lunes, 28 de abril de 2014

CAPITULO 99



Una pequeña multitud se reunió alrededor de ellos mientras luchaban en el suelo. Pedro asestó un puñetazo tras otro en la cara de aquel hombre, mientras Valentin volvía a apretarme contra su pecho, aún jadeando. El hombre dejó de devolver los golpes, y Pedro lo dejó sangrando en el suelo.

Quienes se habían congregado a su alrededor, se dispersaron para dar más espacio a Pedro, al ver la rabia en sus ojos.

—¡Pedro! —gritó Valentin, señalando al otro lado del edificio.

Eduardo cojeaba en la sombra, usando el muro de ladrillos de Hellerton para sujetarse. Cuando oyó a Valentin gritar el nombre de Pedro, se volvió justo a tiempo para ver a su asaltante abalanzarse sobre él. Tras lanzar la botella de
cerveza que llevaba en las manos, Eduardo cruzó cojeando el césped en dirección a la calle tan rápido como sus piernas se lo permitían. Precisamente cuando llegó a su
coche, Pedro lo cogió y lo golpeó contra el vehículo.

Eduardo no dejaba de suplicar a Pedro, pero este lo agarró por el cuello de la camisa y estampó su cabeza en la puerta del coche. Las súplicas se acabaron con el sonoro golpe de su cráneo contra el parabrisas; inmediatamente, Pedro lo empujó delante del coche y rompió un faro con la cara de Eduardo.Pedro lo lanzó sobre el capó y aplastó su cara contra el metal mientras gritaba obscenidades.

—Mierda —dijo Valentin. Me volví y vi el resplandor azul y rojo de las luces de un coche de policía que se acercaba rápidamente. Montones de personas saltaron desde la plataforma, creando una cascada humana desde la salida de incendios, y ráfagas de estudiantes salieron corriendo en todas las direcciones.

—¡Pedro! —grité.

Pedro dejó el cuerpo inerte de Eduardo sobre el capó del coche y corrió hacia nosotros. Valentin me llevó hasta el aparcamiento y abrió a toda velocidad la puerta de su coche. Salté al asiento trasero y esperé angustiada a que ambos
entraran. Muchos coches salieron rápidamente de donde estaban aparcados en dirección a la carretera, pero se detuvieron chirriando cuando un segundo coche de policía bloqueó el camino.

Pedro y Valentin saltaron a sus asientos, y Valentin lanzó una maldición cuando vio que los coches atrapados volvían marcha atrás desde la única salida.

Arrancó el coche, y el Charger botó cuando saltó por encima de la cuneta. Pasó sobre el césped y salió volando entre dos edificios, hasta que volvió a rebotar cuando cogimos la calle que estaba detrás de la universidad.

Los neumáticos chirriaron y el motor rugió cuando Valentin pisó el acelerador. Me deslicé por el asiento hasta darme contra el interior de la carrocería del vehículo cuando giramos y me golpeé el codo que ya tenía magullado. Las
luces de la calle entraban por la ventanilla mientras corríamos hacia el apartamento, pero parecía que había pasado cerca de una hora cuando finalmente nos detuvimos en el aparcamiento.

Valentin aparcó el Charger y apagó el motor. Los chicos abrieron sus puertas en silencio, y Pedro pasó al asiento de atrás para cogerme en brazos.

—¿Qué ha ocurrido? Joder, Pepe, ¿qué te ha pasado en la cara? —dijo Rosario corriendo escaleras abajo.

—Te lo contaré dentro —dijo Valentin, guiándola hacia la puerta.

Conmigo en brazos, Pedro subió las escaleras, cruzó el salón y el pasillo sin decir una palabra, hasta que me dejó en su cama.Moro me daba pataditas en las piernas y saltaba sobre la cama para lamerme la cara.

—Ahora no, pequeño —dijo Pedro en voz baja, mientras se llevaba al cachorro al pasillo y cerraba la puerta.

