TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
domingo, 11 de mayo de 2014
CAPITULO 144
Una vez fuera, agarré la mano de Paula, pero la apartó.
Me di la vuelta y grité en su cara. —¡Debería simplemente besarte y superarlo! ¡Estás siendo ridícula! Besé tu cuello, ¿y qué?
Paula se inclinó hacia atrás, y cuando eso no creó suficiente espacio, me empujó. No importaba cuán enojado estaba, no conocía el miedo. Fue un poco caliente.
—No soy una amiga para follar, Pedro.
Negué con la cabeza, aturdido. Si había algo más que pudiera hacer para impedir que pensara eso, no sabía lo que era. Ella fue especial para mí desde el momento en que le puse los ojos encima, y traté de hacérselo saber cada vez que podía. ¿Cómo podía hacerle entender eso? ¿Cuán diferente de a todos los demás podía tratarla?
—¡Nunca dije que lo fueras! ¡Estás conmigo las veinticuatro horas del día, duermes en mi cama, pero la mitad del tiempo actúas como si no quisieras que te vieran conmigo!
—¡Vine aquí contigo!
—Nunca te he tratado con algo más que con respeto, Paloma.
—No, sólo me tratas como tú propiedad. ¡No tenías derecho a ahuyentar a Eduardo así!
—¿Sabes quién es Eduardo? —Cuando negó con la cabeza, me incliné más cerca—. Yo sí. Fue arrestado el año pasado por agresión sexual, pero los cargos fueron retirados.
Se cruzó de brazos. —Oh, ¿así que tienen algo en común?
Un velo rojo cubría mis ojos y, en menos de un segundo, la rabia hervía dentro de mí. Tomé una respiración profunda, para tranquilizarme. —¿Me estás llamando violador?
Paula hizo una pausa en sus pensamientos, y su vacilación hizo que la ira se derritiera. Era la única que tenía ese efecto en mí. En cada otro momento que había estado tan enfadado, había golpeado algo o alguien. Nunca había golpeado a una mujer, pero definitivamente le hubiera dado un golpe a la camioneta estacionada al lado de nosotros.
—No, ¡sólo estoy molesta contigo! —dijo, apretando los labios.
—He estado bebiendo, ¿de acuerdo? Tu piel estaba a tres centímetros de mi cara, eres hermosa y hueles malditamente increíble cuando sudas. ¡Te besé! ¡Lo
siento! ¡Supéralo!
Mi respuesta hizo que se detuviera, y las comisuras de su boca se elevaron.
—¿Crees que soy hermosa?
Fruncí el ceño. Qué pregunta más estúpida. —Eres guapísima y lo sabes.¿Por qué estás sonriendo?
Cuanto más trataba de no sonreír, más lo hacía. —Nada. Vámonos.
Me reí una vez, y luego sacudí la cabeza. —¿Qué…? ¿Tú…? ¡Tú eres un grano en mi trasero!
Sonreía de oreja a oreja por mi elogio, y había pasado de psicópata a ridículo en menos de cinco minutos. Trató de dejar de sonreír y, a su vez, eso me hizo sonreír.
Puse mi brazo alrededor de su cuello, pidiéndole a Dios haber podido besarla. —Me estás volviendo loco, ¿sabes?
El viaje a casa fue silencioso y, cuando por fin llegamos al apartamento, Paula fue directo al cuarto de baño, encendiendo la ducha. Mi mente estaba demasiado difusa para revolver a través de su mierda, así que agarré uno de mis bóxers y una camiseta. Llamé a la puerta, pero no contestó, así que seguí adelante y entré, lo dejé en el fregadero, y luego salí. No estaba seguro de qué decirle de todos modos.
Ella entró, engullida por mi ropa, y cayó en la cama, con una permanente sonrisa aún en su cara.
La miré por un momento y me devolvió la mirada,claramente
preguntándose qué pensaba. El problema era que ni siquiera yo lo sabía. Sus ojos viajaron lentamente por mi cara a mis labios, y entonces lo supe.
—Buenas noches, Paloma —dije en voz baja, girándome y maldiciéndome como nunca antes. Sin embargo, estaba increíblemente borracha, y no me iba a aprovechar. Sobre todo después de que me había perdonado por el espectáculo que había hecho con Aldana.
Paula se removió durante varios minutos antes de finalmente tomar un respiro. —¿Pepe? —Se apoyó sobre un codo.
—¿Sí? —dije, sin moverme. Tenía miedo de que si la miraba a los ojos, todo pensamiento racional se iría por la ventana.
—Sé que estoy borracha y acabamos de tener una enorme pelea sobre esto,pero...
—No voy a tener sexo contigo, así que deja de preguntar.
—¿Qué? ¡No!
