TRILOGIA:LA PRIMER PARTE CONTADA POR PAULA,LA SEGUNDA POR PEDRO Y LA TERCERA EN UN MOMENTO ESPECIFICO DE SUS VIDAS
lunes, 31 de marzo de 2014
CAPITULO 8
Fui corriendo a mi habitación, empujé la puerta para entrar y dejé caer la
mochila en el suelo.
—No tenemos agua caliente —murmuró Carla desde su escritorio.
—Eso he oído.
Mi móvil vibró y lo desbloqueé. Había recibido un mensaje de Rosario en el
que maldecía las calderas. Un momento después, oí una llamada en la puerta.
Rosario entró y se desplomó en mi cama, con los brazos cruzados.
—¿Te puedes creer esta mierda? Con todo lo que estamos pagando y ni
siquiera podemos darnos una ducha caliente.
Carla suspiró.
—Deja de lloriquear. ¿Por qué no te quedas con tu novio y ya está? ¿No has
estado haciéndolo ya de todos modos?
Rosario lanzó una mirada asesina a Carla.
—Buena idea, Carla. El hecho de que seas una zorra total resulta útil a veces.
Carla no apartó la mirada de la pantalla de su ordenador, sin inmutarse por
la pulla.
Rosario sacó su teléfono móvil y tecleó un mensaje con una precisión y una
velocidad sorprendentes. Su móvil trinó y ella me sonrió.
—Nos quedaremos con Valen y Pedro hasta que arreglen las calderas.
—¿Qué? ¡Desde luego que no! —grité.
—¿Cómo? Por supuesto que sí. No tiene sentido que te quedes tirada aquí,
congelándote en la ducha cuando Pedro y Valen tienen dos baños en su casa.
—A mí no me ha invitado nadie.
—Te he invitado yo. Valen ya me ha dicho que le parecía bien. Puedes
dormir en el sofá… si Pedro no lo usa.
—¿Y si lo utiliza?
Rosario se encogió de hombros.
—Entonces, puedes dormir en la cama de Pedro.
—¡Ni en sueños!
Ella puso los ojos en blanco.
—No seas cría, Pau. Sois amigos, ¿no? Si no ha intentado nada a estas
alturas, no creo que lo haga ya.
Sus palabras me cerraron el pico. Pedro había estado rondándome de un
modo o de otro todas las noches durante algunas semanas. Me había sentido tan
ocupada asegurándome de que todo el mundo supiera que éramos amigos que no
se me había ocurrido que realmente solo se mostraba interesado en mi amistad. No
estaba segura de por qué, pero me sentí insultada.
Carla nos miró con incredulidad.
—¿Pedro Alfonso no ha intentado acostarse contigo?
—¡Somos amigos! —dije a la defensiva.
—Ya, ya, pero ¿ni siquiera lo ha intentado? Se ha acostado con todo el
mundo.
—Excepto con nosotras —dijo Rosario, escrutándola—. Y contigo.
Carla se encogió de hombros.
—Bueno, yo no lo conozco. Solo he oído hablar de él.
—Exactamente —le espeté—. Ni siquiera lo conoces.
Carla volvió a su ordenador, ignorando nuestra presencia. Suspiré.
—Vale, Ro. Necesito coger unas cuantas cosas.
—Asegúrate de llevar suficiente ropa para unos cuantos días, quién sabe
cuánto tardarán en arreglar las calderas —dijo ella, demasiado emocionada.
El miedo se apoderó de mí, como si fuera a colarme en territorio enemigo.
—Hum…, está bien.
Rosario dio un salto y me abrazó.
—¡Qué divertido va a ser esto!
Media hora después, habíamos cargado su Honda y nos dirigíamos al
apartamento. Rosario apenas se tomó un respiro entre frases incoherentes,
mientras conducía. Tocó el claxon cuando se disponía a detenerse donde solía
aparcar. Valentin bajó corriendo los escalones y sacó nuestras dos maletas del
maletero, antes de seguirnos escaleras arriba.
—Está abierto —dijo él, resoplando.
Rosario empujó la puerta y la mantuvo abierta. Valentin gruñó cuando dejó
caer nuestro equipaje en el suelo.
—¡Nena, tu maleta pesa diez kilos más que la de Pau!
Rosario y yo nos quedamos heladas cuando una mujer emergió del baño,
abotonándose la blusa.
—Hola —dijo ella, sorprendida.
Sus ojos con el rímel corrido nos examinaron antes de ir a parar a nuestro
equipaje. La reconocí como la chica morena de piernas largas a la que Pedro había
seguido desde la cafetería.
Rosario clavó la mirada en Valentin, que levantó las manos.
—¡Está con Pedro!
Pedro apareció en calzoncillos y bostezó. Miró a su invitada y le dio una
palmadita en el trasero.
—La gente a la que esperaba está aquí. Será mejor que te vayas.
Ella sonrió y lo envolvió con sus brazos, mientras lo besaba en el cuello.
—Te dejaré mi número sobre la encimera.
—Eh…, no te molestes —dijo Pedro en tono distendido.
—¿Cómo? —preguntó ella, echándose hacia atrás para mirarlo a los ojos.
—¡Siempre lo mismo! —dijo Rosario. Miró a la mujer—. ¿Cómo puede ser
que te sorprendas? ¡Es Pedro Alfonso, joder! ¡Es famoso precisamente por eso,
pero las chicas siempre se sorprenden! —prosiguió ella volviéndose hacia Valentin,
que la rodeó con el brazo y le hizo gestos para que se calmara.
