domingo, 6 de abril de 2014

CAPITULO 29





Cuando aterrizamos, mi cara estaba a unos centímetros de la suya. Su
expresión era repentinamente seria. Se incorporó un poco, casi besándome, pero lo
empujé para apartarlo. Sus cejas se enarcaron.
—Déjalo ya, Pepe —dije.
Me mantuvo apretada contra él hasta que dejé de pelear y luego me arrancó
el tirante del vestido haciendo que se me cayera del hombro.
—Desde el instante en que la palabra virgen ha salido de esos bonitos labios
tuyos…, he tenido la urgencia de ayudarte a quitarte el vestido.
—Qué mal. Estabas dispuesto a matar a Adrian por lo mismo hace veinte
minutos, así que no seas hipócrita.
—¡Que se joda Adrian! No te conoce como yo.
—Venga, Pepe. Quítate la ropa y métete en la cama.
—Eso te digo yo —dijo ahogando unas risas.
—¿Cuánto has bebido? —pregunté, consiguiendo finalmente meter el pie
entre sus piernas.
—Bastante —sonrió mientras tiraba del dobladillo de mi vestido.
—Probablemente, más de cuatro litros —dije, mientras le apartaba la mano.
Me puse de rodillas en el colchón junto a él y le quité la camisa por la
cabeza. Intentó cogerme otra vez y le agarré la muñeca, notando el hedor acre en el
ambiente.
—Jo, Pepe, apestas a Jack Daniels.
—Jim Beam —me corrigió, sin poder sostener la cabeza a causa del alcohol.
—Huele a madera quemada y a productos químicos.
—Sabe a eso también. —Se rio. De un tirón le desabroché la hebilla del
cinturón y lo saqué de las trabillas. Se rio con el movimiento propiciado por el
tirón, y luego levantó la cabeza y me miró—. Mejor guarda tu virginidad, Paloma.
Sabes que me gusta lo difícil.
—Cállate —dije, mientras le desabotonaba los vaqueros y los deslizaba
caderas abajo, antes de sacárselos por las piernas. Tiré el vaquero al suelo y me
quedé en pie con las manos en las caderas respirando con fuerza. Le colgaban las
piernas fuera de la cama, tenía los ojos cerrados y su respiración era profunda y
pesada. Estaba dormido como un tronco.
Fui hacia el armario, meneando la cabeza mientras rebuscaba entre la ropa.
Bajé la cremallera de mi vestido y lo deslicé sobre mis caderas dejándolo caer sobre
los tobillos. Lo aparté con el pie a un rincón y me quité la coleta agitando el pelo.
El armario rebosaba con su ropa y la mía; resoplé apartándome el pelo de la
cara mientras rebuscaba entre el montón una camiseta. Cuando estaba
descolgando una, Pedro cayó sobre mi espalda envolviéndome con los brazos
alrededor de la cintura.
—¡Me has dado un susto de muerte! —se quejó.
Me recorrió la piel con las manos. Tenían un tacto diferente; lento y
deliberado. Cuando me llevó con firmeza hacia él, cerré los ojos, y él escondió su
cara en mi pelo rozándome el cuello suavemente con la nariz. Al sentir su piel
desnuda junto a la mía me costó un poco protestar.
—Pedro…
Apartó mi pelo a un lado y me besó lentamente toda la espalda de un
hombro al otro, soltando el enganche de mi sujetador. Besó la piel desnuda de la
base de mi cuello y cerré los ojos, la cálida suavidad de su boca sabía muy bien
para decirle que parase. Un tenue gemido escapó de su garganta cuando me apretó
con su pelvis, y pude sentir a través de sus calzoncillos lo mucho que me deseaba.
Contuve el aliento al saber que lo único que nos impedía dar el gran paso al que
minutos antes yo era tan reacia eran dos finos pedazos de tela.
Pedro me giró hacia él y luego se apretó contra mí apoyando mi espalda
contra la pared. Nuestros ojos se encontraron y pude ver el dolor de su expresión
cuando examinó mi piel desnuda. Le había visto mirar a mujeres antes, pero esta
vez era diferente. No quería conquistarme; me quería decir que sí.
Se inclinó para besarme y se paró a un centímetro de distancia. Podía sentir
con mis labios el calor que irradiaba su piel, tuve que contenerme para no
empujarlo a hacer el resto del camino. Sus dedos investigaban mi piel mientras
decidía qué hacer y luego sus manos se deslizaron por mi espalda hasta la
cinturilla de mis bragas. Con los dedos índices se escurrió por mis caderas hacia
abajo entre mi piel y el tejido de encaje, y, en el mismo momento en que estaba a
punto de bajar el delicado tejido por mis piernas, dudó. Entonces, cuando abrí la
boca para decir sí, cerró con fuerza los ojos.
—Así no —susurró, acariciándome los labios con los suyos—. Te deseo,
pero no de esta manera.
Se tambaleó hacia atrás, cayó de espaldas en la cama y yo me quedé un
momento de pie con los brazos cruzados sobre el estómago. Cuando su respiración
se tranquilizó, saqué los brazos de la camiseta que todavía llevaba puesta y me la
quité bruscamente por la cabeza. Pedro no se movió, y yo exhalé con suavidad y
lentamente, sabiendo que no podríamos refrenarnos si me deslizaba en la cama y él
despertaba con una perspectiva menos honorable.
Me fui deprisa al sillón y me dejé caer sobre él, tapándome la cara con las
manos. Sentí las capas de frustración bailoteando y chocando entre sí dentro de mí.
Adrian se había ido sintiéndose desairado, Pedro había esperado hasta que había
visto a alguien (alguien que a mí me gustaba de verdad) mostrar interés en mí, y
yo parecía ser la única chica a la que no podía llevarse a la cama, ni siquiera
estando borracho.

