domingo, 20 de abril de 2014

CAPITULO 74





Pedro fulminó a Guillermo con la mirada mientras pasaba a su lado, y entonces vino hacia mí. Con las manos en los bolsillo, echó una ojeada a Guillermo, que nos miraba de soslayo.

—¿Quién era ese?

Asentí hacia donde estaba Guillermo.

—Es Guillermo Viveros. Lo conozco desde hace mucho.

—¿Cuánto?

Me volví para mirar hacia la mesa de veteranos.

Pedro, no tengo tiempo para esto.

—Supongo que descartó la idea de ser joven ministro —dijo Rosario, mirando con una sonrisa coqueta a Guillermo.

—¿Ese es tu exnovio? —preguntó Pedro, inmediatamente enfadado—. ¿No me habías dicho que era de Kansas?

Lancé a Rosario una mirada de impaciencia y, luego, cogí a Pedro por el mentón, insistiendo en que me dedicara toda su atención.

—Sabe que no tengo la edad suficiente para estar aquí, Pepe. Me ha dado hasta medianoche. Te lo explicaré todo después, pero ahora mismo tengo que volver a jugar, ¿vale?

Pedro se le movieron las mandíbulas bajo la piel, pero cerró los ojos y respiró hondo.

—Está bien, nos vemos a medianoche. —Se inclinó para besarme, pero sus labios estaban fríos y distantes—. Buena suerte.

Sonreí mientras se mezclaba entre la multitud y, entonces, dirigí toda mi atención a los jugadores.

—¿Caballeros?

—Siéntate, Shirley Temple —dijo Ismael—. Vamos a recuperar nuestro dinero. No nos gusta que nos estafen.

—Les deseo lo peor —sonreí.

—Tienes diez minutos —susurró Rosario.

—Lo sé —dije.

Intenté olvidarme del tiempo y de los golpecitos nerviosos que daba Rosario con la rodillas por debajo de la mesa. El bote estaba en dieciséis mil dólares, el más alto de la noche, y me lo jugaba a todo o nada.

—Nunca he visto a nadie como tú, chica. Has hecho prácticamente una partida perfecta. Y no tiene ningún tic, Arturo. ¿Te has dado cuenta? —dijo Paco.

Arturo asintió, su alegre despreocupación se había evaporado poco a poco con cada mano.

—Me he fijado. Ni se rasca, ni sonríe, ni siquiera hay cambio alguno en su mirada. No es natural. Todo el mundo tiene algo que lo delata.

—No, todo el mundo no —dijo Rosario, petulante.

Sentí unas manos familiares sobre los hombros. Sabía que era Pedro, pero no me atreví a volverme, no con tres mil dólares sobre la mesa.

—Voy —dijo Ismael.

La muchedumbre que se había reunido a nuestro alrededor aplaudió cuando enseñé mis cartas. Ismael era el único que podía acercarse a mí con un trío.

Nada que mi escalera de color no pudiera batir.

—¡Increíble! —dijo Paco, lanzando sus dobles parejas sobre la mesa.

—Me retiro —gruñó Jose, antes de levantarse y largarse furioso de la mesa.

Ismael estaba un poco más alegre.

—Después de esta noche, me puedo morir tranquilo. Me he enfrentado a un contrincante de verdadera altura. Ha sido un placer, Pau.

Me quedé helada.

—¿Lo sabía?

Ismael sonrió. Los años de fumar puros y beber café habían manchado sus enormes dientes.

—Ya había jugado contigo antes. Hace seis años. He deseado la revancha durante mucho tiempo.

Ismael me tendió la mano.

—Cuídate, niña. Dile a tu padre que Isamel Pescelli le envía saludos.

Rosario me ayudó a recoger mis ganancias, y me volví hacia Pedromientras miraba mi reloj.

—Necesito más tiempo.

—¿Quieres probar en las mesas de black jack?

—No puedo perder dinero, Pepe.

Sonrió.

—No puedes perder, Paloma.

