viernes, 4 de abril de 2014

CAPITULO 21




Si me hubiera despertado en un país extranjero, no me habría sentido más
confusa. Nada de aquello tenía sentido. Primero había pensado que me habían
echado, y después Pedro aparece con bolsas llenas de mi comida favorita.
Dio unos pasos hacia el comedor, metiéndose nervioso las manos en los
bolsillos.
—¿Tienes hambre, Paloma? Te prepararé unas tortitas. Ah, y también hay
avena. Y te he comprado esa espuma rosa con la que se depilan las chicas, y un
secador y…, y… espera un segundo, está aquí —dijo, corriendo al dormitorio.
Se abrió la puerta, se cerró y entonces apareció por la esquina, pálido.
Respiró hondo y levantó las cejas.
—Todas tus cosas están recogidas.
—Lo sé —dije.
—Te vas —admitió, derrotado.
Miré a Rosario, que estaba fulminando a Pedro, como si pudiera matarlo
con la mirada.
—¿De verdad esperabas que se quedara?
—Nena… —susurró Valentin.
—Joder, Valentin, no empieces. Y ni se te ocurra defenderlo —sentenció
Rosario, furiosa.
Pedro parecía desesperado.
—Lo siento muchísimo, Paloma. Ni siquiera sé qué decir.
—Paula, vámonos —dijo Rosario.
Se levantó y me tiró del brazo.
Pedro dio un paso hacia delante, pero Rosario lo apuntó con un dedo
amenazante.
—¡Por Dios santo, Pedro! ¡Como intentes detenerla, te rociaré con gasolina y
te prenderé fuego mientras duermes!
—Rosario —la interrumpió Valentin, que parecía también un poco
desesperado.
Vi con claridad que se debatía entre apoyar a su primo o a la mujer a la que
amaba, y me sentí fatal por él. Se encontraba en la situación exacta que había
intentado evitar desde el principio.
—Estoy bien —dije, exasperada por la tensión del cuarto.
—¿Qué quieres decir con que estás bien? —preguntó Valentin, casi
esperanzado.
Puse los ojos en blanco.
—Pedro trajo a unas chicas del bar a casa anoche. ¿Y qué?
Rosario parecía preocupada.
—Pero, Paula, ¿intentas decir que no te importa lo que pasó ayer?
Los miré a todos.
—Pedro puede traer a su casa a quien quiera. Es su apartamento.
Rosario se quedó mirándome fijamente como si creyera que había perdido
el juicio, Valentin estaba a punto de sonreír y Pedro parecía peor que antes.
—¿No has empaquetado tus cosas? —preguntó Pedro.
Negué con la cabeza y miré el reloj; pasaban de las dos de la tarde.
—No, y ahora voy a tener que deshacer todas las maletas. Aún tengo que
comer, ducharme, vestirme… —dije, mientras entraba en el baño.
Una vez que la puerta se cerró detrás de mí, me apoyé contra ella y me dejé
caer sobre el suelo. Estaba segura de haber cabreado a Rosario más allá de
cualquier desagravio posible, pero había hecho una promesa a Valentin, y estaba
decidida a mantener mi palabra.
Un suave golpeteo resonó en la puerta por encima de mí.
—¿Paloma? —dijo Pedro.
—¿Sí? —dije, intentando que sonara normal.
—¿Te vas a quedar?
—Puedo irme si quieres, pero una apuesta es una apuesta.
La puerta vibró con el suave golpe de la frente de Pedro contra la puerta.
—No quiero que te vayas, pero no te culparía si lo hicieras.
—¿Me estás diciendo que me liberas de la apuesta?
Hubo una larga pausa.
—Si digo que sí, ¿te irás?
—Pues claro, no vivo aquí, tonto —dije, obligándome a reír.
—Entonces, no, la apuesta sigue en pie.
Levanté la mirada y sacudí la cabeza, sintiendo que las lágrimas me ardían
en los ojos. No tenía ni idea de por qué lloraba, pero no podía parar.
—¿Y ahora? ¿Puedo ducharme?
—Sí… —dijo él, con un suspiro.
Oí los zapatos de Rosario en el pasillo, que atropellaban a Pedro.
—Eres un cabrón egoísta —gruñó ella, cerrando tras ella la puerta de
Valentin con un portazo.
Me levanté del suelo apoyándome en la puerta, abrí el agua de la ducha y,
entonces, me desvestí y corrí.
Después oí que volvían a llamar a la puerta, y que Pedro se aclaraba la
garganta.
—¿Paloma? Te he traído unas cuantas cosas.
—Déjalas en el lavabo. Después las cogeré.
Pedro entró y cerró la puerta.
—Estaba enfadado. Te oí escupiendo todos mis defectos delante de
Rosario, y eso me cabreó. Solo pretendía ir a tomar unas copas e intentar
aclararme las ideas, pero, antes de darme cuenta, estaba totalmente borracho y esas
chicas… —Hizo una pausa—. Me desperté esta mañana y no estabas en la cama y,
cuando te encontré en el sillón y vi los envoltorios en el suelo, sentí náuseas.
—Podrías habérmelo pedido antes de gastarte todo ese dinero en comida
solo para obligarme a quedarme.
—No me importa el dinero, Paloma. Tenía miedo de que te fueras y no
volvieras a dirigirme la palabra jamás.
Su explicación me hizo sentir avergonzada. No me había parado a pensar en
cómo le habría sentado oírme hablar de lo malo que era él para mí, y ahora la
situación se había complicado de forma salvaje.
—No pretendía herir tus sentimientos —dije, de pie bajo el agua.
—Sé que no. Y sé que no importa lo que diga ahora, porque he jodido las
cosas…, como hago siempre.
—¿Pedro?
—¿Sí?
—No vuelvas a conducir la moto borracho, ¿vale?
Esperé un minuto entero hasta que él respiró hondo y habló por fin.
—Sí, vale —dijo, antes de cerrar la puerta tras él.

