TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
jueves, 15 de mayo de 2014
CAPITULO 158
Volver a casa solo, en el asiento trasero del Charger de Valentin, era poco estimulante. Rosario tiró sus tacones y rió mientras tocaba la mejilla de Valentin con su dedo gordo. Debía de estar locamente enamorado de ella, ya que él sólo sonrió, divertido con su risa contagiosa.
Mi teléfono sonó. Era Agustin. —Tengo un novato listo para dentro de una hora. En Hellerton.
—Sí, eh… No puedo.
—¿Qué?
—Me escuchaste. Dije que no puedo.
—¿Estás enfermo? —preguntó Agustin, la ira creciendo en su voz.
—No. Debo asegurarme de que Paloma regrese a salvo a casa.
—Tuve muchos problemas para armar esto, Alfonso.
—Lo sé. Lo siento. Tengo que irme.
Suspiré cuando Valentin se estacionó en su puesto frente al apartamento y el Porsche de Adrian no se encontraba por ningún lado.
—¿Vienes, primo? —preguntó Valentin, volteándose en su asiento.
—Sí —dije, mirando mis manos—. Sí, supongo.
Valentin empujó su asiento hacia adelante para dejarme salir, y me detuve junto al pequeño cuerpo de Rosario.
—No tienes nada de qué preocuparte, Pepe Confía en mí.
Asentí una vez y los seguí por las escaleras. Fueron directo a la habitación de Valentin y cerraron la puerta. Caí en el sillón reclinable, escuchando las risas incesantes de Rosario, y tratando de no imaginar a Adrian poniendo sus manos en la rodilla de Paula, o en su muslo.
Menos de diez minutos después, el motor de un carro ronroneó afuera, e hice mi camino hacia la puerta, sosteniendo la perilla. Podía oír dos pares de pies subiendo por las escaleras. Eran tacones. Una ola de alivio me llenó. Paula estaba en casa.
Sólo sus murmullos se filtraron por la puerta. Cuando hubo silencio y la perilla de la puerta se movió, la giré por completo y abrí rápidamente.
Paula cayó a través del umbral y sostuve su brazo. —Tranquila.
Inmediatamente se volteó para ver la expresión en la cara de Adrian. Era tensa, como si no supiera qué pensar, pero se recuperó rápido, fingiendo ver más allá de mí hacia el interior del apartamento.
—¿Ninguna joven humillada, varada, que necesite un aventón a casa?
Le lancé una mirada furiosa. Él tenía agallas. —No empieces conmigo.
Adrian sonrió y guiñó un ojo a Paula —Siempre estoy dándole problemas.
Ya no tan seguido como solía ser, ya que descubrió que era más fácil si hacía que ellas manejaran sus propios transportes.
—Supongo que eso simplifica las cosas —dijo Paula,
volviéndose hacia mí con una sonrisa divertida.
—No es gracioso, Paloma.
—¿Paloma? —preguntó Adrian.
Paula se movió nerviosamente. —Es, eh… Es sólo un apodo, ni siquiera sé de dónde lo sacó.
—Tendrás que contármelo cuando lo averigües. Suena como una buena historia. —Adrian sonrió—. Buenas noches, Pau.
—¿Quieres decir buenos días? —preguntó ella.
—Eso también —dijo con una sonrisa que me hizo querer vomitar.
Paula estaba ocupada desvaneciéndose, así que para traerla de vuelta a la realidad, cerré de golpe la puerta sin advertencia. Se echó hacia atrás.
—¿Qué? —espetó.
Pisoteé por el pasillo hacia la habitación, con Paula detrás de mí. Se detuvo justo en la puerta, saltando en un pie, tratando de quitarse su tacón. —Él es bueno,Pepe.
Observé su lucha para balancearse con una pierna, y finalmente decidí ayudarla antes de que se cayera. —Te vas a lastimar —dije, enganchando mi brazo en su cintura con una mano, y quitando sus tacones con la otra. Me quité la camisa y la tiré en una esquina.
Para mi sorpresa, Paula alcanzó su espalda para bajar la cremallera de su vestido, lo deslizó hacia abajo, y luego pasó una camiseta sobre su cabeza. Hizo una especie de truco de magia con su corpiño para quitarlo y sacarlo de su
camiseta. Todas las mujeres parecen saber la misma maniobra.
—Estoy segura de que no hay nada que no hayas visto antes —dijo, rodando sus ojos. Se sentó en el colchón y luego empujó sus piernas entre las cobijas y las sábanas. La observé acurrucarse contra la almohada, y luego me quité mis vaqueros, pateándolos a la esquina también.
