miércoles, 30 de abril de 2014

CAPITULO 108



En las sombras de Keaton Hall, Pedro me estrechaba con fuerza junto a él.

El vaho de mi aliento se entrelazaba con el suyo en el ambiente frío de la noche, y podía oír las conversaciones en voz baja de quienes se estaban colando por una puerta lateral a pocos metros de distancia, desconocedores de nuestra presencia allí.

Keaton era el edificio más antiguo de Eastern pero, aunque ya había albergado algún que otro combate del Círculo, me sentía incómoda allí. Agustin esperaba un lleno total, y Keaton no era el más espacioso de los sótanos del
campus. Había unas vigas formando una rejilla a lo largo de las envejecidas paredes de ladrillo, una señal de las renovaciones que se llevaban a cabo dentro.

—Esta es una de las peores ideas de Agustin hasta la fecha —gruñó Pedro.

—Ya es tarde para cambiarlo ahora —dije, levantando la mirada hacia los andamios.

El teléfono móvil de Pedro se encendió y lo abrió. Su cara se tiñó de azul por el brillo de la pantalla, y por fin pude ver las dos arrugas de preocupación entre las cejas cuya presencia conocía de antemano. Apretó unos botones, cerró de golpe el teléfono y me abrazó con más fuerza.

—Pareces nervioso esta noche —susurré.

—Me sentiré mejor cuando Marcos traiga su jodido culo aquí.

—Aquí estoy, llorica —dijo Marcos en voz baja. Apenas podía ver su perfil en la oscuridad, pero su sonrisa brillaba a la luz de la luna—. ¿Qué tal estás, hermanita?

Me rodeó con un brazo, mientras empujaba juguetón a Pedro con el otro.

—Estoy bien, Marcos.

Pedro inmediatamente se relajó y me llevó de la mano a la parte trasera del edificio.

—Si aparece la poli y nos separamos, nos vemos en Morgan Hall, ¿vale? —le dijo Pedro a su hermano.

Nos detuvimos junto a una ventana abierta a nivel del suelo, la señal de que Agustin estaba dentro y esperando.

—Me estás tomando el pelo —dijo Marcos mirando fijamente la ventana—.Pau apenas cabe por ahí.

—Cabrás —lo tranquilizó Pedro, antes de sumergirse en la oscuridad del interior.

Como muchas veces antes, me agaché y me eché hacia atrás, con la seguridad de que Pedro me cogería.
Esperamos un momento y, entonces, Marcos gruñó al saltar desde la repisa y aterrizar en el suelo, perdiendo casi el equilibrio cuando golpeó el cemento con los pies.

—Pau, para mí eres el Trece de mis Amores. No tragaría con esta mierda por nadie que no fueras tú —gruñó Marcos, mientras se limpiaba la camiseta.

De un salto, Pedro cerró la ventana con un movimiento rápido.

—Por aquí —dijo él, guiándonos por la oscuridad.

Pasillo tras pasillo, no me solté de la mano de Pedro, mientras sentía que Marcos me cogía de la camiseta. Podía oír pequeños pedazos de grava que arañaban el cemento al arrastrar los pies por el suelo. Sentí que mis ojos se ensanchaban al intentar ajustarse a la oscuridad del sótano, pero no había luz alguna que pudieran enfocar.

Marcos suspiró después de que giráramos por tercera vez.

—Nunca vamos a encontrar el camino.

—Sígueme. Todo irá bien —dijo Pedro, irritado por las quejas de Marcos.

Al hacerse más intensa la luz del pasillo, supe que estábamos cerca. Y, cuando el rugido sordo de la multitud se convirtió en un intercambio febril de números y nombres, supe que habíamos llegado. En la habitación donde Pedro
esperaba a que lo llamaran normalmente solo había una luz y una silla, pero, debido a las obras, aquella estaba llena de pupitres, sillas y diversos equipos cubiertos de sábanas blancas.

