domingo, 18 de mayo de 2014

CAPITULO 165



Paula no se quedó en el baño mucho tiempo. En realidad, no podía dejar el apartamento lo suficientemente rápido. Traté de no dejar que me afecte. Paula generalmente se volvía loca cada vez que algo serio ocurría.
La puerta principal se cerró y el coche de Rosario salió del estacionamiento.
Una vez más, el apartamento parecía sofocante y demasiado vacío al mismo tiempo. Odiaba estar allí sin ella y me pregunté que hubiera hecho yo antes de conocernos.
Pasé por encima de una pequeña bolsa de plástico de la farmacia que recogí hace un par de días. Había subido algunas fotos de mí y Paula desde mi teléfono y pedí algunas impresiones.
Las paredes blancas, finalmente tuvieron un poco de color. Justo cuando la última foto fue clavada en su lugar, Valentin llamó a la puerta.


—Oye, hombre.


—¿Sí?


—Tenemos cosas que hacer.


—Lo sé.


Fuimos en coche hasta el apartamento de Benjamin, mayormente en silencio.
Cuando llegamos, Benjamin abrió la puerta, con al menos dos docenas de globos. Las cuerdas largas de plata soplaron en su rostro, y las apartó, escupiendo algunas de
los labios.


—Me preguntaba si ustedes habían cancelado. Gabriel está trayendo la tarta y el licor.


Caminamos junto a él en la sala. Sus paredes no se veían muy diferente de la mías, pero su apartamento o bien estaba "totalmente amueblado" o consiguieron el sofá del Ejército de Salvación.


Benjamin continuó—: Pedí a algunos novatos que consiguieran algo de comida y los parlantes de Miguel. Una de las chicas Sigma Cappa nos prestó algunas luces, no te preocupes, no las invite. Le dije que era para una fiesta del próximo fin de semana. Deberíamos prepararla.


—Bueno —dijo Valentin—Rosario se volvería loca si llegara y nos encontrara aquí con un grupo de chicas de la hermandad.


Benjamin sonrió. —Las únicas chicas de aquí serán algunas de las compañeras de clase de Paula y las novias de los chicos del equipo. Creo que a Paula le va a encantar.


Sonreí, viendo a Benjamin extendiendo los globos en el techo, dejando que las cuerdas cuelguen. —Yo también lo creo. ¿Valen?


—¿Sí?


—No llames a Adrian hasta el último minuto. De esta manera, lo invitamos, pero si viene, al menos no va a estar aquí todo el tiempo.


—Lo tengo.


Benjamin tomó aliento. —¿Quieres ayudarme a mover muebles,Pepe?


—Claro —le dije, siguiéndolo a la otra habitación. El comedor y la cocina eran una habitación, y las paredes ya estaban llenas de sillas. La barra tenía una hilera de vasos limpios de chupitos y una botella sin abrir de Patrón.


Valentin se detuvo, mirando la botella. —Esto no es para Paula, ¿verdad? Benjamin sonrió, sus dientes blancos en contraste con su piel oliva oscura.


—Uh... sí. Es una tradición. Si el equipo de fútbol está montándole una fiesta, ella tendrá que seguir el ritmo del equipo.


—No puedes hacerla beber tantos tragos —dijo Valentin—. Pedro. Dile.


Benjamin levantó la mano. —No estoy haciéndole hacer nada. Para cada trago que beba, tendrá un billete de veinte. Es nuestro regalo para ella. —Su sonrisa se desvaneció cuando vio el ceño fruncido de Valentin.


—¿Tu regalo es la intoxicación por alcohol?


Asentí una vez. —Veremos si ella quiere tener un cumpleaños de tragos por veinte dólares, Valen. No hay nada malo en eso.


Trasladamos la mesa del comedor a un lado, y luego ayudamos a los novatos a traer la comida y los altavoces. Una de las novias de los chicos comenzó a rociar ambientador de aire alrededor de la vivienda.


—¡Nikki! ¡Termina con esa mierda!


Ella puso la mano en la cintura. —Si no olieran tan mal, no tendría que hacerlo. ¡Diez chicos sudorosos en un apartamento empiezan a apestar bastante rápido! No quieres que ella esté caminando por aquí cuando huele como un vestuario, ¿verdad?


—Tienes razón —dije—. Hablando de eso, tengo que volver y ducharme.Nos vemos en media hora.


Valentin se secó la frente y asintió, sacando su celular de un bolsillo de los vaqueros y las llaves del otro.
Le escribió un mensaje rápido a Rosario. En cuestión de segundos, su teléfono sonó. Sonrió. —Que me condenen. Están justo a tiempo.