Me eché a reír y me giré, mirando su dulce expresión horrorizada. —¿Qué, Paloma?
—Esto... —dijo, recostando su cabeza en mi pecho y pasando su brazo sobre mi estómago, abrazándome cerca.
No era lo que esperaba. En absoluto. Levanté mi mano y me congelé en el lugar, sin saber qué demonios hacer. —Estás borracha.
—Lo sé —dijo, desvergonzada.
No importaba qué tan enojada estaría en la mañana, no podía decir que no.
Relajé una mano en su espalda y la otra sobre su cabello mojado, y luego la besé en su frente.
—Eres la mujer más confusa que he conocido.
—Es lo menos que puedes hacer después de asustar al único chico que se me acercó esta noche.
—¿Te refieres a Eduardo el violador? Sí, te debo una por eso.
—No importa —dijo, comenzando a alejarse.
Mi reacción fue instantánea. Tomé su brazo contra mi estómago. —No, lo digo en serio. Tienes que ser más cuidadosa. Si no hubiera estado ahí… Ni siquiera quiero pensar en ello. ¿Y ahora esperas que me disculpe por ahuyentarlo?
—No quiero que te disculpes. Ni siquiera es por eso.
—Entonces, ¿por qué es? —pregunté. Nunca había rogado por nada en mi vida, pero silenciosamente pedía que me dijera que me quería. Que se preocupaba por mí. Algo. Estábamos tan cerca. Podría sólo tomar un centímetro más o menos para que nuestros labios se tocaran, y fue una hazaña mental no ceder a ese centímetro.
Frunció el ceño. —Estoy borracha, Pedro. Es la única excusa que tengo.
—¿Quieres que te abrace hasta que te quedes dormida? —No respondió. Me giré, mirando directamente a sus ojos—. Debería decir que no para probar un punto —dije, mis cejas se juntaron—. Pero me odiaría a mí mismo más tarde si digo que no y nunca me preguntas otra vez.
Felizmente, recostó su mejilla contra mi pecho. Con mis brazos envueltos con fuerza a su alrededor, era difícil no perder la cabeza. —No necesitas una excusa, Paloma Todo lo que tienes que hacer es pedirlo.
CAPITULO 143
Tomando el taburete vacío a su lado, vi cómo Paula le señaló a Cami que quería otra cerveza. Pedí una para mí, y entonces la vi beberse la mitad de la suya.
La botella sonó contra el mostrador cuando la bajó de golpe.
—¿Crees que eso va a cambiar la opinión de alguien sobre nosotros?
Me reí una vez. Después de todo eso de rozarse y frotarse contra mi pene, ¿de repente le preocupaba las apariencias?
—No me importa ni una mierda lo que piensen sobre nosotros. —Me lanzó una mirada asesina, y luego se giró para mirar hacia el frente—. Paloma —dije, tocándole el brazo.
Se alejó. —No. Nunca me pondré lo suficientemente borracha para meterme en ese sofá.
Instantáneamente, la ira me consumió. Nunca la había tratado así. Nunca.
Me dio falsas expectativas, y luego le di un par de besos en el cuello, ¿y enloquece?
Empecé a hablar, pero Aldana apareció a mi lado.
—Bueno. ¿No es este Pedro Alfonso?
—Hola, Aldana.
Paula miró a Aldana, claramente tomada por sorpresa. Aldana era una profesional en inclinar la balanza a su favor.
—Preséntame a tu novia —dijo Aldana, sonriendo.
Ella sabía condenadamente bien que Paula no era mi novia. Puta 101: Si el hombre en tu mira está en una cita o con una amiga, oblígalo a admitir la falta de compromiso. Crea inseguridad e inestabilidad.
Sabía a dónde iba esto. Infiernos, si realmente Paula pensaba que yo era un idiota de nivel criminal, bien podría actuar como tal. Deslicé mi cerveza por la barra, y cayó por el borde, tintineando en el bote de basura al final. —No es mi novia.
Intencionalmente ignorando la reacción de Paula, agarré la mano de Aldana y la llevé a la pista de baile. Ella obedeció, felizmente balanceando los brazos hasta que nuestros pies golpearon la madera. Siempre era entretenido bailar con Aldana.
No tenía vergüenza y me dejaba hacerle cualquier cosa que quisiera, dentro y fuera de la pista de baile. Como era habitual, la mayoría de los otros bailarines se detuvieron para ver.
Por lo general, nos lucíamos, pero me sentía excepcionalmente lascivo. El oscuro cabello de Aldana me dio una bofetada en la cara más de una vez, pero yo
estaba entumecido. La levanté y envolví sus piernas alrededor de mi cintura, y luego se inclinó hacia atrás, estirando sus brazos sobre su cabeza. Sonrió mientras
la bombeaba en frente de todo el bar, y cuando la dejé en el suelo, se giró y se agachó, agarrando sus tobillos.
