miércoles, 14 de mayo de 2014

CAPITULO 154



Una rápida pasada a mi tarjeta de débito y las bolsas estaban en mis manos.
Salí corriendo hacia el estacionamiento, y en pocos segundos el Charger consiguió hacer volar las telarañas fuera de su tubo de escape todo el camino de regreso al
apartamento.
Tomé dos pasos a la vez y entré. Las cabezas de Rosario y Valentin eran visibles por encima del sofá. La televisión estaba encendida, pero en silencio.
Gracias a Dios. Ella todavía dormía. Las bolsas se estrellaron contra el mostrador cuando las solté y traté de no dejar que los gabinetes hicieran demasiado ruido mientras guardaba las cosas.


—Cuando Paloma se despierte, háganmelo saber, ¿si? —pedí en voz baja—. Traje espaguetis, mezcla para panqueques y fresas, y esa avena de mierda con los
paquetes de chocolates, y a ella le gusta el cereal de Fruity Pebbles, ¿verdad, Ro?—pregunté, dándome la vuelta. Paula estaba despierta, mirándome desde la silla.
Su rímel estaba corrido bajo sus ojos. Se veía tan mal como yo me sentía—. Hola,Paloma.


Me miró durante unos segundos con una mirada en blanco. Di unos pasos hacia la sala, más nervioso que la noche de mi primera pelea.


—¿Tienes hambre, Paloma? Voy a hacerte algunos panqueques. O hay uh… hay avena. Y he conseguido alguna de esa mierda espumosa rosa con la que las chicas se afeitan y un secador de pelo y… a… un momento, está aquí. —Agarré una de las bolsas y la llevé a la habitación, vaciándola sobre la cama.


Mientras buscaba esa cosa rosa que pensé que le gustaría, el equipaje de Paula, lleno, cerrado y esperando junto a la puerta, me llamó la atención. Mi estómago dio un vuelco y mi boca quedó seca otra vez. Caminé por el pasillo,tratando de mantenerme tranquilo.


—Tus cosas están empacadas.


—Lo sé —dijo.


Un dolor físico quemó a través de mi pecho. —Te vas.


Paula miró a Rosario, que se quedó mirándome como si quisiera matarme.


—¿Realmente esperabas que ella permaneciera aquí?


—Bebé —susurró Valentin.
—No me provoques, Valen. No te atrevas a defenderlo delante de mí — explotó Rosario.


Tragué saliva con fuerza. —Lo siento tanto, Paloma. Ni siquiera sé qué decir.


—Vamos, Paula —dijo Rosario. Se puso de pie y tiró de su brazo, pero Paula se quedó sentada.


Di un paso, pero Rosario me apuntó con el dedo. —¡Qué Dios me ayude, Pedro! ¡Si intentas detenerla, te empaparé en gasolina y te prenderé fuego mientras duermes!


—Rosario —rogó Valentin. Esto se iba a poner mal muy rápido en todos los sentidos.


—Estoy bien —dijo Paula, abrumada.


—¿A qué te refieres con que estás bien? —preguntó Valentin.


Paula puso los ojos en blanco e hizo un gesto hacia mí. —Pedro trajo a casa mujeres del bar anoche, ¿y qué?


Cerré los ojos, tratando de desviar el dolor. Por mucho que no quería que se fuera, nunca se me había ocurrido que a ella no le importaría una mierda.


Rosario frunció el ceño. —Uh, Pau. ¿Estás diciendo que estás bien con lo que pasó?


Paula miró alrededor de la habitación. —Pedro puede traer a casa a quien quiera. Es su apartamento.


Me tragué el nudo que se formaba en mi garganta. —¿Tú no empacaste tus cosas?


Sacudió la cabeza y miró el reloj. —No, y ahora voy a tener que deshacer todo. Todavía tengo que comer, ducharme y vestirme —dijo, entrando en el baño.


Rosario lanzó una mirada de muerte en mi dirección, pero no le hice caso y me acerqué a la puerta del baño, golpeando ligeramente. —¿Paloma?


