TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
miércoles, 16 de abril de 2014
CAPITULO 62
—Señor Alfonso, ¿cree que podría reprimirse un poco hasta después de la
clase? —dijo el profesor Chaney como reacción a las risitas que me provocaban los
besos de Pedro en el cuello.
Me aclaré la garganta, mientras notaba que se me ruborizaban las mejillas
de la vergüenza.
—No estoy seguro, doctor Chaney. ¿Ha visto usted bien a mi chica? —dijo
Pedro, señalándome.
Las risas resonaron por toda la sala y noté que me ardía la cara. El profesor
Chaney me miró con una expresión entre divertida e incómoda, y después sacudió
la cabeza en dirección a Pedro.
—Haga lo que pueda —dijo Chaney.
La clase volvió a reírse, y yo me hundí en el asiento. Pedro apoyó el brazo
en el respaldo de mi silla y la clase continuó. Una vez hubo acabado, Pedro me
acompañó a mi siguiente clase.
—Lo siento si te he hecho sentir incómoda. No puedo evitarlo.
—Pues inténtalo.
Adrian se acercó y, cuando le devolví el saludo con una sonrisa educada, se
le iluminaron los ojos.
—Hola, Pau. Te veo dentro.
Entró en el aula y Pedro le lanzó una mirada asesina durante unos pocos
tensos minutos.
—Oye —le tiré de la mano hasta que me miró—, pasa de él.
—Ha estado contando a los chicos de la Casa que sigues llamándolo.
—Eso no es verdad —le dije, sin alterarme.
—Lo sé, pero ellos no. Va diciendo que está esperando que llegue su
oportunidad. Que tú solo estás aguardando el momento más adecuado para
dejarme y que lo llamas para contarle lo desgraciada que eres. Está empezando a
cabrearme.
—Sí que tiene imaginación. —Miré a Adrian y, cuando él se volvió hacia mí,
lo fulminé con la mirada.
—¿Te enfadarías si te avergonzara una vez más?
Me encogí de hombros y Pedro se apresuró a acompañarme dentro del aula.
Se detuvo junto a mi mesa y dejó mi bolso en el suelo. Echó una mirada a Adrian y
después me atrajo hacia él. Me puso una mano en la nuca y la otra en el trasero;
entonces me dio un beso profundo y decidido. Movió sus labios contra los míos del
modo que solía reservar para su dormitorio, y no pude evitar cogerlo por la
camiseta con ambos puños.
Los murmullos y risitas se hicieron más fuertes cuando quedó claro que
Pedro no iba a soltarme inmediatamente.
—¡Creo que acaba de dejarla embarazada! —gritó alguien del fondo,
riéndose.
Me aparté con los ojos cerrados, intentando recuperar la compostura.
Cuando miré a Pedro, él me estaba mirando con la misma contención forzada.
—Solo intentaba dejar claras las cosas —susurró él.
—Pues creo que lo has conseguido —asentí.
Pedro sonrió, me besó en la mejilla y después miró a Adrian, que echaba
humo en su asiento.
—Nos vemos en la comida —me dijo con un guiño.
CAPITULO 61
La charla profunda y exaltada de la familia de Pedro se fue desvaneciendo
conforme cruzamos la puerta y llegamos a su moto. Me recogí el pelo en un moño
y me subí la cremallera de la chaqueta, esperando a que él hablara. Se subió a la
moto sin decir una palabra y me senté a horcajadas en el asiento tras él.
Estaba segura de que pensaba que no había sido honesta con él, y
probablemente le avergonzaba haberse enterado de una parte tan importante de
mi vida al mismo tiempo que su familia. Creía que me esperaba una pelea enorme
cuando volviéramos a su apartamento, así que preparé una docena de disculpas
distintas mentalmente antes de llegar a la puerta principal. Me llevó de la mano
por el pasillo y después me ayudó a quitarme la chaqueta.
Tiré del moño que llevaba en lo alto de la cabeza, y el pelo me cayó en
gruesas ondas sobre los hombros.
—Sé que estás enfadado —dije, incapaz de mirarlo a los ojos—. Siento no
habértelo dicho, pero es algo de lo que no me gusta hablar.
—¿Enfadado contigo? —dijo él—. Estoy tan excitado que no puedo pensar
con claridad. Acabas de robar a los gilipollas de mis hermanos su dinero sin
pestañear, has alcanzado la categoría de leyenda con mi padre y sé a ciencia cierta
que perdiste a propósito la apuesta que hicimos antes de mi pelea.
