TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
miércoles, 2 de abril de 2014
CAPITULO 15
Entrecerré los ojos por la luz del sol que entraba por la ventana y entonces la
alarma resonó en mis oídos. Pedro seguía dormido, rodeándome todavía con
brazos y piernas. Conseguí liberar un brazo para parar el despertador.
Después de frotarme la cara, lo miré: estaba durmiendo sonoramente a dos
centímetros de mi cara.
—Oh, Dios mío —susurré, preguntándome cómo habíamos llegado a estar
tan entrelazados. Respiré hondo y contuve la respiración mientras intentaba
liberarme.
—Déjalo, Paloma, estoy durmiendo —murmuró él, apretándome contra él.
Después de varios intentos, finalmente conseguí soltarme, y me senté al
borde de la cama, mirando hacia atrás para ver su cuerpo medio desnudo, liado en
las sábanas. Lo observé durante un momento y suspiré. Los límites empezaban a
difuminarse, y era culpa mía.
Su mano se deslizó sobre las sábanas hasta tocarme los dedos.
—¿Qué pasa, Paloma? —dijo él, con los ojos apenas abiertos.
—Voy a por un vaso de agua. ¿Quieres algo?
Pedro dijo que no con la cabeza, cerró los ojos y pegó la mejilla al colchón.
—Buenos días, Pau —dijo Valentin desde el sillón cuando doblé la esquina.
—¿Dónde está Ro?
—Sigue dormida. ¿Qué haces levantada tan temprano? —preguntó él,
mirando el reloj.
—Ha sonado el despertador, pero siempre me despierto pronto después de
beber. Es una maldición.
—Yo también —asintió él.
—Más vale que despiertes a Ro. Tenemos clase dentro de una hora —dije,
mientras abría el grifo y me inclinaba para beber.
Valentin asintió.
—Pensaba dejarla dormir.
—No lo hagas. Se enfadará si se pierde la clase.
—Ah —dijo él, levantándose—, entonces es mejor que la despierte.
Se dio media vuelta.
—Oye, Pau.
—¿Sí?
—No sé qué hay entre Pedro y tú, pero sé que hará algo estúpido para
cabrearte. Es un tic que tiene. No se acerca a nadie muy a menudo, y, por la razón
que sea, contigo lo ha hecho. Pero tienes que perdonarle sus demonios. Es la única
forma que tiene de saberlo.
—¿Saber qué? —pregunté, levantando una ceja por su discurso
melodramático.
—Si podrás trepar el muro —respondió simplemente.
Sacudí la cabeza y me reí.
—Lo que tú digas, Valen.
Valentin se encogió de hombros y desapareció en su dormitorio. Oí unos
suaves murmullos, un gruñido de protesta y después la risa dulce de Rosario.
Removí la avena en mi cuenco y añadí el sirope de chocolate, estrujando
directamente el bote.
—Eso es asqueroso, Paloma —dijo Pedro, vestido solo con un par de
calzoncillos de cuadros verdes.
Se frotó los ojos y sacó una caja de cereales del armario.
—Buenos días para ti también —dije, cerrando de una palmadita la tapa de
la botella.
—He oído que se acerca tu cumpleaños. El último de tus años de
adolescencia —bromeó, con los ojos hinchados y rojos.
—Sí…, bueno, no me van los cumpleaños. Creo que Ro piensa llevarme a
cenar o algo así —sonreí—. Puedes apuntarte si te apetece.
—Vale —dijo encogiéndose de hombros—, ¿es dentro de una semana desde
el domingo?
—Sí. ¿Y cuándo es el tuyo?
Vertió la leche y hundió los cereales con la cuchara.
—En abril. El 1 de abril.
—Anda ya.
—No, lo digo en serio —dijo él, mientras masticaba.
—¿Tu cumpleaños es el Día de los Inocentes? —pregunté de nuevo,
arqueando una ceja.
Se rio.
—¡Sí! Vas a llegar tarde. Será mejor que te vistas.
—Ro me va a llevar en coche.
Estaba segura de que estaba siendo intencionadamente frío cuando se limitó
a encogerse de hombros.
—Tú misma —dijo él, volviéndose de espaldas para acabarse los cereales.
—DECIDIDAMENTE te está mirando —susurró Rosario, inclinándose
hacia atrás para mirar al otro extremo de la habitación.
—Déjalo ya, tonta, te va a ver.
Rosario sonrió y agitó la mano.
—Ya me ha visto. Sigue mirando hacia aquí.
Dudé durante un momento y entonces, finalmente, hice acopio del
suficiente valor como para mirar hacia donde él estaba. Adrian me estaba mirando
directamente a mí, sonriendo.
Le devolví la sonrisa y después fingí escribir algo en mi portátil.
—¿Sigue mirando? —susurré.
—Sí —respondió Rosario entre risas.
Después de clase, Adrian me paró en el vestíbulo.
—No te olvides de la fiesta de este fin de semana.