Estaba curvada en una bola, esperando que fuera a la cama. Me irritaba que hubiera venido a casa con Adrian y que ahora se hubiera desvestido en frente de mí como si nada, pero al mismo tiempo, ese era justo el jodido tipo de situación platónica en la que estábamos, y era todo gracias a mí.
Tantas cosas crecían en mi interior. No sabía qué hacer con todo eso.
Cuando hicimos la apuesta, no se me ocurrió que ella podría salir con Adrian.
Hacer un berrinche sólo la llevaría directo a sus brazos. En el fondo, sabía que haría lo que fuera para mantenerla cerca. Si mantener mis celos escondidos significaba más tiempo con Paula, eso es lo que yo haría.
Me arrastré en la cama hasta su lado y levanté mi mano, apoyándola sobre su cadera.
—No fui a una pelea esta noche. Agustin llamó. No fui.
—¿Por qué? —preguntó, volteándose.
—Quería asegurarme de que llegarás a casa.
Arrugó su nariz. —No hace falta que me cuides.
Tracé el largo de su brazo con mi dedo. Era tan cálida. —Lo sé. Creo que todavía me siento mal por la otra noche.
—Te dije que no me importaba.
—¿Es por eso que dormiste en el sillón? ¿Por qué no te importaba?
—No podía conciliar el sueño luego de que tus… amigas se fueran.
—Dormiste perfectamente en el sillón. ¿Por qué no podías dormir conmigo?
—Quieres decir, ¿junto a un hombre que todavía olía al par de zorras de bar que acababa de enviar a casa? ¡No lo sé! ¡Qué egoísta de mi parte!
Retrocedí, tratando de mantener la imagen fuera de mi cabeza. —Te dije que lo sentía.
—Y yo te dije que no me importaba. Buenas noches —dijo, y se volteó.
Me estiré a través de la almohada para poner mi mano en la suya, acariciando el interior de sus dedos. Me incliné y besé su cabello. —Estuve tan preocupado de que no me volvieras a hablar… creo que es peor que seas indiferente.
—¿Qué quieres de mí,Pedro? No quieres que esté enojada por lo que hiciste, pero quieres que me importe. Le dijiste a Rosario que no quieres nada conmigo, pero te enojas tanto cuando yo digo lo mismo, tanto que sales como alma que lleva el diablo y te pones ridículamente borracho. No tienes ningún sentido.
Sus palabras me sorprendieron. —¿Por eso le dijiste aquellas cosas a Rosario? ¿Por qué le dije que no saldría contigo?
Su expresión era una combinación de sorpresa e ira. —No, quise decir lo que dije. Sólo que no lo decía como un insulto.
—Yo sólo lo dije porque no quiero arruinar las cosas, Paloma. Ni siquiera sé cómo merecerte. Trataba de comprenderlo en mi cabeza.
Decir las palabras me hacía sentir enfermo, pero tenían que ser dichas.
—Como sea. Necesito dormir un poco. Tengo una cita esta noche.
—¿Con Adrian?
—Sí. ¿Puedo dormir?
—Por supuesto —dije, saliendo de la cama. Paula no dijo una palabra mientras la dejaba atrás. Me senté en el sillón reclinable, cambiando los canales de la televisión. Demasiado para mantener mi temperamento controlado, pero maldición, esa mujer se podía meter bajo mi piel. Hablar con ella era como tener una conversación con un agujero negro. No importaba lo que dijera, incluso las pocas veces que era claro acerca de mis sentimientos. Su oído selectivo era exasperante. No podía hacerla comprender, y ser directo sólo parecía enojarla.
CAPITULO 157
La fiesta se desarrolló como usualmente lo hacía: Drama, un par de peleas, chicas metiéndose en una pelea, una pareja o dos teniendo una discusión terminando con la chica en lágrimas, y luego estaban los rezagados, ya sea
desmayados o vomitando en un área no designada.
Mis ojos viajaron a la parte superior de las escaleras más veces de las que deberían. Incluso cuando las chicas prácticamente me rogaban que las llevara a casa, continué mirando, tratando de no imaginar a Paula y Adrian haciéndolo, o incluso peor, él haciéndola reír.
—Hola, Pedro —llamó una aguda y cantarina voz por detrás. No me di vuelta, pero no tomó mucho para que la chica se moviera hasta entrar en mi línea de visión. Se inclinó sobre los postes de madera de la barandilla—. Te ves aburrido. Creo que debería hacerte compañía.
—No estoy aburrido. Puedes irte —dije, comprobando la parte superior de las escaleras de nuevo. Paula se detuvo en el descansillo, su espalda hacia las escaleras.
Rió. —Eres tan divertido.
Paula pasó a mi lado despreocupadamente, hacia donde Rosario estaba. La seguí, dejando a la chica ebria hablando sola.