—Yo no diría eso…
Levantó el mentón.
—¿Creías que ganarías?
—Bueno…, no, la verdad es que no —dije, mientras me quitaba los tacones.
Pedro sonrió.
—Así que querías estar aquí conmigo. Creo que acabo de enamorarme de ti
otra vez.
—¿Cómo es posible que no estés enfadado? —le pregunté, mientras
guardaba los zapatos en el armario.
Suspiró y asintió.
—Es un asunto bastante importante, Paloma. Deberías habérmelo contado.
Pero comprendo por qué no lo hiciste. Viniste aquí escapando de todo eso. Pero
ahora es como si el cielo se hubiera despejado…, todo cobra sentido.
—Es un alivio.
—El Trece de la Suerte —dijo él, sacudiendo la cabeza y quitándome la
camiseta por la cabeza.
—No me llames así, Pedro. No es algo positivo.
—¡Joder! ¡Eres famosa, Paloma! —dijo él, sorprendido por mis palabras.
Me desabrochó los pantalones y me los bajó hasta los tobillos, ayudándome
a salir de ellos.
—Mi padre me odió después de eso. Todavía me culpa de sus problemas.
Pedro se libró de su camiseta y me abrazó contra él.
—Todavía no me creo que la hija de Ruben Chaves esté de pie delante de
mí. Llevo contigo todo este tiempo y no tenía ni idea.
Me aparté de él.
—¡No soy la hija de Ruben Chaves, Pedro! Eso es lo que dejé atrás. Soy
Pau. ¡Solo Pau! —dije, caminando hacia el armario.
Saqué una camiseta de una percha y me la puse.
Él suspiró.
—Lo siento. Soy un poco mitómano.
—¡Sigo siendo solo yo! —Me llevé la palma de la mano al pecho,
desesperada por que me comprendiera.
—Sí, pero…
—Pero nada. La forma en la que me miras ahora es precisamente el motivo
por el que no te había contado nada. —Cerré los ojos—. No quiero vivir así nunca
más, Pepe. Ni siquiera contigo.
—¡Eh! Cálmate, Paloma. No saquemos las cosas de quicio. —Su mirada se
centró y se acercó a abrazarme—. No me importa qué eres o qué no eres. Te quiero
sin más.
—Entonces tenemos eso en común.
Me llevó hasta la cama sonriéndome.
—Somos tú y yo contra el mundo, Paloma.
Me acurruqué a su lado. Nunca había planeado que alguien aparte de mí y
de Rosario se enterara de lo de Ruben, y nunca había esperado que mi novio
perteneciera a una familia de chiflados por el póquer. Solté un profundo suspiro y
apreté la mejilla contra su pecho.
—¿Qué ocurre? —me preguntó.
—No quiero que nadie más lo sepa, Pepe. Ni siquiera quería que tú lo
supieras.
—Te quiero,Pau. No volveré a mencionarlo, ¿vale? Tu secreto está a salvo
conmigo —dijo, antes de darme un beso en la frente.
CAPITULO 60
Apreté los labios y me encogí de hombros, mostrando mi sonrisa más
inocente. Pedro echó la cabeza hacia atrás, estallando en carcajadas. Intentaba
hablar, pero no podía, y entonces golpeó la mesa con el puño.
—¡Tu novia nos ha desplumado! —dijo Manuel, señalándome.
—¡Joder, no puede ser! —aulló Marcos, mientras se levantaba.
—Buen plan, Pedro. Traer a una jugadora consumada a la noche de póquer
—dijo Horacio, guiñándome el ojo.
—¡No lo sabía! —exclamó él, negando con la cabeza.
—¡Gilipolleces! —dijo Pablo, sin quitarme los ojos de encima.
—¡Que no, de verdad! —insistió entre carcajadas.
—Odio decirlo, hermano, pero creo que acabo de enamorarme de tu chica
—confesó Nahuel.
—¡Oye, ándate con cuidadito! —amenazó Pedro, cuya sonrisa se convirtió
rápidamente en una mueca de disgusto.
—Se acabó. Estaba siendo bueno contigo, Pau, pero pienso recuperar mi
dinero, ahora mismo —avisó Marcos.
Pedro se retiró en las últimas manos, limitándose a observar cómo sus
hermanos ponían todo su empeño en recuperar su dinero. Mano tras mano, me fui
quedando con todas sus fichas y, mano tras mano, Pablo me observaba con más
atención. Cada vez que dejaba mis cartas sobre la mesa, Pedro y Horacio se reían,
Manuel lanzaba un juramento, Nahuel proclamaba su amor inmortal por mí y a Marcos
le daba una tremenda rabieta.