El sudor corría por mi cara. La piel de Aldana estaba muy mojada, mis manos se resbalaban cada vez que trataba de tocarla. Su camisa estaba empapada, y también la mía. Se inclinó por un beso, con la boca ligeramente abierta, pero me incliné hacia atrás, mirando hacia la barra.
Fue entonces cuando lo vi. Eduardo Coats. Paula se inclinó hacia él, sonriendo con esa sonrisa coqueta, borracha, de “llévame a casa,” que podía detectar en una multitud de mil mujeres.
Dejando a Aldana en la pista de baile, me empujé a través de la masa que se había reunido alrededor. Justo antes de llegar a Paula, Eduardo se inclinó para tocarle la rodilla. Recordando que se había salido con la suya el año anterior, apreté mi mano en un puño, parándome entre ellos, dándole la espalda a Eduardo.
—¿Estás lista, Paloma?
Paula puso su mano sobre mi estómago y me empujó hacia un lado, sonriendo al instante que Eduardo volvió a la vista.
—Estoy hablando, Pedro—Ella retuvo su mano, sintiendo cuan mojada estaba, y luego la secó en su falda de una
manera dramática.
—¿Tan siquiera conoces a este chico?
Sonrió aún más ampliamente. —Este es Eduardo.
Eduardo extendió su mano. —Un placer conocerte.
No podía quitar mis ojos de Paula mientras miraba a ese maldito enfermo y retorcido frente a ella. Dejé la mano de Eduardo colgando, esperando a que Paula recordara que yo estaba parado allí.
Desdeñosa, agitó su mano en mi dirección. —Eduardo, este es Pedro —Su voz era claramente menos entusiasta acerca de mi presentación, lo que sólo me molestaba más.
Fulminé con la mirada a Eduardo, y luego a su mano. —Pedro Alfonso —Mi voz era baja y lo más amenazante que podía manejar.
Los ojos de Eduardo se abrieron como platos, y retiró torpemente su mano. —¿Pedro Alfonso?
Estiré mi brazo detrás de Paula para agarrar la barra. —Sí, ¿qué con eso?
—Te vi luchar contra Shawn Jenks el año pasado, hombre. ¡Pensé que iba a presenciar la muerte de alguien!
Mis ojos se estrecharon, y apreté los dientes. —¿Quieres verlo otra vez?
Eduardo se rió una vez, sus ojos como dardos de ida y vuelta entre nosotros.
Cuando se dio cuenta que no bromeaba, sonrió torpemente a Paula, y luego se alejó.
—¿Estás lista, ahora? —espeté.
—Eres es un completo idiota, ¿sabes?
—Me han llamado peor. —Le tendí mi mano y la tomó, dejándome ayudarla a bajar del taburete. No podría estar enojada.
Con un fuerte silbido, le hice señas a Valentin, que vio mi expresión y de inmediato supo que era hora de irse. Utilicé mi hombro para hacer espacio a través de la multitud, sin vergüenza derribando a unas cuantas personas inocentes para desahogarme hasta que Valentin nos dirigió y asumió el control por mí.
CAPITULO 142
Antes de llegar a la barra, Rosario sacó a su mejor amiga a la pista de baile. Los calientes tacones de aguja rosa de Paula brillaban en la luz negra, y sonreí cuando se rió de los salvajes movimientos de baile de Rosario. Mis ojos viajaron debajo de su vestido negro, deteniéndome en su cadera. Tenía buenos movimientos, le admitiría eso. Un pensamiento sexual apareció en mi mente, y tuve que apartar la mirada.
The Red Door estaba bastante lleno. Algunas caras nuevas, pero en su mayoría clientes habituales. Cualquier persona nueva entrando era como carne fresca para aquellos de nosotros que no tenían la imaginación para otra cosa que
presentarse en el bar cada fin de semana. Especialmente las chicas que lucían como Paula y Rosario.
Pedí una cerveza, bebí la mitad de ella, y luego regresé mi atención a la pista de baile. Mirar fijamente no fue a propósito, sobre todo sabiendo que probablemente tenía la misma expresión en mi cara que cada idiota mirándolas.
La canción terminó, y Paula empujó a Rosario de nuevo a la barra. Estaban jadeantes, sonrientes, y sólo lo suficiente sudorosas como para lucir atractivas.
—Así va a ser toda la noche, Ro. Sólo ignóralas —dijo Valentin.
La cara de Rosario estaba jodida con disgusto, mirando detrás de mí. Podía imaginar quién estaba allí. No podría haber sido Aldana. Ella no era de las que esperan en los laterales.