—No lo haré —dije, intentando no parpadear ni hacer cualquier otra cosa
ridícula. Rosario y yo seguimos nuestro camino hacia la cafetería, donde
habíamos quedado con Pedro y Valentin para comer, acortando por el césped. Ella
seguía riéndose por el comportamiento de Adrian cuando Valentin y Pedro se
acercaron.
—Hola, encanto —dijo Rosario, justo antes de besar a su novio en la boca.
—¿De qué os reíais? —preguntó Valentin.
—Ah, es que un chico se ha pasado toda la hora de clase mirando a Paula.
Ha sido adorable.
—Mientras fuera a Paula a quien mirara —dijo Valentin con un guiño.
—¿Quién era? —dijo Pedro con una mueca.
Me reajusté la mochila e indiqué a Pedro que me la quitara de los brazos y
la cogiera. Sacudí la cabeza.
—Ro se imagina cosas.
—¡Paula! ¡Menudo pedazo de mentirosa que estás hecha! Era Adrian Hayes,
y resultaba evidente. El chico estaba prácticamente babeando.
La cara de Pedro se torció en una mueca de disgusto.
—¿Adrian Hayes?
Valentin tiró a Rosario de la mano.
—Vamos a comer. ¿Os uniréis hoy a nosotros para disfrutar de la alta cocina
de la cafetería?
Rosario lo besó de nuevo como respuesta; Pedro y yo los seguimos algo
más atrás. Dejé mi bandeja entre Rosario y Jeronimo, pero Pedro no ocupó su lugar
habitual delante de mí. En lugar de eso, se sentó algo más lejos. En ese momento
me di cuenta de que no había dicho mucho durante nuestro paseo hacia la
cafetería.
—¿Estás bien, Pepe? —le pregunté.
—¿Yo? Sí, ¿por qué? —dijo, relajando el gesto de la cara.
—Es que has estado muy callado.
Varios miembros del equipo de fútbol americano se acercaron a la mesa y se
sentaron, riéndose estruendosamente. Pedro parecía algo molesto mientras jugaba
con la comida de su plato. Daniel Jenks lanzó una patata frita al plato de Pedro.
—¿Qué hay, Pepe? He oído que te has tirado a Cristina Martin. Hoy ha estado
arrastrando tu nombre por el barro.
—Cierra el pico, Jenks —dijo Pedro, sin levantar la mirada de la comida.
Me incliné hacia delante para que el musculoso gigante que estaba sentado
enfrente de Pedro pudiera experimentar la fuerza de mi mirada.
—Corta el rollo, Dani.
Pedro me fulminó con la mirada.
—Sé cuidarme solo, Paula.
—Lo siento, solo…
—No quiero que sientas nada, no quiero que hagas nada —me espetó él,
levantándose de la mesa y cruzando furioso la puerta.
Jeronimo me miró con las cejas levantadas.
—Eh, ¿qué mosca le ha picado?
Yo pinché una patata con el tenedor y resoplé.
—Ni idea.
Valentin me dio una palmadita en la espalda.
—Tú no has hecho nada, Paula.
—Simplemente hay varias cosas que le rondan por la cabeza —añadió
Rosario.
—¿Qué cosas? —pregunté.
Valentin se encogió de hombros y centró la atención en su bandeja.
—A estas alturas, deberías saber que ser amigo de Pedro requiere tener
paciencia y una actitud indulgente. Vive en un universo propio.
Sacudí la cabeza.
—Ese es el Pedro que ve todo el mundo…, no el que yo conozco.
Valentin se inclinó hacia delante.
—No hay ninguna diferencia. Simplemente tienes que aceptar las cosas
como vengan.
Después de clase, fui en coche con Rosario al apartamento y vimos que la
moto de Pedro no estaba. Fui a su habitación y me hice un ovillo en su cama,
apoyando la cabeza en el brazo.Pedro se encontraba bien por la mañana. Con todo
el tiempo que habíamos estado juntos, no podía creer que me hubiera pasado
desapercibido que algo lo hubiera molestado. No solo eso, me incomodaba que
Rosario pareciera saber qué ocurría y yo no.
CAPITULO 14
En el apartamento, todos cruzamos torpemente la puerta. Fui directamente
al baño para quitarme el humo del pelo. Cuando salí de la ducha, vi que Pedro me
había llevado una de sus camisetas y un par de sus pantalones cortos para que me
cambiara.
La camiseta me engulló y los pantalones desaparecieron bajo la camiseta.
Me derrumbé en la cama y suspiré, todavía sonriendo por lo que había dicho en el
aparcamiento.
Pedro se quedó mirándome durante un momento, y sentí una punzada en
el pecho. Tenía unas ansias casi voraces por cogerle la cara y plantar mi boca en la
suya, pero luché contra el alcohol y las hormonas que corrían por mis venas.
—Buenas noches, Paloma —susurró, mientras se daba media vuelta.
Me moví nerviosa; todavía no estaba preparada para dormirme.
—¿Pepe? —dije, acercándome para apoyar la barbilla en su hombro.
—¿Sí?
—Sé que estoy borracha, y acabamos de tener una enorme pelea por esto,
pero…
—No voy a acostarme contigo, así que deja de pedírmelo —dijo, todavía de
espaldas a mí.