jueves, 3 de abril de 2014

CAPITULO 20




Me balanceé en el sillón y repasé mentalmente todo lo que había ocurrido
esa última semana. Valentin estaba enfadado conmigo, Rosario, decepcionada, y
Pedro… había pasado de estar más feliz de lo que lo había visto jamás a sentirse
tan ofendido que se había quedado sin habla. Demasiado nerviosa como para
meterme en la cama con él, me quedé observando cómo pasaban los minutos en el
reloj.
Había transcurrido una hora cuando Pedro salió de su habitación y apareció
en el vestíbulo. Cuando dobló la esquina, esperé que me pidiera que fuera a la
cama con él, pero estaba vestido y llevaba las llaves de la moto en la mano. Unas
gafas de sol ocultaban sus ojos, y se metió un cigarrillo en la boca antes de agarrar
el pomo de la puerta.
—¿Te vas? —pregunté, incorporándome—. ¿Adónde?
—Fuera —respondió, abriendo la puerta de un tirón y cerrándola de un
portazo tras él.
Volví a dejarme caer en el sillón y resoplé. De alguna manera me había
convertido en la mala de la historia, y no tenía ni idea de cómo había llegado hasta
ese punto.
Cuando el reloj que había sobre la televisión marcaba las dos de la mañana,
acabé resignándome a irme a la cama. Aquel colchón resultaba solitario sin él, y la
idea de llamarlo al móvil empezó a rondarme por la cabeza. Casi me había
quedado dormida cuando la moto de Pedro se detuvo en el aparcamiento. Dos
puertas de un coche se cerraron poco después, y oí las pisadas de varias personas
que subían las escaleras. Pedro buscó a tientas la cerradura y, entonces, la puerta
se abrió. Se rio y farfulló algo, después oí no una, sino dos voces femeninas. Su
risoteo se interrumpió con el distintivo sonido de los besos y los gemidos. Se me
cayó el alma a los pies e inmediatamente me enfadé por sentirme así. Apreté los
ojos con rabia cuando una de las chicas gritó y después tuve la seguridad de que el
siguiente sonido se correspondía a los tres derrumbándose sobre el sofá.
Consideré pedir las llaves a Rosario, pero la puerta de Valentin se veía
directamente desde el sofá, y mi estómago no podía aguantar ser testigo de la
imagen que acompañaba a los ruidos de la sala de estar. Enterré la cabeza bajo la
almohada y cerré los ojos cuando la puerta se abrió de golpe. Pedro cruzó la
habitación, abrió el cajón superior de la mesita de noche, cogió el tarro de
condones, y después cerró el cajón y volvió al pasillo. Las chicas se rieron durante
lo que pareció una media hora, y después todo se instaló en el silencio.
Al cabo de unos segundos, gemidos, jadeos y gritos llenaron el
apartamento. Sonaba como si estuvieran rodando una película pornográfica en el
salón. Me tapé la cara con las manos y sacudí la cabeza. Una roca impenetrable
había ocupado los límites que hubieran podido difuminarse o desaparecer la
semana anterior. Intentaba librarme de mis ridículas emociones y forzarme a
relajarme. Pedro era Pedro, y nosotros, sin lugar a dudas, éramos amigos y solo
eso.
Los gritos y otros ruidos nauseabundos cesaron después de una hora,
seguidos por el gimoteo y las quejas de las mujeres a las que estaban despidiendo.
Pedro se duchó y se tiró en su lado de la cama, de espaldas a mí. Incluso después
de la ducha, olía como si hubiera bebido whisky suficiente para sedar a un caballo,
y me quedé de piedra al pensar que había conducido la moto hasta casa en
semejante estado.
Después de que la incomodidad desapareciera, se despertó la ira, y seguí sin
poder conciliar el sueño. Cuando la respiración de Pedro se volvió profunda y
regular, me senté para mirar el reloj. El sol empezaría a salir en menos de una hora.
Me desembaracé de las sábanas, salí de la habitación y saqué una manta del
armario del pasillo. Las únicas pruebas que quedaban del trío de Pedro eran dos
paquetes de condones en el suelo. Los pisé y me dejé caer en el sillón.
Cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos de nuevo, Rosario y Valentin estaban
sentados en silencio en el sofá viendo la televisión sin sonido. El sol iluminaba el
apartamento, y me encogí cuando mi espalda se quejó al menor intento de
moverme.
Rosario centró su atención en mí.
—¿Pau? —dijo ella, corriendo junto a mí.
Me dedicó una mirada cautelosa. Esperaba que reaccionara con ira, lágrimas
o cualquier otro estallido emocional.
Valentin parecía hecho polvo.
—Siento lo de anoche, Pau. Todo esto es culpa mía.
Sonreí.
—Tranquilo, Valen. No tienes de qué disculparte.
Rosario y Valentin intercambiaron unas miradas, y después ella me cogió la
mano.
—Pedro se ha ido a la tienda. Está…, bueno, da igual dónde está. He
recogido tus cosas y te llevaré a la residencia antes de que vuelva a casa para que
no tengas que verlo.
Hasta ese momento, no sentí ganas de llorar. Me habían echado. Me esforcé
para hablar con voz calmada:
—¿Tengo tiempo para darme una ducha?
Rosario negó con la cabeza.
—Vámonos ya, Pau. No quiero que tengas que verlo. No merece que…
La puerta se abrió de par en par, y Pedro entró, con los brazos cargados de
bolsas de comida. Fue directamente a la cocina y empezó a guardar las latas y cajas
en los armarios a toda prisa.
—Cuando Paloma se despierte, decídmelo, ¿vale? —dijo con voz suave—.
He traído espaguetis, tortitas, fresas y esa cosa de avena con los trozos de
chocolate; y le gustan los cereales Fruity Pebbles, ¿verdad, Ro? —preguntó él,
mientras se daba la vuelta.
Cuando me vio, se quedó helado. Después de una pausa incómoda, su
expresión se relajó y su voz sonó tranquila y dulce.
—Hola, Paloma.