—Parece que hay una bandada de buitres —dijo Rosario despreciativamente.
Miré por encima del hombro, y tres de las chicas de la hermandad de Lorena se encontraba paradas hombro con hombro. Otra de ellas se paró junto a mí con una sonrisa brillante. Todas sonrieron cuando hice contacto visual, pero rápidamente me di la vuelta, bebiendo la última mitad de mi cerveza. Por alguna razón, las chicas que actuaban de esa manera a mí alrededor ponían a Rosario de bastante mal humor. Sin embargo, no podía estar en desacuerdo con su referencia de buitre.
Encendí un cigarrillo y luego pedí dos cervezas más. La rubia a mi lado, Brooke, sonrió y se mordió el labio. Hice una pausa, sin saber si iba a llorar o abrazarme. No fue hasta que Cami destapó y deslizó las botellas por encima de la barra que supe por qué tenía ese aspecto ridículo en su cara. Tomó la cerveza y comenzó a tomar un trago, pero se la quité antes de que pudiera, y se la entregué a Paula.
—Uh... no es para ti.
Brooke pisoteó hasta reunirse con sus amigas. Sin embargo, Paula parecía perfectamente conforme, tomando tragos de tamaño hombre.
—Como si yo fuera a comprar una cerveza para alguna chica en un bar — dije. Pensé que eso se añadiría a la diversión de Paula, pero en su lugar alzó la cerveza con una mirada amarga en su cara—. Eres diferente —dije con una media sonrisa.
Chocó su botella contra la mía, claramente irritada. —Por ser la única chica con la que un chico, que no tiene ningún estándar, no quiere dormir. —Tomó un trago, pero le quité la botella de su boca.
—¿Lo dices en serio? —Cuando no respondió, me incliné más cerca para un mayor efecto—. Primero que nada... Tengo estándares. Nunca he estado con una mujer fea. Nunca. En segundo lugar, quería dormir contigo. Pensé en tirarte sobre mi sofá de cincuenta maneras diferentes, pero no lo hice porque ya no te veo de esa manera. No es que no me atraigas, simplemente creo que eres mejor que eso.
Una sonrisa presumida se deslizó por su rostro. —Crees que soy demasiado buena para ti.
Increíble. Realmente no lo entiende. —No puedo pensar en ningún solo chico que conozca que sea lo suficientemente bueno para ti.
La petulancia se disolvió, reemplazada por una conmovida y agradecida sonrisa. —Gracias, Pepe —dijo, poniendo su botella vacía en la barra. Ella realmente podría ponerlos en su lugar cuando quisiera. Normalmente, lo llamaría
descuidado, pero se conducía con tal confianza... no sé... todo lo que hacía era caliente.
Me levanté y agarré su mano. —¡Vamos! —La atraje hacia la pista de baile, y siguió detrás de mí.
—¡He bebido demasiado! ¡Me voy a caer!
Ahora en la pista de baile, agarré su cadera y atraje su cuerpo presionado contra el mío, sin dejar espacio entre nosotros. —Cállate y baila.
Todas las risitas y sonrisas abandonaron su cara y su cuerpo comenzó a moverse contra el mío con la música. No podía mantener mis manos fuera de ella.
Cuanto más cerca nos encontrábamos, más cerca necesitaba que estuviera. Su cabello estaba en mi cara y, a pesar de que había bebido lo suficiente como para dejarlo por esta noche, todos mis sentidos estaban alertas. La forma en que su trasero se sentía contra mí, las diferentes direcciones y movimientos que su cadera hacía con la música, la forma en que se apoyó en mi pecho y descansó la parte posterior de su cabeza en mi hombro. Quería empujarla a un rincón oscuro y saborear el interior de su boca.
Paula se giró hacia mí con una sonrisa traviesa. Sus manos empezaron por mis hombros, y luego dejó que sus dedos pasaran por mi pecho y estómago. Casi me volví loco, deseándola en ese mismo momento. Se giró de espaldas a mí, y mi corazón latía aún más rápido en contra de mi caja torácica. Estaba más cerca de esa manera. Agarré su cadera y la atraje con más fuerza contra mí.
Envolví mis brazos alrededor de su cintura y enterré mi cara en su cabello.
Estaba saturado de sudor y combinado con su perfume. Cualquier pensamiento racional desapareció.
La canción terminaba, pero ella no mostraba señales de detenerse.
Paula se inclinó hacia atrás, su cabeza en mi hombro. Algunos de sus cabellos cayeron, exponiendo la piel reluciente de su cuello. Toda fuerza de voluntad se desvaneció. Toqué con mis labios el punto delicado, justo detrás de su oreja. No podía parar allí, abrí mi boca para dejar que mi lengua lamiera la humedad salada de su piel.