—Esa es una buena señal.


Nos precipitamos de regreso a nuestro apartamento. En quince minutos, me duché, me afeité y me vestí.Valentin no se demoró mucho tiempo, pero me mantuve mirando mi reloj.


—Cálmate —dijo Valentin, abotonándose la camisa a cuadros verdes—.Siguen estando de compras.


Un motor ruidoso se detuvo en frente, la puerta del coche se cerró de golpe, y luego pasos subieron los escalones de hierro fuera de nuestra puerta.


La abrí, y sonreí. —Justo a tiempo.


Marcos sonrió, con una caja de tamaño mediano con agujeros en los costados y una tapa.


—Él ha sido alimentado, bebió, hizo su mierda diaria. Debería estar bien por un tiempo.


—Eres increíble, Marcos. Gracias. —Miré más allá de él para ver a mi padre sentado al volante de su camioneta. Saludó con la mano y le devolví el saludo.


Marcos abrió la tapa un poco y sonrió. —Sé bueno, hombrecito. Estoy seguro de que nos veremos de nuevo.
La cola del cachorro golpeó contra la caja, mientras sustituía la parte superior, y luego lo llevé dentro.


—Aw, hombre. ¿Por qué mi habitación? —preguntó Valentin, gimiendo.


—En caso de que Paloma entre en la mía antes de que esté listo. —Saqué mi celular y marqué el número de Paula. El teléfono sonó una vez, y luego otra vez.


—¿Hola?


—¡Es la hora de la cena! ¿A dónde demonios han ido ustedes dos?


—Nuestras indulgencias eran mimarnos un poco. Tú y Valen sabían cómo comer antes de que saliéramos del departamento. Estoy segura de que puedes manejarlo.


—Bueno, no, joder. Nos preocupamos por ustedes, ya sabes.


—Estamos bien —dijo, con una sonrisa en su voz.
Rosario habló en algún lugar cerca de Paula.


—Dile que regresaremos en poco tiempo. Tengo que detenerme a recoger unas notas de Valen con Benjamin, y entonces iremos a casa.


—¿La has escuchado? —preguntó Paula.


—Sí. Nos vemos luego, Paloma.


Colgué el teléfono y seguí rápidamente a Valentin hacia el Charger. No estaba seguro de por qué, pero estaba nervioso.


—¿Llamaste al imbécil?


Valentin asintió, poniendo el coche en marcha. —Mientras estaba en la ducha.


—¿Vendrá?


—Más tarde. Él no estaba contento por la poca antelación, pero cuando le recordé que era necesario debido a su boca jodidamente grande, no tuvo mucho que decir después de eso.


Sonreí.Adrian siempre me ha molestado. Pero no invitarlo haría a Paula infeliz, así que tuve que ir en contra de mi mejor juicio y dejar que Valentin lo llamara.


—No te emborraches y lo golpees —dijo Valentin.


—No lo prometo. Estaciona allí, donde ella no lo vea —dije, indicando la parte de al lado.


Corrimos alrededor de la esquina del apartamento de Benjamin, y golpeé.

Estaba silencioso.

—¡Somos nosotros! Abre.

La puerta se abrió, y Daniel Jenks estaba en la puerta con una sonrisa tonta en la cara. Se balanceó hacia delante y atrás, ya borracho. Él era la única persona que me gustaba menos que Adrian. Nadie podía probarlo, pero se rumorea que Jenks había puesto algo en la bebida de una chica una vez en una fiesta de fraternidad.
La mayoría cree eso, puesto que era la única forma en que podía tener sexo. Nadie había podido probarlo, así que sólo traté de mantener un ojo sobre él.
Lancé una mirada a Valentin, que levantó las manos. Era evidente que él no era consciente que Jenks iba a estar allí.
Eché un vistazo a mi reloj, y esperamos en la oscuridad con decenas de cuerdas de plata en nuestras caras. Todo el mundo estaba cerca, amontonados en la sala esperando por Paula, que el movimiento de una sola persona de todos nosotros nos delataría de un modo u otro hecho.

sábado, 17 de mayo de 2014

CAPITULO 164



Fui tras ella, pero me caí en el camino. Mi codo chocó contra la esquina de la escalera de hormigón, pero el dolor nunca llegó. Rodé sobre mi espalda, riendo histéricamente.


—¿Qué estás haciendo? ¡Levántate! —dijo, tirando de mí hasta ponerme de pie.


