TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
viernes, 16 de mayo de 2014
CAPITULO 159
El sol salió media hora después. A pesar de mi ira residual, fui capaz de quedarme dormido.
Unos momentos después, mi teléfono sonó. Me revolví para buscarlo, todavía medio dormido, y luego lo sostuve contra mi oreja. —¿Sí?
—¡Estúpido! —dijo Marcos, fuerte en mi oído.
—¿Qué hora es? —pregunté, mirando el televisor. Pasaban los dibujos animados de los sábados por la mañana.
—Las diez y algo. Necesito tu ayuda con el camión de papá. Creo que es el módulo de la ignición. Ni siquiera está encendiendo.
—Marcos —dije a través de un bostezo—. No sé un carajo acerca de carros.
Por eso tengo una moto.
—Entonces, pregúntale a Valentin. Tengo que ir a trabajar en una hora, y no quiero dejar a papá varado.
Bostecé de nuevo. —Maldición, Marcos, no dormí en toda la noche. ¿Qué está haciendo Nahuel?
—¡Trae tu trasero hasta acá! —gritó antes de colgar.
Lancé mi teléfono al sofá y luego me levanté, mirando el reloj en el televisor.
Marcos no se había alejado mucho cuando adivinó la hora. Eran las diez con veinte minutos.
La puerta de Valentin estaba cerrada, así que escuché por un minuto antes de tocar dos veces y asomar mi cabeza dentro. —Oye, Valen. ¡Valentin!
—¿Qué? —dijo Valentin. Su voz sonaba como si hubiera tragado grava y la hubiera pasado con ácido.
—Necesito tu ayuda.
Rosario lloriqueó un poco, pero no se movió.
—¿Con qué? —preguntó Valentin. Se sentó, tomando una camiseta del suelo y deslizándola sobre su cabeza.
—El camión de papá no arranca. Marcos cree que es la ignición.
Valentin terminó de vestirse y luego se inclinó sobre Rosario
—Voy a donde Horacio por unas horas, nena.
—¿Hmmm?
Valentin besó su frente. —Voy a ayudar a Pedro con el camión de Horacio.
Regresaré.
—Está bien —dijo Rosario, durmiéndose de nuevo antes de que Valentin dejara la habitación. Se puso el par de tenis que estaban en la sala y tomó sus llaves.
—¿Vienes o qué? —preguntó.
Caminé por el pasillo hasta mi habitación, arrastrando el trasero como cualquier hombre que sólo ha tenido cuatro horas de sueño, y no ha dormido bien.
Me coloqué una camiseta sin mangas y luego una sudadera con capucha, y unos vaqueros. Haciendo lo mejor posible para caminar silencioso, gentilmente giré la perilla de la puerta de mi cuarto, pero me detuve antes de salir. La espalda de Paula estaba hacia mí, su respiración uniforme, y sus piernas desnudas tendidas en direcciones opuestas. Tuve un casi incontrolable impulso de meterme en la cama
con ella.
—¡Vamos! —llamó Valentin.
Cerré la puerta y lo seguí hasta el Charger. Tomamos turnos para bostezar durante todo el camino hasta donde papá, demasiado cansados para conversar.
La entrada de grava crujió bajo las llantas del Charger, y saludé a Marcos y a papá antes de pisar el patio.
El camión de papá estaba estacionado en frente de la casa. Empujé mis manos en los bolsillos delanteros de mi sudadera, sintiendo el frío en el aire. Hojas caídas crujían bajo mis botas mientras caminaba a través del césped.
—Bueno, hola, Valentin —dijo papá con una sonrisa.
—Hola, tío Horacio. Escuché que tenías un problema de ignición.
Papá puso una mano en su cintura redonda. —Eso creemos… eso creemos.—Asintió, mirando el motor.
—¿Qué les hace creer eso? —preguntó Valentin, enrollando sus mangas.
Marcos señaló el salpicadero. —Eh… esta derretido. Ese fue mi primer indicio.
—Bien hecho —dijo Valentin—Pedro y yo iremos a la tienda de repuestos y recogeremos uno nuevo. Lo pondré y estarás listo.
—En teoría —dije, pasándole un destornillador a Valentin.