El cuerpo de Paula se tensó y se apartó.
—¿Qué, Paloma? —pregunté. Tuve que reír. Parecía que quería pegarme.Pensé que estábamos pasando un buen rato, y lucía más enfadada de lo que jamás la había visto.
En lugar de dejar volar su temperamento, se abrió paso entre la multitud, retirándose al bar. La seguí, sabiendo que iba a encontrar muy pronto qué era exactamente lo que había hecho mal.
sábado, 10 de mayo de 2014
CAPITULO 141
Valentin, Rosario y yo esperamos una eternidad para que Paula saliera del baño, pero cuando por fin salió, casi perdí el equilibrio. Sus piernas parecían que fueran eternas con su corto vestido negro. Sus pechos jugaban a “me ves, ahora no me ves,” sólo apenas haciendo su presencia cuando se giró, y sus largos rizos colgaban a un lado en lugar de sobre su pecho.
No recordaba que estaba bronceada, pero su piel tenía un brillo saludable contra la tela de su vestido oscuro.
—Bonitas piernas —dije.
Sonrió. —¿He mencionado que la maquinilla de afeitar es mágica?
Mágico mi trasero. Era jodidamente hermosa. —No creo que sea la maquinilla.
La saqué de la puerta de la mano, llevándola al Charger de Valentin. No se alejó, y la sostuve hasta que llegamos al coche. Se sentía mal dejarla ir. Cuando llegamos al restaurante de sushi, entrelacé los dedos entre los de ella mientras caminábamos en el interior.
Pedí una ronda de sake, y luego otra. La camarera no nos pidió identificación hasta que pedí cerveza. Sabía que Rosario tenía una identificación falsa, y me quedé impresionado cuando Paula sacó la de ella como un campeón.
Una vez que la camarera la miró y se fue, la agarré. Su foto estaba en la esquina, y todo parecía de fiar por lo que yo sabía. Nunca había visto una identificación de Kansas antes, pero esta era perfecta. El nombre que se leía era Jessica James, y por alguna razón, eso me excitó. Fuerte.
Paula sacudió la identificación y se salió de mis manos, pero la atrapó en pleno vuelo al suelo, y en segundos estaba escondida dentro de su cartera.
Sonrió y le devolví la sonrisa, apoyándome en los codos. —¿Jessica James?
Reflejó mi posición, apoyándose en los codos y emparejando mi mirada. Era tan segura. Increíblemente sexy.
—Sí. ¿Y qué?
—Interesante elección.
—Así es el rollo de California. Gallina.
Valentin se echó a reír, pero se detuvo abruptamente cuando Rosario retomó su cerveza. —Cálmate, cariño. El sake tarda en golpear.
Rosario se limpió la boca y sonrió. —He tomado sake antes, Valen. Deja de preocuparte.
Cuanto más bebíamos, más fuerte gritábamos. A los camareros no parecía importarle, pero eso era probablemente porque era tarde y sólo había otras cuantas
personas en el otro extremo del restaurante, y estaban casi tan borrachos como nosotros. Excepto Valentin. Era demasiado protector con su coche como para beber
demasiado cuando conducía, y amaba a Rosario más que a su coche. Cuando ella apareció, él no sólo controló su consumo, sino que también siguió todas las leyes de tráfico y utilizó las luces intermitentes.
Dominado.
La camarera trajo la cuenta, y tiré un poco de dinero sobre la mesa, empujando hasta que Paula se deslizó fuera de la cabina. Me dio un codazo jugando, y arrojé con indiferencia mi brazo alrededor de ella mientras caminaba por el estacionamiento.
Rosario se deslizó en el asiento delantero junto a su novio, y comenzó a lamerle la oreja. Paula me miró y rodó los ojos, pero a pesar de ser una audiencia cautiva, ella estaba teniendo un buen momento.
Después de que Valentin se detuvo en The Red, nos llevó a través de las filas de autos dos o tres veces.
—Es para esta noche, Valen —murmuró Rosario.
—Oye, tengo que encontrar un amplio espacio. No quiero que un idiota borracho raye la pintura.
Quizás. O simplemente prolongaba el baño de lengua que su oído recibía de Rosario. Qué asco.
Valentin estacionó en el borde de la parcela, y ayudé a Paula a bajar. Salió y tiró de su vestido, y luego sacudió sus caderas un poco antes de tomar mi mano.
—Quería preguntarles acerca de sus identificaciones —dije—. Son perfectas. No las consigues por aquí. —Lo sabría. Había comprado muchas.
—Sí, las hemos tenido durante mucho tiempo. Era necesario...
—¿Por qué diablos haría falta que tenga una identificación falsa?—, en Wichita.