Mi visión se volvió borrosa, y entonces estábamos en clase de Chaney. Paula estaba sentada en su escritorio con algo que parecía un vestido de graduación, y yo estaba en bóxer. La habitación estaba vacía, y era o bien atardecer o amanecer.
—¿Vas a alguna parte? —pregunté, ¿no le preocupa que yo no estuviera vestido?
Paula sonrió, extendiendo la mano para tocar mi cara. —Nop. No voy a ninguna parte. Estoy aquí para quedarme.
—¿Lo prometes? —le pregunté, tocando sus rodillas. Abrió sus piernas lo suficiente como para que yo pudiera encajar cómodamente entre sus muslos.
—Al final de todo, soy tuya.
No estaba muy seguro de lo que quería decir, pero estaba encima de mí. Sus labios viajaron por mi cuello, y cerré los ojos en un estado de completa y total euforia. Todo por lo que había trabajado estaba sucediendo. Sus dedos viajaron por mi torso, y aspiré un poco justo cuando se deslizó entre mi bóxer y se instaló en mi miembro.
Cualquiera que hubiera sido el miedo que sentí antes, acababa de ser superado. Giré mis dedos en su pelo, y apreté los labios contra los suyos, sin perder tiempo para acariciar el interior de su boca con mi lengua.
Uno de sus tacones se cayó al suelo, y bajé la mirada.
—Me tengo que ir —dijo, triste.
—¿Qué? Pensé que habías dicho que no te ibas a ninguna parte.
Sonrió. —Esfuérzate más.
—¿Qué?
—Esfuérzate más —repitió, tocándome la cara.
—Espera —dije, no queriendo terminar—. Te amo, Paloma.


Mis ojos parpadearon lentamente. Cuando se centraron, reconocí el ventilador de techo. Mi cuerpo dolía por todas partes, y la cabeza me palpitaba con cada latido de mi corazón.
Desde algún lugar de la sala, la chillona voz de Rosario llenó mis oídos. Por el contrario, la voz baja de Valentin fue sofocada con las voces de Valentin y Paula.
Cerré los ojos, cayendo en una profunda depresión. Sólo fue un sueño. Nada de eso fue real. Me froté la cara, tratando de producir suficiente motivación para sacar mi culo de la cama.
Lo que sea que hice ayer en la noche, esperaba que fuera digno del sentimiento de carne pulverizada en el fondo de un bote de basura.
Mis pies se sentían pesados mientras los arrastraba por el suelo para recoger un par de jeans arrugados en el rincón. Me los puse, y me tropecé a la cocina, retrocediendo ante el sonido de sus voces.


—Ustedes son jodidamente ruidosos —dije, abotonando mis jeans.


—Lo siento —dijo Paula, apenas mirándome. No hay duda que probablemente hice algo estúpido para avergonzarla anoche.


—¿Quién diablos me dejó beber tanto anoche?


La cara de Rosario se retorció con disgusto. —Tú lo hiciste. Te fuiste a comprar alcohol después de que Paula se fuese con Adrian, y arruinaste todo el asunto cuando regresó.


Fragmentos de recuerdos volvieron en pequeñas piezas. Paula se fue con Adrian. Yo estaba deprimido. Fui a la tienda de licor con Rosario.


—Maldita sea —dije, sacudiendo la cabeza—. ¿Te divertiste? —le pregunté a Paula.


Sus mejillas se pusieron rojas.


Oh, mierda. Debió haber sido peor de lo que pensaba.


—¿Hablas en serio? —preguntó.


—¿Qué? —pregunté, pero cuando la palabra salió, me arrepentí.


Rosario se rió, claramente sorprendida por mi pérdida de memoria. —La sacaste del coche de Adrian, viendo todo rojo cuando los sorprendiste acaramelados como estudiantes de secundaria. ¡Empañaron las ventanas y todo! Intenté recordar. Esa escena no me suena, pero los celos sí.


Paula parecía a punto de estallar, y retrocedí ante su mirada.


—¿Qué tan cabreada estás? —le pregunté, esperando que una explosión de gritos se infiltrase en mi ya palpitante cabeza.


Paula pisoteó fuerte hacia el dormitorio, y la seguí, cerrando suavemente la puerta detrás de nosotros.


Se volvió. Su expresión era diferente de lo que había visto antes. No estaba seguro de cómo leerlo. —¿No recuerdas nada de lo que me dijiste anoche? — preguntó.


—No. ¿Por qué? ¿Fui grosero contigo?


—¡No, no fuiste grosero conmigo! Tú… nosotros… —Se cubrió los ojos con las manos.


Cuando levantó su mano, una nueva y brillante pieza de joyería se deslizó de su muñeca a su antebrazo. —¿De dónde salió esto? —pregunté, envolviendo mis dedos alrededor de su muñeca.