—Si quieren pueden adelantarse —dijo Paula con moderado entusiasmo—Adrian se ofreció para llevarme a casa.
—¿Qué? —dijo Rosario, sus cansados ojos iluminados como una doble fogata.
—¿Qué? —dije, incapaz de contener mi irritación.
Rosario se giró. —¿Hay algún problema?
La fulminé con la mirada. Ella sabía exactamente cuál era mi problema.
Tomé a Pedro por el codo y tiré de ella alrededor de la esquina.
—Ni siquiera lo conoces.
Liberó su mano de mi agarre. —Esto no es de tu incumbencia, Pedro.
—Al demonio si no lo es. No dejaré que viajes a casa con un completo extraño. ¿Y si trata de aprovecharse de ti?
—¡Bien! ¡Él es lindo!
No podía creerlo. Realmente estaba cayendo en su juego.
—¿Adrian Hayes, Paloma? ¿En serio? Adrian Hayes. ¿Qué clase de nombre es ese, de todos modos?
Se cruzó de brazos y alzó el mentón. —Ya está bien, Pepe. Estás comportándote como un idiota.
Me incliné, furioso. —Lo mataré si te toca.
—Me gusta.
Una cosa era asumir que estaba siendo engañada, y otra era escucharla admitirlo. Ella era demasiado buena para mí; maldición, sin duda era demasiado buena para Adrian Hayes. ¿Por qué se comportaba de forma frívola por ese idiota?
Mi rostro se tensó en reacción a la ira que corría por mis venas.
—Está bien. Si terminas debajo de él en el asiento trasero de su coche, después no vengas llorando conmigo.
Su boca se abrió, estaba ofendida y furiosa. —No te preocupes, no lo haré — dijo, alejándose de mí.
Me di cuenta de lo que había dicho, y entonces tomé su brazo y suspiré, sin girar del todo. —No quise decir eso, Paloma. Si te lastima, si tan sólo te hace sentir incómoda, sólo házmelo saber.
Sus hombros cayeron. —Sé que no lo quisiste decir. Pero tienes que ponerle un alto a este exceso de sobreprotección de hermano mayor que tienes.
Me reí. Ella realmente no lo entendía. —No estoy jugando al hermano mayor, Paloma. Nada de eso.
Adrian rodeó la esquina y metió las manos en los bolsillos.
—¿Todo listo?
—Sí, vamos —dijo Paula, tomando el brazo de Adrian.
Fantaseé con correr detrás de él y empujar mi codo contra la parte posterior de su cabeza, pero entonces Paula se giró y me vio mirándolo.
Ya basta, articuló. Caminó con Adrian, y él mantuvo la puerta abierta para ella.
Una amplia sonrisa se extendió en su rostro, en apreciación.
Por supuesto. Cuando él lo hizo, sí lo notó.
CAPITULO 156
Paula desapareció y cerré mis ojos con fuerza, tratando de bloquear el grito en mi cabeza. Todo en mí decía que debía ir allí arriba y traerla de vuelta. Agarré la barandilla, conteniéndome.
—Te ves enojado —dijo Rosario, chocando su vaso rojo con el mío.
Mis ojos se abrieron de golpe. —No, ¿por qué?
Hizo una mueca. —No me mientas. ¿Dónde está Paula?
—Arriba. Con Adrian.
—Oh.
—¿Qué se supone que significa eso?
Se encogió de hombros. Sólo había estado ahí poco más de una hora, y ya tenía esa mirada familiar en sus ojos. —Estás celoso.
Cambié mi peso, incómodo con alguien, además de Valentin, siendo tan directo conmigo. —¿Dónde está Valen?
Rosario hizo rodar los ojos. —Haciendo sus deberes como estudiante de primer año.
—Por lo menos no tiene que quedarse después y limpiar.
Levantó el vaso hasta su boca y bebió un sorbo. No estaba seguro de cómo podía ya estar casi ebria.
—Entonces, ¿lo estás?
—¿Estoy qué?
—¿Celoso?
Fruncí el ceño. Rosario generalmente no era tan desagradable. —No.
—Número dos.
—¿Eh?
—Esa es la mentira número dos. —Miré alrededor. Valentin seguramente me rescataría pronto—. Realmente la jodiste anoche —dijo, sus ojos de pronto limpios.
—Lo sé.
Entrecerró los ojos, mirándome tan intensamente que quise huir. Rosario era una pequeña cosa rubia, pero era intimidante como la mierda cuando quería serlo.
—Deberías alejarte, Pedro. —Miró arriba, hacia la cima de las escaleras—. Él es lo que ella piensa que quiere.
