TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
viernes, 9 de mayo de 2014
CAPITULO 138
Había pasado mucho tiempo desde que había ido a comprar algo de comida, así que el desayuno no era muy elaborado, pero era lo suficientemente bueno. Rompí unos huevos en un bol, añadí una mezcla de cebolla, pimientos verdes y rojos, y luego lo vertí en un sartén.
Paula entró y se sentó en un taburete.
—¿Estás segura de que no quieres desayunar?
—Estoy segura. Gracias, sin embargo.
Acababa de salir rodando de la cama y aun así lucía hermosa. Era ridículo.
Estaba seguro de que no podía ser normal, pero tampoco lo sabía. Las únicas chicas que había visto en la mañana eran las de Valentin, y no había mirado a ninguna lo suficientemente cerca como para tener una opinión.
Valentin tomó unos platos y los sostuvo frente a mí. Recogí los huevos con la espátula y los dejé caer en cada plato. Paula miró con leve interés.
Rosario soltó un resoplido mientras Valen dejaba el plato delante de ella. —No me mires de esa manera, Valen. Lo siento, simplemente no quiero ir.
Valentin había estado abatido durante días por el rechazo de Rosario de su invitación a la fiesta de citas. No la culpaba. Las fiestas de citas eran una tortura. El hecho de que ella no quisiera ir era algo impresionante. La mayoría de las chicas se morían por ser invitadas a esas cosas.
—Bebé —replicó Valentin—, la Hermandad tiene una fiesta de citas dos veces al año. Falta un mes. Tendrás un montón de tiempo para encontrar un vestido y hacer todas esas cosas de chicas.
Rosario no cedió. Me desconecté de ellos hasta que me di cuenta de que Rosario concordaba con ir sólo si Paula también lo hacía. Si Paula iba, eso significaba que iría con una cita. Rosario me miró y alzó una ceja.
Valentin no dudó. —Pepe no va a las fiestas de citas. Es algo a lo que llevas a tu novia… y Pedro no… ya sabes.
Rosario se encogió de hombros. —Podríamos emparejarla con alguien.
Empecé a hablar, pero Paula claramente no estaba feliz. —Los puedo oír, ¿saben? —replicó.
Rosario hizo un mohín. Esa era la cara a la que Valentin no podía negarle nada. —Por favor, Pau. Te encontraremos un buen chico que sea divertido e ingenioso, y sabes que me aseguraré de que sea caliente. ¡Te prometo que te lo
pasarás bien! Y ¿quién sabe? Quizás consigas ligar.
Fruncí el ceño. ¿Rosario le encontraría un hombre? Para la fiesta de citas.
Uno de mis hermanos de fraternidad. Oh, demonios, no. La idea de ella haciéndolo con cualquiera hizo que se me erizaran los vellos de la nuca.
La sartén hizo un ruido fuerte cuando la arrojé al fregadero.
—No he dicho que no la llevaría.
Paula rodó los ojos. —No me hagas ningún favor, Pedro.
Di un paso. —Eso no es lo que quise decir, Paloma. Las fiestas de citas son para tipos con novia, y todo el mundo sabe que a mí no me va ese rollo del noviazgo. Pero no tendré que preocuparme porque esperes un anillo de compromiso después.
Rosario hace un mohín de nuevo. —¿Por fis, Pau?
Paula parecía como si estuviera padeciendo algún dolor. —¡No me mires así! Pedro no quiere ir. Yo no quiero ir… no seríamos una compañía muy agradable.
Cuanto más pensaba en ello, más me atraía la idea. Crucé los brazos y me apoyé en el fregadero. —No dije que no quisiera ir. Creo que será divertido si vamos los cuatro.
Paula retrocedió cuando todos los ojos se volvieron hacia ella. —¿Por qué no pasamos el rato aquí?
Yo estaba bien con eso.
Los hombros de Rosario se desplomaron y Valentin se inclinó hacia adelante.
—Porque tengo que ir, Paula —dijo Valentin—. Soy un estudiante de primer año. Tengo que asegurarme de que todo vaya bien, de que todo el mundo tenga una cerveza en la mano, cosas así.