Rosario negó con la cabeza.

—El black jack no es su juego.

Pedro asintió.

—He ganado un poco de dinero. Seiscientos. Puedes quedártelos.

Valentin me entregó sus fichas.

—Yo solo he conseguido trescientos.

Suspiré.

—Gracias chicos, pero todavía me faltan cinco de los grandes.

Miré de nuevo mi reloj y, cuando levanté la mirada, vi que Guillermo se acercaba.

—¿Qué tal te ha ido? —preguntó con una sonrisa.

—Me faltan cinco mil, Guille. Necesito más tiempo.

—He hecho todo lo que he podido, Pau.

Asentí. Sabía que ya le había pedido demasiado.

—Gracias por dejar que me quedara.

—Quizá podría conseguir que mi padre hablara con Benny en tu nombre.

—Es el lío de Ruben. Le voy a pedir una prórroga.

Guillermo negó con la cabeza.

—Sabes que eso no va a pasar, Cookie, da igual cuánto le lleves. Si no cubre la deuda, Benny enviará a alguien. Quédate tan lejos de él como puedas.

Sentí que me ardían los ojos.

—Tengo que intentarlo.

Guillermo dio un paso hacia delante y se agachó para hablar en voz baja.

—Súbete a un avión, Pau. ¿Me oyes?

—Sí, te oigo. —Le solté.

Guillermo suspiró, y sus ojos se llenaron de compasión. Me rodeó con los brazos y me besó en el pelo.

—Lo siento. Si no me jugara el trabajo, sabes que intentaría pensar en algo.

Asentí, al tiempo que me apartaba de él.

—Lo sé. Has hecho lo que has podido.

Me levantó la barbilla con el dedo.

—Nos vemos mañana a las cinco.

Se agachó para besarme en la comisura del labio y se alejó sin decir otra palabra. Miré a Rosario, que observaba a Pedro. No me atreví a mirarlo a los ojos; no podía ni imaginarme la expresión de enfado de su rostro.

—¿Qué pasa a las cinco? —dijo Pedro, con la voz quebrada por la ira contenida.

—Ha aceptado cenar con Guillermo si él la dejaba quedarse. No tenía más opción, Pepe —dijo Rosario.

Por el tono cauto de la voz de Rosario, sabía que el enfado de Pedro era monumental.

CAPITULO 73



Asentí y esperé con fingida excitación a que repartieran la primera mano.

Perdí las dos primeras a propósito, pero en la cuarta, ya iba ganando. Aquellos veteranos de Las Vegas no tardaron mucho en sospechar de mí, tal y como había hecho Pablo.

—¿Has dicho que jugabas por Internet? —preguntó Paco.

—Y con mi padre.

—¿Eres de aquí? —preguntó Ismael

—De Wichita —dije.

—Esta no es ninguna jugadora online. Eso os lo aseguro —masculló Emilio.

Una hora después me había quedado con doscientos setenta dólares de mis oponentes, y empezaban a sudar.

—No voy —dijo Ismael, tirando sus cartas con el ceño fruncido.

—Si no lo veo, no lo creo —oí detrás de mí.

Rosario y yo nos volvimos a la vez y mis labios se extendieron en una amplia sonrisa.

—Guillermo —Sacudí la cabeza—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Estás esquilmando mi local, Cookie. ¿Qué haces tú aquí?

Puse los ojos en blanco y me volví hacia mis suspicaces nuevos amigos.

—Sabes que odio ese apodo, Guille.

—Discúlpennos —dijo Guillermo, tirándome del brazo para ponerme en pie.

Rosario me miró con recelo mientras me alejaba unos metros.

El padre de Guillermo dirigía el casino, y era más que sorprendente que hubiera decidido unirse al negocio familiar. Solíamos perseguirnos por los pasillos del hotel escaleras arriba, y siempre le ganaba cuando hacíamos carreras de ascensores. Había crecido desde la última vez que lo había visto. Lo recordaba como un adolescente desgarbado; el hombre que tenía delante de mí era un
supervisor de mesas de casino impecablemente vestido, en absoluto desgarbado y ciertamente hecho todo un hombre. 