Pedro y Marcos discutían la estrategia para la pelea mientras yo echaba un vistazo fuera. Había tanto público y caos como en la última pelea, solo que el espacio era menor. Alineados junto a las paredes, podían verse muebles cubiertos de sábanas polvorientas que habían apartado a un lado para hacer sitio a los espectadores.

La habitación estaba más oscura de lo normal, así que supuse que Agustin quería andarse con cuidado y no llamar la atención sobre nuestras andanzas. Del techo colgaban unos faroles que creaban un resplandor lúgubre sobre el dinero que los asistentes sujetaban en el aire; todavía se aceptaban apuestas.

—Paloma, ¿me has oído? —dijo Pedro, tocándome el brazo.

—¿Qué? —dije, parpadeando—. Quiero que te quedes junto a esta puerta, ¿vale? No te sueltes del brazo de Marcos en ningún momento.

—No me moveré. Lo prometo.

Pedro sonrió, y su perfecto hoyuelo se formó en su mejilla.

—Ahora eres tú la que parece nerviosa.

Miré hacia la puerta y después a él, de nuevo.

—Esto no me da buena espina, Pepe. No es por la pelea, pero… hay algo.Este lugar me da escalofríos.

—No estaremos aquí mucho tiempo —me tranquilizó Pedro.

La voz de Agustin resonó por el megáfono y, de repente, noté a ambos lados de la cara un par de manos familiares.

—Te amo —dijo.

Me rodeó con los brazos y me levantó del suelo, apretándome contra él, mientras me besaba. Me dejó en el suelo y me enganchó el brazo en el de Marcos.

—No le quites los ojos de encima —le dijo a su hermano—, ni por un segundo. Este lugar será una locura en cuanto empiece la pelea.

—¡… Así que den la bienvenida al contendiente de esta noche…, Juan Savage!

—La protegeré con mi vida, hermanito —dijo Marcos—. Ahora, ve a patearle el culo a ese tío y salgamos de aquí.

—¡… Pedro Perro Loco Alfonso! —gritó Agustin por el megáfono.

Cuando Pedro se abrió paso entre la multitud, el ruido se volvió ensordecedor. Miré a Marcos, que esbozaba una ligerísima sonrisa. Para cualquier otra persona habría pasado desapercibido, pero yo distinguí el orgullo en su
mirada.

Cuando Pedro llegó al centro del Círculo, tragué saliva. Juan no era mucho más grande, pero parecía diferente a todos los rivales que Pedro había tenido antes, incluido el hombre contra quien había luchado en Las Vegas. No intentaba intimidar a Pedro con una mirada severa como los demás, sino que lo estaba estudiando, preparando mentalmente la pelea. Por muy analíticos que fueran sus
ojos, también se notaba en ellos una ausencia absoluta de cordura. Supe antes de que la lucha empezara que Pedro tenía más que una pelea entre manos: estaba de
pie delante de un demonio.

Pedro pareció notar la diferencia también. Su habitual sonrisa burlona había desaparecido, y en su lugar se apreciaba una mirada intensa. Cuando el megáfono
sonó, Juan atacó.

—Cielo santo —dije, agarrándome al brazo de Marcos.

Marcos se movía igual que Pedro, como si fueran uno solo. Con cada puñetazo que Juan lanzaba, me ponía en tensión, y luchaba contra la necesidad de cerrar los ojos. No había ningún movimiento gratuito; Juan era astuto y preciso.
Las demás peleas de Pedro parecían descuidadas en comparación con esta. La fuerza bruta detrás de cada golpe era asombrosa por sí sola, y parecía que el conjunto hubiera sido coreografiado y practicado hasta la perfección.

El aire de la habitación estaba viciado y estancado; cada vez que cogía aire, me tragaba el polvo que cubría las sábanas. Cuanto más duraba la pelea, más aguda era la sensación de que algo malo iba a ocurrir. No podía librarme de él,
pero aun así me obligué a quedarme en el sitio para que Pedro pudiera concentrarse.

