TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
sábado, 5 de abril de 2014
CAPITULO 24
Me ricé el pelo, me pinté las uñas y los labios con una sombra rojo oscuro. Era un
poco demasiado para una primera cita. Me fruncí el ceño a mí misma en el espejo.
No era a Adrian a quien estaba intentando impresionar. No estaba en situación de
aceptar insultos cuando Pedro me había acusado de andarme con juegos.
Al mirarme por última vez en el espejo, la culpa me embargó. Pedro estaba
haciendo todo lo que podía y yo estaba siendo una mocosa cabezota. Salí a la sala
de estar y Pedro sonrió, no era la reacción que yo esperaba.
—Estás… preciosa.
—Gracias —dije, agitada por la falta de irritación o celos en su voz.
Valentin silbó.
—Buena opción, Paula. A los tíos les encanta el rojo.
—Y los rizos son atractivos —añadió Rosario.
Sonó el timbre de la puerta y Rosario sonrió, saludando con la mano con
exagerado nerviosismo.
—¡Que te lo pases bien!
Abrí la puerta. Adrian sostenía un ramito de flores y llevaba pantalones de
vestir y una corbata. Sus ojos hicieron un rápido recorrido de mi vestido a los
zapatos y de nuevo al vestido.
—Eres la criatura más hermosa que he visto jamás —dijo embelesado.
Me volví para decirle adiós con la mano a Rosario, cuya sonrisa era tan
amplia que podía ver cada uno de sus dientes. Valentin tenía la expresión de un
padre orgulloso y Pedro mantenía los ojos fijos en la televisión.
Adrian me condujo al reluciente Porsche. Una vez dentro, dio un suspiro.
—¿Qué? —pregunté.
—Tengo que decir que estaba un poco nervioso por lo de recoger a la mujer
de la que está enamorado Pedro Alfonso… en su apartamento. No sabes cuánta
gente me ha dicho hoy que estaba loco.
—Pedro no está enamorado de mí. A veces casi no puede aguantar tenerme
cerca.
—¿Entonces es una relación de amor-odio? Porque, cuando les solté a los de
la hermandad que te iba a sacar por ahí esta noche, todos me dijeron lo mismo. Se
comporta tan erráticamente (incluso más que habitualmente) que todos han
llegado a la misma conclusión.
—Pues se equivocan —insistí.
Adrian sacudió la cabeza como si yo fuera totalmente estúpida. Puso su
mano sobre la mía.
—Mejor nos vamos. Tengo reservada una mesa.
—¿Dónde?
—En Biasetti. Me atreví… Espero que te guste la comida italiana.
Levanté una ceja.
—¿Una reserva con tan poca antelación? Ese sitio está siempre de bote en
bote.
—Bueno…, es nuestro restaurante. La mitad, por lo menos.
—Me gustan los italianos.
Adrian condujo al restaurante a la velocidad límite, usando los intermitentes
de forma correcta y deteniéndose lo justo en cada semáforo ámbar. Mientras
hablaba, apenas apartaba los ojos de la carretera. Cuando llegamos al restaurante,
me reí encantada.
—¿Qué? —preguntó.
—Eres un conductor muy cauto. Me gusta.
—¿Diferente de la parte trasera de la motocicleta de Pedro? —Sonrió.
Debería haberme reído pero la diferencia no me pareció tan buena.
—No hablemos de Pedro esta noche. ¿De acuerdo?
—Me parece bien —asintió, mientras se levantaba de su asiento para
abrirme la puerta.
Estábamos sentados en un lateral, en una mesa junto a una gran ventana.
Aunque yo llevaba un vestido, tenía un aspecto pobre en comparación con las
otras mujeres del restaurante. Estaban cubiertas de diamantes y llevaban vestidos
de cóctel. Nunca había comido en un sitio tan ostentoso.
Pedimos y Adrian cerró su menú, sonriendo al camarero.
—Y tráiganos una botella de Allegrini Amarone, por favor.
—Sí, señor —dijo el camarero mientras recogía los menús.
—Este lugar es increíble —susurré apoyándome en la mesa.
Sus ojos verdes se suavizaron.
—Gracias, le diré a mi padre lo que piensas.
Una mujer se acercó a nuestra mesa. Llevaba el pelo rubio recogido en un
moño francés apretado, una veta gris interrumpía las ondas suaves de sus rizos.
Intenté no pararme a mirar las joyas que brillaban llamativamente en su
cuello, o las que se balanceaban de aquí para allá en sus orejas, pero saltaban a la
vista. Sus bizqueantes ojos azules me miraron detenidamente.
Rápidamente se volvió a mi pareja.
—¿Quién es tu amiga, Adrian?
—Mamá, esta es Paula Chaves. Pau, esta es mi madre, Viviana Hayes.
Extendí la mano que ella estrechó de un golpe. Con un bien aprendido
movimiento, el interés le iluminó los afilados rasgos de la cara, y miró a Adrian.
—¿Chaves?
Tragué saliva; me preocupaba que hubiera reconocido el nombre.
La expresión de Adrian se volvió impaciente.
—Es de Wichita, mamá. No conoces a su familia. Va a Eastern.
—¡Ah! —Viviana me miró de nuevo—. Adrian se marcha el curso que
viene a Harvard.
—Eso me ha dicho. Creo que es fantástico. Debe de estar muy orgullosa.
La tensión alrededor de sus ojos se suavizó un poco y las comisuras de su
boca se tornaron en petulante sonrisa.
—Sí que lo estamos. Gracias.
Estaba sorprendida de las palabras tan educadas que usaba incluso dejando
entrever un insulto. No era un talento que hubiera desarrollado de la noche a la
mañana. La señora Hayes debía de haber pasado años imponiendo su
superioridad a los demás.