La grava crujía bajo nuestros pies mientras caminábamos, y la mano de Paula apretó la mía mientras navegaba por las rocas con sus tacones.
Rosario resbaló. Solté la mano de Paula en reacción, pero Valentin atrapó a su novia antes de que cayera al suelo.
—Es algo bueno tener conexiones —dijo Rosario, riendo.
—Dios, mujer —dijo Valentin, sosteniendo su brazo antes de que cayera al suelo—. Creo que ya has terminado por esta noche.
Fruncí el ceño, preguntándome qué demonios significaba todo aquello. —¿De qué estás hablando, Ro? ¿Qué conexiones?
—Paula tiene algunos viejos amigos que...
—Son identificaciones falsas, Pepe —dijo Paula, interrumpiendo antes de que Rosario pudiera terminar—. Tienes que conocer a las personas adecuadas si quieres que se hagan bien, ¿verdad?
Miré a Rosario, a sabiendas de que algo no estaba bien, pero miraba a todas partes, excepto a mí. Presionar el asunto no parecía inteligente, sobre todo porque Paula me había llamado Pepe. Podría acostumbrarme a eso, viniendo de ella.
Le tendí la mano. —Correcto. —La tomó, sonriendo con la expresión de un estafador. Pensó que me había engañado. Definitivamente iba a volver a eso más tarde.
—¡Necesito otro trago! —dijo ella, tirando de mí hacia la gran puerta roja del club.
—¡Chupitos! —gritó Rosario.
Valentin suspiró. —Oh, sí. Eso es lo que necesitas. Otro chupito.
Todas las cabezas en la sala se giraron cuando Paula entró, incluso un par de tipos con sus novias, descaradamente rompiendo sus cuellos o recostándose en su silla para mirar por más tiempo. Oh, joder. Esta será una noche muy mala, pensé, apretando mi mano alrededor de la de Paula.
Caminamos hasta la barra más cercana a la pista de baile. Aldana estaba en las sombras humeantes de las mesas de billar. Su sitio de caza habitual. Sus grandes ojos azules se clavaron en mí antes de que incluso la reconociera parada
allí. No me miró por mucho. La mano de Paula todavía seguía en la mía, y la expresión de Aldana cambió en el momento que lo vio. Asentí hacia ella, y sonrió.
Mi asiento habitual en el bar estaba libre, pero era el único libre a lo largo de la barra. Cami me vio llegar con Paula, por lo que se rió una vez, y luego puso en alerta de mi llegada a las personas sentadas en los taburetes alrededor, advirtiéndoles de su desalojo inminente. Se fueron sin quejarse.
Digan lo que quieran. Ser un psicópata cabrón tenía sus ventajas.
CAPITULO 140
La clase duró una maldita eternidad y luego atravesé corriendo el campus hasta Morgan Hall. Paula estaba de pie en la entrada principal con un tipo, y mi sangre empezó a hervir al instante. Unos pocos segundos más tarde, reconocí a Jeronimo y suspiré con alivio. Jeronimo agitaba los brazos, obviamente en medio de una gran historia, tomándose una pausa únicamente para darle una calada a su cigarrillo.
Cuando me acerqué, Jeronimo le hizo un guiño a Pau. Lo tomé como una buena señal. —Hola, Pedro —cantó.
—Jeronimo —Asentí, cambiando rápidamente mi atención a Paula—. Me dirijo a casa, Paloma ¿Necesitas un aventón?
—Estaba a punto de entrar —dijo, sonriéndome.
Mi estómago se hundió, y hablé sin pensar. —¿No te vas a quedar conmigo esta noche?
—No, sí lo haré. Sólo tenía que recoger un par de cosas que olvidé.
—¿Cómo qué?
—Bueno, mi maquinilla de afeitar para empezar. ¿Qué te importa?
Maldita sea, me gustaba. —Ya es hora de que te afeites las piernas. Están destrozando las mías.
Los ojos de Jeronimo casi se salieron de sus órbitas.
Paula frunció el ceño. —¡Así es como empiezan los rumores! —Miró a Jeronimo—. Estoy durmiendo en su cama... sólo durmiendo.
—Correcto —dijo Jeronimo con una sonrisa de suficiencia.
Antes de saber lo que ocurría, ella estaba dentro,pisoteando las escaleras hasta su habitación. Di dos pasos a la vez para emparejarme a su paso.
—Oh, no te enojes. Sólo bromeaba.
—Todo el mundo ya asume que estamos teniendo sexo. Estás empeorando las cosas.
Al parecer, que ella tuviera sexo conmigo era algo malo. Si tuviera preguntas acerca de si se interesaba en mí de esa manera en absoluto, ella daría la respuesta: No, sólo no, pero infiernos no. —¿A quién le importa lo que piensen?