CAPITULO 28




La situación de repente se volvió peligrosa. Nunca había oído a Adrian subir
la voz. Los nudillos de Pedro estaban blancos de lo mucho que los apretaba, y yo
estaba en medio. La mano de Rosario pareció muy pequeñita cuando la colocó en
el abultado brazo de Pedro, moviendo la cabeza en dirección a Adrian con un aviso
silencioso.
—Venga, Pau. Tengo que hablar contigo —dijo ella.
—¿Sobre qué?
—¡Que vengas! —replicó.
Miré a Adrian y vi irritación en sus ojos.
—Lo siento, tengo que irme.
—No, está bien. Vete.
Pedro me ayudó a salir del Porsche y luego cerró la puerta con una patada.
Me di la vuelta rápido y me quedé de pie entre él y el coche, dándole la espalda.
—¿Qué te pasa? ¡Suéltalo ya!
Rosario parecía nerviosa. No me costó mucho imaginarme por qué. Pedro
apestaba a whisky; ella había insistido en acompañarlo o él le había pedido que
fuese con él. De cualquier modo, Rosario actuaba como elemento disuasorio de la
violencia.
Las ruedas del Porsche de Adrian chirriaron al salir del aparcamiento, y
Pedro encendió un cigarrillo.
—Ya puedes entrar, Ro.
Ella me agarraba la falda.
—Venga, Pau.
—¿Porqué no te quedas,Paupy? —decía él a punto de estallar.
Le indiqué a Rosario con la cabeza que siguiera y ella de mala gana
obedeció. Me crucé de brazos, lista para una pelea, preparándome para atacarlo
después del inevitable discurso. Pedro dio varias caladas a su cigarrillo y, cuando
quedó claro que no se iba a explicar, la paciencia se me agotó.
—¿Por qué has hecho eso? —pregunté.
—¿Por qué? ¡Porque estaba sobándote enfrente de mi apartamento! —gritó.
Parecía que se le iban a salir los ojos de las órbitas y podía percibir que era
incapaz de mantener una conversación racional.
Mantuve la voz en calma.
—Puedo quedarme contigo, pero lo que haga y con quién lo haga es asunto
mío.
Arrojó el cigarrillo al suelo empujándolo con la punta de dos dedos.
—Eres mucho mejor que eso, Paloma. No le dejes que te folle en un coche
como si fueras un ligue barato de fiesta de fin de curso.
—¡No iba a tener relaciones sexuales con él!
Gesticuló en dirección al espacio vacío donde había estado el coche de
Adrian.
—¿Qué estabais haciendo entonces?
—¿No has salido nunca con alguien, Pedro? ¿No has jugueteado sin ir más
lejos?
Frunció el ceño y sacudió la cabeza como si yo estuviera diciendo tonterías.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Mucha gente lo hace…, especialmente quienes tienen citas.
—Las ventanas estaban empañadas, el coche se movía…, ¿qué iba a saber
yo? —dijo, moviendo los brazos en dirección al espacio vacío del aparcamiento.
—¡Tal vez no deberías espiarme!
Se frotó la cara y sacudió la cabeza.
—No puedo soportar esto, Paloma. Creo que me estoy volviendo loco.
Dejé caer las manos golpeándome las caderas.
—¿Qué es lo que no puedes soportar?
—Si duermes con él, no quiero saberlo. Iré a la cárcel mucho tiempo si me
entero de que él…, simplemente no me lo digas.
—Pedro —suspiré—. ¡No puedo creer que estés diciendo lo que dices!
—dije poniéndome la mano en el pecho—. ¡Yo no he…! ¡Ah! No importa.
Empecé a andar alejándome de él, pero me agarró el brazo e hizo que me
diera la vuelta hasta que lo tuve de frente.
—¿Qué es lo que no has hecho? —preguntó, serpenteando un poco. No
respondí, no tenía por qué. Podía ver la luz de reconocimiento iluminar su cara y
me reí.
—¿Eres virgen?
—¿Y qué? —dije, mientras notaba cómo me ardían las mejillas.
Sus ojos se apartaron de los míos, intentando enfocar la mirada mientras
pensaba con dificultad por culpa del whisky.
—Por eso estaba Rosario tan segura de que no llegaría muy lejos.
—Tuve el mismo novio durante los cuatro años de la escuela secundaria.
¡Aspiraba a ser joven ministro baptista! ¡Nunca lo consiguió!
La rabia de Pedro se desvaneció, y el alivio se le transparentó en los ojos.
—¿Un joven ministro? ¿Qué sucedió después de toda su duramente
conseguida abstinencia?
—Quería casarse y quedarse en… Kansas. Yo no.
Quería cambiar de tema desesperadamente. La risa en los ojos de Pedro era
muy humillante. No quería que siguiera hurgando en mi pasado.
Dio un paso hacia mí y me agarró la cara con las dos manos.
—Virgen —dijo, meneando la cabeza hacia los lados—. Nunca lo hubiera
imaginado después de verte bailar en el Red.
—Muy gracioso —dije subiendo las escaleras en tromba.
Pedro intentó seguirme pero resbaló, se cayó rodando de espaldas y
gritando histéricamente.
—¿Qué haces? ¡Levántate! —dije, ayudándolo a ponerse en pie.
Me agarró con un brazo alrededor del cuello, y lo ayudé a ponerse en pie en
las escaleras. Valentin y Rosario estaban ya en la cama, así que, sin nadie a la vista
que pudiera echar una mano, me quité los zapatos de un puntapié para evitar
romperme los tobillos mientras llevaba a Pedro andando a duras penas hasta el
dormitorio. Se cayó en la cama de espaldas arrastrándome con él.