—¿Qué? ¡No! —grité.
Pedro se rio y se volvió para mirarme, con una expresión de ternura.
—¿Qué pasa, Paloma?
Suspiré.
—Esto —dije, apoyando la cabeza sobre su pecho y estirando el brazo por
encima de él, acurrucándome tan cerca como pude.
Se puso tenso y levantó las manos, como si no supiera cómo reaccionar.
—Estás borracha.
—Lo sé —dije, demasiado ebria como para avergonzarme.
Se relajó y me puso una mano sobre la espalda y otra sobre el pelo mojado,
después apretó los labios contra mi frente.
—Eres la mujer más confusa que he conocido nunca.
—Es lo menos que puedes hacer después de espantar al único chico que se
me ha acercado hoy.
—¿Te refieres a Eduardo, el violador? Sí, te debo una.
—No importa —dije, sintiendo el inicio de un rechazo.
Me cogió el brazo y lo sujetó contra su estómago para evitar que lo apartara.
—No, lo digo en serio. Tienes que tener más cuidado. Si no hubiera estado
allí… Ni siquiera quiero pensar en ello. ¿Y ahora esperas que me disculpe por
hacer que te dejara en paz?
—No quiero que te disculpes. Ni siquiera se trata de eso.
—Entonces, ¿qué pasa? —me preguntó, buscándome los ojos.
Su cara estaba a escasos centímetros de la mía y podía notar su aliento en
mis labios.
Fruncí el ceño.
—Estoy borracha, Pedro. Es la única excusa que tengo.
—¿Quieres que te abrace hasta que te quedes dormida? —No respondí y él
se movió para mirarme directamente a los ojos—. Debería decir que no para
corroborar mi postura —dijo, arqueando las cejas—. Pero después me odiaría si me
negara y no volvieras a pedírmelo.
Apoyé la mejilla en su pecho, y él me abrazó más fuerte, suspirando.
—No necesitas ninguna excusa, Paloma. Solo tienes que pedirlo.
CAPITULO 13
Rosario y Valentin aparecieron a nuestro lado. Valentin se movía como si
hubiera visto demasiados vídeos de Usher. Estuve a punto de dejarme llevar por el
pánico cuando Pedro me apretó contra él. Si usaba alguno de esos movimientos en
el sofá, entendía por qué tantas chicas se arriesgaban a sufrir una humillación por
la mañana.
Ciñó sus manos alrededor de mis caderas, y me di cuenta de que su
expresión era diferente, casi seria. Le pasé las manos por el pecho y por los
impecables abdominales, mientras se estiraban y tensaban bajo la ajustada
camiseta, al ritmo de la música. Me puse de espaldas a él y sonreí cuando me
agarró por la cintura. Por todo ello y por el alcohol que me corría por las venas,
cuando apretó mi cuerpo contra el suyo, me vinieron ideas a la cabeza que eran
cualquier cosa menos las de una simple amiga.
La siguiente canción se unió a la que estábamos bailando, y Pedro no dio
señal alguna de querer volver al bar. Tenía la nuca cubierta de gotas de sudor, y las
luces multicolores me hacían sentir algo mareada. Cerré los ojos y apoyé la cabeza
contra su hombro. Me agarró las manos y me las subió hasta el cuello. Sus manos
bajaron por mis brazos, por mis costillas y finalmente regresaron a mis caderas.
Cuando noté sus labios y su lengua sobre mi cuello, me aparté de él.
Él se rio, algo sorprendido.
—¿Qué pasa, Paloma?
Mi ánimo se enardeció, pero las duras palabras que quería decir se me
quedaron atascadas en la garganta. Me retiré al bar y pedí otra Coronita. Pedro se
sentó en el taburete que había a mi lado y levantó el dedo para pedirse otra copa.
En cuanto el camarero me sirvió la botella, me bebí la mitad del contenido antes de
volver a dejarla sobre la barra.
—¿Crees que esto cambiará la opinión de alguien sobre nosotros? —dije,
echándome el pelo a un lado para cubrir el lugar en el que me había besado.
Soltó una carcajada.
—Me importa un pimiento lo que piensen de nosotros.
Lo fulminé con la mirada y después me volví hacia delante.
—Paloma —dijo, tocándome el brazo.
Me aparté de él.
—No, nunca podría emborracharme lo suficiente para dejar que me llevaras
a ese sofá.
Su cara se retorció en una mueca de ira, pero, antes de que pudiera decir
nada, una morena impresionante, con morritos, unos ojos azules enormes y un
escote todavía mayor, se acercó a él.
—Vaya, vaya, si es Pedro Alfonso —dijo, contoneándose en todos los sitios
correctos.
Dio un trago y clavó los ojos en mí.
—Hola, Aldana.
—¿No me presentas a tu novia? —dijo ella sonriendo.
Puse los ojos en blanco por lo transparente y lamentable que resultaba.