Seguía teniendo la piel sedosa y morena y los ojos verdes que recordaba, pero el resto era una agradable sorpresa.

Los iris esmeralda de sus ojos relucían con las luces brillantes.

—Esto es surrealista. Me pareció que eras tú cuando pasé por aquí, aunque no podía convencerme de que hubieras vuelto, pero, cuando vi a una preciosa jovencita limpiando una mesa de veteranos, supe que eras tú.

—Sí, soy yo —dije—. Estás diferente.

—Tú también. ¿Cómo está tu padre?

—Retirado.

Sonrió.

—¿Hasta cuándo te quedas?

—Solo hasta el domingo. Tengo que volver a la universidad.

—Hola, Guille —dijo Rosario, cogiéndome del brazo.

—Rosario —respondió riéndose—. Debería habérmelo imaginado. Sois inseparables. —Si sus padres se hubieran enterado alguna vez de que la traía aquí, habríamos dejado de serlo hace mucho.

—Me alegro de verte, Pau. ¿Por qué no me dejas invitarte a cenar? —dijo él, dando un repaso a mi vestido.

—Me encantaría ponerme al día, pero no estoy aquí por diversión, Guillermo.

Me tendió la mano y sonrió.

—Tampoco yo. Dame tu identificación.

Me puse seria al darme cuenta de que tendría que pelear. Guillermo no cedería a mis zalamerías tan fácilmente. Supe que tenía que decirle la verdad.

—Estoy aquí por Ruben. Se ha metido en problemas.

Guillermo se movió nervioso.

—¿Qué tipo de problemas?

—Los de siempre.

—Me gustaría poder ayudar. Nos conocemos desde hace mucho, y sabes que respeto a tu padre, pero también sabes que no puedo dejar que te quedes.

Lo cogí por el brazo y se lo apreté.

—Debe dinero a Benny.

Guillermo cerró los ojos y meneó la cabeza.

—Cielo santo.

—Tengo hasta mañana. Te estoy pidiendo un favor enorme, Guillermo. Dame tiempo hasta entonces.

Me tocó la mejilla con la palma de su mano.

—Podemos hacer una cosa…, si cenas conmigo mañana, te daré hasta medianoche.

Miré a Rosario y después a Guillermo.

—He venido con alguien.

Él se encogió de hombros.

—Lo tomas o lo dejas, Pau. Sabes cómo funcionan las cosas aquí. Nadie da nada por nada.

Suspiré, derrotada.

—Está bien. Nos vemos mañana por la noche en Ferraro’s si me dejas quedarme hasta medianoche.
Se agachó y me besó en la mejilla.

—Me alegro de volver a verte. Hasta mañana… a las cinco en punto, ¿vale? Entro en el casino a las ocho.

Sonreí mientras se alejaba, pero rápidamente mi gesto cambió cuando vi a Pedro mirándome desde la mesa de la ruleta.

—Mierda —dijo Rosario, cogiéndome del brazo.

sábado, 19 de abril de 2014

CAPITULO 72



Pedro dejó en el suelo nuestras maletas y miró a su alrededor.

—Está bien, ¿no? —Lo fulminé con la mirada y enarcó una ceja—. ¿Qué?

La cremallera de mi maleta chirrió mientras tiraba de ella y sacudía la cabeza. Las diferentes estrategias y la falta de tiempo ocupaban mi mente por completo.

—Esto no son unas vacaciones. No deberías estar aquí, Pedro.

Al momento siguiente, estaba detrás de mí, abrazándome por la cintura.

—Yo voy a donde tú vayas.

Apoyé la cabeza contra su pecho y suspiré.

—Tengo que bajar al casino. Puedes quedarte aquí o ir a dar una vuelta por el Strip. Nos vemos después, ¿vale?

—Voy contigo.