CAPITULO 27





Esa noche, Rosario se sentó sobre el suelo embaldosado del baño
parloteando sobre los chicos mientras yo estaba frente al espejo y me recogía el
pelo en una coleta. Solo la escuchaba a medias, pues no dejaba de pensar en lo
paciente que había sido Pedro, teniendo en cuenta lo mucho que le disgustaba la
idea de que Adrian me recogiera de su apartamento casi cada noche.
La expresión de la cara de Pedro cuando le pedí que me liberara de la
apuesta volvía a mi cabeza, y también su reacción cuando le dije que la gente
chismorreaba que estaba enamorado de mí. No podía dejar de preguntarme por
qué no lo negaba.
—Bueno, Valen cree que estás siendo muy dura con él. Nunca ha tenido a
nadie que le hubiera preocupado lo suficiente para ello.
Pedro asomó la cabeza y sonrió cuando me vio enredar con mi pelo.
—¿Quieres ir a por cena?
Rosario se levantó y se miró en el espejo, se peinó con los dedos su pelo
dorado.
—Valen quiere probar el nuevo mexicano del centro, si queréis venir.
Pedro sacudió la cabeza.
—Había pensado que esta noche Paloma y yo podíamos ir a algún sitio
solos.
—Salgo con Adrian.
—¿Otra vez? —dijo irritado.
—Otra vez —repliqué con voz cantarina.
El timbre de la puerta sonó y me apresuré a adelantarme a Pedro para abrir
la puerta. Adrian estaba frente a mí: su pelo rubio y ondulado natural resaltaba en
su cara recién afeitada.
—¿Alguna vez estás un poco menos que preciosa? —preguntó Adrian.
—Basándome en la primera vez que vino aquí, diré que sí —dijo Pedro
detrás de mí.
Puse los ojos en blanco y sonreí, indicándole a Adrian con un dedo que
esperase. Me volví y abracé a Pedro. Se puso rígido por la sorpresa y luego se
relajó, estrechándome fuerte contra él.
Le miré a los ojos y sonreí.
—Gracias por organizar mi fiesta de cumpleaños. ¿Puedo aceptar la
invitación para cenar otro día?
Un montón de emociones se mostraron en la cara de Pedro, y luego las
comisuras de su boca se curvaron hacia arriba.
—¿Mañana?
Lo abracé y dije con una gran sonrisa:
—Pues claro. —Me despedí con una mano mientras Adrian me agarraba la
otra.
—¿Qué pasaba? —preguntó Adrian.
—No nos hemos llevado muy bien últimamente. Esa ha sido mi versión de
hacer las paces con una rama de olivo.
—¿Debería preocuparme? —preguntó abriendo la puerta de mi casa.
—No. —Le besé la mejilla.
Durante la cena, Adrian habló sobre Harvard, la Casa y sus planes de buscar
un apartamento. Sus cejas se enarcaron.
—¿Te acompañará Pedro a la fiesta de cumpleaños?
—No estoy muy segura. No ha dicho nada sobre eso.
—Si a él no le importa, me gustaría ser yo quien te llevara. —Me cogió la
mano en las suyas y me besó los dedos.
—Le preguntaré. La idea de la fiesta fue suya, así que…
—Entiendo. Si no, simplemente te veré allí. —Sonrió.
Adrian me llevó al apartamento y se detuvo en el aparcamiento. Cuando se
despidió besándome, sus labios permanecieron en los míos. Subió la palanca del
freno de mano mientras sus labios iban a lo largo de mi mandíbula hasta alcanzar
mi oreja, y luego bajaron a lo largo de mi cuello. Me pilló desprevenida y suspiré
suavemente como respuesta.
—Eres tan bonita… —susurró—. He estado trastornado toda la noche con
ese pelo recogido que deja a la vista tu cuello.
Me acribilló el cuello con besos y yo exhalé un murmullo con mi aliento.
—¿Por qué has tardado tanto? —Sonreí, mientras levantaba mi mentón para
darle mejor acceso.
Adrian se centró en mis labios. Me agarró la cara y me besó con más firmeza
de lo habitual. No había mucho sitio en el coche, pero aprovechamos
estupendamente el espacio libre para el tema que nos ocupaba. Se inclinó sobre mí
y doblé las rodillas mientras me caía contra la ventana. Metió la lengua en mi boca
y me agarró la rodilla empujando mi pierna a la altura de su cadera. Los cristales
fríos de las ventanillas se empañaron en pocos minutos debido a todo el aliento
que exhalábamos con nuestras maniobras. Sus labios rozaban mi clavícula, y
entonces levantó la cabeza de un tirón cuando el vidrio vibró con unos golpes
fuertes.
Adrian se sentó y yo me erguí recolocándome la ropa. Salté cuando la puerta
se abrió repentinamente. Pedro y Rosario estaban junto al coche. Rosario ponía
cara de comprensión, mientras Pedro parecía a punto de estallar en un ataque de
rabia ciega.
—¿Qué coño haces, Pedro? —gritó Adrian.