Pedro echó la cabeza hacia atrás para apurar la cerveza y después lanzó la
botella vacía por la barra. Todos los que estaban esperando para pedir la siguieron
con la mirada hasta que cayó en el cubo de la basura que había al final.
—No es mi novia.
Cogió a Aldana de la mano, y ella lo siguió feliz a la pista de baile. La
manoseó por todas partes durante una canción, otra y otra. Estaban montando una
escena por cómo ella le dejaba meterle mano y, cuando la inclinó, me volví de
espaldas a ellos.
—Pareces cabreada —dijo un hombre que estaba sentado a mi lado—. ¿Ese
de ahí es tu novio?
—No, es solo un amigo —murmuré.
—Pues menos mal. Podría haber sido bastante incómodo para ti si lo
hubiera sido.
Se volvió hacia la pista de baile y sacudió la cabeza ante el espectáculo.
—Y que lo digas —asentí, apurando lo que me quedaba de la botella.
Apenas había notado el sabor de las últimas dos, y tenía los dientes
adormecidos.
—¿Te apetece otra? —preguntó. Lo examiné y él sonrió—. Soy Eduardo.
—Paula —dije, estrechando la mano que me tendía. Levantó dos dedos al
camarero y sonreí—. Gracias.
—Entonces, ¿vives aquí? —me preguntó.
—En Morgan Hall, en Eastern.
—Yo tengo un apartamento en Hinley.
—¿Vas a State? —pregunté—. ¿No está como a… una hora de distancia?
¿Qué haces por aquí?
—Me gradué el pasado mayo. Mi hermana pequeña va a Eastern. Me quedo
con ella esta semana mientras busco trabajo.
—Vaya…, la vida en el mundo real, ¿eh?
Eduardo se rio.
—Y es tal y como nos cuentan que es.
Saqué el brillo de labios del bolsillo y me lo extendí con esmero, usando el
espejo que forraba la pared que había detrás de la barra.
—Un bonito color —dijo él, mientras me observaba apretar los labios.
Sonreí, mientras sentía la ira hacia Pedro y la embriaguez del alcohol.
—Tal vez puedas probarlo después.
A Eduardo se le iluminó la mirada mientras se acercaba más, y yo sonreí
cuando me tocó la rodilla. Apartó la mano cuando Pedro se interpuso entre
nosotros.
—¿Estás lista, Paloma?
—Estoy en medio de una conversación, Pedro —dije, apartándolo.
Tenía la camiseta empapada por el circo que había montado en la pista de
baile, y me limpié la mano en la falda ostentosamente.
Pedro puso mala cara.
—¿Acaso conoces a este tío?
—Es Eduardo —dije, dedicándole la mejor sonrisa de flirteo a mi nuevo amigo.
Me guiñó un ojo, después miró a Pedro y le tendió la mano.
—Me alegro de verte.
Pedro me observó expectante hasta que cedí y lo señalé con la mano.
—Eduardo, este es Pedro —murmuré.
—Pedro Alfonso —apuntilló él, mirando la mano de Eduardo como si quisiera
arrancársela. Los ojos de Eduardo se abrieron como platos y, con poca elegancia,
apartó la mano.
—¿Pedro Alfonso? ¿El Pedro Alfonso de Eastern? —Apoyé la mejilla en el
puño, temiendo la inevitable escena exacerbada por la testosterona que podría
desarrollarse a continuación. Pedro alargó el brazo por detrás de mí para agarrarse
a la barra.
—¿Sí? ¿Qué pasa?
—Te vi luchar con Shawn Smith el año pasado, tío. ¡Pensaba que estaba a
punto de presenciar la muerte de alguien! —Pedro lo fulminó con la mirada.
—¿Quieres verlo de nuevo?
Eduardo soltó una carcajada, y nos miró por turnos. Cuando se dio cuenta de
que Pedro iba en serio, me sonrió como señal de disculpa y finalmente se fue.
—¿Estás lista ahora? —espetó él.
—Eres un auténtico gilipollas, ¿lo sabías?
—Me han llamado cosas peores —me dijo, ayudándome a levantarme del
taburete. Seguimos a Rosario y a Valentin hasta el coche, y cuando Pedro intentó
cogerme de la mano y llevarme a través del aparcamiento, la aparté. Se dio media
vuelta y yo me detuve bruscamente, retrocediendo cuando él se quedó a tan solo
unos centímetros de mi cara.
—¡Debería besarte ya y acabar con esto! —gritó él—. ¡Esto es ridículo! Te
besé en el cuello, ¿y qué?
Su aliento olía a cervezas y cigarrillos, así que lo aparté.
—No soy tu amiga con derecho a roce, Pedro.
Él sacudió la cabeza, sin poder creérselo.
—¡Nunca he dicho que lo fueras! ¡Estás conmigo veinticuatro horas, siete
días a la semana, duermes en mi cama, pero la mitad del tiempo actúas como si no
quisieras que te vieran conmigo!
—¡Pero si he venido aquí contigo!
—Siempre te he tratado con respeto, Paloma.
Yo seguí en mis trece.
—No, me tratas como si te perteneciera. ¡No tenías derecho a espantar a
Eduardo así!