—¿Sí? —dijo, con voz débil.


—¿Te vas a quedar? —Cerré mis ojos, esperando el castigo.


—Puedo irme si quieres, pero una apuesta es una apuesta.


Mi cabeza cayó contra la puerta. —No quiero que te vayas, pero no te culparía si lo hicieras.


—¿Estás diciendo que estoy liberada de la apuesta?


La respuesta era fácil, pero no quería hacerla quedarse si ella no quería hacerlo. Al mismo tiempo, me aterrorizaba dejarla ir. —Si digo que sí, ¿te irás?


—Bueno, sí. No vivo aquí, tonto —dijo. Una pequeña risa flotó a través de la puerta de madera. 

No podría decir si estaba enojada o sólo cansada de pasar la noche en el sillón, pero si era lo primero, no había manera de que pudiera dejarla irse. Nunca la volvería a ver.


—Entonces no, la apuesta sigue en pie.


—¿Puedo tomar una ducha, ahora? —preguntó, su voz suave y apacible.


—Sí...


Rosario entró pisando fuerte en el pasillo y se detuvo justo frente a mi cara.


—Eres un bastardo egoísta —gruñó, cerrando la puerta de Valentin detrás de ella.


Entré en el dormitorio, agarré su bata y un par de zapatillas, y luego regresé a la puerta del baño. Aparentemente se quedaría, pero besarle el trasero nunca fue una mala idea.


—¿Paloma? Traje algunas de tus cosas.


—Sólo ponlas en el lavamanos. Yo me encargo.


Abrí la puerta y puse sus cosas en la esquina del fregadero, mirando al suelo. —Estaba enojado. Te escuché escupirle todo lo que está mal conmigo a Rosario y me enfureció. Sólo quería salir, tomar unas copas y tratar de entender algunas cosas, pero antes que lo supiera, estaba borracho y esas chicas… —Hice una pausa, tratando de evitar que mi voz se rompiera—. Me desperté esta mañana y no estabas en la cama, y cuando te encontré en el sillón reclinable y vi los paquetes en el piso, me sentí enfermo.


—Simplemente podrías haberme preguntado, en lugar de gastar todo ese dinero en el supermercado para sobornarme para que me quedara.


—No me importa el dinero, Paloma. Tenía miedo que te fueras y nunca me hablaras de nuevo.


—No quise herir tus sentimientos —dijo sinceramente.


—Sé que no lo hiciste. Y sé que no importa lo que diga ahora, porque lo jodí todo… como siempre hago.


—¿Pepe?


—¿Sí?


—No conduzcas tu moto borracho, ¿está bien?


Quería decir más, disculparme de nuevo y decirle que estaba loco por ella, y estaba literalmente volviéndome loco porque no sabía cómo manejar lo que sentía, pero las palabras no salían. Mis pensamientos sólo podían enfocarse en el hecho de que después de todo lo que había pasado, y todo lo que acababa de decir, lo único que tenía para decirme era un sermón sobre conducir ebrio a casa.


—Sí, está bien —dije, cerrando la puerta.