Paula estaba mortificada. Claramente no quería ir, pero lo que más miedo me daba era que ella no podía decirle que no a Rosario, y Valentin estaba dispuesto a decir cualquier cosa para que su novia fuera. Si Paula no iba conmigo,
podía terminar pasando la noche —toda la noche— con uno de mis hermanos de fraternidad. No eran malos tipos, pero había escuchado las historias que contaban, e imaginármelos hablando de Paula era algo que no podría soportar.
Atravesé la cocina y envolví mis brazos alrededor de los hombros de Paula.
—Vamos, Paloma. ¿Quieres ir conmigo?
Paula miró a Rosario, luego a Valentin. Pasaron sólo unos pocos segundos hasta que me miró a los ojos, pero pareció una maldita eternidad.
Cuando sus ojos finalmente se encontraron con los míos, sus barreras se derrumbaron. —Sí —dijo con un suspiro. El entusiasmo en su voz era inexistente, pero no importaba. Iría conmigo, y esa certeza me permitió respirar otra vez.
Rosario gritó del modo en que lo hacen las chicas, dio palmadas y luego agarró a Paula y la abrazó.
Valentin me ofreció una sonrisa agradecida, y luego otra a Paloma —Gracias, Pau —dijo, colocándole una mano en la espalda.
Nunca había visto a nadie menos feliz de ir a una cita conmigo, pero de nuevo, yo no era la causa por la que ella se sentía infeliz.
CAPITULO 137
El sol acababa de empezar a arrojar sombras sobre las paredes de mi habitación cuando abrí los ojos. El pelo de Paula estaba enredado y desordenado, cubriendo mi cara. Respiré profundamente por la nariz.
Amigo. ¿Qué estás haciendo… además de ser espeluznante? pensé. Me giré sobre mi espalda, pero antes de poder detenerme a mí mismo, inspiré otra vez. Ella
todavía olía a champú y loción.
Unos segundos más tarde, sonó la alarma y Paula empezó a despertarse.
Pasó su mano por mi pecho y luego la retiró.
—¿Pedro? —dijo aturdida—. La alarma. —Esperó un minuto y luego suspiró, estirándose por encima de mí, esforzándose hasta que finalmente alcanzó la alarma y luego le dio un golpe contra el plástico hasta que el ruido se detuvo.
Se dejó caer contra la almohada y resopló. Una risita escapó de mis labios y jadeó.
—¿Estabas despierto?
—Prometí que me portaría bien. No dije nada al respecto de permitirte acostarte sobre mí.
—No me acosté sobre ti. No podía alcanzar el despertador. Esa tiene que ser la alarma más molesta que he oído. Suena como un animal moribundo.
—¿Quieres desayunar? —Coloqué las manos detrás de mi cabeza.
—No tengo hambre.
Parecía enfadada por algo, pero ignoraba por qué. Probablemente no era una persona mañanera. Aunque con esa lógica, en realidad no era una persona de tarde o una persona nocturna, tampoco. Ahora que lo pensaba, era una especie de perra malhumorada… y me gustaba.
—Bueno, yo sí. ¿Por qué no vienes conmigo a la cafetería que está cerca?
—No creo que pueda soportar tu falta de habilidad para conducir tan temprano.
Metió sus pequeños pies en sus zapatillas y luego se dirigió arrastrando los pies hasta la puerta.
—¿A dónde vas?
Se enfadó al instante. —A vestirme e ir a clase. ¿Necesitas un itinerario mientras estoy aquí?
¿Quería jugar duro? Está bien. Jugaría. Caminé hacia ella y apoyé las manos sobre los hombros. Maldita sea, su piel se sentía bien contra la mía. —¿Siempre eres tan temperamental o eso cambiará una vez que creas que no estoy elaborando ningún complejo plan para meterme en tus bragas?
—No soy temperamental.
Me incliné, susurrando en su oído—: No quiero acostarme contigo, Paloma.Me gustas demasiado.