En determinado momento, me quedé hipnotizada por el espectáculo que tenía lugar en el centro del sótano; al siguiente, no obstante, me empujaron desde atrás. El golpe me lanzó la cabeza hacia atrás, pero me agarré con más fuerza, negándome a moverme de la ubicación prometida. Marcos se volvió, cogió por las camisas a los dos hombres que estaban detrás de nosotros y los lanzó al suelo como si fueran muñecos de trapo.

—¡Os largáis u os parto la puta boca! —gritó a los que estaban mirando a los hombres del suelo. Me agarré con más fuerza a su brazo y él me dio unas palmaditas en la mano—. Te tengo,Pau. Tú concéntrate en ver la pelea.

Pedro lo estaba haciendo bien, y suspiré cuando fue el primero en hacer sangrar al otro. La muchedumbre se enardeció, pero la advertencia de Marcos mantuvo a los que estaban a nuestro alrededor a una distancia segura. Pedro
asestó un sólido puñetazo y, después, me miró, antes de volver a centrarse rápidamente en Juan. Sus movimientos eran ágiles, casi calculados, como si predijera los ataques de Juan antes de que se produjeran.

Presa de una impaciencia evidente, Juan envolvió a Pedro con sus brazos y lo lanzó al suelo. Como un solo cuerpo, la muchedumbre que rodeaba el improvisado ring se estrechó alrededor de ellos, inclinándose hacia delante cuando la acción se desarrollaba en el suelo.

—¡No lo veo, Marcos! —grité, saltando de puntillas.

Marcos miró alrededor y encontró la silla de madera de Agustin. Con un movimiento que pareció un paso de baile, me pasó de un brazo al otro y me ayudó a subir sobre la turba.

—¿Lo ves?

—¡Sí! —dije, cogiéndome al brazo de Marcos para guardar el equilibrio.

—¡Está encima, pero Juan le rodea el cuello con las piernas!

Marcos se inclinó hacia delante sobre los pies, poniéndose la mano libre alrededor de la boca.

—¡Patéale el culo, Pedro!

Bajé la mirada hacia Marcos y me incliné hacia delante para ver mejor a los hombres del suelo. De repente, Pedro se puso de pie, mientras Juan seguía sujetándolo por el cuello con las piernas. Pedro cayó de rodillas, golpeando la
espalda y la cabeza de Juan contra el cemento en un impacto devastador. Las piernas de Juan se quedaron sin fuerza, de manera que liberaron el cuello de Pedro, que, a su vez, levantó el codo y aporreó a Juan una y otra vez con el puño hasta que Agustin lo apartó y lanzó el cuadrado rojo sobre el cuerpo inerte de Juan.

La habitación estalló en vítores cuando Agustin levantó la mano de Pedro.

Marcos me abrazó por las piernas, celebrando la victoria de su hermano. Pedro me miró con una sonrisa amplia y sangrienta; el ojo derecho había empezado a hinchársele.

CAPITULO 107



Pedro me acompañó a clase; en varias ocasiones tuvo que agarrarme con más fuerza cuando resbalaron mis pies en el hielo.

—Deberías andar con más cuidado —se burló él.

—Lo estoy haciendo a propósito. Qué bobo eres.

—Si quieres que te abrace, solo tienes que pedírmelo —dijo él, acercándome a su pecho.

Hacíamos caso omiso de los estudiantes que pasaban y de las bolas de nieve que volaban por encima de nosotros, mientras apretaba sus labios contra los míos.

Mis pies se separaron del suelo y siguió besándome, llevándome con facilidad por el campus. Cuando finalmente me dejó en el suelo delante de la puerta de mi clase,
sacudió la cabeza.

—Cuando preparemos nuestros horarios para el próximo semestre, sería más cómodo que tuviéramos más clases juntos.

—Lo tendré en cuenta —dije, dándole un último beso antes de dirigirme a mi asiento.