—Es mía —dijo, alejándose.


—Nunca la había visto antes. Parece nueva.


—Lo es.


—¿De dónde la has sacado?


—Adrian me la dio hace unos quince minutos —dijo.


Rabia creció en mi interior. Necesitaba golpear algo para sentirme mejor. — ¿Qué diablos hacía ese imbécil aquí? ¿Pasó la noche aquí?


Se cruzó de brazos, imperturbable. —Fue de compras en busca de mi regalo de cumpleaños esta mañana y lo trajo.


—No es tu cumpleaños, todavía. —Mi ira se desbordó, pero el hecho que no estuviera intimidada en absoluto, me ayudó a mantenerla bajo control.


—No podía esperar —dijo, levantando la barbilla.


—No es de extrañar que tuviese que arrastrar tu trasero de su coche, parece que tú… —Me detuve, presionando mis labios para evitar que el resto salga. No era un buen momento para decir palabras que no pudiera retroceder.


—¿Qué? Parece como si yo, ¿qué?


Apreté los dientes. —Nada. Estoy cabreado e iba a decir algo que no quería decir.


—Nunca te has detenido antes.


—Lo sé. Estoy trabajando en ello —dije, caminando hacia la puerta—. Dejaré que te vistas.


Cuando llegué a la perilla, un dolor se disparó de mi codo hasta mi brazo.
Lo toqué, y era tierno. Al levantarlo, reveló lo que había sospechado: un moretón fresco. Mi mente corrió a averiguar lo que podría haberlo causado, y recordé que Paula me dijo que era virgen, me caí riendo, y entonces me ayudó a desvestirme… y entonces… Oh, Dios.


—Me caí en las escaleras anoche. Y tú me ayudaste a llegar a la cama… Nosotros —dije, dando un paso hacia ella. El recuerdo de mí estrellándome contra ella mientras estaba de pie semi desnuda frente al armario, pasó por mi mente.
Casi la había follado, tomando su virginidad cuando estaba borracho. La idea de lo que podría haber sucedido me hizo sentir avergonzado por primera vez desde… nunca.


—No, no lo hicimos. No pasó nada —dijo, negando con la cabeza.


Me encogí. —Empañaron las ventanas de Adrian, te saqué del coche y después traté de… —Traté de recordar. Era repugnante. Afortunadamente, incluso en mi borrachera, me detuve, pero ¿qué si no lo hubiera hecho? Paula no merecía que su primera vez fuera así con nadie y yo menos que todos. Guau. Por un momento, realmente creí que había cambiado. Sólo tomó una botella de whisky y la mención de la palabra virgen para hace revivir mi polla.


Me volví hacia la puerta y agarré el pomo. —Estas volviéndome un jodido psicópata, Paloma —gruñí por encima de mi hombro—. No puedo pensar bien cuando estoy cerca de ti.


—¿Así que es mi culpa?


Me volví. Mis ojos se posaron en la delantera de su bata, luego en sus piernas, sus pies y luego volviendo a sus ojos. 


—No sé. Mi memoria es un poco confusa… pero no recuerdo que dijeras que no.


Dio un paso hacia adelante. Al principio parecía a punto de saltar, pero su rostro se suavizó, sus hombros cayeron. —¿Qué quieres que diga, Pedro?


Le eché un vistazo a la pulsera, y luego a ella. —¿Esperabas que no lo recordara?


—¡No! ¡Estaba furiosa porque se te olvidó!


No. Ella no lo hizo. Mierda. —¿Por qué?


—Porque si yo… si nosotros… ¡No sé por qué! ¡Sólo lo estaba!


Estaba a punto de admitirlo. Tenía que hacerlo. Se enojó conmigo porque iba a darme su virginidad y no recordaba lo que había sucedido. Eso era todo.
Este era mi momento. Estábamos finalmente cerca de aclarar nuestro asunto de una vez, pero el tiempo se acababa. Valentin iba a venir en cualquier momento a
decirle a Paula que salga con Rosario por los planes de la fiesta.


Corrí hacia ella, deteniéndome a centímetros. Mis manos tocaron cada lado de su cara. —¿Qué estamos haciendo, Paloma?


Sus ojos empezaron por mi cinturón, y luego viajó lentamente a mis ojos. —Tú dímelo.


Su rostro quedó en blanco, como si admitir profundos sentimientos por mí hiciera apagar todo su sistema.
Un golpe en la puerta provocó mi ira, pero me mantuve enfocado.