CAPITULO 19




Retrocedió unos pasos y desapareció detrás de la puerta del baño. Enrosqué
el pelo alrededor del dedo, reflexionando sobre el énfasis con el que pronunció la
palabra «nosotros» y la mirada con la que la acompañó. Me pregunté si alguna vez
había existido algún tipo de límite en absoluto, y si yo era la única que pensaba
que Pedro y yo seguíamos siendo solo amigos.
Valentin salió hecho una furia de su cuarto, y Rosario corrió tras él.
—Valen, ¡detente! —le rogó ella.
Él se volvió a mirar la puerta del baño y luego a mí. Hablaba en voz baja
pero enfadada.
—Me lo prometiste, Paula. Cuando te dije que no te dejaras llevar por las
apariencias, ¡no me refería a que os liarais! ¡Pensaba que erais solo amigos!
—Y así es —dije, conmocionada por su ataque sorpresa.
—¡No, no lo sois! —respondió él furibundo.
Rosario le tocó el hombro.
—Cariño, te dije que todo iría bien.
Él se alejó de ella.
—¿Por qué apoyas esto, Ro? ¡Ya te he dicho cómo acabará todo!
Rosario le cogió la cara con ambas manos.
—¡Y yo te he dicho que te equivocabas! ¿Es que no confías en mí?
Valentin suspiró, la miró y después se largó furioso a su habitación.
Rosario se dejó caer en el sillón que había a mi lado y resopló.
—No consigo meterle en la cabeza que, tanto si lo tuyo con Pedro funciona
como si no, no tiene por qué afectarnos. Supongo que está muy quemado por otras
veces. Simplemente, no me cree.
—¿De qué estás hablando, Ro? Pedro y yo no estamos juntos. Solo somos
amigos. Ya lo has oído antes…, a él no le intereso en ese sentido.
—¿Eso has oído?
—Pues sí.
—¿Y te lo crees?
Me encogí de hombros.
—No importa. Nunca pasará nada. Me ha dicho que no me ve de ese modo.
Además, tiene una fobia total al compromiso. Me costaría encontrar a una amiga,
aparte de ti, con la que no se hubiera acostado, y no puedo aguantar sus cambios
de humor. No me puedo creer que Valen piense de otro modo.
—Porque no solo conoce a Pedro… Ha hablado con él, Pau.
—¿Qué quieres decir?
—¿Ro? —Valentin la llamó desde el dormitorio.
Rosario suspiró.
—Eres mi mejor amiga. Me parece que a veces te conozco mejor de lo que te
conoces tú a ti misma. Os veo juntos, y la única diferencia que hay respecto a Valen
y a mí es que nosotros nos acostamos. Nada más.
—Hay una diferencia enorme, enorme. ¿Acaso Valen trae cada noche a casa a
una chica diferente? ¿Vas a ir a la fiesta de mañana con un tío que definitivamente
puede ser un novio potencial? Sabes que no puedo liarme con Pedro, Ro. Ni
siquiera sé por qué estamos discutiéndolo.
La expresión se Rosario se transformó en decepción.
—No estoy inventándome nada, Pau. Has pasado casi cada minuto del
último mes con él. Admítelo: sientes algo por ese chico.
—Déjalo, Ro —dijo Pedro, ciñéndose la toalla alrededor de la cintura.
Rosario y yo dimos un respingo al oír la voz de Pedro y, cuando mi mirada
se cruzó con la suya, vi claramente que la felicidad había desaparecido de ella. Se
fue al vestíbulo sin decir nada más, y Rosario me miró con una expresión triste.
—Creo que estás cometiendo un error —susurró ella—. No necesitas ir a esa
fiesta a conocer a un chico, ya tienes a uno loco por ti aquí mismo —prosiguió,
dejándome a solas.