Levanté la mirada, y Pedro me dedicó una última sonrisa antes de encaminarse a su clase en el edificio de al lado. Los estudiantes que se hallaban a mi alrededor estaban tan habituados a nuestras desvergonzadas demostraciones
de afecto como su clase estaba acostumbrada a que él llegara unos minutos tarde.

Me sorprendió que el tiempo pasara tan rápidamente. Hice mi último examen del día y puse rumbo a Morgan Hall. Carla estaba sentada en su sitio habitual en la cama mientras yo rebuscaba entre mis cajones unas cuantas cosas que necesitaba.

—¿Te vas de la ciudad? —preguntó Carla.

—No, solo necesitaba unas cuantas cosas. Voy al edificio de Ciencias a recoger a Pepe y después me quedaré en su apartamento toda la semana.

—Me lo imaginaba —dijo ella, sin apartar los ojos del libro.

—Que tengas buenas vacaciones, Carla.

—Mmm.

El campus estaba casi vacío, solo quedaban unos pocos rezagados. Cuando doblé la esquina, vi a Pedro ya fuera, acabándose un cigarrillo. Llevaba un gorro de lana para taparse la cabeza afeitada y tenía la mano metida en el bolsillo de su chaqueta de cuero marrón oscuro desgastada. Expulsaba el humo por los orificios nasales, absorto en sus pensamientos y con la mirada clavada en el suelo. Hasta
que estuve a unos pocos metros de él, no me di cuenta de lo distraído que estaba.

—¿Qué te preocupa, cariño? —pregunté.

Él no levantó la mirada.

—¿Pedro?

Pestañeó cuando oyó mi voz y una sonrisa forzada sustituyó a la cara de preocupación.

—Hola, Paloma.

—¿Va todo bien?

—Ahora sí —dijo, acercándome hacia él.

—Está bien. ¿Qué ocurre? —respondí, con una ceja arqueada y el ceño fruncido para mostrar mi escepticismo.

—Es que tengo muchas cosas en la cabeza —suspiró él. Cuando me quedé a la expectativa, continuó—: Esta semana, la pelea, que estés allí.

—Ya te he dicho que me quedaría en casa.

—Necesito que estés allí, Paloma —dijo él, tirando el cigarrillo al suelo.

Estuvo observando cómo desaparecía en una profunda pisada en la nieve, y luego me cogió la mano y me llevó hacia el aparcamiento.

—¿Has hablado con Marcos? —pregunté.

Dijo que no con la cabeza.

—Estoy esperando a que me devuelva la llamada.

Rosario bajó la ventanilla y asomó la cabeza por el Charger de Valentin.

—¡Daos prisa! ¡Hace muchísimo frío!

Pedro sonrió y apretó el paso. Me abrió la puerta para que pudiera entrar.
Valentin y Rosario repitieron la misma conversación que tenían desde que ella se había enterado de que iba a conocer a sus padres; mientras tanto, yo observaba a
Pedro mirar por la ventanilla. Cuando nos detuvimos en el aparcamiento del apartamento, el teléfono de Pedro sonó.

—¿Qué cojones pasaba contigo, Marcos? —respondió—. Te he llamado hace cuatro horas. Tampoco se puede decir precisamente que te estés matando a trabajar. En fin, da igual. Escucha, necesito un favor. Tengo una pelea la semana que viene y necesito que vayas. No sé cuándo es, pero necesito que no tardes más de una hora en llegar allí a partir del momento en que te llame. ¿Podrás hacer eso
por mí? ¿Puedes o no, gilipollas? Porque necesito que no pierdas de vista a Paloma. Un cabrón le puso la mano encima la última vez y…, sí. —Su voz se volvió de un tono que daba miedo—. Me encargué de ello. ¿Así que si te llamo…? Gracias,Marcos.

Pedro apagó el teléfono y apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.

—¿Más tranquilo? —preguntó Valentin, mirando a Pedro por el espejo retrovisor.

