lunes, 14 de abril de 2014

CAPITULO 54



Durante la semana siguiente, Pedro se tomó su promesa muy en serio. Ya

no seguía la corriente a las chicas que lo paraban entre una y otra clase y, a veces,
incluso era grosero. Cuando llegamos a la fiesta de Halloween del Red, estaba un
poco preocupada por cómo mantener alejados a los compañeros ebrios.
Rosario, Jeronimo y yo estábamos sentados en una mesa cercana, observando a
Valentin y a Pedro jugar al billar contra dos de sus hermanos Sig Tau.
—¡Vamos, cariño! —gritó Rosario, levantándose sobre los peldaños de su
taburete.
Valentin le guiñó el ojo, y entonces tiró y metió la bola en el agujero más
alejado de la derecha.
—¡Bieeeen! —chilló ella.
Un trío de mujeres vestidas como los Ángeles de Charlie se acercaron a
Pedro, que estaba esperando su turno, y yo sonreí, mientras él hacía todo lo
posible por ignorarlas. Cuando una de ellas le acarició el brazo siguiendo la línea
de uno de sus tatuajes, Pedro se apartó. Cuando le tocó lanzar, la echó y ella se fue
haciendo pucheros con sus amigas.
—¿Te das cuenta de lo ridículas que son? Esas chicas no tienen vergüenza ni
la conocen —dijo Rosario.
Jeronimo sacudió la cabeza con asombro.
—Es Pedro. Supongo que es el rollo del chico malo. O bien quieren salvarlo
o creen que son inmunes a sus modos. No estoy seguro de por qué opción
decantarme.
—Probablemente por ambas —dije riéndome y burlándome de las chicas
que esperaban a que Pedro les prestara algo de atención.
—¿Te imaginas tener que esperar a ser la elegida? ¿Saber que te van a usar
para el sexo?
—Problemas con papá —dijo Rosario, dando un trago a su bebida.
Jeronimo apagó el cigarrillo y nos tiró de los vestidos.
—¡Vamos, chicas! ¡El Jeronimo quiere bailar!
—Te acompaño solo si me prometes no volver a llamarte a ti mismo así
—dijo Rosario.
Jeronimo se mordió el labio inferior, y Rosario sonrió.
—Venga, Pau. No querrás hacerme llorar, ¿verdad?
Nos unimos a los policías y vampiros que estaban en la pista de baile, y
Jeronimo empezó a mostrar su repertorio de pasos a lo Justin Timberlake. Lancé una
mirada a Pedro por encima del hombro y lo pillé mirándome desde la esquina por
el rabillo del ojo, mientras fingía observar a Valentin meter la bola número ocho
que le daba la partida. Valentin recogió sus ganancias, y Pedro se dirigió a la larga
mesa, grande y baja, que estaba junto a la pista de baile, cogiendo una bebida de
camino. Jeronimo se meneaba sin sentido en la pista de baile y, finalmente, se colocó
entre Rosario y yo. Pedro puso los ojos en blanco, riéndose mientras volvía a
nuestra mesa con Valentin.
—Voy a por otra copa, ¿queréis algo? —gritó Rosario por encima de la
música.
—Iré contigo —dije, mientras miraba a Jeronimo y señalaba hacia la barra.
Jeronimo sacudió la cabeza y siguió bailando.Rosario y yo nos abrimos paso
entre la multitud. Los camareros estaban desbordados, así que nos preparamos
para una larga espera.
—Los chicos están haciendo una masacre esta noche —dijo Rosario.
Me acerqué a su oído.
—Nunca entenderé por qué alguien apuesta contra Valen.
—Por la misma razón que lo hacen contra Pedro. Son idiotas —sonrió ella.
Un hombre vestido con toga se apoyó en la barra al lado de Rosario y