Desatornilló los pernos del módulo de ignición y luego lo quitó. Todos observamos la cubierta derretida.
Valentin señaló el descubierto sitio donde el módulo de ignición estaba. — Vamos a tener que remplazar esos cables. ¿Ven las marcas de quemaduras? —preguntó, tocando el metal—. El aislamiento de los cables está derretido también.
—Gracias, Valen. Voy a bañarme. Tengo que alistarme para ir a trabajar — dijo Marcos.
Valentin usó el destornillador para dar un saludo descuidado a Marcos, y luego lo tiró en la caja de herramientas.
—Chicos, parece que tuvieron una larga noche —dijo papá.
La mitad de mi boca se levantó. —Así fue.
—¿Cómo está tu joven dama? ¿Rosario?
Valentin asintió, una amplia sonrisa se ubicó a través de su cara. —Está bien,Horacio. Todavía dormida.
Papá se rió una vez y asintió. —¿Y tu joven dama?
Me encogí de hombros. —Tiene una cita con Adrian Hayes esta noche. No es exactamente mía, papá.
Papá guiñó un ojo. —Todavía.
La expresión de Valentin cayó. Luchaba contra un ceño fruncido.
—¿Qué es esto, Valen? ¿No apruebas la paloma de Pedro?
El uso poco serio del apodo de papá en Paula tomó a Valentin por sorpresa, y su boca tembló, amenazando una sonrisa. —No, me gusta Paula, está bien. Es sólo que es lo más cercano a una hermana para Rosario. Me pone nervioso.
Papá asintió enfáticamente. —Entendible. Aunque, me parece que esta es diferente, ¿no crees?
Valentin se encogió de hombros. —Ese en parte es el punto. No quiero que el primer corazón roto de Pedro sea por la mejor amiga de Rosario. Sin ofender,Pedro.
Fruncí el ceño. —No confías en mí en absoluto, ¿verdad?
—No es eso. Bueno, más o menos.
Papá tocó el hombro de Valentin—Tienes miedo, ya que este es el primer intento de Pedro en una relación, va a meter la pata y a estropear las cosas para ti.
Valentin agarró un trapo sucio y se limpió las manos. —Me siento mal por admitirlo, pero sí. Sin embargo, estoy apoyándote, hermano, realmente lo hago.
Marcos dio un portazo en la puerta con tela metálica cuando salió de la casa. Me dio un puñetazo en el brazo, incluso antes de que lo viera levantar un puño.
—¡Hasta luego, perdedores! —Marcos se detuvo y giró sobre sus talones—No me refería a ti, papá.
Papá ofreció una media sonrisa y sacudió la cabeza. —Claro que no, hijo.
Marcos sonrió, y luego se metió en su coche, un Dodge Intrepid rojo oscuro y deteriorado. Ese auto no era genial ni siquiera cuando íbamos al instituto, pero él lo amaba. Sobre todo porque lo compró con su esfuerzo.
Un pequeño cachorro negro ladró, volviendo mi atención hacia la casa.
Papá sonrió, palmeando su muslo. —Bueno, vamos, miedoso.
El cachorro dio un par de pasos hacia adelante, y luego retrocedió a la casa, ladrando.
—¿Cómo lo está haciendo? —pregunté.
—Hizo pis en el baño dos veces.
Hice una mueca. —Lo siento.
Valentin se rió. —Al menos entendió la idea.
Papá asintió y sacudió la mano con indulgencia.
—Sólo hasta mañana —le dije.
—Está bien, hijo. Ha estado entreteniéndonos. A Marcos le gusta.
—Bien. —Sonreí.
—¿Dónde estábamos? —preguntó papá.
Me froté el brazo que latía por el puñetazo de Marcos—Valentin me recordaba el fracaso que cree que soy cuando se trata de chicas.
Valentin se rió una vez. —Eres un montón de cosas, Pepe. Un fracaso no es una de ellas. Sólo creo que tienes un largo camino por recorrer, entre tú y el temperamento de Paula, las probabilidades están en tu contra.
Mi cuerpo se tensó y me enderecé. —Paula no tiene un mal temperamento.
Papá sacudió la mano. —Cálmate, pequeño. No está hablando mal de Paula.