Se arrodilló delante de mí y tocó los bordes deshilachados de mi manga. Su ojo estaba en la fase inicial de un hematoma, rojo e hinchado. La piel irritada de encima estaba rasgada y bañada en sangre. Tenía los labios manchados de escarlata y desgarros en la piel de algunos nudillos. La camiseta que antes había sido blanca estaba ahora manchada de una combinación de sangre, hierba y barro.

Le toqué el ojo y él hizo un gesto de dolor, apartándose de mi mano.

—Lo siento mucho, Paloma. Intenté llegar hasta ti. De verdad… —Se aclaró la garganta, asfixiado por la ira y la preocupación—. Pero no podía.

—¿Puedes pedirle a Rosario que me lleve de vuelta a Morgan? —dije.

—No puedes volver allí esta noche. El sitio está a rebosar de policías. Tú quédate aquí, yo dormiré en el sofá.

Ahogué una exhalación entrecortada, intentando no derramar más lágrimas.

Ya se sentía bastante mal.

Pedro se levantó y abrió la puerta.

—¿Adónde vas? —le pregunté.

—Tengo que darme una ducha. Vuelvo enseguida.

Rosario se cruzó con él cuando salió y se sentó a mi lado en la cama, acercándome a su pecho.

—¡Siento muchísimo no haber estado allí! —gritó ella.

—Estoy bien —dije mientras me secaba la cara manchada por las lágrimas.

Valentin llamó a la puerta y entró con un vaso lleno hasta la mitad de whisky.

—Toma —dijo, dándoselo a Rosario.

Ella me lo puso en las manos y me dio un ligero golpe con el codo.
Eché hacia atrás la cabeza y dejé que el líquido cayera por mi garganta.
Arrugué la cara conforme el whisky pasaba ardiendo hasta mi estómago.

—Gracias —dije, devolviéndole el vaso a Valentin.

—Tendría que haber llegado antes. Ni siquiera me di cuenta de que no estabas. Lo siento, Pau, debería…

—No es culpa tuya, Valen. No es culpa de nadie.

—Es culpa de Eduardo —dijo entre dientes—. Ese cabrón estaba metiéndole mano por todas partes contra la pared.

—¡Cariño! —dijo Rosario, conmocionada y acercándome a ella.

—Necesito otra copa —dije, empujando el vaso vacío hacia Valentin.

—Yo también —dijo este antes de volver a la cocina.

domingo, 27 de abril de 2014

CAPITULO 98



Todavía estaba conmocionada por la calidez de los labios de Pedro cuando Valentin me empujó junto a la pared al lado de Agustin. Recibí empujones y codazos, lo que me recordó a la primera noche que vi a Pedro pelear, pero la multitud estaba menos centrada, y algunos de los estudiantes de State empezaban a ponerse hostiles. Los de Eastern vitorearon y silbaron a Pedro cuando irrumpió en el
Círculo, mientras que los de State se dividían entre abuchear a Pedro y animar a Alberto.

Estaba en una posición privilegiada desde la que podía ver cómo Alberto destacaba sobre Pedro, moviéndose impaciente por que el megáfono sonara. Como siempre, Pedro sonreía ligeramente, sin dejar que la locura de su alrededor lo afectara. Cuando Agustin dio inició a la pelea,Pedro intencionadamente dejó que Alberto asestara el primer puñetazo. Me sorprendió que el golpe lanzara su cara con fuerza hacia un lado. Alberto había estado entrenando.

Pedro sonrió y vi que sus dientes se habían teñido de un rojo brillante; entonces se centró en devolver cada golpe que lanzaba Alberto.

—¿Por qué está dejando que le pegue tanto? —pregunté a Valentin.

—Me parece que ya no le está dejando —dijo Valentin, sacudiendo la cabeza—. No te preocupes, Pau. Se está preparando para apuntarse un tanto.

Después de diez minutos, Alberto estaba a punto de quedarse sin resuello, pero todavía conseguía asestar sólidos golpes a Pedro en los costados y en la mandíbula. 