La chica frunció el ceño a Pedro, cogió su cartera y salió hecha una furia,
dando un portazo tras ella. Pedro, por su parte, fue hasta la cocina y abrió la
nevera como si no hubiera pasado nada.
Rosario meneó la cabeza y reanudó su camino por el pasillo. Valentin la
siguió, arqueando el cuerpo para compensar el peso de la maleta que arrastraba.
Me derrumbé sobre el sillón abatible y suspiré, mientras me preguntaba si
estaba loca por haber accedido a ir allí. No había tenido en cuenta que el
apartamento de Valentin era una puerta giratoria para barbies tontas.
Pedro estaba de pie detrás de la encimera donde desayunaban, con los
brazos cruzados sobre el pecho y sonriendo.
—¿Qué pasa, Paloma? ¿Has tenido un día duro?
—No, estoy profundamente asqueada.
—¿Conmigo? —Sonreía.
Debería haberme imaginado que esa conversación se esperaba, aunque eso
solo me hizo sentirme menos dispuesta a contenerme.
—Sí, contigo. ¿Cómo puedes usar a alguien así y tratarla de ese modo?
—¿Cómo la he tratado? Me ha ofrecido su número, y yo lo he rechazado.
Se me abrió la boca de par en par por su falta de remordimientos.
—¿Te acuestas con ella pero no quieres su número?
Pedro se apoyó sobre los codos en el mostrador.
—¿Por qué iba a querer su número si no voy a llamarla?
—¿Y por qué te has acostado con ella si no vas a volver a llamarla?
—Yo no prometo nada a nadie, Paloma. Esa no dijo que quisiera una
relación antes de abrirse de piernas en mi sofá.
Me quedé mirando el sofá con repulsión.
—«Esa» es la hija de alguien, Pedro. ¿Qué pasaría si más adelante alguien
trata a tu hija así?
—Será mejor que a mi hija no se le caigan las bragas ante un gilipollas al que
acaba de conocer, por decirlo de algún modo.
Crucé los brazos, enfadada por su intento de justificación.
—Entonces, además de admitir que eres un gilipollas, ¿estás diciendo que,
como se ha acostado contigo, merecía que la echaran como a un gato callejero?
—Lo que digo es que he sido franco con ella. Es adulta. Todo ha sido
consentido…, incluso parecía demasiado ansiosa, si quieres que te diga la verdad.
Actúas como si hubiera cometido un crimen.
—Ella no parecía tener tan claras tus intenciones, Pedro.
—Las mujeres suelen justificar sus actos con cualquier cosa que se inventan.
Esa chica no ha dicho de entrada que quisiera establecer una relación seria, igual
que yo no le he dicho que quería sexo sin compromiso. ¿Dónde ves la diferencia?
—Eres un cerdo.
Pedro se encogió de hombros.
—Me han llamado cosas peores.
Miré fijamente el sofá. Los cojines seguían torcidos y amontonados por su
reciente uso. Retrocedí al pensar en cuántas mujeres se habrían entregado sobre
esa tapicería. Una tela que parecía picar, por cierto.
—Me parece que dormiré en el sillón —murmuré.
—¿Por qué?
Lo miré, furiosa por la expresión confusa de su cara.
—¡No pienso dormir en esa cosa! ¡A saber encima de qué me estaría
tumbando!
Levantó mi maleta del suelo.
—No vas a dormir en el sofá ni en el sillón. Vas a dormir en mi cama.
—Que sin duda será más insalubre que el sofá. Estoy segura.
—Nunca ha habido nadie en mi cama aparte de mí.
Puse los ojos en blanco.
—¡Por favor!
—Lo digo absolutamente en serio. Me las tiro en el sofá. Nunca las dejo
entrar en mi habitación.
—¿Y yo sí puedo usar tu cama?
Levantó un lado de la boca con una sonrisa traviesa.
—¿Planeas acostarte conmigo esta noche?
—¡No!
—Ahí lo tienes, esa es la razón. Ahora levanta tu malhumorado culo, date
una ducha caliente y después podremos estudiar algo de Biología.
Me quedé mirándolo durante un momento y, a regañadientes, hice lo que
me decía. Me quedé bajo la ducha, desde luego, mucho tiempo, dejando que el
agua se llevara con ella mi sentimiento de agravio. Mientras me masajeaba el pelo
con el champú, suspiré por lo genial que resultaba ducharse en un baño privado de
nuevo, sin chancletas ni neceser, solo la relajante mezcla de agua y vapor.
CAPITULO 7
El saludable interés de Pedro había sobrepasado sus expectativas.
El examen acabó resultándome un paseo, y fui a sentarme a los escalones
del exterior del edificio para esperar a Rosario. Cuando bajó repentinamente hasta
mi lado, con cara de derrota, esperé a que hablara.
—¡Me ha ido fatal! —gritó ella.
—Deberías estudiar con nosotros. Pedro lo explica realmente bien.
Rosario soltó un lamento y apoyó la cabeza en mi hombro.
—¡No me has ayudado nada! ¿No podrías haber hecho algún gesto con la
cabeza por cortesía o algo?
Le rodeé el cuello con el brazo y la acompañé hasta nuestra residencia.