—Ella no es así.
—Está bien —dijo papá con una pequeña sonrisa. Siempre sabía cómo manejarnos cuando las cosas se ponían tensas, y por lo general trataba de apaciguarnos antes de que hubiéramos ido demasiado lejos.
Valentin tiró el trapo sucio sobre la caja de herramientas. —Vamos a conseguir ese repuesto.
—Déjame saber cuánto te debo.
Negué con la cabeza. —Lo tengo, papá. Estamos a mano por el perro.
Papá sonrió y comenzó a recoger el desorden que Marcos dejó en la caja de herramientas. —Está bien, entonces. Nos vemos en un rato.
Valentin y yo fuimos en el Charger a la tienda de repuestos. Hacía mucho frío. Apreté los extremos de mis mangas en los puños para mantener las manos calientes.
—Es una perra fría hoy —dijo Valentin.
—Casi.
—Creo que le va a gustar el cachorro.
—Eso espero.
Después de unos cuantos minutos de silencio, Valentin asintió. —No era mi intención insultar a Paula. Lo sabes, ¿verdad?
—Lo sé.
—Sé lo que sientes por ella, y la verdad es que espero que funcione. Sólo estoy nervioso.
—Sí.
Valentin se detuvo en el estacionamiento de la tienda de repuestos y estacionó, pero no apagó el motor. —Tiene una cita con Adrian Hayes esta noche,Pedro. ¿Cómo crees que estarás cuando pase a recogerla? ¿Has pensado en ello?
—Estoy tratando de no hacerlo.
—Bueno, tal vez deberías. Si realmente quieres que esto funcione, tienes que dejar de reaccionar de la manera que quieres, y reaccionar de la manera en que funcione para ti.
—¿Cómo?
—¿Crees que vas a ganar algún punto si estás haciendo un mohín mientras ella se está preparando y, a continuación, actúas como un idiota con Adrian? ¿O crees que ella apreciará si le dices lo increíble que se ve y la despides como un amigo haría?
—No quiero ser sólo su amigo.
—Ya lo sé, y lo sabes, y Paula probablemente lo sabe, también... y puedes estar absolutamente seguro de que Adrian lo sabe.
—¿Tienes que seguir diciendo ese jodido nombre?
Valentin apagó el motor. —Vamos,Pepe. Tú y yo sabemos que siempre y cuando sigas mostrándole a Adrian que lo que hace te cabrea, él seguirá ese juego.
No le des la satisfacción, y juega mejor que él. Demostrará lo imbécil que es, y Paula se librará de él por su cuenta.
Pensé en lo que estaba diciendo, y luego lo miré. —¿Tú... realmente lo crees?
—Sí, ahora vamos a conseguir ese repuesto para Horacio y volvamos a casa antes de que Rosario se despierte y explote mi teléfono porque ya no se acuerda de lo que le dije cuando me fui.
Me reí y seguí a Valentin en la tienda. —Es un jodido idiota.
jueves, 15 de mayo de 2014
CAPITULO 158
Volver a casa solo, en el asiento trasero del Charger de Valentin, era poco estimulante. Rosario tiró sus tacones y rió mientras tocaba la mejilla de Valentin con su dedo gordo. Debía de estar locamente enamorado de ella, ya que él sólo sonrió, divertido con su risa contagiosa.
Mi teléfono sonó. Era Agustin. —Tengo un novato listo para dentro de una hora. En Hellerton.
—Sí, eh… No puedo.
—¿Qué?
—Me escuchaste. Dije que no puedo.
—¿Estás enfermo? —preguntó Agustin, la ira creciendo en su voz.
—No. Debo asegurarme de que Paloma regrese a salvo a casa.
—Tuve muchos problemas para armar esto, Alfonso.
—Lo sé. Lo siento. Tengo que irme.
Suspiré cuando Valentin se estacionó en su puesto frente al apartamento y el Porsche de Adrian no se encontraba por ningún lado.
—¿Vienes, primo? —preguntó Valentin, volteándose en su asiento.
—Sí —dije, mirando mis manos—. Sí, supongo.
Valentin empujó su asiento hacia adelante para dejarme salir, y me detuve junto al pequeño cuerpo de Rosario.