sábado, 5 de abril de 2014

CAPITULO 26




LA cita del lunes por la noche cubrió todas mis expectativas. Comimos
comida china y me reí al ver la habilidad de Adrian manejando los palillos. Cuando
me llevó a casa, Pedro abrió la puerta antes de que Adrian pudiera besarme.
Cuando salimos el miércoles siguiente por la noche, Adrian se aseguró de poder
besarme y lo hizo en el coche.
El jueves a la hora de comer, Adrian se encontró conmigo en la cafetería y
sorprendió a todo el mundo sentándose en el sitio de Pedro. Cuando Pedro acabó
su cigarrillo y volvió a entrar, pasó por delante de Adrian con indiferencia y se
sentó al final de la mesa. Aldana se aproximó a él, pero se quedó desencantada en
el acto cuando él le dijo con la mano que se apartase de él. Todo el mundo se
quedó callado después de eso, y a mí me resultó difícil atender a cualquiera de las
cosas de las que Adrian hablaba.
—Ya me doy cuenta de que no estaba invitado —dijo Adrian, intentando
llamar la atención.
—¿Qué?
—Me he enterado de que tu fiesta de cumpleaños es el domingo. ¿No estoy
invitado?
Rosario miró a Pedro, que, a su vez, miró a Adrian con ira, a punto de
tirarlo al suelo como si fuera césped recién cortado.
—Era una fiesta sorpresa, Adrian —puntualizó Rosario con suavidad.
—¡Oh! —dijo Adrian, avergonzado.
—¿Me vais a hacer una fiesta sorpresa? —pregunté a Rosario.
Ella se encogió de hombros.
—Fue idea de Pepe. Es en casa de Benjamin el domingo. A las seis.
A Adrian se le enrojecieron las mejillas.
—Supongo que ahora sí que no estoy invitado.
—¡Claro! ¡Por supuesto que lo estás! —dije, agarrándole la mano que tenía
encima de la mesa. Doce pares de ojos se centraron en nuestras manos. Podía ver
que Adrian se sentía tan incómodo con tanta atención como lo estaba yo, así que lo
dejé y me llevé las manos al regazo.
Adrian se levantó.
—Tengo algunas cosas que hacer antes de ir a clase. Te llamo luego.
—Muy bien —dije, ofreciéndole una sonrisa de disculpa.
Adrian se inclinó sobre la mesa y me besó en los labios. Se hizo un silencio
absoluto en la cafetería y Rosario me dio un codazo después de que Adrian saliera
caminando.
—¿No es rara la manera en que todo el mundo te mira? —me susurró. Echó
una mirada a toda la habitación con mala cara.
—¿Qué pasa? —gritó Rosario—. ¡Meteos en vuestros asuntos, marranos!
Me cubrí los ojos con las manos.
—¿Sabes?, antes daba pena porque se pensaban que era la pobre amiguita
tonta de Pedro. Ahora soy mala porque todo el mundo piensa que voy de flor en
flor, de Pedro a Adrian y vuelta a empezar, como una pelota de pimpón. —Como
Rosario no decía nada, levanté la vista—. ¿Qué? ¡No me digas que tú también te
crees esas chorradas!
—¡No he dicho nada! —protestó.
La miré fijamente con incredulidad.
—Pero ¿eso es lo que crees?
Rosario movió la cabeza, sin decir nada. De repente, no pude soportar las
frías miradas de los demás estudiantes, así que me levanté y caminé hacia el
extremo de la mesa.
—Tenemos que hablar —dije, dando unos golpecitos a Pedro en la espalda.
Intenté parecer amable pero la rabia me hervía por dentro y me ponía las palabras
en la boca. Todos los estudiantes, incluida mi mejor amiga, pensaban que estaba
haciendo malabares con dos hombres. Solo había una solución.
—Pues habla —dijo Pedro, metiéndose algo empanado y frito en la boca.
Jugueteé con los dedos, notando los ojos curiosos de todo el mundo sobre
mí. Como Pedro seguía sin moverse, lo agarré por el brazo y le di un buen tirón. Se
puso de pie y me siguió fuera con una sonrisita en la cara.
—¿Qué pasa, Paloma? —dijo, mirando mi mano en su brazo y luego a mí.
—Tienes que liberarme de la apuesta —le rogué.
Su cara se quedó helada.
—¿Quieres dejarlo? ¿Por qué? ¿Qué he hecho?
—No has hecho nada, Pepe. ¿No te has percatado de cómo miraba todo el
mundo? Me estoy convirtiendo rápidamente en la paria del este de los Estados
Unidos.
Pedro sacudió la cabeza y se encendió un cigarrillo.
—No es problema mío.
—Sí que lo es. Adrian dice que todo el mundo piensa que se está buscando
una buena porque tú estás enamorado de mí.
Las cejas de Pedro se elevaron repentinamente y se atragantó con el humo
que acababa de inhalar.
—¿Eso dice la gente? —preguntó entre toses.
Asentí. Miró a lo lejos con los ojos muy abiertos y dando otra calada.
—¡Pedro! Me tienes que liberar de la apuesta! No puedo quedar con Adrian
y vivir contigo al mismo tiempo. ¡Resulta horrible!
—Pues deja de quedar con Adrian.
Lo miré airadamente.
—Ese no es el problema y tú lo sabes.
—¿Es la única razón por la que quieres que te libere de la apuesta? ¿Por el
qué dirán?
—Por lo menos antes era tonta y tú, un malvado —refunfuñé.
—Contesta la pregunta, Paloma.
—¡Sí!
Pedro miró por encima de mí a los estudiantes que entraban y salían de la
cafetería. Estaba deliberando y yo hervía de impaciencia mientras a él le costaba
bastante tomar una decisión.
Finalmente, se estiró y decidió.
—No.
Agité la cabeza, segura de haberlo oído mal.
—Perdona, ¿qué has dicho?
—No. Tú misma lo dijiste: una apuesta es una apuesta. En cuanto pase el
mes se acabó, podrás ser libre de ir con Adrian, él se hará médico, os casaréis y
tendréis los dos niños y medio que tocan y nunca volveré a verte. —Gesticulaba
con sus palabras—. Todavía tengo tres semanas. No voy a renunciar por cotilleos
de comedor.
Miré a través del cristal y vi a toda la cafetería mirándonos. La inoportuna
atención hacía que me quemasen los ojos. Levanté los hombros al pasar junto a él
para ir a mi siguiente clase.
—Paloma —me llamó Pedro cuando me iba.
No me volví.