Durante la semana siguiente, Pedro me ayudó con mi ensayo de Historia y
me hizo de tutor en Biología. Fuimos juntos a ver la lista de notas colgada fuera del
despacho del profesor Campbell. Yo era la tercera estudiante con mejor nota.
—¡El tercer puesto de la clase! ¡Bien hecho, Paloma! —dijo él, abrazándome.
Sus ojos brillaban de emoción y orgullo, y di un paso atrás presa de un
repentino sentimiento de incomodidad.
—Gracias, Pepe. No podría haberlo hecho sin ti —dije, tirando de su
camiseta.
Me miró por encima del hombro y empezó a avanzar entre la multitud que
había detrás de nosotros.
—¡Abrid paso! ¡Moveos, gente! Haced sitio para el cerebro horriblemente
desfigurado y enorme de esta pobre mujer. ¡Es una supergenio!
Me reí al ver las expresiones de diversión y curiosidad de mis compañeros.
Conforme pasaron los días, tuvimos que sortear los persistentes rumores
acerca de que teníamos una relación. La reputación de Pedro ayudó a acallar el
rumor. Nunca había sabido estar con una sola chica más de una noche, así que
cuanto más nos veían juntos, mejor entendía la gente nuestra relación platónica
como lo que era. Ahora bien, ni siquiera las constantes preguntas sobre nuestro
vínculo hicieron disminuir la atención que Pedro recibía de sus compañeras.
Siguió sentándose a mi lado en Historia y almorzando conmigo. No tardé
mucho en darme cuenta de que me había equivocado con él, e incluso llegué a
defender a Pedro de quienes no lo conocían tan bien como yo.
En la cafetería, Pedro dejó un cartón de zumo de naranja delante de mí.
—No era necesario que te molestaras. Iba a coger uno —dije, mientras me
quitaba la chaqueta.
—Bueno, pues ya no tienes que hacerlo —comentó él, con un hoyuelo
ligeramente marcado en su mejilla izquierda.
Benjamin resopló.
—¿Te has convertido en su criado, Pedro? ¿Qué será lo siguiente?
¿Abanicarla con una hoja de palmera, vestido solo con un bañador Speedo?
Pedro lo fulminó con una mirada asesina, y yo salté en su defensa.
—Tú no podrías ni rellenar un Speedo, Benjamin. Así que cierra esa boca.
—¡Calma, Pau! Estaba bromeando —dijo Benjamin, levantando las manos.
—Bueno…, pero no le hables así —dije, frunciendo el ceño.
La expresión de Pedro era una mezcla de sorpresa y gratitud.
—Ahora sí que lo he visto todo. Una chica acaba de defenderme —dijo al
tiempo que se levantaba.
Antes de irse con su bandeja, echó una nueva mirada de aviso a Benjamin, y
entonces salió a reunirse con un pequeño grupo de fumadores que estaban de pie
en el exterior del edificio.
Intenté no mirarlo mientras se reía y hablaba. Todas las chicas del grupo
competían sutilmente por ponerse a su lado, y Rosario me dio un codazo en las
costillas cuando se dio cuenta de que mi atención estaba en otro sitio.
—¿Qué miras,Pau?
—Nada, no estoy mirando nada.
Apoyó la barbilla en la mano y meneó la cabeza.
—Se les ve tanto el plumero… Mira a la pelirroja. Se ha pasado los dedos
por el pelo tantas veces como ha pestañeado. Me pregunto si Pedro se cansará
alguna vez de eso.
Valentin asintió.
—Sí que lo hace. Todo el mundo piensa que es un imbécil, pero si supieran
toda la paciencia que tiene con cada chica que cree que puede domarlo… No
puede ir a ninguna parte sin que anden fastidiándolo. Creedme; es mucho más
educado de lo que lo sería yo.
—Ya, estoy segura de que a ti no te encantaría estar en su lugar —dijo
Rosario, dándole un beso en la mejilla.
Pedro se estaba acabando el cigarrillo en el exterior de la cafetería cuando
pasé por su lado.
—Espera, Paloma. Te acompaño.
—No tienes que acompañarme a todas las clases, Pedro. Sé llegar sola.
Pedro se distrajo rápidamente con una chica de pelo largo y negro, con
minifalda, que pasó a su lado y le sonrió. La siguió con la mirada y asintió a la
chica, a la vez que tiraba al suelo el cigarrillo.
—Luego te veo, Paloma.
—Sí —dije, poniendo los ojos en blanco, mientras él corría junto a la chica.
El asiento de Pedro permaneció vacío durante la clase y me descubrí a mí
misma algo molesta con él porque me hubiera dejado por una chica a la que ni
siquiera conocía. El profesor Chaney pronto dio la clase por terminada, y me
apresuré a cruzar el césped, consciente de que tenía que encontrarme con Jeronimo a
las tres para darle los apuntes de Sherri Cassidy de Iniciación a la música. Miré el
reloj y apreté el paso.
—¿Paula?
Adrian corrió por el césped para alcanzarme.
—Me parece que todavía no nos hemos presentado oficialmente —dijo
tendiéndome la mano—. Adrian Hayes.
Le estreché la mano y sonreí.
—Paula Chaves.
—Estaba detrás de ti cuando viste la nota del examen de Biología.
Felicidades —prosiguió con una sonrisa y metiéndose las manos en los bolsillos.
—Gracias. Pedro me ayudó, si no habría estado al final de esa lista, créeme.