—Ha sido estupendo verte, mamá. Buenas noches. —Ella lo besó en la
mejilla, le borró la huella de pintalabios con el dedo pulgar y luego se volvió a su
mesa—. Te pido disculpas por todo esto, no sabía que ella iba a estar aquí.
—No pasa nada. Parece… encantadora.
Adrian se rio.
—Sí, para ser una piraña.
Reprimí una risa y él me sonrió en tono de disculpa.
—Se acostumbrará. Solo que le llevará algún tiempo.
—A lo mejor para cuando acabes en Harvard.
Hablamos sin parar sobre la comida, Eastern, Cálculo, e incluso sobre el
Círculo. Adrian era encantador, divertido y todo lo que dijo me parecía bien. Varias
personas se acercaron para saludarlo y siempre me presentaba con una sonrisa
orgullosa. Lo miraban como a un famoso en aquel restaurante, y cuando nos
fuimos sentí los ojos enjuiciadores de todo el mundo presente en aquella sala.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
—Me temo que tengo un examen trimestral de Anatomía Comparada de los
Vertebrados a primera hora del lunes por la mañana. Tengo que ir a estudiar —me
dijo, cubriendo mi mano con la suya.
—Mejor tú que yo —dije, intentando no parecer desilusionada.
Me llevó al apartamento y luego me acompañó escaleras arriba cogidos de
la mano.
—Gracias, Adrian —Era consciente de mi sonrisa ridícula—. Me lo he
pasado muy bien.
—¿Es muy pronto para pedir una segunda cita?
—De ninguna manera —dije con una sonrisa resplandeciente.
—¿Te llamo mañana?
—Perfecto.
Entonces llegó el momento del silencio incómodo. Lo que más miedo me da
de las citas. Besar o no besar, odiaba esa pregunta.
Antes de que tuviera oportunidad de preguntarme si me besaría o no, me
cogió la cara entre las manos y me llevó hacia sí apretando sus labios contra los
míos. Eran suaves, cálidos y maravillosos. Volvió a acercarme y me besó de nuevo.
—Hablamos mañana, Pau.
Le dije adiós con la mano mientras lo miraba ir de regreso a su coche.
—Adiós.
Una vez más, cuando giré el pomo de la puerta, la puerta se abrió con un
tirón brusco y caí hacia delante. Pedro me cogió y recuperé el equilibrio.
—¿Dejarás de hacer eso? —dije cerrando la puerta tras de mí.
viernes, 4 de abril de 2014
CAPITULO 23
Me bajé la cremallera del vestido, me lo quité contoneándome por encima
de las caderas y lo lancé con un pie a un rincón. Rápidamente me puse una
camiseta y luego me solté el sujetador sacándolo a través de la manga. Mientras me
recogía el pelo haciéndome un moño en el cogote, me di cuenta de que me estaba
mirando.
—Estoy segura de que no tengo nada que no hayas visto antes —dije
poniendo los ojos en blanco. Me deslicé bajo la ropa de cama y me instalé en mi
almohada haciéndome un ovillo. Se soltó el cinturón, se bajó los tejanos y se los
quitó con un saltito.
Esperé mientras él estaba de pie sin moverse por un instante. Le daba la
espalda, así que me preguntaba qué estaba haciendo, de pie junto a la cama y en
silencio. La cama se movió cuando finalmente se arrastró en el colchón junto a mí,
y yo me puse rígida cuando su mano se posó en mi cadera.
—He faltado a una pelea esta noche —dijo—. Agustin llamó. No fui.
—¿Por qué? —dije volviéndome hacia él.
—Quería estar seguro de que volvías a casa.
Arrugué la nariz.
—No tienes que cuidar de mí.
Deslizó uno de sus dedos a lo largo de mi brazo produciéndome escalofríos.
—Lo sé. Supongo que todavía me siento mal por lo de la otra noche.
—Te dije que no me importaba.
Se apoyó en el codo con una expresión dudosa en la cara.
—¿Por eso estuviste durmiendo en el sillón? ¿Porque no te importaba?
—No podía dormirme después de que tus… amigas se fueran.
—Estabas durmiendo tranquilamente en el sillón. ¿Por qué no podías
dormir conmigo?
—¿Quieres decir junto a un tipo que todavía tenía el olor de un par de
busconas de bar que acababa de mandar a casa? ¡No sé! ¡Qué egoísta fui!
Pedro hizo un gesto de vergüenza.
—Ya te dije que lo sentía.
—Y yo dije que no me importaba. Buenas noches —respondí, antes de
darme media vuelta.
Pasaron unos momentos de silencio. Entonces, deslizó su mano por encima
de mi almohada y colocó su mano sobre la mía. Acarició la delicada piel de entre
mis dedos y luego apretó sus labios contra mi pelo.
—Y yo preocupado por que nunca volvieras a hablarme… Creo que es peor
tu indiferencia.
Mis ojos se cerraron.
—¿Qué quieres de mí, Pedro? No quieres que me preocupe por lo que
hiciste, pero quieres que me preocupe. Le dices a Rosario que no quieres salir
conmigo, pero te cabreas tanto cuando yo digo lo mismo que te marchas de casa
enfurecido y te emborrachas. Nada de lo que haces tiene sentido.
—¿Por eso le dijiste esas cosas a Rosario? ¿Porque yo había dicho que no
quería salir contigo?
Me rechinaron los dientes. Acababa de insinuar que estaba jugando con él.
Le respondí de la forma más directa que pude.
—No, quise decir lo que dije. Simplemente no tenía intención de que fuera
un insulto.