Cambié mis fichas y les di a cada uno sus cien dólares una vez que nos
acomodamos en el salón. Horacio se negó, pero los hermanos los aceptaron con
gratitud. Pedro me cogió de la mano y caminamos hacia la puerta.
Me di cuenta de que estaba disgustado, así que le estreché la mano.
—¿Qué pasa?
—¡Acabas de soltar cuatrocientos pavos, Paloma! —dijo Pedro con el ceño
fruncido.
—Si fuera la noche del póquer en Sig Tau, me los habría quedado, pero no
puedo robar a tus hermanos la primera vez que los veo.
—¡Ellos se habrían quedado con tu dinero! —dijo él.
—Y no me habría quitado el sueño ni por un segundo tampoco —añadió
Manuel.
Pablo me miraba fijamente en silencio desde la esquina de la habitación.
—¿Por qué no le quitas los ojos de encima a mi chica, Pablito?
—¿Cómo has dicho que te apellidabas? —preguntó Pablo.
Me moví con nerviosismo. Pensé frenéticamente en alguna manera
ingeniosa o sarcástica de salirme por la tangente, pero en lugar de eso me mordí
las uñas nerviosa, maldiciéndome en silencio. Debería haber sido más lista y no
haber ganado todas esas manos. Pablo lo sabía. Lo veía en sus ojos.
Al reparar en mi inquietud, Pedro se volvió hacia su hermano y me pasó el
brazo por la cintura. No estaba segura de si lo hacía para protegerme o porque se
estaba preparando para lo que pudiera decir su hermano.
Pedro se volvió, visiblemente incómodo ante la pregunta de su hermano.
—Es Chaves, pero ¿qué importa eso?
—Entiendo por qué no has atado cabos antes de esta noche, Pepe, pero
ahora ya no tienes excusa —dijo Pablo, con petulancia.
—¿De qué cojones estás hablando? —preguntó Pedro.
—¿No tendrás algún tipo de relación con Ruben Chaves por casualidad?
—continuó Pablo.
Todos se volvieron para mirarme y, nerviosa, me eché el pelo hacia atrás
con los dedos.
—¿De qué conoces a Ruben?
Pedro giró la cabeza para mirarme a la cara.
—Es uno de los mejores jugadores de póquer de la historia. ¿Lo conoces?
Cerré los ojos, consciente de que finalmente me habían arrinconado sin otra
opción que decir la verdad.
—Es mi padre.
La habitación estalló en gritos.
—¡No me jodas!
—¡Lo sabía!
—¡Acabamos de jugar con la hija de Ruben Chaves!
—¿Ruben Chaves? ¡Joder!
Pablo, Horacio y Pedro eran los únicos que no gritaban.
—Chicos, os advertí de que era mejor que no jugara —dije.
—Si hubieras mencionado que eras la hija de Ruben Chaves, te habríamos
tomado más en serio —apuntó Pablo.
Me volví a mirar a Pedro, que no salía de su asombro.
—¿Eres el Trece de la Suerte? —preguntó, con mirada algo confusa.
Marcos se levantó y me señaló, boquiabierto.
—¡El Trece de la Suerte está en nuestra casa! No puede ser. ¡Joder, no puedo
creérmelo!
—Ese fue el apodo que me pusieron los periódicos. Y la historia no era
demasiado precisa —dije inquieta.
—Tengo que llevar a Pau a casa, chicos —dijo Pedro, observándome
todavía asombrado. Horacio me miró por encima de las gafas.
—¿Por qué no era precisa?
—No le robé la suerte a mi padre. A ver, es ridículo —me reí, retorciéndome
el pelo con un dedo.
Pablo sacudió la cabeza.
—No, Ruben dio esa entrevista. Dijo que a las doce de la noche de tu
decimotercer cumpleaños se le agotó la suerte.
—Y empezó la tuya —añadió Pedro.
—¡Te criaron unos mafiosos! —dijo Marcos, sonriendo de emoción.
—Eh…, no —solté una carcajada—. No me criaron, solo… venían mucho a
casa.
—Eso fue una maldita vergüenza, no fue justo que Ruben arrastrara tu
nombre por el barro en todos los periódicos. Eras solo una niña —dijo Horacio,
sacudiendo la cabeza.
—Como mucho, era la suerte del principiante —dije, intentando
desesperadamente ocultar mi humillación.