—¿Sabes quién es Eduardo? —me preguntó.
Cuando negué con la cabeza, se acercó más.
—Pues yo sí. El año pasado lo arrestaron por agresión sexual, pero retiraron
los cargos.
Crucé los brazos.
—Oh, ¿entonces tenéis algo en común?
Pedro frunció el ceño, y los músculos de sus mandíbulas se movieron bajo
la piel.
—¿Me estás llamando violador? —dijo en un tono frío y bajo.
Apreté los labios, todavía más enfadada por que tuviera razón. Lo había
llevado demasiado lejos.
—No, simplemente estoy cabreada contigo.
—He estado bebiendo, ¿vale? Tu piel estaba a dos centímetros de la mía,
eres guapa y hueles acojonantemente bien cuando sudas. ¡Te besé, lo siento!
¡Supéralo!
Su disculpa me hizo esbozar una sonrisa.
—¿Crees que soy guapa?
Frunció el ceño con disgusto.
—Eres una preciosidad y lo sabes. ¿Por qué sonríes?
Intenté reprimir mi regocijo para no darle ese placer.
—Nada. Vámonos.
Pedro se rio y sacudió la cabeza.
—¿Qué? ¿Cómo? ¡Eres un auténtico dolor de cabeza! —me gritó,
mirándome fijamente. No podía dejar de sonreír y, tras unos segundos, Pedro
sonrió. Sacudió la cabeza de nuevo, y después me pasó el brazo por el cuello.
—Me vuelves loco. Lo sabes, ¿no?
martes, 1 de abril de 2014
CAPITULO 12
En el bar de sushi, resultamos ruidosos y molestos, y ya habíamos bebido
suficiente para toda la noche antes de poner un pie en The Red Door. Valentin
recorrió lentamente el aparcamiento, tomándose su tiempo para encontrar un
espacio libre.
—Estaría bien aparcar en algún momento de esta noche, Valen —musitó
Rosario.
—Oye, tengo que encontrar un sitio ancho. No quiero que algún idiota
borracho me estropee la pintura.
Cuando aparcamos, Pedro inclinó el asiento hacia delante y me ayudó a
salir.
—Quería preguntaros por vuestros carnés de identidad. Son impecables.
Por aquí no los consigues así.
—Sí, los tenemos desde hace tiempo. Era necesario… en Wichita —dije.
—¿Necesario? —preguntó Pedro.
—Es bueno tener contactos —dijo Rosario.
Se le escapó un hipido y se tapó la boca, mientras se reía tontamente.
—Por Dios, mujer —dijo Valentin, cogiendo a Rosario del brazo, mientras
ella caminaba torpemente sobre la grava—. Creo que ya has tenido bastante por
esta noche.
Pedro puso mala cara.
—¿De qué estás hablando,Ro? ¿Qué contactos?
—Pau tiene algunos viejos amigos que…
—Son carnés de identidad falsos, Pepe—le interrumpí—. Tienes que
conocer a la gente adecuada si quieres que te los hagan bien, ¿no te parece?
Rosario apartó a propósito la mirada de Pedro y esperó.
—Sí —dijo él, extendiendo la mano para que le diera la mía.
Lo cogí por tres dedos y sonreí, sabiendo por su expresión que mi respuesta
no le había satisfecho.
—¡Necesito otra copa! —dije, en un segundo intento de cambiar de tema.
—¡Chupitos! —gritó Rosario.
Valentin puso los ojos en blanco.
—Ah, sí. Eso es lo que necesitas, otro chupito.
Una vez dentro, Rosario me condujo inmediatamente a la pista de baile. Su
cabellera rubia se movía por todas partes, y la cara de pato que ponía cuando se
movía al ritmo de la música me hizo reír. Cuando la canción acabó, nos reunimos
con los chicos en el bar. Al lado de Pedro, se había plantado ya una rubia platino
excesivamente voluptuosa, y la cara de Rosario se retorció en una mueca de asco.
—Será así toda la noche, Ro. Simplemente, ignóralas —dijo Valentin,
señalando con la cabeza a un pequeño grupo de chicas que estaban a unos metros.
Miraban a la rubia y esperaban su turno.
—Parece que Las Vegas ha vomitado a una bandada de buitres —ironizó
Rosario.
Pedro se encendió un cigarrillo mientras pedía dos cervezas más; la rubia se
mordió el labio recauchutado y brillante, y sonrió. El camarero abrió las botellas y
se las acercó a Pedro. La rubia cogió una de las cervezas, pero Pedro se la quitó de
la mano.
—Eh…, no es para ti —le dijo, mientras me la daba a mí.
Lo primero que se me ocurrió fue tirar la botella a la basura, pero la mujer
parecía tan ofendida que sonreí y di un trago. Se largó enfadada y yo me reí entre
dientes, pero Pedro no pareció ni fijarse.
—Como si fuera a pagarle una cerveza a una chica cualquiera de un bar
—dijo, sacudiendo la cabeza. Yo alcé mi cerveza, y él esbozó una media sonrisa.