CAPITULO 25



Me agarré a su brazo para quitarme los tacones, y fui hacia su habitación.
Mientras me ponía el pijama intenté con todas mis fuerzas estar enfadada con él.
Pedro se sentó en la cama y cruzó los brazos.
—¿Te lo has pasado bien?
—Sí —suspiré—, me lo he pasado estupendamente. Ha sido perfecto. Él
es…
No pude encontrar una palabra adecuada para describirlo, por eso
simplemente moví la cabeza.
—¿Te ha besado?
Apreté los labios y asentí.
—Sí, tiene unos labios muy, muy suaves.
Pedro se apartó.
—No me importa cómo son sus labios.
—Créeme, es importante. Me pongo tan nerviosa con los primeros besos…,
pero este no ha estado nada mal.
—¿Te pones nerviosa por un beso? —preguntó divertido.
—Solo con los primeros besos. Los odio.
—Yo también los odiaría si tuviera que besar a Adrian Hayes.
Me reí tontamente y me fui hacia el baño a quitarme el maquillaje de la cara.
Pedro me siguió, apoyándose en la jamba de la puerta.
—¿Así que vais a salir otra vez?
—Sí. Me llamará mañana.
Me sequé la cara y corrí por el pasillo para saltar a la cama.
Pedro se quitó los calzoncillos y se sentó con la espalda vuelta hacia mí.
Estaba un poco encorvado y parecía cansado. Los músculos de su espalda se
estiraron cuando se volvió para mirarme un instante.
—Si te lo has pasado tan bien, ¿por qué has vuelto tan temprano a casa?
—Tiene un examen importante el lunes.
Pedro arrugó la nariz.
—¿A quién le importa?
—Está intentando entrar en Harvard. Tiene que estudiar.
Resopló arrastrándose sobre su estómago. Lo vi meter las manos bajo la
almohada, parecía enfadado.
—Sí, claro, eso es lo que dice a todo el mundo.
—No seas idiota. Tiene prioridades…, creo que es un tío responsable.
—¿No debería estar su chica por encima de sus prioridades?
—No soy su chica. Solo hemos salido una vez, Pepe —me quejé.
—¿Pues qué habéis hecho juntos? —Le dirigí una mirada airada y él se echó
a reír—. ¿Qué? ¡Tengo curiosidad!
Viendo que era sincero, le conté todo, desde el restaurante, la comida,
incluso las cosas bonitas y dulces que Adrian me había dicho. Sabía que mi boca se
había quedado congelada en una ridícula sonrisa, pero no podía dejar de sonreír
mientras describía mi velada perfecta.
Pedro me observaba con sonrisa divertida mientras yo parloteaba, incluso
haciendo preguntas. Aunque parecía frustrado con todo lo de Adrian, yo sentía
claramente que disfrutaba viéndome tan feliz.
Pedro se colocó en su lado de la cama y yo bostecé. Nos miramos por un
instante antes de que él dijera en un suspiro:
—Estoy encantado de que te lo hayas pasado bien, Paloma. Te lo mereces.
—Gracias —dije con una sonrisa de oreja a oreja. La melodía hacía vibrar mi
móvil en la mesilla de noche y lo cogí bruscamente para mirar la pantalla.
—¿Diga?
—Ya es mañana —dijo Adrian.
Miré el reloj y me reí. Eran las doce y un minuto.
—Sí, es verdad.
—¿Qué te parece el lunes por la noche? —me preguntó.
Me cubrí la boca por un momento y luego, inspirando profundamente, dije:
—Muy bien. El lunes por la noche es perfecto.
—Bien. Te veo el lunes —dijo.
Podía imaginarme su sonrisa por su voz. Colgué y me volví hacia Pedro,
que me miraba con un poco de fastidio. Le di la espalda y me acurruqué haciendo
un ovillo, tensa por la emoción.
—Eres una chica estupenda —dijo Pedro girándose de espaldas a mí.
Puse los ojos en blanco. Se dio la vuelta y me agarró la cara para que lo
mirase.
—¿De verdad te gusta Adrian?
—¡No me estropees esto, Pedro!
Me miró por un momento y luego agitó la cabeza volviéndose de nuevo.
—Adrian Hayes.