Su cuerpo se tensó, y luego me fui sin decir otra palabra. Saltar de un lado a otro para celebrar la emoción de la victoria habría sido un poco obvio, así que me contuve hasta que estuve lo suficientemente escondido detrás de la puerta, y luego hice unos cuantos golpes con el puño en el aire de modo festivo.
Hacerla estar en guardia no era siempre fácil, pero cuando funcionaba, me sentía como si estuviera un paso mas cerca de…
¿De qué? No estaba exactamente seguro. Simplemente se sentía correcto.
CAPITULO 136
Impaciente, asomé la cabeza por la puerta del baño. —¡Vamos, Paloma! ¡Me estoy haciendo viejo! —Su aparición me sorprendió. La había visto sin maquillaje antes, pero su piel era de color rosa y brillante, y su pelo largo y húmedo había sido puesto hacia atrás de su cara. No podía dejar de mirar.
Paula echó hacia atrás el brazo y tiró su peine contra mí. Me agaché, y luego cerré la puerta, riendo todo el camino por el pasillo.
Podía oír sus pequeños pies repiqueteando hasta mi habitación, y mi corazón empezó a latir en mi pecho.
—Buenas noches,Pau —dijo Rosario desde la habitación de Valentin.
—Buenas noches, Ro.
Me tuve que reír. Rosario tenía razón. La novia de Valentin me había introducido a mi droga personal. No podía conseguir lo suficiente, y no quería dejarlo. A pesar de que sólo podía llamarlo una adicción, no me atreví incluso a mostrar una miga. Sólo la mantenía cerca, sintiéndome mejor con sólo saber que estaba allí. No había esperanza para mí.
Dos pequeños golpes me trajeron de vuelta a la realidad.
—Entra, Paloma. No tienes que tocar.
Paula se deslizó dentro, su cabello oscuro y húmedo, en unos pantalones cortos grises y camiseta a cuadros. Sus amplios ojos vagaron por la habitación mientras decidió diferentes cosas sobre mí basadas en la desnudez de mis paredes.
Era la primera vez que una mujer había estado allí. En ese momento no era algo que yo había pensado, pero Paula cambiando la forma en la habitación se sentía como algo que no me esperaba.
Antes, sólo era donde dormía. Un lugar donde nunca había pasado mucho tiempo en absoluto. La presencia de Paula hacía a las paredes blancas evidentes, hasta el punto de hacerme sentí una versión menor a la vergüenza.Paula estando en mi habitación la hacía sentir como mi casa, y el vacío ya no parecía correcto.
—Bonita pijama —dije finalmente, sentándome en la cama—. Bien, ven. No voy a morderte.
Su barbilla bajó y alzó las cejas. —No te tengo miedo. —Dejó su libro de biología a mi lado con un ruido sordo, y luego se detuvo—. ¿Tienes una pluma?
Asentí hacia la mesa de noche. —Primer cajón. —Al segundo que dije las palabras, mi sangre se puso fría. Iba a encontrar mi escondite. Me preparé para el inminente combate a muerte que pronto seguiría.
Puso una rodilla en la cama y se acercó, abriendo el cajón y buscando alrededor hasta que su mano se tambaleó hacia atrás. En el segundo siguiente,tomó la pluma y luego cerró la gaveta.
—¿Qué? —le pregunté, fingiendo escanear a través de las palabras en el libro de biología.
—¿Robaste la clínica de salud?
¿Cómo sabe Paloma dónde conseguir condones? —No. ¿Por qué?
Su cara se torció. —Tu suministro de preservativos para toda la vida.
Aquí viene. —Más vale prevenir que lamentar, ¿no? —Ella no podía discutir con eso.
En lugar de los gritos y los insultos que me esperaba, rodó sus ojos. Pasé las páginas del libro de biología, tratando de no parecer demasiado aliviado.
—Bueno, podemos empezar aquí. Jesús... ¿fotosíntesis? ¿No aprendiste esto en la escuela secundaria?
—Más o menos —dijo a la defensiva—. Es Biología 101, Pepe. No elegí el plan de estudios.