—Oh, sois…
—Amigos.
Adrian asintió y sonrió.
—¿Te ha dicho que hay una fiesta en la fraternidad este fin de semana?
—Básicamente hablamos de Biología y comida.
Adrian se rio.
—Eso suena mucho a Pedro.
En la puerta del Morgan Hall, Adrian me miró a la cara con sus enormes ojos
verdes.
—Deberías venir. Será divertido.
—Lo comentaré con Rosario. No creo que tengamos ningún plan.
—¿Sois una especie de pack de dos?
—Hicimos un pacto este verano. Nada de ir a fiestas solas.
—Inteligente —asintió en señal de aprobación.
—Conoció a Valen en Orientación, así que, en realidad, tampoco he tenido
que ir con ella a todas partes. Esta será la primera vez que necesite pedírselo, así
que estoy segura de que vendrá encantada.
Me encogí intimidada. No solo balbuceaba, sino que había dejado claro que
no solían invitarme a ir a fiestas.
—Genial, nos vemos allí —dijo él.
Se despidió con su sonrisa perfecta, propia de un modelo de Banana
Republic, con su mandíbula cuadrada y el bronceado natural de su piel, y se dio
media vuelta para seguir andando por el campus.
Observé cómo se alejaba: alto, bien afeitado, con una camisa ajustada de
rayas finas y pantalones vaqueros. Su pelo ondulado, rubio oscuro, se movía
mientras caminaba.
Me mordí el labio, halagada por su invitación.
—Bueno, este va más a tu ritmo —me dijo Jero al oído.
—Es mono, ¿verdad? —pregunté, incapaz de dejar de sonreír.
—Pues sí, oye. Si te mola el rollo pijo y la posición del misionero, sí.
—¡Jeronimo! —grité, dándole un manotazo en el hombro.
—¿Tienes los apuntes de Sherri?
—Sí —dije, mientras los sacaba del bolso.
Se encendió un cigarrillo, lo sostuvo entre los labios y hojeó los papeles.
—Increíblemente brillante —dijo él, mientras repasaba las páginas. Las
dobló, se las guardó en el bolsillo y después dio otra calada—. Te viene muy bien
que las calderas de Morgan estén estropeadas. Necesitarás una ducha fría después
de la mirada lujuriosa que te ha echado ese grandulón.
—¿La residencia no tiene agua caliente? —lamenté.
—Exactamente —dijo Jeronimo, echándose la mochila al hombro—. Me largo a
Álgebra. Dile a Ro que no se olvide de mí este fin de semana.
—Se lo diré —farfullé, levantando la mirada hacia los antiguos muros de
ladrillo de nuestra residencia.
domingo, 30 de marzo de 2014
CAPITULO 6
CARAS familiares ocupaban los asientos de nuestra mesa favorita para
comer. Junto a mí se sentaban Rosario, a un lado, y Jero, al otro, y los restantes
sitios fueron ocupados por Valentin y sus hermanos de Sigma Tau. Resultaba difícil
oír nada con el estruendo sordo que reinaba en la cafetería; además, el aire
acondicionado parecía estropeado de nuevo. El ambiente estaba cargado por el
olor a fritos y sudor, pero por alguna razón todo el mundo parecía tener más
energía de la normal.
—Hola, Benja—dijo Valentin, saludando al hombre que estaba sentado
delante de mí. Su piel color aceituna y sus ojos chocolate contrastaban con la gorra
blanca del equipo de fútbol de Eastern que llevaba calada en la frente—. Te eché de
menos después del partido del sábado. Me bebí una o seis cervezas por ti —dijo
con una sonrisa amplia y blanca.
—Te agradezco el gesto. Llevé a Ro a cenar fuera —dijo inclinándose para
besar a Rosario en el nacimiento de su larga melena rubia.
—Estás sentado en mi silla, Benjamin.
Benjamin se dio la vuelta y vio a Pedro de pie detrás de él, y entonces me miró,
sorprendido.
—Oh, ¿es una de tus chicas, Pepe?
—Desde luego que no —dije, negando con la cabeza.
Benjamin miró a Pedro, que lo observaba fijamente con expectación. Benjamin se
encogió de hombros y se llevó la bandeja al extremo de la mesa.
Pedro me sonrió cuando se acomodó en el asiento.
—¿Qué hay, Paloma?
—¿Qué es eso? —pregunté, incapaz de apartar la mirada de su bandeja. La
misteriosa comida de su bandeja parecía hecha de cera.
Pedro se rio y tomó un sorbo de su vaso de agua.
—Las señoras de la cafetería me dan miedo. No estoy por la labor de criticar
sus habilidades culinarias.
No me pasaron desapercibidas las miradas inquisitivas de las demás
personas sentadas a la mesa. El comportamiento de Pedro les picaba la curiosidad,
y yo me contuve para no sonreír por ser la única chica junto a la que insistía en
sentarse.
—Uf…, después de comer tenemos el examen de Biología —gruñó Rosario.
—¿Has estudiado? —pregunté.
—Dios, no. Me pasé la noche intentando convencer a mi novio de que no
ibas a acostarte con Pedro.
Los jugadores de fútbol que estaban sentados al extremo de nuestra mesa
detuvieron sus risas detestables para escuchar mejor, de manera que llamaron la
atención de los demás estudiantes. Miré a Rosario, pero parecía ajena a toda
responsabilidad y dio un toquecito a Valentin con el hombro.