—Sí. No estaba seguro de cómo me las iba a apañar sin que tú estuvieras allí.

—Ya te lo he dicho… —empecé.

—Paloma, ¿cuántas veces tengo que repetirlo? —Me interrumpió con el ceño fruncido.

Sacudí la cabeza por su tono impaciente.

—Bueno, pero sigo sin entenderlo. Antes no me necesitabas.

Me acarició la mejilla ligeramente con los dedos.

—Antes no te conocía. Si no estás allí, no puedo concentrarme. Empiezo a preguntarme dónde estás, qué estás haciendo…, pero, si estás presente y puedo verte, me centro. Sé que es una locura, pero es así.

—Y la locura es exactamente lo que me gusta —dije, levantándome para darle un beso en los labios.

—Está claro —murmuró Rosario por lo bajo.

CAPITULO 106






LAS semanas pasaron, y me sorprendí de lo rápidamente que las vacaciones de primavera se nos echaron encima. El esperado torrente de cotilleo y miradas había desaparecido, y la vida había regresado a la normalidad. Los sótanos de
Eastern no habían albergado una pelea desde hacía unas semanas. Agustin se esforzó por pasar desapercibido después de los arrestos que habían provocado preguntas sobre lo que había ocurrido exactamente esa noche, y Pedro cada vez estaba más irritable mientras esperaba su última pelea del año, la pelea que pagaría la mayoría de sus facturas del verano y las de buena parte del otoño.

Todavía había una capa gruesa de nieve en el suelo, y el viernes anterior a las vacaciones una última pelea de bolas de nieve se desencadenó en el césped cristalino. Pedro y yo caminábamos en zigzag por el hielo resbaladizo de camino a la cafetería, y me sujetaba con fuerza a su brazo, intentando evitar tanto las bolas de nieve como caerme al suelo.

—No te van a dar, Paloma. Son más listos que eso —dijo Pedro, apretando la nariz roja y fría contra mi mejilla.

—Su puntería no es sinónimo del miedo a tu mal genio, Pepe.

Me abrazó y frotó la manga de mi abrigo con su mano mientras me guiaba por el caos. Tuvimos que detenernos de golpe cuando un puñado de chicas gritaron al convertirse en el objetivo de los lanzamientos sin piedad del equipo de
béisbol. Cuando despejaron el camino, Pedro me llevó a salvo a la puerta.

—¿Lo ves? Te aseguré que lo lograríamos —dijo con una sonrisa.

Su buen humor se desvaneció cuando una firme bola de nieve estalló contra la puerta, justo entre nuestras caras. La mirada de Pedro escrutó el césped, pero los numerosos estudiantes que lanzaban en todas las direcciones sofocaron sus ansias por tomar represalias.

Tiró de la puerta para abrirla y observó la nieve que se fundía mientras caía por el metal pintado hasta el suelo.

—Vamos adentro.

—Buena idea —dije asintiendo.

Me llevó de la mano por el bufé libre y amontonó diferentes platos humeantes en una sola bandeja. La cajera ya no ponía su predecible cara de perplejidad de semanas antes, acostumbrada a nuestra rutina.

—Hola, Pau —me saludó Benjamin antes de guiñarle un ojo a Pedro—.¿Tenéis planes para la semana que viene?

—Nos quedamos aquí. Vendrán mis hermanos
dijo Pedro distraído,mientras organizaba nuestros almuerzos, repartiendo los pequeños platos de poliestireno delante de nosotros en la mesa.

—¡Voy a matar a David Lapinski! —anunció Rosario al acercarse, mientras se limpiaba la nieve del pelo.

—¡Un impacto directo! —se rio Valentin. Rosario le lanzó una mirada de advertencia y su risa se volvió nerviosa—. Quiero decir…, ¡qué capullo!

Nos reímos por la mirada de arrepentimiento que puso cuando la observó correr furiosa hacia el bufé, antes de seguirla rápidamente.