sonrió.
—Señoritas, ¿qué van a beber esta noche?
—Nos pagamos nuestras propias copas, gracias —dijo Rosario, mirando
hacia delante.
—Soy Miguel —dijo él, y después señaló a su amigo—: Este es Lucas.
Sonreí educadamente y miré a Rosario, que puso su mejor cara de «largaos
de aquí». La camarera nos preguntó qué queríamos y después asintió a los
hombres que estaban detrás de nosotras, que se peleaban por hacerse cargo del
pedido de Rosario. Trajo un vaso cuadrado lleno de un líquido rosa y espumoso,
y tres cervezas. Miguel le entregó el dinero y ella asintió.
—Esto es alucinante —dijo Miguel, mirando a la multitud.
—Sí —respondió Rosario molesta.
—Te he visto bailando antes —me dijo Lucas, señalando la pista de baile—.
Estabas genial.
—Eh…, gracias —dije, intentando ser educada, pero consciente de que
Pedro estaba a unos pocos metros.
—¿Quieres bailar? —me preguntó él.
—No, gracias. Estoy aquí con mi…
—Novio —dijo Pedro, apareciendo de la nada.
Lanzó una mirada asesina a los hombres que estaban delante de nosotros, y
estos se alejaron un poco, claramente intimidados.
Rosario no pudo contener su sonrisa petulante cuando Valentin la rodeó
con el brazo. Pedro señaló el otro lado del local.
—Largaos, ¿a qué esperáis?
Los hombres nos miraron a Rosario y a mí, y después dieron unos cuantos
pasos hacia atrás antes de refugiarse en la seguridad de la multitud.
Valentin besó a Rosario.
—¡No puedo llevarte a ningún sitio!
Ella soltó una risita tonta y yo sonreí a Pedro, que me miraba furibundo.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué les habéis dejado que os pagaran las bebidas?
Rosario se soltó de Valentin, reparando en el mal humor de Pedro.
—No les hemos dejado, Pedro. Yo misma les dije que no lo hicieran.
Pedro me cogió la botella que sujetaba en la mano.
—Entonces, ¿qué es esto?
—¿Lo dices en serio? —pregunté.
—Sí, lo digo muy en serio —dijo mientras tiraba la cerveza a la papelera que
había junto a la barra—. Te lo he dicho cien veces…: no puedes aceptar bebidas de
cualquier tío. ¿Y si te han echado algo?
Rosario levantó su bebida.
—No hemos perdido de vista las bebidas en ningún momento. Te estás
pasando.
—No estoy hablando contigo —dijo Pedro, mirándome fijamente a los ojos.
—¡Oye! —dije, enfadada—. No le hables así.
Pedro —le avisó Valentin—, déjalo ya.
—No me gusta que aceptes que otros tíos te inviten a copas —dijo Pedro.
Levanté una ceja
—¿Intentas iniciar una pelea?
—¿Te gustaría llegar a la barra y verme compartir alguna copa con una
chica?
Asentí una vez.
—Está bien. Ahora ignoras a todas las mujeres. Lo pillo. Debería hacer el
mismo esfuerzo.
—Eso estaría bien —dijo, intentando claramente controlar su carácter.
Resultaba un poco desconcertante estar en el lado malo de su ira. Los ojos le
brillaban todavía de rabia, y un ansia innata de contraatacar se apoderó de mí.
—Vas a tener que controlar ese rollo del novio celoso, Pedro, no he hecho
nada malo.
Pedro me lanzó una mirada de incredulidad.
—¡Pero si he llegado aquí y me he encontrado con que un tío te estaba
invitando a una copa!
—¡No le grites! —dijo Rosario.
Valentin apoyó la mano en el hombro de Pedro.
—Todos hemos bebido mucho. Salgamos de aquí.