—¡A mí, Pedro! ¡A mí! —Abrió la puerta de su dormitorio empujándola, luego miró de un lado del cuarto al otro, abriendo y cerrando cajones, empujando cosas en una bolsa. De repente, me ahogaba en un intenso sentimiento de pérdida, de esos donde tienes que reír o llorar. Una risita se escapó de mi garganta.
Los ojos grises de Paula se oscurecieron y se dirigieron a mí. —No es gracioso. ¿Quieres que todo el colegio piense que soy una de tus putas?
¿Mis putas? No eran mías. Pero sí eran putas.
Cogí el bolso de sus manos. Esto no iba bien. Para ella, asociarse conmigo, por no hablar de estar en una relación conmigo, significaba hundir su reputación.
¿Por qué todavía quería ser mi amiga, si eso era lo que sentía?
—Nadie piensa eso. Y si lo hacen, mejor que se aseguren que no me entere.
Sostuve la puerta abierta, y pasó a través de ella. Justo cuando la solté y comencé a seguirla, se detuvo y me obligó a mantener el equilibrio sobre las puntas de los dedos de los pies para no topar con ella. La puerta se cerró detrás de mí, empujándome hacia adelante. —¡Guau! —dije, chocando con ella.
Se dio la vuelta. —¡Oh, Dios mío! —Al principio pensé que nuestro choque la había lastimado. La mirada de asombro en su rostro me había preocupado por un segundo, pero luego continuó—: Probablemente piensen que estamos juntos y que tú estás descaradamente continuando con tu... estilo de vida. ¡Debo verme patética! —Hizo una pausa, sumida en el horror de su conclusión, y luego negó con la cabeza—. No creo que deba quedarme contigo. Deberíamos estar lejos el uno del otro, en general, por un tiempo.
Tomó su bolso de mis manos, y lo agarré de nuevo. —Nadie piensa que estamos juntos, Paloma. No tienes que dejar de hablarme para probar tu punto. —Me sentí un poco desesperado, lo que era bastante inquietante.
Tiró del bolso. Decidido, lo tiré hacia atrás. Después de unos cuantos tirones, gruñó con frustración.
—¿Has tenido alguna vez una chica, una amiga, que se quedara contigo?¿Alguna vez has llevado clases con esas chicas en la escuela? ¿Has almorzado con ellas todos los días? ¡Nadie sabe qué pensar de nosotros, incluso cuando se los decimos!
Me acerqué al estacionamiento con su bolso, mi mente corriendo. —Voy a arreglar esto, ¿de acuerdo? No quiero que nadie piense mal de ti por mi culpa.
Paula era siempre un misterio, pero la mirada afligida en sus ojos me tomó por sorpresa. Era inquietante hasta el punto en que quería hacer algo para que su sonrisa no desapareciera. Estaba inquieta y claramente molesta. Lo odiaba tanto que me hizo lamentar todo lo cuestionable que alguna vez había hecho porque era una cosa más que se ponía en el camino.
Fue entonces cuando la realización me golpeó. Como pareja, no íbamos a funcionar. No importa lo que hiciera o cómo me las arreglara para complacerla, nunca sería lo suficientemente bueno. No quería que ella terminara con alguien como yo. Sólo tendría que conformarme con las migajas de tiempo que podría conseguir Admitir eso para mí mismo era una píldora difícil de tragar, pero al mismo tiempo, una voz familiar me susurró desde los oscuros rincones de mi mente que necesitaba luchar por lo que quería. Luchar parecía mucho más fácil que la alternativa.
—Déjame compensártelo —dije—. ¿Por qué no vamos esta noche a The Dutch? —The Dutch era un hoyo en la pared, pero mucho menos concurrido que The Red. Sin tantos buitres dando vueltas.
—Ese es un bar de moteros. —Frunció el ceño.
—Está bien, entonces vamos al club. Te llevaré a cenar y luego podemos ir a The Red Door. Yo invito.
—¿Cómo es que salir a cenar y luego a un club va a solucionar el problema? Cuando la gente nos vea juntos, lo hará peor.
Terminé de atar la bolsa a la parte trasera de mi moto y luego me senté a horcajadas en el asiento. No discutió acerca de la bolsa. Eso siempre era prometedor.
—Piénsalo. Yo, borracho, ¿en una habitación llena de mujeres con poca ropa? No tomará mucho tiempo para que la gente sepa que no somos una pareja.
—Entonces, ¿qué se supone que debo hacer? ¿Llevar a casa a un chico borracho del bar para probar el punto?
Fruncí el ceño. La idea de que saliera con un chico hizo que mi mandíbula se tensara, como si hubiera derramado jugo de limón en mi boca. —No me refería a eso. No hay necesidad de excederse.
