y tú saliste en mi defensa? Bueno… eso es lo que pasó.Sólo que me dejé llevar un poco.


—Estabas enojado antes de que Daniel dijera algo —dijo, sentándose a mi lado en la cama. Moro inmediatamente se metió en su regazo, pidiendo atención.


Conocía el sentimiento. Todas las travesuras, mis estúpidos trucos; todo era para conseguir de alguna manera su atención, y ella parecía ajena a todo. Incluso a mi loco comportamiento.


—Quise decir lo que dije antes. Tienes que irte, Paloma. Dios sabe que no puedo alejarme de ti.



Alcanzó mi brazo. —No quieres que me vaya.


No tenía idea de cuán cierta, y cuan equivocada, ella estaba. Mis sentimientos en conflicto sobre ella enloquecían. Estaba enamorado de ella; no podía imaginar una vida sin ella; pero al mismo tiempo, quería para ella lo mejor.
Con eso en mente, el pensamiento de Paula con alguien más era insoportable.
Ninguno de los dos podía ganar, y sin embargo no podía perderla. El constante ir y venir me tenía agotado.


Empujé a Paula contra mí, y entonces besé su frente. —No importa lo duro que lo intente. Vas a odiarme cuando todo esté dicho y hecho.


Envolvió sus brazos a mí alrededor, uniendo sus dedos alrededor de la cúspide de mis hombros. —Tenemos que ser amigos. No tomaré un no por respuesta.


Me había robado mi línea de nuestra primera cita en la pizzería. Eso parecía como hace cien vidas atrás. No estaba seguro de cuando las cosas habían empezado a complicarse tanto.

—Te observo dormir un montón —dije, envolviéndola con ambos brazos—.Siempre te ves tan tranquila. No tengo ese tipo de tranquilidad. Tengo toda esta ira y rabia dentro de mí… excepto cuando te veo dormir. Quería que él pensara que algo sucedió. Ahora la escuela entera cree que estuviste con los dos en la misma noche. Lo siento.


Paula se encogió de hombros. —Si cree ese rumor, es su culpa.


—Es difícil pensar en algo más cuando nos vio en la cama juntos.


—Sabe que me estoy quedando contigo. Estaba completamente vestida, por el amor de Cristo.


Suspiré. —Probablemente estaba demasiado enojado para darse cuenta. Sé que te gusta, Paloma. Debería haberle explicado. Te debo mucho.


—No importa.


—¿No estás enojada? —pregunté, sorprendido.


—¿Es eso lo que te tiene tan molesto? ¿Pensabas que estaría enojada contigo cuando me dijeras la verdad?


—Deberías estarlo. Si me estuvieran hundiendo por la mala reputación de alguien, estaría un poco molesto.


—Tú no te preocupas por la reputación. ¿Qué pasó con el Pedro que no le importa una mierda lo que piensen los demás? —bromeó, empujándome con el codo.


—Eso era antes de que viera la mirada en tu rostro cuando escuchaste lo que todos están diciendo. No quiero que salgas herida por mi culpa.


—Tú nunca harías algo para lastimarme.


—Preferiría cortarme el brazo —suspiré.


Relajé mi mejilla contra su cabello. Siempre olía tan bien, se sentía tan bien.
Estar cerca de ella era como un sedante. Mi cuerpo entero se relajó, y de repente estaba tan cansado que no quería moverme. Nos sentamos juntos, nuestros brazos alrededor del otro, su cabeza metida en mi cuello, durante más tiempo. Nada más allá de ese momento estaba garantizado, así que me quedé allí dentro de él, con Paloma.


Cuando el sol comenzó a ponerse, escuché un leve golpe en la puerta. —¿Paula? —La voz de Rosario sonaba pequeña en el otro lado de la madera.


—Entra,Ro —dije, sabiendo que probablemente estaba preocupada sobre por qué estábamos tan tranquilos.


Rosario entró con Valentin, y sonrió al vernos enredados en los brazos del otro. —Vamos por un poco de comida. ¿Tienen ganas de hacer una carrera hasta Pei Wei?


—Ugh… ¿comida asiatica de nuevo, Ro? —pregunté.


—Sí, de verdad —dijo, pareciendo un poco más relajada—. ¿Vienen o no?


—Muero de hambre —dijo Paula.


—Por supuesto que sí, no llegaste a almorzar —dije, frunciendo el ceño. Me puse de pie, levantándola conmigo—. Vamos. Vamos a conseguirte algo de comida.


No estaba listo para dejarla ir todavía, así que mantuve mi brazo alrededor de ella durante el viaje a Pei Wei. A ella no parecía importarle, e incluso se inclinó contra mí en el auto mientras concedí compartir una comida para cuatro con ella.