Mis dientes se apretaron. Ya sabía eso, pero era peor oírlo de Rosario.
Antes de esto, pensé que ella tal vez estaría bien conmigo y Paula, y eso de alguna manera significaba que no era un completo idiota por perseguirla. —Lo sé.
Levantó una ceja. —No creo que lo sepas.
No respondí, tratando de no hacer contacto visual con ella. Tomó mi mentón con su mano, aplastando mis mejillas contra mis dientes.
—¿Lo haces?
Traté de hablar, pero sus dedos ahora aplastaban mis labios juntos. Me eché hacia atrás y aparté su mano. —Probablemente no. No soy exactamente conocido por hacer lo correcto.
Rosario me miró por unos segundos, y después sonrió. —Está bien, entonces.
—¿Eh?
Me dio una palmada en la mejilla y luego me señaló. —Tú, Perro loco, eres exactamente de lo que vine a protegerla. Pero, ¿sabes qué? Todos estamos rotos de una manera u otra. Incluso con tu épica metida de pata, podrías ser exactamente lo que necesita. Tienes una oportunidad más —dijo, sosteniendo un dedo a dos centímetros de mí nariz—. Sólo una. No lo arruines… ya sabes… mas de lo usual.
Rosario se alejó y desapareció por el pasillo.
Era tan rara.
miércoles, 14 de mayo de 2014
CAPITULO 155
Pretendí ver la televisión por horas mientras Paula se arreglaba en el baño y en la habitación para la fiesta de la fraternidad, y entonces decidí vestirme antes de que ella necesitara el cuarto.
Una blanca camisa bastante libre de arrugas colgaba en el armario, la agarré y tomé un par de jeans. Me sentí tonto, parado frente al espejo, luchando con el botón en la muñeca de la camisa. Finalmente, me rendí y enrollé cada manga hasta los codos. Eso era más mi estilo, de todos modos.
Caminé hacia el pasillo y me dejé caer en el sofá de nuevo, escuchando la puerta del baño cerrarse y los pies descalzos de Paula golpeando el suelo.
Mi reloj apenas se movió, y por supuesto no había nada en la televisión, excepto audaces rescates de temporales y un comercial sobre el Slap Chop. Estaba nervioso y aburrido. No era una buena combinación para mí.
Cuando mi paciencia se acabó, golpeé la puerta de la habitación.
—Adelante —dijo Paula desde el otro lado de la puerta.
Estaba de pie en medio de la habitación, un par de tacones puestos lado a lado en el suelo frente a ella. Paula siempre lucía hermosa, pero esta noche ni un solo cabello estaba fuera de lugar; se veía como si tuviera que estar en la portada de una de esas revistas de moda que ves en la caja de la tienda de comestibles.
Cada parte de ella tenía loción, era suave, perfectamente pulida. Sólo la visión de ella casi me patea el trasero.
Todo lo que pude hacer fue quedarme ahí, estupefacto, hasta que finalmente me las arreglé para formar una sola palabra.
—Vaya. —Sonrió y miró su vestido. Su dulce sonrisa me devolvió a la realidad—. Te ves increíble —dije, incapaz de quitar mis ojos de ella.
Se inclinó para ponerse un zapato y luego el otro. La tela negra y ceñida se movió ligeramente hacia arriba, exponiendo sólo un centímetro más de sus muslos.
Paula se levantó y me dedicó un gesto de aprobación. —Tú también te ves bien.
Metí las manos en los bolsillos, rehusandome a decir “Debo de estar enamorándome de ti en este preciso momento,” o alguna de las otras estúpidas cosas que bombardeaban mi mente.
Saqué mi codo, y Paula lo tomó, permitiéndome escoltarla por el pasillo hacia la sala.
—Adrian va a mearse encima cuando te vea —dijo Rosario. En general,Rosario era una buena chica, pero estaba descubriendo lo desagradable que podía ser si estaba en su lado malo. Traté de no tropezar con ella mientras caminábamos hasta el Charger de Valentin, y mantuve la boca cerrada todo el camino hacia la casa de Sig Tau.
En el momento en que Valentin abrió la puerta del auto, pudimos oír la ruidosa y desagradable música de la casa. Parejas estaban besándose y mezclándose, alumnos de primer año corrían alrededor tratando de mantener el daño del jardín al mínimo, y chicas de la fraternidad caminaban cuidadosamente tomadas de la mano, dando pequeños saltos, tratando de caminar a través del suave césped sin hundir sus tacones de aguja.
Valentin y yo abrimos el camino, con Rosario y Paula justo detrás de nosotros. Pateé un vaso de plástico rojo fuera del camino, y después sostuve la puerta abierta. Nuevamente, Paula fue totalmente ajena a mi gesto.