CAPITULO 53




Pedro se dio media vuelta y Valentin se quedó de pie, cogiendo al mismo
tiempo mi brazo y la mano de Rosario para hacernos cruzar la puerta detrás de su
primo. Recorrimos la corta distancia que nos separaba de Morgan Hall, y Rosario
y yo nos sentamos en los escalones de la entrada, desde donde observamos a
Pedro caminar de un lado a otro.
—¿Estás bien, Pepe? —preguntó Valentin.
—Dame… solo un minuto —dijo él, poniéndose las manos justo debajo de
las caderas.
Valentin hundió las manos en los bolsillos.
—Me sorprende que hayas parado.
—Paloma me ha dicho que le enseñara un poco de buena educación, Valen,
no que lo matara. He necesitado toda mi voluntad para detenerme cuando lo he
hecho.
Rosario se puso las grandes gafas de sol cuadradas para levantar la mirada
hacia Pedro.
—De todos modos, ¿qué ha dicho Daniel que te hiciera saltar así?
—Algo que nunca más volverá a decir —dijo Pedro entre dientes.
Rosario miró a Valentin, que se encogió de hombros.
—Yo no lo he oído.
Pedro volvió a cerrar los puños.
—Tengo que volver a entrar.
Pedro me miró y se esforzó por calmarse.
—Ha dicho que… todo el mundo piensa que Paloma tiene…, joder, ni
siquiera puedo decirlo.
—Dilo de una vez —murmuró Rosario, mientras se mordía las uñas.
Jeronimo caminaba detrás de Pedro, claramente encantado con tantas
emociones.
—Todos los chicos heteros de Eastern quieren tirársela porque ha
conseguido domar al inalcanzable Pedro Alfonso —soltó sin más—. Eso es lo que
están diciendo ahora mismo al menos.
Pedro golpeó a Jeronimo con el hombro cuando pasó a su lado de camino a la
cafetería. Valentin salió disparado tras él y lo cogió del brazo. Me llevé las manos a
la boca cuando Pedro amagó con darle un puñetazo y Valentin se agachó. Clavé los
ojos en America, que no parecía afectada, acostumbrada como estaba a su rutina.
Solo se me ocurría una cosa para detenerlo. Bajé a toda prisa los peldaños y
corrí hacia él. Entonces, salté sobre Pedro y cerré las piernas alrededor de su
cintura; él me agarró por los muslos, mientras yo lo cogía por ambos lados de la
cara y le daba un largo y profundo beso en la boca. Pude notar cómo su ira se
fundía mientras me besaba y, cuando me aparté, supe que había ganado.
—Nos da igual lo que piensen, ¿recuerdas? No puede empezar a
importarnos ahora —dije, sonriendo confiada.
Tenía más influencia en él de la que jamás había creído posible.
—No puedo dejar que hablen así de ti, Paloma —insistió él con el ceño
fruncido, mientras me volvía a dejar en el suelo.
Deslicé los brazos bajo los suyos y entrelazamos los dedos a su espalda.
—¿Así? ¿Cómo? Piensan que soy especial porque nunca antes habías
sentado la cabeza. ¿Acaso no estás de acuerdo con eso?
—Pues claro que sí, pero no puedo aguantar la idea de que todos los chicos
de la universidad quieran acostarse contigo sin más. —Apoyó su frente contra la
mía—. Esto me va a volver loco. Seguro.
—No dejes que te afecten sus comentarios, Pedro —dijo Valentin—. No
puedes pelearte con todo el mundo.
Pedro suspiró.
—Todo el mundo… ¿Cómo te sentirías si todo el mundo pensara eso de
Rosario?
—¿Y quién dice que no es así? —dijo Rosario, ofendida. Todos nos reímos,
pero Rosario torció el gesto—. No estaba bromeando.
Valentin la consoló y la besó en la mejilla.
—Lo sé, nena. Pero renuncié a los celos hace mucho; si no lo hubiera hecho,
no tendría tiempo para hacer nada más.
Rosario sonrió como muestra de gratitud y entonces lo abrazó. Valentin
tenía una capacidad inigualable para hacer que todos los que estaban a su
alrededor se sintieran bien, sin duda, una consecuencia de crecer con Pedro y sus
hermanos. Probablemente era más un mecanismo de defensa que otra cosa.
Pedro me acarició la oreja con la nariz, y me reí hasta que vi a Adrian
acercarse. Me inundó el mismo sentimiento de urgencia que había tenido cuando
Pedro quería volver a la cafetería, e inmediatamente me solté de Pedro para
recorrer rápidamente los tres metros aproximadamente que nos separaban e
interceptar a Adrian.
—Necesito hablar contigo —dijo él.
Me volví a mirar detrás de mí y, entonces, dije que no con la cabeza como
aviso.
—Este no es un buen momento,Adrian. De hecho, es muy poco oportuno.
Pedro y Daniel tuvieron un rifirrafe en la comida, y él sigue muy sensible. Será
mejor que lo dejes en paz.
Adrian miró fijamente a Pedro y después volvió a centrarse en mí, decidido.
—Acabo de oír lo que ha pasado en la cafetería. Me parece que no eres
consciente del berenjenal en el que te estás metiendo. Pedro es un mal bicho,
Pau. Todo el mundo lo sabe. Nadie comenta lo genial que es que lo hayas
cambiado…, todo el mundo espera que haga lo que mejor se le da. No sé qué te
habrá dicho, pero ni te imaginas qué tipo de persona es.
Noté las manos de Pedro sobre los hombros.
—Bueno, ¿y a qué esperas para decírselo?
Adrian se movió nervioso.
—¿Sabes a cuántas chicas humilladas he llevado a casa después de que
pasaran unas cuantas horas a solas en una habitación con él en alguna fiesta? Te
hará daño.
Pedro tensó los dedos como reacción, y yo le cogí la mano hasta que se
relajó.
—Deberías irte, Adrian.
—Y tú deberías escucharme, Paupy.
—No la llames así —gruñó Pedro.
Adrian no apartó los ojos de mí.
—Estoy preocupado por ti.
—Te lo agradezco, pero no es necesario.
Adrian sacudió la cabeza.
—Te veía como un reto, Pau. Ha conseguido hacerte pensar que eres
diferente de las otras chicas para poder echarte mano. Pero acabará cansándose de
ti. Tiene una capacidad de atención propia de un niño pequeño.
Pedro se puso delante de mí, tan cerca de Adrian que sus narices casi se
tocaban.
—Te he dejado hablar, pero se me ha agotado la paciencia.
Adrian intentó mirarme, pero Pedro se inclinó en su dirección.
—Que no la mires, joder. Mírame a mí, pedazo de mierda. —Adrian miró
fijamente a Pedro a los ojos y esperó—. Como se te ocurra tan solo respirar en su
dirección, me aseguraré de que llegues cojeando a la Facultad de Medicina.
Adrian retrocedió unos pasos hasta que pude verlo.
—Pensaba que eras más lista —dijo él, meneando la cabeza antes de girarse
en redondo e irse.
Pedro observó cómo se marchaba, y entonces sus ojos buscaron los míos.
—Sabes que no ha dicho más que gilipolleces, ¿no? Nada de eso es verdad.
—Estoy segura de que es lo que piensa todo el mundo —dije, dándome
cuenta del interés que despertábamos en quienes pasaban a nuestro lado.
—Entonces les demostraré que se equivocan.