—Tú eres diferente.
Choqué mi botella contra la suya.
—Por ser la única chica con la que un tío sin criterio no quiere acostarse
—dije, antes de dar un trago.
—¿Bromeas? —me preguntó, apartando la botella de mi boca. Como no me
retracté, se inclinó hacia mí—. En primer lugar…, tengo criterio. Nunca he estado
con una mujer fea. Jamás. Y, en segundo, sí quería acostarme contigo. Me he
imaginado tirándote sobre mi sofá de cincuenta maneras diferentes, pero no lo he
hecho porque ya no te veo de ese modo. Y no porque no me atraigas, sino porque
creo que eres mejor que eso.
No pude contener la sonrisa de suficiencia que se extendió en mi cara.
—Crees que soy demasiado buena para ti.
Puso cara de desdén ante mi segundo insulto.
—No conozco ni a un solo tío que sea suficientemente bueno para ti.
La sonrisa petulante desapareció para dejar paso a una que demostraba
agradecimiento, e incluso emoción.
—Gracias,Pepe—dije, mientras dejaba la botella vacía sobre la barra.
Pedro me cogió de la mano.
—Vamos —dijo él y me condujo entre la multitud hasta la pista de baile.
—¡He bebido mucho! ¡Me voy a caer!
Pedro sonrió y tiró de mí hacia él, mientras me agarraba por las caderas.
—Cállate y baila.
CAPITULO 11
Jeronimo dio otra calada. El humo le salió por la nariz en dos espesas
columnas de humo. Levanté la cara hacia el sol mientras él me entretenía con su
último fin de semana de baile, bebida y un nuevo amigo muy persistente.
—Si te está acosando, ¿por qué le dejas que te invite a copas? —me reí.
—Simple, Pau. Estoy sin pasta.
Volví a reírme, y Jero me dio un codazo en un costado cuando vio que
Pedro venía hacia nosotros.
—Hola, Pedro —dijo Jeronimo en tono cantarín, antes de guiñarme un ojo.
—Jeronimo —le respondió él, asintiendo con la cabeza. Movió las llaves en el
aire—. Me voy a casa, Paloma. ¿Necesitas que te lleve?
—Justo iba a entrar —dije, sonriéndole desde detrás de mis gafas de sol.
—¿No te quedas conmigo esta noche? —me preguntó. Su cara era una
combinación de sorpresa y decepción.
—Sí, sí que me quedo, pero necesito coger unas cuantas cosas que me dejé.
—¿Como qué?
—Bueno, pues mi cuchilla, por ejemplo. ¿Qué más te da?
—Sí, ya va siendo hora de que te depiles las piernas. Han estado
arrancándome la piel a tiras —dijo él, con una mueca traviesa.
A Jeronimo casi se le salieron los ojos de las órbitas, mientras me echaba una
mirada para confirmar lo que había oído. Yo le puse mala cara a Pedro.
—¡Así empiezan los rumores!
Miré a Jero y sacudí la cabeza.
—Estoy durmiendo en su cama…, solo durmiendo.
—Ya —dijo Jeronimo con una sonrisa petulante.
Le di un manotazo a Jero en el brazo antes de abrir la puerta y subir las
escaleras. Cuando llegué al segundo piso, Pedro estaba a mi lado.
—Vamos, no te enfades. Solo era una broma.
—Todo el mundo da ya por supuesto que nos estamos acostando. Lo estás
empeorando.
—¿Y a quién le importa lo que piensen los demás?
—¡A mí, Pedro! ¡A mí!
Empujé la puerta de mi habitación, metí unas cuantas cosas al azar en una
bolsita y después salí furiosa con Pedro pisándome los talones. Se rio mientras me
cogía la bolsa que llevaba en la mano, y me quedé mirándolo.
—No tiene ninguna gracia. ¿Quieres que toda la universidad piense que soy
una de tus zorras?
Pedro frunció el ceño.
—Nadie piensa eso. Y, si alguien lo hace, será mejor que no llegue a mis
oídos.
Me sujetó la puerta y, después de pasar, me detuve abruptamente delante
de él.
—¡Eh! —dijo él, topándose conmigo.
Me di media vuelta con grandes aspavientos.
—¡Oh, Dios mío! La gente debe de pensar que estamos juntos y que tú
sigues sin ninguna vergüenza con tu… estilo de vida. ¡Debo de parecer patética!
—dije, dándome cuenta de la situación mientras hablaba—. No creo que deba
seguir quedándome contigo; de hecho, creo que, en general, deberíamos
mantenernos alejados el uno del otro durante un tiempo.
Le cogí la bolsa y él volvió a quitármela de las manos.
—Nadie piensa que estemos juntos, Paloma. No tienes que dejar de hablar
conmigo para demostrar nada.
Iniciamos una especie de pelea por la bolsa, y, cuando se negó a soltarla,
proferí un fuerte gruñido de frustración.