Una pila de vasos rojos se asentaban en el mostrador de la cocina al lado del barril. Llené dos y le llevé uno a Paula. Me incliné hacia su oído. —No tomes nada de nadie que no sea Valen o yo. No quiero que nadie le agregue algo a tu bebida.
Puso los ojos en blanco. —Nadie va a poner nada en mi bebida, Pedro.
Obviamente no conocía a mis hermanos de fraternidad. Había oído historias, de nadie en particular. Lo que era algo bueno, porque si alguna vez atrapaba a alguien tirando esa mierda, les daría una paliza sin dudarlo.
—Sólo no aceptes nada que no venga de mí, ¿de acuerdo? Ya no estás en Kansas, Paloma.
—No había escuchado eso antes —espetó, bebiéndose de golpe la mitad del vaso de cerveza antes de retirar el plástico de su cara. Podía beber, le concedía eso.
Nos paramos en el pasillo de las escaleras, tratando de pretender que todo estaba bien. Algunos de mis hermanos de fraternidad se detuvieron para charlar mientras bajaban por las escaleras, y lo mismo hicieron algunas chicas de fraternidad, pero rápidamente las rechacé, deseando que Paula lo notara. No lo hizo.
—¿Quieres bailar? —pregunté, tirando de su mano.
—No, gracias —respondió. No podía culparla, después de anoche. Tenía suerte de que todavía me hablara. Sus delgados y elegantes dedos tocaron mi hombro—. Estoy cansada, Pepe.
Puse mi mano sobre la suya, preparado para disculparme de nuevo, para decirle que me odiaba a mí mismo por lo que había hecho, pero sus ojos se alejaron de los míos hacia alguien detrás de mí.
—¡Hola,Pau! ¡Viniste!
Los pelos de mi nuca se erizaron. Adrian Hayes.
Los ojos de Paula se iluminaron, y retiró su mano de la mía en un rápido movimiento. —Sí, hemos estado aquí desde hace una hora o algo así.
—¡Te ves increíble! —gritó.
Hice una mueca, pero él estaba tan preocupado por Paula que no lo notó.
—¡Gracias! —Ella sonrió.
Se me ocurrió que yo no era el único que podía hacerla sonreír de ese modo, y de repente trabajaba para mantener mi temperamento bajo control.
Adrian asintió hacia la sala y sonrió. —¿Quieres bailar?
—No, estoy un poco cansada.
Una pequeña gota de alivio apagó mi enojo un poco. No era yo; realmente estaba muy cansada para bailar, pero el enojo no tardó mucho en volver. Estaba cansada porque estuvo despierta la mitad de la noche por los ruidos que hacía
quienquiera que yo traje a casa, y la otra mitad durmió en el sillón reclinable.
Ahora, Adrian estaba aquí, entrando a lo grande como el caballero de brillante armadura como siempre lo hacía. Rata bastarda.
Adrian me miró, imperturbable por mi expresión. —Pensé que no vendrías.
—Cambié de opinión —dije, tratando de no darle un puñetazo y borrar cuatro años de trabajo de ortodoncia.
—Ya veo —dijo Parker, mirando a Paula—. ¿Quieres ir a tomar un poco de aire fresco?
Ella asintió, y sentí como si alguien me hubiera golpeado hasta sacarme el aire. Siguió a Adrian por las escaleras. Vi como él se detuvo, tomando su mano mientras subían las escaleras hasta el segundo piso. Cuando llegaron arriba, Adrian abrió las puertas hacia el balcón.
CAPITULO 154
Una rápida pasada a mi tarjeta de débito y las bolsas estaban en mis manos.
Salí corriendo hacia el estacionamiento, y en pocos segundos el Charger consiguió hacer volar las telarañas fuera de su tubo de escape todo el camino de regreso al
apartamento.
Tomé dos pasos a la vez y entré. Las cabezas de Rosario y Valentin eran visibles por encima del sofá. La televisión estaba encendida, pero en silencio.
Gracias a Dios. Ella todavía dormía. Las bolsas se estrellaron contra el mostrador cuando las solté y traté de no dejar que los gabinetes hicieran demasiado ruido mientras guardaba las cosas.
—Cuando Paloma se despierte, háganmelo saber, ¿si? —pedí en voz baja—. Traje espaguetis, mezcla para panqueques y fresas, y esa avena de mierda con los
paquetes de chocolates, y a ella le gusta el cereal de Fruity Pebbles, ¿verdad, Ro?—pregunté, dándome la vuelta. Paula estaba despierta, mirándome desde la silla.
Su rímel estaba corrido bajo sus ojos. Se veía tan mal como yo me sentía—. Hola,Paloma.