—Pues yo lo dije porque… —se rascó nerviosamente su corto pelo— no
quiero estropear nada. Ni siquiera sé cómo hacer para ser lo que te mereces. Solo
intentaba averiguarlo.
—Vale, muy bien, pero tengo que dormir. Tengo una cita esta noche.
—¿Con Adrian? —preguntó; su tono volvía a traicionar su mal humor.
—Sí. ¿Puedo dormir, por favor?
—Claro —dijo, saliendo bruscamente de la cama y dando un portazo tras de
sí al salir. El sillón crujió bajo su peso y luego el murmullo de voces de la televisión
llegó desde la sala. Cerré los ojos con fuerza e intenté calmarme lo suficiente para
adormilarme aunque solo fuera unas horas.
El despertador dio las tres de la tarde cuando abrí trabajosamente los ojos.
Agarré una toalla y mi bata, y me dirigí torpemente al baño. En cuanto cerré la
cortina de la ducha, la puerta se abrió y se cerró. Esperé a que alguien hablara pero
solo oí la tapa del inodoro golpeando la porcelana.
—¿Pedro?
—No, soy yo —dijo Rosario.
—¿Tienes que hacer pis aquí? Tienes tu propio baño.
—Valen ha estado allí más de media hora con la mierda de las cervezas. No
pienso entrar allí.
—Encantador.
—He oído que tienes una cita esta noche. ¡Pedro está cabreado! —canturreó.
—¡A las seis! Es tan dulce, Rosario. Es simplemente… —Mi voz se apagó en
un suspiro. Estaba muy efusiva y no es lo mío ser efusiva. Seguí pensando en lo
perfecto que había sido desde el momento en que nos habíamos conocido. Era
exactamente lo que necesitaba: el polo opuesto a Pedro.
—¿Te ha dejado sin habla? —dijo con una risita tonta.
Asomé la cabeza por la cortina.
—¡No quería volver a casa! ¡Podría haber estado hablando con él para
siempre!
—Suena prometedor. ¿Pero no le parece raro que estés aquí?
Metí la cabeza bajo el agua para enjuagarme la espuma.
—Ya se lo expliqué.
Sonó el ruido de la cadena del inodoro y del grifo que se abría haciendo que
el agua saliera fría por un momento. Grité y la puerta se abrió del todo.
—¿Paloma? —dijo Pedro.
Rosario se rio.
—Solo he tirado de la cadena, Pepe, cálmate.
—Oh. ¿Estás bien, Paloma?
—Estoy estupendamente. Sal. —La puerta se cerró de nuevo y suspiré—.
¿Es mucho pedir que haya pestillos en las puertas? —Rosario no contestó—.
¿Ro?
—Me sabe fatal que lo vuestro no cuajara. Eres la única chica que podría
haber… —suspiró—. En fin, no te preocupes. Ahora ya no importa.
Cerré el grifo y me envolví en una toalla.
—Están tan mal como él. Debe de ser una enfermedad…, aquí nadie tiene
sentido común. ¿Te acuerdas de lo mucho que te cabreaba su comportamiento?
—Lo sé —asintió.
Encendí el secador de pelo y comencé a acicalarme para mi cita con Adrian.
CAPITULO 22
—PASE —grité al oír los golpes en la puerta.
Pedro se quedó helado en el vano de la puerta.
—¡Guau!
Sonreí y me miré el vestido. Un corpiño que se alargaba para formar una
corta falda: era lo más osado que me había atrevido a llevar puesto en toda mi
vida. El tejido era fino, negro y se transparentaba como un fino envoltorio. Adrian
estaría en esa fiesta y tenía ganas de hacerme notar.
—Tienes un aspecto impresionante —dijo mientras yo me calzaba los
tacones.
Le puse buena cara a su camisa blanca y tejanos.
—Tú también estás muy bien.
Llevaba las mangas recogidas por encima de los codos, enseñando en sus
antebrazos el entramado de tatuajes. Me di cuenta de que llevaba su pulsera de
cuero favorita en la muñeca cuando se metió las manos en los bolsillos.
Rosario y Valentin nos esperaban en la sala de estar.
—Adrian se va a mear encima cuando te vea —se rio tontamente Rosario
mientras íbamos hacia el coche.
Pedro abrió la puerta, y yo me deslicé en el asiento trasero de la camioneta
de Valentin. Aunque nos habíamos sentado allí innumerables veces antes, de
repente era muy incómodo estar así junto a él.
Los coches se alineaban en la calle; algunos se encontraban aparcados
incluso en el césped de delante. La Casa reventaba por las costuras, y todavía
bajaba más gente desde los pabellones de dormitorios. Valentin aparcó sobre el
césped de la parte de atrás, y Rosario y yo seguimos a los chicos hacia el interior.
Pedro me trajo una copa de plástico rojo llena de cerveza, y entonces se
inclinó y me dijo al oído.
—No cojas esto de nadie más excepto de mí o de Valen. No quiero que nadie
te eche nada en la bebida.
Puse los ojos en blanco.
—Nadie me va a poner nada en la bebida, Pedro.
—Simplemente no bebas nada que no te dé yo, ¿de acuerdo? Ya no estás en
Kansas, Paloma.
—Nunca había oído nada igual —dije sarcásticamente, mientras cogía mi
bebida.
Había pasado una hora y Adrian seguía todavía desaparecido. Rosario y
Valentin estaban bailando una canción lenta en la sala cuando Pedro tiró de mi
mano.
—¿Quieres bailar?
—No, gracias —dije.
Se puso lívido.
Toqué su espalda.
—Es simplemente que estoy cansada, Pepe.