domingo, 13 de abril de 2014

CAPITULO 52




Después de conseguir convencerlo de salir del apartamento con el tiempo
suficiente para ir a clase de Historia, corrimos al campus y ocupamos nuestros
asientos justo antes de que el profesor Cheney empezara. Pedro se puso su gorra
de béisbol del revés y me plantó un beso en los labios de manera que todos los
alumnos de la clase pudieran verlo.
De camino a la cafetería, me agarró por la mano y entrelazamos los dedos.
Parecía muy orgulloso de que fuéramos así cogidos y anunciáramos al mundo que
finalmente estábamos juntos. Jeronimo se fijó en que íbamos de la mano y se quedó
mirándonos con una sonrisita ridícula. No fue el único: nuestra sencilla
demostración de afecto generó miradas y murmullos por parte de todo aquel que
pasaba a nuestro lado.
En la puerta de la cafetería, Pedro exhaló el humo de la última calada de
cigarrillo y me miró cuando se dio cuenta de mi actitud vacilante. Rosario y
Valentin ya estaban dentro, mientras que Jeronimo se había encendido otro pitillo para
dejarme entrar a solas con Pedro. Tenía la certeza de que el nivel de cotilleo había
alcanzado nuevas cotas desde que Pedro me había besado delante de toda nuestra
clase de Historia y temía el momento de entrar en la cafetería. Sentía que era como
salir a un escenario.
—¿Qué pasa, Paloma? —dijo él, apretándome la mano.
—Todo el mundo nos mira.
Se llevó mi mano a la boca y me besó los dedos.
—Ya se acostumbrarán. Esto es solo el revuelo inicial. ¿Te acuerdas de
cuando empezamos a salir juntos? La curiosidad disminuyó después de un tiempo,
cuando se acostumbraron a vernos. Venga, vamos —dijo él, tirando de mí para
cruzar la puerta.
Una de las razones que me habían llevado a elegir la Universidad de
Eastern era su modesto tamaño, pero el exagerado interés por los escándalos que le
era intrínseco a veces resultaba agotador. Era una broma habitual: todo el mundo
era consciente de lo ridículo que llegaba a ser ese círculo vicioso de rumores, y aun
así todo el mundo participaba en él sin vergüenza alguna.
Nos sentamos en nuestros sitios habituales para comer. Rosario me lanzó
una sonrisa cómplice. Charlaba conmigo como si todo fuera normal, pero los
jugadores de fútbol americano, que estaban sentados en el otro extremo de la mesa,
me miraban tan sorprendidos como si estuviera en llamas.
Pedro golpeó ligeramente la manzana que tenía en el plato con su tenedor.
—¿Te la vas a comer, Paloma?
—No, toda tuya, cariño. —Las orejas me ardieron cuando Rosario levantó
bruscamente la cabeza para mirarme—. Simplemente me ha salido así —dije,
sacudiendo la cabeza.
Me volví a mirar a Pedro, cuya expresión era una mezcla de diversión y
adoración.
Habíamos intercambiado el término unas cuantas veces esa mañana, y no se
me había ocurrido que era nuevo para los demás hasta que salió de mi boca.
—Bueno, ya se puede decir que habéis llegado a ser repelentemente monos
—dijo Rosario, burlona.
Valentin me dio unas palmaditas en el hombro.
—¿Te quedas a dormir esta noche? —me preguntó, mientras acababa de
masticar el pan—. Te prometo que no saldré despotricando de mi habitación.
—Estabas defendiendo mi honor, Valen. Te perdono —dije.
Pedro dio un mordisco a la manzana. Nunca lo había visto tan feliz. La paz
de su mirada había vuelto y, aunque docenas de personas observaban cada uno de
nuestros movimientos, tenía la sensación de que todo iba… bien.