—No quiero que vengas, Pepe. —En su cara vi que había herido sus sentimientos y le toqué el brazo—. Para ganar catorce mil dólares en un fin de semana, tengo que concentrarme; además, no me gusta quién soy en esas mesas, y no quiero que lo veas, ¿lo entiendes?

Me apartó el pelo de los ojos y me besó en la mejilla.

—Está bien, Paloma.

Pedro se despidió de Rosario al salir de la habitación, y ella se acercó a mí con el mismo vestido que llevaba en la fiesta de citas. Yo me cambié y me puse un modelito corto dorado y unos zapatos de tacón. Cuando me miré en el espejo no
pude evitar torcer el gesto. Rosario me recogió el pelo y después me entregó un tubo negro.

—Necesitas unas cinco capas más de máscara, y te tirarán el carné a la cara si no te pones colorete en abundancia. ¿Te has olvidado de cómo se juega a esto?

Le quité la máscara de pestañas de la mano y dediqué otros diez minutos más a mi maquillaje. Cuando acabé, mis ojos empezaron a desteñirse.

—Maldita sea, Pau, no llores —dije, levantando la mirada y secándome la parte inferior de los ojos con un papel.

—No tienes que hacer esto. No le debes nada.

Rosario me puso las manos sobre los hombros mientras me miraba en el espejo una última vez.

—Debe dinero a Benny, Ro. Si no lo hago, lo matarán.

Su expresión era de piedad. La había visto mirándome así muchas veces antes, pero en esa ocasión estaba desesperada. Le había visto arruinarme la vida más veces de las que ninguna de las dos podíamos contar.

—¿Y qué pasará la próxima vez? ¿Y la vez siguiente a esa? No puedes seguir haciendo esto.

—Aceptó mantenerse lejos de mí. Ruben Chaves puede ser muchas cosas, pero no falta a su palabra.

Salimos al pasillo y entramos en el ascensor vacío.

—¿Tienes todo lo que necesitas? —pregunté, sin olvidarme de las cámaras.

Rosario golpeó su carné de conducir falso con las uñas y sonrió.

—Me llamo Candy. Candy Crawford —dijo ella en su impecable acento sureño.

Le tendí la mano.

—Jesica James. Encantada de conocerte, Candy.

Después de ponernos las gafas de sol, adoptamos una actitud fría cuando el ascensor se abrió, revelando las luces de neón y el bullicio del casino. Había gente por todas partes, moviéndose en todas las direcciones. Las Vegas era un infierno celestial, el único sitio en el que se pueden encontrar bailarinas con llamativas plumas y elaborado maquillaje, prostitutas con insuficiente aunque aceptable
atractivo, hombres de negocios con trajes lujosos y familias enteras en el mismo edificio.

Recorrimos pavoneándonos un pasillo delimitado por cuerdas rojas y le entregamos nuestras identificaciones a un hombre con una chaqueta roja. Se quedó mirándome un momento y me bajé las gafas.

—Sería genial poder entrar en algún momento a lo largo de hoy —dije,hastiada.

Nos devolvió nuestras identificaciones y se apartó a un lado para dejarnos entrar. Pasamos junto a varias filas de tragaperras, las mesas de black jack, y entonces nos detuvimos junto a la ruleta. Escruté el local examinando las diferentes mesas de póquer, hasta que me fijé en la que jugaban los hombres de más edad.

—Esa —dije, señalándola con la cabeza.

—Empieza agresiva, Pau. Ni se darán cuenta de qué ha pasado.

—No. Son perros viejos de Las Vegas. Tengo que jugar con cautela esta vez.

Caminé hasta la mesa, con mi sonrisa más encantadora.
Los locales podían oler a un estafador a kilómetros, pero tenía dos cosas a favor que tapaban el aroma a cualquier engaño: juventud… y un par de tetas.

—Buenas tardes, caballeros. ¿Les importa si me uno a ustedes?

No levantaron la mirada.

—Claro, muñequita. Coge un asiento y ponte guapa. Pero no hables.