—Ruben Chaves te enseñó a jugar —dijo Horacio, sacudiendo la cabeza
asombrado—. Jugabas contra profesionales y ganabas a los trece años, por Dios
santo. —Miró a Pedro y sonrió—. No apuestes contra ella, hijo. Nunca pierde.
Pedro me miró; por su expresión era evidente que seguía conmocionado y
desorientado.
—Bueno… Tenemos que irnos, papá. Adiós, chicos.
CAPITULO 59
La habitación estaba salpicada de fotos antiguas de partidas de póquer, de
leyendas del juego posando con Horacio y con quien supuse que sería el abuelo de
Pedro, y en los estantes había barajas de cartas antiguas.
—¿Conoció a Stu Unger? —pregunté, señalando una foto polvorienta.
A Horacio se le iluminó la mirada.
—¿Sabes quién es Stu Unger?
Asentí.
—Mi padre también es admirador suyo.
Se levantó y señaló la foto de al lado.
—Y ese es Doyle Brunson. —Sonreí—. Mi padre lo vio jugar una vez. Es
increíble.
—El abuelo de Pepe era un profesional. Aquí nos tomamos el póquer muy
en serio —dijo Horacio sonriendo.
Me senté entre Pedro y uno de los gemelos, mientras Marcos barajaba las
cartas con cierta habilidad. Los chicos entregaron su efectivo y Horacio se lo cambió por
fichas.
Marcos enarcó una ceja.
—¿Quieres jugar, Pau? —Sonreí educadamente y dije que no con la
cabeza.
—No creo que deba.
—¿Es que no sabes? —preguntó Horacio.
No pude reprimir una sonrisa. Horacio parecía muy serio, casi paternal. Sabía
qué respuesta esperaba y odiaba tener que decepcionarlo. Pedro me dio un beso en
la frente.
—Venga, juega… Te enseñaré.
—Será mejor que te despidas ya de tu dinero, Pau —dijo Pablo con una
carcajada.
Apreté los labios y saqué dos billetes de cincuenta de la cartera. Se los
entregué a Horacio y esperé pacientemente a que me entregara las fichas. Marcos
sonrió con desdén, pero lo ignoré.
—Tengo fe en la capacidad de Pedro para enseñarme —dije.
Uno de los gemelos se puso a aplaudir.
—¡Genial! ¡Esta noche me voy a hacer rico!
—Empecemos poco a poco esta vez —dijo Horacio, lanzando una ficha de cinco
dólares.
Marcos los vio, y Pedro me extendió las cartas en abanico.
—¿Has jugado a las cartas alguna vez?
—Hace bastante —asentí.
—El Uno no cuenta, Pollyanna —dijo Marcos, mientras miraba sus cartas.
—Cierra esa bocaza, Marcos —dijo Pedro, alzando la mirada hacia su
hermano, antes de volver a bajarla a mi mano.
—Tienes que buscar las cartas más altas, números consecutivos y mejor si
son del mismo palo.
En la primera mano, Pedro me miró las cartas y yo miré las suyas.
Básicamente, asentí y sonreí, jugando cuando se me decía. Tanto Pedro como yo
perdimos, y mis fichas habían menguado al final de la primera ronda.
Después de que Pablo repartiera para empezar la segunda ronda, no dejé
que Pedro viera mis cartas.
—Creo que puedo sola —dije.
—¿Estás segura? —me preguntó.
—Sí, cariño.
Tres manos después, había recuperado mis fichas y había masacrado los
montones de fichas de los demás con una pareja de ases, una escalera y con la carta
más alta.
—¡Mierda! —se quejó Marcos—. ¡Maldita suerte del principiante!
—Esta chica aprende rápido, Pepe —dijo Horacio, moviendo la boca sin soltar el
puro.
Pedro dio un trago a su cerveza.
—¡Me estás haciendo sentir orgulloso, Paloma!
Le brillaban los ojos de emoción; su sonrisa era diferente a todas las que
había visto antes.
—Gracias.
—Los que no sirven para actuar, enseñan —dijo Pablo, burlón.
—Muy gracioso, gilipollas —murmuró Pedro.
Cuatro manos después, apuré lo que me quedaba de cerveza y fruncí los
ojos ante el único hombre de la mesa que no se había retirado.
—Tú decides, Manuel. ¿Vas a ser un bebé o verás mi apuesta como un
hombre?
—A la mierda —dijo él, lanzando la última de sus fichas.
Pedro me miró muy animado. Su expresión me recordaba la del público de
sus peleas.
—¿Qué tienes, Paloma?