Pedro cogió el zapato de Alberto cuando intentó pegarle una patada, y le sujetó la pierna con una mano, mientras le daba en la nariz antes de levantar más la pierna de Alberto, haciendo que perdiera el equilibrio. El público estalló cuando Alberto cayó al suelo, aunque no se quedó mucho tiempo allí. Se levantó, pero con dos líneas rojo oscuro que le salían de la nariz. De inmediato, pegó dos puñetazos
más a la cara de Pedro  y le provocó un corte en la ceja; empezó a salirle sangre, que le goteó por la mejilla.

Cerré los ojos y me di media vuelta, con la esperanza de que Pedro rematara la pelea pronto. El ligero movimiento de mi cuerpo me dejó atrapada en la corriente de espectadores y, antes de poder enderezarme, estaba a varios metros
de un preocupado Valentin. Mis esfuerzos por luchar contra la multitud resultaron ineficaces y, en muy poco tiempo, me estaban aplastando contra la pared de atrás.

La salida más cercana estaba al otro lado de la habitación, a la misma distancia que la puerta por la que había entrado. Me di en la espalda contra la pared de hormigón, lo que me dejó sin aliento.

—¡Valen! —grité, moviendo la mano por encima de mí para llamar su atención.

La lucha estaba en su clímax. Nadie podía oírme.

Un hombre perdió el pie y agarró mi camisa para enderezarse, tirándome la cerveza por toda mi parte delantera. Me quedé empapada desde el cuello hasta la
cintura, y apestaba al olor amargo de la cerveza barata. El hombre seguía sujetándome la camisa con su puño mientras intentaba levantarse del suelo, así que tuve que arrancarle los dedos de dos en dos hasta que me soltó. No se molestó en mirarme dos veces y se abrió camino hacia delante entre la muchedumbre.

—¡Oye! ¡Te conozco! —me gritó otro hombre al oído.

Me eché hacia atrás y lo reconocí de inmediato. Era Eduardo, el hombre al que Pedro había amenazado en el bar, el mismo que de algún modo se había librado de unos cargos de agresión sexual.

—Sí —dije, mientras buscaba un hueco entre el público y me colocaba bien la camisa.

—Bonita pulsera —dijo él, al tiempo que bajaba su mano por mi brazo y me cogía la muñeca.

—¡Oye! —lo avisé, apartando la mano.

Me frotó el brazo, balanceándose y sonriendo.

—La última vez que intenté hablar contigo nos interrumpieron de forma muy grosera.

Me puse de puntillas y vi a Pedro asestando dos golpes a Alberto en la cara.

Barrió el público que nos separaba con la mirada. Me estaba buscando en lugar de centrarse en la pelea. Tenía que volver a mi sitio antes de que se distrajera demasiado.

Apenas me había abierto paso entre el público cuando los dedos de Eduardo se clavaron en la parte trasera de mis vaqueros. Volví a darme contra la pared una vez más.

—No he acabado de hablar contigo —dijo Eduardo, pegando un repaso a mi camisa mojada con una actitud evidentemente lasciva.

Le quité la mano de la parte trasera de mis vaqueros, clavándole las uñas.

—¡Suéltame! —grité cuando se resistió.

Eduardo se rio y me empujó contra él.

—No quiero soltarte.

Busqué una cara familiar entre la multitud, intentando alejar a Eduardo al mismo tiempo. Sus brazos pesaban mucho y me agarraba con fuerza. Presa del pánico, ya no podía distinguir a los estudiantes de State de los de Eastern. 

Nadie pareció darse cuenta de mi rifirrafe con Eduardo, y había tanto ruido que nadie podía oírme protestar tampoco. Se inclinó hacia delante, alargando la mano para cogerme el trasero.

—Siempre pensé que tenías un culo de escándalo —dijo él, echándome a la cara el aliento que apestaba a cerveza.

—¡Apártate! —grité, dándole un empujón.

Miré a Valentin, y vi que Pedro por fin me había encontrado entre el público. Instantáneamente me empujó contra los cuerpos amontonados que lo rodeaban.

—¡Pedro! —dije, pero los aplausos ahogaban mis gritos. 