—Quiero jugar —dije, dándole a Rosario mis gafas de sol—. No hay suficiente acción en las mesas de black jack.

Uno de los hombres con un puro en la boca dijo:

—Esta es una mesa de póquer, princesa. Tradicional. Prueba suerte en las tragaperras.

Me senté en el único sitio vacío y crucé las piernas con gran ostentación.

—Siempre he querido jugar al póquer en Las Vegas. Y tengo todas estas fichas… —dije, al tiempo que dejaba mi pila de fichas en la mesa—, y soy muy buena por Internet.
Los cinco hombres miraron mis fichas y luego a mí.

—Hay una apuesta mínima, encanto —dijo el crupier.

—¿De cuánto?

—Quinientos, tesoro. Mira…, no quiero hacerte llorar. Hazte un favor y elige una reluciente tragaperras.

Empujé mis fichas hacia delante, encogiéndome de hombros tal y como haría una chica inocente y confiada antes de darse cuenta de que acaba de perder todo su dinero para la universidad. Los hombres se miraron entre sí. 

El crupier se encogió de hombros y barajó.

—Soy Ismael—dijo uno de los hombres, tendiéndome la mano. Cuando se la estreché, señaló a los demás—.Emilio, Paco, Juan y ese es Arturo.

CAPITULO 71




Me precipité furiosa hacia el hombre y le quité la foto de las manos.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí?

La multitud se dispersó y entró en la casa; Valentin y Rosario me flanqueaban y Pedro me agarró por los hombros desde atrás.

Ruben dio un repaso a mi vestido y chasqueó la lengua en señal de desaprobación.

—Vaya, vaya, Cookie. Veo que no consigues dejar atrás el espíritu de Las Vegas…

—Cállate, cállate, Ruben. Date media vuelta. —Señalé detrás de él—. Y vuelve al agujero del que hayas salido. No te quiero aquí.

—No puedo, Cookie. Necesito tu ayuda.

—Menuda novedad —dijo Rosario, mordaz.

Ruben miró mal a Rosario y después se volvió hacia mí.

—Estás tremendamente guapa. Has crecido mucho. No te habría reconocido por la calle.

Lancé un suspiro, hastiada de la charla trivial.
—¿Qué quieres?

Levantó las manos y se encogió de hombros.

—Me parece que me he metido en un berenjenal, niña. Papi necesita algo de dinero.

Cerré los ojos.

—¿Cuánto?

—De verdad que me iba bien, en serio. Pero tuve que pedir prestado algo para seguir adelante y… ya sabes.

—Sí, ya, ya —le solté—. ¿Cuánto necesitas?

—Veinticinco billetes.

—Joder, Ruben, ¿Veinticinco billetes de cien? Si te piras de aquí, te los daré ahora mismo —dijo Pedro, mientras sacaba su cartera.

—Habla de billetes de mil —dije fulminando a mi padre con la mirada.

Ruben escudriñó a Pedro.

—¿Quién es este payaso?

Pedro levantó la mirada de su cartera y sentí su peso sobre la espalda.

—Ya veo por qué un tipo listo como tú se ha visto reducido a pedir pasta a su hija adolescente.

Antes de que Ruben pudiera hablar, saqué mi móvil.

—¿A quién debes dinero esta vez, Ruben?

Ruben se rascó su pelo grasiento y gris.

—Verás, es una historia graciosa, Cookie…

—¿A quién? —grité.

—A Benny.

Se me desencajó la mandíbula y di un paso atrás, para acercarme a Pedro.

—¿A Benny? ¿Le debes dinero a Benny? En qué demonios estabas pensan…

—Respiré hondo; aquello no tenía sentido—. No tengo tanto dinero, Ruben.

Sonrió.

—Algo me dice que sí.

—¡Que no! ¡Te aseguro que no lo tengo! Esta vez sí que la has cagado, ¿no te das cuenta? ¡Sabía que no pararías hasta que consiguieras que te mataran!

Se movió nervioso; el desdén había desaparecido de su cara.