CAPITULO 18




Me llevó a la ventana, después se arrastró hasta el exterior y me ayudó a
salir al fresco aire de la noche. Los grillos cantaban alegremente en las sombras,
deteniéndose solo el tiempo necesario para dejarnos pasar. Las matas de hierba
que bordeaban la acera se mecían con la suave brisa, recordándome el sonido del
océano cuando no está lo suficientemente cerca como para oír romper las olas. No
hacía ni demasiado calor ni demasiado frío: era la noche perfecta.
—¿Por qué demonios ibas a querer que me quedara contigo, en cualquier
caso? —pregunté.
Pedro se encogió de hombros y se metió las manos en los bolsillos.
—No sé. Todo es mejor cuando estás tú.
Las mariposas que sus palabras me hicieron sentir en el estómago
desaparecieron en cuanto vi las manchas rojas y sanguinolentas de su camisa.
—¡Puaj! Estás cubierto de sangre.
Pedro se miró con indiferencia y entonces abrió la puerta, invitándome a
entrar. Me encontré con Carla, que estaba estudiando en la cama, cautiva de los
libros de texto que la rodeaban.
—Las calderas funcionan desde esta mañana —comentó ella.
—Eso he oído —dije, mientras rebuscaba en mi armario.
—Hola —dijo Pedro a Carla.
La expresión del rostro de Carla se torció cuando escudriñó la figura
sudorosa y manchada de Pedro.
—Pedro, esta es mi compañera de habitación, Carla . Carla, Pedro Alfonso.
—Encantada de conocerte —saludó Carla, empujándose las gafas sobre el
puente de la nariz. Echó una mirada a mis abultadas bolsas—. ¿Te mudas?
—No. He perdido una apuesta.
Pedro estalló en una carcajada mientras cogía mis bolsas.
—¿Lista?
—Sí. ¿Cómo voy a llevar todo esto a tu apartamento? Vamos en tu moto.
Pedro sonrió y sacó su móvil. Llevó mi equipaje hasta la calle y, minutos
después, el Charget negro antiguo de Valentin hizo su aparición.
Bajaron la ventanilla del lado del copiloto, y Rosario asomó la cabeza.
—¡Hola, monada!
—¡Hola! Las calderas vuelven a funcionar en Morgan. ¿Vas a seguir
quedándote con Valen?
—Sí, había pensado quedarme esta noche. He oído que has perdido una
apuesta —dijo, guiñándome un ojo.
Antes de que pudiera hablar, Pedro cerró el maletero y Valen aceleró,
mientras Rosario gritaba al volver a caer sentada en el coche.
Caminamos hasta su Harley, y esperó a que me acomodara en mi asiento.
Cuando lo envolví con mis brazos, apoyó su mano sobre la mía.
—Me alegro de que estuvieras allí esta noche, Paloma. Nunca en mi vida me
he divertido tanto en una pelea.
Apoyé el mentón en su hombro y sonreí.
—Claro, porque intentabas ganar nuestra apuesta.
Inclinó el cuello para mirarme.
—Ya lo creo que sí.
No había ningún signo de burla en su mirada; lo decía en serio y quería que
lo viera.
Arqueé las cejas.
—¿Por eso estabas de tan mal humor hoy? ¿Porque sabías que habían
arreglado las calderas y que me iría esta noche?
Pedro no respondió; se limitó a sonreír cuando arrancó la moto. Recorrimos
el trayecto hasta el apartamento de forma extrañamente lenta. En cada semáforo,
Pedro cubría mis manos con las suyas, o bien posaba la mano sobre mi rodilla. Los
límites volvían a difuminarse, y me pregunté cómo podríamos pasar un mes juntos
sin arruinarlo todo. Los cabos sueltos de nuestra amistad se estaban atando de una
forma que nunca podía haber imaginado.
Cuando llegamos al apartamento, el Charger de Valentin estaba en su hueco
habitual.
Me quedé de pie delante de la escalera.
—Siempre odio cuando llevan un rato en casa. Me siento como si fuéramos
a interrumpirlos.
—Pues acostúmbrate. Esta es tu casa durante las próximas cuatro semanas.
—Pedro sonrió y se volvió, dándome la espalda—. Vamos.
—¿Qué?
Sonreí.
—Vamos, te llevaré a caballito.
Solté una risita y salté sobre su espalda, entrelazando los dedos sobre su
pecho, mientras subía corriendo las escaleras. Rosario abrió la puerta antes de que
pudiéramos llegar arriba y sonrió.
—Menuda parejita… Si no supiera…
—Corta el rollo, Ro —dijo Valentin desde el sofá.
Rosario sonrió como si hubiera hablado más de la cuenta, entonces abrió la
puerta de par en par para que cupiéramos. Pedro se dejó caer sobre el sillón. Chillé
cuando se inclinó sobre mí.
—Te veo tremendamente alegre esta noche, Pepe. ¿A qué se debe? —le
espetó Rosario.
Me agaché para verle la cara. Nunca lo había visto tan contento.
—He ganado un montón de dinero, Ro. El doble de lo que pensaba. ¿Por
qué no iba a estar contento?
Rosario se rio.
—No, es otra cosa —dijo ella, observando a Pedro darme palmaditas en el
muslo.
Tenía razón, Pedro estaba diferente. Lo rodeaba un cierto halo de paz, casi
como si un nuevo sentimiento de alegría se hubiera adueñado de su alma.
—Ro —la avisó Valentin.
—De acuerdo, hablaré de otra cosa. ¿No te había invitado Adrian a la fiesta
de Sig Tau este fin de semana, Pau?
La sonrisa de Pedro se desvaneció y se volvió hacia mí, aguardando una
respuesta.
—Bueno, sí. ¿No vamos a ir todos?
—Yo sí —dijo Valentin, absorto por la televisión.
—Lo que significa que yo también voy —dijo Rosario, mirando con
expectación a Pedro.
Pedro se quedó mirándome un momento y me dio un ligero codazo en la
pierna.
—¿Va a pasar a recogerte o algo así?
—No, simplemente me dijo que iría a la fiesta.
Rosario puso una sonrisa traviesa y asintió con anticipación.
—En todo caso, dijo que te vería allí. Es muy mono.
Pedro lanzó una mirada de irritación a Rosario y después se volvió hacia
mí:
—¿Vas a ir?
—Le dije que lo haría —respondí, encogiéndome de hombros—. ¿Tú vas a
ir?
—Claro —dijo sin vacilación.
La atención de Valentin se volvió entonces hacia Pedro.
—La semana pasada dijiste que no querías ir.
—He cambiado de opinión, Valen. ¿Qué problema hay?
—Ninguno —gruñó él, retirándose a su dormitorio.
Rosario miró a Pedro con el ceño fruncido.
—Sabes muy bien cuál es —dijo ella—. ¿Por qué no paras de volver loco al
chico y lo superas?
Se reunió con Valentin en su habitación y, tras la puerta cerrada, sus voces se
redujeron a un murmullo.
—Bueno, me alegro de que todo el mundo lo sepa —dije.
Pedro se levantó.
—Me voy a dar una ducha rápida.
—¿Le preocupa algo? —pregunté.
—No, solo está un poco paranoico.
—Es por nosotros —me atreví a adivinar.
Los ojos de Pedro se iluminaron y asintió.
—¿Qué pasa? —pregunté, mirándolo suspicaz.
—Vas bien encaminada. Tiene que ver con nosotros. No te quedes dormida,
¿vale? Quiero hablar contigo de algo.