—No tienes nada de qué preocuparte, Pepe Confía en mí.
Asentí una vez y los seguí por las escaleras. Fueron directo a la habitación de Valentin y cerraron la puerta. Caí en el sillón reclinable, escuchando las risas incesantes de Rosario, y tratando de no imaginar a Adrian poniendo sus manos en la rodilla de Paula, o en su muslo.
Menos de diez minutos después, el motor de un carro ronroneó afuera, e hice mi camino hacia la puerta, sosteniendo la perilla. Podía oír dos pares de pies subiendo por las escaleras. Eran tacones. Una ola de alivio me llenó. Paula estaba en casa.
Sólo sus murmullos se filtraron por la puerta. Cuando hubo silencio y la perilla de la puerta se movió, la giré por completo y abrí rápidamente.
Paula cayó a través del umbral y sostuve su brazo. —Tranquila.
Inmediatamente se volteó para ver la expresión en la cara de Adrian. Era tensa, como si no supiera qué pensar, pero se recuperó rápido, fingiendo ver más allá de mí hacia el interior del apartamento.
—¿Ninguna joven humillada, varada, que necesite un aventón a casa?
Le lancé una mirada furiosa. Él tenía agallas. —No empieces conmigo.
Adrian sonrió y guiñó un ojo a Paula —Siempre estoy dándole problemas.
Ya no tan seguido como solía ser, ya que descubrió que era más fácil si hacía que ellas manejaran sus propios transportes.
—Supongo que eso simplifica las cosas —dijo Paula,
volviéndose hacia mí con una sonrisa divertida.
—No es gracioso, Paloma.
—¿Paloma? —preguntó Adrian.
Paula se movió nerviosamente. —Es, eh… Es sólo un apodo, ni siquiera sé de dónde lo sacó.
—Tendrás que contármelo cuando lo averigües. Suena como una buena historia. —Adrian sonrió—. Buenas noches, Pau.
—¿Quieres decir buenos días? —preguntó ella.
—Eso también —dijo con una sonrisa que me hizo querer vomitar.
Paula estaba ocupada desvaneciéndose, así que para traerla de vuelta a la realidad, cerré de golpe la puerta sin advertencia. Se echó hacia atrás.
—¿Qué? —espetó.
Pisoteé por el pasillo hacia la habitación, con Paula detrás de mí. Se detuvo justo en la puerta, saltando en un pie, tratando de quitarse su tacón. —Él es bueno,Pepe.
Observé su lucha para balancearse con una pierna, y finalmente decidí ayudarla antes de que se cayera. —Te vas a lastimar —dije, enganchando mi brazo en su cintura con una mano, y quitando sus tacones con la otra. Me quité la camisa y la tiré en una esquina.
Para mi sorpresa, Paula alcanzó su espalda para bajar la cremallera de su vestido, lo deslizó hacia abajo, y luego pasó una camiseta sobre su cabeza. Hizo una especie de truco de magia con su corpiño para quitarlo y sacarlo de su
camiseta. Todas las mujeres parecen saber la misma maniobra.
—Estoy segura de que no hay nada que no hayas visto antes —dijo, rodando sus ojos. Se sentó en el colchón y luego empujó sus piernas entre las cobijas y las sábanas. La observé acurrucarse contra la almohada, y luego me quité mis vaqueros, pateándolos a la esquina también.
Estaba curvada en una bola, esperando que fuera a la cama. Me irritaba que hubiera venido a casa con Adrian y que ahora se hubiera desvestido en frente de mí como si nada, pero al mismo tiempo, ese era justo el jodido tipo de situación platónica en la que estábamos, y era todo gracias a mí.
Tantas cosas crecían en mi interior. No sabía qué hacer con todo eso.
Cuando hicimos la apuesta, no se me ocurrió que ella podría salir con Adrian.
Hacer un berrinche sólo la llevaría directo a sus brazos. En el fondo, sabía que haría lo que fuera para mantenerla cerca. Si mantener mis celos escondidos significaba más tiempo con Paula, eso es lo que yo haría.
Me arrastré en la cama hasta su lado y levanté mi mano, apoyándola sobre su cadera.
—No fui a una pelea esta noche. Agustin llamó. No fui.
