TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
sábado, 19 de abril de 2014
CAPITULO 72
Pedro dejó en el suelo nuestras maletas y miró a su alrededor.
—Está bien, ¿no? —Lo fulminé con la mirada y enarcó una ceja—. ¿Qué?
La cremallera de mi maleta chirrió mientras tiraba de ella y sacudía la cabeza. Las diferentes estrategias y la falta de tiempo ocupaban mi mente por completo.
—Esto no son unas vacaciones. No deberías estar aquí, Pedro.
Al momento siguiente, estaba detrás de mí, abrazándome por la cintura.
—Yo voy a donde tú vayas.
Apoyé la cabeza contra su pecho y suspiré.
—Tengo que bajar al casino. Puedes quedarte aquí o ir a dar una vuelta por el Strip. Nos vemos después, ¿vale?
—Voy contigo.
—No quiero que vengas, Pepe. —En su cara vi que había herido sus sentimientos y le toqué el brazo—. Para ganar catorce mil dólares en un fin de semana, tengo que concentrarme; además, no me gusta quién soy en esas mesas, y no quiero que lo veas, ¿lo entiendes?
Me apartó el pelo de los ojos y me besó en la mejilla.
—Está bien, Paloma.
Pedro se despidió de Rosario al salir de la habitación, y ella se acercó a mí con el mismo vestido que llevaba en la fiesta de citas. Yo me cambié y me puse un modelito corto dorado y unos zapatos de tacón. Cuando me miré en el espejo no
pude evitar torcer el gesto. Rosario me recogió el pelo y después me entregó un tubo negro.
—Necesitas unas cinco capas más de máscara, y te tirarán el carné a la cara si no te pones colorete en abundancia. ¿Te has olvidado de cómo se juega a esto?
Le quité la máscara de pestañas de la mano y dediqué otros diez minutos más a mi maquillaje. Cuando acabé, mis ojos empezaron a desteñirse.
—Maldita sea, Pau, no llores —dije, levantando la mirada y secándome la parte inferior de los ojos con un papel.
—No tienes que hacer esto. No le debes nada.
Rosario me puso las manos sobre los hombros mientras me miraba en el espejo una última vez.
—Debe dinero a Benny, Ro. Si no lo hago, lo matarán.
Su expresión era de piedad. La había visto mirándome así muchas veces antes, pero en esa ocasión estaba desesperada. Le había visto arruinarme la vida más veces de las que ninguna de las dos podíamos contar.
—¿Y qué pasará la próxima vez? ¿Y la vez siguiente a esa? No puedes seguir haciendo esto.
—Aceptó mantenerse lejos de mí. Ruben Chaves puede ser muchas cosas, pero no falta a su palabra.
Salimos al pasillo y entramos en el ascensor vacío.
—¿Tienes todo lo que necesitas? —pregunté, sin olvidarme de las cámaras.
Rosario golpeó su carné de conducir falso con las uñas y sonrió.
—Me llamo Candy. Candy Crawford —dijo ella en su impecable acento sureño.
Le tendí la mano.
—Jesica James. Encantada de conocerte, Candy.
Después de ponernos las gafas de sol, adoptamos una actitud fría cuando el ascensor se abrió, revelando las luces de neón y el bullicio del casino. Había gente por todas partes, moviéndose en todas las direcciones. Las Vegas era un infierno celestial, el único sitio en el que se pueden encontrar bailarinas con llamativas plumas y elaborado maquillaje, prostitutas con insuficiente aunque aceptable
atractivo, hombres de negocios con trajes lujosos y familias enteras en el mismo edificio.
Recorrimos pavoneándonos un pasillo delimitado por cuerdas rojas y le entregamos nuestras identificaciones a un hombre con una chaqueta roja. Se quedó mirándome un momento y me bajé las gafas.
—Sería genial poder entrar en algún momento a lo largo de hoy —dije,hastiada.
Nos devolvió nuestras identificaciones y se apartó a un lado para dejarnos entrar. Pasamos junto a varias filas de tragaperras, las mesas de black jack, y entonces nos detuvimos junto a la ruleta. Escruté el local examinando las diferentes mesas de póquer, hasta que me fijé en la que jugaban los hombres de más edad.
—Esa —dije, señalándola con la cabeza.
—Empieza agresiva, Pau. Ni se darán cuenta de qué ha pasado.