—¿Y estás en cálculo? ¿Cómo puedes estar tan avanzada en matemáticas y tan atrasada en ciencias?
—No estoy atrasada. La primera mitad es siempre crítica.
Levanté una ceja. —No realmente.
Ella escuchaba mientras yo repasaba los aspectos básicos de la fotosíntesis, y luego la anatomía de las células vegetales. No importaba cuánto tiempo habláramos, o lo que decía, se aferraba a cada palabra. Era fácil fingir que estaba
interesada en mí y no en una calificación aprobatoria.
—Lípidos. No lípidos. Dime lo que son otra vez.
Se quitó las gafas. —Estoy muerta. No puedo memorizar una macromolécula más.
Maldita sea. Hora de acostarse. —Está bien.
Paula de repente parecía nerviosa, lo que curiosamente fue un alivio para mí.
La dejé sola con sus nervios para tomar una ducha. Sabiendo que ella había estado de pie, desnuda en el mismo lugar, hizo surgir algunas reflexiones excitantes, así que para los cinco minutos antes de que me fuera, el agua tenía que estar helada. Era incómodo, pero al menos liberó mi erección.
Cuando volví a la habitación, Paula estaba tendida de costado, con los ojos cerrados, y tiesa como una tabla. Dejé caer mi toalla, me puse mi bóxer, y luego me metí en la cama, volteándome para apagar la luz. Paula no se movió, pero no dormía.
Cada músculo de su cuerpo estaba tenso, pero se apretó aún más justo antes de volverse hacia mí.
—¿Dormirás aquí, también?
—Bueno, sí. Esta es mi cama.
—Lo sé, pero... —Fue apagándose, sopesando sus opciones.
—¿Aún no confías en mí? Me comportaré mejor que bien, lo juro. —Levanté mi índice, medio y meñique, cariñosamente conocido por mis hermanos de fraternidad como la "sorpresa". Ella no lo entendía.
Por más que ser bueno sería un asco, no iba a huir la primera noche haciendo algo estúpido.
Paula era un delicado equilibrio de duro y blando. Empujarla demasiado lejos parecía provocar la misma reacción que un animal acorralado. Era divertido caminar por la cuerda floja que ella requería en una aterrorizante conducción a mil
millas por hora, hacia atrás en una moto.
Se apartó de mí, la manta alrededor marcando cada curva de su cuerpo.
Otra sonrisa se deslizó por mi rostro, y me incliné a su oído.
—Buenas noches, Paloma.
jueves, 8 de mayo de 2014
CAPITULO 135
Quería decirle. Jesús, alguna vez quería decir las palabras, pero apenas podía admitirlo ante mí mismo, y mucho menos frente ella. En el fondo sabía que era un pedazo de mierda, y ella se merecía algo mejor. Una parte de mí quería llevarla a la habitación y mostrarle por qué era diferente, pero eso fue también lo único que me detuvo. Ella era mi contrario: inocente en la superficie, y dañada profundamente en su interior. Había algo en ella que necesitaba en mi vida, y aunque no estaba seguro de lo que era, no podía entrar en mis malos hábitos y echarlo a perder. Era de las que perdonan, podía verlo, pero tenía líneas dibujadas que sabía que no debía cruzar.
Una mejor opción apareció en mi cabeza, y sonreí. —¿Estás planeando tener sexo conmigo esta noche?
—¡No!
—Por eso. Ahora levanta tu trasero malhumorado, toma tu ducha con agua caliente, y después podemos estudiar algo de Bio.
Los ojos de Paula me miraron, pero cumplió. Casi me empujó con su hombro mientras me pasaba, y luego cerró la puerta del baño. Los tubos bajo el piso inmediatamente se quejaron en respuesta a la apertura del grifo del agua.
Empacó lo justo: sólo lo esencial. Encontré unos pantalones cortos, una camiseta y un par de bragas de algodón blanco con rayas moradas. Las levanté delante de mí, y luego excavé un poco más lejos. Todas eran de algodón.