—¿Paula? —dijo Valentin—Ro va a hacer algunas diligencias, quiere que lo sepas en caso de que quieras ir con ella.


—¿Paloma? —le dije, mirándola a los ojos.


—Sí —le gritó a Valentin—. Tengo algunas cosas que necesito comprar.


—Bien, estará lista para irse cuando tú lo estés —dijo, sus pasos desaparecieron por el pasillo.


—¿Paloma? —dije, desesperado por mantenerme en el camino.


Dio unos pasos hacia atrás, sacó un par de cosas del armario, y luego pasó por delante de mí. —¿Podemos hablar de esto más tarde? Tengo que hacer muchas
cosas hoy.


—Seguro —dije, exhalando.

CAPITULO 163



Con mis dedos en los labios y mi codo contra la puerta, veía el mundo pasar por mi ventana. El tiempo frío trajo consigo un salvaje viento, azotando los árboles y arbustos, haciendo que las farolas que colgaban empezaran a balancearse atrás y adelante. La falda del vestido de Paula era bastante corta. Los ojos de Adrian tenían que mantenerse en su cabeza. La manera en que las rodillas desnudas de Paula se veían cuando se sentaba a mi lado en el asiento trasero del auto vino a mi mente, y me imaginé a Adrian notando su suave y brillante piel como yo, pero con menos aprecio y más alucinación.


Los celos empezaron a brotar, pero Rosario puso el freno de emergencia. — Estamos aquí.


La suave luz del cartel de Licores Ugly Fixer estaba encendida en la entrada.
Rosario era mi sombra por el pasillo tres. Sólo me tomó un momento encontrar lo que buscaba. La única botella que me ayudaría para una noche como esta: whisky Jim Beam.


—¿Estás seguro que quieres eso? —preguntó Rosario, su voz teñida de advertencia—. Tienes una fiesta de cumpleaños sorpresa que organizar mañana.


—Estoy seguro —dije, tomando la botella en el mostrador.


En el segundo que mi culo golpeó el asiento de pasajero, saqué la tapa y bebí un trago, apoyando mi cabeza contra el respaldo.


Rosario me miró por un momento, y luego metió reversa. —Esto será divertido, te lo aseguro.


Para el momento que llegamos al apartamento, me había bebido el whisky que estaba en el cuello de la botella, y seguía avanzando.


—No es cierto —dijo Valentin al ver la botella.


—Sí, lo es —le dije, tomando otro trago—. ¿Quieres? —pregunté, apuntando la boca de vidrio en su dirección.


Hizo una mueca. —Dios, no. Tengo que estar sobrio para poder reaccionar lo suficientemente rápido cuando vayas todo Pedro-Jim-Beam sobre Adrian después.


—No, no —dijo Rosario—. Me lo prometió.


—Lo hice —le dije con una sonrisa, para hacerla sentir mejor—. Lo prometí.


Durante la siguiente hora, Valentin y Rosario hicieron todo lo posible para pensar en otra cosa. El Sr. Beam hizo todo lo posible para mantenerme insensible.
Pasadas más de dos horas, las palabras de Valentin parecían más lentas. Rosario se rió de la estúpida sonrisa en mi cara.


—¿Ves? Es un borracho feliz.


Solté el aire a través de mis labios, y dejé escapar un sonido de soplo. —No estoy borracho. Todavía no.


Valentin señaló el líquido ambarino disminuyendo. —Si bebes el resto de eso, lo estarás.


Levanté la botella, y luego miré el reloj. —Tres horas. Debe ser un buen día.


—Levanté la botella hacia Valentin, y luego la coloqué en mis labios, tomándomelo todo. El resto del contenido salió de mis labios y sentí los dientes entumecidos, y quemó todo el camino hasta mi estómago.


—Jesús, Pedro —dijo Valentin con el ceño fruncido—. Te vas a desmayar.


No quieres estar así cuando ella llegue.
El sonido de un motor se hizo más fuerte cuando se acercó al apartamento y luego vibró en el exterior. Sabía que era del Porsche de Adrian.


Una sonrisa descuidada se extendió por mis labios —¿Para qué? Aquí es donde se produce la magia.


Rosario me miró con recelo. —Pepe... ¡lo prometiste!


Asentí. —Lo hice. Lo prometí. Sólo voy a ayudarla a salir del coche. —Mis piernas estaban allí, pero no las podía sentir. El respaldo del sofá resultó ser un gran estabilizador de mi intento de ebriedad en pie.


En la puerta, mi mano abarcaba la perilla, pero Rosario suavemente la cubrió con la mano. —Voy a ir contigo. Para asegurarme que no rompas tú promesa.