Me miró durante unos segundos con una mirada en blanco. Di unos pasos hacia la sala, más nervioso que la noche de mi primera pelea.
—¿Tienes hambre, Paloma? Voy a hacerte algunos panqueques. O hay uh… hay avena. Y he conseguido alguna de esa mierda espumosa rosa con la que las chicas se afeitan y un secador de pelo y… a… un momento, está aquí. —Agarré una de las bolsas y la llevé a la habitación, vaciándola sobre la cama.
Mientras buscaba esa cosa rosa que pensé que le gustaría, el equipaje de Paula, lleno, cerrado y esperando junto a la puerta, me llamó la atención. Mi estómago dio un vuelco y mi boca quedó seca otra vez. Caminé por el pasillo,tratando de mantenerme tranquilo.
—Tus cosas están empacadas.
—Lo sé —dijo.
Un dolor físico quemó a través de mi pecho. —Te vas.
Paula miró a Rosario, que se quedó mirándome como si quisiera matarme.
—¿Realmente esperabas que ella permaneciera aquí?
—Bebé —susurró Valentin.
—No me provoques, Valen. No te atrevas a defenderlo delante de mí — explotó Rosario.
Tragué saliva con fuerza. —Lo siento tanto, Paloma. Ni siquiera sé qué decir.
—Vamos, Paula —dijo Rosario. Se puso de pie y tiró de su brazo, pero Paula se quedó sentada.
Di un paso, pero Rosario me apuntó con el dedo. —¡Qué Dios me ayude, Pedro! ¡Si intentas detenerla, te empaparé en gasolina y te prenderé fuego mientras duermes!
—Rosario —rogó Valentin. Esto se iba a poner mal muy rápido en todos los sentidos.
—Estoy bien —dijo Paula, abrumada.
—¿A qué te refieres con que estás bien? —preguntó Valentin.
Paula puso los ojos en blanco e hizo un gesto hacia mí. —Pedro trajo a casa mujeres del bar anoche, ¿y qué?
Cerré los ojos, tratando de desviar el dolor. Por mucho que no quería que se fuera, nunca se me había ocurrido que a ella no le importaría una mierda.
Rosario frunció el ceño. —Uh, Pau. ¿Estás diciendo que estás bien con lo que pasó?
Paula miró alrededor de la habitación. —Pedro puede traer a casa a quien quiera. Es su apartamento.
Me tragué el nudo que se formaba en mi garganta. —¿Tú no empacaste tus cosas?
Sacudió la cabeza y miró el reloj. —No, y ahora voy a tener que deshacer todo. Todavía tengo que comer, ducharme y vestirme —dijo, entrando en el baño.
Rosario lanzó una mirada de muerte en mi dirección, pero no le hice caso y me acerqué a la puerta del baño, golpeando ligeramente. —¿Paloma?
—¿Sí? —dijo, con voz débil.
—¿Te vas a quedar? —Cerré mis ojos, esperando el castigo.
—Puedo irme si quieres, pero una apuesta es una apuesta.
Mi cabeza cayó contra la puerta. —No quiero que te vayas, pero no te culparía si lo hicieras.
—¿Estás diciendo que estoy liberada de la apuesta?
La respuesta era fácil, pero no quería hacerla quedarse si ella no quería hacerlo. Al mismo tiempo, me aterrorizaba dejarla ir. —Si digo que sí, ¿te irás?
—Bueno, sí. No vivo aquí, tonto —dijo. Una pequeña risa flotó a través de la puerta de madera.
No podría decir si estaba enojada o sólo cansada de pasar la noche en el sillón, pero si era lo primero, no había manera de que pudiera dejarla irse. Nunca la volvería a ver.
—Entonces no, la apuesta sigue en pie.
—¿Puedo tomar una ducha, ahora? —preguntó, su voz suave y apacible.
—Sí...
Rosario entró pisando fuerte en el pasillo y se detuvo justo frente a mi cara.
—Eres un bastardo egoísta —gruñó, cerrando la puerta de Valentin detrás de ella.
Entré en el dormitorio, agarré su bata y un par de zapatillas, y luego regresé a la puerta del baño. Aparentemente se quedaría, pero besarle el trasero nunca fue una mala idea.
—¿Paloma? Traje algunas de tus cosas.
—Sólo ponlas en el lavamanos. Yo me encargo.
Abrí la puerta y puse sus cosas en la esquina del fregadero, mirando al suelo. —Estaba enojado. Te escuché escupirle todo lo que está mal conmigo a Rosario y me enfureció. Sólo quería salir, tomar unas copas y tratar de entender algunas cosas, pero antes que lo supiera, estaba borracho y esas chicas… —Hice una pausa, tratando de evitar que mi voz se rompiera—. Me desperté esta mañana y no estabas en la cama, y cuando te encontré en el sillón reclinable y vi los paquetes en el piso, me sentí enfermo.