Pensé en todas las veces que había insistido en que estar con Pedro era un
error y en la cantidad de tiempo que había desperdiciado luchando contra lo que
sentía por él. Cuando lo veía sentado delante de mí y me fijaba en sus tiernos ojos
castaños y en el trozo de fruta que bailaba en su mejilla mientras lo masticaba, no
conseguía recordar qué era lo que tanto me preocupaba.
—Parece asquerosamente feliz. ¿Quiere eso decir que por fin has cedido,
Pau? —dijo Daniel, al tiempo que daba codazos a sus compañeros de equipo.
—No eres muy listo, ¿verdad, Jenks? —dijo Valentin, con el ceño fruncido.
De inmediato, el rubor se adueñó de mis mejillas, y miré a Pedro, en cuyos
ojos se leía una rabia asesina.
Mi incomodidad se volvió secundaria ante el enfado de Pedro, y sacudí la
cabeza con desdén.
—Ignóralo, no vale la pena.
Después de otro momento de tensión, relajó un poco los hombros y asintió
una vez, al tiempo que respiraba hondo. Después de unos segundos, me guiñó un
ojo. Le tendí la mano por encima de la mesa y deslicé mis dedos entre los suyos.
—Decías en serio lo de anoche, ¿no?
Empezó a hablar, pero las risas de Daniel inundaron toda la cafetería.
—¡Cielo santo! No puedo creer que hayan puesto una correa a Pedro
Alfonso.
—¿Decías en serio lo de que no querías que cambiara? —me preguntó,
apretándome la mano.
Miré a Daniel, que seguía riéndose con sus compañeros y, después, me volví
hacia Pedro.
—Absolutamente. A ver si consigues enseñarle a ese gilipollas un poco de
buena educación.
Con una sonrisa malévola, se dirigió hacia el extremo de la mesa, donde
estaba sentado Daniel. El silencio se extendió por el local, y Daniel tuvo que tragarse
su propia risa.
—Oye, Pedro, que solo estaba intentando picarte un poco —dijo,
mirándolo.
—Discúlpate con Paloma —dijo Pedro, fulminándolo desde arriba.
Daniel me miró con una sonrisa nerviosa.
—Solo…, solo bromeaba, Pau. Lo siento.
Lo observé enfurecida, mientras levantaba la mirada en busca de la
aprobación de Pedro. Cuando Pedro se alejó, Daniel se rio por lo bajo y después le
susurró algo a Benjamin. Se me desbocó el corazón cuando vi a Pedro detenerse en
seco y cerrar los puños.
Benjamin meneó la cabeza y soltó un suspiro de exasperación.
—Daniel, cuando despiertes, simplemente procura recordar una cosa…, esto
te lo has buscado tú solito.
Pedro levantó la bandeja de Jeronimo de la mesa, golpeó a Daniel en la cara con
ella, y lo tiró de la silla. Daniel intentó gatear hasta debajo de la mesa, pero Pedro lo
sacó cogiéndolo por las piernas y empezó a atizarle. Daniel se hizo un ovillo y
Pedro le pateó la espalda.
Daniel se arqueó y se volvió, apartando las manos, lo que permitió a Pedro
asestarle varios puñetazos en la cara. La sangre empezó a manar, y Pedro se
levantó sin resuello.
—Si alguna vez te atreves siquiera a mirar, pedazo de mierda, te romperé la
puta boca, ¿lo entiendes? —gritó Pedro.
Cuando dio una última patada a Daniel en la pierna, pegué un respingo.
Las trabajadoras de la cafetería se fueron a toda prisa, asustadas por las
manchas de sangre en el suelo.
—Lo siento —dijo Pedro, limpiándose la sangre de Daniel de la mejilla.
Algunos estudiantes se habían levantado para ver mejor; otros seguían
sentados, observando la escena ligeramente divertidos. Los miembros del equipo
de fútbol americano se limitaban a mirar el cuerpo inerte de Daniel en el suelo,
mientras negaban con la cabeza.