—Buena idea —dije. Abrí la puerta, y al instante la adrenalina me atravesó.


El Porsche se sacudió una vez, y las ventanas estaban empañadas.
No estaba seguro de cómo mis piernas se movían tan rápido en mi condición, de repente estaba en la parte baja de las escaleras. Rosario tomó mi camisa en un puño. Tan pequeña como era, era sorprendentemente fuerte.


—Pedro —dijo en un susurro—Paula no va a dejarlo ir demasiado lejos.Primero, trata de calmarte.


—Sólo voy a comprobar que se encuentre bien —dije, caminando hacia el coche de Adrian. El lado de mi mano golpeó la ventana del pasajero tan fuerte, que me sorprendió que no se rompiera. Cuando no abrieron, lo hice por ellos.


Paula jugueteaba con su vestido. Su pelo estaba revuelto y tenía poco brillo en los labios, un signo revelador de lo que habían estado haciendo.


Adrian se tensó. —¿Qué demonios, Pedro?


Mis manos se cerraron en puños, pero podía sentir la mano de Rosario en mi hombro.


—Vamos, Paula. Necesito hablar contigo —dijo Rosario.


Paula parpadeó un par de veces. —¿Sobre qué?


—¡Sólo ven! —espetó.


Paula miró a Adrian—Lo siento, me tengo que ir.


Adrian meneó la cabeza, molesto. —No, está bien. Ve.


Tomé la mano de Paula mientras salía del Porsche, y luego cerré la puerta de una patada.Paula volteó, quedándose entre el coche y yo, empujando mi hombro.


—¿Qué te pasa? ¡Basta!


El Porsche chilló fuera de la zona de aparcamiento. Saqué los cigarrillos del bolsillo de mi camisa y encendí uno. —Puedes entrar, Ro.


—Vamos, Paula.


—¿Por qué no te quedas, Pochi? —le dije. La palabra sonaba ridícula. Cómo Adrian podía pronunciar esa palabra con una cara seria era una hazaña.


Paula asintió hacia Rosario para seguir adelante, y ella a regañadientes accedió.
La miré por un momento, tomando una calada o dos de mi cigarrillo.


Paula cruzó los brazos. —¿Por qué hiciste eso?


—¿Por qué? ¡Porque estaba follándote delante de mi apartamento!


—Puede que esté quedándome en tu casa, pero lo que hago, y con quién lo hago, es mi problema.


Apagué el cigarrillo en el suelo. —Eres mucho mejor que eso, Paloma. No dejes que te folle en un coche como una barata cita de graduación.


—¡No iba a tener sexo con él!


Moví mi mano hacia el espacio vacío donde estaba el coche de Adrian — ¿Qué estabas haciendo, entonces?


—¿Nunca has besado a alguien sin que llegue a nada más?
Eso fue lo más estúpido que había escuchado. —¿Cuál es el punto en eso?


—Es el concepto que existe para mucha gente… sobre todo para aquellos que tienen citas.


—Todas las ventanas estaban empañadas, el coche se sacudía... ¿cómo iba yo a saber?


—¡Tal vez no deberías espiarme!


¿Espiarla? Sabe que podemos escuchar cada coche desde el apartamento, ¿y decidió que justo fuera de mi puerta era un buen lugar para besuquearse con un hombre que no soporto? Me froté y sacudí la cara con frustración, tratando de mantener la calma. —No puedo soportar esto, Paloma. 
Siento que me estoy volviendo loco.


—¿No puedes soportar qué?


—Si duermes con él, no quiero saberlo. Iré a la cárcel por mucho tiempo si me entero que… simplemente no me lo digas.


—Pedro —Hervía—. ¡No puedo creer que hayas dicho eso! ¡Eso es un gran paso para mí!


—¡Eso es lo que todas las chicas dicen!


—¡No me refiero a las putas con las que lidias! ¡Me refiero a mí! —Llevó la mano a su pecho—. Yo no he… ¡ugh! No importa. —Dio unos pasos, pero agarré su brazo, girándola hacia mí.


—¿Tu no, qué? —Incluso en mi estado actual, la respuesta vino a mí—. ¿Eres virgen?


—¿Y qué? —dijo, ruborizándose.


—Por eso que Rosario estaba tan segura que no irías tan lejos.


—Tuve el mismo novio los cuatro años de escuela secundaria. ¡Él era un aspirante a ministro bautista! ¡Esto nunca fue un tema para nosotros!


—¿Un ministro de la juventud? ¿Qué pasó después de toda la dura abstinencia?