Empujé a Eduardo con una mano y alargué la otra hacia Pedro . Este apenas consiguió avanzar antes de que volvieran a empujarlo dentro del Círculo. Alberto aprovechó la distracción de Pedro y le clavó un codo en un lateral de la cabeza. La muchedumbre se acalló un poco cuando Pedro golpeó a alguien de entre el público en un nuevo intento de llegar hasta mí.

—¡Quítale las putas manos de encima! —gritó Pedro.

Las personas que se encontraban entre donde estaba yo y el lugar desde el que Pedro intentaba abrirse paso volvieron la cabeza en mi dirección. Eduardo hacía caso omiso e intentaba mantenerme el tiempo suficiente para besarme. 

Me acarició con la nariz el pómulo y luego bajó por mi cuello.

—Hueles realmente bien —masculló él.

Le aparté la cara, pero me cogió por la muñeca, sin inmutarse. Abriendo los ojos de par en par, busqué de nuevo a Pedro, que, a la desesperada, indicó a Valentin dónde estaba yo.

—¡Cógela! ¡Valen! ¡Coge a Pau! —dijo él, todavía intentando abrirse camino entre el público.

Alberto volvió a meterlo dentro del Círculo y le golpeó de nuevo.

—Estás jodidamente buena, ¿lo sabes? —dijo Pedro.

Cerré los ojos cuando sentí su boca en mi cuello. La ira se apoderó de mí y volví a empujarlo.

—¡He dicho que me dejes! —grité, clavándole la rodilla en la entrepierna.

Se dobló hacia delante, llevándose inmediatamente una mano a la fuente del dolor, mientras seguía agarrándome por la camisa con la otra, negándose a soltarme.

—¡Serás zorra! —gritó él.

Al minuto siguiente, me liberé.

Shepley miraba a Eduardo con ojos salvajes, mientras lo agarraba por el cuello de la camisa. Sujetó a Eduardo contra la pared, mientras le golpeaba con el puño una y otra vez en la cara. Solo se detuvo cuando Eduardo se puso a sangrar por la boca y la nariz.

Valentin tiró de mí hasta las escaleras, empujando a todo aquel que se interpusiera en su camino. Me ayudó a salir por una ventana abierta y por una salida de incendios, hasta que por fin me cogió cuando salté los pocos metros que
me separaban del suelo.

—¿Estás bien, Pau? ¿Te ha hecho daño? —me preguntó Valentin.

Una manga de la camisa me colgaba solo de unos cuantos hilos. Aparte de eso, había escapado sin un rasguño. Sacudí la cabeza, todavía conmocionada.

Valentin me puso las manos a ambos lados de la cara y me miró a los ojos.

—Pau, respóndeme. ¿Estás bien?

Asentí. Cuando la sangre absorbió la adrenalina, las lágrimas empezaron a fluir.

—Estoy bien.

Me abrazó, apretando la mejilla contra mi frente, y después se enderezó.

—¡Estamos aquí, Pepe!

Pedro corrió hacia nosotros a toda velocidad, y solo bajó el ritmo cuando me tuvo en sus brazos. Estaba cubierto de sangre, le chorreaba por el ojo y también tenía la boca salpicada de rojo.

—¡Santo cielo! ¿Está herida? —preguntó él.

Valentin seguía con su mano en mi espalda.

—Me ha dicho que está bien.

Pedro me apartó extendiendo el brazo y frunció el ceño.


—¿Estás herida, Paloma?

Justo cuando decía que no con la cabeza, vi a la primera persona del sótano que bajaba por la salida de incendios. Pedro me estrechó con fuerza entre sus brazos, revisando las caras de quienes salían en silencio. Un hombre bajito y rechoncho saltó de la escalera y se quedó helado cuando nos vio de pie en la acera.

—Tú —gruñó Pedro.

Me soltó y corrió por el césped hasta que tiró al hombre al suelo. Miré a Valentin, confusa y horrorizada.

—Ese es el tipo que no dejaba de empujar a Pedro dentro del Círculo —dijo Valentin.