CAPITULO 51


ME desperté boca abajo, desnuda y enrollada en las sábanas de Pedro Alfonso. Mantuve los ojos cerrados mientras sentía que me acariciaba la espalda y
el brazo con los dedos.
Soltó un largo y contenido suspiro al exhalar y dijo en voz baja:
—Te quiero, Pau. Te voy a hacer feliz. Lo juro.
La cama se hundió en el centro cuando él cambió de posición;
inmediatamente, noté sus labios en la espalda mientras me iba besando
lentamente. Me quedé quieta y, justo al llegar debajo de mi oreja, se levantó y
cruzó la habitación. Sus pisadas se alejaron lentamente por el pasillo, y las tuberías
silbaron por la presión del agua de la ducha.
Abrí los ojos, me erguí y me estiré. Me dolían todos los músculos del
cuerpo, incluso aquellos cuya existencia desconocía. Mientras me sujetaba las
sábanas a la altura del pecho, miré por la ventana y observé las hojas amarillas y
rojas que caían en espiral desde las ramas al suelo.
Su teléfono móvil vibró en alguna parte del pavimento y, después de
rebuscar entre la ropa tirada en el suelo, lo encontré en el bolsillo de sus tejanos. La
pantalla se iluminó con un número, sin nombre asignado.
—¿Diga?
—Eh… ¿Está Pedro? —preguntó una mujer.
—Está en la ducha, ¿quieres que le dé algún mensaje?
—Sí, claro. Dile que Aldana ha llamado, ¿vale?
Pedro entró, atándose la toalla alrededor de la cintura, y yo sonreí mientras
le entregaba el teléfono:
—Es para ti —dije.
Me besó antes de mirar la pantalla y sacudió la cabeza.
—¿Sí? Era mi novia. ¿Qué necesitas, Aldana? —Escuchó durante un
momento y, entonces, sonrió—. Bueno, Paloma es especial, qué quieres que te diga.
—Después de una larga pausa, puso los ojos en blanco. Podía imaginar qué estaba
diciendo—. No seas zorra, Aldana. Mira, será mejor que no me llames más… Sí,
encantado —dijo, mientras me miraba con ternura—. Sí, con Pau. Lo digo en
serio, Aldi, no me llames más… Hasta otra.
Lanzó el teléfono a la cama y se sentó a mi lado.
—Parecía bastante cabreada. ¿Te ha dicho algo?
—No, solo ha preguntado por ti.
—He borrado los pocos números que tenía en el teléfono, pero imagino que
eso no impide que me llamen a mí. Si no se enteran por sí mismas, les pararé los
pies.
Me miró expectante, y no pude evitar sonreír. Nunca había visto ese lado
suyo.
—Sabes que confío en ti, ¿no?
Apretó sus labios contra los míos.
—No te culparía si esperaras que me ganara tu confianza.
—Tengo que meterme en la ducha. Ya me he perdido una clase.
—¿Ves? Se nota que soy una buena influencia.
Me puse en pie y él tiró de la sábana.
—Aldana me ha dicho que hay una fiesta de Halloween este fin de semana
en The Red Door. Fui el año pasado y me lo pasé bastante bien.
—Claro, estoy segura —dije, enarcando una ceja.
—Me refería a que asistió mucha gente, y tienen un torneo de billar y
bebidas baratas… ¿Te apetece ir?
—La verdad es que no… No me va el rollo de disfrazarme. Nunca me ha
ido.
—A mí tampoco, simplemente voy —dijo, encogiéndose de hombros.
—¿Sigue en pie lo de ir a los bolos esta noche? —dije, preguntándome si la
invitación era solo para conseguir un tiempo a solas conmigo, que ya no
necesitaba.
—¡Joder, pues claro que sí! ¡Te voy a dar una paliza!
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—Esta vez no. Tengo un nuevo superpoder.
Se rio.
—¿Ah sí? ¿Cuál? ¿Ser malhablada?
Me agaché para darle un beso en el cuello una vez, y después subí la lengua
hasta su oreja y le besé el lóbulo. Se quedó de piedra.
—La distracción —le susurré al oído.
Me cogió de los brazos y me tumbó boca arriba.
—Creo que vas a perderte otra clase.