miércoles, 2 de abril de 2014

CAPITULO 17


Pedro se subió al bordillo y aparcó su moto a la sombra detrás del edificio
Jefferson de Artes Liberales. Se puso las gafas de sol sobre la cabeza y me cogió de
la mano, sonriendo mientras nos dirigíamos a hurtadillas a la parte trasera del
edificio. Se detuvo junto a una ventana abierta cerca del suelo.
Abrí los ojos como platos al darme cuenta de lo que se disponía a hacer.
—Estás de broma.
Pedro sonrió.
—Esta es la entrada VIP. Deberías ver cómo entran los demás.
Sacudí la cabeza mientras él se esforzaba por meter las piernas, y después
desapareció. Me agaché y grité a la oscuridad.
—¡Pedro!
—Aquí abajo, Paloma. Mete primero los pies, y yo te cojo.
—¡Estás completamente loco si crees que voy a saltar a la oscuridad!
—¡Yo te cojo! ¡Te lo prometo!
Suspiré, mientras me tocaba la frente con la mano
—¡Esto es una locura!
Me senté y después me lancé hacia delante hasta que la mitad de mi cuerpo
colgaba en la oscuridad. Me puse boca abajo y estiré los pies en busca del suelo.
Intenté tocar con los pies la mano de Pedro, pero me resbalé y grité cuando caí
hacia atrás. Un par de manos me agarraron y oí la voz de Pedro en la oscuridad.
—Te caes como una chica —dijo riéndose entre dientes.
Me bajó al suelo y, entonces, me adentró más en la oscuridad. Después de
una docena de pasos, pude oír el familiar griterío de números y nombres, y
entonces la habitación se iluminó. Había un farol en la esquina, que arrojaba la luz
suficiente para poder adivinar la cara de Pedro.
—¿Qué hacemos?
—Esperar. Agustin tiene que acabar de soltar su rollo antes de que yo entre.
Estaba inquieta.
—¿Debería esperar aquí? ¿O mejor entro? ¿Adónde voy cuando empiece la
pelea? ¿Dónde están Valen y Ro?
—Han ido por el otro camino. Simplemente sígueme. No voy a mandarte a
ese foso de tiburones sin mí. Quédate junto a Agustin; él evitará que te aplasten. Yo
no puedo cuidar de ti y pegar puñetazos a la vez.
—¿Que me aplasten?
—Esta noche habrá más gente. Alberto Hoffman es de State. Allí tienen su
propio Círculo. Así que nuestra gente se juntará con la suya. Va a ser una auténtica
locura.
—¿Estás nervioso? —pregunté.
Él sonrió, bajando la mirada hacia mí.
—No, pero tú sí que pareces algo nerviosa, en cambio.
—Tal vez —admití.
—Si te hace sentir mejor, no dejaré que me toque. Ni siquiera dejaré que me
dé un golpe por sus fans.
—¿Y cómo vas a arreglártelas?
Él se encogió de hombros.
—Normalmente, dejo que me toquen una vez, solo para que parezca justo.
—¿Dejas…? ¿Dejas que tu rival te alcance?
—¿Dónde estaría la diversión si me limitara a destrozar a alguien y no
dejara que me dieran nunca? No es bueno para el negocio, nadie apostaría en mi
contra.
—Qué montón de gilipolleces —dije, cruzándome de brazos.
Pedro arqueó una ceja.
—¿Crees que te estoy engañando?
—Me resulta difícil creer que solo te peguen cuando tú les dejas.
—¿Te gustaría hacer una apuesta sobre ese asunto, Paula Chaves ?
—sonrió él, con una mirada de emoción.
—Acepto la apuesta. Creo que te alcanzará una vez.
—¿Y si no lo hace? ¿Qué gano? —preguntó él.
Me encogí de hombros mientras el griterío al otro lado de la pared creció
hasta convertirse en un rugido. Agustin dio la bienvenida a la multitud, y entonces
repasó las reglas.
La boca de Pedro se abrió en una amplia sonrisa.
—Si ganas, no me acostaré con nadie durante un mes. —Arqueé una ceja y
él volvió a sonreír—. Pero, si gano yo, tendrás que quedarte conmigo un mes.
—¿Qué? ¡Pero si ya me alojo contigo de todos modos! ¿Qué tipo de apuesta
es esa? —grité por encima del ruido.
—Hoy han arreglado las calderas de Morgan —dijo con una sonrisa y
guiñándome el ojo.
Una sonrisa de satisfacción relajó mi expresión cuando Agustin gritó el
nombre de Pedro.
—Cualquier cosa vale la pena con tal de verte probar la abstinencia, para
variar.
Pedro me dio un beso en la mejilla y salió, sacando pecho. Fui tras él y,
cuando entramos en la siguiente habitación, me quedé sorprendida por el gran
número de personas que estaban amontonadas en un espacio tan pequeño. La
habitación se hallaba llena hasta la bandera, y los empujones y el griterío
aumentaban al entrar en la habitación. Pedro me señaló con la cabeza, y Agustin me