CAPITULO 97


Aparcamos en una zona oscura del aparcamiento, y Pedro se negó a soltarme la mano hasta que nos colamos por la ventana del sótano del Hellerton Science Building. Lo habían construido el año anterior, así que no tenía un
ambiente enrarecido ni tanto polvo como los otros sótanos en los que nos habíamos colado.

En cuanto entramos en el vestíbulo, el rugido de la multitud llegó a nuestros oídos. Asomé la cabeza y vi un océano de caras, muchas de las cuales no me sonaban. Todo el mundo sujetaba una botella de cerveza en la mano, pero los
estudiantes de State College eran fáciles de distinguir entre la muchedumbre. Eran los que se bamboleaban con los ojos medio cerrados.

—Quédate cerca de Valentin, Paloma. Ahí fuera se va a montar una gorda —dijo él desde detrás de mí.

Observó a la muchedumbre y sacudió la cabeza por la enorme cantidad de asistentes. El sótano de Hellerton era el más espacioso del campus, así que a Agustin le gustaba programar peleas allí cuando esperaban una gran afluencia de público.

Incluso con ese espacio de más, había personas aplastadas contra las paredes y empujones por conseguir un buen sitio.
Agustin salió de una esquina y no intentó ocultar el descontento por mi presencia.

—Pensé que te había dicho que no trajeras a tu chica a las peleas nunca más,Pedro.

Pedro se encogió de hombros.

—Ya no es mi chica.

Aunque procuré que la expresión de mi rostro no cambiara, había pronunciado esas palabras con tanta naturalidad que sentí un pinchazo en el pecho.

Agustin bajó la mirada a nuestros dedos entrelazados y luego volvió a mirar a Pedro a la cara.

—Nunca voy a entender lo vuestro. —Sacudió la cabeza y después echó un vistazo a la multitud. Seguía llegando gente por las escaleras, aunque ya no cabía un alfiler entre los que ya estaban en la pista—. Tenemos un llenazo de locura esta noche, así que nada de cagadas hoy, ¿vale?

—Me aseguraré de que haya espectáculo, Agustin.

—Eso no es lo que me preocupa. Alberto ha estado entrenando.

—También yo.

—Chorradas —se rio Valentin.

Pedro se encogió de hombros.

—Tuve una pelea con Marcos el pasado fin de semana. Ese mierdecilla es rápido.

Me reí y Agustin me miró.

—Será mejor que te tomes esto en serio, Pedro —dijo él, mirándome a los ojos—. Hay mucho dinero en juego en esta pelea.

—Ah, ¿y yo no? —dijo Pedro , irritado por el sermón de Agustin.

Agustin se volvió, sujetando el megáfono delante de los labios, y se subió a una silla por encima de la muchedumbre de espectadores borrachos. Pedro me sujetó a su lado mientras Agustin daba la bienvenida a los asistentes y después repasó las reglas.

—Buena suerte —le dije, tocándole el pecho.

Solo había estado nerviosa en otro combate, en el que se había enfrentado en Las Vegas, pero no podía librarme del sentimiento siniestro que me había embargado desde que había puesto un pie en Hellerton. Algo fallaba, y Pedro también lo sentía.

Pedro me cogió por los hombros y me dio un beso en los labios. Se apartó rápidamente, asintiendo una vez.

—Esa es toda la suerte que necesito.

CAPITULO 96




Intentamos seguir con nuestra conversación, pero resultaba evidente que era forzada e incómoda. La camarera estuvo un buen rato en la mesa de Pedro pasándose los dedos por el pelo y cambiando el peso de su cuerpo de un pie a otro.

Finalmente, se acordó de tomarnos nota de lo que queríamos comer cuando Pedro respondió a su móvil.

—Tomaré los tortellini —dijo Adrian, mirándome.

—Y yo… —Alargué la última palabra, distraída porque Pedro  y Valentin se habían levantado.