Realmente no tenía intención de desnudarse conmigo, o incluso de bromear. Un poco decepcionante, pero al mismo tiempo hizo que me gustase aún más. Me pregunté si tenía alguna tanga en absoluto.
¿Era virgen?
Me eché a reír. Una virgen en la universidad era algo inaudito en estos días.
Una crema dental, el cepillo de dientes y un pequeño bote de algún tipo de crema para el rostro estaban en la maleta también, así que los llevé conmigo al final del pasillo, agarrando una toalla limpia del armario de la ropa en el camino.
Llamé inmediatamente, pero no contestó, así que entré. Estaba detrás de la cortina, de todos modos, y no tenía nada que no hubiera visto antes.
—¿Ro?
—No, soy yo —le dije, poniendo sus cosas en la mesa al lado de la pileta.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Fuera! —gritó.
Me reí una vez. Qué bebé. —Olvidaste una toalla y he traído tu ropa, cepillo de dientes y una crema extraña para el rostro que encontré en tu bolsa.
—¿Buscaste entre mis cosas? —Su voz subió una octava.
La risa repentina quedó atrapada en mi garganta y me contuve. Traje las cosas Prudezilla para ser un buen chico, y ella estaba enloqueciendo. No es como si fuera a encontrar nada interesante en su bolso, de todos modos. Era tan traviesa como un maestro de escuela dominical.
Apreté un poco de su pasta de dientes en el cepillo y abrí el grifo.
Paula estaba extrañamente escondida hasta su frente y los ojos salieron de detrás de la cortina. Traté de ignorarlo, sintiendo como hacían un agujero en la parte de atrás de mi cabeza.
Su irritación era un misterio. Para mí, todo el escenario era extrañamente relajante. Ese pensamiento me hizo hacer una pausa; la domesticidad no era algo que pensé en disfrutar.
—¡Fuera, Pedro! —gruñó.
—No puedo ir a la cama sin cepillarme los dientes.
—Si te acercas a un metro de la cortina, te sacaré los ojos mientras duermas.
—No voy a mirar, Paloma —En realidad, la idea de ella inclinada sobre mí, incluso con un cuchillo en la mano, era un poco caliente. Más la parte inclinada que la del cuchillo.
Terminé de cepillarme los dientes y luego me dirigí a la habitación, sonriendo todo el camino. En cuestión de minutos los tubos se silenciaron, pero tardó una eternidad en salir.
CAPITULO 134
Rosario negó con la cabeza y caminó por el pasillo. Valentin la siguió, inclinando su cuerpo para compensar el peso de la maleta mientras la arrastraba a sus espaldas.
Justo cuando pensaba que Paula huiría, se dejó caer en el sillón. Eh. Bueno…ella estaba enojada. Bien podría acabar de una vez.
Me crucé de brazos, manteniendo una distancia mínima de seguridad por estar en la cocina. —¿Qué pasa, Paloma? ¿Día duro?
—No, estoy profundamente disgustada.
Era un comienzo.
—¿Conmigo? —le pregunté con una sonrisa.
—Sí, contigo. ¿Cómo puedes usar a alguien así como así, y tratarla de esa manera?
Y así empezó todo. —¿Cómo la traté? Ella ofreció su número, yo me negué.
Su boca se abrió. Traté de no reír. No sabía por qué me divertía tanto verla aturdida y horrorizada por mi comportamiento, pero lo hacía.
—¿Puedes tener relaciones sexuales con ella, pero no tomarás su número?
—¿Por qué iba a querer su número si no la voy a llamar?
—¿Por qué dormir con ella si no la vas a llamar?
—No prometo nada a nadie, Paloma. Ella no estipuló una relación antes de esturar sus piernas en mi sofá.
Se quedó mirando el sofá con repugnancia. —Es la hija de alguien, Pedro.¿Qué pasa si, en el futuro, alguien trata así a tu hija?
El pensamiento había cruzado mi mente, y estaba preparado. —Mi hija sabrá algo mejor que quitarse las bragas por un imbécil que acaba de conocer, vamos a decirlo de esa manera.