CAPITULO 153



Me desperté con el sol de la tarde brillando a través de las persianas, pero bien podría haber sido del mediodía en medio de un desierto de arena blanca. Mis párpados se cerraron al instante, rechazando la luz.
Una combinación de aliento mañanero, productos químicos y líquidos repugnantes se encontraban atrapados en el interior de mi boca seca. Odiaba la inevitable boca seca que se producía después de una dura noche de beber.
Mi mente inmediatamente buscó los recuerdos de anoche, pero me quedé sin nada. Algún tipo de fiesta, era un hecho, pero dónde o con quién era un completo misterio.
Miré a mi izquierda, viendo las sábanas deshechas.Paula ya se había levantado. Mis pies descalzos se sentían raros contra el suelo mientras caminaba por el pasillo y encontré a Paula dormida en el sillón. La confusión me hizo detenerme, y luego el pánico se estableció. Mi cerebro se derramó a través del alcohol que aún abrumaba mis pensamientos. ¿Por qué no durmió en la cama? ¿Qué había hecho yo para hacerla dormir en el sillón? Mi corazón comenzó a latir rápidamente, y luego los vi: dos envoltorios de preservativos vacíos.
Joder. ¡Joder! La noche anterior regresó a mí en oleadas: bebiendo de más, esas chicas que no se fueron cuando se los dije, y finalmente mi oferta para mostrarles a ambas un buen momento, al mismo tiempo, y su apoyo entusiasta ante la idea.
Mis manos volaron hacia mi cara. Las había traído hasta aquí. Follado aquí.
Paula probablemente había oído todo. Oh, Dios. No podría haberlo jodido de peor manera. Esto iba más allá de lo malo. Tan pronto como se despertara, empacaría su
mierda y se iría.
Me senté en el sofá, con las manos todavía ahuecadas sobre la boca y la nariz, y la miré dormir. Tenía que arreglar esto. ¿Qué podría hacer para solucionar esto?
Una idea estúpida tras otra apareció a través de mi mente. El tiempo se estaba acabando. Tan silenciosamente como pude, corrí a la habitación y me cambié de ropa, luego me escabullí en la habitación de Valentin.


Rosario se movió y la cabeza de Valentin apareció. —¿Qué estás haciendo, Pepe? —susurró.


—Tengo que pedirte prestado el coche. Sólo por un segundo. Tengo que ir a recoger algunas cosas.


—Está bien... —dijo, confundido.


Sus llaves tintinearon cuando las saqué de su armario, y luego me detuve.


—Hazme un favor. Si se despierta antes de que yo vuelva, mantenla aquí, ¿de acuerdo?


Valentin respiró hondo. —Lo intentaré, Pedro, pero hombre... anoche fue...


—Fue malo, ¿no?


La boca de Valentin se inclinó hacia un lado. —No creo que se quede, primo, lo siento.


Asentí. —Sólo inténtalo.


Una última mirada al rostro dormido de Paula antes de salir del apartamento me impulsó a moverme más rápido. El Charger apenas podía mantenerse al día con la velocidad a la que yo quería ir. Una luz roja me atrapó justo antes de llegar al mercado y grité, golpeando el volante.


—¡Maldita sea! ¡Cámbiate!


Unos segundos más tarde, la luz parpadeó de rojo a verde, y los neumáticos giraron un par de veces antes de ganar velocidad.
Corrí a la tienda desde el aparcamiento, totalmente consciente de que me veía como un loco mientras sacaba el carrito de compras del resto. Un pasillo tras otro, tomé las cosas que pensé que le gustarían, recordando su alimentación o incluso hablar sobre ello. Una cosa esponjosa de color rosa colgaba en una línea fuera de uno de los estantes y terminó en mi carrito, también.
Una disculpa no iba a hacer que se quedara, pero tal vez lo haría un gesto.
Tal vez vería cuánto lo sentía. Me detuve a pocos metros de la caja registradora, sintiendo desesperanza. Nada iba a funcionar.


—¿Señor? ¿Está listo?


Negué con la cabeza, abatido. —No... No lo sé.


La mujer me miró por un momento, empujando las manos en los bolsillos de su delantal blanco y amarillo a rayas. —¿Puedo ayudarle en algo?


Empujé el carrito a su caja sin responder, viéndola mirar todos los alimentos favoritos de Paula. Ésta era la idea más estúpida de la historia de las ideas, y la única mujer viva que me importaba iba a reírse de mí, mientras empacaba.


—Son ochenta y cuatro dólares con setenta y siete centavos.