—¿Alguna vez se había quedado una chica, y me refiero a una que fuera
solo tu amiga, a vivir contigo en tu casa? ¿Alguna vez habías llevado y traído a
chicas a la universidad? ¿O habías comido con alguna todos los días? Nadie sabe
qué pensar de nosotros, ¡aunque se lo expliquemos!
Fue caminando hasta el aparcamiento con mis cosas como prenda.
—Lo arreglaré, ¿vale? No quiero que nadie piense mal de ti por mi culpa
—dijo con gesto turbado. —Sus ojos brillaron y sonrió—. Déjame compensarte.
¿Por qué no vamos a The Dutch esta noche?
—Pero si es un bar de moteros —dije, mientras observaba como ataba mi
bolsa a su moto.
—Vale, pues entonces vayamos al club. Te llevaré a cenar y después
podemos ir a The Red Door. Pago yo.
—¿Cómo arreglará el problema que salgamos a cenar y después vayamos a
un club? Que la gente nos vea juntos solo empeorará la situación.
Se sentó a horcajadas sobre la moto.
—Piénsalo. ¿Yo, borracho, en una habitación llena de mujeres ligeras de
ropa? La gente no tardará mucho en darse cuenta de que no somos pareja.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer yo? ¿Llevar a un tío del bar a casa
para dejarlo del todo claro?
—No he dicho eso. No hay necesidad de perder la cabeza —dijo con mala
cara.
Puse los ojos en blanco, me subí al asiento y rodeé su cintura con mis
brazos.
—¿Una chica cualquiera nos seguirá a casa desde el bar? ¿Así piensas
compensarme?
—¿Acaso estás celosa, Paloma?
—¿Celosa de qué? ¿De la imbécil con alguna infección de transmisión sexual
a la que echarás por la mañana?
Pedro se rio y arrancó la Harley. Voló hacia su apartamento al doble de la
velocidad permitida, y cerré los ojos para no ver los árboles y los coches que
dejábamos atrás.
Después de bajarme de su moto, le di un golpe en el hombro.
—¿Es que se te ha olvidado que iba contigo? ¿Intentas matarme?
—Es difícil olvidar que estás detrás de mí cuando tus muslos me están
exprimiendo la vida. —Su siguiente pensamiento le hizo sonreír—. De hecho, no se
me ocurre una manera mejor de morir.
—Realmente te falta un tornillo.
Apenas habíamos entrado cuando Rosario salió del dormitorio de Valentin.
—Estábamos pensando en salir esta noche. ¿Os apuntáis, chicos?
Miré a Pedro y sonreí.
—Nos pasaremos por el bar de sushi antes de ir al Red.
Rosario sonrió de oreja a oreja.
—¡Valen! —gritó, entrando a toda prisa en el baño—. ¡Salimos esta noche!
Fui la última en entrar en el baño, así que Valentin, Rosario y Pedro me
esperaban impacientes, de pie junto a la puerta, cuando salí del cuarto de aseo con
un vestido negro y unos zapatos de tacón rosa fuerte.
Rosario silbó.
—¡Estás cañón, nena!
Sonreí agradecida y Pedro me tendió la mano.
—Bonitas piernas.
—¿Te dije que es una cuchilla mágica?
—Me parece que no ha sido la cuchilla —dijo sonriendo, mientras tiraba de
mí para que cruzara la puerta.
CAPITULO 10
Parecía que acababa de cerrar los ojos cuando oí el despertador. Alargué el
brazo para apagarlo, pero aparté la mano con horror cuando noté una piel cálida
bajo los dedos. Intenté recordar dónde estaba. Cuando obtuve la respuesta, me
mortificó que Pedro hubiera podido pensar que lo había hecho a propósito.
—¿Pedro? Tu despertador —susurré. Seguía sin moverse—. ¡Pedro! —dije,
dándole un codazo suave.
Como seguía sin moverse, pasé el brazo por encima de él, buscando a
tientas en la penumbra, hasta que noté la parte superior del reloj. No sabía cómo
apagarlo, así que empecé a darle golpecitos hasta que di con el botón para retrasar
la alarma, y volví a dejarme caer resoplando sobre mi almohada.
Pedro soltó una risita burlona.
—¿Estabas despierto?
—Te prometí que me portaría bien. No dije nada de dejar que te tumbaras
encima de mí.
—No me he tumbado encima de ti —protesté—. No podía llegar al reloj.
Probablemente sea la alarma más molesta que haya oído jamás. Suena como un
animal moribundo.
Entonces, Pedro extendió el brazo y tocó un botón.
—¿Quieres desayunar?
Lo fulminé con la mirada y dije que no con la cabeza.
—No tengo hambre.
—Pues yo sí. ¿Por qué no te vienes conmigo en coche al café que hay calle
abajo?
—No creo que pueda aguantar tu falta de habilidad para conducir tan
temprano por la mañana —dije.
Me senté en un lateral de la cama, me puse las chancletas y me dirigí a la
puerta arrastrando los pies.
—¿Adónde vas? —preguntó.
—A vestirme para ir a clase. ¿Necesitas que te haga un itinerario durante los
días que esté aquí?
Pedro se estiró y caminó hacia mí, todavía en calzoncillos.