Puso su mano en la mía y comenzó a hablar, pero cuando lo miraba vi un
poco más allá a Adrian. Pedro se dio cuenta de mi expresión y se volvió.
—¡Eh, Paula! ¡Has podido venir! —me saludó Adrian, riéndose.
—Sí, llevamos aquí una hora o así —dije, sacando la mano de entre las de
Pedro.
—¡Estás guapísima! —gritó por encima de la música.
—¡Gracias! —añadí con una sonrisa, mirando a Pedro de soslayo. Tenía los
labios apretados, y sus cejas se habían unido en una línea.
Adrian señaló la sala y sonrió.
—¿Quieres bailar?
Arrugué la nariz y dije que no con la cabeza.
—No, estoy algo cansada.
Adrian volvió entonces la mirada hacia Pedro.
—Pensaba que no ibas a venir.
—Cambié de opinión —dijo Pedro, molesto por tener que explicarse.
—Ya veo —dijo Adrian, mirándome—. ¿Te apetece salir a tomar el aire?
Asentí con la cabeza y después seguí a Adrian escaleras arriba. Se detuvo y
me cogió la mano mientras subíamos al segundo piso. Cuando llegamos arriba,
abrió de par en par las puertas del balcón.
—¿Tienes frío? —preguntó.
—Sí, hace un poquito de fresco —dije, sonriendo cuando se quitó la
americana y me cubrió con ella los hombros—. Gracias.
—¿Estás aquí con Pedro?
—Vinimos en coche juntos.
La boca de Adrian se ensanchó en una amplia sonrisa, y luego miró hacia el
césped. Había un grupo de chicas apiñadas; se abrazaban para combatir el frío. El
suelo se hallaba cubierto de papel pinocho y latas de cerveza, además de botellas
de licor vacías. Entre la confusión, los hermanos Sig Tau estaban alrededor de su
obra maestra: una pirámide de barriles decorados con luces blancas.
Adrian sacudió la cabeza.
—Este lugar quedará destrozado por la mañana. El equipo de limpieza va a
estar muy atareado.
—¿Tenéis un equipo de limpieza?
—Sí —sonrió—, los llamamos los novatos.
—Pobre Valen.
—Él no está en el grupo. Tiene un trato especial porque es primo de Pedro y
no vive en la Casa.
—¿Y tú sí vives en la Casa?
Adrian asintió.
—Los dos últimos años. Sin embargo, necesito conseguir un apartamento.
Necesito un lugar más tranquilo para estudiar.
—Déjame que adivine…, ¿te especializas en Economía?
—Biología, con Anatomía de optativa. Me queda un año más, hacer los
exámenes de ingreso a la facultad de Medicina, y luego, si sale bien, ir a hacer
Medicina en Harvard.
—¿Ya sabes dónde te metes?
—Mi padre fue a Harvard. Quiero decir, no lo sé seguro, pero él es un
antiguo alumno feliz, ya sabes qué quiero decir. Por ahora llego a cuatro punto
cero, saqué un dos mil doscientos en selectividad, y treinta y seis de media en el
bachillerato. Tengo muchas posibilidades de conseguir una plaza.
—¿Y tu padre? ¿Es médico?
Adrian asintió con una sonrisa benévola.
—Cirujano ortopédico.
—Impresionante.
—¿Y tú? —preguntó.
—No me he decidido.
—Típica respuesta de estudiante de primer año.
Suspiré teatralmente.
—Imagino que he desperdiciado mi oportunidad de ser excepcional.
—Oh, no tienes que preocuparte por eso. Reparé en ti el primer día de clase.
¿Qué haces en Cálculo Tres si estás en primer curso?
Sonreí mientras enroscaba un mechón de cabello con el dedo.
—Las matemáticas me resultan fáciles. No me perdía las clases en el
instituto, y luego hice dos cursos de verano en la estatal de Wichita.
—Eso es impresionante —dijo.
Estuvimos en el balcón más de una hora, hablando de todo, desde los
garitos de comida locales a cómo me hice tan amiga de Pedro.
—No pensaba mencionarlo, pero vosotros dos parecéis ser el tema de todas
las conversaciones.
—Genial.
—Es que esto no es normal en Pedro. Él no suele congeniar con las mujeres.
De hecho, tiene más tendencia a crearse enemigos entre ellas.
—Oh, no sé. He visto a unas pocas que o tienen pérdida de memoria a corto
plazo o bien son proclives a perdonar cuando se trata de él.
Adrian se rio. Sus blancos dientes brillaron contrastando con su dorado
bronceado.
—La gente simplemente no entiende vuestra relación. Tienes que admitir
que es un poco ambigua.
—¿Me estás preguntando si me acuesto con él?
Sonrió.
—No estarías aquí con él si lo hicieras. Lo conozco desde que tenía catorce
años y soy muy consciente de cómo se comporta. Sin embargo, siento curiosidad
por vuestra amistad.
—Es lo que es —me encogí de hombros—. Salimos juntos, comemos, vemos
la tele, estudiamos y hablamos. Eso es todo.
Adrian se rio sonoramente, sacudiendo la cabeza y asombrado por mi
sinceridad.
—He oído que eres la única persona a la que se le permite poner a Pedro en
su sitio. Eso es un honor.
—No sé muy bien qué significa eso, pero Pedro no es tan malo como todo el
mundo dice.
El cielo se puso rojo y luego rosa cuando el sol se hundió en el horizonte.
Adrian miró su reloj y después observó por encima de la reja al grupo de gente que
iba disminuyendo en el césped.
—Parece que la fiesta se acaba.
—Será mejor que busque a Valen y Ro.
—¿Te importa si te llevo a casa en mi coche? —preguntó.
Intenté contener mi emoción.