CAPITULO 152




No le tomó mucho tiempo a Cami averiguar que yo no era buena compañía. Sostuvo las próximas cervezas mientras me sentaba en mi silla habitual en el bar The Red. Las luces de colores se perseguían unas a otras por la sala, y la música era casi lo suficientemente fuerte como para ahogar mis pensamientos.
Mi paquete de Marlboro Reds casi había desaparecido, pero esa no era la razón de la sensación de pesadez en mi pecho. Unas pocas chicas habían ido y venido, tratando de entablar conversación, pero no pude levantar mi línea de
visión desde el cigarrillo medio quemado posado entre dos de mis dedos. La ceniza era tan larga que era sólo cuestión de tiempo hasta que se desvaneciera, así que solamente miré las brasas que quedaban, parpadeando contra el papel, tratando de mantener mi mente alejada de la sensación de hundimiento que la música no podía ahogar.
Cuando la multitud en el bar disminuyó y Cami no se movía a mil kilómetros por hora, dejó un vaso vacío delante de mí y luego lo llenó hasta el borde con Jim Beam. Lo agarré, pero cubrió mi pulsera negra de cuero con sus dedos tatuados que deletreaban baby doll cuando mantenía sus puños juntos.


—Está bien, Pepe. Cuéntame.


—¿Qué? —pregunté, haciendo un débil intento de alejarme.


Negó con la cabeza. —¿La chica?


El vaso tocó mis labios e incliné la cabeza hacia atrás, dejando que el líquido quemara mi garganta. —¿Qué chica?


Cami puso los ojos en blanco. —¿Qué chica? ¿En serio? ¿Con quién crees que estás hablando?

—Está bien, está bien. Es Paloma.


—¿Paloma? Estás bromeando.


Me reí una vez. —Paula. Ella es una paloma. Una paloma demoníaca que me jode tanto la cabeza que no puedo pensar con claridad. Ya nada tiene sentido, Cami. Cada regla que he hecho se ha roto una por una. Soy un blandengue. No... peor. Soy Valen.


Cami se rió. —Sé amable.


—Tienes razón. Valentin es un buen tipo.


—Sé amable contigo mismo, también —dijo, lanzando un trapo sobre la mesa y pasándolo en círculos—. Enamorarte no es un pecado, Pepe, Jesús.


Miré a mí alrededor. —Estoy confundido. ¿Estás hablando conmigo o con Jesús?


—Lo digo en serio. Así que tienes sentimientos por ella. ¿Y qué?


—Me odia.


—Nah.


—No, la he oído esta noche. Por accidente. Piensa que soy una basura.


—¿Ella dijo eso?


—Más o menos.


—Bueno, más o menos lo eres.


Fruncí el ceño. —Muchas gracias.


Extendió las manos, con los codos sobre la barra. —En base a tu comportamiento en el pasado, ¿no estás de acuerdo? Mi punto es... tal vez por ella, no lo serías. Tal vez por ella podrías ser un hombre mejor. —Sirvió otro trago y no le di la oportunidad de detenerme antes de tragarlo.


—Tienes razón. He sido un cabrón. ¿Puedo cambiar? Joder, no lo sé.


Probablemente no lo suficiente como para merecerla.


Cami se encogió de hombros, tapando la botella y colocándola en su lugar.


—Creo que deberías dejar que ella juzgue eso.


Encendí un cigarrillo, tomé una respiración profunda, y agregué más bocanadas de humo a la habitación ya turbia. 


—Tráeme otra cerveza.


—Pepe, creo que ya has tenido suficiente.


—Cami, sólo hazlo, maldita sea.

CAPITULO 151




Salí de la ducha y me sequé, emocionado y muy nervioso sobre las posibilidades que podría generar a partir de la conversación que estábamos a punto de tener. Justo antes de abrir la puerta, pude oír una pelea en el pasillo.


Rosario dijo algo con voz desesperada. Abrí la puerta y escuché.


—Lo prometiste, Pau. Cuando te dije que tuvieras juicio. ¡No me refería a que ustedes dos se involucraran! ¡Pensé que sólo eran amigos!


—Lo somos —dijo Paula.


—¡No, no lo son! —replicó Valentin.


Rosario habló. —Bebé, te dije que todo irá bien.


—¿Por qué estás presionando esto, Ro? ¡Te dije lo que va a suceder!


—¡Y yo te dije que no! ¿No confías en mí?


Valentin entró en su habitación dando pisotones. Después de unos segundos de silencio,Rosario volvió a hablar. —Simplemente no puedo conseguir meterle en la cabeza que si Pedro y tú funcionan o no lo hacen, no nos afecta. Pero no me cree.