—¿Cuánto tienes?

Apreté los dientes.

—Once mil. Estaba ahorrando para un coche.

Rosario me lanzó una mirada de sorpresa.

—¿De dónde has sacado once mil dólares, Pau?

—De las peleas de Pedro —dije, taladrando a Ruben con la mirada.

Pedro me hizo dar media vuelta para mirarme a los ojos.

—¿Has ganado once de los grandes con mis peleas? ¿Cuándo apostabas?

—Agustin y yo teníamos un acuerdo —dije, ignorando la sorpresa de Pedro.

La mirada de Pedro se animó de repente.

—Puedes doblar esa cantidad en un fin de semana, Cookie. Podrías conseguirme los veinticinco para el domingo, y así Benny no enviará a sus matones a buscarme.

Sentí que la garganta se me quedaba seca.

—Me dejarás sin un centavo, Ruben. Tengo que pagar la universidad.

—Oh, puedes recuperarlo en cualquier momento —dijo él, haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia.

—¿Cuándo es la fecha tope? —pregunté.

—El lunes, por la mañana. A medianoche, más bien —dijo, sin remordimiento alguno.

—No tienes por qué darle ni un puñetero centavo, Paloma —dijo Pedroapretándome el brazo.

Ruben me cogió de la muñeca.

—¡Es lo menos que puedes hacer! ¡No estaría en este lío si no fuera por tu culpa!

Rosario le apartó la mano y lo empujó.

—¡No te atrevas a empezar con esa mierda otra vez, Ruben! ¡Ella no ha sido quien le ha pedido dinero prestado a Benny!

Ruben me miró con odio en los ojos.

—Si no fuera por ella, tendría mi propio dinero. Me lo quitaste todo, Pau. ¡Y ahora no tengo nada!

Pensé que pasar tiempo alejada de Ruben disminuiría el dolor que conllevaba ser su hija, pero las lágrimas que fluían de mis ojos decían lo contrario.

—Te conseguiré el dinero de Benny para el domingo. Pero, cuando lo haga,quiero que me dejes en paz para siempre. No volveré a hacer esto por ti,Ruben. De ahora en adelante, estarás solo, ¿me oyes? Aléjate de mí.

Apretó los labios y asintió.

—Como tú quieras, Cookie.
Me di media vuelta y me dirigí hacia el coche, mientras oía que Rosario decía detrás de mí.

—Haced las maletas, chicos. Nos vamos a Las Vegas.

CAPITULO 70




Pedro me agarró por los hombros y me dio la vuelta para que lo mirara de frente.

—Este no será el discursito de «quiero que veamos a otra gente», ¿no? Porque no estoy dispuesto a compartirte. ¡Joder! De ninguna manera.

—No quiero a nadie más —dije, exasperada.

Se relajó y me soltó los hombros, apoyándose en la verja.

—Entonces, ¿qué quieres decir? —me preguntó él, mirando al horizonte.

—Solo digo que necesito ir más despacio. Nada más.

Él asintió, claramente disgustado. Le toqué el brazo.

—No te enfades.

—Parece que damos un paso hacia delante y dos hacia atrás, Paloma. Cada vez que creo que estamos en la misma sintonía, levantas un muro entre nosotros.
No lo pillo…, la mayoría de las chicas acosan a sus novios para que vayan en serio, para que hablen de sus sentimientos, para que den el siguiente paso…

—Pensaba que ya habíamos dejado claro que no soy como la mayoría de las chicas.

Dejó caer la cabeza, frustrado.

—Estoy cansado de conjeturas. ¿Adónde crees que va esto, Pau?

Apreté los labios contra su camisa.

—Cuando pienso en mi futuro, te veo a ti en él.

Pedro se relajó y me acercó a él. Nos quedamos observando las nubes nocturnas moverse por el cielo. Las luces de la universidad salpicaban el bloque oscuro, y los asistentes a la fiesta se sujetaban los gruesos abrigos y se apresuraban
a refugiarse en la calidez del edificio de la hermandad.