—¿Por qué? —preguntó, volteándose.
—Quería asegurarme de que llegarás a casa.
Arrugó su nariz. —No hace falta que me cuides.
Tracé el largo de su brazo con mi dedo. Era tan cálida. —Lo sé. Creo que todavía me siento mal por la otra noche.
—Te dije que no me importaba.
—¿Es por eso que dormiste en el sillón? ¿Por qué no te importaba?
—No podía conciliar el sueño luego de que tus… amigas se fueran.
—Dormiste perfectamente en el sillón. ¿Por qué no podías dormir conmigo?
—Quieres decir, ¿junto a un hombre que todavía olía al par de zorras de bar que acababa de enviar a casa? ¡No lo sé! ¡Qué egoísta de mi parte!
Retrocedí, tratando de mantener la imagen fuera de mi cabeza. —Te dije que lo sentía.
—Y yo te dije que no me importaba. Buenas noches —dijo, y se volteó.
Me estiré a través de la almohada para poner mi mano en la suya, acariciando el interior de sus dedos. Me incliné y besé su cabello. —Estuve tan preocupado de que no me volvieras a hablar… creo que es peor que seas indiferente.
—¿Qué quieres de mí,Pedro? No quieres que esté enojada por lo que hiciste, pero quieres que me importe. Le dijiste a Rosario que no quieres nada conmigo, pero te enojas tanto cuando yo digo lo mismo, tanto que sales como alma que lleva el diablo y te pones ridículamente borracho. No tienes ningún sentido.
Sus palabras me sorprendieron. —¿Por eso le dijiste aquellas cosas a Rosario? ¿Por qué le dije que no saldría contigo?
Su expresión era una combinación de sorpresa e ira. —No, quise decir lo que dije. Sólo que no lo decía como un insulto.
—Yo sólo lo dije porque no quiero arruinar las cosas, Paloma. Ni siquiera sé cómo merecerte. Trataba de comprenderlo en mi cabeza.
Decir las palabras me hacía sentir enfermo, pero tenían que ser dichas.
—Como sea. Necesito dormir un poco. Tengo una cita esta noche.
—¿Con Adrian?
—Sí. ¿Puedo dormir?
—Por supuesto —dije, saliendo de la cama. Paula no dijo una palabra mientras la dejaba atrás. Me senté en el sillón reclinable, cambiando los canales de la televisión. Demasiado para mantener mi temperamento controlado, pero maldición, esa mujer se podía meter bajo mi piel. Hablar con ella era como tener una conversación con un agujero negro. No importaba lo que dijera, incluso las pocas veces que era claro acerca de mis sentimientos. Su oído selectivo era exasperante. No podía hacerla comprender, y ser directo sólo parecía enojarla.
CAPITULO 157
La fiesta se desarrolló como usualmente lo hacía: Drama, un par de peleas, chicas metiéndose en una pelea, una pareja o dos teniendo una discusión terminando con la chica en lágrimas, y luego estaban los rezagados, ya sea
desmayados o vomitando en un área no designada.
Mis ojos viajaron a la parte superior de las escaleras más veces de las que deberían. Incluso cuando las chicas prácticamente me rogaban que las llevara a casa, continué mirando, tratando de no imaginar a Paula y Adrian haciéndolo, o incluso peor, él haciéndola reír.
—Hola, Pedro —llamó una aguda y cantarina voz por detrás. No me di vuelta, pero no tomó mucho para que la chica se moviera hasta entrar en mi línea de visión. Se inclinó sobre los postes de madera de la barandilla—. Te ves aburrido. Creo que debería hacerte compañía.
—No estoy aburrido. Puedes irte —dije, comprobando la parte superior de las escaleras de nuevo. Paula se detuvo en el descansillo, su espalda hacia las escaleras.
Rió. —Eres tan divertido.
Paula pasó a mi lado despreocupadamente, hacia donde Rosario estaba. La seguí, dejando a la chica ebria hablando sola.
—Si quieren pueden adelantarse —dijo Paula con moderado entusiasmo—Adrian se ofreció para llevarme a casa.
—¿Qué? —dijo Rosario, sus cansados ojos iluminados como una doble fogata.
—¿Qué? —dije, incapaz de contener mi irritación.