—Quería casarse y quedarse en… Kansas. Yo no lo hacía.
No podía creer lo que estaba diciendo. ¿Tiene casi diecinueve años, y todavía virgen? Eso era casi imposible en estos días. No podía recordar conocer a alguien así desde el inicio de la escuela secundaria.


Me acerqué y tomé cada lado de su cara. —Virgen. Nunca me hubiera imaginado con la forma en que bailaste en The Red.


—Muy gracioso —dijo, pisando fuerte hacia las escaleras.

CAPITULO 162



Menos de una semana después, había vaciado mi segunda botella de whisky. Entre lidiar con Paula pasando más y más tiempo con Adrian, y que me pidiera que la libere de la apuesta para poder irse, mis labios tocaban la boca de la botella más de lo que mis cigarrillos lo hacían.
Adrian arruinó la sorpresa de Paula el jueves en el almuerzo, así que tuve que luchar para moverlo al viernes por la noche en lugar del domingo. Estaba agradecido por la distracción, pero no fue suficiente.
El jueves por la noche, Paula y Rosario charlaban en el baño. El comportamiento de Paula combinó con la forma que me miró: apenas había hablado conmigo esa noche, ya que me negué a dejarla fuera de la apuesta.


Con la esperanza de suavizar las cosas, me metí en el baño. 

—¿Quieres ir a cenar?


—Valen quiere visitar el nuevo lugar mexicano en el centro, si ustedes quieren ir —dijo Rosario, ausente, peinando su cabello.


—Pensé que Paloma y yo podríamos ir solos esta noche.


Paula maquilló sus labios con labial. —Voy a salir con Adrian.


—¿Otra vez? —dije, sintiendo mi cara comprimirse en un ceño.


—Otra vez —dijo ligeramente.


El timbre sonó, y Paula salió del baño y se precipitó a través de la sala para abrir la puerta principal.
La seguí y me situé detrás de ella, haciendo un espacio para darle a Adrian mi mejor mirada de muerte.


—¿Alguna vez te ves menos que magnífica? —preguntó Adrian.


—Basándome en la primera vez que viniste aquí, tendré que decir que sí —le dije sin expresión.


Paula levantó un dedo hacia Adrian, y se volvió. Esperaba que regresara bruscamente mi comentario, pero estaba sonriendo. Echó los brazos alrededor de mi cuello y me apretó.
Al principio me tensé, pensando que trataba de golpearme, pero una vez que reconocí que me abrazaba, me relajé, y luego tiré de ella hacia mí.


Se apartó y sonrió. —Gracias por organizar mi fiesta de cumpleaños —dijo, con aprecio genuino en su voz—. ¿Puedo tomar un vale para la cena?


Tenía una calidez en sus ojos en la cual me perdí, pero sobre todo me sorprendió que después de no hablar conmigo toda la tarde y la noche, estuviera en mis brazos. 


—¿Mañana?


Me abrazó de nuevo. —Absolutamente. —Se despidió mientras tomaba la mano de Adrian y cerró la puerta detrás de ella.


Me di la vuelta y froté la parte trasera de mi cuello. —Necesito... necesito…


—¿Un trago?—preguntó Valentin, había un tono de preocupación en su voz.


Miró hacia a la cocina—. No tenemos mucho, sólo cerveza.


—Entonces, creo que haré un viaje a la tienda de licores.


—Voy a ir con ustedes —dijo Rosario, saltando para agarrar su abrigo.


—¿Por qué no manejas? —le dijo Valentin, lanzándole las llaves.


Rosario miró a la colección de metales en la mano —¿Estás seguro?


Valentin suspiró. —No creo que Pedro deba conducir. En cualquier lugar…si me entiendes.


Rosario asintió con entusiasmo. —Lo tengo. —Me agarró la mano—.Vamos, Pepe. Te ayudaremos. —Empecé a seguirla a la puerta, pero se detuvo bruscamente, girando sobre sus talones—. ¡Pero! Tienes que prometerme algo. No pelees esta noche. Ahogar tus penas, sí —dijo, tomando mi barbilla y obligándome a asentir—. Borracho, no. —Otra vez me hizo asentir.


Me aparté, agitando la mano.


—¿Lo prometes? —Levantó una ceja.


—Sí.


Sonrió. —Entonces nos vamos.

viernes, 16 de mayo de 2014

CAPITULO 161




Incluso con ella en la habitación de al lado, dormida, el apartamento se sentía diferente sin su voz, sus golpes juguetones, o incluso el sonido de ella mordiéndose las uñas. Me había acostumbrado a todo esto, en nuestro poco
tiempo juntos.
Justo cuando los créditos de la segunda película comenzaron a rodar, oí la puerta de la habitación abrirse y los pies de Paula arrastrándose por el suelo. La puerta del baño se abrió y se cerró. Iba a empezar a prepararse para su cita con Adrian.
Al instante, mi temperamento comenzó a hervir.