Rodó los ojos, y luego se subió al asiento, envolviendo sus brazos alrededor de mi cintura. —¿Alguna chica extraña nos seguirá a casa desde el bar? ¿Así es como vas a arreglar las cosas conmigo?
—No estás celosa, ¿verdad, Paloma?
—¿Celosa de qué? ¿De la imbécil infectada de ETS a quien mandarás al diablo en la mañana?
Me reí, y luego encendí el motor. Si ella supiera lo imposible que era.
Cuando la tenía alrededor, todo el mundo parecía desaparecer. Me tomó toda mi atención y concentración mantenerme un paso por delante de ella.
Informamos a Valentin y Rosario de nuestros planes, y luego las chicas comenzaron su rutina. Me metí en la ducha primero, dándome cuenta demasiado tarde de que debí haber sido el último, porque las chicas toman mucho más tiempo que Valentin y yo para prepararse.
CAPITULO 139
Las chicas terminaron de prepararse y se fueron temprano para su clase de las ocho. Valentin volvió a ocuparse de los platos, feliz de por fin haberse salido con la suya.
—Amigo, gracias. Creía que Rosario no iría.
—¿Qué demonios? ¿Intentaban emparejar a Paloma con alguien?
—No. Quiero decir, Rosario podría hacerlo. No lo sé. ¿Qué importa?
—Importa.
—¿Si?
—Simplemente no… no hagan eso, ¿esta bien? No quiero verla besandose en un rincón oscuro con Adrian Hayes.
Valentin asintió, frotando los restos de huevo del sartén. —O con cualquier otra persona.
—¿Y?
—¿Cuánto tiempo crees que esto permanecerá así?
Fruncí el ceño. —No lo sé. Tanto como pueda. Simplemente no me presiones.
—Pedro, ¿la quieres o no? Hacer todo lo posible para impedir que salga con otra persona cuando ni siquiera estás con ella, eso es una forma un poco idiota de actuar.
—Sólo somos amigos.
Valentin me dirigió una sonrisa dudosa. —Los amigos hablan de un polvo de fin de semana. De algún modo, no veo que eso pueda suceder entre ustedes.
—No, pero eso no significa que no podamos ser amigos.
Las cejas de Valentin se alzaron con incredulidad. —En cierto modo, sí, hermano.
No se equivocaba. Simplemente yo no quería admitirlo. —Es sólo que… —Hice una pausa, observando la expresión de Valentin. De todas las personas, él sería el último que me juzgaría, pero me hacía sentir débil admitir lo que había estado pensando y cómo frecuentemente pensamientos sobre Paula cruzaban mi mente. Valentin lo entendería, pero eso no me hacía sentir mejor para decirlo en voz alta—. Hay algo en ella que necesito. Eso es todo. ¿Es extraño que piense que es fantástica como el infierno y que no quiera compartirla?
—No puedes compartirla si no es tuya.
—¿Qué sé acerca de tener citas, Valen? Tú. Tú y tus retorcidas y necesitadas relaciones. Si ella conoce a alguien más y empiezan a salir, la perderé.
—Entonces, sal con ella.
Negué con la cabeza. —Todavía no estoy listo.
—¿Y eso por qué? ¿Tienes miedo? —preguntó Valentin, arrojándome el trapo a la cara. Cayó al suelo y me incliné para recogerlo. La tela retorcida y estirada en mis manos mientras la retorcía de un lado a otro.
—Ella es diferente, Valentin. Es buena.
—¿Qué estás esperando?
Me encogí de hombros. —Sólo una razón más, supongo.
Valentin hizo una mueca de desaprobación y luego se agachó para encender el lavavajillas. Una mezcla de sonidos mecánicos y líquidos llenó la habitación y
Valentin se fue a su habitación. —Se acerca su cumpleaños, ya sabes. Ro quiere que organicemos algo juntos.
—¿El cumpleaños de Pau?
—Sí. En poco más de una semana.
—Bueno, tenemos que hacer algo. ¿Sabes qué le gusta? ¿Tiene Rosario algo en mente? Supongo que mejor le compro algo. ¿Qué demonios le compro?
Valentin sonrió mientras cerraba la puerta de su habitación.
—Te las arreglarás. Las clases empiezan en cinco minutos. ¿Vendrás en mi coche?
—Nah. Voy a ver si puedo conseguir llevar a Paula en la parte trasera de mi moto. Es lo más cerca que puedo estar dentro de sus muslos.
Valentin se rió y luego cerró la puerta detrás de él.
Me dirigí a mi habitación y me puse un par de vaqueros y una camiseta.Cartera, llaves, teléfono. No podía imaginar ser una chica. La rutina de mierda por la que tenían que pasar sólo para salir por la puerta consumía la mitad de sus vidas.
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