—¿Manuel? —le apremié.
Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.
—¡Escalera! —dijo sonriendo, mientras dejaba las cartas boca arriba sobre la
mesa.
Cinco pares de ojos se volvieron a mí. Eché un vistazo a la mesa y entonces
enseñé mis cartas de un golpe.
—¡Miradlas y llorad, chicos! ¡Ases y ochos! —dije, riéndome.
—¿Un full? ¿Cómo coño es posible? —gritó Marcos.
—Lo siento. Siempre había querido decir eso —añadí, mientras recogía mis
fichas.
Pablo aguzó la mirada.
—Esto no es solo la suerte del principiante. Esta chica sabe jugar.
Pedro miró a Pablo durante un momento y luego se volvió a mí.
—¿Habías jugado antes, Paloma?
martes, 15 de abril de 2014
CAPITULO 58
Se quitó el camisón de los ojos y se rio ante mi intento desesperado por estar
presentable. Cogí una camiseta negra de cuello en pico y me la puse bien, después
corrí al baño, me lavé los dientes y me pasé el cepillo por el pelo. Pedro apareció
detrás de mí, completamente vestido y preparado, y me rodeó con sus brazos por
la cintura.
—¡Estoy hecha un asco! —dije, con el gesto torcido delante del espejo.
—¿No te das cuenta de lo guapa que estás? —me preguntó él, besándome
en el cuello.
Resoplé y fui corriendo a su habitación para ponerme un par de zapatos de
tacón y después cogí a Pedro de la mano, mientras me llevaba hasta la puerta. Me
detuve, me subí la cremallera de la chaqueta negra de cuero y me recogí el pelo en
un moño apretado, preparándome para el agitado trayecto hasta la casa de su
padre.
—Cálmate, Paloma. Solo seremos un grupo de tíos sentados alrededor de
una mesa.
—Es la primera vez que voy a ver a tu padre y a tus hermanos…, y todo a la
vez… ¿Y quieres que me calme? —dije, subiéndome a la moto tras él.
Giró el cuello, me tocó la mejilla y me besó.
—Los vas a enamorar, igual que a mí.
Cuando llegamos, me solté el pelo y lo peiné con los dedos unas cuantas
veces antes de que Pedro me hiciera cruzar la puerta.
—¡Vaya, vaya! ¡Pero si es el caraculo! —gritó uno de los chicos.
Pedro asintió una vez. Intentó poner cara de enfado, pero podía notar que
estaba emocionado de ver a sus hermanos. La casa era antañona, empapelada de
un color amarillo y marrón desvaído, y había una alfombra de pelo largo de
diferentes tonos de marrón. Cruzamos un pasillo que daba directamente a una
habitación con la puerta abierta de par en par. El humo salía hasta el vestíbulo, y
sus hermanos y su padre estaban sentados a una mesa de madera, redonda, con
sillas diferentes.
—Oye…, vigila lo que dices delante de la señora —pidió su padre, con un
puro en la boca, que se movía de arriba abajo mientras hablaba.
—Paloma, este es mi padre, Horacio Alfonso. Papá, esta es Paloma.
—¿Paloma? —preguntó Horacio, con una expresión de extrañeza.
—Pau —dije, mientras le estrechaba la mano.
Pedro señaló a sus hermanos.
—Marcos, Nahuel, Manuel y Pablo.
Todos asintieron y, excepto Pablo, todos parecían versiones mayores de
Pedro; pelo rapado, ojos marrones, camisetas estrechas que resaltaban sus
músculos abultados y cubiertos de tatuajes. Pablo llevaba una camisa de vestir y
una corbata desanudada, tenía los ojos verde avellana y el pelo rubio oscuro, un
poco más largo.
—¿Y Pau tiene apellido? —preguntó Horacio.
—Chaves—respondí asintiendo.
—Es un placer conocerte, Pau—dijo Pablo, con una sonrisa.
—Un auténtico placer —siguió Marcos, pegándome un repaso descarado.
Horacio le dio una colleja y él soltó un quejido.
—¿Qué he dicho? —preguntó él, frotándose la nuca.
—Siéntate, Pau. Mira cómo desplumamos a Pepe —dijo uno de los
gemelos. Era incapaz de decir cuál, porque eran unas copias exactas el uno del
otro, incluso sus tatuajes encajaban.
CAPITULO 57
ME metí una pastillita blanca en la boca y me la tragué con un gran vaso de
agua. Estaba de pie en medio del dormitorio de Pedro, en sujetador y bragas,
preparándome para ponerme el pijama.