Esa era la verdad. ¿Las mujeres merecen ser tratadas como putas? No.¿Putas merecen ser tratadas como putas? Sí. Yo era un puto. La primera vez que bolseé a Aldana y se fue sin siquiera un abrazo, no lloré por eso y comí un litro de helado. No me quejé con mis hermanos de fraternidad sobre encamarme en la primera cita, y Aldana me trató de acuerdo con la forma en que me comporté. Era lo que era, no tenía sentido pretender proteger su dignidad si ella se disponía a destruirla. Las chicas eran conocidas por juzgar a los demás, de todos modos, sólo estaba tomando un descanso lo suficiente como para juzgar a un hombre por hacerlo. Las oiría etiquetar a una compañera de clase de puta antes de que el pensamiento hubiera cruzado por mi mente. Sin embargo, si llevaba a esa puta a casa, la bolseaba, y la liberaba de sus cadenas, de repente yo era el chico malo.
Tonterías.
Paula se cruzó de brazos notablemente incapaz de discutir, y eso la puso aún más furiosa. —Así que, además de admitir que eres un imbécil, estás diciendo que porque ella se acostó contigo, ¿ella merecía ser desechada como un gato callejero?
—Estoy diciendo que fui honesto con ella. Ella es una adulta, fue de mutuo acuerdo… ella estaba un poco ansiosa al respecto, si quieres saber la verdad. Actúas como si hubiera cometido un crimen.
—Ella no parecía entender tus intenciones, Pedro.
—Las mujeres suelen justificar sus acciones con lo que sus cabezas les dicen.Ella no me dijo por adelantado que esperaba una relación más de lo que yo le dije que esperaba sexo sin compromiso. ¿Cómo es diferente?
—Eres un cerdo.
Me encogí de hombros. —Me han llamado peor. —A pesar de mi indiferencia, oírle decir eso se sintió tan bien como si me hubiera empujado un trozo enorme de madera bajo la uña del pulgar. Incluso si era cierto.
Se quedó mirando el sofá, y luego retrocedió. —Creo que dormiré en el sillón reclinable.
—¿Por qué?
—¡No voy a dormir en esa cosa! ¡Dios sabe sobre lo que estaría acostándome!
Levanté la bolsa de lona en el suelo. —No dormirás en el sofá o en el sillón reclinable. Dormirás en mi cama.
—La qué es más antihigiénica que el sofá, estoy segura.
—Nunca ha habido nadie en mi cama, aparte de mí.
Puso los ojos en blanco. —¡Dame un respiro!
—Hablo absolutamente en serio. Las bolseo en el sofá. No las dejo entrar en mi habitación.
—Entonces, ¿por qué me dejas a mí en tu cama?
CAPITULO 133
La sexoadicta estaba en el baño, vistiéndose y arreglándose. No dijo mucho después de haber terminado, y pensé que iba a tener que conseguir su número y ponerla en la lista muy corta de las chicas, como Aldana, que no requerían una relación para tener sexo, y que también merecían la pena repetir.
El teléfono de Valentin sonó. Hubo un ruido de beso, por lo que debió haber sido Rosario. Ella había cambiado el tono de texto en su teléfono, y Valentin estaba más que feliz de cumplir. Estaban bien juntos, pero también me daban ganas de vomitar.
Estaba sentado en el sofá haciendo clic a través de canales, esperando a que la chica saliera para que pudiera enviarla a su casa, cuando me di cuenta de que Valentin estaba a tope en todo el apartamento.
Mis cejas se juntaron. —¿Qué estás haciendo?
—Es posible que desees recoger tu mierda. Ro va a venir con Pau.
Eso llamó mi atención. —¿Pau?
—Sí. La caldera se estropeó de nuevo en Morgan.
—¿Y?
—Así que se van a quedar aquí por unos pocos días.
Me senté. —¿Ellas? ¿Cómo que Paula se va a quedar aquí? ¿En nuestro apartamento?
—Sí, idiota. Deja de pensar en el culo de Jenna Jameson, y escucha lo que estoy diciendo. Estarán aquí dentro de diez minutos. Con el equipaje.