Pedro siguió a Valentin a la puerta, pero vaciló, se detuvo y se dio media vuelta. Cuando vio que lo miraba, vino directamente hacia nuestra mesa. La camarera esbozó una sonrisa de esperanza, como si creyera que iba a despedirse.
Sus ilusiones se frustraron rápidamente cuando Pedro se puso a mi lado sin apenas parpadear en su dirección.

—Tengo una pelea dentro de cuarenta y cinco minutos, Paloma. Quiero que vengas.

—Pepe…

Su gesto era contenido, pero podía ver la tensión de alrededor de sus ojos.No estaba segura de si no quería dejar mi cena con Adrian al destino, o si realmente deseaba que fuera con él. En cualquier caso, había tomado mi decisión un segundo después de que me lo pidiera.

—Necesito que estés allí. Es la revancha con Alberto Hoffman, el chico de State. Habrá mucha gente y montones de dinero en juego… y Agustin dice que Alberto ha estado entrenándose.

—Ya has peleado antes con él, Pedro , sabes que es una victoria fácil.

—Pau —dijo Adrian con calma.

—Te necesito allí —insistió Pedro ; su confianza parecía tambalearse.

Miré a Adrian con una sonrisa de disculpa.

—Lo siento.

—¿Lo dices en serio? —dijo él, enarcando las cejas—. ¿Te vas en medio de la cena?

—Todavía puedes llamar a Omar, ¿verdad? —pregunté mientras me levantaba.

Las comisuras de la boca de Pedro se elevaron mínimamente mientras dejaba un billete de veinte en la mesa.

—Con esto debería bastar.

—No me importa el dinero…Pau…

Me encogí de hombros.

—Es mi mejor amigo, Adrian. Si me necesita allí, tengo que ir.

Sentí la mano de Pedro cerrarse en torno a la mía mientras me guiaba fuera del restaurante. Adrian me observaba con una mirada de estupefacción. Valentin ya estaba al teléfono en su Charger, avisando a todo el mundo. Pedro se sentó en la parte de atrás conmigo, sujetándome la mano con firmeza.

—Acabo de hablar con Agustin, Pepe. Me ha dicho que los chicos de State se han presentado borrachos y con los bolsillos llenos de dinero. Ya están cabreados,así que tal vez sea buena idea mantener a Pau lejos del follón.

Pedro asintió.

—Sí, no la pierdas de vista.

—¿Dónde está Rosario? —pregunté.

—Estudiando para su examen de Física.

—Es un buen laboratorio —dijo Pedro.

Solté una carcajada y eché una mirada a Pedro , que sonreía abiertamente.

—¿Cuándo has visto el laboratorio? No has hecho Física —dijo Valentin.

Pedro se rio y yo le di un pequeño codazo. Apretó los labios hasta que la necesidad de reír pasó y me guiñó un ojo, apretándome la mano una vez más, entrelazando los dedos con los míos, y oí que un pequeño suspiro se le escapaba de los labios. Sabía en qué pensaba, porque yo me sentía igual. Durante ese rato, fue como si nada hubiera cambiado.

sábado, 26 de abril de 2014

CAPITULO 95





Rosario no había vuelto a Morgan desde su reencuentro con Valentin.

Solía faltar al almuerzo, y sus llamadas cada vez eran más escasas. No les echaba en cara el tiempo que estaban recuperando por todo aquel que habían pasado separados. Honestamente, me alegraba de que Rosario estuviera demasiado ocupada para llamarme desde el apartamento de Valentin y Pedro. Resultaba incómodo oír a Pedro de fondo, y me daba un poco de celos que ella pasara tiempo con él y yo no.

Jeronimo y yo nos veíamos más, y egoístamente agradecía que estuviera tan solo como yo. Íbamos a clase, comíamos juntos, estudiábamos juntos e incluso Carla se acostumbró a tenerlo cerca.

Se me empezaban a adormecer los dedos por el aire helado al quedarme fuera de Morgan haciendo compañía a Jero mientras fumaba.

—¿Podrías considerar dejar de fumar antes de que me dé un ataque de hipotermia por quedarme aquí fuera dándote apoyo moral? —pregunté.