CAPITULO 24



Me ricé el pelo, me pinté las uñas y los labios con una sombra rojo oscuro. Era un
poco demasiado para una primera cita. Me fruncí el ceño a mí misma en el espejo.
No era a Adrian a quien estaba intentando impresionar. No estaba en situación de
aceptar insultos cuando Pedro me había acusado de andarme con juegos.
Al mirarme por última vez en el espejo, la culpa me embargó. Pedro estaba
haciendo todo lo que podía y yo estaba siendo una mocosa cabezota. Salí a la sala
de estar y Pedro sonrió, no era la reacción que yo esperaba.
—Estás… preciosa.
—Gracias —dije, agitada por la falta de irritación o celos en su voz.
Valentin silbó.
—Buena opción, Paula. A los tíos les encanta el rojo.
—Y los rizos son atractivos —añadió Rosario.
Sonó el timbre de la puerta y Rosario sonrió, saludando con la mano con
exagerado nerviosismo.
—¡Que te lo pases bien!
Abrí la puerta. Adrian sostenía un ramito de flores y llevaba pantalones de
vestir y una corbata. Sus ojos hicieron un rápido recorrido de mi vestido a los
zapatos y de nuevo al vestido.
—Eres la criatura más hermosa que he visto jamás —dijo embelesado.
Me volví para decirle adiós con la mano a Rosario, cuya sonrisa era tan
amplia que podía ver cada uno de sus dientes. Valentin tenía la expresión de un
padre orgulloso y Pedro mantenía los ojos fijos en la televisión.
Adrian me condujo al reluciente Porsche. Una vez dentro, dio un suspiro.
—¿Qué? —pregunté.
—Tengo que decir que estaba un poco nervioso por lo de recoger a la mujer
de la que está enamorado Pedro Alfonso… en su apartamento. No sabes cuánta
gente me ha dicho hoy que estaba loco.
Pedro no está enamorado de mí. A veces casi no puede aguantar tenerme
cerca.
—¿Entonces es una relación de amor-odio? Porque, cuando les solté a los de
la hermandad que te iba a sacar por ahí esta noche, todos me dijeron lo mismo. Se
comporta tan erráticamente (incluso más que habitualmente) que todos han
llegado a la misma conclusión.
—Pues se equivocan —insistí.
Adrian sacudió la cabeza como si yo fuera totalmente estúpida. Puso su
mano sobre la mía.
—Mejor nos vamos. Tengo reservada una mesa.
—¿Dónde?
—En Biasetti. Me atreví… Espero que te guste la comida italiana.
Levanté una ceja.
—¿Una reserva con tan poca antelación? Ese sitio está siempre de bote en
bote.
—Bueno…, es nuestro restaurante. La mitad, por lo menos.
—Me gustan los italianos.
Adrian condujo al restaurante a la velocidad límite, usando los intermitentes
de forma correcta y deteniéndose lo justo en cada semáforo ámbar. Mientras
hablaba, apenas apartaba los ojos de la carretera. Cuando llegamos al restaurante,
me reí encantada.
—¿Qué? —preguntó.
—Eres un conductor muy cauto. Me gusta.
—¿Diferente de la parte trasera de la motocicleta de Pedro? —Sonrió.
Debería haberme reído pero la diferencia no me pareció tan buena.
—No hablemos de Pedro esta noche. ¿De acuerdo?
—Me parece bien —asintió, mientras se levantaba de su asiento para
abrirme la puerta.
Estábamos sentados en un lateral, en una mesa junto a una gran ventana.
Aunque yo llevaba un vestido, tenía un aspecto pobre en comparación con las
otras mujeres del restaurante. Estaban cubiertas de diamantes y llevaban vestidos
de cóctel. Nunca había comido en un sitio tan ostentoso.
Pedimos y Adrian cerró su menú, sonriendo al camarero.
—Y tráiganos una botella de Allegrini Amarone, por favor.
—Sí, señor —dijo el camarero mientras recogía los menús.
—Este lugar es increíble —susurré apoyándome en la mesa.
Sus ojos verdes se suavizaron.