pasó la mano por los hombros, tirando de mí hacia él.
Me incliné para hablarle a Agustin al oído.
—Apuesto dos por Pedro —dije.
Agustin levantó las cejas mientras me miraba sacar del bolsillo dos billetes de
cien dólares con la cara del presidente Benjamin. Extendió la palma y le puse los
billetes en la mano.
—No eres la Pollyanna que pensaba —dijo él, pegándome un repaso.
Alberto le sacaba al menos una cabeza a Pedro, así que no pude evitar tragar
saliva cuando los vi de pie uno junto al otro. Alberto era enorme, duplicaba el
tamaño y la masa muscular de Pedro. No podía ver la expresión de este, pero era
evidente que Alberto estaba sediento de sangre.
Agustin apretó los labios contra mi oreja.
—Tal vez quieras taparte los oídos, nena.
Me llevé las manos a ambos lados de la cabeza, y Agustin tocó la bocina. En
lugar de atacar, Pedro retrocedió unos pasos. Alberto lanzó un golpe, y Pedro lo
esquivó, desviándose hacia la derecha. Alberto volvió a golpear, pero Pedro se
agachó y dio un paso al otro lado.
—¿Qué demonios? ¡Esto no es un combate de boxeo! —gritó Agustin.
Pedro alcanzó a Alberto en la nariz. El ruido del sótano era ensordecedor.
Pedro encajó un gancho de izquierda en la mandíbula de Alberto, y no pude evitar
llevarme las manos a la boca cuando Alberto intentó lanzar unos cuantos puñetazos
más, que acabaron todos en el aire. Alberto cayó contra su séquito después de que
Pedro le diera un codazo en la cara. Justo cuando creía que todo había casi
acabado, Alberto volvió a atacar. Golpe tras golpe, Alberto no parecía aguantar el
ritmo. Ambos hombres estaban cubiertos de sudor, y ahogué un grito cuando
Alberto falló otro puñetazo y acabó golpeando un pilar de cemento con el puño.
Cuando su oponente se dobló, cubriéndose el puño, Pedro se dispuso a dar el
golpe de gracia.
Era incansable: primero le dio un rodillazo a Alberto en la cara, y después lo
aporreó una y otra vez hasta que Alberto se derrumbó y se dio un golpe contra el
suelo. El nivel de ruido estalló cuando Agustin se apartó de mí para lanzar el
cuadrado rojo sobre la cara ensangrentada de Alberto.
Pedro desapareció detrás de sus fans, y yo apreté la espalda contra la pared,
buscando a tientas el camino hasta la puerta por la que habíamos entrado. Llegar
hasta el farol fue un enorme alivio. Me preocupaba que me derribaran y morir
pisoteada.
Clavé la mirada en el umbral de la puerta, esperando a que la multitud
irrumpiera en la pequeña habitación. Después de que pasaran varios minutos sin
que Pedro diera ninguna señal de vida, me preparé para rehacer mis pasos hasta la
ventana. Con la cantidad de gente que intentaba salir a la vez, no era seguro
empezar a dar vueltas por allí.
Justo cuando me adentraba en la oscuridad, unas pisadas crujieron sobre el
suelo de cemento. Pedro me estaba buscando alarmado.
—¡Paloma!
—¡Estoy aquí! —grité, lanzándome en sus brazos.
Pedro bajó la mirada y frunció el ceño.
—¡Me has dado un susto de cojones! Casi he tenido que empezar otra pelea
solo para llegar hasta ti… Y, cuando por fin llego, ¡te habías ido!
—Me alegro de que hayas vuelto. No me entusiasmaba tener que averiguar
el camino de vuelta en la oscuridad.
La preocupación desapareció de su rostro y sonrió ampliamente.
—Me parece que has perdido la apuesta.
Agustin irrumpió, me miró y, después, lanzó a Pedro una mirada fulminante.
—Tenemos que hablar.
Pedro me guiñó un ojo.
—No te muevas. Vuelvo ahora mismo.
Desaparecieron en la oscuridad. Agustin alzó su voz unas cuantas veces, pero
no pude averiguar lo que decía. Pedro se dio media vuelta mientras se metía un
fajo de dinero en el bolsillo y después me dedicó una media sonrisa.
—Vas a necesitar más ropa.
—¿De verdad me vas a obligar a quedarme contigo un mes?
—¿Me habrías obligado a pasar un mes sin sexo? —Me reí, admitiendo que
lo habría hecho.
—Será mejor que hagamos una parada en Morgan.
Pedro sonrió.
—Me parece que esto será interesante.
Cuando Agustin pasó, me dejó con un golpe mis ganancias en la palma de la
mano y se fundió en la muchedumbre, que empezaba a disiparse.
Pedro arqueó una ceja.
—¿Has apostado?
Sonreí y me encogí de hombros.
—Me pareció buena idea disfrutar de la experiencia completa.