—Dios, Valen. Sí que lo llevas mal, ¿no? —preguntó Pedro, lanzando un
sobrecito de ketchup a su primo.
Valentin no respondió, pero yo sonreí a Pedro, encantada por la diversión.
Rosario le frotó la espalda.
—Ya se le pasará. Simplemente necesita un tiempo para creerse que Pau
podrá resistirse a tus encantos.
—No he intentado «encandilarla» —dijo Pedro, con aire de ofensa—. Es mi
amiga.
Miré a Valentin.
—Te lo dije. No tienes nada de que preocuparte.
Valentin finalmente me miró a los ojos y, al ver mi expresión de sinceridad,
se le iluminó un poco la mirada.
—¿Y tú? ¿Has estudiado? —me preguntó Pedro.
Fruncí el ceño.
—Por mucho tiempo que dedique a estudiar, estoy perdida con la Biología.
Simplemente parece que no me entra en la cabeza.
Pedro se levantó.
—Vamos.
—¿Qué?
—Vamos a por tus apuntes. Te ayudaré a estudiar.
—Pedro…
—Levanta el culo, Paloma. Vas a clavar ese examen.
Al pasar tiré a Rosario de una de sus largas trenzas pajizas.
—Nos vemos en clase, Ro.
Sonrió.
—Te guardaré un asiento. Voy a necesitar toda la ayuda que pueda
conseguir.
Pedro me siguió a mi habitación, y yo saqué mi guía de estudio, mientras él
abría mi libro. Me interrogó implacablemente y después me aclaró unas cuantas
cosas que no entendía. Tal y como él se explicaba, los conceptos pasaron de
confusos a obvios.
—… y las células somáticas se reproducen mediante la mitosis. Y ahí vienen
las fases. Suenan de forma parecida a un nombre de mujer: Prometa Anatelo.
Me reí.
—¿Prometa Anatelo?
—Profase, Metafase, Anafase y Telofase.
—Prometa Anatelo —repetí asintiendo.
Me golpeó en la coronilla con los papeles.
—Lo tienes controlado. Te sabes esta guía de estudio de arriba abajo.
Suspiré.
—Bueno…, ya veremos.
—Te acompaño a clase y así te pregunto de camino.
Cerré la puerta detrás de nosotros.
—No te enfadarás si cateo este examen, ¿no?
—No vas a catearlo, Paloma. Aunque la próxima vez deberíamos empezar
antes —dijo él, mientras caminaba a mi lado hacia el edificio de ciencias.
—¿Cómo piensas compaginar ser mi tutor con llevar al día tus deberes y
entrenarte para tus peleas?
Pedro se rio.
—No entreno para las peleas. Agustin me llama, me dice dónde es la pelea y
yo voy.
Sacudí la cabeza con incredulidad mientras Pedro sujetaba el papel y se
preparaba para hacerme la primera pregunta. Casi nos dio tiempo a completar una
segunda ronda de la guía de estudio cuando llegué a mi clase.
—Patéales el culo —dijo sonriendo, mientras me entregaba los apuntes,
apoyado en el quicio de la puerta.
—Hola, Pepe. —Me volví y vi a un hombre alto, algo desgarbado, que
sonreía a Pedro mientras iba a la clase.
—¿Qué hay, Adrian? —asintió Pedro.
Los ojos de Adrian se iluminaron un poco cuando me miró y sonrió.
—Hola, Pau.
—Hola —respondí, sorprendida de que supiera mi nombre.
Lo había visto en clase, pero nunca nos habíamos presentado.
Adrian siguió hasta su asiento, bromeando con quienes se sentaron a su
lado.
—¿Quién es ese? —pregunté.
Pedro se encogió de hombros, pero la piel de alrededor de sus ojos parecía
más tensa que antes.
—Es Adrian Hayes, uno de mis hermanos de Sig Tau.
—¿Estás en una hermandad? —pregunté, vacilante.
—En Sigma Tau, la misma que Valen. Pensé que lo sabías —dijo, mirando
por encima de mí a Adrian.
—Bueno…, es que no pareces el tipo de chico que está en una hermandad
—dije, observando los tatuajes en sus antebrazos.
Pedro volvió a centrar su atención en mí y sonrió.
—Mi padre es un antiguo miembro, y todos mis hermanos son Sig Tau. Es
una tradición familiar.
—¿Y esperan que jures fidelidad a la hermandad? —pregunté, escéptica.
—En realidad, no. Son buenos tipos —dijo él, hojeando mis papeles—. Será
mejor que te vayas ya a clase.
—Gracias por ayudarme —dije, dándole un golpecito con el codo.
Llegó Rosario y la seguí hasta nuestros asientos.
—¿Cómo ha ido? —preguntó ella.
Me encogí de hombros.
—Es un buen tutor.
—¿Solo un tutor?
—También es un buen amigo.
Pareció decepcionada, y yo me reí por la expresión de frustración de su cara.
Siempre había sido uno de los sueños de Rosario que saliéramos con dos chicos
que fueran amigos y compañeros de habitación-guion-primos; para ella, era como
si nos tocara el gordo. Quería que compartiéramos habitación cuando decidió venir
conmigo a Eastern, pero yo veté su idea con la esperanza de ampliar un poco mi
horizonte. Cuando dejó de hacer pucheros por mi decisión, focalizó sus esfuerzos
en encontrar a un amigo de Valentin a quien presentarme.