—Sí que lo ata en corto —dijo Benjamin con una mirada de disgusto.

—Rosario está un poco tensa —explicó Pedro—. Va a conocer a los padres de Valentin esta semana.

Benjamin asintió, levantando las cejas.

—Entonces…, van…

—Sí —dije, asintiendo a la vez que él.

—Es permanente.

—¡Vaya! —dijo Benjamin.

La estupefacción no desapareció de su cara mientras escogía su comida, y pude comprobar cómo lo embargaba la confusión. Todos éramos muy jóvenes, y Benjamin no podía acomodarse al compromiso de Valentin.

—Cuando llegue el momento, Benjamin, lo sabrás —dijo Pedro, sonriéndome.

El local bullía de emoción, tanto por el espectáculo del exterior como por lo rápido que se acercaban las últimas horas antes de las vacaciones. A medida que se iban ocupando los asientos, la charla constante creció hasta convertirse en un eco estruendoso, cuyo volumen iba en aumento conforme todo el mundo empezaba a hablar por encima del ruido.

Cuando Valentin y Rosario regresaron con sus bandejas, habían hecho las paces. Ella se acomodó risueña en el asiento vacío que había junto a mí, charlando sobre el inminente momento en el que conocería a sus suegros. Se iban esa misma tarde a su casa; la excusa perfecta para que Rosario tuviera una de sus famosas crisis.

La observé picotear de su pan mientras charlaba sobre hacer las maletas y cuánto equipaje podría llevar sin parecer pretenciosa, pero parecía aguantar bien.

—Ya te lo he dicho, cariño. Les vas a encantar. Te querrán tanto como te quiero yo —dijo Valentin, recogiéndole el pelo detrás de la oreja. Rosario respiró hondo y las comisuras de su boca se levantaron como siempre que él conseguía
tranquilizarla.

El teléfono de Pedro vibró, deslizándose unos centímetros por la mesa. Lo ignoró, pues le estaba contando a Benjamin la historia de nuestra primera partida de póquer con sus hermanos. Miré la pantalla y llamé la atención de Pedro con unas palmaditas en su hombro cuando leí el nombre.

—¿Pepe?

Sin disculparse, le dio la espalda a Benjamin y me concedió toda su atención.


—¿Sí, Paloma?

—Creo que quizá te interese coger esta llamada.

Bajó la mirada a su móvil y suspiró.

—O no.

—Podría ser importante.

Frunció la boca antes de llevarse el aparato a la oreja.

—¿Qué hay, Agustin? —Buscó con la mirada en la habitación, mientras escuchaba, asintiendo ocasionalmente.

—Esta es mi última pelea, Agustin. Todavía no estoy seguro. No pienso ir sin ella y Valen se va de la ciudad. Lo sé… Ya te he oído. Hum…, de hecho, no es mala idea.

Levanté las cejas al ver que se le iluminaban los ojos con la idea que le hubiera propuesto Agustin. Cuando Pedro colgó el teléfono, lo miré con expectación.

—Bastará para pagar el alquiler de los próximos ocho meses. Agustin ha conseguido a Juan Savage. Está intentando hacerse profesional.

—Nunca lo he visto pelear, ¿y tú? —preguntó Valentin, inclinándose hacia delante.

Pedro asintió.

—Solo una vez en Springfield. Es bueno.

—No lo suficiente —dije. Pedro se inclinó hacia delante y me besó en la frente con agradecimiento.

—Puedo quedarme en casa,Pepe.

—No —dijo él, sacudiendo la cabeza.

—No quiero que te peguen como la última vez porque estés preocupado por mí.

—No, Paloma.

—Te esperaré —dije, intentando parecer más feliz ante la idea de lo que me sentía en realidad.

—Le pediré a Marcos que venga. Es el único en el que confiaría para poder concentrarme en la pelea.

—Muchas gracias, capullo —gruñó Valentin.