—¿Siempre tienes tan mal genio o eso cambiará una vez que creas que todo
esto no es parte de un elaborado plan para meterme en tus bragas?
Me puso las manos sobre los hombros y noté cómo sus pulgares me
acariciaban la piel al unísono.
—No tengo mal genio.
Se acercó mucho a mí y me susurró al oído:
—No quiero acostarme contigo, Paloma. Me gustas demasiado.
Después, siguió andando hacia el baño y me quedé allí de pie, estupefacta.
Las palabras de Carla resonaban en mi cabeza. Pedro Alfonso se acostaba con todo
el mundo; no podía evitar sentir que tenía algún tipo de carencia al saber que no
mostraba el menor deseo ni siquiera de dormir conmigo.
La puerta volvió a abrirse y Rosario entró.
—Vamos, arriba, ¡el desayuno está listo! —dijo con una sonrisa y sin poder
reprimir un bostezo.
—Te estás convirtiendo en tu madre, Ro —refunfuñé, mientras rebuscaba
en mi maleta.
—Oooh… Me parece que alguien no ha dormido mucho esta noche pasada
—Pedro apenas ha respirado en mi dirección —dije mordazmente.
Una sonrisa de complicidad iluminó el rostro de Rosario.
—Ah.
—Ah, ¿qué?
—Nada —dijo ella, antes de volver a la habitación de Valentin.
Pedro estaba en la cocina, tarareando una melodía cualquiera mientras
preparaba unos huevos revueltos.
—¿Seguro que no quieres? —preguntó.
—Sí, seguro. Gracias, de todos modos.
Valentin y Rosario entraron en la cocina, y Valentin sacó dos platos del
armario, en los que Pedro amontonó los huevos humeantes. Valentin dejó los
platos en la encimera, y él y Rosario se sentaron juntos para satisfacer el apetito,
que, con toda probabilidad, se debía a lo que habían hecho la noche anterior.
—No me mires así, Valen. Lo siento, simplemente no quiero ir —dijo
Rosario.
—Pero, nena, en la fraternidad se celebran fiestas de citas dos veces al año
—argumentó Valentin mientras masticaba—. Todavía queda un mes. Tendrás
tiempo suficiente para encontrar un vestido y cumplir con todo el rollo ese de
chicas.
—Iría, Valen…, es muy amable por tu parte…, pero no conoceré a nadie allí.
—Muchas de las chicas que asisten no conocen a mucha gente —dijo él,
sorprendido por el rechazo.
Ella se desplomó sobre la silla.
—Las zorras de las fraternidades siempre van a esas cosas. Y todas se
conocen…, será raro.
—Vamos, Ro. No me hagas ir solo.
—Bueno…, quizá… ¿podrías encontrar a alguien que acompañara a Pau?
—dijo ella mirándome a mí y después a Pedro. Pedro alzó una ceja, y Valentin
negó con la cabeza.
—Pepe no va a fiestas de citas. Son cosas a las que llevas a tu novia… Y
Pedro no…, bueno, ya sabes.
—Podríamos emparejarla con alguien.
La miré con los ojos entrecerrados.
—Sabes que puedo oírte, ¿no?
Rosario puso una cara a la que sabía que no podía negarme.
—Pau, por favor… Te encontraremos a un chico majo e ingenioso y, por
supuesto, me aseguraré de que esté bueno. ¡Te prometo que lo pasarás bien! Y
¿quién sabe? Tal vez consigas ligar.
Pedro dejó caer la sartén en el fregadero.
—No he dicho que no fuera a llevarte.
Puse los ojos en blanco.
—No hace falta que me hagas favores, Pedro.
—Eso no es lo que quería decir, Paloma. Las fiestas de citas son para los tíos
con novia, y todo el mundo sabe que a mí el rollo de ennoviarme no me va. Sin
embargo, contigo no tendré que preocuparme de que mi pareja espere un anillo de
compromiso después.
Rosario puso morritos.
—Porfi, porfi, Pau…
—No me mires así —dije en tono quejoso—. Pedro no quiere ir; y yo
tampoco. No seríamos una compañía agradable.
Pedro cruzó los brazos y se apoyó en el fregadero.
—No he dicho que no quisiera ir. De hecho, creo que sería divertido si
fuéramos los cuatro —dijo encogiéndose de hombros.
Todas las miradas se centraron en mí, y yo retrocedí.
—¿Por qué no podemos quedarnos aquí?
Rosario hizo un mohín y Valentin se inclinó hacia delante.
—Porque tengo que ir, Pau. Soy un novato. Tengo que asegurarme de que
todo vaya bien, de que todo el mundo tenga una cerveza en la mano, cosas así.
Pedro cruzó la cocina y me rodeó los hombros con el brazo para acercarme
a su lado.
—Vamos, Paloma. ¿Vienes conmigo?
Miré a Rosario, después a Valentin y finalmente a Pedro.
—Está bien —dije resignada.
Rosario chilló y me abrazó, después noté la mano de Valentin en la espalda.
—Gracias,Pau —dijo.
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