Maldita sea,Valentin. No es la transición ideal. Abrí la puerta un poco más,lo suficiente para ver el rostro de Paula.


—¿De qué estás hablando, Ro? Pedro y yo no estamos juntos. Sólo somos amigos. Ya lo has oído antes... no está interesado en mí de esa manera.


Joder. Esto empeoraba por momentos.


—¿Oíste eso? —preguntó Rosario, con evidente sorpresa en su voz.


—Bueno, sí.


—¿Y lo crees?


Paula se encogió de hombros. —No importa. Nunca va a suceder. Me dijo que no me ve así. Le tiene una fobia al compromiso, sería difícil para mí encontrar una chica, además de ti, con la que no se haya acostado y no puedo aguantar sus cambios de humor. No puedo creer que Valen piense lo contrario.


Cada pedacito de esperanza se me había escapado con sus palabras. La decepción fue aplastante. Durante unos segundos, el dolor fue incontrolable, hasta que dejé que el enojo se hiciera cargo.


La ira era siempre más fácil de controlar.


—Porque no sólo conoce a Pedro… ha hablado con Pedro, Paula.


—¿Qué quieres decir?


—¿Ro? —llamó Valentin desde el dormitorio.


Rosario suspiró. —Eres mi mejor amiga. Creo que te conozco mejor de lo que tú te conoces a veces. Los veo juntos, y la única diferencia entre Valen y yo y Pedro y tú, es que nosotros tenemos sexo. ¿Aparte de eso? No hay diferencia.


—Hay una enorme diferencia. ¿Valen trae a casa a diferentes chicas cada noche? ¿Vas a ir a la fiesta mañana para salir con un chico con claras citas potenciales? Sabes que no puedo involucrarme con Pedro, Ro. Ni siquiera sé por qué lo estamos discutiendo.


—No estoy viendo cosas, Pau. Tú has pasado casi todo el tiempo con él durante el último mes. Admítelo, sientes algo por él.


No pude escuchar una palabra más. —Supéralo, Ro —dije.


Las dos saltaron ante el sonido de mi voz. Los ojos de Paula se encontraron con los míos. No parecía avergonzada ni arrepentida, lo que sólo me molestó más.
Yo me había agarrado el cuello y ella cortaba mi garganta.
Antes de decir alguna estupidez, me retiré a mi habitación.


Sentarse no ayudó. Tampoco estar de pie, caminando o haciendo flexiones.
Las paredes se acercaban más a mí a cada segundo. La rabia hirvió dentro de mí como un producto químico inestable, listo para explotar.
Salir del apartamento era mi única opción, para aclarar mi cabeza y tratar de relajarme con unos tragos. The Red. Podría ir a The Red. Cami trabajaba en el bar.
Podría decirme qué hacer.
Ella siempre supo cómo hablar para calmarme. A Marcos le gustaba por la misma razón. Era la hermana mayor de tres hijos y no se inmutó cuando se trataba en cuestiones de nuestros problemas de ira.
Me puse una camiseta y unos vaqueros, agarré unas gafas de sol, las llaves de mi motocicleta y la chaqueta, y luego metí los pies dentro de las botas antes de regresar por el pasillo.
Los ojos de Paula se abrieron como platos cuando me vio dando la vuelta la esquina. Gracias a Dios que estaba en la sombra. No quería que viera el dolor en mis ojos.


—¿Saldrás? —preguntó, sentándose—. ¿A dónde vas?


Me negaba a reconocer la súplica en su voz.



—Fuera.

martes, 13 de mayo de 2014

CAPITULO 150



Un lado de su boca apareció. No lo hizo perturbador. —Cualquier cosa vale la pena para verte intentar la abstinencia, para variar.