CAPITULO 171




Menos de cinco minutos después, yo estaba jugando con la radio en el Charger mientras Valentin salía del estacionamiento de nuestro apartamento.
Valentin parecía estar en un estado de ánimo excepcionalmente bueno mientras nos llevaba a través del trafico y frenando lo suficiente para no tirar a los peatones por encima del capó. Finalmente, encontró un espacio adecuado en el estacionamiento, y nos dirigimos a Composición de Inglés II, la única clase que compartíamos.
La fila superior había sido el nuevo acuerdo de asientos de Valentin y mío por bastantes semanas en un intento de liberarnos de la manada de hembras que generalmente rodeaba mi escritorio.
La Dra. Parker entró campante en el aula, vertiendo un bolso de mano, un maletín y una taza de café en su escritorio. —¡Cristo! ¡Hace frío! —dijo, tirando de su abrigo apretadamente alrededor de su pequeño cuerpo—. ¿Están todos aquí? —Manos se dispararon hacia arriba, y ella asintió, sin prestar realmente atención—Genial. Buenas noticias. ¡Examen sorpresa!


Todo el mundo se quejó, y ella sonrió. —Aún me aman. Papel y lápiz, gente.No tengo todo el día.


La habitación se llenó con el mismo sonido mientras todos alcanzaban sus suministros. Escribí mi nombre en la parte superior de mi papel y sonreí ante los susurros de pánico de Valentin.


—¿Por qué? ¿Examen sorpresa en Composición II? Jodidamente ridículo —dijo entre dientes.


La prueba fue bastante inofensiva, y su lección terminó con otra tarea para entregar al final de esta semana. En los últimos minutos de clases, un chico de la fila justo delante de mí, estiró el cuello hacia atrás. Lo reconocí de la clase. Su nombre era Levi, pero sabía eso sólo porque había escuchado a la Dra. Park llamarlo en varias ocasiones. Su pelo negro grasiento siempre estaba peinado hacia atrás, lejos de su cara picada de viruela. Levi nunca estaba en la cafetería, o en cualquier fraternidad. Él no estaba en el quipo de futbol, tampoco, y en ninguna de las fiesta. No en ninguna de las que yo frecuentaba, al menos.
Bajé la vista hacia él, y luego volví mi atención a la Dra. Park, quien compartía una historia acerca de la última visita de su amigo gay favorito.
Mis ojos se dirigieron hacia abajo de nuevo. Aún estaba mirándome.


—¿Necesitas algo? —pregunté.


—Acabo de enterarme acerca de la fiesta de Benjamin este fin de semana. Bien jugado.


—¿Eh?


La chica a su derecha, Elizabeth, se volvió también, su pelo castaño claro rebotando. Elizabeth era la novia de uno de mis hermanos de fraternidad. Sus ojos se iluminaron. —Sí. Lamento haberme perdido ese show.


Valentin se inclinó hacia adelante —¿Qué? ¿La pelea entre Ro y yo?


El chico se rió. —No. La fiesta de Paula.


—¿La fiesta de cumpleaños? —pregunté, tratando de no pensar a que se podía estar refiriendo. Había varias cosas que habían pasado que podrían batir molinos de rumores, pero nada que un olvidado tipo al azar se enteraría.


Elizabeth comprobó a ver si la Dra. Parker nos estaba mirando, y luego volvió su cabeza atrás. —Paula y Adrian.


Otra chica se volteó. —Oh, sí. Escuché que Adrian los encontró a ustedes dos juntos la mañana siguiente. ¿Es cierto?


—¿Lo has oído en donde? —pregunté. La adrenalina gritando a través de mis venas.


Elizabeth se encogió de hombros. —En todas partes. La gente hablaba sobre eso en mi clase esta mañana.


—En la mía, también —dijo Levi.


La otra chica sólo asintió.


Elizabeth se volvió un poco más, inclinándose hacia mí. —¿Realmente lo estaba haciendo en el pasillo de Benjamin con Adrian, y luego se fue a casa contigo?


Valentin frunció el ceño. —Ella se está quedando con nosotros.


—No —dijo la chica al lado de Elizabeth—. Ella y Adrian se besuquearon en el sofá de Benjamin, y luego se levantó, bailó con Pedro, Adrian se fue molesto, y ella se fue con Pedro… y Valentin.


—Eso no fue lo que yo escuché —dijo Elizabeth, visiblemente tratando de contener su entusiasmo—Escuché que era una especie de trío. Así que… ¿Cual de todas es, Pedro?


Levi parecía estas disfrutando de la conversación. —Siempre había oído que era al revés.


—¿A qué te refieres? —Ya irritado con su tono.


—Que Adrian estaba consiguiendo tus sobras.


Entrecerré mis ojos. Quien fuera que sea este tipo, sabía más de mí de lo que debería. Me incliné hacia él. —Metete en tus jodidos asuntos, imbécil.


—Está bien —dijo Valentin, poniendo sus manos en mi escritorio.


Inmediatamente Levi se volteó, y las cejas de Elizabeth se alzaron antes de volverse también.