—Gracias, le diré a mi padre lo que piensas.
Una mujer se acercó a nuestra mesa. Llevaba el pelo rubio recogido en un
moño francés apretado, una veta gris interrumpía las ondas suaves de sus rizos.
Intenté no pararme a mirar las joyas que brillaban llamativamente en su
cuello, o las que se balanceaban de aquí para allá en sus orejas, pero saltaban a la
vista. Sus bizqueantes ojos azules me miraron detenidamente.
Rápidamente se volvió a mi pareja.
—¿Quién es tu amiga, Adrian?
—Mamá, esta es Paula Chaves. Pau, esta es mi madre, Viviana Hayes.
Extendí la mano que ella estrechó de un golpe. Con un bien aprendido
movimiento, el interés le iluminó los afilados rasgos de la cara, y miró a Adrian.
—¿Chaves?
Tragué saliva; me preocupaba que hubiera reconocido el nombre.
La expresión de Adrian se volvió impaciente.
—Es de Wichita, mamá. No conoces a su familia. Va a Eastern.
—¡Ah! —Viviana me miró de nuevo—. Adrian se marcha el curso que
viene a Harvard.
—Eso me ha dicho. Creo que es fantástico. Debe de estar muy orgullosa.
La tensión alrededor de sus ojos se suavizó un poco y las comisuras de su
boca se tornaron en petulante sonrisa.
—Sí que lo estamos. Gracias.
Estaba sorprendida de las palabras tan educadas que usaba incluso dejando
entrever un insulto. No era un talento que hubiera desarrollado de la noche a la
mañana. La señora Hayes debía de haber pasado años imponiendo su
superioridad a los demás.
—Ha sido estupendo verte, mamá. Buenas noches. —Ella lo besó en la
mejilla, le borró la huella de pintalabios con el dedo pulgar y luego se volvió a su
mesa—. Te pido disculpas por todo esto, no sabía que ella iba a estar aquí.
—No pasa nada. Parece… encantadora.
Adrian se rio.
—Sí, para ser una piraña.
Reprimí una risa y él me sonrió en tono de disculpa.
—Se acostumbrará. Solo que le llevará algún tiempo.
—A lo mejor para cuando acabes en Harvard.
Hablamos sin parar sobre la comida, Eastern, Cálculo, e incluso sobre el
Círculo. Adrian era encantador, divertido y todo lo que dijo me parecía bien. Varias
personas se acercaron para saludarlo y siempre me presentaba con una sonrisa
orgullosa. Lo miraban como a un famoso en aquel restaurante, y cuando nos
fuimos sentí los ojos enjuiciadores de todo el mundo presente en aquella sala.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Me temo que tengo un examen trimestral de Anatomía Comparada de los
Vertebrados a primera hora del lunes por la mañana. Tengo que ir a estudiar —me
dijo, cubriendo mi mano con la suya.
—Mejor tú que yo —dije, intentando no parecer desilusionada.
Me llevó al apartamento y luego me acompañó escaleras arriba cogidos de
la mano.
—Gracias, Adrian —Era consciente de mi sonrisa ridícula—. Me lo he
pasado muy bien.
—¿Es muy pronto para pedir una segunda cita?
—De ninguna manera —dije con una sonrisa resplandeciente.
—¿Te llamo mañana?
—Perfecto.
Entonces llegó el momento del silencio incómodo. Lo que más miedo me da
de las citas. Besar o no besar, odiaba esa pregunta.
Antes de que tuviera oportunidad de preguntarme si me besaría o no, me
cogió la cara entre las manos y me llevó hacia sí apretando sus labios contra los
míos. Eran suaves, cálidos y maravillosos. Volvió a acercarme y me besó de nuevo.
—Hablamos mañana, Pau.
Le dije adiós con la mano mientras lo miraba ir de regreso a su coche.
—Adiós.
Una vez más, cuando giré el pomo de la puerta, la puerta se abrió con un
tirón brusco y caí hacia delante. Pedro me cogió y recuperé el equilibrio.
—¿Dejarás de hacer eso? —dije cerrando la puerta tras de mí.