Su respuesta envió una descarga de adrenalina a través de mis venas que sólo había sentido alguna vez durante una pelea. La besé en la mejilla, dejando que mis labios permanecieran contra su piel sólo un momento más antes de caminar hacia la sala. Me sentía como un rey. De ninguna manera ese hijo de puta me iba a tocar.
Tal como había anticipado, era sólo una sala donde estaban de pie, y empujones y gritos se ampliaron una vez que entramos. Asentí a Agustin en dirección a Paula, para señalarle que estuviera atento a ella. Lo comprendió de inmediato. Agustin era un bastardo codicioso, pero una vez fue el monstruo invicto en el Círculo. No tenía nada de qué preocuparme siempre y cuando la vigilara. Él lo haría, así que no me distraería. Agustin haría cualquier cosa, siempre y cuando eso significara hacer una tonelada de dinero.
Se hizo un camino despejado mientras caminaba hacia el Círculo y, entonces, la puerta humana se cerró detrás de mí. Alberto se puso cara a cara conmigo, jadeando y temblando como si acabara de tomarse un Red Bull y un Mountain Dew.
Por lo general, no tomaba esta mierda en serio y hacía un juego de mentalizar a mis adversarios, pero la pelea de esa noche era importante, así que puse mi cara de jugador.
Agustin hizo sonar la bocina. Me equilibré, di unos pasos hacia atrás y esperé a que Alberto cometiera su primer error. Esquivé su primer golpe y luego otro.
Agustin extrajo algo de atrás. Estaba insatisfecho, pero lo había previsto. A Agustin le gustan las peleas para entretener. Era la mejor manera de obtener más cabezas en
los sótanos. Más gente significaba más dinero.
Incliné mi codo y envié mi primer golpe a la nariz de Alberto, duro y rápido.
En una noche normal de pelea, la contendría, pero quería terminar con esto y pasar el resto de la noche celebrándolo con Paula.
Golpeé a Hoffman otra vez, y después esquivé algunos golpes suyos, cuidándome de no estar tan emocionado para dejar que me golpeara y cagarlo todo. Alberto tomó un segundo impulso y volvió por mí, pero no le llevó mucho tiempo lanzarme otro golpe que no pudo aterrizar. Esquivaba golpes de Marcos de forma más rápida de lo que esta perra podía lanzar.
Mi paciencia se había acabado y atraje a Hoffman a la columna de cemento en el centro de la sala. Me paré frente a esta, vacilando sólo lo suficiente para que mi oponente pensara que tenía una ventaja para clavar mi cara con un golpe devastador. Lo esquivé mientras ponía todo en su último lanzamiento y golpeó con el puño directo al pilar. La sorpresa se registró en los ojos de Hoffman justo antes de que se doblara.
Esa fue mi señal. Inmediatamente lo ataqué. Un ruido sordo señaló que Hoffman finalmente cayó al suelo y después de un breve silencio, la sala estalló.
Agustin lanzó una bandera roja en el rostro de Hoffman y, a continuación, me vi rodeado de gente.
La mayor parte del tiempo disfruto de la atención y las malditas felicitaciones de los que apuestan por mí, pero esta vez sólo estaban siendo un obstáculo. Intenté mirar a través del mar de gente para encontrar a Paula, pero cuando por fin eché un vistazo a donde se suponía que debía estar, se me encogió el estómago. Se había ido.
Las sonrisas se volvían caras de sorpresa mientras empujaba a la gente fuera de mi camino.


—¡Maldita sea, muévanse! —grité, empujando más fuerte cuando el pánico se apoderó de mí.


Finalmente, llegué a la sala de lámparas, buscando desesperadamente a Paula en la oscuridad. —¡Paloma!


—¡Estoy aquí! —Su cuerpo se estrelló contra el mío y eché mis brazos alrededor de ella. En un segundo me sentí aliviado y al siguiente estaba irritado.


—¡Casi me matas del susto! ¡Casi tuve que empezar otra pelea para llegar a ti! ¡Finalmente llego y te has ido!


—Me alegro de que hayas vuelto. No tenía ganas de tratar de encontrar mi camino en la oscuridad.


Su sonrisa me hizo olvidar todo lo demás y recordé que era mía. Al menos por un mes más.


—Creo que has perdido la apuesta.