Rosario se giró. —¿Hay algún problema?
La fulminé con la mirada. Ella sabía exactamente cuál era mi problema.
Tomé a Pedro por el codo y tiré de ella alrededor de la esquina.
—Ni siquiera lo conoces.
Liberó su mano de mi agarre. —Esto no es de tu incumbencia, Pedro.
—Al demonio si no lo es. No dejaré que viajes a casa con un completo extraño. ¿Y si trata de aprovecharse de ti?
—¡Bien! ¡Él es lindo!
No podía creerlo. Realmente estaba cayendo en su juego.
—¿Adrian Hayes, Paloma? ¿En serio? Adrian Hayes. ¿Qué clase de nombre es ese, de todos modos?
Se cruzó de brazos y alzó el mentón. —Ya está bien, Pepe. Estás comportándote como un idiota.
Me incliné, furioso. —Lo mataré si te toca.
—Me gusta.
Una cosa era asumir que estaba siendo engañada, y otra era escucharla admitirlo. Ella era demasiado buena para mí; maldición, sin duda era demasiado buena para Adrian Hayes. ¿Por qué se comportaba de forma frívola por ese idiota?
Mi rostro se tensó en reacción a la ira que corría por mis venas.
—Está bien. Si terminas debajo de él en el asiento trasero de su coche, después no vengas llorando conmigo.
Su boca se abrió, estaba ofendida y furiosa. —No te preocupes, no lo haré — dijo, alejándose de mí.
Me di cuenta de lo que había dicho, y entonces tomé su brazo y suspiré, sin girar del todo. —No quise decir eso, Paloma. Si te lastima, si tan sólo te hace sentir incómoda, sólo házmelo saber.
Sus hombros cayeron. —Sé que no lo quisiste decir. Pero tienes que ponerle un alto a este exceso de sobreprotección de hermano mayor que tienes.
Me reí. Ella realmente no lo entendía. —No estoy jugando al hermano mayor, Paloma. Nada de eso.
Adrian rodeó la esquina y metió las manos en los bolsillos.
—¿Todo listo?
—Sí, vamos —dijo Paula, tomando el brazo de Adrian.
Fantaseé con correr detrás de él y empujar mi codo contra la parte posterior de su cabeza, pero entonces Paula se giró y me vio mirándolo.
Ya basta, articuló. Caminó con Adrian, y él mantuvo la puerta abierta para ella.
Una amplia sonrisa se extendió en su rostro, en apreciación.
Por supuesto. Cuando él lo hizo, sí lo notó.
CAPITULO 156
Paula desapareció y cerré mis ojos con fuerza, tratando de bloquear el grito en mi cabeza. Todo en mí decía que debía ir allí arriba y traerla de vuelta. Agarré la barandilla, conteniéndome.
—Te ves enojado —dijo Rosario, chocando su vaso rojo con el mío.
Mis ojos se abrieron de golpe. —No, ¿por qué?
Hizo una mueca. —No me mientas. ¿Dónde está Paula?
—Arriba. Con Adrian.
—Oh.
—¿Qué se supone que significa eso?
Se encogió de hombros. Sólo había estado ahí poco más de una hora, y ya tenía esa mirada familiar en sus ojos. —Estás celoso.
Cambié mi peso, incómodo con alguien, además de Valentin, siendo tan directo conmigo. —¿Dónde está Valen?
Rosario hizo rodar los ojos. —Haciendo sus deberes como estudiante de primer año.
—Por lo menos no tiene que quedarse después y limpiar.
Levantó el vaso hasta su boca y bebió un sorbo. No estaba seguro de cómo podía ya estar casi ebria.
—Entonces, ¿lo estás?
—¿Estoy qué?
—¿Celoso?
Fruncí el ceño. Rosario generalmente no era tan desagradable. —No.
—Número dos.
—¿Eh?
—Esa es la mentira número dos. —Miré alrededor. Valentin seguramente me rescataría pronto—. Realmente la jodiste anoche —dijo, sus ojos de pronto limpios.
—Lo sé.
Entrecerró los ojos, mirándome tan intensamente que quise huir. Rosario era una pequeña cosa rubia, pero era intimidante como la mierda cuando quería serlo.