CAPITULO 16



Sentí que mi respiración se relajaba y que me pesaban los párpados; no
tardé mucho en dormirme. Cuando volví a abrir los ojos, el cielo nocturno había
oscurecido la ventana. Unas voces amortiguadas se colaban por el vestíbulo desde
la sala de estar, incluida la más profunda de Pedro. Fui sigilosamente hasta el
vestíbulo y entonces me quedé helada al oír mi nombre.
—Pau lo entiende, Pepe. No te tortures —dijo Valentin.
—Ya vais juntos a la fiesta de citas. ¿Qué hay de malo en pedirle que salga
contigo? —preguntó Rosario.
Me puse tensa, a la espera de su respuesta.
—No quiero salir con ella. Solo quiero estar con ella. Es una chica…
diferente.
—¿Diferente en qué sentido? —preguntó Rosario, con un tono ligeramente
irritado.
—No aguanta mis gilipolleces, es refrescante. Tú misma lo dijiste, Ro. No
soy su tipo. Lo que hay entre nosotros… simplemente es diferente.
—Estás más cerca de ser su tipo de lo que tú te crees —dijo Rosario.
Me eché hacia atrás tan silenciosamente como pude, y cuando los tablones
de madera crujieron bajo mis pies desnudos me estiré para cerrar la puerta del
dormitorio de Pedro y bajé por el vestíbulo.
—Hola, Pau—dijo Rosario con una sonrisa—. ¿Qué tal tu siesta?
—Me he quedado inconsciente durante cinco horas. Ha sido más un coma
que una siesta.
Pedro se quedó mirándome fijamente durante un momento y, cuando le
sonreí, vino directamente hacia mí, me cogió la mano y me arrastró por el vestíbulo
hasta su dormitorio. Cerró la puerta, y sentí que el corazón me daba un vuelco en
el pecho, preparándome para que dijera algo que aplastara mi ego.
Levantó las cejas.
—Lo siento mucho, Paloma. Antes me comporté contigo como un gilipollas.
Me relajé un poquito al ver remordimiento en su mirada.
—No sabía que estuvieras enfadado conmigo.
—Y no lo estaba. Simplemente tengo la mala costumbre de arremeter contra
la gente que me importa. Sé que es una excusa penosa, pero lo siento —dijo él,
mientras me envolvía en sus brazos.
Apoyé la mejilla en su pecho, acomodándome.
—¿Y por qué estabas enfadado?
—No importa. Lo único que me preocupa eres tú.
Me incliné hacia atrás para levantar la mirada hacia él.
—Puedo soportar tus rabietas.
Escrutó mi cara durante unos momentos, antes de que una ligera sonrisa se
extendiera en sus labios.
—No sé por qué me aguantas, y no sé qué haría yo si no lo hicieras.
Podía oler la mezcla de cigarrillos y menta de su aliento, y le miré los labios;
mi cuerpo reaccionó ante lo cerca que estábamos. La expresión de Pedro cambió y
su respiración se entrecortó: él también lo había notado.
Se inclinó hacia delante una distancia infinitesimal, pero ambos dimos un
respingo cuando su móvil sonó. Soltó un suspiro y lo sacó de su bolsillo.
—Sí, ¿Hoffman? Jesús…, está bien. Serán mil dólares fáciles. ¿Jefferson?
—Me miró y pestañeó—. Allí estaré. —Colgó y me cogió de la mano—. Ven
conmigo. —Me llevó de vuelta al vestíbulo—. Era Agustin —dijo a Valentin—. Alberto
Hoffman estará en Jefferson dentro de noventa minutos.
Valentin asintió, se levantó y sacó el móvil del bolsillo. Rápidamente tecleó
la información y envió invitaciones mediante SMS exclusivos a quienes conocían el
Círculo. Esos miembros, que rondaban los diez, escribirían a los diez nombres de
su lista, y así seguiría la cadena hasta que todos los miembros supieran dónde iba a
celebrarse la pelea.
—Muy bien —dijo Rosario, sonriendo—. ¡Será mejor que nos preparemos!