Agustin entró pisando fuerte, miró a Paula y luego a mí, fijamente. —Tenemos que hablar.


Le guiñé un ojo a Paula —No te muevas. Ya regreso. —Seguí a Agustin a la habitación de al lado—. Sé lo que vas a decir...


—No, no —gruñó Agustin—. No sé lo que estás haciendo con ella, pero no jodas con mi dinero.


Me reí una vez. —Esta noche hiciste una cuenta. Te lo compensaré.


—¡Por supuesto que lo harás! ¡No permitiré que eso vuelva a suceder! —Agustin estrelló el dinero en mi mano y a continuación chocó sus hombros junto a mí al pasar.


Metí el fajo de billetes en el bolsillo, y le sonreí a Paula —Vas a necesitar más ropa.


—¿En serio vas a hacer que me quede contigo durante un mes?


—¿Habrías hecho que yo no tuviera sexo durante un mes?


Se echó a reír. —Será mejor que pasemos por Morgan.


Cualquier intento de cubrir mi gran satisfacción fue un épico fracaso.


—Eso será interesante.


Mientras Agustin pasaba, le entregó a Paula algo de dinero antes de desaparecer entre la decreciente multitud.


—¿Apostaste? —pregunté, sorprendido.


—Pensé que debía obtener la experiencia completa —dijo con un encogimiento de hombros.


La tomé de la mano y la llevé hacia la ventana, entonces salté una vez, subiendo. Me arrastré por el césped y después de darme la vuelta, me incliné para levantar a Paula.
El paseo a Morgan parecía perfecto. Hacía un calor insoportable y el aire tenía la misma sensación eléctrica como una noche de verano. Intenté no sonreír todo el tiempo como un idiota, pero era difícil no hacerlo.


—¿Por qué quieres que me quede contigo, de todos modos? —preguntó.


Me encogí de hombros.


—No lo sé. Todo es mejor cuando estás cerca.


Valentin y Rosario esperaban en el Charger para que pudiéramos aparecer con las cosas extras de Paula. Una vez que tomó todo, fuimos a la zona de aparcamiento y se sentó a horcajadas en la moto. Envolvió sus brazos alrededor de mi pecho y apoyé mi mano sobre la suya.


Respiré hondo.


—Me alegro de que estuvieras allí esta noche, Paloma.

 Nunca me había divertido tanto en una pelea en mi vida.
El tiempo que se tomó en responder se sintió como una eternidad. Posó su barbilla en mi hombro.



—Eso fue porque estabas tratando de ganar nuestra apuesta.


Me volví hacia ella, mirándola fijamente a los ojos. —Maldita sea que así era.


Sus cejas se alzaron. —¿Por eso estabas de tan mal humor hoy? ¿Por qué sabías que habían arreglado las calderas, y me iría esta noche?


Me perdí en sus ojos un momento y decidí que era un buen momento para callarme. Arranqué el motor y conduje a casa, más lento de lo que había conducido… nunca. Cuando un semaforo nos pilló, me encontré con una cantidad extraña de alegría al poner mis manos sobre ella, o apoyando mi mano en su rodilla. A ella no parecía importarle y la verdad es que yo estaba jodidamente cerca del cielo.
Llegamos al apartamento, Paula se bajó de la moto como una profesional, y se dirigió a las escaleras.


—Siempre odio cuando han estado en casa durante un rato. Me siento como si fuéramos a interrumpirlos.


—Acostúmbrate. Este será tu hogar por las próximas cuatro semanas —dije, dando la vuelta—. Súbete.


—¿Qué?


—Vamos, te cargaré.


Se rió y saltó sobre mi espalda. Agarré sus muslos mientras corría escaleras arriba.


Rosario abrió la puerta antes de que llegáramos a la cima y sonrió. —Mírense ustedes dos. Si no los conociera mejor...


—Ya basta, Ro—dijo Valentin desde el sofá.


Genial. Valentin estaba en uno de sus estados de ánimo.
Rosario sonrió como si hubiera dicho demasiado y seguidamente abrió la puerta para que pudiéramos pasar. Seguí sosteniendo a Paloma, y después la dejé caer frente al sillón reclinable. Gritó cuando me incliné hacia atrás, empujando juguetonamente mi peso contra ella.