—Deberías alejarte, Pedro. —Miró arriba, hacia la cima de las escaleras—. Él es lo que ella piensa que quiere.
Mis dientes se apretaron. Ya sabía eso, pero era peor oírlo de Rosario.
Antes de esto, pensé que ella tal vez estaría bien conmigo y Paula, y eso de alguna manera significaba que no era un completo idiota por perseguirla. —Lo sé.
Levantó una ceja. —No creo que lo sepas.
No respondí, tratando de no hacer contacto visual con ella. Tomó mi mentón con su mano, aplastando mis mejillas contra mis dientes.
—¿Lo haces?
Traté de hablar, pero sus dedos ahora aplastaban mis labios juntos. Me eché hacia atrás y aparté su mano. —Probablemente no. No soy exactamente conocido por hacer lo correcto.
Rosario me miró por unos segundos, y después sonrió. —Está bien, entonces.
—¿Eh?
Me dio una palmada en la mejilla y luego me señaló. —Tú, Perro loco, eres exactamente de lo que vine a protegerla. Pero, ¿sabes qué? Todos estamos rotos de una manera u otra. Incluso con tu épica metida de pata, podrías ser exactamente lo que necesita. Tienes una oportunidad más —dijo, sosteniendo un dedo a dos centímetros de mí nariz—. Sólo una. No lo arruines… ya sabes… mas de lo usual.
Rosario se alejó y desapareció por el pasillo.
Era tan rara.
miércoles, 14 de mayo de 2014
CAPITULO 155
Pretendí ver la televisión por horas mientras Paula se arreglaba en el baño y en la habitación para la fiesta de la fraternidad, y entonces decidí vestirme antes de que ella necesitara el cuarto.
Una blanca camisa bastante libre de arrugas colgaba en el armario, la agarré y tomé un par de jeans. Me sentí tonto, parado frente al espejo, luchando con el botón en la muñeca de la camisa. Finalmente, me rendí y enrollé cada manga hasta los codos. Eso era más mi estilo, de todos modos.
Caminé hacia el pasillo y me dejé caer en el sofá de nuevo, escuchando la puerta del baño cerrarse y los pies descalzos de Paula golpeando el suelo.
Mi reloj apenas se movió, y por supuesto no había nada en la televisión, excepto audaces rescates de temporales y un comercial sobre el Slap Chop. Estaba nervioso y aburrido. No era una buena combinación para mí.
Cuando mi paciencia se acabó, golpeé la puerta de la habitación.
—Adelante —dijo Paula desde el otro lado de la puerta.
Estaba de pie en medio de la habitación, un par de tacones puestos lado a lado en el suelo frente a ella. Paula siempre lucía hermosa, pero esta noche ni un solo cabello estaba fuera de lugar; se veía como si tuviera que estar en la portada de una de esas revistas de moda que ves en la caja de la tienda de comestibles.
Cada parte de ella tenía loción, era suave, perfectamente pulida. Sólo la visión de ella casi me patea el trasero.
Todo lo que pude hacer fue quedarme ahí, estupefacto, hasta que finalmente me las arreglé para formar una sola palabra.
—Vaya. —Sonrió y miró su vestido. Su dulce sonrisa me devolvió a la realidad—. Te ves increíble —dije, incapaz de quitar mis ojos de ella.
Se inclinó para ponerse un zapato y luego el otro. La tela negra y ceñida se movió ligeramente hacia arriba, exponiendo sólo un centímetro más de sus muslos.
Paula se levantó y me dedicó un gesto de aprobación. —Tú también te ves bien.
Metí las manos en los bolsillos, rehusandome a decir “Debo de estar enamorándome de ti en este preciso momento,” o alguna de las otras estúpidas cosas que bombardeaban mi mente.
Saqué mi codo, y Paula lo tomó, permitiéndome escoltarla por el pasillo hacia la sala.
—Adrian va a mearse encima cuando te vea —dijo Rosario. En general,Rosario era una buena chica, pero estaba descubriendo lo desagradable que podía ser si estaba en su lado malo. Traté de no tropezar con ella mientras caminábamos hasta el Charger de Valentin, y mantuve la boca cerrada todo el camino hacia la casa de Sig Tau.