—¿Qué es eso? —preguntó Pedro desde la cama.
—Eh…, mi píldora.
Frunció el ceño.
—¿Qué píldora?
—La píldora, Pedro. Todavía tienes que volver a rellenar tu cajón y lo
último que necesito es preocuparme de si me va a venir la regla o no.
—Ah.
—Uno de nosotros tiene que ser responsable —dije, enarcando una ceja.
—Santo cielo, qué sexi estás —dijo Pedro, apoyando la cabeza en la
mano—. La mujer más guapa de Eastern es mi novia. Menuda locura.
Puse los ojos en blanco e introduje la cabeza por el camisón de seda
púrpura, justo antes de meterme en la cama a su lado. Me senté a horcajadas sobre
su regazo y le besé el cuello; solté una risita tonta cuando dejó caer la cabeza contra
el cabecero.
—¿Otra vez? Vas a acabar conmigo, Paloma.
—No puedes morirte —dije, mientras le cubría la cara de besos—. Tienes
demasiado mal genio.
—¡No, no puedo morirme porque hay demasiados gilipollas peleándose a
empujones por ocupar mi lugar! Podría vivir para siempre solo para fastidiarlos.
Solté una risita contra su boca y él me puso boca arriba. Deslizó el dedo bajo
el delicado lazo púrpura que tenía sobre el hombro, y me lo bajó por el brazo,
mientras me besaba la piel que dejaba libre tras él.
—¿Por qué yo, Pepe?
Se inclinó hacia atrás, buscando mi mirada.
—¿A qué te refieres?
—Has estado con muchas mujeres y siempre te has negado a apuntar tan
siquiera un número de teléfono…, ¿por qué yo?
—¿A qué viene esa pregunta? —dijo él, mientras me acariciaba la mejilla
con el pulgar.
Me encogí de hombros.
—Solo tengo curiosidad.
—¿Y por qué yo? Tienes a la mitad de los hombres de Eastern esperando a
que yo la fastidie contigo.
Arrugué la nariz.
—Eso no es verdad. No cambies de tema.
—Claro que es cierto. Si no hubiera estado persiguiéndote desde principios
de curso, habrías tenido a más chicos siguiéndote por ahí, además de Adrian
Hayes. Él simplemente está demasiado pagado de sí mismo como para tenerme
miedo.
—¡No haces más que esquivar mi pregunta! ¡Y muy mal, añadiría!
—¡Vale, vale! ¿Que por qué tú? —Una sonrisa se extendió en su cara,
mientras se agachaba hasta que sus labios tocaron los míos—. Me sentí atraído
hacia ti desde la noche de aquella primera pelea.
—¿Cómo? —dije con una expresión de duda.
—Sí. ¿Allí en medio, con esa chaqueta de punto manchada de sangre?
Estabas absolutamente ridícula —dijo riéndose.
—Gracias.
Su sonrisa desapareció.
—Fue cuando levantaste la mirada hacia mí. Ese fue el momento preciso.
Me miraste con los ojos abiertos de par en par, con inocencia…, sin fingimientos.
No me miraste como si fuera Pedro Alfonso —dijo él, poniendo los ojos en blanco
al oír sus propias palabras—. Me miraste como si fuera…, no sé…, una persona,
supongo.
—Última hora, Pepe. Eres una persona.
Me apartó el pelo de la cara.
—No, antes de que llegaras, Valentin era el único que me trataba con
normalidad. No te acobardaste, ni intentaste flirtear, ni te pasaste el pelo por la
cara. Simplemente me viste.
—Fui una completa zorra contigo.
Me besó en el cuello.
—Eso es lo que acabó de sellar el trato.
Deslicé las manos por su espalda hasta el interior de sus calzoncillos.
—Espero que esto vaya bien. No creo que llegue a cansarme de ti jamás.
—¿Me lo prometes? —preguntó, sonriendo.
Su teléfono vibró sobre la mesita de noche y sonrió, mientras se lo llevaba a
la oreja.
—¿Diga?… Oh, joder, no. Estoy aquí con Paloma. Nos estábamos
preparando para ir a la cama… Cierra la puta boca, Marcos, no tiene gracia… ¿De
verdad? ¿Qué hace en la ciudad? —Me miró y suspiró—. Está bien. Estaremos allí
dentro de media hora… Ya me has oído, capullo. Porque no voy a ninguna parte
sin ella, por eso. ¿Quieres que te parta la cara cuando llegue? —Pedro colgó y
sacudió la cabeza.