—Estás muy alegre esta noche, Pepe. ¿Qué pasa? —apuntó Rosario.


—Acabo de ganar una gran cantidad de dinero, Ro. Dos veces más de lo que pensé que ganaría. ¿Por qué no iba a estar feliz?


Rosario sonrió. —No, es algo más —dijo, mirando mi mano mientras acariciaba el muslo de Paula.


—Ro —advirtió Valentin.


—Bien. Hablaré de otra cosa. ¿No te invitó Adrian a la fiesta de Sig Tau este fin de semana, Pau?


La ligereza que sentía se fue inmediatamente y me giré hacia Paula.


—¿Er... sí? ¿No vamos a ir todos?


—Yo estaré allí —dijo Valentin, distraído por la televisión.


—Y eso significa que yo también —dijo Rosario, mirándome expectante.


Me hostigaba, esperando a que me ofreciera voluntariamente para ir, pero yo estaba más preocupado por Adrian pidiéndole a Paula una cita de mierda.


—¿Él va a pasar a recogerte o algo así? —pregunté.


—No, sólo me habló de la fiesta.


La boca de Rosario se extendió en una sonrisa traviesa, casi flotando en la anticipación. —Aunque dijo que te vería allí. Es muy lindo.


Le disparé a Rosario una mirada irritada y seguidamente miré a Paula.


—¿Irás?


—Le dije que lo haría. —Se encogió de hombros—. ¿Tú?


—Sí —dije sin vacilar. No era una fiesta de citas, después de todo, sólo un fin de semana de cerveza. Lo que no me importa. Y ni de coña iba a dejar que Adrian tuviera toda una noche con ella. Ella habría vuelto... uf, no quiero ni pensarlo. Él habría puesto su sonrisa Abercrombie, o la llevaría al restaurante de sus padres para desfilar su dinero, o encontrado alguna otra manera de deslizarse en sus pantalones.


Valentin me miró. —La semana pasada dijiste que no irías.


—He cambiado de opinión, Valen. ¿Cuál es el problema?


—Nada —replicó, retirándose a su habitación.


Rosario frunció el ceño.


—Tu sabes cuál es el problema —dijo—. ¿Por qué no dejas de volverlo loco y sólo acabas con eso? —Se unió a Valentin en su habitación y sus voces se redujeron a murmullos detrás de la puerta cerrada.


—Bueno, me alegro de que todo el mundo lo sepa —dijo Paula.


Paula no era la única confundida por el comportamiento de Valentin.
Anteriormente, él se burlaba de mí acerca de ella y ahora se comportaba como un renegón. ¿Qué pudo haber pasado entre entonces y ahora para asustarlo? Tal vez se sentiría mejor una vez que me diera cuenta que finalmente había decidido terminar con las otras chicas y sólo quería a Paula. Tal vez el hecho de que hubiera admitido que realmente me preocupaba por ella había hecho que Valentin se preocupara aún más. Yo no tenía exactamente madera de novio. Sí. Eso tenía más sentido.


Me puse de pie. —Voy a tomar una ducha rápida.


—¿Les pasa algo? —preguntó Paula.


—No, él sólo está paranoico.


—Es por nosotros —adivinó. Una rara sensación flotante vino sobre mí.


Había dicho nosotros—. ¿Qué? —preguntó, mirándome con suspicacia.


—Tienes razón. Es por nosotros. No te duermas, ¿de acuerdo? Quiero hablar contigo de algo.


Me costó menos de cinco minutos bañarme, pero me quedé bajo el chorro de agua durante por lo menos otro cinco más, planeando qué decirle a Paula. Perder más tiempo no era una opción. Estará aquí por el siguiente mes y era el momento perfecto para demostrarle que yo no era quien ella pensaba. Para ella, al menos, yo era diferente y podríamos pasar las próximas cuatro semanas disipando cualquier sospecha que pudiera tener.