CAPITULO 50




Seguía con la mirada clavada en el suelo, le pasé el teléfono a Pedro y,
entonces, con dificultad levanté la mirada para comprobar la expresión de su cara:
era una combinación de confusión, sorpresa y adoración.
—Me ha colgado —dije torciendo el gesto.
Escrutó mi cara con una mirada de esperanza y cautela.
—¿Estás enamorada de mí?
—Son los tatuajes —dije encogiéndome de hombros.
Sonrió de oreja a oreja y se le marcaron los hoyuelos de las mejillas.
—Ven a casa conmigo —dijo él, envolviéndome en sus brazos.
Enarqué las cejas.
—¿Has dicho todo eso para llevarme a la cama? Debí de dejarte muy
impresionado.
—Ahora solo puedo pensar en estrecharte entre mis brazos durante toda la
noche.
—Vámonos —dije.
A pesar de la velocidad excesiva y los atajos, el camino hasta el apartamento
parecía no acabarse nunca. Cuando por fin llegamos, Pedro me subió en brazos
por las escaleras. Mientras él luchaba por abrir la puerta, me reí contra sus labios.
Cuando me dejó en el suelo y cerró la puerta detrás de nosotros, soltó un largo
suspiro de alivio.
—No sentía que este sitio fuera mi casa desde que te fuiste —dijo, antes de
besarme en los labios.
Moro vino corriendo por el pasillo y movió la colita, mientras saltaba sobre
mis piernas. Lo acaricié y lo levanté del suelo.
La cama de Valentin crujió, y sus pies retumbaron en el suelo. La puerta se
abrió de golpe, y entrecerró los ojos por la luz.
—¡Joder, Pedro, no voy a consentirte esta mierda! Estás enamorado de Pau…
—Cuando pudo enfocar la mirada, se dio cuenta de su error— … la. Hola, Pau.
—Hola, Valen —dije, mientras dejaba a Moro en el suelo.
Pedro tiró de mí, dejando atrás a su primo, que seguía estupefacto, y cerró
la puerta detrás de nosotros de una patada, atrayéndome a sus brazos y
besándome sin pensárselo dos veces, como si lo hubiéramos hecho un millón de
veces antes. Le quité la camiseta por encima de la cabeza, y él me bajó la chaqueta
por los hombros. Dejé de besarlo el tiempo suficiente para quitarme el jersey y el
top, y después me lancé de nuevo a sus brazos. Nos desvestimos el uno al otro, y a
los pocos segundos me tumbó sobre el colchón. Alargué el brazo por encima de la
cabeza para abrir el cajón y metí la mano dentro, buscando cualquier cosa que
crujiera.
—Mierda —dijo él, jadeando y frustrado—. Me deshice de ellos.
—¿Qué? ¿De todos?
—Pensaba que no ibas a…, si no iba a estar contigo, no los necesitaba.
—¡Estás de broma! —dije, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el
cabecero.
Apoyó la frente en mi pecho.
—Considérate lo contrario a una conclusión previsible.
Sonreí y lo besé.
—¿Nunca has estado con nadie sin uno?
Negó con la cabeza.
—Nunca.
Miré a mi alrededor un momento, perdida en mis pensamientos. Mi
expresión le hizo reír.
—¿Qué haces?
—Sssh, estoy contando.
Pedro me miró un momento y entonces se inclinó para besarme el cuello.
—No puedo concentrarme si haces eso… —dije con un suspiro—.
Veinticinco y dos días… —concluí respirando.
Pedro se rio.
—¿De qué demonios estás hablando?
—Estamos seguros —dije, deslizándome para estar directamente debajo de
él.
Apretó mi pecho contra el suyo y me besó con ternura.
—¿Estás segura?
Deslicé las manos desde sus hombros hasta su culo y lo empujé contra mí.
Él cerró los ojos y soltó un largo y profundo gemido.
—Oh, Dios mío, Pau —suspiró él. Volvió a penetrarme y otro jadeo salió
de su garganta—. Joder, es una sensación alucinante.
—¿Tan diferente es?
Me miró a los ojos.
—Es diferente contigo en todo caso, pero… —Respiró hondo durante un
momento y volvió a tensarse, cerrando los ojos durante un momento—. Nunca
volveré a ser el mismo después de esto.

Sus labios buscaron cada centímetro de mi cuello y, cuando encontró su
camino a mi boca, hundí las yemas de los dedos en los músculos de sus hombros,
perdiéndome en la intensidad del beso.
Pedro me llevó las manos sobre la cabeza y entrelazó sus dedos con los
míos, apretándome las manos cada vez que empujaba. Sus movimientos se
hicieron un poco más bruscos, y clavé las uñas en sus manos cuando mis entrañas
se tensaron con una fuerza increíble.
Grité, mordiéndome el labio y cerrando con fuerza los ojos.
—Pau —susurró él. En su voz se notaba el conflicto—. Tengo… Tengo
que…
—No pares —supliqué.
Me penetró de nuevo, y gimió tan fuerte que le tapé la boca. Después de
unas cuantas respiraciones agitadas, me miró a los ojos y me besó una y otra vez.
Me cogió la cara con ambas manos y me besó otra vez, más lentamente, con más
ternura. Acarició mis labios con los suyos, y después las mejillas, la frente, la nariz
y, entonces, finalmente, volvió a mis labios.
Sonreí y suspiré. El cansancio podía conmigo. Pedro me acercó a él y tiró de
las sábanas para taparnos. Apoyé la mejilla en su pecho y él me besó en la frente
una vez más, entrelazando los dedos detrás de mí.
—No te vayas esta vez, ¿vale? Quiero despertarme exactamente así por la
mañana.
Lo besé en el pecho, presa de la culpa porque tuviera que pedírmelo.
—No me iré a ninguna parte