CAPITULO 5
Entré furiosa en el restaurante, aunque mi cabeza todavía no se había
sincronizado con los pies. El aire se llenó de olor a grasa y hierbas aromáticas
cuando lo seguí por la moqueta roja salpicada de migas de pan. Eligió una mesa
con bancos en la esquina, lejos de los grupos de estudiantes y familias, y después
pidió dos cervezas. Eché un vistazo al local: observé a los padres obligar a sus
bulliciosos hijos a comer y esquivé las inquisitivas miradas de los estudiantes de
Eastern.
—Claro, Pedro —dijo la camarera, apuntando nuestras bebidas.
Parecía un poco alterada por su presencia cuando regresó a la cocina.
Repentinamente avergonzada por mi apariencia, me recogí detrás de las orejas los
mechones de pelo que el viento había hecho volar.
—¿Vienes aquí a menudo? —pregunté mordazmente.
Pedro apoyó los codos en la mesa y clavó sus ojos marrones en los míos.
—Y bien, ¿cuál es tu historia, Paloma? ¿Odias a los hombres en general, o
solo a mí?
—Creo que solo a ti —gruñí.
Soltó una carcajada: mi mal humor le divertía.
—No consigo acabar de entenderte. Eres la primera chica a la que le he dado
asco antes de acostarse conmigo. No te aturullas cuando hablas conmigo ni
intentas atraer mi atención.
—No es ningún tipo de treta. Simplemente no me gustas.
—No estarías aquí si no te gustara.
Mi entrecejo se relajó involuntariamente y suspiré.
—No he dicho que seas mala persona. Simplemente no me gusta que
saquen conclusiones de cómo soy por el mero hecho de tener vagina.
Centré mi atención en los granos de sal que había sobre la mesa hasta que oí
que Pedro se atragantaba.
Abrió los ojos como platos y se agitó con carcajadas que parecían aullidos.
—¡Oh, Dios mío! ¡Me estás matando! Ya está. Tenemos que ser amigos. Y no
acepto un no por respuesta.
—No me importa que seamos amigos, pero eso no implica que tengas que
intentar meterte en mis bragas cada cinco segundos.
—No vas a acostarte conmigo. Lo pillo. —Intenté no sonreír, pero fracasé. Se
le iluminó la mirada—. Tienes mi palabra. Ni siquiera pensaré en tus bragas…, a
menos que quieras que lo haga.
Hinqué los codos en la mesa y apoyé mi peso en ellos.
—Y eso no pasará, así que podemos ser amigos.
Una sonrisa traviesa afiló sus rasgos mientras se acercaba un poco más.
—Nunca digas de esta agua no beberé.
—Bueno, ¿y cuál es tu historia? —pregunté—. ¿Siempre has sido Pedro
Perro Loco Alfonso, o te bautizaron así cuando llegaste aquí?
Hice un gesto con dos dedos de cada mano para marcar unas comillas
cuando dije su apodo, y por primera vez su confianza flaqueó. Parecía un poco
avergonzado.
—No. Agustin empezó con eso después de mi primera pelea.
Sus respuestas cortas comenzaban a fastidiarme.
—¿Ya está? ¿No vas a contarme nada más sobre ti?
—¿Qué quieres saber?
—Lo normal. De dónde eres, qué quieres ser cuando seas mayor…, cosas
así.
—He nacido aquí y aquí me he criado. Y estoy especializándome en justicia
criminal.
Con un suspiro, desenvolvió los cubiertos y los puso al lado de su plato.
Miró por encima del hombro, con la mandíbula tensa. A dos mesas de distancia, el
equipo de fútbol de Eastern estalló en carcajadas, y Pedro pareció molestarse por
el objeto de sus risas.
—Estás de broma —dije sin poder creer lo que había dicho.
—No, soy de aquí —dijo él, distraído.
—Me refiero a tu licenciatura. No pareces el tipo de chico que se especializa
en derecho penal.
Juntó las cejas, repentinamente centrado en nuestra conversación.
—¿Por qué?
Repasé los tatuajes que le cubrían el brazo.
—Diré simplemente que no te pega lo de derecho penal.
—No me meto en problemas… la mayor parte del tiempo. Papá era bastante
estricto.
—¿Y tu madre?
—Murió cuando yo era niño —comentó, con total naturalidad.
—Lo… lo siento —dije, sacudiendo la cabeza.
Su respuesta me pilló desprevenida. Rechazó mi simpatía.
—No la recuerdo. Mis hermanos sí, pero yo solo tenía tres años cuando
murió.
—Cuatro hermanos, ¿eh? ¿Cómo los distinguías?
—Los distinguía según quién golpeaba más fuerte, que resultó coincidir con
el orden de sus edades. Pablo, los gemelos… Manuel y Nahuel, y después, Marcos.
Es mejor que nunca te quedes a solas en una habitación con Manuel y Nahuel. Aprendí
de ellos la mitad de lo que hago en el Círculo. Marcos era el más pequeño, pero
también el más rápido. Ahora es el único que podría darme un puñetazo.
Sacudí la cabeza, aturdida por la idea de cinco a Pedros correteando por una
sola casa.
—¿Y todos llevan tatuajes?
—Sí, menos Pablo. Trabaja como ejecutivo en California.
—¿Y tu padre? ¿Dónde está?
—Anda por aquí —dijo él.