—De ninguna jodida manera.
Valentin se detuvo en seco y me miró desde debajo de su frente. —Mueve el culo y ayúdame, y saca tu basura —dijo, señalando hacia el baño.
—Oh, mierda —le dije, saltando a mis pies.
Valentin asintió, con los ojos muy abiertos. —Sí.
Finalmente me golpeó. Si Rosario se molestaba porque tenía una rezagada todavía aquí cuando llegue con Paula, pondría a Valentin en su la lado vulnerable.
Si Paula no quería quedarse aquí por eso, se convertiría en su problema, y el mío.
Mis ojos se centraron en la puerta del baño. El grifo había estado funcionando desde que se había ido allí. No sabía si estaba tomando una mierda o una ducha. De ninguna manera iba a sacarla del apartamento antes de que las muchachas llegasen. Se vería mal si fuera atrapado tratando de echarla, así que me decidí a cambiar las sábanas de mi cama y recoger un poco, en su lugar.
—¿Dónde va a dormir Paula? —le pregunté, mirando el sofá. No iba a permitir que su cama estuviera llena de catorce meses de fluidos corporales.
—No lo sé. ¿El sillón?
—No va a estar durmiendo en el sillón de mierda, payaso. —Me rasqué la cabeza—. Creo que va a dormir en mi cama.
Valentin aulló, su sonrisa extendiéndose por lo menos dos manzanas. Se agachó y agarró sus rodillas, su cara poniéndose roja.
—¿Qué?
Se puso de pie y señaló, sacudiendo su dedo y la cabeza hacia mí. Estaba demasiado divertido para hablar, así que se alejó, tratando de continuar la limpieza mientras su cuerpo se estremecía.
Once minutos después, Valentin corría a través de la habitación frente a la puerta. Se abrió camino por las escaleras, y luego nada. El grifo del cuarto de baño
finalmente se apagó, y se volvió muy tranquilo.
Después de unos minutos más, oí la puerta abrirse, y Valentin quejándose entre gruñidos.
—¡Jesús, Bebé! ¡Tú maleta pesa nueve kilos más que la de Paula!
Entré en la sala, viendo mi última conquista salir del baño. Se quedó inmóvil en el pasillo, echó un vistazo a Paula y Rosario, y luego terminó de abotonarse la blusa. Ella definitivamente no estaba refrescándose allí. Todavía tenía maquillaje corrido por toda la cara.
Por un momento me distraje por completo de la torpeza con las letras W T F. Supongo que no era tan sencilla como pensaba, haciendo la visita sorpresa de Rosario y Paula aún más agradable. Aún cuando yo todavía estaba en mi bóxer.
—Hola —le dijo a las chicas. Miró a su equipaje, la sorpresa volviéndose confusión total.
Rosario miró a Valentin.
Él levantó las manos. —¡Ella está con Pedro!
Esa fue mi señal. Doblé la esquina y bostecé, acariciando el culo de mi huésped.
—Mis invitadas están aquí. Será mejor que te vayas.
Ella pareció relajarse un poco y sonrió. Envolvió sus brazos alrededor de mí, y luego me besó en el cuello. Sus labios se sentían suaves y cálidos no como hace una hora. Frente a Paula, eran como dos bollos pegajosos forrados con alambre de púas.
—Voy a dejar mi número en el mostrador.
—Eh... no te preocupes por eso —le dije, deliberadamente indiferente.
—¿Qué? —preguntó, inclinándose hacia atrás. El rechazo brilló sus ojos, buscando en mí cualquier otra cosa de lo que realmente quería decir. Me alegro de que esto sucediera ahora. Podría haberla llamado de nuevo y estropear aún más las cosas. Confundirla con un posible pasajero frecuente era un poco sorprendente.
Solía ser un juez mejor.
—¡Otra vez! —dijo Rosario. Miró a la chica—. ¿Cómo es que estás sorprendida por esto? ¡Él es Pedro follador Alfonso! Él es famoso por esto mismo,y aún así se sorprenden —dijo, dirigiéndose a Valentin. Él puso su brazo alrededor de ella, haciendo un gesto para que se calmara.