—No. Son perros viejos de Las Vegas. Tengo que jugar con cautela esta vez.
Caminé hasta la mesa, con mi sonrisa más encantadora.
Los locales podían oler a un estafador a kilómetros, pero tenía dos cosas a favor que tapaban el aroma a cualquier engaño: juventud… y un par de tetas.
—Buenas tardes, caballeros. ¿Les importa si me uno a ustedes?
No levantaron la mirada.
—Claro, muñequita. Coge un asiento y ponte guapa. Pero no hables.
—Quiero jugar —dije, dándole a Rosario mis gafas de sol—. No hay suficiente acción en las mesas de black jack.
Uno de los hombres con un puro en la boca dijo:
—Esta es una mesa de póquer, princesa. Tradicional. Prueba suerte en las tragaperras.
Me senté en el único sitio vacío y crucé las piernas con gran ostentación.
—Siempre he querido jugar al póquer en Las Vegas. Y tengo todas estas fichas… —dije, al tiempo que dejaba mi pila de fichas en la mesa—, y soy muy buena por Internet.
Los cinco hombres miraron mis fichas y luego a mí.
—Hay una apuesta mínima, encanto —dijo el crupier.
—¿De cuánto?
—Quinientos, tesoro. Mira…, no quiero hacerte llorar. Hazte un favor y elige una reluciente tragaperras.
Empujé mis fichas hacia delante, encogiéndome de hombros tal y como haría una chica inocente y confiada antes de darse cuenta de que acaba de perder todo su dinero para la universidad. Los hombres se miraron entre sí.
El crupier se encogió de hombros y barajó.
—Soy Ismael—dijo uno de los hombres, tendiéndome la mano. Cuando se la estreché, señaló a los demás—.Emilio, Paco, Juan y ese es Arturo.
CAPITULO 71
Me precipité furiosa hacia el hombre y le quité la foto de las manos.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí?
La multitud se dispersó y entró en la casa; Valentin y Rosario me flanqueaban y Pedro me agarró por los hombros desde atrás.
Ruben dio un repaso a mi vestido y chasqueó la lengua en señal de desaprobación.
—Vaya, vaya, Cookie. Veo que no consigues dejar atrás el espíritu de Las Vegas…
—Cállate, cállate, Ruben. Date media vuelta. —Señalé detrás de él—. Y vuelve al agujero del que hayas salido. No te quiero aquí.
—No puedo, Cookie. Necesito tu ayuda.
—Menuda novedad —dijo Rosario, mordaz.
Ruben miró mal a Rosario y después se volvió hacia mí.
—Estás tremendamente guapa. Has crecido mucho. No te habría reconocido por la calle.
Lancé un suspiro, hastiada de la charla trivial.
—¿Qué quieres?
Levantó las manos y se encogió de hombros.
—Me parece que me he metido en un berenjenal, niña. Papi necesita algo de dinero.
Cerré los ojos.
—¿Cuánto?
—De verdad que me iba bien, en serio. Pero tuve que pedir prestado algo para seguir adelante y… ya sabes.
—Sí, ya, ya —le solté—. ¿Cuánto necesitas?
—Veinticinco billetes.
—Joder, Ruben, ¿Veinticinco billetes de cien? Si te piras de aquí, te los daré ahora mismo —dijo Pedro, mientras sacaba su cartera.
—Habla de billetes de mil —dije fulminando a mi padre con la mirada.
Ruben escudriñó a Pedro.
—¿Quién es este payaso?
Pedro levantó la mirada de su cartera y sentí su peso sobre la espalda.
—Ya veo por qué un tipo listo como tú se ha visto reducido a pedir pasta a su hija adolescente.
Antes de que Ruben pudiera hablar, saqué mi móvil.
—¿A quién debes dinero esta vez, Ruben?
Ruben se rascó su pelo grasiento y gris.
—Verás, es una historia graciosa, Cookie…
—¿A quién? —grité.
—A Benny.
Se me desencajó la mandíbula y di un paso atrás, para acercarme a Pedro.
—¿A Benny? ¿Le debes dinero a Benny? En qué demonios estabas pensan…
—Respiré hondo; aquello no tenía sentido—. No tengo tanto dinero, Ruben.
Sonrió.
—Algo me dice que sí.