El ambiente del apartamento era tenso y optimista al mismo tiempo. Pedro
parecía el menos afectado, mientras se calzaba las botas y una camiseta sin mangas
blanca, como si se dispusiera a dar un paseo.
Rosario me guio por el vestíbulo hasta el dormitorio de Pedro y frunció el
ceño.
—Tienes que cambiarte, Pau. No puedes ir así vestida a la pelea.
—¡Llevé una puñetera chaqueta de punto la última vez y no dijiste nada!
—protesté.
—La última vez no pensaba en serio que fueras a ir. Toma —dijo, mientras
me lanzaba unas cuantas prendas de ropa—. Ponte esto.
—¡No pienso ponerme eso!
—¡Vamos! —gritó Valentin desde la sala de estar.
—¡Date prisa! —me apresuró Rosario, corriendo hacia la habitación de
Valentin. Me puse el top amarillo atado al cuello, sin espalda, y los tejanos de talle
bajo que Rosario me había lanzado, después me calcé un par de zapatos de tacón,
y me pasé un cepillo por el pelo mientras bajaba al vestíbulo. Rosario salió de su
habitación con un vestido corto verde y unos zapatos de tacón a juego, y, cuando
doblamos la esquina, Pedro y Valentin estaban de pie junto a la puerta.
Pedro se quedó boquiabierto.
—¡Oh, demonios, no! ¿Intentas que me maten? Tienes que cambiarte,
Paloma.
—¿Cómo? —pregunté bajando la mirada.
Rosario se puso las manos en las caderas.
—Está monísima, Pepe, ¡déjala en paz!
Pedro me cogió de la mano y me condujo por el vestíbulo.
—Ponte una camiseta… y unas zapatillas. Algo cómodo.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Porque si llevas esa camiseta estaré más preocupado de quién te está
mirando las tetas que de Hoffman —dijo él, deteniéndose en su puerta.
—Creía que habías dicho que no te importaba ni un comino lo que pensaran
los demás.
—Esto es diferente, Paloma. —Pedro bajó la mirada a mi pecho y después
volvió a levantarla—. No puedes ir así a la pelea, así que, por favor…,
simplemente…, por favor, simplemente cámbiate —balbuceó, mientras me
empujaba dentro de la habitación y cerraba la puerta.
—¡Pedro! —grité.
Me quité los tacones y me puse las Converse. Después, me zafé del top
atado al cuello y sin espalda, y lo lancé al otro lado de la habitación. Me puse la
primera camiseta de algodón que tocaron mis manos y atravesé corriendo el
vestíbulo para detenerme en el umbral de la puerta.
—¿Mejor? —dije resoplando, al tiempo que me recogía el pelo en una cola
de caballo.
—¡Sí! —dijo Pedro, aliviado—. ¡Vámonos!
Corrimos hasta el aparcamiento y salté al asiento trasero de la moto de
Pedro, mientras él encendía el motor y salía despedido, recorriendo a toda
velocidad la calle que llevaba a la universidad. Me aferré a su cintura por la
expectación; las prisas por salir me habían llenado las venas de adrenalina.