sábado, 12 de abril de 2014

CAPITULO 49



Mi plan de fingir desinterés era un fracaso épico. No podía seguir
aparentando que no me importaba nada después de que pusiera todas sus cartas
sobre la mesa. Cuando nos conocimos, algo en el interior de ambos cambió y, fuera
lo que fuera, hacía que nos necesitáramos el uno al otro. Por razones que
desconocía, yo era su excepción, y, por mucho que hubiera intentado luchar contra
mis sentimientos, él era la mía.
Meneó la cabeza, me cogió la cara por ambos lados y me miró a los ojos.
—¿Te has acostado con él?
Se me inundaron los ojos de lágrimas calientes y sacudí la cabeza para decir
que no. Pegó sus labios contra los míos y su lengua entró en mi boca sin vacilación.
Incapaz de controlarme, lo agarré por la camiseta y lo atraje hacia mí. Hizo un
ruido con su voz alucinante y profunda, y me agarró con tanta fuerza que me
costaba respirar.
Se apartó, sin aliento.
—Llama a Adrian. Dile que no quieres verlo más. Dile que estás conmigo.
Cerré los ojos.
—No puedo estar contigo, Pedro.
—¿Por qué demonios no? —dijo, soltándome.
Sacudí la cabeza, temerosa de su reacción a la verdad.
Soltó una carcajada.
—Increíble. La única chica de la que me enamoro no quiere estar conmigo.
Tragué saliva, consciente de que tendría que acercarme a la verdad más de
lo que lo había hecho en meses.
—Cuando Rosario y yo nos mudamos aquí, teníamos el propósito de hacer
ciertos cambios en mi vida. O más bien de no seguir con ciertos hábitos. Las peleas,
las apuestas, la bebida son las cosas que dejé atrás. Cuando estoy contigo, todo se
me viene encima en un irresistible conjunto cubierto de tatuajes. No me mudé a
cientos de kilómetros para volver a caer en lo mismo.
Me levantó la barbilla para que lo mirara.
—Sé que mereces a alguien mejor que yo. ¿Te crees que no lo sé? Pero si hay
una mujer hecha para mí, eres tú… Haré lo que sea necesario, Paloma. ¿Me oyes?
Estoy dispuesto a todo.
Me solté, avergonzada por no poder decirle la verdad. Era yo la que no
estaba a la altura. Sería yo la que acabaría arruinándolo todo; incluido a él.
Acabaría odiándome algún día y no podría soportar ver su mirada cuando llegara
ese momento.
Con la mano, mantenía la puerta cerrada.
—Dejaré de pelear en cuanto me gradúe. No volveré a beber ni una sola
gota. Te daré el final feliz, Paloma. Solo necesito que creas en mí. Puedo hacerlo.
—No quiero que cambies.
—Entonces dime qué tengo que hacer. Dímelo y lo haré —me rogó.
Cualquier idea de estar con Adrian se había esfumado hacía tiempo, y sabía
que se debía a mis sentimientos hacia Pedro. Pensé en los diferentes giros que mi
vida podía dar a partir de ese momento: confiar en Pedro dando un salto de fe y
arriesgarme a caminar por arenas movedizas, o apartarlo de mi vida y saber
exactamente dónde acabaría, lo que incluía una vida sin él. Ambas decisiones me
aterraban.
—¿Me dejas tu móvil? —le pregunté.
Pedro frunció el entrecejo, confuso.
—Claro —dijo, antes de sacárselo del bolsillo y dármelo.
Marqué y cerré los ojos mientras oía los tonos de llamada.
—¿Pedro? ¿Qué demonios haces? ¿Tienes idea de qué hora es? —respondió
Adrian. Su voz sonaba profunda y áspera, e inmediatamente sentí el corazón
desbocado en mi pecho. No se me había ocurrido que supiera que le había llamado
desde el móvil de Pedro.
No sé cómo conseguí que mis palabras salieran de entre mis labios
temblorosos.
—Siento llamarte tan tarde, pero esto no podía esperar… No puedo cenar
contigo el miércoles.
—Son casi las cuatro de la mañana, Pau. ¿Qué pasa?
—En realidad, no puedo salir más contigo.
—Paupy…
—Estoy… bastante segura de estar enamorada de Pedro —dije,
preparándome para su reacción.
Después de un momento de silencio, me colgó.