En el momento en que Valentin abrió la puerta del auto, pudimos oír la ruidosa y desagradable música de la casa. Parejas estaban besándose y mezclándose, alumnos de primer año corrían alrededor tratando de mantener el daño del jardín al mínimo, y chicas de la fraternidad caminaban cuidadosamente tomadas de la mano, dando pequeños saltos, tratando de caminar a través del suave césped sin hundir sus tacones de aguja.
Valentin y yo abrimos el camino, con Rosario y Paula justo detrás de nosotros. Pateé un vaso de plástico rojo fuera del camino, y después sostuve la puerta abierta. Nuevamente, Paula fue totalmente ajena a mi gesto.
Una pila de vasos rojos se asentaban en el mostrador de la cocina al lado del barril. Llené dos y le llevé uno a Paula. Me incliné hacia su oído. —No tomes nada de nadie que no sea Valen o yo. No quiero que nadie le agregue algo a tu bebida.
Puso los ojos en blanco. —Nadie va a poner nada en mi bebida, Pedro.
Obviamente no conocía a mis hermanos de fraternidad. Había oído historias, de nadie en particular. Lo que era algo bueno, porque si alguna vez atrapaba a alguien tirando esa mierda, les daría una paliza sin dudarlo.
—Sólo no aceptes nada que no venga de mí, ¿de acuerdo? Ya no estás en Kansas, Paloma.
—No había escuchado eso antes —espetó, bebiéndose de golpe la mitad del vaso de cerveza antes de retirar el plástico de su cara. Podía beber, le concedía eso.
Nos paramos en el pasillo de las escaleras, tratando de pretender que todo estaba bien. Algunos de mis hermanos de fraternidad se detuvieron para charlar mientras bajaban por las escaleras, y lo mismo hicieron algunas chicas de fraternidad, pero rápidamente las rechacé, deseando que Paula lo notara. No lo hizo.
—¿Quieres bailar? —pregunté, tirando de su mano.
—No, gracias —respondió. No podía culparla, después de anoche. Tenía suerte de que todavía me hablara. Sus delgados y elegantes dedos tocaron mi hombro—. Estoy cansada, Pepe.
Puse mi mano sobre la suya, preparado para disculparme de nuevo, para decirle que me odiaba a mí mismo por lo que había hecho, pero sus ojos se alejaron de los míos hacia alguien detrás de mí.
—¡Hola,Pau! ¡Viniste!
Los pelos de mi nuca se erizaron. Adrian Hayes.
Los ojos de Paula se iluminaron, y retiró su mano de la mía en un rápido movimiento. —Sí, hemos estado aquí desde hace una hora o algo así.
—¡Te ves increíble! —gritó.
Hice una mueca, pero él estaba tan preocupado por Paula que no lo notó.
—¡Gracias! —Ella sonrió.
Se me ocurrió que yo no era el único que podía hacerla sonreír de ese modo, y de repente trabajaba para mantener mi temperamento bajo control.
Adrian asintió hacia la sala y sonrió. —¿Quieres bailar?
—No, estoy un poco cansada.
Una pequeña gota de alivio apagó mi enojo un poco. No era yo; realmente estaba muy cansada para bailar, pero el enojo no tardó mucho en volver. Estaba cansada porque estuvo despierta la mitad de la noche por los ruidos que hacía
quienquiera que yo traje a casa, y la otra mitad durmió en el sillón reclinable.
Ahora, Adrian estaba aquí, entrando a lo grande como el caballero de brillante armadura como siempre lo hacía. Rata bastarda.
Adrian me miró, imperturbable por mi expresión. —Pensé que no vendrías.
—Cambié de opinión —dije, tratando de no darle un puñetazo y borrar cuatro años de trabajo de ortodoncia.
—Ya veo —dijo Parker, mirando a Paula—. ¿Quieres ir a tomar un poco de aire fresco?
Ella asintió, y sentí como si alguien me hubiera golpeado hasta sacarme el aire. Siguió a Adrian por las escaleras. Vi como él se detuvo, tomando su mano mientras subían las escaleras hasta el segundo piso. Cuando llegaron arriba, Adrian abrió las puertas hacia el balcón.
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