—En absoluto. Se lo diré a Rosario —Caminé hacia la puerta y luego me
encogí de vergüenza antes de volverme a decir—: ¿Sabes dónde vive Pedro?
Las espesas y oscuras cejas de Adrian se arquearon.
—Sí, ¿por qué?
—Porque vivo allí —dije, esperando su reacción.
—¿Que estás con Pedro?
—Perdí una apuesta y por eso estoy pasando allí un mes.
—¿Un mes?
—Es una larga historia —dije, encogiéndome de hombros tímidamente.
—Pero ¿sois simplemente amigos?
—Sí.
—Entonces te llevaré a casa de Pedro —concluyó sonriendo.
Bajé las escaleras al galope para buscar a Rosario y pasé de largo junto a un
sombrío Pedro que parecía enojado con la chica borracha con la que hablaba. Me
siguió al recibidor mientras llamé a Rosario dándole una sacudida a su vestido.
—Chicos, podéis ir tirando. Adrian se ha ofrecido a llevarme a casa.
—¿Qué? —dijo Rosario con ojos asombrados.
—¿Cómo? —preguntó Pedro enfadado.
—¿Hay algún problema? —le pregunté.
Miró airadamente a Rosario y luego me llevó a un rincón, con la mandíbula
temblándole bajo la piel.
—Ni siquiera conoces a ese tipo.
Tiré para liberar mi brazo de su sujeción.
—Esto no es asunto tuyo, Pedro.
—Al diablo si no lo es. No te voy a permitir ir a casa en el coche de un
perfecto extraño. ¿Y si intenta hacerte algo?
—¡Genial! ¡Es una monada!
La expresión de Pedro pasó de la sorpresa a la rabia, y me preparé para lo
que pudiera decir a continuación.
—¿Adrian Hayes, Paloma? ¿De verdad? Adrian Hayes —repitió con
desdén—. ¿Pero qué clase de nombre es ese?
Crucé los brazos.
—Para un momento, Pepe. Estás siendo un imbécil.
Se inclinó; parecía aturdido.
—Lo mataré si te toca.
—Me gusta —dije, enfatizando cada palabra.
Parecía pasmado por mi confesión y luego sus rasgos se volvieron duros.
—Bien. Si acaba tumbándote en el asiento trasero de su coche, no me vengas
llorando.
Me quedé boquiabierta, ofendida y enfadada al instante.
—No te preocupes, no lo haré —dije alejándome y dándole la espalda.
Pedro me agarró por el brazo y suspiró, me miró por encima de los
hombros.
—No quise decir eso, Paloma. Si te hace daño, si tan siquiera te hace sentir
incómoda, dímelo.
La rabia amainó y mis hombros se relajaron.
—Sé que no lo decías en serio. Pero tienes que dominar ese sentimiento
sobreprotector de hermano mayor que te hace perder el control.
Pedro se rio.
—No estoy jugando al hermano mayor, Paloma. Ni por asomo.
Adrian apareció en la esquina y se metió las manos en los bolsillos
ofreciéndome el brazo.
—¿Todo arreglado?
Pedro apretó la mandíbula, y yo me puse al otro lado de Adrian para evitar
que viese la expresión de Pedro.
—Sí, vamos.
Cogí el brazo de Adrian y caminé con él unos pasos antes de volverme a
decir adiós a Pedro, pero él seguía con su mirada en dirección a la espalda de
Adrian. Sus ojos me lanzaron dardos y luego sus rasgos se suavizaron.
—Para ya —dije entre dientes, siguiendo a Adrian por en medio de la gente
que quedaba hasta su coche.
—El mío es el plateado.
Las luces delanteras del coche parpadearon dos veces cuando accionó el
mando del coche. Abrió la puerta del acompañante y reí.
—¿Llevas un Porsche?
—No es simplemente un Porsche. Es el nueve cero uno GT-tres. Hay una
gran diferencia.
—Déjame adivinar, ¿es el amor de tu vida? —dije, repitiendo la frase que
Pedro había dicho sobre su moto.
—No, es un coche. El amor de mi vida será una mujer con mi apellido.
Me permití una sonrisita, intentando que su sensibilidad no me afectara
demasiado. Me cogió de la mano para ayudarme a entrar en el coche y, cuando se
puso detrás del volante, apoyó la cabeza contra su asiento y me sonrió.
—¿Qué vas a hacer esta noche?
—¿Esta noche? —pregunté.
—Ya es mañana. Quiero invitarte a cenar antes de que otro me quite la
oportunidad.
Sonreí de oreja a oreja.
—No tengo ningún plan.
—¿Te recojo a las seis?
—De acuerdo —dije, mirando como deslizaba sus dedos entre los míos.
Adrian me llevó directamente a casa de Pedro, manteniendo la velocidad
permitida y mi mano en la suya. Aparcó detrás de la Harley y, como antes, me
abrió la puerta. Cuando llegamos a la entrada se inclinó para besarme en la mejilla.
—Descansa un poco. Te veré esta noche —me susurró al oído.
—Adiós —dije, girando el pomo.
Cuando empujé la puerta, cedió y me caí hacia delante. Pedro me agarró
por el brazo antes de tocar el suelo.
—Alto ahí, Excelencia.
Me volví para ver a Adrian mirándonos con una expresión incómoda. Se
aupó para fisgar dentro del apartamento.
—¿Hay alguna chica humillada, abandonada ahí dentro, que necesite que la
lleve?
Pedro fulminó a Adrian con la mirada.
—No te metas conmigo.
Adrian sonrió y me guiñó el ojo.
—Siempre se lo hago pasar mal. No lo consigo a menudo ya que se ha dado
cuenta de que es más fácil si las chicas vienen en sus propios coches.