En los ojos de Pedro descubrí la misma paz que solo había visto un puñado de veces, y me impresionó pensar que, igual que las otras noches, su expresión de satisfacción era resultado directo de mi consuelo.

Sabía por experiencia propia qué era la inseguridad, la de aquellos que soportaban un golpe de mala suerte tras otro, de hombres que se asustaban de su propia sombra. Era fácil temer el lado oscuro de Las Vegas, el lado que las luces de neón y los brillos no parecían tocar jamás. Sin embargo, a Pedro Alfonso no le asustaba pelear, defender a alguien que le importara o mirar a los ojos humillados
y enfadados de una mujer despechada. Podía entrar en una habitación y sostener la mirada de alguien el doble de grande que él, puesto que creía que nadie lo tocaría, que era capaz de vencer cualquier cosa que intentara hacerlo caer.

No le asustaba nada. Hasta que me conoció a mí.

Yo era la única parte misteriosa de su vida, era su comodín, la variable que no podía controlar. Aparte de los instantes de paz que le había proporcionado,cualquier otro momento de cualquier otro día, la agitación que sentía sin mí era diez veces peor en mi presencia. Cada vez le costaba más controlar la ira que se apoderaba de él. Ser la excepción ya no era algo misterioso o especial. Me había convertido en su debilidad. Igual que había pasado con mi padre.

—¡Pau! ¡Aquí estás! ¡Te he estado buscando por todas partes! —dijo Rosario, cruzando a toda prisa la puerta. Llevaba el móvil en la mano.

—Acabo de hablar por teléfono con mi padre. Ruben los llamó ayer por la noche.

—¿Pedro? —El gesto de mi cara se torció por el disgusto—. ¿Y por qué narices los ha llamado? —Rosario levantó las cejas como si debiera conocer la respuesta.

—Tu madre no dejaba de colgarle el teléfono.

—¿Qué quería? —dije, sintiéndome mareada.
Apretó los labios.

—Saber dónde estabas.

—No se les habrá ocurrido decírselo, ¿no?
La cara de Rosario fue todo un poema.

—Es tu padre,Pau. Papá pensó que tenía derecho a saberlo.

—Se presentará aquí —dije, sintiendo que me ardían los ojos—. ¡Va a presentarse aquí,Ro!

—¡Lo sé! ¡Lo siento! —dijo ella, intentando abrazarme.

Me aparté de ella y me tapé la cara con las manos.
Un par de familiares manos fuertes y protectoras descansaban sobre mis hombros.

—No te hará daño, Paloma —dijo Pedro—. No le dejaré.

—Encontrará una manera de hacerlo —dijo Rosario, mirándome apesadumbrada—. Siempre lo hace.

—Tengo que largarme de aquí.

Me eché el abrigo por encima y tiré de los picaportes de las puertas de la terraza. Estaba demasiado disgustada como para detenerme y bajar los picaportes mientras empujaba las puertas al mismo tiempo. Cuando unas lágrimas de
frustración resbalaron por mis mejillas congeladas, la mano de Pedro cubrió la mía. Hizo fuerza hacia abajo y me ayudó a empujar los picaportes, y después, con la otra mano, abrió las puertas. Lo miré, consciente de la ridícula escenita que
estaba montando, esperando ver una mirada de confusión o desaprobación en su cara, pero solo me miró con comprensión.

Pedro me abrazó y juntos atravesamos la casa, bajamos las escaleras y nos abrimos paso entre la multitud hasta la puerta principal. Los tres luchaban por seguirme el paso mientras yo iba directamente hacia el Charger.

Rosario extendió la mano y me agarró del abrigo, forzándome a pararme en seco.

—¡Pau! —susurró, mientras señalaba a un pequeño grupo de personas.

Se arremolinaban alrededor de un hombre mayor y despeinado que señalaba frenéticamente hacia la casa, con una foto en la mano. Las parejas asentían y hablaban sobre la foto entre ellas.