Enarqué una ceja.
—Esa ha sido la conversación más rara que he oído jamás.
—Era Marcos. Pablo está en la ciudad y han organizado una noche de
póquer en casa de mi padre.
—¿Noche de póquer? —Tragué saliva.
—Sí, normalmente se quedan con todo mi dinero. Son unos cabrones
tramposos.
—¿Voy a conocer a tu familia dentro de media hora?
—Dentro de veintisiete minutos, para ser exactos.
—¡Oh, Dios mío, Pedro! —aullé, saltando de la cama.
—¿Qué haces? —dijo con un suspiro.
Rebusqué en el armario y saqué un par de pantalones vaqueros; me los puse
dando saltitos, y después me quité el camisón por la cabeza y se lo tiré a Pedro a la
cara.
—¡No puedo creer que me avises de que voy a conocer a tu familia con
veinte minutos de antelación! ¡Podría matarte ahora mismo!
CAPITULO 56
La noche fue larga. No dejé de mirar el reloj, y me sentía mal cada vez que
veía que había pasado otra hora. No podía dejar de pensar en Pedro y en si lo
llamaría o no, preguntándome si él también estaría despierto. Finalmente, como
último recurso, me puse los auriculares del iPod en los oídos y escuché todas las
canciones repugnantes de mi lista de reproducción a todo volumen.
Cuando miré el reloj por última vez, eran más de las cuatro. Los pájaros
cantaban ya junto a mi ventana, y sonreí cuando empecé a notar los ojos pesados.
Parecía que habían pasado solo unos minutos cuando oí que llamaban a la puerta,
y Rosario irrumpió en la habitación.
Me quitó los auriculares de los oídos y se dejó caer en mi silla de escritorio.
—Buenos días, encanto. Tienes un aspecto horrible —dijo ella. De su boca,
salió una burbuja rosa, que hizo estallar ruidosamente.
—¡Cierra el pico, Rosario! —dijo Carla desde debajo de las sábanas.
—Te das cuenta de que es inevitable que dos personas de carácter, como
Pepe y tú, se peleen, ¿no? —dijo Rosario, mientras se limaba las uñas, sin dejar de
mascar una enorme bola de chicle.
Me giré en la cama.
—Estás oficialmente despedida. Eres una conciencia terrible.
Se rio.
—Es que te conozco; si te diera mis llaves ahora mismo, irías conduciendo
hasta allí.
—Desde luego que no.
—Lo que tú digas —contestó en tono cantarín.
—Son las ocho de la mañana, Ro. Probablemente sigan desmayados.
En ese preciso momento, oí una tenue llamada a la puerta. El brazo de Carla
salió despedido de debajo de la colcha y giró el pomo.
La puerta se abrió lentamente y vi a Pedro en el umbral.
—¿Puedo entrar? —preguntó en voz baja y áspera. Los círculos púrpura de
debajo de sus ojos daban cuenta de su falta de sueño, si es que había llegado a
pegar ojo en algún momento.
Me senté en la cama, sorprendida por su aspecto exhausto.
—¿Estás bien?
Entró y cayó de rodillas delante de mí.
—Lo siento mucho, Pau, de verdad, lo siento —dijo él mientras me
rodeaba con los brazos por la cintura, con la cabeza enterrada en mi regazo.
Mecí su cabeza en mis brazos y levanté la mirada hacia Rosario.
—Eh… Creo que mejor me voy —dijo incómoda, mientras buscaba el pomo
de la puerta.
Carla se frotó los ojos y suspiró; después cogió su neceser con las cosas para
la ducha.
—Siempre estoy muy limpia cuando estás por aquí, Pau —gruñó ella,
cerrando la puerta de un golpe tras de sí.
Pedro me miró.
—Sé que siempre me comporto como un loco cuando se trata de ti, pero
Dios sabe que lo intento, Paloma. No quiero joder lo nuestro.
—Pues entonces no lo hagas.
—Esto es difícil para mí, ¿sabes? Siento que en cualquier segundo te vas a
dar cuenta del pedazo de mierda que soy y me vas a dejar. Ayer, mientras bailabas,
observé a una docena de tíos mirándote. Entonces te fuiste a la barra, y te vi dando
las gracias a ese tío por la copa. Después, a ese imbécil de la pista de baile no se le
ocurrió otra cosa que cogerte.
—Sí, pero yo no voy dando puñetazos a todas las chicas que hablan contigo.
Además, no puedo quedarme encerrada en el apartamento todo el tiempo. Vas a
tener que controlar ese mal carácter tuyo.