—¡Que no! ¡Te aseguro que no lo tengo! Esta vez sí que la has cagado, ¿no te das cuenta? ¡Sabía que no pararías hasta que consiguieras que te mataran!
Se movió nervioso; el desdén había desaparecido de su cara.
—¿Cuánto tienes?
Apreté los dientes.
—Once mil. Estaba ahorrando para un coche.
Rosario me lanzó una mirada de sorpresa.
—¿De dónde has sacado once mil dólares, Pau?
—De las peleas de Pedro —dije, taladrando a Ruben con la mirada.
Pedro me hizo dar media vuelta para mirarme a los ojos.
—¿Has ganado once de los grandes con mis peleas? ¿Cuándo apostabas?
—Agustin y yo teníamos un acuerdo —dije, ignorando la sorpresa de Pedro.
La mirada de Pedro se animó de repente.
—Puedes doblar esa cantidad en un fin de semana, Cookie. Podrías conseguirme los veinticinco para el domingo, y así Benny no enviará a sus matones a buscarme.
Sentí que la garganta se me quedaba seca.
—Me dejarás sin un centavo, Ruben. Tengo que pagar la universidad.
—Oh, puedes recuperarlo en cualquier momento —dijo él, haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia.
—¿Cuándo es la fecha tope? —pregunté.
—El lunes, por la mañana. A medianoche, más bien —dijo, sin remordimiento alguno.
—No tienes por qué darle ni un puñetero centavo, Paloma —dijo Pedro, apretándome el brazo.
Ruben me cogió de la muñeca.
—¡Es lo menos que puedes hacer! ¡No estaría en este lío si no fuera por tu culpa!
Rosario le apartó la mano y lo empujó.
—¡No te atrevas a empezar con esa mierda otra vez, Ruben! ¡Ella no ha sido quien le ha pedido dinero prestado a Benny!
Ruben me miró con odio en los ojos.
—Si no fuera por ella, tendría mi propio dinero. Me lo quitaste todo, Pau. ¡Y ahora no tengo nada!
Pensé que pasar tiempo alejada de Ruben disminuiría el dolor que conllevaba ser su hija, pero las lágrimas que fluían de mis ojos decían lo contrario.
—Te conseguiré el dinero de Benny para el domingo. Pero, cuando lo haga,quiero que me dejes en paz para siempre. No volveré a hacer esto por ti,Ruben. De ahora en adelante, estarás solo, ¿me oyes? Aléjate de mí.
Apretó los labios y asintió.
—Como tú quieras, Cookie.
Me di media vuelta y me dirigí hacia el coche, mientras oía que Rosario decía detrás de mí.
—Haced las maletas, chicos. Nos vamos a Las Vegas.
CAPITULO 70
Pedro me agarró por los hombros y me dio la vuelta para que lo mirara de frente.
—Este no será el discursito de «quiero que veamos a otra gente», ¿no? Porque no estoy dispuesto a compartirte. ¡Joder! De ninguna manera.
—No quiero a nadie más —dije, exasperada.
Se relajó y me soltó los hombros, apoyándose en la verja.
—Entonces, ¿qué quieres decir? —me preguntó él, mirando al horizonte.
—Solo digo que necesito ir más despacio. Nada más.
Él asintió, claramente disgustado. Le toqué el brazo.
—No te enfades.
—Parece que damos un paso hacia delante y dos hacia atrás, Paloma. Cada vez que creo que estamos en la misma sintonía, levantas un muro entre nosotros.
No lo pillo…, la mayoría de las chicas acosan a sus novios para que vayan en serio, para que hablen de sus sentimientos, para que den el siguiente paso…
—Pensaba que ya habíamos dejado claro que no soy como la mayoría de las chicas.
Dejó caer la cabeza, frustrado.
—Estoy cansado de conjeturas. ¿Adónde crees que va esto, Pau?
Apreté los labios contra su camisa.
—Cuando pienso en mi futuro, te veo a ti en él.
Pedro se relajó y me acercó a él. Nos quedamos observando las nubes nocturnas moverse por el cielo. Las luces de la universidad salpicaban el bloque oscuro, y los asistentes a la fiesta se sujetaban los gruesos abrigos y se apresuraban
a refugiarse en la calidez del edificio de la hermandad.