viernes, 4 de abril de 2014

CAPITULO 23



Me bajé la cremallera del vestido, me lo quité contoneándome por encima
de las caderas y lo lancé con un pie a un rincón. Rápidamente me puse una
camiseta y luego me solté el sujetador sacándolo a través de la manga. Mientras me
recogía el pelo haciéndome un moño en el cogote, me di cuenta de que me estaba
mirando.
—Estoy segura de que no tengo nada que no hayas visto antes —dije
poniendo los ojos en blanco. Me deslicé bajo la ropa de cama y me instalé en mi
almohada haciéndome un ovillo. Se soltó el cinturón, se bajó los tejanos y se los
quitó con un saltito.
Esperé mientras él estaba de pie sin moverse por un instante. Le daba la
espalda, así que me preguntaba qué estaba haciendo, de pie junto a la cama y en
silencio. La cama se movió cuando finalmente se arrastró en el colchón junto a mí,
y yo me puse rígida cuando su mano se posó en mi cadera.
—He faltado a una pelea esta noche —dijo—. Agustin llamó. No fui.
—¿Por qué? —dije volviéndome hacia él.
—Quería estar seguro de que volvías a casa.
Arrugué la nariz.
—No tienes que cuidar de mí.
Deslizó uno de sus dedos a lo largo de mi brazo produciéndome escalofríos.
—Lo sé. Supongo que todavía me siento mal por lo de la otra noche.
—Te dije que no me importaba.
Se apoyó en el codo con una expresión dudosa en la cara.
—¿Por eso estuviste durmiendo en el sillón? ¿Porque no te importaba?
—No podía dormirme después de que tus… amigas se fueran.
—Estabas durmiendo tranquilamente en el sillón. ¿Por qué no podías
dormir conmigo?
—¿Quieres decir junto a un tipo que todavía tenía el olor de un par de
busconas de bar que acababa de mandar a casa? ¡No sé! ¡Qué egoísta fui!
Pedro hizo un gesto de vergüenza.
—Ya te dije que lo sentía.
—Y yo dije que no me importaba. Buenas noches —respondí, antes de
darme media vuelta.
Pasaron unos momentos de silencio. Entonces, deslizó su mano por encima
de mi almohada y colocó su mano sobre la mía. Acarició la delicada piel de entre
mis dedos y luego apretó sus labios contra mi pelo.
—Y yo preocupado por que nunca volvieras a hablarme… Creo que es peor
tu indiferencia.
Mis ojos se cerraron.
—¿Qué quieres de mí, Pedro? No quieres que me preocupe por lo que
hiciste, pero quieres que me preocupe. Le dices a Rosario que no quieres salir
conmigo, pero te cabreas tanto cuando yo digo lo mismo que te marchas de casa
enfurecido y te emborrachas. Nada de lo que haces tiene sentido.
—¿Por eso le dijiste esas cosas a Rosario? ¿Porque yo había dicho que no
quería salir contigo?
Me rechinaron los dientes. Acababa de insinuar que estaba jugando con él.
Le respondí de la forma más directa que pude.
—No, quise decir lo que dije. Simplemente no tenía intención de que fuera
un insulto.
—Pues yo lo dije porque… —se rascó nerviosamente su corto pelo— no
quiero estropear nada. Ni siquiera sé cómo hacer para ser lo que te mereces. Solo
intentaba averiguarlo.
—Vale, muy bien, pero tengo que dormir. Tengo una cita esta noche.
—¿Con Adrian? —preguntó; su tono volvía a traicionar su mal humor.
—Sí. ¿Puedo dormir, por favor?
—Claro —dijo, saliendo bruscamente de la cama y dando un portazo tras de
sí al salir. El sillón crujió bajo su peso y luego el murmullo de voces de la televisión
llegó desde la sala. Cerré los ojos con fuerza e intenté calmarme lo suficiente para
adormilarme aunque solo fuera unas horas.
El despertador dio las tres de la tarde cuando abrí trabajosamente los ojos.
Agarré una toalla y mi bata, y me dirigí torpemente al baño. En cuanto cerré la
cortina de la ducha, la puerta se abrió y se cerró. Esperé a que alguien hablara pero
solo oí la tapa del inodoro golpeando la porcelana.
—¿Pedro?
—No, soy yo —dijo Rosario.
—¿Tienes que hacer pis aquí? Tienes tu propio baño.
—Valen ha estado allí más de media hora con la mierda de las cervezas. No
pienso entrar allí.
—Encantador.
—He oído que tienes una cita esta noche. ¡Pedro está cabreado! —canturreó.
—¡A las seis! Es tan dulce, Rosario. Es simplemente… —Mi voz se apagó en
un suspiro. Estaba muy efusiva y no es lo mío ser efusiva. Seguí pensando en lo
perfecto que había sido desde el momento en que nos habíamos conocido. Era
exactamente lo que necesitaba: el polo opuesto a Pedro.
—¿Te ha dejado sin habla? —dijo con una risita tonta.
Asomé la cabeza por la cortina.
—¡No quería volver a casa! ¡Podría haber estado hablando con él para
siempre!
—Suena prometedor. ¿Pero no le parece raro que estés aquí?
Metí la cabeza bajo el agua para enjuagarme la espuma.
—Ya se lo expliqué.
Sonó el ruido de la cadena del inodoro y del grifo que se abría haciendo que
el agua saliera fría por un momento. Grité y la puerta se abrió del todo.
—¿Paloma? —dijo Pedro.
Rosario se rio.
—Solo he tirado de la cadena, Pepe, cálmate.
—Oh. ¿Estás bien, Paloma?
—Estoy estupendamente. Sal. —La puerta se cerró de nuevo y suspiré—.
¿Es mucho pedir que haya pestillos en las puertas? —Rosario no contestó—.
¿Ro?
—Me sabe fatal que lo vuestro no cuajara. Eres la única chica que podría
haber… —suspiró—. En fin, no te preocupes. Ahora ya no importa.
Cerré el grifo y me envolví en una toalla.
—Están tan mal como él. Debe de ser una enfermedad…, aquí nadie tiene
sentido común. ¿Te acuerdas de lo mucho que te cabreaba su comportamiento?
—Lo sé —asintió.
Encendí el secador de pelo y comencé a acicalarme para mi cita con Adrian.