Volvía a apretar las mandíbulas, cada vez más irritado con el equipo de
fútbol.
—¿De qué se ríen? —le pregunté, señalando la ruidosa mesa. Sacudió la
cabeza. Era evidente que no quería compartirlo. Me crucé de brazos, sin saber
cómo estar en mi asiento, nerviosa por lo que estarían diciendo que tanto le
molestaba—. Dímelo.
—Se están riendo de que te haya traído a comer, primero. No suele ser… mi
rollo.
—¿Primero? —Cuando caí en la cuenta de a qué se refería, Pedro se rio de
mi expresión. Entonces, hablé sin pensar—. Yo, que temía que se estuvieran riendo
de que te vieran con alguien vestido así…, y resulta que piensan que me voy a
acostar contigo —farfullé.
—¿Por qué no iban a tener que verme contigo?
—¿De qué estábamos hablando? —pregunté, intentando ocultar el calor que
sentía en las mejillas.
—De ti. ¿En qué te vas a especializar? —preguntó él.
—Oh, eh…, por ahora estoy con las asignaturas comunes. Todavía no me he
decidido, pero me inclino hacia la Contabilidad.
—Pero no eres de aquí.
—No, soy de Wichita. Igual que Rosario.
—¿Y cómo acabaste aquí si vivías en Kansas?
Tiré de la punta de la etiqueta de mi botella de cerveza.
—Simplemente tuvimos que escaparnos.
—¿De qué?
—De mis padres.
—Ah. ¿Y Rosario? ¿También tiene problemas con sus padres?
—No, Sebastian y Patricia son geniales. Prácticamente me criaron. En cierto modo,
me siguió; no quería que viniera aquí sola.
Pedro asintió.
—Bueno, ¿y por qué Eastern?
—¿A qué viene este tercer grado? —dije.
Las preguntas estaban pasando de lo trivial a lo personal y empezaba a
sentirme incómoda.
Varias sillas se entrechocaron cuando el equipo de fútbol dejó sus asientos.
Soltaron un último chiste antes de empezar a caminar hacia la puerta. Cuando
Pedro se levantó, rápidamente apretaron el paso. Los que estaban al final del
grupo empujaron a los de delante para escapar antes de que Pedro cruzara el local.
Volvió a sentarse, obligándose a dejar de lado la frustración y el enfado.
Levanté una ceja.
—Ibas a decirme por qué elegiste Eastern —me apremió.
—Es difícil de explicar —respondí, encogiéndome de hombros—. Supongo
que me pareció una buena opción.
Sonrió al abrir el menú.
—Sé a qué te refieres.
CAPITULO 4
Estéticamente, su apartamento era más agradable que el típico piso de
solteros. En las paredes estaban colgados los predecibles pósteres de mujeres
medio desnudas y letreros de calles robados, pero estaba limpio, los muebles eran
nuevos y no olía ni a cerveza putrefacta ni a ropa sucia.
—Ya iba siendo hora de que aparecieras —dijo Pedro, mientras se dejaba
caer en el sofá.
Sonreí, me subí las gafas sobre la nariz y esperé a que él se burlara de mi
aspecto.
—Rosario tenía que acabar un trabajo.
—Hablando de trabajos, ¿has empezado ya el de Historia? —Mi pelo
enmarañado ni siquiera le hizo pestañear, y fruncí el ceño por su reacción.
—¿Tú sí?
—Lo he acabado esta tarde.
—No hay que entregarlo hasta el miércoles que viene —dije, sorprendida.
—Pues yo acabo de rematarlo. ¿Qué dificultad hay en un ensayo de dos
páginas sobre Grant?
—Supongo que yo lo dejo todo para el último momento —admití,
encogiéndome de hombros. Probablemente no lo empiece hasta el fin de semana.
—Bueno, si necesitas ayuda, no tienes más que decírmelo.
Esperé a que se riera o diera alguna señal de que estaba bromeando, pero lo
decía con sinceridad.
Levanté una ceja.
—¿Tú vas a ayudarme con ese artículo?
—Tengo un sobresaliente en esa asignatura —dijo él, un poco ofendido por
mi incredulidad.
—Tiene sobresalientes en todas sus asignaturas. Es un puñetero genio. Lo
odio —dijo Valentin, mientras conducía a Rosario al salón de la mano.
Observé a Pedro con una expresión de duda y levantó las cejas.
—¿Qué? ¿Acaso crees que un tío cubierto de tatuajes y que pega puñetazos
para ganarse la vida no puede sacar buenas notas? No estoy en la universidad
porque no tenga nada mejor que hacer.
—Entonces, ¿por qué tienes que pelear? ¿Por qué no intentaste pedir una
beca? —pregunté.
—Lo hice, y me concedieron la mitad de la matrícula, pero hay libros, gastos
diarios y tengo que pagar la otra mitad en algún momento. Lo digo en serio,
Paloma. Si necesitas ayuda con algo, no tienes más que pedírmelo.
—No necesito que me ayudes. Sé escribir un ensayo.
Quería dejarlo así. Debería haberlo hecho, pero aquella nueva faceta suya
que se había revelado me picaba la curiosidad.
—¿Y no puedes encontrar otro modo de ganarte la vida? Menos, no sé,
¿sádico?
Pedro se encogió de hombros.
—Es una forma fácil de ganarse la vida. No puedo ganar tanto dinero en el
centro comercial.
—No diría que encajar golpes en la cara sea fácil.