—Jodida porquería —me quejé. Miré a Valentin—. La hora del almuerzo es la siguiente. Alguien le dirá algo. Están diciendo que los dos nos la follamos.Maldición. Maldición, Valentin, ¿Qué hago?


Valentin inmediatamente comenzó a meter sus cosas en su mochila, y yo hice lo mismo.


—Pueden irse —dijo la Dra. Park—. Váyanse endemoniadamente fuera y sean ciudadanos productivos hoy.


Mi mochila golpeó contra mi espalda mientras corría a través del campo, haciendo una línea recta hacia la cafetería. Rosario y Paula aparecieron a la vista, a tan sólo unos pasos de la entrada.


Valentin tomó el brazo de Rosario —Ro—resopló.


Agarré mis caderas tratando de recuperar el aliento.


—¿Hay una turba de mujeres enfadadas que te persiguen? —bromeó Paula.


Sacudí mi cabeza. Mis manos temblaban, así que agarré las tiras de mi mochila. —Trataba de alcanzarte… antes de que… entraras —suspiré.


—¿Qué está pasando? —preguntó Rosario a Valentin


—Hay un rumor —comenzó Valentin—. Todo el mundo está diciendo que Pedro llevó a Paula a casa y… los detalles son diferentes, pero es bastante malo.


—¿Qué? ¿Hablas en serio? —exclamó Paula.


Rosario rodó sus ojos. —¿A quién le importa, Paula? La gente ha estado especulando sobre ti y Pepe por semanas. No es la primera vez que alguien dice que ustedes duermen juntos.


Miré a Valentin, esperando a que él hubiese encontrado una forma de salir del apuro en el que me había metido.


—¿Qué? —dijo Paula—. Hay algo más, ¿no es así?


Valentin se estremeció. —Dicen que dormiste con Adrian donde Benjamin, y que luego dejaste que Pedro… te llevara a casa, si sabes a lo que me refiero.


Su boca cayó abierta. —¡Genial! ¿Así que soy la puta de la escuela ahora?


Yo había hecho esto, y por supuesto que era Paula la que sufriría las consecuencias. —Esto es mi culpa. Si fuera alguien más, no estarían diciendo eso de ti. —Entré a la cafetería, con mis manos en puños a mis costados.


Paula se sentó, y me aseguré de sentarme a unos pocos asientos lejos de ella.
Los rumores habían sido extendidos sobre mí manoseando chicas antes, y algunas veces el nombre de Adrian era incluso mencionado también, pero nunca me importó hasta ahora. Paula no merecía ser tratada de esa manera porque era mi amiga.


—No tienes que sentarte ahí, Pepe. Vamos, ven a sentarte —dijo Paula,palmeando el espacio vacío en la mesa frente a ella.


—Escuché que tuviste un buen cumpleaños, Paula —dijo Daniel Jenks,arrojando un trozo de lechuga en mi plato.


—No empieces con ella, Jenks —advertí, ceñudo.


Daniel sonrió, empujando sus redondas y rosadas mejillas. —Escuché que Adrian está furioso. Dijo que fue a tu apartamento ayer, y tú y Pedro todavía estaban en la cama.


—Estaban tomando una siesta, Dani —se burló Rosario.


Los ojos de Paula se clavaron en mí. —¿Adrian vino?


Me moví incómodo en mi silla. —Iba a decírtelo.


—¿Cuándo? —espetó.


Rosario se inclinó en su oído, probablemente explicando lo que todo el mundo, excepto Paula sabía.


Paula puso sus codos sobre la mesa, cubriéndose el rostro con las manos. —Esto se pone cada vez mejor.


—Entonces, chicos, ¿realmente no han entrado en acción? —preguntó Daniel—. Maldición, eso apesta. Pensé que Paula era la adecuada para ti después de todo,Pepe.


—Es mejor que pares ahora, Daniel —advirtió Valentin.


—Si no dormiste con ella, ¿importa si tomo mi turno? —dijo Daniel, riendo a sus compañeros.


Sin pensarlo, salté de mi asiento, y me subí a la mesa de Daniel. Su rostro se transformó en cámara lenta desde una sonrisa a amplios ojos y una boca abierta.
Agarré a Daniel por la garganta con una mano y un puñado de su camiseta con la otra. Mis nudillos apenas sintieron la conexión con su cara. Mi rabia estaba al máximo y estaba a punto de mandarlo todo a volar. Daniel cubrió su rostro, pero seguí dándole caza.


—¡Pedro! —gritó Paula, bordeando de la mesa.


Mi puño se congeló en pleno vuelo, y entonces liberé la camisa de Daniel, dejándolo desmoronarse en una pelota en el suelo. La expresión de Paula me hizo vacilar; estaba asustada de lo que acababa de ver. Tragó, y dio un paso hacia atrás.
Su miedo sólo me puso más enojado, no con ella, sino porque me avergonzaba de mí mismo.