En los ojos de Pedro descubrí la misma paz que solo había visto un puñado de veces, y me impresionó pensar que, igual que las otras noches, su expresión de satisfacción era resultado directo de mi consuelo.
Sabía por experiencia propia qué era la inseguridad, la de aquellos que soportaban un golpe de mala suerte tras otro, de hombres que se asustaban de su propia sombra. Era fácil temer el lado oscuro de Las Vegas, el lado que las luces de neón y los brillos no parecían tocar jamás. Sin embargo, a Pedro Alfonso no le asustaba pelear, defender a alguien que le importara o mirar a los ojos humillados
y enfadados de una mujer despechada. Podía entrar en una habitación y sostener la mirada de alguien el doble de grande que él, puesto que creía que nadie lo tocaría, que era capaz de vencer cualquier cosa que intentara hacerlo caer.
No le asustaba nada. Hasta que me conoció a mí.
Yo era la única parte misteriosa de su vida, era su comodín, la variable que no podía controlar. Aparte de los instantes de paz que le había proporcionado,cualquier otro momento de cualquier otro día, la agitación que sentía sin mí era diez veces peor en mi presencia. Cada vez le costaba más controlar la ira que se apoderaba de él. Ser la excepción ya no era algo misterioso o especial. Me había convertido en su debilidad. Igual que había pasado con mi padre.
—¡Pau! ¡Aquí estás! ¡Te he estado buscando por todas partes! —dijo Rosario, cruzando a toda prisa la puerta. Llevaba el móvil en la mano.
—Acabo de hablar por teléfono con mi padre. Ruben los llamó ayer por la noche.
—¿Pedro? —El gesto de mi cara se torció por el disgusto—. ¿Y por qué narices los ha llamado? —Rosario levantó las cejas como si debiera conocer la respuesta.
—Tu madre no dejaba de colgarle el teléfono.
—¿Qué quería? —dije, sintiéndome mareada.
Apretó los labios.
—Saber dónde estabas.
—No se les habrá ocurrido decírselo, ¿no?
La cara de Rosario fue todo un poema.
—Es tu padre,Pau. Papá pensó que tenía derecho a saberlo.
—Se presentará aquí —dije, sintiendo que me ardían los ojos—. ¡Va a presentarse aquí,Ro!
—¡Lo sé! ¡Lo siento! —dijo ella, intentando abrazarme.
Me aparté de ella y me tapé la cara con las manos.
Un par de familiares manos fuertes y protectoras descansaban sobre mis hombros.
—No te hará daño, Paloma —dijo Pedro—. No le dejaré.
—Encontrará una manera de hacerlo —dijo Rosario, mirándome apesadumbrada—. Siempre lo hace.
—Tengo que largarme de aquí.
Me eché el abrigo por encima y tiré de los picaportes de las puertas de la terraza. Estaba demasiado disgustada como para detenerme y bajar los picaportes mientras empujaba las puertas al mismo tiempo. Cuando unas lágrimas de
frustración resbalaron por mis mejillas congeladas, la mano de Pedro cubrió la mía. Hizo fuerza hacia abajo y me ayudó a empujar los picaportes, y después, con la otra mano, abrió las puertas. Lo miré, consciente de la ridícula escenita que
estaba montando, esperando ver una mirada de confusión o desaprobación en su cara, pero solo me miró con comprensión.
Pedro me abrazó y juntos atravesamos la casa, bajamos las escaleras y nos abrimos paso entre la multitud hasta la puerta principal. Los tres luchaban por seguirme el paso mientras yo iba directamente hacia el Charger.
Rosario extendió la mano y me agarró del abrigo, forzándome a pararme en seco.
—¡Pau! —susurró, mientras señalaba a un pequeño grupo de personas.
Se arremolinaban alrededor de un hombre mayor y despeinado que señalaba frenéticamente hacia la casa, con una foto en la mano. Las parejas asentían y hablaban sobre la foto entre ellas.
viernes, 18 de abril de 2014
CAPITULO 69
Alargué los brazos para tomar su cara entre mis manos y él me rodeó con sus brazos, levantándome del suelo. Apreté los labios contra los suyos, y él me besó con la emoción de todo lo que acababa de decir. En ese preciso momento me
di cuenta de por qué se había hecho ese tatuaje, por qué me había elegido y por qué yo era diferente. No era solo yo,no era solo él: la excepción era lo que formábamos juntos.