—¿Cómo? ¿Te preocupas por mí? —preguntó, parpadeando por la sorpresa.
Torcí el gesto y él se rio.
—No me alcanzan muy a menudo. Si intentan pegarme, me muevo. No es
tan difícil.
Solté una carcajada.
—Actúas como si nadie más hubiera llegado a esa conclusión.
—Cuando doy un puñetazo, lo encajan e intentan responder. Así no se
ganan las peleas.
Puse los ojos en blanco.
—¿Quién eres? ¿Karate Kid? ¿Dónde aprendiste a pelear?
Valentin y Rosario se miraron y agacharon la cabeza. No tardé mucho en
darme cuenta de que había metido la pata.
Pedro no parecía afectado.
—Mi padre tenía problemas con la bebida y mal carácter, y además mis
cuatro hermanos mayores llevaban el gen cabrón.
—¡Oh! —Me ardían las orejas.
—No te avergüences, Paloma. Papá dejó de beber y mis hermanos crecieron.
—No me avergüenzo —dije, mientras jugueteaba con los mechones sueltos
de pelo y decidía arreglármelo y hacerme otro moño, para intentar ignorar el
incómodo silencio.
—Me gusta el estilo natural que llevas hoy. Las chicas no suelen aparecer así
por aquí.
—Me obligaste a venir. Y además no pretendía impresionarte —dije,
molesta porque mi plan hubiera fallado.
Puso su sonrisa de niño pequeño, y aumenté mi enfado en un grado con la
esperanza de disimular mi incomodidad. No sabía cómo se sentían la mayoría de
las chicas con él, pero había visto cómo se comportaban. Yo estaba experimentando
una sensación más cercana a la náusea y a la desorientación que al enamoramiento
tonto, y cuanto más intentaba él hacerme sonreír, más incómoda me sentía yo.
—Ya estoy impresionado. Normalmente no tengo que suplicar a las chicas
que vengan a mi apartamento.
—Claro —dije, torciendo el gesto por el asco.
Era el peor tipo de petulante. No solo era descaradamente consciente de su
atractivo, sino que estaba tan acostumbrado a que las mujeres se le lanzaran al
cuello que mi comportamiento distante le resultaba refrescante en lugar de un
insulto. Tendría que cambiar de estrategia.
Rosario señaló la televisión y la encendió.
—Dan una buena peli esta noche. ¿Alguien quiere descubrir dónde está
Baby Jane?
Pedro se levantó.
—Justo ahora pensaba salir a cenar. ¿Tienes hambre, Paloma?
—Ya he comido —respondí indiferente.
—No, qué va —dijo Rosario antes de darse cuenta de su error—. Oh…,
eh…, es verdad, olvidaba que te has zampado una… ¿pizza? antes de irnos.
Puse una mueca de exasperación ante su deprimente intento de arreglar su
metedura de pata y esperé la reacción de Pedro. Cruzó la habitación y abrió la
puerta.
—Vamos, tienes que estar hambrienta.
—¿Adónde vas?
—Adonde tú quieras. Podemos ir a una pizzería.
Bajé la mirada a mi ropa.
—La verdad es que no voy vestida apropiadamente.
Se detuvo un momento a evaluarme y después se rio.
—Estás bien. Vámonos. Me muero de hambre.
Me levanté y me despedí de Rosario con la mano, adelantando a Pedro
para bajar las escaleras. Me detuve en el aparcamiento, observando con horror
cómo cogía una moto de color negro mate.
—Uf… —solté, encogiendo los dedos de los pies desnudos.
Me lanzó una mirada.
—Venga, sube. Iré despacio.
—¿Qué es eso? —pregunté, leyendo demasiado tarde lo que ponía en el
depósito de combustible.
—Es una Harley Night Rod. Es el amor de mi vida, así que no arañes la
pintura cuando te subas.
—¡Pero si llevo chanclas!
Pedro se quedó mirando como si hablara en algún idioma extranjero.
—Y yo botas, ¡venga, sube!
Se puso las gafas de sol, y el motor rugió cuando le infundió vida. Me subí y
busqué detrás de mí algún sitio al que agarrarme, pero mis dedos se deslizaron
desde el cuero a la tapa de plástico de la luz trasera.
Pedro me cogió de las muñecas y me hizo abrazarlo por la cintura.
—No hay nada a lo que agarrarse, solo yo, Paloma. No te sueltes —dijo al
tiempo que empujaba la moto hacia atrás con los pies.
Con un giro de muñeca, puso rumbo hacia la calle y salió despedido como
un cohete. Los mechones de pelo que llevaba sueltos me golpearon la cara, y me
agaché detrás de Pedro, sabiendo que acabaría con bichos aplastados en las gafas
si miraba por encima de su hombro.
Pisó el acelerador al llegar al camino del restaurante y, en cuanto se detuvo,
no tardé ni un minuto en bajar a la seguridad del cemento.
—¡Estás chiflado!
Pedro se rio mientras apoyaba la moto sobre su soporte antes de desmontar.
—Pero si he respetado el límite de velocidad…
—¡Sí, si hubiéramos ido por una autopista! —dije, mientras me soltaba el
moño para deshacerme los enredones con los dedos.
Pedro observó cómo me retiraba el pelo de la cara y después se encaminó
hacia la puerta y la mantuvo abierta.
—No dejaría que te pasara nada malo, Paloma.
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