—Imagino que eso simplifica las cosas —dije, tomándole el pelo a Pedro.
—No tiene gracia, Paloma.
—¿Paloma? —preguntó Adrian.
—Es… un mote, simplemente un apodo, ni siquiera sé de dónde salió —dije.
Fue la primera vez que me sentí rara con el nombre que Pedro me había puesto la
noche que nos conocimos.
—Ya me lo explicarás cuando lo averigües. Parece una buena historia
—sonrió Adrian—. Buenas noches, Pau.
—¿No quieres decir buenos días? —dije, mirándolo bajar las escaleras al
trote.
—Eso también —me contestó con una dulce sonrisa.
Pedro cerró la puerta de un portazo, y tuve que apartar la cabeza
bruscamente hacia atrás para evitar que me pillara la cara.
—¿Qué pasa? —le grité enfadada.
Pedro agitó la cabeza y se fue a su habitación. Lo seguí y luego fui saltando
sobre un pie tras lanzar uno de mis zapatos de tacón.
—Es muy majo, Pepe.
Suspiró y caminó hacia mí.
—Te vas a hacer daño —dijo, cogiéndome la cintura con uno de sus brazos y
quitándome el otro tacón con la otra. Lo lanzó al armario y luego se quitó la camisa
en dirección hacia la cama.
CAPITULO 21
Si me hubiera despertado en un país extranjero, no me habría sentido más
confusa. Nada de aquello tenía sentido. Primero había pensado que me habían
echado, y después Pedro aparece con bolsas llenas de mi comida favorita.
Dio unos pasos hacia el comedor, metiéndose nervioso las manos en los
bolsillos.
—¿Tienes hambre, Paloma? Te prepararé unas tortitas. Ah, y también hay
avena. Y te he comprado esa espuma rosa con la que se depilan las chicas, y un
secador y…, y… espera un segundo, está aquí —dijo, corriendo al dormitorio.
Se abrió la puerta, se cerró y entonces apareció por la esquina, pálido.
Respiró hondo y levantó las cejas.
—Todas tus cosas están recogidas.
—Lo sé —dije.
—Te vas —admitió, derrotado.
Miré a Rosario, que estaba fulminando a Pedro, como si pudiera matarlo
con la mirada.
—¿De verdad esperabas que se quedara?
—Nena… —susurró Valentin.
—Joder, Valentin, no empieces. Y ni se te ocurra defenderlo —sentenció
Rosario, furiosa.
Pedro parecía desesperado.
—Lo siento muchísimo, Paloma. Ni siquiera sé qué decir.
—Paula, vámonos —dijo Rosario.
Se levantó y me tiró del brazo.
Pedro dio un paso hacia delante, pero Rosario lo apuntó con un dedo
amenazante.
—¡Por Dios santo, Pedro! ¡Como intentes detenerla, te rociaré con gasolina y
te prenderé fuego mientras duermes!
—Rosario —la interrumpió Valentin, que parecía también un poco
desesperado.
Vi con claridad que se debatía entre apoyar a su primo o a la mujer a la que
amaba, y me sentí fatal por él. Se encontraba en la situación exacta que había
intentado evitar desde el principio.
—Estoy bien —dije, exasperada por la tensión del cuarto.
—¿Qué quieres decir con que estás bien? —preguntó Valentin, casi
esperanzado.
Puse los ojos en blanco.
—Pedro trajo a unas chicas del bar a casa anoche. ¿Y qué?
Rosario parecía preocupada.
—Pero, Paula, ¿intentas decir que no te importa lo que pasó ayer?
Los miré a todos.
—Pedro puede traer a su casa a quien quiera. Es su apartamento.
Rosario se quedó mirándome fijamente como si creyera que había perdido
el juicio, Valentin estaba a punto de sonreír y Pedro parecía peor que antes.
—¿No has empaquetado tus cosas? —preguntó Pedro.
Negué con la cabeza y miré el reloj; pasaban de las dos de la tarde.
—No, y ahora voy a tener que deshacer todas las maletas. Aún tengo que
comer, ducharme, vestirme… —dije, mientras entraba en el baño.
Una vez que la puerta se cerró detrás de mí, me apoyé contra ella y me dejé
caer sobre el suelo. Estaba segura de haber cabreado a Rosario más allá de
cualquier desagravio posible, pero había hecho una promesa a Valentin, y estaba
decidida a mantener mi palabra.
Un suave golpeteo resonó en la puerta por encima de mí.
—¿Paloma? —dijo Pedro.
—¿Sí? —dije, intentando que sonara normal.
—¿Te vas a quedar?
—Puedo irme si quieres, pero una apuesta es una apuesta.
La puerta vibró con el suave golpe de la frente de Pedro contra la puerta.
—No quiero que te vayas, pero no te culparía si lo hicieras.
—¿Me estás diciendo que me liberas de la apuesta?
Hubo una larga pausa.
—Si digo que sí, ¿te irás?
—Pues claro, no vivo aquí, tonto —dije, obligándome a reír.
—Entonces, no, la apuesta sigue en pie.
Levanté la mirada y sacudí la cabeza, sintiendo que las lágrimas me ardían
en los ojos. No tenía ni idea de por qué lloraba, pero no podía parar.
—¿Y ahora? ¿Puedo ducharme?
—Sí… —dijo él, con un suspiro.
Oí los zapatos de Rosario en el pasillo, que atropellaban a Pedro.
—Eres un cabrón egoísta —gruñó ella, cerrando tras ella la puerta de
Valentin con un portazo.
Me levanté del suelo apoyándome en la puerta, abrí el agua de la ducha y,
entonces, me desvestí y corrí.