Un ritmo más rápido hizo vibrar los altavoces, y Pedro me dejó en el suelo.
—¿Todavía quieres bailar?
Rosario y Valentin aparecieron a nuestro lado y enarqué una ceja.
—Si crees que puedes seguirme el ritmo.
Pedro sonrió burlón.
—Ponme a prueba.
Moví mis caderas contra las suyas y subí la mano por su camisa, hasta desabrocharle dos botones, Pedro se rio y sacudió la cabeza, y yo me di media vuelta, moviéndome contra él siguiendo el ritmo. Me cogió por las caderas,mientras yo echaba la mano hacia atrás y lo agarraba por el trasero. Me incliné hacia delante y él me clavó los dedos en la piel. Cuando me enderecé, me tocó la
oreja con los labios.
—Sigue así y nos iremos pronto.
Me di media vuelta y sonreí, echándole los brazos alrededor del cuello. Se apretó contra mí y yo le saqué la camisa y deslicé mis manos por su espalda, apretando los dedos contra sus músculos sin grasa, y después sonreí ante el ruido que hizo cuando probé su cuello.
—Cielo santo, Paloma, me estás matando —dijo él, agarrándome el dobladillo de la falda, subiéndola lo justo para rozarme los muslos con las yemas de los dedos.
—Me parece que ya sabemos en qué consiste su atractivo —dijo Lorena en tono despectivo desde detrás de nosotros.
Rosario se giró y se abalanzó furiosa hacia Lorena con ganas de pelea.
Valentin la cogió justo a tiempo.
—¡Repite eso! —dijo Rosario—. ¡Atrévete a decírmelo a la cara, zorra!
Lorena se protegió detrás de su novio, conmocionada por la amenaza de Rosario.
—¡Será mejor que le pongas un bozal a tu cita, Alberto—le avisó Pedro.
Dos canciones después, noté el pelo en la nuca pesado y húmedo. Pedro me besó justo debajo de la oreja.
—Vamos, Paloma. Necesito un cigarrillo.
Me condujo escaleras arriba y cogió mi abrigo antes de guiarme hasta el segundo piso. Salió a la terraza y nos encontramos con Adrian y su cita. Era más alta que yo, y tenía el pelo corto y oscuro, recogido con una sola horquilla. Me fijé inmediatamente en sus tacones de aguja, porque rodeaba la cadera de Adrian con la pierna. Ella estaba de pie con la espalda pegada contra la pared de ladrillos; cuando Adrian se dio cuenta de que nos íbamos, sacó la mano de debajo de la falda de su acompañante.
—Paula —dijo él, sorprendido y sin aliento.
—¿Qué hay, Adrian? —dije, ahogando la risa.
—¿Qué tal te van las cosas?
Sonreí educadamente.
—Muy bien, ¿y a ti?
—Eh… —Miró a su cita—Pau, esta es Andrea. Andrea…, Pau.
—¿Pau, Pau? —preguntó ella.
Adrian asintió rápidamente y algo incómodo.
Andrea me estrechó la mano con cara de asco, y entonces miró a Pedro como si acabara de toparse con su enemigo.
—Encantada de conocerte…, supongo.
—Andrea —la avisó Adrian.
Pedro soltó una carcajada y entonces les sujetó las puertas para que pasaran. Adrian cogió a Andrea de la mano y se retiró al interior de la casa.
—Ha sido… raro —dije, sacudiendo la cabeza mientras doblaba los brazos y me apoyaba contra la verja.
Hacía frío, y solo había un par de parejas fuera. Pedro era todo sonrisas. Ni siquiera Adrian podía arruinarle su buen humor.
—Al menos ha seguido adelante y ha dejado de hacer todo lo posible por recuperarte.
—No creo que intentara tanto recuperarme como alejarme de ti.
Pedro arrugó la nariz.
—Llevó a una chica a su casa por mí una vez. Ahora actúa como si siempre tuviera que entrar en escena para salvar a todas las estudiantes novatas que me he ligado.
Le lancé una mirada irónica por el rabillo del ojo.
—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que odio esa palabra?
—Lo siento —dijo, acercándome a él.
Se encendió un cigarrillo y dio una profunda calada. El humo que soltó era más espeso de lo habitual al mezclarse con el aire del invierno. Volvió la mano y observó durante un buen rato su muñeca.