—Simplemente podrías haberme preguntado, en lugar de gastar todo ese dinero en el supermercado para sobornarme para que me quedara.
—No me importa el dinero, Paloma. Tenía miedo que te fueras y nunca me hablaras de nuevo.
—No quise herir tus sentimientos —dijo sinceramente.
—Sé que no lo hiciste. Y sé que no importa lo que diga ahora, porque lo jodí todo… como siempre hago.
—¿Pepe?
—¿Sí?
—No conduzcas tu moto borracho, ¿está bien?
Quería decir más, disculparme de nuevo y decirle que estaba loco por ella, y estaba literalmente volviéndome loco porque no sabía cómo manejar lo que sentía, pero las palabras no salían. Mis pensamientos sólo podían enfocarse en el hecho de que después de todo lo que había pasado, y todo lo que acababa de decir, lo único que tenía para decirme era un sermón sobre conducir ebrio a casa.
—Sí, está bien —dije, cerrando la puerta.
CAPITULO 153
Me desperté con el sol de la tarde brillando a través de las persianas, pero bien podría haber sido del mediodía en medio de un desierto de arena blanca. Mis párpados se cerraron al instante, rechazando la luz.
Una combinación de aliento mañanero, productos químicos y líquidos repugnantes se encontraban atrapados en el interior de mi boca seca. Odiaba la inevitable boca seca que se producía después de una dura noche de beber.
Mi mente inmediatamente buscó los recuerdos de anoche, pero me quedé sin nada. Algún tipo de fiesta, era un hecho, pero dónde o con quién era un completo misterio.
Miré a mi izquierda, viendo las sábanas deshechas.Paula ya se había levantado. Mis pies descalzos se sentían raros contra el suelo mientras caminaba por el pasillo y encontré a Paula dormida en el sillón. La confusión me hizo detenerme, y luego el pánico se estableció. Mi cerebro se derramó a través del alcohol que aún abrumaba mis pensamientos. ¿Por qué no durmió en la cama? ¿Qué había hecho yo para hacerla dormir en el sillón? Mi corazón comenzó a latir rápidamente, y luego los vi: dos envoltorios de preservativos vacíos.
Joder. ¡Joder! La noche anterior regresó a mí en oleadas: bebiendo de más, esas chicas que no se fueron cuando se los dije, y finalmente mi oferta para mostrarles a ambas un buen momento, al mismo tiempo, y su apoyo entusiasta ante la idea.
Mis manos volaron hacia mi cara. Las había traído hasta aquí. Follado aquí.
Paula probablemente había oído todo. Oh, Dios. No podría haberlo jodido de peor manera. Esto iba más allá de lo malo. Tan pronto como se despertara, empacaría su
mierda y se iría.
Me senté en el sofá, con las manos todavía ahuecadas sobre la boca y la nariz, y la miré dormir. Tenía que arreglar esto. ¿Qué podría hacer para solucionar esto?
Una idea estúpida tras otra apareció a través de mi mente. El tiempo se estaba acabando. Tan silenciosamente como pude, corrí a la habitación y me cambié de ropa, luego me escabullí en la habitación de Valentin.
Rosario se movió y la cabeza de Valentin apareció. —¿Qué estás haciendo, Pepe? —susurró.
—Tengo que pedirte prestado el coche. Sólo por un segundo. Tengo que ir a recoger algunas cosas.
—Está bien... —dijo, confundido.
Sus llaves tintinearon cuando las saqué de su armario, y luego me detuve.
—Hazme un favor. Si se despierta antes de que yo vuelva, mantenla aquí, ¿de acuerdo?
Valentin respiró hondo. —Lo intentaré, Pedro, pero hombre... anoche fue...
—Fue malo, ¿no?
La boca de Valentin se inclinó hacia un lado. —No creo que se quede, primo, lo siento.
Asentí. —Sólo inténtalo.
Una última mirada al rostro dormido de Paula antes de salir del apartamento me impulsó a moverme más rápido. El Charger apenas podía mantenerse al día con la velocidad a la que yo quería ir. Una luz roja me atrapó justo antes de llegar al mercado y grité, golpeando el volante.
—¡Maldita sea! ¡Cámbiate!
Unos segundos más tarde, la luz parpadeó de rojo a verde, y los neumáticos giraron un par de veces antes de ganar velocidad.