—Oye, tuviste tu oportunidad —dijo Pedro, solo medio en broma.

Valentin ladeó la boca con disgusto. Seguía sintiéndose culpable por la noche de Hellerton. Estuvo disculpándose a diario conmigo durante semanas, pero su culpa por fin se volvió lo suficientemente manejable como para soportarla en
silencio. Rosario y yo intentamos convencerlo de que no era culpa suya, pero Pedro siempre le hacía sentir responsable.

—Valentin, no fue culpa tuya. Me lo quitaste de encima, ¿recuerdas? —dije, alargando el brazo alrededor de Rosario para darle una palmadita en el brazo.

Me volví hacia Pedro.

—¿Cuándo es la pelea?

—En algún momento de la semana que viene —dijo él, encogiéndose de hombros—. Quiero que vayas. Necesito que vayas.

Sonreí y apoyé la barbilla sobre su hombro.

—Entonces, allí estaré.

CAPITULO 105



Pedro me despertó con besos. Sentía la cabeza pesada y aturdida por todo el alcohol que había bebido la noche anterior, pero en mi cabeza se repetía la hora anterior a quedarme dormida con vívidos detalles. Sus suaves labios cubrieron cada centímetro de mi mano, mi brazo, mi cuello, y, cuando llegó a mis labios, sonreí.

—Buenos días —dije contra su boca.

No habló, sus labios siguieron actuando sobre los míos. Me tenía envuelta en sus sólidos brazos, y entonces enterró la cara en mi cuello.

—Estás silencioso esta mañana —proseguí, mientras le acariciaba la piel desnuda de la espalda con las manos.
Dejé que siguieran bajando hasta su trasero y le pasé la pierna por encima de la cadera, mientras le daba un beso en la mejilla.

Sacudió la cabeza.

—Solo quiero seguir así —susurró él.

Fruncí el ceño.

—¿Qué me he perdido?

—No pretendía despertarte. ¿Por qué no vuelves a dormirte?

Me incliné hacia atrás contra la almohada y le levanté la barbilla. Tenía los ojos inyectados en sangre y la piel de alrededor enrojecida.

—¿Qué demonios te pasa? —pregunté, alarmada.

Me cogió una mano entre las suyas y la besó, apretando la frente contra mi cuello.

—¿Puedes volver a dormirte, Paloma? Por favor.

—¿Ha pasado algo? ¿Está bien Rosario?

Con la última pregunta, me senté. A pesar de ver el miedo en mis ojos, su expresión no cambió. Simplemente suspiró y se sentó conmigo, mirando la mano que cogía entre las suya.

—Sí… Rosario está bien. Llegaron a casa sobre las cuatro de la mañana. Siguen en la cama. Es pronto, volvamos a dormirnos.

Cuando noté cómo me latía el corazón dentro del pecho, supe que no había posibilidad de volver a dormirme.

Pedro me puso una mano en cada lado de mi cara y me besó. Su boca se movía de forma diferente, como si me estuviera besando por última vez. Me bajó hasta la almohada, me besó una vez más y después apoyó la cabeza sobre mi pecho, envolviéndome fuertemente entre sus brazos. Se me pasaron por la cabeza todas las posibles razones para el comportamiento de Pedro como si fueran canales de televisión. Lo abracé, temiendo preguntar.

—¿Has dormido algo?

—No he podido. No quería… —Su voz se apagó.

Lo besé en la frente.

—Sea lo que sea, lo solucionaremos, ¿vale? ¿Por qué no intentas dormir un poco? Ya lo arreglaremos todo cuando nos despertemos.

Levantó de golpe la cabeza y me escudriñó la cara. Vi tanto recelo como esperanza en sus ojos.

—¿Qué quieres decir con que lo solucionaremos?

Levanté las cejas, confundida. No conseguía imaginarme qué había pasado mientras estaba durmiendo que pudiera causarle tanta angustia.

—No sé qué ocurre pero estoy aquí.