—Pedro —advirtió Valentin.


Las palabras de Valentin de hoy temprano se repetían en mi cabeza. Adrian estaba jugando el juego, y yo tenía que jugar mejor. Mi adrenalina se calmó, y me relajé contra el cojín del sofá. Ya era hora de poner mi cara de póquer.
El zumbido de los tubos del baño señalaron la intención de Paula de tomar una ducha. Rosario se puso de pie, y luego casi bailó hacia mi baño. Podía oír sus voces bromeando, pero no pude entender lo que decían.
Me acerqué suavemente al pasillo, y acerqué la oreja a la puerta.


—No estoy muy emocionado de que escuches a mi chica orinar —dijo Valentin en un susurro.


Puse mi dedo en los labios, y luego volví mi atención a sus voces.


—Se lo he explicado —dijo Pau.


Se escuchó la cadena del inodoro y el grifo se encendió, y de repente Paula gritó. Sin pensarlo, agarré el pomo de la puerta y la abrí.


—¿Paloma?


Rosario se echó a reír. —Sólo tiré la cadena del inodoro, Pepe, cálmate.


—Oh. ¿Estás bien, Paloma?


—Estoy genial. Fuera. —Cerré la puerta y suspiré. Eso fue una estupidez.


Después de unos segundos de tensión, me di cuenta de que ninguna de las chicas sabía que me encontraba justo al otro lado de la puerta, así que coloqué la oreja en la madera de nuevo.


—¿Es mucho pedir cerraduras para las puertas?—preguntó Pau—. ¿Ro?


—Es realmente una lástima que ustedes dos no pudieron estar en la misma página. Tú eres la única chica que podría haber… —Suspiró—. Olvídalo. Ya no importa.


El agua se apagó. —Eres tan mala como él —dijo Pau, su voz cargada con frustración—. Es un virus… nadie aquí tiene sentido. Estas enojada con él,¿recuerdas?


—Lo sé —respondió Rosario.


Esa fue mi señal para volver a la sala de estar, pero mi corazón latía a un millón de kilómetros por hora. Por alguna razón, si Rosario pensaba que estaba bien, sentía como si tuviera luz verde, que yo no era un completo idiota por tratar
de estar en la vida de Paula.
Tan pronto como me senté en el sofá, Rosario salió del baño.


—¿Qué? —preguntó ella, sintiendo que algo andaba mal.


—Nada, cariño. Ven a sentarte —dijo Valentin, acariciando el espacio vacío a su lado.


Rosario felizmente cumplió, tumbándose a su lado, con el torso apoyado en su pecho.
El secador de pelo se encendió en el baño, y miré el reloj. La única cosa peor que tener que estar bien con Paula saliendo en una cita con Adrian, era tener a Adrian esperando a Paula en mi apartamento. Mantener la calma durante unos minutos mientras ella agarraba su bolso y salía era una cosa. Mirar su fea cara mientras se sentaba en mi sofá, sabiendo que él planeaba entrar en sus pantalones al final de la noche, era otra.
Un poco de mi ansiedad se alivió cuando Paula salió del baño. Llevaba un vestido rojo, y sus labios combinaban a la perfección. Su cabello en rizos, me recordó a una de esas chicas modelos de los años cincuenta. Pero, mejor… Mucho
mejor.


Sonreí, y ni siquiera estaba obligado. —Estás... hermosa.


—Gracias —dijo, claramente tomándola con la guardia baja.


El timbre sonó, y al instante la adrenalina se apoderó de mis venas. Tomé una respiración profunda, decidido a mantener la calma.
Paula abrió la puerta, y a Adrian le tomó varios segundos para hablar.


—Eres la criatura más hermosa que he visto —susurró.


Sí, definitivamente iba a vomitar antes de que terminara lanzando un puñetazo. Qué perdedor.
La sonrisa de Rosario se extendió de una oreja a la otra. Valentin parecía muy feliz, también. Negándome a dar la vuelta, mantuve mis ojos en el televisor. Si veía la mirada de suficiencia en el rostro de Adrian, treparía sobre el sofá y lo noquearía al piso sin que siquiera diera un paso.
La puerta se cerró y me incliné hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos.


—Lo hiciste bien,Pepe —dijo Valentin.


—Necesito un trago.