Corrí a la tienda desde el aparcamiento, totalmente consciente de que me veía como un loco mientras sacaba el carrito de compras del resto. Un pasillo tras otro, tomé las cosas que pensé que le gustarían, recordando su alimentación o incluso hablar sobre ello. Una cosa esponjosa de color rosa colgaba en una línea fuera de uno de los estantes y terminó en mi carrito, también.
Una disculpa no iba a hacer que se quedara, pero tal vez lo haría un gesto.
Tal vez vería cuánto lo sentía. Me detuve a pocos metros de la caja registradora, sintiendo desesperanza. Nada iba a funcionar.
—¿Señor? ¿Está listo?
Negué con la cabeza, abatido. —No... No lo sé.
La mujer me miró por un momento, empujando las manos en los bolsillos de su delantal blanco y amarillo a rayas. —¿Puedo ayudarle en algo?
Empujé el carrito a su caja sin responder, viéndola mirar todos los alimentos favoritos de Paula. Ésta era la idea más estúpida de la historia de las ideas, y la única mujer viva que me importaba iba a reírse de mí, mientras empacaba.
—Son ochenta y cuatro dólares con setenta y siete centavos.
CAPITULO 152
No le tomó mucho tiempo a Cami averiguar que yo no era buena compañía. Sostuvo las próximas cervezas mientras me sentaba en mi silla habitual en el bar The Red. Las luces de colores se perseguían unas a otras por la sala, y la música era casi lo suficientemente fuerte como para ahogar mis pensamientos.
Mi paquete de Marlboro Reds casi había desaparecido, pero esa no era la razón de la sensación de pesadez en mi pecho. Unas pocas chicas habían ido y venido, tratando de entablar conversación, pero no pude levantar mi línea de
visión desde el cigarrillo medio quemado posado entre dos de mis dedos. La ceniza era tan larga que era sólo cuestión de tiempo hasta que se desvaneciera, así que solamente miré las brasas que quedaban, parpadeando contra el papel, tratando de mantener mi mente alejada de la sensación de hundimiento que la música no podía ahogar.
Cuando la multitud en el bar disminuyó y Cami no se movía a mil kilómetros por hora, dejó un vaso vacío delante de mí y luego lo llenó hasta el borde con Jim Beam. Lo agarré, pero cubrió mi pulsera negra de cuero con sus dedos tatuados que deletreaban baby doll cuando mantenía sus puños juntos.
—Está bien, Pepe. Cuéntame.
—¿Qué? —pregunté, haciendo un débil intento de alejarme.
Negó con la cabeza. —¿La chica?
El vaso tocó mis labios e incliné la cabeza hacia atrás, dejando que el líquido quemara mi garganta. —¿Qué chica?
Cami puso los ojos en blanco. —¿Qué chica? ¿En serio? ¿Con quién crees que estás hablando?
—Está bien, está bien. Es Paloma.
—¿Paloma? Estás bromeando.
Me reí una vez. —Paula. Ella es una paloma. Una paloma demoníaca que me jode tanto la cabeza que no puedo pensar con claridad. Ya nada tiene sentido, Cami. Cada regla que he hecho se ha roto una por una. Soy un blandengue. No... peor. Soy Valen.
Cami se rió. —Sé amable.
—Tienes razón. Valentin es un buen tipo.
—Sé amable contigo mismo, también —dijo, lanzando un trapo sobre la mesa y pasándolo en círculos—. Enamorarte no es un pecado, Pepe, Jesús.
Miré a mí alrededor. —Estoy confundido. ¿Estás hablando conmigo o con Jesús?
—Lo digo en serio. Así que tienes sentimientos por ella. ¿Y qué?
—Me odia.
—Nah.
—No, la he oído esta noche. Por accidente. Piensa que soy una basura.
—¿Ella dijo eso?
—Más o menos.
—Bueno, más o menos lo eres.
Fruncí el ceño. —Muchas gracias.
Extendió las manos, con los codos sobre la barra. —En base a tu comportamiento en el pasado, ¿no estás de acuerdo? Mi punto es... tal vez por ella, no lo serías. Tal vez por ella podrías ser un hombre mejor. —Sirvió otro trago y no le di la oportunidad de detenerme antes de tragarlo.
—Tienes razón. He sido un cabrón. ¿Puedo cambiar? Joder, no lo sé.
Probablemente no lo suficiente como para merecerla.
Cami se encogió de hombros, tapando la botella y colocándola en su lugar.
—Creo que deberías dejar que ella juzgue eso.
Encendí un cigarrillo, tomé una respiración profunda, y agregué más bocanadas de humo a la habitación ya turbia.
—Tráeme otra cerveza.
—Pepe, creo que ya has tenido suficiente.
—Cami, sólo hazlo, maldita sea.
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