—¿Te parece muy raro que este tatuaje no solo se haya convertido en mi favorito, sino que además me haga sentir cómodo saber que está ahí?
—Pues sí, es bastante raro.
Pedro enarcó una ceja y me reí.
—Solo bromeo. No acabo de entenderlo, pero es dulce… ,muy al estilo Pedro Alfonso.
—Si es tan genial llevar esto en el brazo, ni me imagino cómo será ponerte un anillo en el dedo.
—Pedro…
—Dentro de cuatro o cinco años —continuó.
—Uf… Tenemos que ir más despacio.
—No empieces con eso, Paloma.
—Si seguimos a este ritmo, acabaré de ama de casa y embarazada antes de graduarme. No estoy lista para mudarme contigo, no estoy lista para un anillo y,desde luego, no estoy lista para formar una familia.
CAPITULO 68
Me acurruqué junto a Pedro para entrar en calor mientras íbamos del coche a la casa de Sigma Tau. El ambiente estaba cargado de humo, y hacía calor. La música atronaba en el sótano, y Pedro movió la cabeza siguiendo el ritmo.
Todo el mundo pareció darse la vuelta a la vez. No estaba segura de si nos miraban porque Pedro estaba en una fiesta de citas, porque llevaba pantalones de vestir o por mi
vestido, pero todos nos miraban.
Rosario se acercó y me susurró al oído:
—Estoy tan contenta de que estés aquí, Pau… Me siento como si acabara de entrar en una película de Molly Ringwald.
—Me alegra ser de ayuda —mascullé.
Pedro y Valentin se llevaron nuestros abrigos y después nos condujeron hasta la cocina. Valentin cogió cuatro cervezas del frigorífico, le dio una a Rosario y otra a mí. Nos quedamos en la cocina, escuchando a los compañeros de
hermandad de Pedro discutir sobre su última pelea. Las chicas que los acompañaban resultaron ser las mismas rubias tetonas que siguieron a Pedro a la cafetería la primera vez que hablamos.
Lorena era fácil de reconocer. No podía olvidar la mirada que puso cuando Pedro la echó de su regazo por insultar a Rosario. Me observaba con curiosidad y parecía estudiar cada palabra que decía. Sé que estaba intrigada por saber qué me hacía aparentemente irresistible para Pedro, y me descubrí a mí misma esforzándome por demostrárselo. No solté a Pedro ni un momento, añadía ocurrencias inteligentes en los momentos precisos de la conversación y bromeaba con él sobre sus nuevos tatuajes.
—Tío, ¿llevas el nombre de tu chica en la muñeca? ¿Qué demonios se te pasó por la cabeza para hacer eso? —dijo Alberto.
Pedro giró la mano con orgullo para enseñarle mi nombre.
—Estoy loco por ella —dijo él, mirándome con ternura.
—Pero si apenas la conoces —soltó Lorena. No apartó sus ojos de los míos.
—La conozco. —Frunció el entrecejo—. Pensaba que el tatuaje te había asustado. ¿Ahora fardas de él?
Me acerqué para besarle en la mejilla y me encogí de hombros.
—Conforme pasa el tiempo, me gusta más.
Valentin y Rosario se abrieron paso hacia las escaleras que llevaban al sótano y los seguimos, cogidos de la mano. Habían pegado los muebles a las paredes para hacer sitio a una improvisada pista de baile. Justo cuando bajábamos
las escaleras, empezó a sonar una canción lenta.
Pedro no dudó en llevarme hasta el centro; se pegó a mí y me llevó la mano a su pecho.
—Estoy contento de no haber venido a una de estas cosas antes. Es genial haberte traído solo a ti.
Sonreí y apreté la mejilla contra su pecho. Puso la mano sobre la parte inferior de mi espalda, cálida y suave contra mi piel desnuda.
—Este vestido hace que todo el mundo te mire —dijo él. Levanté la mirada,esperando ver una expresión tensa, pero estaba sonriendo—. Supongo que es bastante guay… estar con la chica a la que todo el mundo desea.
Puse los ojos en blanco.
—No me desean. Sienten curiosidad por saber por qué me deseas tú. Y, en cualquier caso, me da pena quien piense que tiene una oportunidad. Estoy irremediable y completamente enamorada de ti.