Los ojos de la chica se estrecharon, ardiendo con ira y vergüenza, y entonces salió, agarrando su bolso en el camino.
La puerta se cerró de golpe, y los hombros de Valentin se tensaron. Esos momentos le molestaban. Yo, en cambio, tenía una fierecilla que domar, por lo que entré en la cocina y abrí la nevera como si nada hubiera pasado. El infierno en sus ojos predijo una cólera como nunca había experimentado (no porque no me hubiera encontrado con una mujer a la que quisiera entregar mi culo en bandeja de plata, sino porque nunca me había importado quedarme alrededor para escucharlo).
miércoles, 7 de mayo de 2014
CAPITULO 132
Me besó como si se estuviera muriendo de hambre y supiera que había comida en mi boca. No estaba seguro. Como que me gustaba eso. Mordió mi labio inferior y di un paso atrás, perdiendo el equilibrio y estrellándome contra el final de la mesa junto al sillón. Varias cosas golpearon el suelo.
—Ups —dijo riendo.
Sonreí y miré mientras caminaba hacia el sofá y se inclinaba sobre el respaldo de tal manera que sus nalgas quedaron visibles, junto con la tira más delgada de encaje blanco.
Me desabroché el cinturón y di un paso. Iba a hacerlo fácil. Arqueó su cuello y tiró de su largo cabello contra la espalda. Diablos, era caliente, le daría eso. Mi cremallera apenas podía contener lo que tenía debajo.
Se volteó para verme y me incliné, plantándole un beso en los labios.
—¿Tal vez debería decirte mi nombre? —susurró.
—¿Por qué? —jadee—. Me gusta esto.
Sonrió, enganchó sus pulgares a cada lado de sus bragas y entonces las bajó hasta que cayeron a sus tobillos. Sus ojos se conectaron con los míos, refrescantes y malvados.
La decepción de Paula pasó por mi mente.
—¿Qué estás esperando? —preguntó, excitada e impaciente.
—Absolutamente nada —dije, sacudiendo la cabeza. Intenté enfocarme en su trasero desnudo contra mis muslos. Tener que concentrarme para mantenerlo duro era algo definitivamente nuevo y diferente, y todo era culpa de Paula.
Se acercó, me quitó la camisa, y entonces desabrochó mis jeans. Maldición.
Trabajaba a paso de tortuga o esta mujer era una versión femenina de mí. Me quité las botas y me deshice de ellos, pateándolos a un lado.
Una de sus piernas se levantó y su rodilla se enganchó a mi cadera. —He querido esto durante mucho tiempo —susurró contra mi oído—. Desde que te vi en orientación el año pasado.
Llevé mi mano a su muslo, intentando pensar si había hablado con ella antes. Para el momento en que mis dedos alcanzaron el final de la línea, éstos estaban empapados. No bromeaba. El equivalente a un año en juegos mentales
hizo mi trabajo mucho más fácil.
Gimió al segundo que mis dedos tocaron su piel tierna. Estaba tan mojada que mis dedos no hacían mucha fricción, y mis pelotas comenzaban a doler. Sólo me había follado dos mujeres, como mucho, en las últimas semanas. Esta chica, y la amiga de Janet: Lucy. Oh, espera. Con Aldana, hacían tres. La mañana siguiente que conocí a Paula.Paula. La culpa se apoderó de mí, y tuvo un efecto negativo
sobre mi erección.
—No te muevas —dije, corriendo únicamente en bóxer hasta mi habitación.
Saqué un paquete cuadrado de mi mesita de noche, y luego regresé a donde la morena aturdida estaba parada, exactamente de la manera en que la dejé. Tomó el paquete de mi mano y luego se apoyó sobre sus rodillas. Después de un poco de creatividad y trucos bastantes sorprendentes con su lengua, tuve luz verde para empujarla contra el sillón.
Así que lo hice. Boca abajo con los brazos alrededor de ella, y amó cada minuto de ello.
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