—¿Estás aquí? Es decir, ¿te vas a quedar? ¿Conmigo?

Sabía que mi expresión debía de haber sido ridícula, pero me daba vueltas la cabeza tanto por el alcohol como por las extrañas preguntas de Pedro.

—Sí, pensaba que lo habíamos hablado anoche.

—Y así fue —asintió más animado.

Escudriñé su habitación con la mirada mientras pensaba. Las paredes ya no se veían desnudas como cuando nos habíamos conocido. Estaban salpicadas de baratijas de sitios en los que habíamos pasado tiempo juntos, y marcos negros con fotos mías, nuestras, de Moro y nuestro grupo de amigos interrumpían la pintura blanca. Un marco más grande con los dos en mi fiesta de cumpleaños sustituía al
sombrero que colgaba antes de un clavo sobre su cabecero.
Lo miré con los ojos fruncidos.

—Pensabas que me iba a despertar cabreada contigo ¿verdad? ¿Pensabas que iba a marcharme?

Se encogió de hombros, haciendo un torpe intento de fingir la misma indiferencia que solía salirle con tanta facilidad.

—Eres famosa por ese tipo de cosas.

—¿Y eso es lo que te tiene tan disgustado? ¿Te has quedado despierto toda la noche preocupado por lo que pasaría cuando me despertara?

Se movió como si le resultara difícil pronunciar las siguientes palabras.

—No pretendía que la noche pasada acabara así; estaba un poco borracho y te seguí por la fiesta como un jodido acosador; después te arrastré hasta aquí, contra tu voluntad…, y entonces… —sacudió la cabeza, claramente furioso consigo mismo por los recuerdos que le pasaban por la cabeza.

—¿Disfruté del mejor sexo de mi vida? —sonreí, estrechándole la mano.

Pedro soltó una carcajada, mientras la tensión de alrededor de sus ojos se desvanecía.

—Entonces, ¿estamos bien?

Lo besé, acariciándole las mejillas con ternura.

—Sí, tonto, te lo prometí, ¿no? Te dije lo que querías oír, volvimos a estar juntos, ¿y todavía no estás feliz? —Su cara se arrugó alrededor de su sonrisa—Pedro, para. Te amo —dije, alisando las arrugas de preocupación de alrededor de
sus ojos—. Esta absurda ruptura podría haberse acabado en Acción de Gracias, pero…

—Espera…, ¿qué? —me interrumpió, inclinándose hacia atrás.

—Estaba totalmente dispuesta a ceder en Acción de Gracias, pero dijiste que habías renunciado a intentar hacerme feliz, y yo fui demasiado orgullosa para decirte que quería volver contigo.

—¿Me estás tomando el pelo? ¡Solo intentaba facilitarte las cosas! ¿Tienes idea de lo desgraciado que he sido?

Fruncí el ceño.

—Parecías estar bien después de la ruptura.

—¡Lo hacía por ti! Tenía miedo de perderte si no fingía que me parecía bien que fuéramos solo amigos. ¿Podríamos haber estado juntos todo este tiempo? ¿Qué cojones estás diciendo, Paloma?

—Eh…

No pude discutir; tenía razón. Había hecho que los dos sufriéramos y no tenía excusa.

—Lo siento.

—¿Lo sientes? ¡Maldita sea! Casi me mato bebiendo,apenas podía salir de la cama, rompí mi teléfono en un millón de trozos en Nochevieja para evitar llamarte… ¿Y dices que lo sientes?

Me mordí el labio y asentí, avergonzada. No tenía ni idea de por todo lo que había pasado, y oírle decir esas palabras me provocó un dolor agudo en el pecho.

—Lo siento… Lo siento muchísimo.

—Te perdono —dijo él con una sonrisa—. No vuelvas a hacerlo nunca más.

—No lo haré. Lo prometo.

Se le marcó brevemente el hoyuelo y sacudió la cabeza.

—Maldita sea, te amo.