Una mirada de angustia oscureció su rostro.
—¿Sabes por qué te quiero? No sabía que estaba perdido hasta que me encontraste. No sabía lo solo que me encontraba hasta la primera noche que pasé sin ti en mi casa. Eres lo único que he hecho bien. Eres todo lo que he estado esperando, Paloma.
CAPITULO 67
El viernes después de clase, Rosario y yo pasamos la tarde en el centro,arreglándonos y mimándonos. Nos hicieron la manicura y la pedicura, nos depilaron con cera el vello que sobraba, nos bronceamos y nos hicimos mechas.
Cuando volvimos al apartamento, todas las superficies estaban cubiertas de ramos de rosas. Rojas, rosas, amarillas y blancas: parecía una floristería.
—¡Oh, Dios mío! —gritó Rosario cuando entró por la puerta.
Valentin miró a su alrededor, orgulloso.
—Fuimos a compraros flores, pero los dos pensamos que un solo ramo no era suficiente.
Abracé a Pedro.
—Chicos sois…, sois increíbles. Gracias.
Me dio una palmadita en la trasero.
—Treinta minutos para irnos a la fiesta, Paloma.
Los chicos se vistieron en la habitación de Pedro, mientras nosotras nos metíamos en nuestros vestidos en la de Valentin. Justo cuando me ponía mis zapatos de tacón plateados, llamaron a la puerta.
—Hora de irse, señoritas —dijo Valentin.
Rosario salió, y Valentin silbó.
—¿Dónde está? —preguntó Pedro.
—Pau está teniendo algunos problemillas con su zapato. Saldrá en un segundo —explicó Rosario.
—¡El suspenso me está matando, Paloma! —gritó Pedro.
Salí de la habitación, colocándome bien el vestido, mientras Pedro estaba de pie delante de mí, con la cara pálida.
Rosario le dio un codazo y él parpadeó.
—¡Joder!
—¿Estás listo para alucinar? —preguntó Rosario.
—No estoy alucinando. Está genial —dijo Pedro.
Sonreí y lentamente me di media vuelta para enseñarle el pronunciado escote de la espalda del vestido.
—Vale, ahora sí estoy alucinando —dijo acercándome y haciéndome girar.
—¿No te gusta? —pregunté.
—Necesitas una chaqueta.
Corrió al perchero y a toda prisa me echó el abrigo por encima de los hombros.
—No puede llevar eso toda la noche, Pepe —dijo Rosario riéndose.
—Estás preciosa, Pau —dijo Valentin como disculpa por el
comportamiento de Pedro. La expresión de Pedro al hablar era de aflicción.
—Desde luego. Estás increíble…, pero no puedes ir así vestida. La falda es…guau… y tus piernas… La falda es demasiado corta y falta la mitad del vestido. ¡Ni siquiera tiene espalda!
No pude contener una sonrisa.
—Está hecho así, Pedro.
—Vosotros dos vivís para torturaros el uno al otro, ¿no? —dijo Valentin con el ceño fruncido.
—¿No tienes otro vestido? —preguntó Pedro.
Bajé la mirada.
—Lo cierto es que es bastante normal por delante. Solo por detrás deja más piel a la vista.
—Paloma —pronunció las siguientes palabras con un gesto de dolor—, no quiero que te enfades, pero no puedo llevarte a la casa de mi hermandad vestida así. Me meteré en una pelea a los cinco minutos.
Me puse de puntillas y lo besé en los labios.
—Tengo fe en ti.
—Esta noche va a ser un desastre —gruñó él.
—No, va a ser genial —dijo Rosario, ofendida.
—Piensa en lo fácil que será quitarlo después —dije, besándolo en el cuello.
—Ese es el problema. Eso mismo pensarán todos los demás chicos.
—Pero tú eres el único que conseguirá comprobarlo. —No respondió y me eché hacia atrás para evaluar la expresión de su cara—. ¿De verdad quieres que me cambie?
Pedro escudriñó mi cara, mi vestido, mis piernas y después soltó una exhalación.
—Da igual lo que te pongas. Estás preciosa. Creo que debería empezar a acostumbrarme ya, ¿no? —Me encogí de hombros y él sacudió la cabeza—. Vale,ya se nos ha hecho tarde. Vámonos.
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