Después oí que volvían a llamar a la puerta, y que Pedro se aclaraba la
garganta.
—¿Paloma? Te he traído unas cuantas cosas.
—Déjalas en el lavabo. Después las cogeré.
Pedro entró y cerró la puerta.
—Estaba enfadado. Te oí escupiendo todos mis defectos delante de
Rosario, y eso me cabreó. Solo pretendía ir a tomar unas copas e intentar
aclararme las ideas, pero, antes de darme cuenta, estaba totalmente borracho y esas
chicas… —Hizo una pausa—. Me desperté esta mañana y no estabas en la cama y,
cuando te encontré en el sillón y vi los envoltorios en el suelo, sentí náuseas.
—Podrías habérmelo pedido antes de gastarte todo ese dinero en comida
solo para obligarme a quedarme.
—No me importa el dinero, Paloma. Tenía miedo de que te fueras y no
volvieras a dirigirme la palabra jamás.
Su explicación me hizo sentir avergonzada. No me había parado a pensar en
cómo le habría sentado oírme hablar de lo malo que era él para mí, y ahora la
situación se había complicado de forma salvaje.
—No pretendía herir tus sentimientos —dije, de pie bajo el agua.
—Sé que no. Y sé que no importa lo que diga ahora, porque he jodido las
cosas…, como hago siempre.
—¿Pedro?
—¿Sí?
—No vuelvas a conducir la moto borracho, ¿vale?
Esperé un minuto entero hasta que él respiró hondo y habló por fin.
—Sí, vale —dijo, antes de cerrar la puerta tras él.
jueves, 3 de abril de 2014
CAPITULO 20
Me balanceé en el sillón y repasé mentalmente todo lo que había ocurrido
esa última semana. Valentin estaba enfadado conmigo, Rosario, decepcionada, y
Pedro… había pasado de estar más feliz de lo que lo había visto jamás a sentirse
tan ofendido que se había quedado sin habla. Demasiado nerviosa como para
meterme en la cama con él, me quedé observando cómo pasaban los minutos en el
reloj.
Había transcurrido una hora cuando Pedro salió de su habitación y apareció
en el vestíbulo. Cuando dobló la esquina, esperé que me pidiera que fuera a la
cama con él, pero estaba vestido y llevaba las llaves de la moto en la mano. Unas
gafas de sol ocultaban sus ojos, y se metió un cigarrillo en la boca antes de agarrar
el pomo de la puerta.
—¿Te vas? —pregunté, incorporándome—. ¿Adónde?
—Fuera —respondió, abriendo la puerta de un tirón y cerrándola de un
portazo tras él.
Volví a dejarme caer en el sillón y resoplé. De alguna manera me había
convertido en la mala de la historia, y no tenía ni idea de cómo había llegado hasta
ese punto.
Cuando el reloj que había sobre la televisión marcaba las dos de la mañana,
acabé resignándome a irme a la cama. Aquel colchón resultaba solitario sin él, y la
idea de llamarlo al móvil empezó a rondarme por la cabeza. Casi me había
quedado dormida cuando la moto de Pedro se detuvo en el aparcamiento. Dos
puertas de un coche se cerraron poco después, y oí las pisadas de varias personas
que subían las escaleras. Pedro buscó a tientas la cerradura y, entonces, la puerta
se abrió. Se rio y farfulló algo, después oí no una, sino dos voces femeninas. Su
risoteo se interrumpió con el distintivo sonido de los besos y los gemidos. Se me
cayó el alma a los pies e inmediatamente me enfadé por sentirme así. Apreté los
ojos con rabia cuando una de las chicas gritó y después tuve la seguridad de que el
siguiente sonido se correspondía a los tres derrumbándose sobre el sofá.
Consideré pedir las llaves a Rosario, pero la puerta de Valentin se veía
directamente desde el sofá, y mi estómago no podía aguantar ser testigo de la
imagen que acompañaba a los ruidos de la sala de estar. Enterré la cabeza bajo la
almohada y cerré los ojos cuando la puerta se abrió de golpe. Pedro cruzó la
habitación, abrió el cajón superior de la mesita de noche, cogió el tarro de
condones, y después cerró el cajón y volvió al pasillo. Las chicas se rieron durante
lo que pareció una media hora, y después todo se instaló en el silencio.
Al cabo de unos segundos, gemidos, jadeos y gritos llenaron el
apartamento. Sonaba como si estuvieran rodando una película pornográfica en el
salón. Me tapé la cara con las manos y sacudí la cabeza. Una roca impenetrable
había ocupado los límites que hubieran podido difuminarse o desaparecer la
semana anterior. Intentaba librarme de mis ridículas emociones y forzarme a
relajarme. Pedro era Pedro, y nosotros, sin lugar a dudas, éramos amigos y solo
eso.
Los gritos y otros ruidos nauseabundos cesaron después de una hora,
seguidos por el gimoteo y las quejas de las mujeres a las que estaban despidiendo.
Pedro se duchó y se tiró en su lado de la cama, de espaldas a mí. Incluso después
de la ducha, olía como si hubiera bebido whisky suficiente para sedar a un caballo,
y me quedé de piedra al pensar que había conducido la moto hasta casa en
semejante estado.
Después de que la incomodidad desapareciera, se despertó la ira, y seguí sin
poder conciliar el sueño. Cuando la respiración de Pedro se volvió profunda y
regular, me senté para mirar el reloj. El sol empezaría a salir en menos de una hora.
Me desembaracé de las sábanas, salí de la habitación y saqué una manta del
armario del pasillo. Las únicas pruebas que quedaban del trío de Pedro eran dos
paquetes de condones en el suelo. Los pisé y me dejé caer en el sillón.
Cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos de nuevo, Rosario y Valentin estaban
sentados en silencio en el sofá viendo la televisión sin sonido. El sol iluminaba el
apartamento, y me encogí cuando mi espalda se quejó al menor intento de
moverme.
Rosario centró su atención en mí.
—¿Pau? —dijo ella, corriendo junto a mí.
Me dedicó una mirada cautelosa. Esperaba que reaccionara con ira, lágrimas
o cualquier otro estallido emocional.
Valentin parecía hecho polvo.
—Siento lo de anoche, Pau. Todo esto es culpa mía.
Sonreí.
—Tranquilo, Valen. No tienes de qué disculparte.
Rosario y Valentin intercambiaron unas miradas, y después ella me cogió la
mano.
—Pedro se ha ido a la tienda. Está…, bueno, da igual dónde está. He
recogido tus cosas y te llevaré a la residencia antes de que vuelva a casa para que
no tengas que verlo.
Hasta ese momento, no sentí ganas de llorar. Me habían echado. Me esforcé
para hablar con voz calmada:
—¿Tengo tiempo para darme una ducha?
Rosario negó con la cabeza.
—Vámonos ya, Pau. No quiero que tengas que verlo. No merece que…
La puerta se abrió de par en par, y Pedro entró, con los brazos cargados de
bolsas de comida. Fue directamente a la cocina y empezó a guardar las latas y cajas
en los armarios a toda prisa.
—Cuando Paloma se despierte, decídmelo, ¿vale? —dijo con voz suave—.
He traído espaguetis, tortitas, fresas y esa cosa de avena con los trozos de
chocolate; y le gustan los cereales Fruity Pebbles, ¿verdad, Ro? —preguntó él,
mientras se daba la vuelta.
Cuando me vio, se quedó helado. Después de una pausa incómoda, su
expresión se relajó y su voz sonó tranquila y dulce.
—Hola, Paloma.
CAPITULO 19
Retrocedió unos pasos y desapareció detrás de la puerta del baño. Enrosqué
el pelo alrededor del dedo, reflexionando sobre el énfasis con el que pronunció la
palabra «nosotros» y la mirada con la que la acompañó. Me pregunté si alguna vez
había existido algún tipo de límite en absoluto, y si yo era la única que pensaba
que Pedro y yo seguíamos siendo solo amigos.
Valentin salió hecho una furia de su cuarto, y Rosario corrió tras él.
—Valen, ¡detente! —le rogó ella.
Él se volvió a mirar la puerta del baño y luego a mí. Hablaba en voz baja
pero enfadada.
—Me lo prometiste, Paula. Cuando te dije que no te dejaras llevar por las
apariencias, ¡no me refería a que os liarais! ¡Pensaba que erais solo amigos!
—Y así es —dije, conmocionada por su ataque sorpresa.
—¡No, no lo sois! —respondió él furibundo.
Rosario le tocó el hombro.
—Cariño, te dije que todo iría bien.
Él se alejó de ella.
—¿Por qué apoyas esto, Ro? ¡Ya te he dicho cómo acabará todo!
Rosario le cogió la cara con ambas manos.
—¡Y yo te he dicho que te equivocabas! ¿Es que no confías en mí?
Valentin suspiró, la miró y después se largó furioso a su habitación.
Rosario se dejó caer en el sillón que había a mi lado y resopló.
—No consigo meterle en la cabeza que, tanto si lo tuyo con Pedro funciona
como si no, no tiene por qué afectarnos. Supongo que está muy quemado por otras
veces. Simplemente, no me cree.
—¿De qué estás hablando, Ro? Pedro y yo no estamos juntos. Solo somos
amigos. Ya lo has oído antes…, a él no le intereso en ese sentido.
—¿Eso has oído?
—Pues sí.
—¿Y te lo crees?
Me encogí de hombros.
—No importa. Nunca pasará nada. Me ha dicho que no me ve de ese modo.
Además, tiene una fobia total al compromiso. Me costaría encontrar a una amiga,
aparte de ti, con la que no se hubiera acostado, y no puedo aguantar sus cambios
de humor. No me puedo creer que Valen piense de otro modo.
—Porque no solo conoce a Pedro… Ha hablado con él, Pau.
—¿Qué quieres decir?
—¿Ro? —Valentin la llamó desde el dormitorio.
Rosario suspiró.
—Eres mi mejor amiga. Me parece que a veces te conozco mejor de lo que te
conoces tú a ti misma. Os veo juntos, y la única diferencia que hay respecto a Valen
y a mí es que nosotros nos acostamos. Nada más.
—Hay una diferencia enorme, enorme. ¿Acaso Valen trae cada noche a casa a
una chica diferente? ¿Vas a ir a la fiesta de mañana con un tío que definitivamente
puede ser un novio potencial? Sabes que no puedo liarme con Pedro, Ro. Ni
siquiera sé por qué estamos discutiéndolo.
La expresión se Rosario se transformó en decepción.
—No estoy inventándome nada, Pau. Has pasado casi cada minuto del
último mes con él. Admítelo: sientes algo por ese chico.
—Déjalo, Ro —dijo Pedro, ciñéndose la toalla alrededor de la cintura.
Rosario y yo dimos un respingo al oír la voz de Pedro y, cuando mi mirada
se cruzó con la suya, vi claramente que la felicidad había desaparecido de ella. Se
fue al vestíbulo sin decir nada más, y Rosario me miró con una expresión triste.
—Creo que estás cometiendo un error —susurró ella—. No necesitas ir a esa
fiesta a conocer a un chico, ya tienes a uno loco por ti aquí mismo —prosiguió,
dejándome a solas.
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