Jeronimo se rio.

—Te quiero, Pau. De verdad que sí, pero no, no voy a dejar de fumar.

—¿Pau?

Me di media vuelta y vi a Adrian caminando por la acera con las manos metidas en los bolsillos. Tenía secos sus gruesos labios bajo la nariz enrojecida, y me reí cuando se llevó un cigarrillo imaginario a la boca y soltó una bocanada de
vaho.

—Si lo hicieras así, te ahorrarías mucho dinero,Jeronimo —dijo con una sonrisa.

—¿Qué le ha dado a todo el mundo hoy para que deje de fumar?—preguntó él, molesto.

—¿Qué hay, Adrian? —pregunté.

Sacó dos entradas del bolsillo.

—Han estrenado esa nueva película vietnamita. El otro día oí que querías verla, así que se me ocurrió comprar un par de entradas para esta noche.

—No te preocupes por mí —dijo Jeronimo.

—Puedo ir con Omar si tienes planes —dijo Adrian encogiéndose de hombros.

—Entonces, ¿no es una cita? —pregunté.

—No, solo en plan de amigos.

—Y ya sabemos lo bien que te funciona eso —se burló Jero.

—Oh, ¡cállate! —dije riéndome—. Suena divertido, Adrian, gracias.

Se le iluminaron los ojos.

—¿Quieres que vayamos a comer una pizza o algo antes? La verdad es que no me gusta mucho la comida de los cines.

—Una pizza estará genial —asentí.

—Bueno, pues la película es a la nueve, así que… ¿te recojo a las seis y media más o menos? —Asentí de nuevo y me despedí de Adrian.

—Oh, Dios —dijo Jeronimo—. Eres masoquista, Pau. Sabes que a Pedro no le va a hacer ninguna gracia cuando se entere.

—Ya lo has oído. No es una cita. Y no puedo hacer planes basándome en lo que le parezca bien a Pedro. Él no me consultó nada antes de llevar a Aldana a su casa.

—Nunca vas a olvidarte de eso, ¿verdad?

—Probablemente, no.



Nos sentamos a una mesa con banco en el rincón y me froté las manos para intentar entrar en calor. No pude evitar darme cuenta de que estábamos en el mismo sitio en el que nos sentamos Pedro y yo cuando quedamos por primera vez, y sonreí al acordarme de ese día.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Adrian.

—Nada, me gusta este sitio. He pasado buenos momentos.

—Me he dado cuenta de que llevas la pulsera —dijo él, mirando los diamantes resplandecientes de mi muñeca.

—Ya te dije que me gustaba.

La camarera nos entregó la carta y tomó nota de las bebidas.Adrian me puso al día sobre su horario y me habló de los avances que había hecho en sus estudios para el examen de admisión en la Facultad de Medicina.

Cuando la camarera nos sirvió las cervezas,Adrian apenas se había dado un respiro. Parecía nervioso, y me pregunté si tenía la impresión de que estábamos en una cita, al margen de lo que me hubiera dicho.

Se aclaró la garganta.

—Lo siento. Creo que he monopolizado bastante la conversación. —Dio unos golpecitos a su botella y sacudió la cabeza—. Es que no había hablado contigo en tanto tiempo que suponía que tenía mucho que contar.

—Está bien. Ha pasado mucho tiempo.

Justo entonces, sonó la campanilla de la puerta. Me volví y vi a Pedro y a Valentin entrar en el local. Pedro tardó menos de un segundo en verme, pero no pareció sorprendido.

—Oh, cielos —murmuré.

—¿Qué pasa? —preguntó Adrian antes de darse la vuelta y ver que se sentaban a una mesa al otro lado del local.

—Hay un sitio de hamburguesas calle abajo al que podemos ir —dijo Adrian en voz baja.Antes estaba nervioso, pero en ese momento su inquietud había alcanzado un nivel totalmente nuevo.

—Creo que en este momento sería más raro que nos fuéramos —mascullé.

Puso cara de disgusto, derrotado.

—Probablemente tengas razón.