—Lo haré. Nunca antes había querido tener novia, Paloma. No estoy
acostumbrado a sentir esto por alguien…, por nadie. Si eres paciente, te juro que
encontraré el modo de manejarlo.
—Dejemos algo claro: no eres un pedazo de mierda, eres genial. Da igual
que alguien me invite a una copa o a bailar, o que intenten flirtear conmigo. Con
quien me voy a casa es contigo. Me has pedido que confíe en ti, pero tú no pareces
confiar en mí.
Frunció el ceño.
—Eso no es verdad.
—Si crees que te voy a dejar por el primer chico que aparezca, entonces es
que no tienes mucha fe en mí.
Me agarró con más fuerza.
—No soy lo bastante bueno para ti, Paloma. Eso no significa que no confíe
en ti. Solo me preparo para lo inevitable.
—No digas eso. Cuando estamos a solas, eres perfecto. Somos perfectos.
Pero después dejas que cualquiera lo arruine. No espero que cambies
completamente de la noche a la mañana, pero tienes que elegir tus batallas. No
puedes acabar peleándote cada vez que alguien me mire.
Él asintió.
—Haré todo lo que quieras. Solo… dime que me quieres.
—Sabes que es así.
—Necesito oírtelo decir —pidió, juntando las cejas.
—Te quiero —dije, mientras tocaba sus labios con los míos—. Ahora deja de
comportarte como un crío.
Él se rio y se metió en la cama conmigo. Pasamos la hora siguiente sin
movernos, bajo las sábanas, entre risas y besos, y apenas nos dimos cuenta de que
Carla había regresado de la ducha.
—¿Podrías salir? Tengo que vestirme —dijo Carla a Pedro, mientras se
anudaba con más fuerza el albornoz.
Pedro me besó en la mejilla y después salió al pasillo.
—Nos vemos en un segundo.
Me dejé caer sobre la almohada, mientras Carla rebuscaba en su armario.
—¿Por qué estás tan contenta? —rezongó ella.
—Por nada —respondí con un suspiro.
—¿Sabes qué es la codependencia, Pau? Tu novio es un ejemplo de
manual, lo que resulta escalofriante teniendo en cuenta que ha pasado de no tener
respeto alguno hacia las mujeres a pensar que te necesita para respirar.
—Tal vez sea así —dije, resistiéndome a que me chafara el buen humor.
—¿No te preguntas a qué se debe? A ver…, se ha trajinado a la mitad de las
chicas del campus. ¿Por qué tú?
—Dice que soy diferente.
—Por supuesto que sí, pero ¿por qué?
—¿Y a ti qué más te da? —le espeté yo.
—Es peligroso necesitar tanto a alguien. Tú intentas salvarlo y él espera que
lo hagas. Sois un auténtico desastre.
—Me da igual qué es o por qué ha surgido. Cuando todo va bien, Carla…, es
maravilloso.
Ella puso los ojos en blanco.
—No tienes remedio.
Pedro llamó a la puerta y Carla lo dejó entrar.
—Voy a la sala de estudio común. Buena suerte —dijo con la voz más falsa
que podía impostar.
—¿A qué venía eso? —preguntó Pedro.
—Me ha dicho que somos un desastre.
—Dime algo que no sepa —dijo sonriendo.
De repente, centró la mirada y me besó la suave piel de detrás de la oreja.
—¿Por qué no vienes a casa conmigo?
Apoyé la mano en su nuca y suspiré al notar sus suaves labios contra la piel.
—Creo que me voy a quedar aquí. Estoy constantemente en tu apartamento.
Levantó de golpe la cabeza.
—¿Y qué? ¿No te gusta estar allí?
Le toqué la mejilla y suspiré. Se preocupaba muy rápidamente.
—Claro que sí que me gusta, pero no vivo allí.
Me recorrió el cuello con la punta de la nariz.
—Te quiero allí. Te quiero allí todas las noches.
—No pienso mudarme contigo —dije negando con la cabeza.
—No te he pedido que te mudes conmigo. He dicho que quiero que estés
allí.
—¡Es lo mismo! —dije riéndome.
Pedro frunció el ceño.
—¿De verdad no vas a quedarte conmigo esta noche?
Dije que no con la cabeza y su mirada se perdió por la pared hasta llegar al
techo. Casi podía oír los engranajes en el interior de su cabeza.
—¿Qué estás maquinando? —pregunté entrecerrando los ojos.
—Intento pensar en otra apuesta.
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